Una vez más, como cada invierno, el traficante de misterios ha llegado al pueblo. Su bolsa trae el aroma de nuevas especias y la fórmula secreta del olvido. También ha traído noticias de tierras lejanas, de bestias que deambulan más allá de los extramuros de esta tierra prometida, allá donde los señores del trueno ocupan las fortalezas del terror.
Su comitiva incluye mercaderes y nigromantes que cargan los restos de una infancia perdida en laberintos hexagonales.
En sus carpas venden pequeñas cajas con los sonidos de las criaturas reptantes que habitan debajo de las piedras azules.
Otras cajas contienen el inconfundible grito del arco iris.
Antropófagos gigantes y enanos danzantes ocupan la plaza. Durante el día ejecutan atrevidas acrobacias y sonríen exponiendo unos dientes de oro que brillan al sol; de noche cuentan historias de estepas heladas donde el viento corta la piel y susurra cantos que confunden a los desdichados viajeros.
El traficante de misterios es el único mortal que ha visto el mundo exterior. Solo él puede mover las fronteras de lo desconocido.
El misterio extiende sus redes ante el pueblo de los hombres de vidas silenciosas. Los caminos se pierden en la oscuridad, llevándonos a la tierra donde habitan los monstruos, el dolor y los malos pensamientos.