Tú que ahora eres lo
suficientemente viejo como para recordar tus primeras fiestas juveniles en los
oscuros años ochenta, haz memoria. Mírate en una esquina de la fiesta escondido
tras el parlante, abrazado a tu vaso de ron con Coca-Cola; aterrado al pensar
que pronto tendrás que salir al centro de la pista de baile y fingir que sabes
bailar. Al frente se sienta una hilera
de chicas que simulan no estar interesadas en sus potenciales pretendientes. Llevan
el pelo como el trío letal de los Ángeles
de Charlie. Quieres sacar a la más
guapa, pero te expones a un rechazo en público que te acomplejará por tus siguientes
cinco años (por lo menos), así que inteligentemente eliges una chica menos
llamativa. De pronto reconoces los pegajosos acordes iniciales del 45 de Footloose; entonces saltas al ruedo y te
diriges a tu presa. Ella acepta sin ganas y sin apenas mirarte el acné que
erupciona insolentemente en tu cara lampiña. Luego buscan algún vacío en la
pista donde iniciar el ritual.
Entonces decides que es
hora de bailar. Mueves tus extremidades inconexamente sin gracia, pero miras al
vacío sin preocupación como si supieras lo que haces. No sabes que hacer con
los brazos que quedan colgando penosamente (por fortuna uno sigue ocupado con
el vaso de ron con Coca-Cola). Observas de reojo a tu pareja que también hace
lo que puede en su versión irremediablemente femenina. Y todo esto se repite
año tras año, pero nadie realmente sabe cómo aprendió esos primeros torpes
pasos de baile que luego serán tan decisivos en las futuras conquistas y
derrotas del corazón y la carne.
Si nadie sabe de dónde
sacó su forma de bailar es porque no lo sacó de ninguna parte. Fue un
aprendizaje autodidacta producto de la imitación de algunos ejemplos exitosos;
de tardes viendo el video Thriller de
Michael Jackson o los estrambóticos pasos de John Travolta en Saturday night fever. La pregunta es:
¿por qué la gente toma clases para aprender a bailar salsa, flamenco o tango,
pero por lo general no toman clases para bailar rock, pop o salsa? Creo que es
porque se ha instalado el dogma que sostiene que el rock y el pop se pueden
bailar como sea. Es parte de una supuesta «expresión democrática corporal».
Esto explica los movimientos torpes y sin gracia en las pistas de baile y la
timidez e inseguridad que rodean a miles de Travoltas
frustrados.
Y esto, que parece ser algo
frívolo y pintoresco, en realidad tiene consecuencias trascendentales. El baile
es una forma de seducción y participa activamente en la selección sexual. Dicho
de otra forma, los mejores bailarines serán más exitosos que los torpes bailarines
con dos pies izquierdos. Independientemente de la belleza física de una persona
sus movimientos también tienen mucho que ver. Movimientos con gracia,
coordinados y con ritmo aumentan el atractivo físico considerablemente (por
algo «gracia» se define como belleza en
movimiento).
En el caso de las mujeres,
posiblemente ellas se fijen más en las habilidades desplegadas en la pista de
baile por sus parejas, mientras que ellos se fijarán más en los atributos
físicos de las chicas que en su forma de bailar (o dicho de una forma menos
elegante, ¡qué importa como baile si está buena!). Además, un buen bailarín
normalmente va acompañado de una personalidad extrovertida y sociable. El saberse
hábil en la pista refuerza la autoestima y permite desplegar mayor seguridad.
Estas virtudes son decisivas a la hora de intentar conquistar alguien del sexo
opuesto.
Por todo esto me parece
extraño que hasta el momento nadie haya convocado una manifestación masiva en
las calles para exigir que el baile se tome más en serio. Incluso debería
enseñarse en los colegios como asignatura obligatoria (quizá un peldaño por debajo
en importancia tras asignaturas imprescindibles como literatura y filosofía). Y
debería enseñarse en paralelo al tenebroso curso de educación sexual, pues
ambas cosas ―el baile y el sexo— suelen manifestarse juntos. Pero los bailes
que se deberían aprender en edad juvenil no son el flamenco, la danza árabe o
el tango (sin menospreciar dichos bailes), sino los bailes que los jóvenes usan
cada fin de semana de manera espontánea; es decir el rock, el pop y la salsa
(prefiero no sugerir lo mismo para subgéneros decadentes como el reggaeton y el
hip-hop —sin olvidar el desvergonzado «perreo», cuyo baile no requiere mayor
aprendizaje).
Con estas lecciones de
baile los jóvenes aprenderían los pasos básicos de cada género musical para
luego añadirle pasos de su propia cosecha, así que no se diga que esto atenta contra
la libertad del movimiento corporal. Más bien permitirá el nacimiento de un
baile coordinado y con cierta belleza que ayudará al bailarín a sentirse más
confiado en la pista de baile, además de ofrecer un espectáculo más digno a su
pareja y de paso crear menos fealdad en el mundo (que no es poca cosa). Al mismo
tiempo ayudará al danzante a vencer su timidez y competir con mayor seguridad
en la feroz selección sexual que se desenvuelve sin piedad en las discotecas.
A todo esto se podría
añadir la ventaja de reducir la vulnerabilidad de los jóvenes frente a esas
grotescas coreografías que inundan las pantallas de televisión e Internet. La
mayoría de esas coreografías sólo desvirtúan la esencia de los movimientos de
baile de cada género, pero dado que dichos movimientos tienen como objetivo
captar la atención del público ―acompañados por una pieza musical generalmente también
de dudable calidad― son cada vez más extravagantes, como si se tratara de una
película de Hollywood que no tiene más sentido que unos deslumbrantes efectos
especiales destinados a iluminar envases gigantes de pop-corn.
Tras todo esto me imagino
que el lector estará suponiendo que yo también pertenezco a esa trágica generación
que tuvo que sacar sus primeros pasos de baile de un sombrero de mago. Es
verdad; pero desde entonces he tenido tiempo para aprender algunos pasos más
para salir del apuro. En todo caso, mal que bien, sigo siendo un hombre que
baila.