domingo, 31 de marzo de 2013

Trabajar y estudiar (sin morir en el intento)


Una propuesta para seguir estudiando y aprendiendo sin dejar de trabajar
 
El mundo está lleno de demasiadas historias de sueños truncados, de vocaciones que se abandonaron por motivos económicos y sociales, por cobardía, indecisión o simple pereza. Al alcanzar cierta edad todos confesamos que además de la carrera que estudiamos o el oficio que ejercemos, nos hubiese gustado hacer otras cosas, en muchos casos completamente distintas, cosas que se quedaron en el camino vencidas por las presiones de la vida burguesa, por la obligación de sentar cabeza, ganarse la vida y conquistar un lugar, aunque sea modesto, en la competitiva sociedad posmoderna. Pero la verdad es que tenemos potencial para muchas cosas que no hacemos, y es una verdadera tragedia desperdiciarlo en tan pocas actividades.

Aquellos que se inclinaron por estudios «serios», los que optaron por la seguridad económica y que ya saben calcular sus futuras pensiones, también sueñan secretamente con vidas bohemias o inquietudes sin utilidad alguna, el aprendizaje por el mero placer, el saber por el saber. Al mismo tiempo, muchos artistas atrapados en un mundo de precariedad e incertidumbre constante también sueñan de vez en cuando con la posibilidad de vidas ordenadas, donde sería posible planificar vacaciones en verano con antelación y comprar cosas a crédito. En realidad esta antinomia es artificial e innecesaria. Se puede trabajar y tener una vida estable sin necesidad de renunciar a seguir aprendiendo. La solución es una buena organización laboral.

Mi propuesta es muy simple, e incluso creo que en esta ocasión es realizable. Se trata de acomodar todos los trabajos posibles ―al menos todos los de oficina― al horario típico del funcionario español. Es decir, se trabajará de 8 a 3 de la tarde. Luego el trabajador tendrá la tarde libre para dedicarse a estudiar o hacer lo que le guste. Una parte del sueldo (que debemos asumir será razonable) se destinará a pagar los estudios o actividades que el trabajador haya decidido seguir. Podríamos proponer entre un 10 y 20% del sueldo, según la actividad que se haya escogido. Las carreras universitarias lógicamente costarán más que los cursos y talleres temporales; pero el abanico de posibilidades deberá cubrir desde las carreras universitarias ―incluyendo estudios de posgrado― hasta cursos de idiomas, cocina, baile o jardinería. Lo importante es que el trabajador podrá seguir formándose en lo que le interesa sin dejar de trabajar o verse obligado a renunciar a la mitad de su sueldo en empleos a tiempo parcial.

Aquellos que no tienen interés en estudiar también tendrían la opción de recibir su sueldo completo, y luego disponer de toda la tarde libre; o también podrían elegir trabajar en un horario partido de mañana y tarde (si el tipo de trabajo lo permite). Con esta medida ya no se podrá culpar al sistema laboral de no poder estudiar y crecer; la ignorancia ahora será voluntaria y no el producto de siniestras fuerzas del sistema. El Estado deberá gestionar la oferta de estudios y la manera de pagarlos, programando todas las actividades formativas en la tarde a partir de las 5 o 6. La idea es que lo que los trabajadores paguen de su sueldo sea suficiente para financiar las actividades disponibles. Además esto requerirá una demanda constante de formadores, entre profesores, técnicos y monitores para impartir los cursos y talleres, favoreciendo con ello el empleo en el sector educativo. No se me ocurre un sistema más «democrático» para promover el aprendizaje y la formación continua entre los ciudadanos.

Las ventajas de este sistema son obvias e innegables. Con el tiempo, la población trabajadora estará cada vez más preparada; muchos tendrán dos o tres carreras universitarias completas, otros acumularán másteres y doctorados. La gente podrá estudiar y aprender aquellas cosas que siempre quiso pero que nunca se atrevió o que tuvo que abandonar por falta de tiempo y oportunidades. El sentido práctico de la medida significa una masa trabajadora cada vez más preparada que podrá optar a mejores condiciones laborables, o que podrá cambiar de rumbo laboral al estar preparado en más de una materia. Se podrá escapar del círculo vicioso de la especialización moderna, el perverso sistema que ha dividido artificialmente el saber en «ciencias y letras», y que en la mayoría de los casos ha determinado los intereses del individuo desde que estaba en el colegio, una edad en la que no comprendía las nefastas consecuencias de esta absurda división (ver mi artículo de diciembre del 2012, El retorno del hombre universal).

Sabemos que el aprendizaje continuo estimula la inteligencia y la creatividad, y que apenas usamos un porcentaje muy reducido de nuestra capacidad cerebral en nuestras actividades diarias. Tenemos un gran potencial cognitivo que desaprovechamos impunemente. También sabemos que no necesitamos trabajar tanto para mantener el sistema funcionando. Si hemos aceptado horarios abusivos es porque nos han hecho creer que el mercado necesita crecer ilimitadamente para mantenerse. Los horarios laborales actuales sólo se justifican para alimentar una avaricia insaciable. El sistema nos ha convertido en esclavos del trabajo comprando nuestra sumisión con un sueldo. Hemos olvidado que el trabajo no debe ser la finalidad de la vida; el trabajo es sólo un mal necesario para poder disfrutar de otras cosas (y no me refiero a una semana de vacaciones en el Caribe).

Tras una larga jornada laboral, la mayoría de la gente llega a casa con ganas de relajarse frente al televisor. Ya no tienen fuerzas ni ganas de estudiar o dedicar energías a la infinitud de otras cosas que la vida les ofrece y que podría hacerles más felices. Mucha gente no realiza otras actividades además de trabajar, por falta de tiempo, no por falta de interés. En el mejor de los casos, buscan huecos para ir al gimnasio a la hora del almuerzo o estudiar idiomas, o siguen clases a distancia por Internet, restando horas al sueño nocturno.

El statu quo ha establecido que debemos estudiar algunos años tras terminar el colegio para luego encontrar un empleo y dedicar el resto de la vida trabajando, y si acaso llegamos a la edad de jubilación, podremos disfrutar nuestros últimos años paseando en el parque. En el ínterin también debemos buscar pareja, reproducirnos, comprar casa y automóvil. Claro que para mantener todo esto debemos trabajar todo el día. Se nos ha hecho creer que seguir estudiando cuando ya hemos empezado a trabajar es un capricho, un lujo innecesario, y en consecuencia el sistema nos castiga con la precariedad laboral en vez de ofrecer facilidades para continuar nuestra formación. Es cierto que existen becas para aquellos que quieren seguir estudiando, pero esto implica dejar de trabajar. En mi propuesta se puede trabajar 7 horas diarias sin dejar de estudiar. Ambas cosas no son incompatibles ni excluyentes.

Sinceramente creo que toda sociedad desea que sus ciudadanos sean gente preparada, con inquietudes intelectuales y creativas. Me niego a pensar que el sistema no quiere que los trabajadores sigan formándose indefinidamente. Si el horario laboral se organizara de manera más racional, habría tiempo para trabajar con dedicación, seguir formándose —ya sea para aspirar a mejores condiciones laborales o por simple curiosidad intelectual— y disfrutar de la vida con plenitud. En suma, algo que se parece a la tan ansiada felicidad. Ya no tendríamos que escuchar los lamentos de aquellos que tras estudiar derecho sueltan un suspiro confesando que en «el mejor de los mundos posibles» hubiesen estudiado historia del arte, literatura o física. El mejor de los mundos posibles ahora es posible.


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