miércoles, 27 de julio de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
INTELIGENCIA HUMANA: UN ASOMBROSO ERROR DE LA EVOLUCIÓN
El título de este artículo quizás parezca escandaloso, pero en realidad decir que la inteligencia humana es un error evolutivo no tiene como objeto subestimar su valor ni ignorar su maravillosa complejidad y riqueza. Sin duda, sería estúpido no reconocer que la inteligencia humana es una creación asombrosa. Pero ello no demuestra que desde el punto de vista evolutivo nuestra inteligencia no es una singularidad, un accidente en los azarosos caminos de la evolución. Afirmo que es un error porque para las demás especies y para el planeta nuestra inteligencia constituye un serio peligro. Mientras más inteligente somos, más destructivos somos para el entorno y los demás organismos cuyas inteligencias son mucho más modestas.
Creo que la inteligencia humana es un error porque está fuera de toda proporción con respecto a las otras especies. Ello nos hace cada vez menos naturales, menos animales. Por eso estamos cada vez más alejados de la naturaleza, y por lo mismo nos servimos de ella como una herramienta, un medio para satisfacer nuestros mezquinos y egoístas intereses humanos. La pasmosa desproporción de nuestra inteligencia en comparación con los demás animales nos hace sentir «especiales» ―y para muchos los elegidos de un dios que hemos inventado para hacernos también especiales― y nos hace creer que tenemos derecho a utilizar el resto del planeta para nuestro propio beneficio. Una de las lamentables herencias de la ideología cristiana fue justificar la explotación de la naturaleza por mandato directo de temperamental dios arquitecto del Génesis. Esto tranquiliza las conciencias piadosas de millones de creyentes que aprueban la instrumentalización de otros animales y el saqueo sistemático de recursos naturales para nuestra propia comodidad. Aunque es obvio que nuestra inteligencia se usa también para crear belleza e inventos útiles y sorprendentes, también la usamos para satisfacer placeres frívolos e innecesarios que sólo destruyen los recursos y el hábitat de los otros animales menos afortunados. Espero que mi reclamo no se confunda con posturas ecologistas de moda, ni con un sentimiento antiprogreso o antitecnológico. Creo que mi acusación pretende ir mucho más allá.
Resulta curioso pensar que nuestra capacidad intelectual es básicamente la misma que la de los cavernícolas que habitaban el planeta hace 20,000 años. Al examinar un cerebro primitivo un neurólogo diría que fisiológicamente son casi iguales al cerebro moderno; pero no son los cerebros los que han cambiado desde hace miles de años, son las ideas. Lo que quiere decir que las ideas modernas que pueblan nuestras cabezas también fueron potencialmente pensables hace miles de años, pero no fueron pensadas porque el entorno no exigió que lo fueran. Sucede algo similar cuando recordamos la vida hace 30 años sin Internet ni teléfonos celulares; sería burdo pensar que entonces éramos menos inteligentes porque no habíamos imaginado tales inventos. La historia de la inteligencia es un camino de retos que fueron superados muy lentamente. Al comienzo de la historia miles de personas sufrieron las consecuencias de las inclemencias del entorno, y fueron sólo algunos individuos quizás un poco más listos que el resto quienes tuvieron ideas revolucionarias para solucionar problemas y hacer la vida menos difícil.
Alguien podría objetar que la inteligencia humana no es producto de un error, puesto que su potencial no es responsable de las acciones morales que le siguen. Estos críticos consideran que es el uso que hacemos de esta inteligencia lo que es condenable, y no la inteligencia per se. Pero en un sentido estricto la inteligencia superior es la condición para poder entrar en cualquier deliberación moral, y es también la condición causal para elegir determinada conducta moral. En otras palabras, la inteligencia nos hace seres morales ―o «racionales», con toda la ambigüedad de la palabra―, y nos quita toda inocencia natural (los otros animales no son agentes morales, por lo tanto están exentos de cualquier responsabilidad moral). Al ser tan inteligentes es difícil no verse tentados en elegir conductas perversas y egoístas. La inteligencia siempre buscará desarrollar todo su potencial sin tomar demasiado en cuenta los convencionales límites morales, que al fin y al cabo también son creación suya. En cambio, una inteligencia cognitivamente más modesta, más animal, nos liberaría de la posibilidad de hacer un daño irreparable.
Uno de los factores que sin duda contribuyó al desarrollo de nuestra desmesurada inteligencia fue la invención de la agricultura y la ganadería hace aproximadamente 10,000 años. Antes de estos avances el nomadismo exigía seguir las migraciones de los animales, además de buscar frutos y vegetales que crecían de manera silvestre. Era una vida sujeta al azar. Con una existencia así había muy poco tiempo para sentarse a pensar en otras cosas aparte de comer y protegerse del clima. La agricultura luego trajo el sedentarismo. Esto permitió usar el cerebro para solucionar nuevos problemas, problemas que seguramente antes no existían en la rústica vida nómada. Ahora el hombre podía pensar en construir herramientas para cazar, cultivar, asegurar un aprovisionamiento constante de agua y comida, además de construir una vivienda más segura y permanente. Más tarde, el dominio de los metales permitió crear artefactos, herramientas y armas fuertes y durables.
Durante milenios el ser humano ha vivido en relativa armonía con el mundo natural, aún con sus inventos y tecnología, debía organizar sus actividades junto con la naturaleza, de la que tomaba su alimento y energía. En la Edad Moderna los inventos como la electricidad y la máquina de vapor permitieron el nacimiento de la revolución industrial y la producción en serie. Con esto se instala un sistema capitalista de producción masiva que pretende satisfacer todas nuestras necesidades de la vida moderna. Pero en realidad una vez satisfechas nuestras necesidades elementales todo lo demás es accesorio, es lujo y exceso, con fines esencialmente económicos. Pero no es necesario seguir enumerando todos los inventos que revolucionaron la inteligencia humana, basta con mencionar estos ejemplos para ilustrar cómo fueron algunos inventos y descubrimientos los que nos hicieron tan artificialmente inteligentes.
El cambio de producción, de una escala doméstica e individual típica de la producción artesanal medieval, a una producción masiva industrial, significó un cambio dramático en la utilización de los recursos para satisfacer esta nueva industrialización. Aquí ya tenemos un ejemplo del daño que nuestra inteligencia productiva hizo al resto del planeta. Creo que la antigua producción artesanal no afectaba seriamente la sostenibilidad de los recursos naturales, porque su escala era bastante reducida pensada para una población también sujeta a un crecimiento lento y limitado debido a la falta de medicina moderna. Con la llegada de la ciencia médica la esperanza de vida se duplica y con ello la cantidad de consumidores de toda esta producción masiva. Más gente requiere más recursos y ello significa una mayor depredación. En una época más simple la muerte temprana también aseguraba un gasto moderado de los recursos. El famoso término de moda «desarrollo sostenible» es una falacia que las empresas usan para ganarse una reputación ecológica para al mismo tiempo ser más simpáticos en los ojos de los clientes y así aumentar su negocio; pero la realidad es que todo desarrollo significa destrucción de recursos y hábitats de otros animales. Mientras no cambiemos la idea de seguir creciendo y acumulando dinero y bienes el desarrollo sostenible siempre será una falsedad colectiva.
La próxima vez que estén caminando en la calle y se encuentren con un rascacielos, deténganse a observarlo. Busquen en ese gigantesco y brutal objeto algún rasgo de naturaleza. Compárenlo con los árboles que lo decoran en su base. Luego examinen los veloces y poderosos automóviles que recorren la ciudad. ¿Dónde está la relación entre estos inventos y el entorno natural? No hay ninguna. Ahora comparen nuestra inteligencia con la del chimpancé, la vaca, el gato o la de una lagartija que se calienta al sol. Resulta evidente, —y de aquí proviene la tesis central de este texto— que la relación entre nuestra inteligencia humana y la de los demás animales es indudablemente desproporcionada, aún comparándola sólo con los llamados «mamíferos superiores», los animales cerebralmente más próximos a nosotros. Por eso creo que es un error. De haber tomado un curso tal vez menos estrambótico, la evolución nos hubiese hecho primates quizás algo más listos que los chimpancés y gorilas, pero con inteligencias similares y en proporción al resto de los primates. Pero aún así, tal vez todavía tendríamos viviendas (pero mucho más rústicas), algún tipo de vestimenta rudimentaria y algunas herramientas, como lo tenían los rudos y pelirrojos neandertales. Con ello esta inteligencia estaría en proporción con la de la biodiversidad que nos rodea; formaríamos parte del conjunto natural y dejaríamos de ser una especie tan nociva para las demás especies.
Ser tan inteligentes alimenta la egocéntrica creencia de que esta facultad única justifica nuestro deseo de dominar y utilizar a las demás especies y recursos naturales. Asimismo hace de la historia de la Tierra la historia del hombre en ella, simplemente porque los demás animales no hacen historia (en el sentido en que lo conocemos, claro está). Es también una peligrosa justificación para pensar que somos el producto final de un proceso evolutivo de tendencia perfeccionista; el producto final de un largo y tedioso camino evolutivo —como pensaban algunos de los primeros naturalistas como Lamarck―, insinuando con ello que la existencia de un lagarto no tiene más sentido que el de ser un paso intermedio entre su anodina simplicidad y nuestra significativa complejidad. Pero ya que somos los únicos que podemos hacer descripciones, el antropocentrismo es inevitable, pero ello no debería ser motivo para no imaginar que el planeta también le podría pertenecer a otras especies.
En tiempos geológicos somos una novedad de último minuto. Si el tiempo de permanencia fuese el criterio para decidir a quién le pertenece el planeta tendríamos que admitir que vivimos tardíamente en el planeta de los dinosaurios; y si asumimos como criterio el aspecto poblacional tendríamos que decir que vivimos en el planeta de los insectos. Pero vivimos en el planeta de los hombres simplemente porque nuestra inteligencia y lenguaje nos permite afirmarlo. Y también porque nunca una especie fue tan capaz de modificar y hacer tanto daño al entorno y a las otras especies. Somos una plaga y cometemos un impune genocidio biológico, pero como somos los verdugos a nadie parece importarle demasiado. Quizás cuando aparezca una especie más inteligente que nosotros y con la misma política con respecto a los demás animales y recursos, podremos entender el alcance de nuestra soberbia y prepotencia.
Creo que la inteligencia humana es un error porque está fuera de toda proporción con respecto a las otras especies. Ello nos hace cada vez menos naturales, menos animales. Por eso estamos cada vez más alejados de la naturaleza, y por lo mismo nos servimos de ella como una herramienta, un medio para satisfacer nuestros mezquinos y egoístas intereses humanos. La pasmosa desproporción de nuestra inteligencia en comparación con los demás animales nos hace sentir «especiales» ―y para muchos los elegidos de un dios que hemos inventado para hacernos también especiales― y nos hace creer que tenemos derecho a utilizar el resto del planeta para nuestro propio beneficio. Una de las lamentables herencias de la ideología cristiana fue justificar la explotación de la naturaleza por mandato directo de temperamental dios arquitecto del Génesis. Esto tranquiliza las conciencias piadosas de millones de creyentes que aprueban la instrumentalización de otros animales y el saqueo sistemático de recursos naturales para nuestra propia comodidad. Aunque es obvio que nuestra inteligencia se usa también para crear belleza e inventos útiles y sorprendentes, también la usamos para satisfacer placeres frívolos e innecesarios que sólo destruyen los recursos y el hábitat de los otros animales menos afortunados. Espero que mi reclamo no se confunda con posturas ecologistas de moda, ni con un sentimiento antiprogreso o antitecnológico. Creo que mi acusación pretende ir mucho más allá.
Resulta curioso pensar que nuestra capacidad intelectual es básicamente la misma que la de los cavernícolas que habitaban el planeta hace 20,000 años. Al examinar un cerebro primitivo un neurólogo diría que fisiológicamente son casi iguales al cerebro moderno; pero no son los cerebros los que han cambiado desde hace miles de años, son las ideas. Lo que quiere decir que las ideas modernas que pueblan nuestras cabezas también fueron potencialmente pensables hace miles de años, pero no fueron pensadas porque el entorno no exigió que lo fueran. Sucede algo similar cuando recordamos la vida hace 30 años sin Internet ni teléfonos celulares; sería burdo pensar que entonces éramos menos inteligentes porque no habíamos imaginado tales inventos. La historia de la inteligencia es un camino de retos que fueron superados muy lentamente. Al comienzo de la historia miles de personas sufrieron las consecuencias de las inclemencias del entorno, y fueron sólo algunos individuos quizás un poco más listos que el resto quienes tuvieron ideas revolucionarias para solucionar problemas y hacer la vida menos difícil.
Alguien podría objetar que la inteligencia humana no es producto de un error, puesto que su potencial no es responsable de las acciones morales que le siguen. Estos críticos consideran que es el uso que hacemos de esta inteligencia lo que es condenable, y no la inteligencia per se. Pero en un sentido estricto la inteligencia superior es la condición para poder entrar en cualquier deliberación moral, y es también la condición causal para elegir determinada conducta moral. En otras palabras, la inteligencia nos hace seres morales ―o «racionales», con toda la ambigüedad de la palabra―, y nos quita toda inocencia natural (los otros animales no son agentes morales, por lo tanto están exentos de cualquier responsabilidad moral). Al ser tan inteligentes es difícil no verse tentados en elegir conductas perversas y egoístas. La inteligencia siempre buscará desarrollar todo su potencial sin tomar demasiado en cuenta los convencionales límites morales, que al fin y al cabo también son creación suya. En cambio, una inteligencia cognitivamente más modesta, más animal, nos liberaría de la posibilidad de hacer un daño irreparable.
Uno de los factores que sin duda contribuyó al desarrollo de nuestra desmesurada inteligencia fue la invención de la agricultura y la ganadería hace aproximadamente 10,000 años. Antes de estos avances el nomadismo exigía seguir las migraciones de los animales, además de buscar frutos y vegetales que crecían de manera silvestre. Era una vida sujeta al azar. Con una existencia así había muy poco tiempo para sentarse a pensar en otras cosas aparte de comer y protegerse del clima. La agricultura luego trajo el sedentarismo. Esto permitió usar el cerebro para solucionar nuevos problemas, problemas que seguramente antes no existían en la rústica vida nómada. Ahora el hombre podía pensar en construir herramientas para cazar, cultivar, asegurar un aprovisionamiento constante de agua y comida, además de construir una vivienda más segura y permanente. Más tarde, el dominio de los metales permitió crear artefactos, herramientas y armas fuertes y durables.
Durante milenios el ser humano ha vivido en relativa armonía con el mundo natural, aún con sus inventos y tecnología, debía organizar sus actividades junto con la naturaleza, de la que tomaba su alimento y energía. En la Edad Moderna los inventos como la electricidad y la máquina de vapor permitieron el nacimiento de la revolución industrial y la producción en serie. Con esto se instala un sistema capitalista de producción masiva que pretende satisfacer todas nuestras necesidades de la vida moderna. Pero en realidad una vez satisfechas nuestras necesidades elementales todo lo demás es accesorio, es lujo y exceso, con fines esencialmente económicos. Pero no es necesario seguir enumerando todos los inventos que revolucionaron la inteligencia humana, basta con mencionar estos ejemplos para ilustrar cómo fueron algunos inventos y descubrimientos los que nos hicieron tan artificialmente inteligentes.
El cambio de producción, de una escala doméstica e individual típica de la producción artesanal medieval, a una producción masiva industrial, significó un cambio dramático en la utilización de los recursos para satisfacer esta nueva industrialización. Aquí ya tenemos un ejemplo del daño que nuestra inteligencia productiva hizo al resto del planeta. Creo que la antigua producción artesanal no afectaba seriamente la sostenibilidad de los recursos naturales, porque su escala era bastante reducida pensada para una población también sujeta a un crecimiento lento y limitado debido a la falta de medicina moderna. Con la llegada de la ciencia médica la esperanza de vida se duplica y con ello la cantidad de consumidores de toda esta producción masiva. Más gente requiere más recursos y ello significa una mayor depredación. En una época más simple la muerte temprana también aseguraba un gasto moderado de los recursos. El famoso término de moda «desarrollo sostenible» es una falacia que las empresas usan para ganarse una reputación ecológica para al mismo tiempo ser más simpáticos en los ojos de los clientes y así aumentar su negocio; pero la realidad es que todo desarrollo significa destrucción de recursos y hábitats de otros animales. Mientras no cambiemos la idea de seguir creciendo y acumulando dinero y bienes el desarrollo sostenible siempre será una falsedad colectiva.
La próxima vez que estén caminando en la calle y se encuentren con un rascacielos, deténganse a observarlo. Busquen en ese gigantesco y brutal objeto algún rasgo de naturaleza. Compárenlo con los árboles que lo decoran en su base. Luego examinen los veloces y poderosos automóviles que recorren la ciudad. ¿Dónde está la relación entre estos inventos y el entorno natural? No hay ninguna. Ahora comparen nuestra inteligencia con la del chimpancé, la vaca, el gato o la de una lagartija que se calienta al sol. Resulta evidente, —y de aquí proviene la tesis central de este texto— que la relación entre nuestra inteligencia humana y la de los demás animales es indudablemente desproporcionada, aún comparándola sólo con los llamados «mamíferos superiores», los animales cerebralmente más próximos a nosotros. Por eso creo que es un error. De haber tomado un curso tal vez menos estrambótico, la evolución nos hubiese hecho primates quizás algo más listos que los chimpancés y gorilas, pero con inteligencias similares y en proporción al resto de los primates. Pero aún así, tal vez todavía tendríamos viviendas (pero mucho más rústicas), algún tipo de vestimenta rudimentaria y algunas herramientas, como lo tenían los rudos y pelirrojos neandertales. Con ello esta inteligencia estaría en proporción con la de la biodiversidad que nos rodea; formaríamos parte del conjunto natural y dejaríamos de ser una especie tan nociva para las demás especies.
Ser tan inteligentes alimenta la egocéntrica creencia de que esta facultad única justifica nuestro deseo de dominar y utilizar a las demás especies y recursos naturales. Asimismo hace de la historia de la Tierra la historia del hombre en ella, simplemente porque los demás animales no hacen historia (en el sentido en que lo conocemos, claro está). Es también una peligrosa justificación para pensar que somos el producto final de un proceso evolutivo de tendencia perfeccionista; el producto final de un largo y tedioso camino evolutivo —como pensaban algunos de los primeros naturalistas como Lamarck―, insinuando con ello que la existencia de un lagarto no tiene más sentido que el de ser un paso intermedio entre su anodina simplicidad y nuestra significativa complejidad. Pero ya que somos los únicos que podemos hacer descripciones, el antropocentrismo es inevitable, pero ello no debería ser motivo para no imaginar que el planeta también le podría pertenecer a otras especies.
En tiempos geológicos somos una novedad de último minuto. Si el tiempo de permanencia fuese el criterio para decidir a quién le pertenece el planeta tendríamos que admitir que vivimos tardíamente en el planeta de los dinosaurios; y si asumimos como criterio el aspecto poblacional tendríamos que decir que vivimos en el planeta de los insectos. Pero vivimos en el planeta de los hombres simplemente porque nuestra inteligencia y lenguaje nos permite afirmarlo. Y también porque nunca una especie fue tan capaz de modificar y hacer tanto daño al entorno y a las otras especies. Somos una plaga y cometemos un impune genocidio biológico, pero como somos los verdugos a nadie parece importarle demasiado. Quizás cuando aparezca una especie más inteligente que nosotros y con la misma política con respecto a los demás animales y recursos, podremos entender el alcance de nuestra soberbia y prepotencia.
miércoles, 6 de julio de 2011
ADIÓS A LA OBJETIVIDAD DEL MUNDO REAL
Hace un par de días, en un destello matinal de lucidez dominguera, tuve la siguiente relevación: todo es sensación. Todo lo que percibimos debe forzosamente pasar por nuestros sentidos, así que podríamos decir con mayor precisión que todo es percepción. La supuesta objetividad que nos gusta pensar que existe no es más que una convención, un acuerdo forzoso para alcanzar cierta tranquilidad y escapar de la angustia de saber que sólo existen percepciones subjetivas e intransferibles. Estamos solos en el mundo con nuestras percepciones privadas. El conocimiento objetivo es irreal e imposible. Sólo podemos constatar la duda e incertidumbre de nuestro conocimiento sobre eso que alegremente llamamos «el mundo real». Claro que nada de esto es nuevo, ya lo habían advertido los filósofos escépticos como Hume y Locke, pero aunque yo ya lo había estudiado desde el punto de vista académico hace años, fue recién hace unos días que la verdad se me apareció como la anunciación de un arcángel vengador, sin piedad alguna; como esas frases contundentes que alguien dice con aparente ingenuidad, pero que luego adquieren una dimensión descomunal que ya no podemos olvidar, como el terrible Zahir de Borges.
En el siglo XVII John Locke había hecho la distinción entre las cualidades primarias y secundarias de los objetos físicos. Las primeras estaban en el objeto, mientras las segundas eran puestas por el observador. Con esto intentaba alcanzar el ansiado conocimiento objetivo del mundo exterior y escapar del incómodo escepticismo que ya empezaba a crear grietas en los sólidos cimentos de la filosofía moderna. Las cualidades primarias debían ser cosas evidentes, como la forma, dureza, extensión; mientras las secundarias eran cosas menos precisas como el color, sabor y olor, información puesta por los sentidos del observador. Pero el bueno de Locke no advirtió que esas supuestas cualidades primarias, propias del objeto, también se percibían a través de nuestros sentidos; por lo tanto no es posible verificar si dichas cualidades son objetivas o no. Todo es percibido, sean rocas, sueños o unicornios.
Sin duda, el mundo real existe, puesto que existe algo que nuestros sentidos perciben; lo que no existe es un mundo real objetivo, un mundo en sí que podemos distinguir, como decía el viejo Descartes, con «claridad y distinción». Ya lo dijo Kant, solamente percibimos fenómenos, el mundo conocible sólo aparece bajo el siempre impreciso manto de nuestros sentidos. Claro está que estaría demás dudar de la información de nuestros sentidos, puesto que si somos seres materiales al igual que el mundo físico, no habría razón para pensar que no podemos captar la realidad física con cierta fiabilidad. Pero esto no es el punto, el punto es que entre la multiplicidad de percepciones privadas no podemos establecer una percepción común que llamaremos el «mundo real compartido». Aunque obviamente por razones prácticas sí lo hacemos; hablamos sin cuidado de la realidad como si fuese algo objetivo ahí afuera, y como si esa supuesta objetividad fuese compartida por todos sin duda alguna. Pero esta supuesta objetividad común no es más que una cómoda ficción colectiva.
Nuestra percepción del mundo está determinada además por nuestras emociones, y a su vez nuestras emociones están condicionadas por la manera en que sentimos la realidad física, además de nuestros pensamientos, creencias y deseos. No creo que se pueda sustentar un orden causal en la construcción de las emociones; es decir, no podemos decir que nuestros pensamientos determinan la manera de sentir el mundo, ni podemos decir que es al revés. Sensaciones y pensamientos trabajan al mismo tiempo y su mezcla determina la forma en que nos sentimos en el mundo. Esta particular y privada forma de estar en el mundo también condicionará inevitablemente nuestra percepción de la realidad. Por eso la percepción del mundo es única e intransferible; podemos intentar explicar a los demás a través del lenguaje escrito o gráfico la forma en que vemos el mundo, pero esta información nunca será comprendida en su totalidad por los demás, simplemente porque los demás son los demás. Y ante esto no hay nada que podamos hacer. Sólo podemos fingir que los demás nos entienden y que nosotros también les entendemos.
La metafísica cristiana, aquella que venció en Occidente reciclando el idealismo platónico, nos convenció fácilmente de que debajo de ese mundo en constante movimiento, ese «caos de sensaciones», existe un mundo estable e incorruptible. Sorprende que una concepción tan burda pudiera sobrevivir impunemente durante tanto tiempo y que aún exista mucha gente dispuesta a creerla. Pero a aquellos que les gusta creer esto en realidad se engañan, aunque prefiero creer que lo hacen más por comodidad e ingenuidad que por ignorancia. En todo caso, tras leer estas líneas ya no podrán clamar inocencia fenoménica. Ese supuesto mundo estable e inmutable que existe debajo de las apariencias fue un invento epistemológico para intentar alcanzar el conocimiento seguro. Pero ahora que somos más viejos y sabios, podemos reconocer ya que fue un cuento para niños temerosos de la oscuridad. Pero el hecho de que no veamos el monstruo en la oscuridad de nuestra propia ignorancia no significa que no exista.
Veamos algunos ejemplos; sabemos que el color sólo existe en nuestras retinas. Es un producto de la visión. Muchos animales ven el mundo en blanco y negro, otros sólo ven manchas. Las cosas rojas que vemos y que establecemos como tales son sólo convenciones perceptivas. Hemos acordado por comodidad y razones prácticas que las cosas que vemos como «rojas» son rojas. Más allá de esto no es posible saber si realmente lo son, o cómo serían las cosas rojas en un mundo sin ojos capaces de apreciar colores. La luz también determina la forma y color de los objetos. Cada persona ve los objetos desde su propia perspectiva y lugar físico en el mundo. Como señala la ley de impenetrabilidad, dos cuerpos físicos no pueden ocupar el mismo punto en el espacio al mismo tiempo, por lo tanto, cada sujeto ve los objetos desde perspectivas distintas, vemos formas y colores distintos; sin embargo, con total desasosiego, hablamos de los objetos como si fuesen objetivos para todos los que los perciben. Esto es sin duda asombroso.
El tiempo es otra construcción colectiva convencional. Según nuestros estados de ánimo el tiempo pasa con mayor o menor rapidez. Cuando estamos aburridos el tiempo se detiene; cuando lo pasamos bien vuela. Algunas drogas, como la marihuana, también modifican nuestra percepción. El tiempo se transforma, estirándose o comprimiéndose según nuestro interés y la forma en que percibimos los hechos que discurren. El resultado es que no existe tal cosa como el «tiempo real», sólo existe una medición subjetiva del tiempo. El tiempo cronológico fue un invento de Occidente para ponernos de acuerdo, pero más allá de eso no existe en sí mismo. Por otro lado, nos gusta decir que la manera en que percibimos el mundo bajo el efecto de drogas o alcohol no es el «mundo real»; en realidad sólo estamos diciendo que no es la manera habitual de percibir el mundo. Pero no hay razones contundentes para decidir cuál percepción es más real que la otra. La supuesta «normalidad» donde tan cómodos y seguros nos sentimos, sólo es normal por una cuestión temporal, pasamos la mayor parte de nuestra existencia en este estado (claro está, exceptuando alcohólicos y drogadictos). Pero eso no tiene nada que ver con la supuesta verdad o falsedad de ese estado con respecto a un hipotético mundo real.
La falacia del mundo real objetivo quizás esté comprometida con el mito del mundo inteligible, ideas y realidades inmateriales eternas. De nuevo, la metafísica cristiana nos hizo creer que existe algo llamado «alma», una sustancia que permanece igual y que sobrevive a la corrupción del cuerpo (que en un sentido estrictamente psicológico no es más que un disfrazado temor hacia la muerte). Esto también está relacionado a la idea de racionalidad moderna, una facultad universal exclusiva del ser humano, algo que lo hace distinto y especial, lejos de las supuestas miserias del mundo cambiante. Debo dejar claro que creo fervientemente en la existencia de la mente, aunque no podría precisar qué es. Y tampoco dudo que pienso y existo; pero la mente no debe confundirse con el concepto cristiano del alma, sea lo que fuere ese concepto, que también se usa impunemente para muchas cosas dispares. Es un concepto que queda sin definir y que por su uso extendido se ha trivializado, aunque parece ser algo que todos comprenden pero no pueden describir. En todo caso, la racionalidad, el alma, o el Yo transcendental no pueden garantizar un conocimiento del mundo real tal como es. Y si pudieran hacerlo no hay manera de comprobarlo. ¿Qué usaremos a modo de demostración para saber si nuestras descripciones del mundo real son verdaderas? Tendríamos que usar algún criterio externo, algún parámetro intermedio entre nuestra percepción individual y el supuesto mundo real. Admitámoslo, no existe tal criterio.
El lado amable de todo esto es que dado que nunca podremos saber si nuestras percepciones y descripciones son acertadas o no, debemos aceptar que nuestras ideas sobre el mundo son contingentes y falibles, y esto quiere decir que son potencialmente mejorables. Esto debería —en un mundo de buenas intenciones— conducir a la tolerancia epistemológica, moral y conceptual (pero claro está que no vivimos en ese mundo). No podemos dejar de percibir el mundo a través del filtro de nuestras sensaciones y emociones. Ante esta realidad, la ansiada impasibilidad racional es inútil (incluso esta supuesta frialdad es también una emoción, pero carente de aspavientos). Durante siglos nos hemos definido como «seres racionales», sin preguntarnos qué significa, evidentemente con intenciones morales y sociales. Pero esto ha sido un error; propongo una nueva definición: somos seres sensoriales pensantes. Todos nuestros juicios están contagiados de emoción y de nuestra manera particular de sentir el mundo en cada momento. Finalmente termino con la siguiente conclusión: los objetos sólo son «objetivos» —desprovistos de cualquier subjetividad― cuando nadie los percibe. En esto consiste su misterio.
En el siglo XVII John Locke había hecho la distinción entre las cualidades primarias y secundarias de los objetos físicos. Las primeras estaban en el objeto, mientras las segundas eran puestas por el observador. Con esto intentaba alcanzar el ansiado conocimiento objetivo del mundo exterior y escapar del incómodo escepticismo que ya empezaba a crear grietas en los sólidos cimentos de la filosofía moderna. Las cualidades primarias debían ser cosas evidentes, como la forma, dureza, extensión; mientras las secundarias eran cosas menos precisas como el color, sabor y olor, información puesta por los sentidos del observador. Pero el bueno de Locke no advirtió que esas supuestas cualidades primarias, propias del objeto, también se percibían a través de nuestros sentidos; por lo tanto no es posible verificar si dichas cualidades son objetivas o no. Todo es percibido, sean rocas, sueños o unicornios.
Sin duda, el mundo real existe, puesto que existe algo que nuestros sentidos perciben; lo que no existe es un mundo real objetivo, un mundo en sí que podemos distinguir, como decía el viejo Descartes, con «claridad y distinción». Ya lo dijo Kant, solamente percibimos fenómenos, el mundo conocible sólo aparece bajo el siempre impreciso manto de nuestros sentidos. Claro está que estaría demás dudar de la información de nuestros sentidos, puesto que si somos seres materiales al igual que el mundo físico, no habría razón para pensar que no podemos captar la realidad física con cierta fiabilidad. Pero esto no es el punto, el punto es que entre la multiplicidad de percepciones privadas no podemos establecer una percepción común que llamaremos el «mundo real compartido». Aunque obviamente por razones prácticas sí lo hacemos; hablamos sin cuidado de la realidad como si fuese algo objetivo ahí afuera, y como si esa supuesta objetividad fuese compartida por todos sin duda alguna. Pero esta supuesta objetividad común no es más que una cómoda ficción colectiva.
Nuestra percepción del mundo está determinada además por nuestras emociones, y a su vez nuestras emociones están condicionadas por la manera en que sentimos la realidad física, además de nuestros pensamientos, creencias y deseos. No creo que se pueda sustentar un orden causal en la construcción de las emociones; es decir, no podemos decir que nuestros pensamientos determinan la manera de sentir el mundo, ni podemos decir que es al revés. Sensaciones y pensamientos trabajan al mismo tiempo y su mezcla determina la forma en que nos sentimos en el mundo. Esta particular y privada forma de estar en el mundo también condicionará inevitablemente nuestra percepción de la realidad. Por eso la percepción del mundo es única e intransferible; podemos intentar explicar a los demás a través del lenguaje escrito o gráfico la forma en que vemos el mundo, pero esta información nunca será comprendida en su totalidad por los demás, simplemente porque los demás son los demás. Y ante esto no hay nada que podamos hacer. Sólo podemos fingir que los demás nos entienden y que nosotros también les entendemos.
La metafísica cristiana, aquella que venció en Occidente reciclando el idealismo platónico, nos convenció fácilmente de que debajo de ese mundo en constante movimiento, ese «caos de sensaciones», existe un mundo estable e incorruptible. Sorprende que una concepción tan burda pudiera sobrevivir impunemente durante tanto tiempo y que aún exista mucha gente dispuesta a creerla. Pero a aquellos que les gusta creer esto en realidad se engañan, aunque prefiero creer que lo hacen más por comodidad e ingenuidad que por ignorancia. En todo caso, tras leer estas líneas ya no podrán clamar inocencia fenoménica. Ese supuesto mundo estable e inmutable que existe debajo de las apariencias fue un invento epistemológico para intentar alcanzar el conocimiento seguro. Pero ahora que somos más viejos y sabios, podemos reconocer ya que fue un cuento para niños temerosos de la oscuridad. Pero el hecho de que no veamos el monstruo en la oscuridad de nuestra propia ignorancia no significa que no exista.
Veamos algunos ejemplos; sabemos que el color sólo existe en nuestras retinas. Es un producto de la visión. Muchos animales ven el mundo en blanco y negro, otros sólo ven manchas. Las cosas rojas que vemos y que establecemos como tales son sólo convenciones perceptivas. Hemos acordado por comodidad y razones prácticas que las cosas que vemos como «rojas» son rojas. Más allá de esto no es posible saber si realmente lo son, o cómo serían las cosas rojas en un mundo sin ojos capaces de apreciar colores. La luz también determina la forma y color de los objetos. Cada persona ve los objetos desde su propia perspectiva y lugar físico en el mundo. Como señala la ley de impenetrabilidad, dos cuerpos físicos no pueden ocupar el mismo punto en el espacio al mismo tiempo, por lo tanto, cada sujeto ve los objetos desde perspectivas distintas, vemos formas y colores distintos; sin embargo, con total desasosiego, hablamos de los objetos como si fuesen objetivos para todos los que los perciben. Esto es sin duda asombroso.
El tiempo es otra construcción colectiva convencional. Según nuestros estados de ánimo el tiempo pasa con mayor o menor rapidez. Cuando estamos aburridos el tiempo se detiene; cuando lo pasamos bien vuela. Algunas drogas, como la marihuana, también modifican nuestra percepción. El tiempo se transforma, estirándose o comprimiéndose según nuestro interés y la forma en que percibimos los hechos que discurren. El resultado es que no existe tal cosa como el «tiempo real», sólo existe una medición subjetiva del tiempo. El tiempo cronológico fue un invento de Occidente para ponernos de acuerdo, pero más allá de eso no existe en sí mismo. Por otro lado, nos gusta decir que la manera en que percibimos el mundo bajo el efecto de drogas o alcohol no es el «mundo real»; en realidad sólo estamos diciendo que no es la manera habitual de percibir el mundo. Pero no hay razones contundentes para decidir cuál percepción es más real que la otra. La supuesta «normalidad» donde tan cómodos y seguros nos sentimos, sólo es normal por una cuestión temporal, pasamos la mayor parte de nuestra existencia en este estado (claro está, exceptuando alcohólicos y drogadictos). Pero eso no tiene nada que ver con la supuesta verdad o falsedad de ese estado con respecto a un hipotético mundo real.
La falacia del mundo real objetivo quizás esté comprometida con el mito del mundo inteligible, ideas y realidades inmateriales eternas. De nuevo, la metafísica cristiana nos hizo creer que existe algo llamado «alma», una sustancia que permanece igual y que sobrevive a la corrupción del cuerpo (que en un sentido estrictamente psicológico no es más que un disfrazado temor hacia la muerte). Esto también está relacionado a la idea de racionalidad moderna, una facultad universal exclusiva del ser humano, algo que lo hace distinto y especial, lejos de las supuestas miserias del mundo cambiante. Debo dejar claro que creo fervientemente en la existencia de la mente, aunque no podría precisar qué es. Y tampoco dudo que pienso y existo; pero la mente no debe confundirse con el concepto cristiano del alma, sea lo que fuere ese concepto, que también se usa impunemente para muchas cosas dispares. Es un concepto que queda sin definir y que por su uso extendido se ha trivializado, aunque parece ser algo que todos comprenden pero no pueden describir. En todo caso, la racionalidad, el alma, o el Yo transcendental no pueden garantizar un conocimiento del mundo real tal como es. Y si pudieran hacerlo no hay manera de comprobarlo. ¿Qué usaremos a modo de demostración para saber si nuestras descripciones del mundo real son verdaderas? Tendríamos que usar algún criterio externo, algún parámetro intermedio entre nuestra percepción individual y el supuesto mundo real. Admitámoslo, no existe tal criterio.
El lado amable de todo esto es que dado que nunca podremos saber si nuestras percepciones y descripciones son acertadas o no, debemos aceptar que nuestras ideas sobre el mundo son contingentes y falibles, y esto quiere decir que son potencialmente mejorables. Esto debería —en un mundo de buenas intenciones— conducir a la tolerancia epistemológica, moral y conceptual (pero claro está que no vivimos en ese mundo). No podemos dejar de percibir el mundo a través del filtro de nuestras sensaciones y emociones. Ante esta realidad, la ansiada impasibilidad racional es inútil (incluso esta supuesta frialdad es también una emoción, pero carente de aspavientos). Durante siglos nos hemos definido como «seres racionales», sin preguntarnos qué significa, evidentemente con intenciones morales y sociales. Pero esto ha sido un error; propongo una nueva definición: somos seres sensoriales pensantes. Todos nuestros juicios están contagiados de emoción y de nuestra manera particular de sentir el mundo en cada momento. Finalmente termino con la siguiente conclusión: los objetos sólo son «objetivos» —desprovistos de cualquier subjetividad― cuando nadie los percibe. En esto consiste su misterio.
viernes, 24 de junio de 2011
viernes, 10 de junio de 2011
LA AUTONOMÍA EXISTENCIAL DE LO ABSURDO
¿Qué es lo absurdo? ¿Aquello que no tiene sentido o aquello que no se puede definir? Creo que el único sentido de lo absurdo es no tener sentido. Es algo que no puede ser explicado por sus causas o efectos. Es la existencia desnuda sin sentido, pero al mismo tiempo algo que existe tan rotundamente como todo lo demás, ―todo lo que está plenamente justificado y explicado en el mundo. Desde este punto de vista todos los objetos físicos tienen algo de absurdo. Su existencia material no puede ser reducida a su significado o finalidad. Una cuchara, por ejemplo, es una herramienta cuya función es recoger los alimentos con mayor comodidad, pero esa finalidad no agota sus características existenciales. A pesar de ser utilizada como cuchara y ser llamada así, la cuchara, cuando está sola y sin usarse, sigue siendo un objeto físico en el mundo. Esa presencia física, esa existencia bruta y atrozmente solitaria, es de alguna manera irreductible a las descripciones que podemos hacer sobre ella. La existencia siempre abarca más que sus explicaciones; o dicho de otra manera, el lenguaje es un sistema de significado limitado, y es justamente esta limitación lo que determina su insuficiencia para explicar los fenómenos del mundo.
Hemos heredado del pensamiento griego ―la famosa racionalidad griega― la fastidiosa costumbre de querer entender todo. Como consecuencia de este mal hábito hemos adquirido un temor inconsciente hacia todo lo que no comprendemos. Rechazamos lo absurdo calificándolo como tal, que en una acepción vulgar significa algo disparatado, y al mismo tiempo intentamos ignorar la acepción que intento rescatar en estos párrafos, porque nos asusta aquello que no puede ser explicado, quizás porque de alguna manera pone al descubierto nuestra propia miseria semántica y conceptual, y deja algunas puertas incómodamente abiertas hacia lo desconocido. Pero lo cierto es que el mundo está lleno de cosas, palabras, gestos y acciones absurdas. Pero intentamos desconocerlas, aunque sabemos que rechazándolas o negándolas no hará que desaparezcan. Pero hay buenas noticias: lo absurdo goza de buena salud y está aquí para quedarse.
Estando así las cosas, el dilema es el siguiente: ¿debemos luchar contra este absurdo o dejarnos llevar por él? O para poner un ejemplo práctico: ¿salir a la plaza a pelear por la revolución con los puños en alto o quedarse en casa escribiendo poemas sobre las indescriptibles curvas de la concha del caracol? Para mí no hay dilema alguno. Hace años acepté la inevitabilidad de lo absurdo y ahora me siento muy cómodo flotando a la deriva en sus caprichosas corrientes. Me basta con mirar un objeto cualquiera, de esos que nadie observa por su vulgaridad y cotidianeidad, para apreciar el terrorismo existencial de lo absurdo. Los objetos parecen estar quietos y subordinados pasivamente a la contingencia humana; pero yo sé, ―y sé que algunos otros también lo saben― que todos esos objetos respiran silenciosamente en su propio mundo, ajenos a toda racionalidad, encerrados en su propia lógica material. Les invito a hacerse una pregunta terrorífica: ¿los objetos siguen existiendo cuando no los vemos o nos olvidamos de ellos? Si responden afirmativamente, entonces quizás estén preparados para comprender la existencia absurda de los objetos que ingenuamente creemos están a nuestra disposición. Pero en realidad los objetos ―amablemente― sólo fingen estar a nuestro servicio; lo que sucede es que nuestra existencia les es indiferente.
La autonomía existencial de los objetos se puede apreciar plenamente a través de ciertas obras de arte, como por ejemplo, las esculturas minimalistas de gran formato. Este atrevido arte, cuya época de mayor esplendor fue la década de 1970, tuvo un gran impacto por su carácter subversivo y absurdo. ¿Acaso se puede imaginar un objeto más absurdo que un gran cubo metálico de 4 metros de alto? El minimalismo escultórico fue calificado como «deshumano», porque no trasmitía mensajes, esperanzas, ni nada comprensible a los espectadores. ¿Cómo se puede interactuar con un objeto geométrico de proporciones inhumanas? Eran objetos que pertenecían a otros planetas. El carácter deshumanizado de las obras no es otra cosa que su innegable naturaleza absurda; es un objeto que no quiere decir nada, que se limita a existir exigiendo y conquistando un espacio real para hacerlo, afirmándose rotundamente con su inevitable materialidad. Fue muy sano para el arte moderno que apareciese el minimalismo (como respuesta a los excesos sentimentales del expresionismo), así quedó demostrado que el arte no necesariamente tiene que estar lleno de buenas intenciones, emociones y lemas edificantes. El arte no tiene bandera y sí alguien intenta servirse de él para defender ideas social e históricamente aceptadas, alguien más debe inmediatamente devolverle la autonomía ideológica al arte presentando un arte opuesto, un arte ajeno a todo proselitismo humano.
Las acciones racionales (es decir, no absurdas), premeditadas, con fines claros y razonables, tienen algo que ruboriza. Quizás la exposición desnuda del fin de una acción delata nuestras carencias, nos vuelve vulnerables y dignos de cierta simpatía que roza la compasión. Posiblemente este rubor me impide participar en muchas acciones racionales y loables. Da vergüenza. ¡Qué pretencioso querer cambiar el mundo! Más pretencioso aún es pensar que dicho cambio es hacia un mundo mejor. Aplausos… Para mí todo eso sólo me conduce más lejos en los tenebrosos ―pero a la vez lúcidos― senderos del cinismo. El cinismo abraza lo absurdo como lo único que realmente vale la pena ser tomado en serio, justamente ―y en eso consiste la paradoja― porque lo absurdo no tiene nada de serio.
La creación inútil también tiene algo de absurdo, precisamente porque ha renunciado a un fin supuestamente superior más allá de su existencia misma. Ha rechazado la tentación de servir a fines ulteriores, de ser respetado por su compromiso moral o social. El que invierte su tiempo en creaciones inútiles es digno de admiración, así como el que pasa el tiempo adquiriendo conocimientos también inútiles. Dichos conocimientos son los únicos realmente valiosos y que engrandecen la vida. ¿De qué sirve estudiar business o estrategias de mercado? ¿Para ganar dinero? Bien, admitamos que el dinero es necesario en este mundo mezquino, pero debe haber formas menos vulgares de conseguirlo. Por otro lado, lo absurdo aparece en el instante menos esperado, como lo hacen las ocurrencias, sin aviso ni relación alguna con lo que nos ocupa en el momento. Y llega para minar todos nuestros patéticos esfuerzos de seriedad y solemnidad. Crea grietas en nuestro frágil mundo de protocolos y rituales que buscan infructuosamente detener la entropía natural del mundo. Por eso la gente que se toma todo en serio y que carece de sentido del humor no tolera lo absurdo, ya que pone al descubierto sus propias miserias (además, por lo general es gente poco inteligente, pues se sabe bien que el humor es signo inequívoco de inteligencia). Lo absurdo danza salvajemente sin coreografía entre el orden y la premeditación.
Finalmente, lo absurdo nos devuelve al estado primordial, a la existencia sin predicados ni justificaciones. La nada. Nos recuerda que la vida no tiene sentido y que el significado que supuestamente queremos encontrarle es un accesorio, un decorado ya tardío. La vida no tiene sentido a menos que nosotros lo inventemos; pero esto, lejos de desencantarnos, debe hacernos ver que el sentido de la vida está por hacerse y puede ser reinventado todos los días. Y esto es precisamente el camino de la libertad. Pero mucha gente no soporta pensar que la vida no tiene sentido. Para ellos existe el consuelo del autoengaño y el engaño de la sociedad de consumo que promueve una sensación de felicidad y bienestar (si compro estos zapatos seré feliz…). Pero para el resto, los que hemos aceptado la futilidad de la vida sin desesperación alguna, lo absurdo se acerca como un viejo amigo, de esos que uno llama para (des)ahogarse entre copas de un buen tinto.
Hemos heredado del pensamiento griego ―la famosa racionalidad griega― la fastidiosa costumbre de querer entender todo. Como consecuencia de este mal hábito hemos adquirido un temor inconsciente hacia todo lo que no comprendemos. Rechazamos lo absurdo calificándolo como tal, que en una acepción vulgar significa algo disparatado, y al mismo tiempo intentamos ignorar la acepción que intento rescatar en estos párrafos, porque nos asusta aquello que no puede ser explicado, quizás porque de alguna manera pone al descubierto nuestra propia miseria semántica y conceptual, y deja algunas puertas incómodamente abiertas hacia lo desconocido. Pero lo cierto es que el mundo está lleno de cosas, palabras, gestos y acciones absurdas. Pero intentamos desconocerlas, aunque sabemos que rechazándolas o negándolas no hará que desaparezcan. Pero hay buenas noticias: lo absurdo goza de buena salud y está aquí para quedarse.
Estando así las cosas, el dilema es el siguiente: ¿debemos luchar contra este absurdo o dejarnos llevar por él? O para poner un ejemplo práctico: ¿salir a la plaza a pelear por la revolución con los puños en alto o quedarse en casa escribiendo poemas sobre las indescriptibles curvas de la concha del caracol? Para mí no hay dilema alguno. Hace años acepté la inevitabilidad de lo absurdo y ahora me siento muy cómodo flotando a la deriva en sus caprichosas corrientes. Me basta con mirar un objeto cualquiera, de esos que nadie observa por su vulgaridad y cotidianeidad, para apreciar el terrorismo existencial de lo absurdo. Los objetos parecen estar quietos y subordinados pasivamente a la contingencia humana; pero yo sé, ―y sé que algunos otros también lo saben― que todos esos objetos respiran silenciosamente en su propio mundo, ajenos a toda racionalidad, encerrados en su propia lógica material. Les invito a hacerse una pregunta terrorífica: ¿los objetos siguen existiendo cuando no los vemos o nos olvidamos de ellos? Si responden afirmativamente, entonces quizás estén preparados para comprender la existencia absurda de los objetos que ingenuamente creemos están a nuestra disposición. Pero en realidad los objetos ―amablemente― sólo fingen estar a nuestro servicio; lo que sucede es que nuestra existencia les es indiferente.
La autonomía existencial de los objetos se puede apreciar plenamente a través de ciertas obras de arte, como por ejemplo, las esculturas minimalistas de gran formato. Este atrevido arte, cuya época de mayor esplendor fue la década de 1970, tuvo un gran impacto por su carácter subversivo y absurdo. ¿Acaso se puede imaginar un objeto más absurdo que un gran cubo metálico de 4 metros de alto? El minimalismo escultórico fue calificado como «deshumano», porque no trasmitía mensajes, esperanzas, ni nada comprensible a los espectadores. ¿Cómo se puede interactuar con un objeto geométrico de proporciones inhumanas? Eran objetos que pertenecían a otros planetas. El carácter deshumanizado de las obras no es otra cosa que su innegable naturaleza absurda; es un objeto que no quiere decir nada, que se limita a existir exigiendo y conquistando un espacio real para hacerlo, afirmándose rotundamente con su inevitable materialidad. Fue muy sano para el arte moderno que apareciese el minimalismo (como respuesta a los excesos sentimentales del expresionismo), así quedó demostrado que el arte no necesariamente tiene que estar lleno de buenas intenciones, emociones y lemas edificantes. El arte no tiene bandera y sí alguien intenta servirse de él para defender ideas social e históricamente aceptadas, alguien más debe inmediatamente devolverle la autonomía ideológica al arte presentando un arte opuesto, un arte ajeno a todo proselitismo humano.
Las acciones racionales (es decir, no absurdas), premeditadas, con fines claros y razonables, tienen algo que ruboriza. Quizás la exposición desnuda del fin de una acción delata nuestras carencias, nos vuelve vulnerables y dignos de cierta simpatía que roza la compasión. Posiblemente este rubor me impide participar en muchas acciones racionales y loables. Da vergüenza. ¡Qué pretencioso querer cambiar el mundo! Más pretencioso aún es pensar que dicho cambio es hacia un mundo mejor. Aplausos… Para mí todo eso sólo me conduce más lejos en los tenebrosos ―pero a la vez lúcidos― senderos del cinismo. El cinismo abraza lo absurdo como lo único que realmente vale la pena ser tomado en serio, justamente ―y en eso consiste la paradoja― porque lo absurdo no tiene nada de serio.
La creación inútil también tiene algo de absurdo, precisamente porque ha renunciado a un fin supuestamente superior más allá de su existencia misma. Ha rechazado la tentación de servir a fines ulteriores, de ser respetado por su compromiso moral o social. El que invierte su tiempo en creaciones inútiles es digno de admiración, así como el que pasa el tiempo adquiriendo conocimientos también inútiles. Dichos conocimientos son los únicos realmente valiosos y que engrandecen la vida. ¿De qué sirve estudiar business o estrategias de mercado? ¿Para ganar dinero? Bien, admitamos que el dinero es necesario en este mundo mezquino, pero debe haber formas menos vulgares de conseguirlo. Por otro lado, lo absurdo aparece en el instante menos esperado, como lo hacen las ocurrencias, sin aviso ni relación alguna con lo que nos ocupa en el momento. Y llega para minar todos nuestros patéticos esfuerzos de seriedad y solemnidad. Crea grietas en nuestro frágil mundo de protocolos y rituales que buscan infructuosamente detener la entropía natural del mundo. Por eso la gente que se toma todo en serio y que carece de sentido del humor no tolera lo absurdo, ya que pone al descubierto sus propias miserias (además, por lo general es gente poco inteligente, pues se sabe bien que el humor es signo inequívoco de inteligencia). Lo absurdo danza salvajemente sin coreografía entre el orden y la premeditación.
Finalmente, lo absurdo nos devuelve al estado primordial, a la existencia sin predicados ni justificaciones. La nada. Nos recuerda que la vida no tiene sentido y que el significado que supuestamente queremos encontrarle es un accesorio, un decorado ya tardío. La vida no tiene sentido a menos que nosotros lo inventemos; pero esto, lejos de desencantarnos, debe hacernos ver que el sentido de la vida está por hacerse y puede ser reinventado todos los días. Y esto es precisamente el camino de la libertad. Pero mucha gente no soporta pensar que la vida no tiene sentido. Para ellos existe el consuelo del autoengaño y el engaño de la sociedad de consumo que promueve una sensación de felicidad y bienestar (si compro estos zapatos seré feliz…). Pero para el resto, los que hemos aceptado la futilidad de la vida sin desesperación alguna, lo absurdo se acerca como un viejo amigo, de esos que uno llama para (des)ahogarse entre copas de un buen tinto.
jueves, 21 de abril de 2011
EL PELIGRO DE LA DEMOCRACIA ENTRE DESIGUALES
Por circunstancias inesperadas de la vida, fui testigo presencial de la reciente «fiesta democrática» en el Perú. Legalmente mi estadía fue en calidad de turista anglosajón, puesto que todos mis documentos de identidad peruanos habían expirado hace varios años. Sé que para muchos esto puede parecer huachafo (léase hortera en la península ibérica), pero esta condición de extranjería legal me permitió tomar distancia frente al terremoto político y social que ahora sacude el Perú. Mi propia inclinación electoral es irrelevante, aunque quizás resulte obvio que ninguno de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta eran mis favoritos. Pertenezco a ese sector social y cultural que no votó por los dos candidatos ganadores, los elegidos por el resto del Perú. El día de las elecciones salí a caminar por el malecón de Barranco, mientras la mayoría de la gente se apresuraba a votar o regresaban a sus casas con un dedo manchado con tinta morada. La densa niebla que cubrió Lima esos días quizás fue el presagio de lo que iba a ocurrir ese domingo funesto.
La crítica central de estos párrafos va dirigida contra la falsa democracia en el Perú y en otros países con similares condiciones de innegable desigualdad social y cultural. La democracia, tal como se inventó originalmente hace más de 2 mil años en la antigua Grecia, pretendía ser un sistema de gobierno elegido entre iguales (inter pares). Consecuentemente, no votaban las mujeres ni los campesinos ni los esclavos; es decir, sólo votaban los ciudadanos plenamente constituidos. Dichas personas tenían en común la misma condición social y una educación más o menos homogénea. Como los campesinos, esclavos y mujeres no tenían la misma formación educativa ni social, eran excluidos del proceso democrático. Ahora bien, hay que distinguir correctamente lo que intento decir: aunque dicho sistema era discriminatorio contra las personas socialmente inferiores ―y esto podría parecer injusto a los piadosos ojos de la sensibilidad posmoderna―, el sistema era coherente, pues sólo votaban los que eran iguales entre sí. De esta forma, el resultado de la elección era justa (dentro de los términos establecidos del sistema). Nadie podría quejarse ni considerar el resultado injusto porque todos los votantes eligieron en las mismas condiciones.
El proceso democrático es escandalosamente falseado cuando se da el mismo valor a millones de votantes desiguales en educación, valores y que prácticamente viven en países distintos. En el caso de los países supuestamente en vías de desarrollo, la mayoría de los votantes es pobre, y dicha pobreza por lo general está ligada a una pobre formación educativa que a su vez conduce a un voto emotivo e ignorante (aunque no vamos a negar que también existe una gran cantidad de votantes de clase media o alta que también votan sin conocimiento, pero son proporcionalmente irrelevantes). Es preocupante que el gobierno de un país esté a la merced de estas precarias condiciones. Esto explica por qué en el Perú ahora existe una gran minoría que no se ve reflejada en la segunda parte del proceso electoral. Para ellos no hay por quien votar y muchos tendrán que votar tapándose la nariz; no a favor de un candidato, sino simplemente en contra del que consideran peor. Esto no parece ser precisamente una fiesta democrática.
Pero independientemente de la ideología o preparación de los candidatos, lo que importa aquí es la preparación de los votantes. El sistema democrático pretende igualar a la masa de votantes desiguales mediante el acto de votar. Pero el voto igualitario no iguala al votante. Esto es la falacia de la democracia en el Perú y en países con grandes diferencias educativas y sociales. En el Perú existen distintas clases sociales, con grandes diferencias culturales y de pensamiento. Igualar el voto ignora todas estas diferencias, permitiendo que se legitime un gobierno producto de una votación desinformada. El tema central del voto igualitario es el poder y la responsabilidad que conlleva. Pongamos un ejemplo: imaginemos un minipaís democrático con 100 votantes. De esos 100 hay 30 personas bien preparadas e informadas, profesionales e intelectuales que conocen bien las propuestas de cada candidato. Luego hay 70 personas con un nivel educativo deficiente, indiferentes al debate electoral, que simplemente eligen a su candidato según sus habilidades para bailar reggaeton. El resultado de la elección será sin duda «democrático», pero con toda seguridad, también será desastroso. Se pone al país en riesgo por satisfacer una pretensión de igualdad que no existe. El voto de una persona culta y formada no puede ni debe tener el mismo valor que el voto de una persona sin interés ni formación. Ignorar estas diferencias es un acto sumamente irresponsable.
Que no se me confunda: antes que los defensores del pueblo, el campesinado y el proletariado, me califiquen con adjetivos desagradables, dejo claro que no estoy en contra de otorgar el voto al pueblo; estoy en contra del voto a un pueblo desinformado. Estoy de acuerdo con el derecho a votar y que los votos deben contarse equitativamente, pero sólo si los votantes ejercen su derecho en las mismas condiciones. Mientras los votos de electores abismalmente desiguales tengan el mismo valor muchos países tendrán gobiernos mediocres y populistas. Y los ciudadanos estarán a merced del gusto de una mayoría desinformada.
Por otro lado, estoy totalmente en desacuerdo con el voto obligatorio. El voto democrático debe ser un derecho, no una obligación. Mientras el voto sea obligatorio bajo amenazas de multas y sanciones legales, considero que la elección es un proceso fallido. Obligar a alguien a votar constituye un acto de terrorismo electoral (tengo tantas multas acumuladas que me da miedo ir a tramitar mi nuevo DNI). Mientras el voto sea obligatorio seguirá predominando el voto emotivo, frívolo e irresponsable. En cambio, si el voto fuese voluntario sólo votaría la gente que está realmente interesada en el proceso, que por lo general son votantes informados, con verdadera vocación electoral y democrática. Se acabaría el voto superfluo simplemente para evitar multas y por cumplir. Con esto los candidatos también tendrían que estar mucho más preparados, y para convencer a la gente de darse la molestia de votar se verían obligados a elaborar un discurso serio y convincente. Ya no recurrirían a estrategias circenses, ni prometerían el cielo. Se verían enfrentados a un elector exigente y menos propenso a ser engañado con trucos demagógicos o patéticos bailecitos de moda.
Como remedio, propongo que en los países donde la mayoría del electorado tiene un nivel educativo deficiente, se instale una meritocracia, donde gobiernen los mejores en cada área. No tiene sentido darle el poder a una masa de votantes ignorantes, eso es poner en peligro el bienestar del país. Hay que recurrir a una aristocracia, que en su acepción inicial significa «el gobierno de los mejores». Quizás sea posible formar un gobierno elegido por los méritos de gente honesta y con una sincera vocación de ayudar al país con su experiencia y conocimiento. Existe mucha gente preparada y dispuesta a ayudar. Aunque ciertamente quizás no sean buenos políticos, pero podrían actuar como buenos asesores. Mientras que en un país no exista una clase media con un nivel educativo homogéneo y con los mismos valores, el voto democrático es contraproducente. Antes de organizar elecciones democráticas, hay que educar a la población para alcanzar una sólida educación igualitaria; luego tendría sentido darles el poder de elegir el futuro del país, puesto que ya poseen el criterio suficiente para asumir tal responsabilidad. Mientras estas condiciones no existan conviene instalar una meritocracia para defender los intereses de todos.
Finalmente, frente al dilema electoral que ahora sufre el Perú, si yo estuviese en condiciones de votar, me inclinaría libremente por la anarquía. No votaría por ninguno de los dos candidatos presidenciales. Sé que mucha gente votará de manera estratégica pensando en el mal menor, pero resulta lamentable tener que votar por un candidato sólo para perjudicar al otro. Se reduce el derecho democrático a una especie de voto negativo. Hay que ser sinceros a la hora de votar. No debemos permitir que se nos obligue a elegir entre dos opciones que no queremos, simplemente porque la mayoría decidió esa opción. La mayoría es una tiranía intransigente e irracional. Es muy serio que la mitad de los votantes de un país no simpatice con ninguna de las opciones elegidas por la mayoría. Si ninguno de los candidatos convence entonces hay que recurrir a la rebelión ciudadana, patear el tablero con alegría y buen humor. Haciendo uso de nuestro derecho ciudadano, hay que manifestar esa disconformidad «democráticamente».
La crítica central de estos párrafos va dirigida contra la falsa democracia en el Perú y en otros países con similares condiciones de innegable desigualdad social y cultural. La democracia, tal como se inventó originalmente hace más de 2 mil años en la antigua Grecia, pretendía ser un sistema de gobierno elegido entre iguales (inter pares). Consecuentemente, no votaban las mujeres ni los campesinos ni los esclavos; es decir, sólo votaban los ciudadanos plenamente constituidos. Dichas personas tenían en común la misma condición social y una educación más o menos homogénea. Como los campesinos, esclavos y mujeres no tenían la misma formación educativa ni social, eran excluidos del proceso democrático. Ahora bien, hay que distinguir correctamente lo que intento decir: aunque dicho sistema era discriminatorio contra las personas socialmente inferiores ―y esto podría parecer injusto a los piadosos ojos de la sensibilidad posmoderna―, el sistema era coherente, pues sólo votaban los que eran iguales entre sí. De esta forma, el resultado de la elección era justa (dentro de los términos establecidos del sistema). Nadie podría quejarse ni considerar el resultado injusto porque todos los votantes eligieron en las mismas condiciones.
El proceso democrático es escandalosamente falseado cuando se da el mismo valor a millones de votantes desiguales en educación, valores y que prácticamente viven en países distintos. En el caso de los países supuestamente en vías de desarrollo, la mayoría de los votantes es pobre, y dicha pobreza por lo general está ligada a una pobre formación educativa que a su vez conduce a un voto emotivo e ignorante (aunque no vamos a negar que también existe una gran cantidad de votantes de clase media o alta que también votan sin conocimiento, pero son proporcionalmente irrelevantes). Es preocupante que el gobierno de un país esté a la merced de estas precarias condiciones. Esto explica por qué en el Perú ahora existe una gran minoría que no se ve reflejada en la segunda parte del proceso electoral. Para ellos no hay por quien votar y muchos tendrán que votar tapándose la nariz; no a favor de un candidato, sino simplemente en contra del que consideran peor. Esto no parece ser precisamente una fiesta democrática.
Pero independientemente de la ideología o preparación de los candidatos, lo que importa aquí es la preparación de los votantes. El sistema democrático pretende igualar a la masa de votantes desiguales mediante el acto de votar. Pero el voto igualitario no iguala al votante. Esto es la falacia de la democracia en el Perú y en países con grandes diferencias educativas y sociales. En el Perú existen distintas clases sociales, con grandes diferencias culturales y de pensamiento. Igualar el voto ignora todas estas diferencias, permitiendo que se legitime un gobierno producto de una votación desinformada. El tema central del voto igualitario es el poder y la responsabilidad que conlleva. Pongamos un ejemplo: imaginemos un minipaís democrático con 100 votantes. De esos 100 hay 30 personas bien preparadas e informadas, profesionales e intelectuales que conocen bien las propuestas de cada candidato. Luego hay 70 personas con un nivel educativo deficiente, indiferentes al debate electoral, que simplemente eligen a su candidato según sus habilidades para bailar reggaeton. El resultado de la elección será sin duda «democrático», pero con toda seguridad, también será desastroso. Se pone al país en riesgo por satisfacer una pretensión de igualdad que no existe. El voto de una persona culta y formada no puede ni debe tener el mismo valor que el voto de una persona sin interés ni formación. Ignorar estas diferencias es un acto sumamente irresponsable.
Que no se me confunda: antes que los defensores del pueblo, el campesinado y el proletariado, me califiquen con adjetivos desagradables, dejo claro que no estoy en contra de otorgar el voto al pueblo; estoy en contra del voto a un pueblo desinformado. Estoy de acuerdo con el derecho a votar y que los votos deben contarse equitativamente, pero sólo si los votantes ejercen su derecho en las mismas condiciones. Mientras los votos de electores abismalmente desiguales tengan el mismo valor muchos países tendrán gobiernos mediocres y populistas. Y los ciudadanos estarán a merced del gusto de una mayoría desinformada.
Por otro lado, estoy totalmente en desacuerdo con el voto obligatorio. El voto democrático debe ser un derecho, no una obligación. Mientras el voto sea obligatorio bajo amenazas de multas y sanciones legales, considero que la elección es un proceso fallido. Obligar a alguien a votar constituye un acto de terrorismo electoral (tengo tantas multas acumuladas que me da miedo ir a tramitar mi nuevo DNI). Mientras el voto sea obligatorio seguirá predominando el voto emotivo, frívolo e irresponsable. En cambio, si el voto fuese voluntario sólo votaría la gente que está realmente interesada en el proceso, que por lo general son votantes informados, con verdadera vocación electoral y democrática. Se acabaría el voto superfluo simplemente para evitar multas y por cumplir. Con esto los candidatos también tendrían que estar mucho más preparados, y para convencer a la gente de darse la molestia de votar se verían obligados a elaborar un discurso serio y convincente. Ya no recurrirían a estrategias circenses, ni prometerían el cielo. Se verían enfrentados a un elector exigente y menos propenso a ser engañado con trucos demagógicos o patéticos bailecitos de moda.
Como remedio, propongo que en los países donde la mayoría del electorado tiene un nivel educativo deficiente, se instale una meritocracia, donde gobiernen los mejores en cada área. No tiene sentido darle el poder a una masa de votantes ignorantes, eso es poner en peligro el bienestar del país. Hay que recurrir a una aristocracia, que en su acepción inicial significa «el gobierno de los mejores». Quizás sea posible formar un gobierno elegido por los méritos de gente honesta y con una sincera vocación de ayudar al país con su experiencia y conocimiento. Existe mucha gente preparada y dispuesta a ayudar. Aunque ciertamente quizás no sean buenos políticos, pero podrían actuar como buenos asesores. Mientras que en un país no exista una clase media con un nivel educativo homogéneo y con los mismos valores, el voto democrático es contraproducente. Antes de organizar elecciones democráticas, hay que educar a la población para alcanzar una sólida educación igualitaria; luego tendría sentido darles el poder de elegir el futuro del país, puesto que ya poseen el criterio suficiente para asumir tal responsabilidad. Mientras estas condiciones no existan conviene instalar una meritocracia para defender los intereses de todos.
Finalmente, frente al dilema electoral que ahora sufre el Perú, si yo estuviese en condiciones de votar, me inclinaría libremente por la anarquía. No votaría por ninguno de los dos candidatos presidenciales. Sé que mucha gente votará de manera estratégica pensando en el mal menor, pero resulta lamentable tener que votar por un candidato sólo para perjudicar al otro. Se reduce el derecho democrático a una especie de voto negativo. Hay que ser sinceros a la hora de votar. No debemos permitir que se nos obligue a elegir entre dos opciones que no queremos, simplemente porque la mayoría decidió esa opción. La mayoría es una tiranía intransigente e irracional. Es muy serio que la mitad de los votantes de un país no simpatice con ninguna de las opciones elegidas por la mayoría. Si ninguno de los candidatos convence entonces hay que recurrir a la rebelión ciudadana, patear el tablero con alegría y buen humor. Haciendo uso de nuestro derecho ciudadano, hay que manifestar esa disconformidad «democráticamente».
viernes, 25 de marzo de 2011
PÁNICO NUCLEAR O EL TRIUNFO DE LA IRRACIONALIDAD
Al menos una cosa buena ha traído la reciente crisis nuclear en Japón: ahora todos somos ―o creemos ser― expertos en energía nuclear. Siguiendo esa primitiva y frívola costumbre de formar bandos, el mundo se ha dividido en aquellos a favor y en contra de la aventura nuclear. A raíz de la tragedia japonesa, en muchos casos el mundo exterior ha reaccionado con pánico y posturas irracionales. Adicionalmente a los fantasmas del terrorismo, el cambio climático, entre otros, ahora se suma la amenaza nuclear.
En mi humilde condición de «ciudadano de a pie» (literalmente), y admitiendo mi ignorancia y falta de información sobre el tema nuclear, también me otorgo el derecho a opinar. Pero no voy a argumentar sobre por qué la energía nuclear es viable, barata y necesaria ―eso ya se hace en todas partes y además por expertos en el tema―, sino que voy a criticar la reacción irracional de la opinión pública, los medios y los ecologistas fanáticos que, sin estar bien informados, se aprovechan de la catástrofe nipona para hacer propaganda antinuclear y crear monstruos en las débiles mentes de la gente supersticiosa.
Lo primero que hay que subrayar es que la tragedia en Japón es un evento único sin precedentes, un fenómeno que sólo puede suceder en un país sísmico y expuesto a tsunamis, como la isla japonesa. Las plantas nucleares en el viejo continente o en zonas relativamente estables no están expuestas a ningún peligro similar a lo que ha sucedido en Fukushima. Así que el riesgo nuclear que ahora existe en las estaciones nucleares en el mundo entero es exactamente igual a la que existía antes del desastre en Japón. Ahora no son ni más seguras ni peligrosas de lo que eran antes. Además, las medidas de seguridad son muy estrictas y hasta el momento han ocurrido muy pocos accidentes. Pero en la memoria colectiva aún queda la tragedia de Chernobil, y lamentablemente toda estación nuclear está rodeada por este fantasma ucraniano. Por otro lado, el adjetivo «nuclear» está incómodamente atado a cosas poco amistosas como bombas, misiles y submarinos nucleares. Es un adjetivo maldito que nunca podrá tener la neutralidad semántica de la electricidad o gozar de la limpieza natural del viento o el sol, los otros medios energéticos de moda.
Creo que es sumamente sensato revisar y reforzar las medidas de seguridad de las plantas nucleares existentes y futuras, pero de ahí a abandonar el programa nuclear por complacer el sentimiento antinuclear de la opinión pública, ―malinformada y manipulada por los medios sensacionalistas ávidos por vender malas noticias―, es ya una medida desproporcionada e irracional. La reacción de algunos líderes mundiales ha sido grotesca y populista. Los medios han exagerado el peligro de radiación nuclear intentando crear una psicosis colectiva. Sabemos bien que los medios ―como los periódicos, por ejemplo― venden más cuando las noticias son malas (y bien por ellos, no hay nada más triste que un periódico intacto que no se vende y agoniza lentamente en el kiosco de prensa) (ojalá nunca vea uno). También el consumo se beneficia. No es casualidad que tras la alarma los supermercados japoneses quedaron vacíos. Claro, la gente piensa: ante el temor y la incertidumbre siempre es mejor comprar harta comida y agua y atrincherarse en casa para sobrevivir a los largos meses de oscuridad nuclear. En la llamada «edad de la información», los medios tienen el poder y lo usan según sus propios intereses o del que pueda pagar sus servicios.
Personalmente, encuentro muy fastidiosa esta tendencia posmoderna de juntar muchas ideologías dispares y meterlas en un solo saco. Así, por ejemplo, los ecologistas generalmente son a la vez de izquierdas, ateos o anticlericales, vegetarianos, antitaurinos, antinucleares y anti-cualquier-cosa que huela a capitalismo. Que no se me malinterprete. No tengo nada contra los ecologistas, sólo critico a los fanáticos y a los que mezclan ideologías y crean confusión en los demás. Yo mismo me declaro ecologista, porque creo en la naturaleza como principio físico, moral y estético del mundo, admiro y respeto a los animales, creo que hay que tomar medidas contra el cambio climático, bajar el consumo innecesario, y muchas cosas más que también comparten los ecologistas extremos, incluso aquellos que llevan dreads de dudosa higiene ―¿qué diablos llevan en la cabeza?―, pero al mismo tiempo soy un ecologista omnívoro, materialista, escéptico ante la democracia y el idealismo moral, y también creo firmemente que si la energía nuclear es segura, limpia y efectiva, no hay razón para oponerse a ella, y mucho menos simplemente porque lo nuclear «da miedo».
Si hay gente que sí tiene buenos motivos para alarmarse ante el desastre en Fukushima son los propios japoneses que viven en áreas cercanas y en toda la isla. Ellos sí tienen derecho a poner en duda la viabilidad de su programa nuclear, o al menos a revisar sus medidas de seguridad contra terremotos y tsunamis. El resto del mundo no tiene razones para hacer tanto ruido. Dentro de todo, es una suerte que el desastre ocurriera entre un pueblo con una mentalidad realista, sosegada y poco propensa a la alarma y a las muestras de histeria colectiva. Es el resto del mundo que ha entrado en pánico y ha empezado a gritar y a hacer escándalo. Tienen mucha razón los japoneses en indignarse ante estas impúdicas y desproporcionadas manifestaciones de pánico.
Por lo general, la mente humana siente debilidad ante los fantasmas y monstruos imaginarios. Se inclina hacia el catastrofismo y cree que si algo malo sucede una vez, entonces debe suceder de nuevo. Por ejemplo, si alguien sufre un accidente de tráfico, luego ya no quiere conducir porque siente un temor irracional a que le suceda otro accidente similar. O es el caso del viajero al que le roban la cartera en un autobús y luego evita tomar el mismo bus otro día porque cree que será víctima de un nuevo robo. Los hechos aislados son eso, hechos individuales sin relación causal con otros hechos. No hay necesidad causal ni lógica entre un evento esporádico y su posible repetición en el futuro. Las posibilidades de que se repita un accidente ―sobretodo si son causados por fenómenos naturales tan impredecibles como los terremotos― son las mismas que antes de dicho accidente. La sensación de continuidad o la relación causal es una creación producto de la imaginación y del temor irracional. Otro buen ejemplo es la absurda costumbre de comprar boletos de lotería en el mismo puesto donde se vendió el número ganador anterior. No existen mayores posibilidades de que la lotería caiga en ese puesto o cualquier otro. Cuando por pura probabilidad y necesidad un número sale ganador (porque alguien tiene que ganar), se le llama «suerte» y el ganador se siente especial. Pero no hay favores divinos ni planes universales, es puro azar ciego. El determinismo catastrófico es una creación producto de la supersticiosa mente medieval contemporánea.
Hace unos días, cuando la situación en Fukushima era aún muy incierta y se temía lo peor, encontré uno de esos odiosos mensajes en cadena en mi bandeja de entrada. Tenía cientos de direcciones y había sido reenviado un número similar de veces. El mensaje era para la población limeña y advertía que si llovía, aunque sea de manera muy leve (en Lima no llueve de verdad, sólo hay garúa) había que ponerse a salvo de la «lluvia radiactiva». Según este mensaje, la lluvia era producto de nubes radiactivas que habían cruzado el Pacífico desde Japón. La exposición a dicha lluvia nuclear debía producir cáncer, alopecia o derretir al infortunado peatón hasta convertirlo en una indescriptible masa amorfa. Tras leer estas tonterías inmediatamente borré el mensaje enviándolo al limbo virtual. Luego pensé que debía escribir algo al respecto. Quizás el lector sensato ahora entienda por qué.
En mi humilde condición de «ciudadano de a pie» (literalmente), y admitiendo mi ignorancia y falta de información sobre el tema nuclear, también me otorgo el derecho a opinar. Pero no voy a argumentar sobre por qué la energía nuclear es viable, barata y necesaria ―eso ya se hace en todas partes y además por expertos en el tema―, sino que voy a criticar la reacción irracional de la opinión pública, los medios y los ecologistas fanáticos que, sin estar bien informados, se aprovechan de la catástrofe nipona para hacer propaganda antinuclear y crear monstruos en las débiles mentes de la gente supersticiosa.
Lo primero que hay que subrayar es que la tragedia en Japón es un evento único sin precedentes, un fenómeno que sólo puede suceder en un país sísmico y expuesto a tsunamis, como la isla japonesa. Las plantas nucleares en el viejo continente o en zonas relativamente estables no están expuestas a ningún peligro similar a lo que ha sucedido en Fukushima. Así que el riesgo nuclear que ahora existe en las estaciones nucleares en el mundo entero es exactamente igual a la que existía antes del desastre en Japón. Ahora no son ni más seguras ni peligrosas de lo que eran antes. Además, las medidas de seguridad son muy estrictas y hasta el momento han ocurrido muy pocos accidentes. Pero en la memoria colectiva aún queda la tragedia de Chernobil, y lamentablemente toda estación nuclear está rodeada por este fantasma ucraniano. Por otro lado, el adjetivo «nuclear» está incómodamente atado a cosas poco amistosas como bombas, misiles y submarinos nucleares. Es un adjetivo maldito que nunca podrá tener la neutralidad semántica de la electricidad o gozar de la limpieza natural del viento o el sol, los otros medios energéticos de moda.
Creo que es sumamente sensato revisar y reforzar las medidas de seguridad de las plantas nucleares existentes y futuras, pero de ahí a abandonar el programa nuclear por complacer el sentimiento antinuclear de la opinión pública, ―malinformada y manipulada por los medios sensacionalistas ávidos por vender malas noticias―, es ya una medida desproporcionada e irracional. La reacción de algunos líderes mundiales ha sido grotesca y populista. Los medios han exagerado el peligro de radiación nuclear intentando crear una psicosis colectiva. Sabemos bien que los medios ―como los periódicos, por ejemplo― venden más cuando las noticias son malas (y bien por ellos, no hay nada más triste que un periódico intacto que no se vende y agoniza lentamente en el kiosco de prensa) (ojalá nunca vea uno). También el consumo se beneficia. No es casualidad que tras la alarma los supermercados japoneses quedaron vacíos. Claro, la gente piensa: ante el temor y la incertidumbre siempre es mejor comprar harta comida y agua y atrincherarse en casa para sobrevivir a los largos meses de oscuridad nuclear. En la llamada «edad de la información», los medios tienen el poder y lo usan según sus propios intereses o del que pueda pagar sus servicios.
Personalmente, encuentro muy fastidiosa esta tendencia posmoderna de juntar muchas ideologías dispares y meterlas en un solo saco. Así, por ejemplo, los ecologistas generalmente son a la vez de izquierdas, ateos o anticlericales, vegetarianos, antitaurinos, antinucleares y anti-cualquier-cosa que huela a capitalismo. Que no se me malinterprete. No tengo nada contra los ecologistas, sólo critico a los fanáticos y a los que mezclan ideologías y crean confusión en los demás. Yo mismo me declaro ecologista, porque creo en la naturaleza como principio físico, moral y estético del mundo, admiro y respeto a los animales, creo que hay que tomar medidas contra el cambio climático, bajar el consumo innecesario, y muchas cosas más que también comparten los ecologistas extremos, incluso aquellos que llevan dreads de dudosa higiene ―¿qué diablos llevan en la cabeza?―, pero al mismo tiempo soy un ecologista omnívoro, materialista, escéptico ante la democracia y el idealismo moral, y también creo firmemente que si la energía nuclear es segura, limpia y efectiva, no hay razón para oponerse a ella, y mucho menos simplemente porque lo nuclear «da miedo».
Si hay gente que sí tiene buenos motivos para alarmarse ante el desastre en Fukushima son los propios japoneses que viven en áreas cercanas y en toda la isla. Ellos sí tienen derecho a poner en duda la viabilidad de su programa nuclear, o al menos a revisar sus medidas de seguridad contra terremotos y tsunamis. El resto del mundo no tiene razones para hacer tanto ruido. Dentro de todo, es una suerte que el desastre ocurriera entre un pueblo con una mentalidad realista, sosegada y poco propensa a la alarma y a las muestras de histeria colectiva. Es el resto del mundo que ha entrado en pánico y ha empezado a gritar y a hacer escándalo. Tienen mucha razón los japoneses en indignarse ante estas impúdicas y desproporcionadas manifestaciones de pánico.
Por lo general, la mente humana siente debilidad ante los fantasmas y monstruos imaginarios. Se inclina hacia el catastrofismo y cree que si algo malo sucede una vez, entonces debe suceder de nuevo. Por ejemplo, si alguien sufre un accidente de tráfico, luego ya no quiere conducir porque siente un temor irracional a que le suceda otro accidente similar. O es el caso del viajero al que le roban la cartera en un autobús y luego evita tomar el mismo bus otro día porque cree que será víctima de un nuevo robo. Los hechos aislados son eso, hechos individuales sin relación causal con otros hechos. No hay necesidad causal ni lógica entre un evento esporádico y su posible repetición en el futuro. Las posibilidades de que se repita un accidente ―sobretodo si son causados por fenómenos naturales tan impredecibles como los terremotos― son las mismas que antes de dicho accidente. La sensación de continuidad o la relación causal es una creación producto de la imaginación y del temor irracional. Otro buen ejemplo es la absurda costumbre de comprar boletos de lotería en el mismo puesto donde se vendió el número ganador anterior. No existen mayores posibilidades de que la lotería caiga en ese puesto o cualquier otro. Cuando por pura probabilidad y necesidad un número sale ganador (porque alguien tiene que ganar), se le llama «suerte» y el ganador se siente especial. Pero no hay favores divinos ni planes universales, es puro azar ciego. El determinismo catastrófico es una creación producto de la supersticiosa mente medieval contemporánea.
Hace unos días, cuando la situación en Fukushima era aún muy incierta y se temía lo peor, encontré uno de esos odiosos mensajes en cadena en mi bandeja de entrada. Tenía cientos de direcciones y había sido reenviado un número similar de veces. El mensaje era para la población limeña y advertía que si llovía, aunque sea de manera muy leve (en Lima no llueve de verdad, sólo hay garúa) había que ponerse a salvo de la «lluvia radiactiva». Según este mensaje, la lluvia era producto de nubes radiactivas que habían cruzado el Pacífico desde Japón. La exposición a dicha lluvia nuclear debía producir cáncer, alopecia o derretir al infortunado peatón hasta convertirlo en una indescriptible masa amorfa. Tras leer estas tonterías inmediatamente borré el mensaje enviándolo al limbo virtual. Luego pensé que debía escribir algo al respecto. Quizás el lector sensato ahora entienda por qué.
martes, 1 de marzo de 2011
EL FUTURO EVOLUTIVO DEL HOMO SAPIENS COMODUS
La nomenclatura de Homo sapiens que acabo de inventar no tiene como objeto alarmar a los taxonomistas y antropólogos, obviamente me estoy refiriendo a nuestra propia subespecie. El Homo sapiens comodus es el hombre moderno atrofiado por una dependencia excesiva en la tecnología, que lo convierte en un homínido cómodo y perezoso; pero esto tiene un alto precio evolutivo, a saber: una progresiva disminución de nuestras facultades cognitivas y físicas. En las siguientes líneas intentaré explicar por qué.
Antes debo hacer un breve excurso sobre las ideas generalizadas y con frecuencia equivocadas sobre la evolución. En la cultura popular la palabra «evolución» tiene connotaciones inevitablemente positivas; la gente habla de evolución como un cambio hacia un estado mejor, un paso hacia el progreso, generalmente con una irritante carga moral. El verbo «evolucionar» se usa de la misma manera. Pero esta palabra pertenece a la biología y no tiene nada que ver con el uso erróneo que la gente hace de ella (las palabras no son culpables del mal uso y abuso de sus hablantes). La evolución no tiene en sí misma ninguna carga valorativa, no existe ningún acenso ni mejora de un estado peor a uno mejor. La carga edificante de la evolución fue agregada por una piadosa mirada teleológica perteneciente a la mentalidad burguesa cristiana. Este error también hace que la gente entienda el proceso evolutivo de manera errónea y que luego se decepcionen cuando las cosas no evolucionan como esperan o como quisieran.
La evolución, en un sentido estricto, describe los cambios que un organismo sufre para adaptarse exitosamente a un nuevo entorno (esto incluye, además del entorno físico, las especies ajenas, sean depredadores o presas, el clima, etc.). Un organismo evoluciona, muta, cuando el entorno lo hace primero. Si el entorno no cambia el organismo tampoco lo hace. La naturaleza trabaja con dos principios elementales: eficacia y economía. Pero con frecuencia los cambios que hacen que un organismo se adapte mejor a un nuevo entorno hacen que parezca que el organismo ha mejorado objetivamente, cuando la mejora sólo es relativa a un entorno particular. No hay razón, por ejemplo, para creer que es mejor tener patas que aletas. Si vives en el mar es mejor tener aletas y si eres un animal terrestre conviene mucho más tener patas. Pero ambas extremidades no pueden ser comparadas entre sí. Son simplemente adaptaciones distintas para cada entorno. Los organismos evolucionan para tener éxito como especie, y ser una especie exitosa es sencillamente sobrevivir en un mundo hostil y cambiante. No hay fin más trascendental que éste (en todo caso, ¿qué puede ser más sorprendente y difícil que simplemente mantenerse con vida?).
Hecha esta aclaración, ya podemos deducir que la evolución del hombre no supone ningún progreso moral ni un acercamiento a un fin superior o trascendental. Es verdad que nos hemos vuelto muy inteligentes, pero la mayor complejidad de un organismo no supone una mejora sustancial; quizás suponga una mayor diversidad en sus funciones y posibilidades, pero esto responde a un desafío de un entorno con más variables que enfrentar. En la historia de la vida del planeta todos los organismos han debido evolucionar para adaptarse a los cambios del entorno, pero nuestra especie es la única que ha logrado invertir el proceso. Ahora es el entorno y las demás especies los que se tienen que adaptar a nosotros (esto para muchos supone la demostración de nuestra superioridad biológica). Nuestra inteligencia y habilidad manual han logrado producir herramientas, cultura y tecnología. Nadie duda de los impresionantes logros de nuestra tecnología; admitamos que para crear todos los artilugios de la vida cotidiana hay que ser muy inteligentes. Hasta aquí todo parece ser celebración, pero si la tecnología sigue su curso actual pronto veremos que nuestra especie corre un serio peligro de morir de éxito. La inteligencia nos ha sobrepasado y nuestras creaciones finalmente nos volverán estúpidos y débiles.
He aquí la paradoja de nuestra inteligencia superior: la tecnología nos hace la vida más fácil y cómoda, pero al mismo tiempo sustituye el esfuerzo intelectual que antes hacíamos para resolver los problemas que ahora ella resuelve, finalmente haciéndonos menos inteligentes. Y, como si de una silenciosa conspiración mundial se tratara, cada vez somos más dependientes de la tecnología. Ya nadie concibe la vida sin ordenadores, Internet y teléfonos móviles. La tecnología se ocupa de las tareas más complejas y pesadas, sean éstas intelectuales o físicas, liberándonos de muchas cargas que antes nos agotaban u ocupaban mucho de nuestro tiempo. La justificación habitual es que esto nos permite disponer de más tiempo para otras cosas, aunque poca gente puede decir cuáles son esas «otras cosas», además de divertirse y salir de compras... El lector se preguntará: ¿bueno y qué? ¿Por qué esto nos hará más estupidos en el futuro? La respuesta es que todas esas competencias intelectuales y físicas que antes usábamos se atrofiarán por falta de uso. Según uno de los principios de la evolución, una adaptación, ya sea una extremidad o una facultad física, se atrofia o desaparece con el tiempo si ya no es útil para el organismo que lo porta. Es parte del principio de máximo ahorro energético de la naturaleza. Hace millones de años, cuando decidimos bajar de los árboles en las cálidas sabanas africanas, nuestra cola desapareció porque ya no nos servía. De la misma manera, el hombre anatómicamente moderno tiene el maxilar inferior menos pronunciado y robusto que el hombre primitivo, porque al cocinar sus alimentos ya no necesita tanta fuerza para comer carne cruda.
Así pues, las facultades que ya no se usan se atrofian. En nuestro caso, tenemos ejemplos muy claros. Todo el mundo habrá comprobado que nuestra habilidad matemática disminuye cuando ya no hacemos operaciones matemáticas, acostumbrados a la infalible inmediatez de las calculadoras. Igualmente, nuestra memoria cada vez tiene menos trabajo, desplazado por la indiscutible perfección de la imagen fotográfica, el video y los datos escritos, se desvanece por falta de uso. Algunos estudiosos de la inteligencia humana ya han advertido el progresivo deterioro de las facultades cognitivas por pereza y comodidad. También culpan a Internet por permitir el acceso inmediato y fácil a cualquier tipo de información; además de ahorrar el trabajo intelectual al usuario, la información que se ofrece es por lo general superficial y comprimida, modelada por la moda de la brevedad y rapidez. Del fast-food se ha pasado al fast-knowledge. Basta hojear las versiones antiguas de la Enciclopedia Británica (mi padre tiene una hermosa edición de 1940); los artículos son extensos y profundos, contrastando con los artículos resumidos de las ediciones actuales. Algunos podrán objetar que esa brevedad es necesaria porque ahora hay mucha más información que cubrir. Es un argumento ingenioso pero falaz. El hábito de leer la información de manera ligera y abreviada tiene como efecto una disminución de la capacidad para realizar análisis profundos que logren una comprensión integral del tema estudiado.
Con respecto al deterioro de nuestras habilidades físicas, podemos empezar por el malsano sedentarismo. Nuestro cuerpo fue modelado por la evolución para enfrentarse a constantes retos físicos; desde caminar varios kilómetros al día en busca de agua y comida, hasta luchar contra bestias salvajes o enemigos de la tribu vecina. Dado que la mayoría de la gente trabajadora pasa más de 8 horas sentada en una oficina frente a un ordenador, el desplazamiento diario es mínimo. Ni caminan, ni corren, ni levantan peso. En consecuencia, los músculos se debilitan por falta de uso, mientras la grasa se acumula por falta de desgaste energético. El sedentarismo de la vida moderna nos ha creado hábitos extraños, como salir a correr por el parque sin otra finalidad que la de mover las piernas (yo también lo hago), cuando antiguamente esto se hacía con frecuencia para conseguir recursos para sostener la vida cotidiana. La falta de esfuerzo muscular nos lleva al absurdo de levantar pesas simplemente para despertar nuestros adormilados músculos. Pensándolo bien, es lamentable que para poner el cuerpo en movimiento tengamos que correr sin destino alguno y levantar hierros sin otro fin que el de levantar algo pesado.
Tras todo esto ya podemos anunciar el esperado futuro evolutivo del Homo sapiens comodus. Si el avance de la tecnología actual sigue su curso (hasta el momento no hay nada que nos haga pensar lo contrario) nuestras habilidades cognitivas y físicas entrarán en una lenta espiral de imparable decadencia. Desde el punto de vista evolutivo esto no constituye tragedia alguna, sólo nos habremos adaptado al nuevo entorno, un entorno tecnológico que hemos creado para hacernos la vida más cómoda. Como resultado, perderemos la memoria fotográfica, ya que todas las imágenes relevantes estarán en la pantalla del ordenador o grabadas en videos. También seremos más miopes, ya que pasamos la mayor parte del tiempo mirando una pantalla que no está a más de medio metro de nuestros ojos. Ya no será necesario ver de lejos (¡todo estará a un clic de distancia!). Nuestra capacidad para el cálculo matemático también se verá severamente afectada por la imparable dependencia de las calculadoras, incluso para las operaciones más elementales. Físicamente, nuestros músculos se debilitarán ya que no será necesario levantar grandes pesos ni recorrer grandes distancias a pie, con esto las piernas perderán parte de su fuerza y resistencia para cubrir largos recorridos. Hace miles de años había que perseguir la comida durante varios kilómetros, ahora basta con caminar hasta el supermercado de la esquina. A todo este sombrío panorama hay que agregarle el alarmante efecto disgenésico de la ciencia médica. Antiguamente, antes de los avances de la medicina moderna, la gente débil y enferma moría por el implacable pero limpio y efectivo trabajo de la selección natural (que actúa como un filtro para detener el avance de enfermedades que pongan en peligro a la especie). Con la asistencia médica los débiles y enfermos sobreviven logrando reproducirse pasando sus genes defectuosos a las futuras generaciones. A largo plazo esto significa que la tara de genes enfermizos se multiplicará creando seres humanos cada vez menos saludables genéticamente.
Sé que esta predicción evolutiva no es muy alentadora. En resumen, nuestra especie será un animal debilitado, frágil, sin fuerza muscular, con poca memoria, expuesto a desarrollar más enfermedades, y menos inteligente ―por no decir más estúpido. Eso sí, tendremos ordenadores velocísimos, televisores con pantallas gigantes en 3D, robots domésticos y muchas otras cosas que ahora no podemos ni siquiera imaginar. Pero al menos ya podemos imaginar el lugar que nos toca como organismos supuestamente complejos entre toda esa impresionante tecnología. La tecnología será más sofisticada mientras nosotros seremos más simples y tontos. En fin, quizás esto es a lo que la gente se refiere cuando habla de «involucionar». Por último, alguien podrá objetar (y con mucha razón): ¿de qué te lamentas si acabas de decir que el hombre no tiene fin evolutivo alguno, acaso no quedamos en que no hay progreso ni un destino trascendental? Es verdad, y siendo así, la pérdida de todas estas maravillosas facultades será el precio para seguir adaptándonos al entorno; pero recordemos que este nuevo entorno no es natural, es un ambiente creado artificialmente por nosotros mismos. Lo irónico es haber dispuesto de nuestras ventajas evolutivas para crear una tecnología que finalmente nos quitará esas mismas ventajas. Es verdad, no hay una evolución ascendente, pero igualmente duele ver que todo el trabajo de millones de años de evolución se va al diablo por un exceso de comodidad y pereza.
Antes debo hacer un breve excurso sobre las ideas generalizadas y con frecuencia equivocadas sobre la evolución. En la cultura popular la palabra «evolución» tiene connotaciones inevitablemente positivas; la gente habla de evolución como un cambio hacia un estado mejor, un paso hacia el progreso, generalmente con una irritante carga moral. El verbo «evolucionar» se usa de la misma manera. Pero esta palabra pertenece a la biología y no tiene nada que ver con el uso erróneo que la gente hace de ella (las palabras no son culpables del mal uso y abuso de sus hablantes). La evolución no tiene en sí misma ninguna carga valorativa, no existe ningún acenso ni mejora de un estado peor a uno mejor. La carga edificante de la evolución fue agregada por una piadosa mirada teleológica perteneciente a la mentalidad burguesa cristiana. Este error también hace que la gente entienda el proceso evolutivo de manera errónea y que luego se decepcionen cuando las cosas no evolucionan como esperan o como quisieran.
La evolución, en un sentido estricto, describe los cambios que un organismo sufre para adaptarse exitosamente a un nuevo entorno (esto incluye, además del entorno físico, las especies ajenas, sean depredadores o presas, el clima, etc.). Un organismo evoluciona, muta, cuando el entorno lo hace primero. Si el entorno no cambia el organismo tampoco lo hace. La naturaleza trabaja con dos principios elementales: eficacia y economía. Pero con frecuencia los cambios que hacen que un organismo se adapte mejor a un nuevo entorno hacen que parezca que el organismo ha mejorado objetivamente, cuando la mejora sólo es relativa a un entorno particular. No hay razón, por ejemplo, para creer que es mejor tener patas que aletas. Si vives en el mar es mejor tener aletas y si eres un animal terrestre conviene mucho más tener patas. Pero ambas extremidades no pueden ser comparadas entre sí. Son simplemente adaptaciones distintas para cada entorno. Los organismos evolucionan para tener éxito como especie, y ser una especie exitosa es sencillamente sobrevivir en un mundo hostil y cambiante. No hay fin más trascendental que éste (en todo caso, ¿qué puede ser más sorprendente y difícil que simplemente mantenerse con vida?).
Hecha esta aclaración, ya podemos deducir que la evolución del hombre no supone ningún progreso moral ni un acercamiento a un fin superior o trascendental. Es verdad que nos hemos vuelto muy inteligentes, pero la mayor complejidad de un organismo no supone una mejora sustancial; quizás suponga una mayor diversidad en sus funciones y posibilidades, pero esto responde a un desafío de un entorno con más variables que enfrentar. En la historia de la vida del planeta todos los organismos han debido evolucionar para adaptarse a los cambios del entorno, pero nuestra especie es la única que ha logrado invertir el proceso. Ahora es el entorno y las demás especies los que se tienen que adaptar a nosotros (esto para muchos supone la demostración de nuestra superioridad biológica). Nuestra inteligencia y habilidad manual han logrado producir herramientas, cultura y tecnología. Nadie duda de los impresionantes logros de nuestra tecnología; admitamos que para crear todos los artilugios de la vida cotidiana hay que ser muy inteligentes. Hasta aquí todo parece ser celebración, pero si la tecnología sigue su curso actual pronto veremos que nuestra especie corre un serio peligro de morir de éxito. La inteligencia nos ha sobrepasado y nuestras creaciones finalmente nos volverán estúpidos y débiles.
He aquí la paradoja de nuestra inteligencia superior: la tecnología nos hace la vida más fácil y cómoda, pero al mismo tiempo sustituye el esfuerzo intelectual que antes hacíamos para resolver los problemas que ahora ella resuelve, finalmente haciéndonos menos inteligentes. Y, como si de una silenciosa conspiración mundial se tratara, cada vez somos más dependientes de la tecnología. Ya nadie concibe la vida sin ordenadores, Internet y teléfonos móviles. La tecnología se ocupa de las tareas más complejas y pesadas, sean éstas intelectuales o físicas, liberándonos de muchas cargas que antes nos agotaban u ocupaban mucho de nuestro tiempo. La justificación habitual es que esto nos permite disponer de más tiempo para otras cosas, aunque poca gente puede decir cuáles son esas «otras cosas», además de divertirse y salir de compras... El lector se preguntará: ¿bueno y qué? ¿Por qué esto nos hará más estupidos en el futuro? La respuesta es que todas esas competencias intelectuales y físicas que antes usábamos se atrofiarán por falta de uso. Según uno de los principios de la evolución, una adaptación, ya sea una extremidad o una facultad física, se atrofia o desaparece con el tiempo si ya no es útil para el organismo que lo porta. Es parte del principio de máximo ahorro energético de la naturaleza. Hace millones de años, cuando decidimos bajar de los árboles en las cálidas sabanas africanas, nuestra cola desapareció porque ya no nos servía. De la misma manera, el hombre anatómicamente moderno tiene el maxilar inferior menos pronunciado y robusto que el hombre primitivo, porque al cocinar sus alimentos ya no necesita tanta fuerza para comer carne cruda.
Así pues, las facultades que ya no se usan se atrofian. En nuestro caso, tenemos ejemplos muy claros. Todo el mundo habrá comprobado que nuestra habilidad matemática disminuye cuando ya no hacemos operaciones matemáticas, acostumbrados a la infalible inmediatez de las calculadoras. Igualmente, nuestra memoria cada vez tiene menos trabajo, desplazado por la indiscutible perfección de la imagen fotográfica, el video y los datos escritos, se desvanece por falta de uso. Algunos estudiosos de la inteligencia humana ya han advertido el progresivo deterioro de las facultades cognitivas por pereza y comodidad. También culpan a Internet por permitir el acceso inmediato y fácil a cualquier tipo de información; además de ahorrar el trabajo intelectual al usuario, la información que se ofrece es por lo general superficial y comprimida, modelada por la moda de la brevedad y rapidez. Del fast-food se ha pasado al fast-knowledge. Basta hojear las versiones antiguas de la Enciclopedia Británica (mi padre tiene una hermosa edición de 1940); los artículos son extensos y profundos, contrastando con los artículos resumidos de las ediciones actuales. Algunos podrán objetar que esa brevedad es necesaria porque ahora hay mucha más información que cubrir. Es un argumento ingenioso pero falaz. El hábito de leer la información de manera ligera y abreviada tiene como efecto una disminución de la capacidad para realizar análisis profundos que logren una comprensión integral del tema estudiado.
Con respecto al deterioro de nuestras habilidades físicas, podemos empezar por el malsano sedentarismo. Nuestro cuerpo fue modelado por la evolución para enfrentarse a constantes retos físicos; desde caminar varios kilómetros al día en busca de agua y comida, hasta luchar contra bestias salvajes o enemigos de la tribu vecina. Dado que la mayoría de la gente trabajadora pasa más de 8 horas sentada en una oficina frente a un ordenador, el desplazamiento diario es mínimo. Ni caminan, ni corren, ni levantan peso. En consecuencia, los músculos se debilitan por falta de uso, mientras la grasa se acumula por falta de desgaste energético. El sedentarismo de la vida moderna nos ha creado hábitos extraños, como salir a correr por el parque sin otra finalidad que la de mover las piernas (yo también lo hago), cuando antiguamente esto se hacía con frecuencia para conseguir recursos para sostener la vida cotidiana. La falta de esfuerzo muscular nos lleva al absurdo de levantar pesas simplemente para despertar nuestros adormilados músculos. Pensándolo bien, es lamentable que para poner el cuerpo en movimiento tengamos que correr sin destino alguno y levantar hierros sin otro fin que el de levantar algo pesado.
Tras todo esto ya podemos anunciar el esperado futuro evolutivo del Homo sapiens comodus. Si el avance de la tecnología actual sigue su curso (hasta el momento no hay nada que nos haga pensar lo contrario) nuestras habilidades cognitivas y físicas entrarán en una lenta espiral de imparable decadencia. Desde el punto de vista evolutivo esto no constituye tragedia alguna, sólo nos habremos adaptado al nuevo entorno, un entorno tecnológico que hemos creado para hacernos la vida más cómoda. Como resultado, perderemos la memoria fotográfica, ya que todas las imágenes relevantes estarán en la pantalla del ordenador o grabadas en videos. También seremos más miopes, ya que pasamos la mayor parte del tiempo mirando una pantalla que no está a más de medio metro de nuestros ojos. Ya no será necesario ver de lejos (¡todo estará a un clic de distancia!). Nuestra capacidad para el cálculo matemático también se verá severamente afectada por la imparable dependencia de las calculadoras, incluso para las operaciones más elementales. Físicamente, nuestros músculos se debilitarán ya que no será necesario levantar grandes pesos ni recorrer grandes distancias a pie, con esto las piernas perderán parte de su fuerza y resistencia para cubrir largos recorridos. Hace miles de años había que perseguir la comida durante varios kilómetros, ahora basta con caminar hasta el supermercado de la esquina. A todo este sombrío panorama hay que agregarle el alarmante efecto disgenésico de la ciencia médica. Antiguamente, antes de los avances de la medicina moderna, la gente débil y enferma moría por el implacable pero limpio y efectivo trabajo de la selección natural (que actúa como un filtro para detener el avance de enfermedades que pongan en peligro a la especie). Con la asistencia médica los débiles y enfermos sobreviven logrando reproducirse pasando sus genes defectuosos a las futuras generaciones. A largo plazo esto significa que la tara de genes enfermizos se multiplicará creando seres humanos cada vez menos saludables genéticamente.
Sé que esta predicción evolutiva no es muy alentadora. En resumen, nuestra especie será un animal debilitado, frágil, sin fuerza muscular, con poca memoria, expuesto a desarrollar más enfermedades, y menos inteligente ―por no decir más estúpido. Eso sí, tendremos ordenadores velocísimos, televisores con pantallas gigantes en 3D, robots domésticos y muchas otras cosas que ahora no podemos ni siquiera imaginar. Pero al menos ya podemos imaginar el lugar que nos toca como organismos supuestamente complejos entre toda esa impresionante tecnología. La tecnología será más sofisticada mientras nosotros seremos más simples y tontos. En fin, quizás esto es a lo que la gente se refiere cuando habla de «involucionar». Por último, alguien podrá objetar (y con mucha razón): ¿de qué te lamentas si acabas de decir que el hombre no tiene fin evolutivo alguno, acaso no quedamos en que no hay progreso ni un destino trascendental? Es verdad, y siendo así, la pérdida de todas estas maravillosas facultades será el precio para seguir adaptándonos al entorno; pero recordemos que este nuevo entorno no es natural, es un ambiente creado artificialmente por nosotros mismos. Lo irónico es haber dispuesto de nuestras ventajas evolutivas para crear una tecnología que finalmente nos quitará esas mismas ventajas. Es verdad, no hay una evolución ascendente, pero igualmente duele ver que todo el trabajo de millones de años de evolución se va al diablo por un exceso de comodidad y pereza.
sábado, 19 de febrero de 2011
MECENAZGO ESTATAL PARA LA CREACIÓN ARTÍSTICA
¿Quién no conoce un artista, músico o escritor que no tenga que pasar la mayor parte de su tiempo dando clases o trabajando en cosas ajenas a su oficio para poder sobrevivir y así financiar su trabajo artístico? Como observador y protagonista de tal infortunio creo que se podría hacer algo por evitarlo. Propongo que el Estado sea el mecenas que el creador necesita. El resultado sería liberar al artista de trabajar en actividades ajenas a sus intereses, además de una verdadera democratización de la cultura. Asimismo, la especulación de los precios del arte sería menor y cualquier ciudadano corriente podría disfrutar de una obra de arte, pieza musical o un libro a un costo realmente asequible. La cultura no debería ser un lujo.
La creación artística sincera debería estar libre de las tentaciones y corrupciones del mercado, una obra no debería hacerse para ser vendida. La venta debería ser una consecuencia y no la causa de la obra. Obviamente, muchos artistas, temiendo no vender sus obras se adaptan al gusto del mercado o al gusto masivo cayendo en una especie de prostitución artística. Algunos dicen, convencidos de su propia honestidad: «hago esto para vender y aparte hago mi obra personal», como si ambas cosas no fuesen su obra. Si bien esto no sucedería en el mejor de los mundos posibles, se entiende que el artista tiene necesidades materiales y económicas como cualquier ciudadano común. Para evitar esta situación se podría recurrir a un sistema de mecenazgo efectivo que garantice la libertad y el sustento del artista en su proceso creativo.
El mecenazgo sería similar a un sistema de becas; el Estado le proporcionaría una pensión mensual al creador durante un año para que pueda vivir y dedicarse exclusivamente a su trabajo artístico, sea artista plástico, músico, escritor, performer, etc. Al finalizar el año el artista tendrá que presentar sus obras, y sin duda será necesario convocar un jurado que evalúe la calidad y seriedad de la obra presentada. Siendo el Estado el mecenas, tendrá también el derecho y la obligación de gestionar las obras, dedicándose a la comercialización y difusión de las mismas, como hace el tradicional manager o representante. Al igual que se hace con la venta de libros, el artista podría recibir un porcentaje de las ventas como incentivo extra. Pero al ser auspiciado por el Estado para poder hacer su obra, el artista no podrá recibir grandes compensaciones económicas por la venta directa de sus obras, ya que éstas serían gestionadas por su mecenas estatal. El objetivo es que al evitar transacciones económicas privadas las obras puedan difundirse directamente entre el gran público a precios razonables. En el caso de músicos y escritores sería bastante sencillo ya que su obra puede publicarse en formatos económicos y en tirajes ilimitados. En el caso de las piezas únicas de artistas plásticos sería más complicado. Evidentemente, el carácter único de la obra le da más valor, pero igualmente el Estado tendría que buscar la manera de ofrecer la obra al mercado a un precio razonable para evitar que sólo sea comprado por las élites pudientes o coleccionistas con fines especulativos.
Los artistas cuyo trabajo implica actuaciones en vivo, como músicos, bailarines o actores de teatro, podrán gestionar sus propios conciertos y funciones para recibir un ingreso extra sin intermediarios, pero el disco u obra de teatro será publicada por el Estado en un formato económico como un objeto cultural que no pretende ser un objeto de lujo. Los músicos se quejan frecuentemente de la piratería y la pérdida en sus ganancias por la cultura del «todo gratis». Lógicamente, al músico le fastidia ver que todo el mundo puede escuchar su música gratis, sin recibir una compensación por su esfuerzo y trabajo artístico; pero con el sistema de mecenazgo el músico podrá crear su música sin pensar en las pérdidas económicas y además sabiendo que cualquier persona podrá escuchar su música a un precio razonable sin necesidad de recurrir a la piratería. Un músico que verdaderamente está interesado en su música quiere ser escuchado, antes que sólo ganar dinero por sus discos. Además, el Estado no favorecerá unas tendencias estéticas en detrimento de otras, no estará sujeto a la tiranía de la moda y el mal gusto masivo; como Estado tendrá que garantizar la presencia de distintos estilos de arte, música y literatura para satisfacer una demanda cultural heterogénea. De esta manera, los artistas que hagan obras alejadas del gusto popular o de las modas pasajeras tendrán su trabajo garantizado (incluyendo worst-sellers en vez de best-sellers). Con esto evitaremos esa patética situación en que un buen músico se “pacharaquea” para poder vender más discos o ser amado por las masas.
Insisto, el producto cultural no debería ser un objeto de lujo. Existe mucho talento desperdiciado en el mundo, mucho talento frustrado ante las exigencias y presiones del mercado y la lucha por sobrevivir. Algunos podrán argumentar que sólo los artistas verdaderamente talentosos logran vivir de su obra y eso es justamente la demostración de su talento; algo así como una implacable «selección creativa», pero esta forma de razonar tiene sus complejidades. Si bien es verdad que los artistas exitosos en general lo son porque tienen talento, es también por haber tenido la suerte de ser reconocidos por una comunidad con influencia de opinión o por adecuarse al gusto de un mercado pudiente. ¿Pero acaso el talento se mide por la oportuna compatibilidad con el gusto que lo mide? Es una pregunta difícil, muchas veces la obra no se adecua al gusto de sus contemporáneos. Pensemos en el clásico ejemplo de los artistas que vivieron en la miseria y que tras morir fueron «descubiertos» y cuyas obras actualmente alcanzan precios obscenos (no quería citar el trillado ejemplo de van Gogh, pero seguramente el lector ya lo había imaginado). Es realmente perverso que un artista tenga que vivir en la miseria y que sólo al morir su obra sea valorada. Para evitar estos casos, un sistema de mecenazgo garantizaría la obra del artista y una vida digna. Quizás el artista no se hará rico, pero al menos podría dedicarse a su arte sin problemas y sin pensar en cómo pagar el alquiler y otras cuentas vulgares. Con esto no todos los artistas serán reconocidos como talentosos, pero todos los creadores podrán crear y para eso han dedicado tantos años de estudio. No tiene sentido que existan tantas escuelas de arte y música para gente que luego tendrá que dedicarse a otra cosa para vivir.
Esos famosos cuadros clásicos que vemos en nuestras esporádicas visitas al museo fueron pintados por artistas que tuvieron la suerte de ser apoyados por algún mecenas de la corte. Sin ese apoyo nunca hubiesen podido hacer gran cosa. Pensemos ahora en todos aquellos cuadros imaginados que nunca se pintaron, las esculturas que nunca tomaron forma, las historias que no se escribieron, las melodías que nunca sonaron, todas esas ideas estéticas que quedaron en papel para terminar en el olvido. Muchas veces me estremece pensar en las todas esas nuevas ideas ―chispazos en las tinieblas de la normalidad― que se comparten en las conversaciones cotidianas, quizás en los bares, en las reuniones domésticas, en los viajes en autobús. Ideas que nunca toman forma para desaparecer en la nada. Pasa algo muy parecido con los artistas, muchos tienen ideas geniales pero no tienen medios ni un público que las valore. Condenados al destierro artístico, deben trabajar en el mundo real, muchas veces disfrazados con saco y corbata imitando la gravedad y falta de gracia de un businessman. Alienados y confundidos, han olvidado el propósito inicial de su vida, y pasan el tiempo creando dinero en vez de crear belleza.
La creación artística sincera debería estar libre de las tentaciones y corrupciones del mercado, una obra no debería hacerse para ser vendida. La venta debería ser una consecuencia y no la causa de la obra. Obviamente, muchos artistas, temiendo no vender sus obras se adaptan al gusto del mercado o al gusto masivo cayendo en una especie de prostitución artística. Algunos dicen, convencidos de su propia honestidad: «hago esto para vender y aparte hago mi obra personal», como si ambas cosas no fuesen su obra. Si bien esto no sucedería en el mejor de los mundos posibles, se entiende que el artista tiene necesidades materiales y económicas como cualquier ciudadano común. Para evitar esta situación se podría recurrir a un sistema de mecenazgo efectivo que garantice la libertad y el sustento del artista en su proceso creativo.
El mecenazgo sería similar a un sistema de becas; el Estado le proporcionaría una pensión mensual al creador durante un año para que pueda vivir y dedicarse exclusivamente a su trabajo artístico, sea artista plástico, músico, escritor, performer, etc. Al finalizar el año el artista tendrá que presentar sus obras, y sin duda será necesario convocar un jurado que evalúe la calidad y seriedad de la obra presentada. Siendo el Estado el mecenas, tendrá también el derecho y la obligación de gestionar las obras, dedicándose a la comercialización y difusión de las mismas, como hace el tradicional manager o representante. Al igual que se hace con la venta de libros, el artista podría recibir un porcentaje de las ventas como incentivo extra. Pero al ser auspiciado por el Estado para poder hacer su obra, el artista no podrá recibir grandes compensaciones económicas por la venta directa de sus obras, ya que éstas serían gestionadas por su mecenas estatal. El objetivo es que al evitar transacciones económicas privadas las obras puedan difundirse directamente entre el gran público a precios razonables. En el caso de músicos y escritores sería bastante sencillo ya que su obra puede publicarse en formatos económicos y en tirajes ilimitados. En el caso de las piezas únicas de artistas plásticos sería más complicado. Evidentemente, el carácter único de la obra le da más valor, pero igualmente el Estado tendría que buscar la manera de ofrecer la obra al mercado a un precio razonable para evitar que sólo sea comprado por las élites pudientes o coleccionistas con fines especulativos.
Los artistas cuyo trabajo implica actuaciones en vivo, como músicos, bailarines o actores de teatro, podrán gestionar sus propios conciertos y funciones para recibir un ingreso extra sin intermediarios, pero el disco u obra de teatro será publicada por el Estado en un formato económico como un objeto cultural que no pretende ser un objeto de lujo. Los músicos se quejan frecuentemente de la piratería y la pérdida en sus ganancias por la cultura del «todo gratis». Lógicamente, al músico le fastidia ver que todo el mundo puede escuchar su música gratis, sin recibir una compensación por su esfuerzo y trabajo artístico; pero con el sistema de mecenazgo el músico podrá crear su música sin pensar en las pérdidas económicas y además sabiendo que cualquier persona podrá escuchar su música a un precio razonable sin necesidad de recurrir a la piratería. Un músico que verdaderamente está interesado en su música quiere ser escuchado, antes que sólo ganar dinero por sus discos. Además, el Estado no favorecerá unas tendencias estéticas en detrimento de otras, no estará sujeto a la tiranía de la moda y el mal gusto masivo; como Estado tendrá que garantizar la presencia de distintos estilos de arte, música y literatura para satisfacer una demanda cultural heterogénea. De esta manera, los artistas que hagan obras alejadas del gusto popular o de las modas pasajeras tendrán su trabajo garantizado (incluyendo worst-sellers en vez de best-sellers). Con esto evitaremos esa patética situación en que un buen músico se “pacharaquea” para poder vender más discos o ser amado por las masas.
Insisto, el producto cultural no debería ser un objeto de lujo. Existe mucho talento desperdiciado en el mundo, mucho talento frustrado ante las exigencias y presiones del mercado y la lucha por sobrevivir. Algunos podrán argumentar que sólo los artistas verdaderamente talentosos logran vivir de su obra y eso es justamente la demostración de su talento; algo así como una implacable «selección creativa», pero esta forma de razonar tiene sus complejidades. Si bien es verdad que los artistas exitosos en general lo son porque tienen talento, es también por haber tenido la suerte de ser reconocidos por una comunidad con influencia de opinión o por adecuarse al gusto de un mercado pudiente. ¿Pero acaso el talento se mide por la oportuna compatibilidad con el gusto que lo mide? Es una pregunta difícil, muchas veces la obra no se adecua al gusto de sus contemporáneos. Pensemos en el clásico ejemplo de los artistas que vivieron en la miseria y que tras morir fueron «descubiertos» y cuyas obras actualmente alcanzan precios obscenos (no quería citar el trillado ejemplo de van Gogh, pero seguramente el lector ya lo había imaginado). Es realmente perverso que un artista tenga que vivir en la miseria y que sólo al morir su obra sea valorada. Para evitar estos casos, un sistema de mecenazgo garantizaría la obra del artista y una vida digna. Quizás el artista no se hará rico, pero al menos podría dedicarse a su arte sin problemas y sin pensar en cómo pagar el alquiler y otras cuentas vulgares. Con esto no todos los artistas serán reconocidos como talentosos, pero todos los creadores podrán crear y para eso han dedicado tantos años de estudio. No tiene sentido que existan tantas escuelas de arte y música para gente que luego tendrá que dedicarse a otra cosa para vivir.
Esos famosos cuadros clásicos que vemos en nuestras esporádicas visitas al museo fueron pintados por artistas que tuvieron la suerte de ser apoyados por algún mecenas de la corte. Sin ese apoyo nunca hubiesen podido hacer gran cosa. Pensemos ahora en todos aquellos cuadros imaginados que nunca se pintaron, las esculturas que nunca tomaron forma, las historias que no se escribieron, las melodías que nunca sonaron, todas esas ideas estéticas que quedaron en papel para terminar en el olvido. Muchas veces me estremece pensar en las todas esas nuevas ideas ―chispazos en las tinieblas de la normalidad― que se comparten en las conversaciones cotidianas, quizás en los bares, en las reuniones domésticas, en los viajes en autobús. Ideas que nunca toman forma para desaparecer en la nada. Pasa algo muy parecido con los artistas, muchos tienen ideas geniales pero no tienen medios ni un público que las valore. Condenados al destierro artístico, deben trabajar en el mundo real, muchas veces disfrazados con saco y corbata imitando la gravedad y falta de gracia de un businessman. Alienados y confundidos, han olvidado el propósito inicial de su vida, y pasan el tiempo creando dinero en vez de crear belleza.
viernes, 11 de febrero de 2011
LAS MISERIAS DEL MONOTEÍSMO
A todos aquellos creyentes que no pueden perder la fe y ser ateos como yo les recomiendo que se conviertan al politeísmo (pero no teman, con esto no tienen que renunciar a su dios favorito, sólo deben incluir otros). Ahora les explicaré por qué. El monoteísmo conduce inevitablemente a una pobreza intelectual, imaginativa y cultural. Las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e Islam) son igualmente nefastas en este sentido, sin considerar sus creencias o sistemas morales. El monoteísmo afirma que existe un solo dios, una sola verdad, una sola racionalidad, una sola interpretación válida del mundo, negando los otros relatos que desprecia como erróneas o falsas.
La validez epistemológica de cada religión no está en duda ni es el tema tratar, lo que se discute es la viabilidad y las ventajas históricas y culturales del monoteísmo. Yo afirmo que en conjunto el monoteísmo como sistema de creencias es perjudicial, y la historia corrobora mi tesis. Pensemos primero en la diversidad filosófica y cultural que existió en las sociedades politeístas antiguas, y luego cómo esa variedad desapareció o cayó en la clandestinidad durante la Edad Media, época en que el monoteísmo se estableció definitivamente. Durante la época de mayor esplendor helenística existió en Grecia una gran diversidad de formas de pensamiento, y todas convivían con cierta tolerancia, enfrentándose en combates filosóficos y dialécticos, pero sin recurrir a las implacables hogueras que siglos después iluminaron los cielos católicos medievales.
En la antigua Grecia existió, además del idealismo-platonista, una gran tradición de diversas escuelas filosóficas, como los atomistas liderados por el materialismo de Demócrito, los pitagóricos, estoicos, cínicos y los hedonistas de Epicuro, además de los escépticos y los sofistas relativistas como Protágoras. Aunque, como sabemos, finalmente ganó el idealismo de Platón ―que luego fue absorbido y reciclado por el cristianismo―, antes de esta tragedia filosófica todas las formas de pensamiento tenían derecho a existir y a defender sus ideas abiertamente dando lugar a una riqueza intelectual que nunca antes había existido en la historia de la civilización europea. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el monoteísmo? Con la implantación del monoteísmo judeocristiano toda esa multiplicidad de riqueza intelectual desapareció. No es coincidencia que la Edad Media se asienta con el triunfo del cristianismo y la caída del Imperio romano.
No es necesario repetir aquí toda la historia de la represión intelectual, religiosa, científica e imaginativa que ejerció la Iglesia católica durante esos siglos oscuros. Todos conocemos la historia de la Inquisición con sus torturas y hogueras; pero más importante que la crueldad de la represión religiosa son las terribles consecuencias en la historia del pensamiento: una sola cosmovisión, una sola verdad indiscutible, una interpretación absoluta de la realidad y del universo físico, moral y estético. Esta tiranía significó la muerte de la heterogeneidad intelectual. El politeísmo antiguo era útil para crear un ambiente de tolerancia y favorecer formas distintas de entender e interpretar el mundo. Cuando los romanos conquistaban pueblos bárbaros eran tolerantes con las creencias de los vencidos porque sabían que la religión era una forma de consuelo espiritual importante para los creyentes. Toleraban la religión de las provincias (etimológicamente pro vinci, «el lugar de los vencidos») mientras que aceptasen la religión oficial del estado romano; pero el politeísmo romano no se tomaba con la seriedad con la que se tomaba al dios único, sino más bien como un complejo sistema burocrático ideado para reafirmar el poder del estado. Al mismo tiempo que toleraban la religión de los vencidos también absorbían sus dioses y los latinizaban; un claro ejemplo es la importación de dioses griegos y egipcios a la galería de los dioses romanos. Al hacer esta apropiación también importaban formas de pensar y hacer, nuevas técnicas y descripciones de la realidad que indudablemente enriquecieron su mundo.
La misma estrechez de pensamiento existe en el Islam, con la diferencia de que en Oriente no existió la riqueza filosófica que sí había en Occidente (la filosofía, en un sentido estricto, es un invento occidental). Las tres religiones monoteístas coinciden en negar la existencia de otros dioses competidores. Cada religión se declara como la «verdadera y única», eliminando con esto la posibilidad de absorber nuevas ideas de otras creencias. Tras el fin de los mil años de oscuridad y con el proceso de secularización de la Ilustración y la separación del Estado y la Iglesia, la mente humana recuperó cierta libertad de pensamiento y se liberó del temor al castigo divino.
Cuando discuto estos temas mucha gente concluye su argumentación afirmando con satisfacción: «en todas las culturas ha existido en el hombre una tendencia a creer en algo superior». Quizás sea cierto, pero es lamentable que exista una inclinación humana a someterse y arrodillarse ante poderes invisibles e imaginados, como si el hombre no pudiese soportar la libertad y quisiera volver al tutelaje de un dios-padre que le reprima y controle, como un niño. Pero pensándolo bien, si el hombre no es capaz de aguantar la absoluta libertad de acción que tiene a su disposición, entonces no merece tenerla, bien merece ser encadenado y dominado por sus dioses iracundos y egoístas. La paradoja del hombre existencialmente huérfano es haber inventado dioses para tener un creador y así aliviar su soledad metafísica.
Ahora que el politeísmo fue aplastado y sólo sobrevive en pequeñas sociedades tribales cuyos miembros cazan y recogen frutos en taparrabos, sólo queda el choque de las dos grandes religiones monoteístas. Lamentablemente, por definición, ambas partes son irreconciliables y excluyentes, la afirmación de una implica la negación de la otra. Esto contradice profundamente la tendencia a la globalización cultural y económica del mundo. Admitámoslo, las religiones totalitarias no pueden fundirse en una gran religión universal del tipo We are the world… En cambio, si la historia hubiese sido otra, si el politeísmo hubiese sido la norma teológica, la tolerancia y la convivencia religiosa serían objetivos menos utópicos. Pero las cosas son como son. En un futuro no muy lejano finalmente el Islam saldrá victorioso de esta guerra entre Occidente y Oriente, sencillamente porque el Islam es una religión guerrera y expansiva, mientras que el carácter misionero del cristianismo está en constante declive. El cristianismo, aunque tiene como aliado al poderoso capitalismo, dejó de tomarse en serio contaminado por las ideas liberales y seculares de la Ilustración y tuvo que moderarse, debilitándose e iniciando con esto su propia decadencia. En cambio, una religión que no admite críticas ni reinterpretaciones ―en algunos casos bajo amenaza de decapitación― es una religión fuerte y conquistadora.
En un mundo ideal el monoteísmo no existiría, y de haber dioses habría muchos; algunos buenos, otros malvados, borrachos, libertinos, generosos o mezquinos, tal como es el ser humano. Con esto la libertad de pensamiento no tendría límites. Pero como esto no es así, y lamentablemente vivimos en el mundo real, quizás nos convendría empezar la lectura del Corán.
La validez epistemológica de cada religión no está en duda ni es el tema tratar, lo que se discute es la viabilidad y las ventajas históricas y culturales del monoteísmo. Yo afirmo que en conjunto el monoteísmo como sistema de creencias es perjudicial, y la historia corrobora mi tesis. Pensemos primero en la diversidad filosófica y cultural que existió en las sociedades politeístas antiguas, y luego cómo esa variedad desapareció o cayó en la clandestinidad durante la Edad Media, época en que el monoteísmo se estableció definitivamente. Durante la época de mayor esplendor helenística existió en Grecia una gran diversidad de formas de pensamiento, y todas convivían con cierta tolerancia, enfrentándose en combates filosóficos y dialécticos, pero sin recurrir a las implacables hogueras que siglos después iluminaron los cielos católicos medievales.
En la antigua Grecia existió, además del idealismo-platonista, una gran tradición de diversas escuelas filosóficas, como los atomistas liderados por el materialismo de Demócrito, los pitagóricos, estoicos, cínicos y los hedonistas de Epicuro, además de los escépticos y los sofistas relativistas como Protágoras. Aunque, como sabemos, finalmente ganó el idealismo de Platón ―que luego fue absorbido y reciclado por el cristianismo―, antes de esta tragedia filosófica todas las formas de pensamiento tenían derecho a existir y a defender sus ideas abiertamente dando lugar a una riqueza intelectual que nunca antes había existido en la historia de la civilización europea. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el monoteísmo? Con la implantación del monoteísmo judeocristiano toda esa multiplicidad de riqueza intelectual desapareció. No es coincidencia que la Edad Media se asienta con el triunfo del cristianismo y la caída del Imperio romano.
No es necesario repetir aquí toda la historia de la represión intelectual, religiosa, científica e imaginativa que ejerció la Iglesia católica durante esos siglos oscuros. Todos conocemos la historia de la Inquisición con sus torturas y hogueras; pero más importante que la crueldad de la represión religiosa son las terribles consecuencias en la historia del pensamiento: una sola cosmovisión, una sola verdad indiscutible, una interpretación absoluta de la realidad y del universo físico, moral y estético. Esta tiranía significó la muerte de la heterogeneidad intelectual. El politeísmo antiguo era útil para crear un ambiente de tolerancia y favorecer formas distintas de entender e interpretar el mundo. Cuando los romanos conquistaban pueblos bárbaros eran tolerantes con las creencias de los vencidos porque sabían que la religión era una forma de consuelo espiritual importante para los creyentes. Toleraban la religión de las provincias (etimológicamente pro vinci, «el lugar de los vencidos») mientras que aceptasen la religión oficial del estado romano; pero el politeísmo romano no se tomaba con la seriedad con la que se tomaba al dios único, sino más bien como un complejo sistema burocrático ideado para reafirmar el poder del estado. Al mismo tiempo que toleraban la religión de los vencidos también absorbían sus dioses y los latinizaban; un claro ejemplo es la importación de dioses griegos y egipcios a la galería de los dioses romanos. Al hacer esta apropiación también importaban formas de pensar y hacer, nuevas técnicas y descripciones de la realidad que indudablemente enriquecieron su mundo.
La misma estrechez de pensamiento existe en el Islam, con la diferencia de que en Oriente no existió la riqueza filosófica que sí había en Occidente (la filosofía, en un sentido estricto, es un invento occidental). Las tres religiones monoteístas coinciden en negar la existencia de otros dioses competidores. Cada religión se declara como la «verdadera y única», eliminando con esto la posibilidad de absorber nuevas ideas de otras creencias. Tras el fin de los mil años de oscuridad y con el proceso de secularización de la Ilustración y la separación del Estado y la Iglesia, la mente humana recuperó cierta libertad de pensamiento y se liberó del temor al castigo divino.
Cuando discuto estos temas mucha gente concluye su argumentación afirmando con satisfacción: «en todas las culturas ha existido en el hombre una tendencia a creer en algo superior». Quizás sea cierto, pero es lamentable que exista una inclinación humana a someterse y arrodillarse ante poderes invisibles e imaginados, como si el hombre no pudiese soportar la libertad y quisiera volver al tutelaje de un dios-padre que le reprima y controle, como un niño. Pero pensándolo bien, si el hombre no es capaz de aguantar la absoluta libertad de acción que tiene a su disposición, entonces no merece tenerla, bien merece ser encadenado y dominado por sus dioses iracundos y egoístas. La paradoja del hombre existencialmente huérfano es haber inventado dioses para tener un creador y así aliviar su soledad metafísica.
Ahora que el politeísmo fue aplastado y sólo sobrevive en pequeñas sociedades tribales cuyos miembros cazan y recogen frutos en taparrabos, sólo queda el choque de las dos grandes religiones monoteístas. Lamentablemente, por definición, ambas partes son irreconciliables y excluyentes, la afirmación de una implica la negación de la otra. Esto contradice profundamente la tendencia a la globalización cultural y económica del mundo. Admitámoslo, las religiones totalitarias no pueden fundirse en una gran religión universal del tipo We are the world… En cambio, si la historia hubiese sido otra, si el politeísmo hubiese sido la norma teológica, la tolerancia y la convivencia religiosa serían objetivos menos utópicos. Pero las cosas son como son. En un futuro no muy lejano finalmente el Islam saldrá victorioso de esta guerra entre Occidente y Oriente, sencillamente porque el Islam es una religión guerrera y expansiva, mientras que el carácter misionero del cristianismo está en constante declive. El cristianismo, aunque tiene como aliado al poderoso capitalismo, dejó de tomarse en serio contaminado por las ideas liberales y seculares de la Ilustración y tuvo que moderarse, debilitándose e iniciando con esto su propia decadencia. En cambio, una religión que no admite críticas ni reinterpretaciones ―en algunos casos bajo amenaza de decapitación― es una religión fuerte y conquistadora.
En un mundo ideal el monoteísmo no existiría, y de haber dioses habría muchos; algunos buenos, otros malvados, borrachos, libertinos, generosos o mezquinos, tal como es el ser humano. Con esto la libertad de pensamiento no tendría límites. Pero como esto no es así, y lamentablemente vivimos en el mundo real, quizás nos convendría empezar la lectura del Corán.
domingo, 16 de enero de 2011
COMER Y SER COMIDO: EL RECICLAJE DEL CUERPO
Ahora que todos somos ecologistas simpáticos y sensibles, y que reciclamos la basura en contenedores multicolores separando cuidadosamente el plástico del papel y de los restos orgánicos (o al menos eso decimos hacer), ha llegado el momento de tomarse el reciclaje en serio y afrontar el problema del cadáver humano. Sabemos que la muerte es un tema delicado (nadie quiere cargar con el muerto) pero debemos enfocar el asunto desde el punto de vista biológico y natural: somos una especie más en el planeta, pero a diferencia de todas las demás, nuestro cuerpo se desperdicia al morir sin servir de alimento más que a gusanos y a seres microscópicos. Esto es una costumbre evidentemente egoísta e ingrata con el mundo natural del cual nos hemos servido durante toda la vida; hemos criado, matado y comido miles de animales para nuestras necesidades alimenticias, pero cuando morimos no dejamos que nadie nos coma. Me extraña que hasta ahora nadie haya denunciado esta humana injusticia.
Este desperdicio de alimento y energía es imperdonable cuando tenemos en cuenta que ahora somos una plaga para el planeta (los demógrafos ya advierten que este año cruzaremos la barrera de los siete mil millones de personas). ¿A dónde va a parar toda esa carne inservible? Se pudre en pequeños nichos de cemento, y en los casos de incineración es aún peor, ni los gusanos aprovechan nuestro cuerpo ―protegido por los tabúes impuestos por nuestras extrañas creencias religiosas y metafísicas―. Como especie somos muy egoístas y desagradecidos con la naturaleza. Nuestro modus vivendi está enfocado en consumir y acumular, pero no para contribuir con el planeta y los demás animales. Somos depredadores ingratos. Todas las especies que viven en un ecosistema forman parte de un delicado equilibro ecológico con los demás animales y vegetales que comparten su hábitat. Claro que lo hacen de manera inconsciente, no tienen una conciencia ecológica, pero eso es lo de menos, lo que importa es que su conducta contribuye oportunamente a su hábitat, así sean depredadores, carroñeros o presas, todos forman parte de una cadena donde todos comen y al final son comidos. Pero nuestra especie es la excepción. Nuestra alienación cada vez mayor del mundo natural nos hace pensar que sólo debemos recibir sin dar nada a cambio. Nuestra sofisticación cultural y tecnológica nos conduce a un abandono de nuestras funciones como seres vivos en un planeta también vivo.
El transplante de órganos de donantes vivos y muertos es un hecho ya cotidiano. Esto también es una forma efectiva de reciclaje, por lo tanto no veo razón alguna para no reciclar el cuerpo una vez muerto y convertirlo en una fuente de alimento para otros animales. Admito que aún no estamos preparados para el canibalismo organizado, pero en realidad, el espanto visceral ante la idea de comerse al vecino no está basado en restricciones religiosas y morales, eso sólo es el refuerzo social y sicológico para convencer sin esfuerzo. El motivo es que hasta el momento hemos tenido otros animales grandes y dóciles a la mano para comer, fáciles de criar y matar; además al no ser humanos no tenemos que enfrentar incómodos problemas morales. Pero los antiguos aztecas y gente de otras culturas se comían a los vencidos y sacrificados, no por ser salvajes incivilizados, sino porque no disponían de otra fuente de proteína animal abundante. La necesidad crea la norma y la prohibición.
Existen claros ejemplos de reciclaje del cadáver humano; los parsis de Irán dejan sus muertos expuestos a los elementos en las «Torres del silencio», una construcción elevada en una colina para que los cadáveres sean comidos por los buitres. Sucede algo similar en el Tíbet donde comunidades budistas abandonan el cuerpo para ser comido por carroñeros alados y otros animales (práctica ritual llamada «enterramiento en el cielo»). Aunque en ambos casos dichas prácticas están basadas en creencias religiosas y un cierto desdén hacia el cuerpo inerte, el efecto es de un indiscutible reciclaje natural. El cuerpo es aprovechado por otros animales, siendo justo ya que antes de morir la persona comió muchos otros cuerpos animales para vivir. Asimismo, antiguamente los marineros que morían en alta mar eran «enterrados» en el mar. La ceremonia, cargada de connotaciones metafóricas y llena de belleza y romanticismo, al mismo tiempo permitía al cuerpo servir de alimento a los peces y animales marinos.
El tabú que hace intocable al cadáver en Occidente está sustentado en gran parte por la cosmovisión cristiana. Conceptos como la «resurrección de los cuerpos» en el llamado «Juicio Final» hacen que el cadáver sea considerado algo que hay que dejar intacto, ni siquiera se admite la incineración, ya que según los teólogos será mucho más difícil recuperar las cenizas diseminadas de un cadáver que sus huesos. En todo caso, sinceramente no creo que ya nadie crea en tales cuentos; debemos superar todos nuestros temores religiosos y morales y considerar el cuerpo como una pieza más en la delicada maquinaria natural del mundo. Además, no hay nada más hermoso y ecológico que saber que nuestro cuerpo servirá de alimento para mantener vivo a otros seres; igualmente el mismo concepto satisface cualquier inquietud espiritual o metafísica: el espíritu del cuerpo permanece en los demás seres vivos. Dejemos de ser mezquinos y egoístas con nuestro cuerpo; al fin al cabo, una vez muertos ya no nos sirve de nada.
Este desperdicio de alimento y energía es imperdonable cuando tenemos en cuenta que ahora somos una plaga para el planeta (los demógrafos ya advierten que este año cruzaremos la barrera de los siete mil millones de personas). ¿A dónde va a parar toda esa carne inservible? Se pudre en pequeños nichos de cemento, y en los casos de incineración es aún peor, ni los gusanos aprovechan nuestro cuerpo ―protegido por los tabúes impuestos por nuestras extrañas creencias religiosas y metafísicas―. Como especie somos muy egoístas y desagradecidos con la naturaleza. Nuestro modus vivendi está enfocado en consumir y acumular, pero no para contribuir con el planeta y los demás animales. Somos depredadores ingratos. Todas las especies que viven en un ecosistema forman parte de un delicado equilibro ecológico con los demás animales y vegetales que comparten su hábitat. Claro que lo hacen de manera inconsciente, no tienen una conciencia ecológica, pero eso es lo de menos, lo que importa es que su conducta contribuye oportunamente a su hábitat, así sean depredadores, carroñeros o presas, todos forman parte de una cadena donde todos comen y al final son comidos. Pero nuestra especie es la excepción. Nuestra alienación cada vez mayor del mundo natural nos hace pensar que sólo debemos recibir sin dar nada a cambio. Nuestra sofisticación cultural y tecnológica nos conduce a un abandono de nuestras funciones como seres vivos en un planeta también vivo.
El transplante de órganos de donantes vivos y muertos es un hecho ya cotidiano. Esto también es una forma efectiva de reciclaje, por lo tanto no veo razón alguna para no reciclar el cuerpo una vez muerto y convertirlo en una fuente de alimento para otros animales. Admito que aún no estamos preparados para el canibalismo organizado, pero en realidad, el espanto visceral ante la idea de comerse al vecino no está basado en restricciones religiosas y morales, eso sólo es el refuerzo social y sicológico para convencer sin esfuerzo. El motivo es que hasta el momento hemos tenido otros animales grandes y dóciles a la mano para comer, fáciles de criar y matar; además al no ser humanos no tenemos que enfrentar incómodos problemas morales. Pero los antiguos aztecas y gente de otras culturas se comían a los vencidos y sacrificados, no por ser salvajes incivilizados, sino porque no disponían de otra fuente de proteína animal abundante. La necesidad crea la norma y la prohibición.
Existen claros ejemplos de reciclaje del cadáver humano; los parsis de Irán dejan sus muertos expuestos a los elementos en las «Torres del silencio», una construcción elevada en una colina para que los cadáveres sean comidos por los buitres. Sucede algo similar en el Tíbet donde comunidades budistas abandonan el cuerpo para ser comido por carroñeros alados y otros animales (práctica ritual llamada «enterramiento en el cielo»). Aunque en ambos casos dichas prácticas están basadas en creencias religiosas y un cierto desdén hacia el cuerpo inerte, el efecto es de un indiscutible reciclaje natural. El cuerpo es aprovechado por otros animales, siendo justo ya que antes de morir la persona comió muchos otros cuerpos animales para vivir. Asimismo, antiguamente los marineros que morían en alta mar eran «enterrados» en el mar. La ceremonia, cargada de connotaciones metafóricas y llena de belleza y romanticismo, al mismo tiempo permitía al cuerpo servir de alimento a los peces y animales marinos.
El tabú que hace intocable al cadáver en Occidente está sustentado en gran parte por la cosmovisión cristiana. Conceptos como la «resurrección de los cuerpos» en el llamado «Juicio Final» hacen que el cadáver sea considerado algo que hay que dejar intacto, ni siquiera se admite la incineración, ya que según los teólogos será mucho más difícil recuperar las cenizas diseminadas de un cadáver que sus huesos. En todo caso, sinceramente no creo que ya nadie crea en tales cuentos; debemos superar todos nuestros temores religiosos y morales y considerar el cuerpo como una pieza más en la delicada maquinaria natural del mundo. Además, no hay nada más hermoso y ecológico que saber que nuestro cuerpo servirá de alimento para mantener vivo a otros seres; igualmente el mismo concepto satisface cualquier inquietud espiritual o metafísica: el espíritu del cuerpo permanece en los demás seres vivos. Dejemos de ser mezquinos y egoístas con nuestro cuerpo; al fin al cabo, una vez muertos ya no nos sirve de nada.
NAMES ARE NUMBERS
El otro día hablaba con una mujer ―cuya existencia vital es históricamente irrelevante― sobre diversos temas escurridizos. Tras un rato de amena charla ambulatoria le pregunté si tenía un nombre. Súbitamente, algunos segundos después de escuchar su nombre (que ya lo olvidé pues el dato tampoco era importante) tuve una revelación de sentido común y me di cuenta que era muy útil que todo el mundo tuviese un nombre. Lo que no es útil es que los nombres se repitan incesantemente. Eso sólo genera confusión y hartazgo. Así que en mi nuevo mundo propongo que se prohíba la repetición de nombres. Cada recién nacido tendrá un nombre único, al igual que su número de identificación, y como en aquellas fiestas snobs y huachafas («horteras» para los españoles) al que me solían invitar de vez en cuando, el nombre sería personal e intransferible.
Los nombres serán únicos y su cantidad dependerá de las posibles combinaciones del abecedario y de la imaginación de los padres. Además, para solucionar el grave problema de la sobrepoblación ―que ya está ahogando el planeta y a las demás especies―, vamos a limitar la población a la cantidad de nombres únicos existentes; es decir, habrá tanta gente según los nombres que existan. Pero no habrá más de un Juan, un Pedro y un Hermenegildo. No hay espacio para más de uno (y no insistan, que la política será de tolerancia cero)(aunque todavía no hemos pensado en cómo haríamos el ajuste actual; ya se nos ocurrirá algo). Con esto se acabaron las confusiones y las repeticiones odiosas. Pero ya que también somos comprensivos con las miserias y necesidades del ser humano, vamos a permitir que los nombres se vuelvan a usar a la muerte de su portador. Es decir, si alguien insiste en ser llamado Domingo (a pesar de haber nacido un martes) tiene que esperar a que el único portador de ese nombre haya muerto. Es una política muy justa y razonable.
Pero otra posible solución sería abandonar el uso de nombres y reemplazarlos por una serie de números. Se podrán usar los números del documento de identidad; o quizás sería mejor usar el número telefónico. Además esto sería muy útil ya que al llamar a alguien por su nombre también tendremos su número telefónico en caso sea necesario ponerse en contacto con esa persona (o pensemos en esos pobres donjuanes de discoteca que tienen que armarse de valor tras el tercer cuba libre para sacarle el número de teléfono a su potencial víctima). Es una idea muy práctica. Claro que con el uso, esa enojosa tendencia a la abreviación hará su parte y en vez de llamar a alguien correctamente como 663-703-553, se le terminará llamando 663… En todo caso, el uso de abreviaciones será tolerado entre grupos pequeños de individuos telefónicos. Pero obviamente, al identificar gente en grupos mayores y en todos los documentos oficiales la persona-número aparecerá con su nombre completo de 9 dígitos (o menos o más, según cada país).
Al igual que en la primera propuesta, se limitará la cantidad de nombres-número a las combinaciones posibles. No habrá más personas que números posibles. Así nadie repetirá su número, aunque se podrán tomar números repetidos de los muertos. Si como dijo Pitágoras hace milenios «todo es número», esta solución es la más humana imaginable. Eso sí, quedará estrictamente prohibido cambiar de número. Definitivamente, hay libertades muy molestas.
Los nombres serán únicos y su cantidad dependerá de las posibles combinaciones del abecedario y de la imaginación de los padres. Además, para solucionar el grave problema de la sobrepoblación ―que ya está ahogando el planeta y a las demás especies―, vamos a limitar la población a la cantidad de nombres únicos existentes; es decir, habrá tanta gente según los nombres que existan. Pero no habrá más de un Juan, un Pedro y un Hermenegildo. No hay espacio para más de uno (y no insistan, que la política será de tolerancia cero)(aunque todavía no hemos pensado en cómo haríamos el ajuste actual; ya se nos ocurrirá algo). Con esto se acabaron las confusiones y las repeticiones odiosas. Pero ya que también somos comprensivos con las miserias y necesidades del ser humano, vamos a permitir que los nombres se vuelvan a usar a la muerte de su portador. Es decir, si alguien insiste en ser llamado Domingo (a pesar de haber nacido un martes) tiene que esperar a que el único portador de ese nombre haya muerto. Es una política muy justa y razonable.
Pero otra posible solución sería abandonar el uso de nombres y reemplazarlos por una serie de números. Se podrán usar los números del documento de identidad; o quizás sería mejor usar el número telefónico. Además esto sería muy útil ya que al llamar a alguien por su nombre también tendremos su número telefónico en caso sea necesario ponerse en contacto con esa persona (o pensemos en esos pobres donjuanes de discoteca que tienen que armarse de valor tras el tercer cuba libre para sacarle el número de teléfono a su potencial víctima). Es una idea muy práctica. Claro que con el uso, esa enojosa tendencia a la abreviación hará su parte y en vez de llamar a alguien correctamente como 663-703-553, se le terminará llamando 663… En todo caso, el uso de abreviaciones será tolerado entre grupos pequeños de individuos telefónicos. Pero obviamente, al identificar gente en grupos mayores y en todos los documentos oficiales la persona-número aparecerá con su nombre completo de 9 dígitos (o menos o más, según cada país).
Al igual que en la primera propuesta, se limitará la cantidad de nombres-número a las combinaciones posibles. No habrá más personas que números posibles. Así nadie repetirá su número, aunque se podrán tomar números repetidos de los muertos. Si como dijo Pitágoras hace milenios «todo es número», esta solución es la más humana imaginable. Eso sí, quedará estrictamente prohibido cambiar de número. Definitivamente, hay libertades muy molestas.
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