Mientras sigo el caudaloso
río de gente que fluye por los interminables laberintos subterráneos del metro
de Madrid escucho los riffs de
guitarra de una maltratada interpretación de Sultans of swing de Dire Straits. Una vez dentro del tren un
abatido violinista toca una lastimosa versión del antiguo bolero Bésame mucho. Luego pienso: ¿por qué
siempre tengo que escuchar las mismas canciones? ¿Quién ha dictado esta tiranía
musical? Y más importante aún: ¿por qué se asume que esas canciones me van a
gustar?
Existen varias respuestas
a estas preguntas, y quizás la más obvia es que el objetivo de las disqueras es
vender discos, y para ello las radios deben bombardear al público con un puñado
de hits que por fuerza de la
repetición terminarán gustando. Luego la gente comprará el disco alimentando la
golosa industria musical. No hay misterio alguno tras esta explicación. Pero
más interesante es analizar los criterios que la industria musical y editorial
utiliza para decidir cuál es el gusto mayoritario del público, es decir, cuál
es la fórmula que convierte una canción en un hit y un libro en un best-seller.
También existe una
solapada perversión tras el concepto de democratización
cultural. Las industrias musical,
editorial y cinematográfica se sostienen en el supuesto derecho de las masas de
acceder de la cultura. Claro que la palabra «cultura» se puede usar para muchas
cosas. Generalmente se aprovecha su acepción clásica como un conocimiento
refinado que tiene como finalidad reducir la ignorancia. La industria sabe esto
pero lo utiliza perversamente con el fin de crear un gusto estético en el
público para vender ciertos tipos de productos culturales. Apoyado por el
ambiguo concepto de «moda», se crea la idea de que la música de moda y los best-sellers poseen un valor intrínseco
que hace que su consumo valga la pena y que de cierta manera es preferible a
otros productos fuera de moda.
En realidad se aprovechan
dos realidades de la supuesta naturaleza humana: su tendencia a la imitación y
el gregarismo. El individuo quiere pertenecer a algo, quiere ser reconocido
como uno más por sus iguales. Para ello debe rodearse del gusto estético de los
demás con el fin de ser aceptado. Sin duda hay cierta tristeza en todo esto. Los
medios informan pero también deforman; crean un gusto estético colectivo en
detrimento de otras formas de expresión. Uno podría decir que nadie prohíbe a
nadie a buscar canciones y libros fueran del canon predominante. Es verdad,
pero la exposición continua de cierto tipo de música y literatura crea una
tendencia que resta presencia a las demás formas. Existe una cierta tiranía por
debajo de esta supuesta democratización. El gusto estético es impuesto, no
elegido. Al menos lo es para la gran mayoría del público, que es un consumidor
pasivo. Está sentado esperando que alguien le diga qué canciones escuchar y qué
libros leer. Claro que esta pasividad es injustificada y tales sujetos merecen
que su gusto estético sea impuesto desde afuera.
Pero, ¿cuál es la lógica
que envuelve la seducción de un hit o
un best-seller? Primero, como ya
mencioné, está la inclinación a compartir el gusto masivo, la identificación
como uno más del grupo. La industria ha logrado imponer la extraña asociación
entre el gusto masivo y la calidad. Se vende la idea de que si mucha gente se
interesa en algo es porque ese producto debe ser bueno. Claro que esto es ciertamente
falaz, pero la gente está dispuesta a creerlo sin dudar, quizás porque en el
fondo quieren creerlo, así podrán ahorrarse el engorroso trabajo que supone una
evaluación propia. Es verdad que no tenemos tiempo para evaluar todos los
productos culturales personalmente, debemos tomar en cuenta la evaluación de
los demás. Pero haciendo un uso perverso de esta lógica, el producto masivo es
aceptado sin cuestionamientos sencillamente por su poder de expansión numérica.
Esto explica el desconcertante letrero «lo más vendido» en la entrada de las
tiendas de libros y discos (que yo suelo usar como criterio para lo que no debo comprar).
¿Y qué suele ser lo más
vendido en cuanto a libros y discos? En música están los hits del momento. Temas pegadizos de tres o cuatro minutos, de
estribillos fáciles y repetitivos. La idea es que la canción sea fácil de
recordar y repetir, eso creará cierta adicción en nuestro cerebro junkie que nos inducirá a comprar el
disco (o al menos piratearlo). Y volviendo a la canción de Dire Straits que
mencioné al comienzo de este ensayo, siempre me pareció curioso que «Los
sultanes del swing» se convirtiera en un éxito y que tras tantos años todavía
suene en las calles. Tiene todos los ingredientes para no ser un hit: para empezar es una buena canción, tiene una
estructura compleja, es bastante larga, no tiene estribillo repetitivo ni un
ritmo pegadizo ni sirve para bailar. En cambio, Walk of life sí cumple todos los requisitos para convertirse en un hit popular, empezando por el molesto sonsonete
que abre y atraviesa toda la canción.
En literatura están los best-sellers, que por lo general suelen
ser libros de fácil lectura para un público poco exigente, con historias que
apelan a las emociones universales y tragedias cercanas al gusto popular (suelen
incluir conspiraciones, papas perversos, pálidos vampiros o amables sicópatas).
Pero siendo justos, no toda la música comercial y los best-sellers son malos. Muchos de estos productos tienen una
calidad artística intrínsicamente buena (sin olvidar los riesgos que tal
calificación conlleva) y tienen el mérito de haber logrado seducir al flojo
gusto popular. Pero otros ―quizás la mayoría― han sido concebidos para adaptarse
al gusto mayoritario. Estos son los libros y discos destinados a una vida corta
y un olvido largo.
El peligro de los
productos culturales masivos es que su presencia y supuesta calidad muchas veces
se miden por su éxito comercial. Esto hace que muchas obras sean injustamente
ignoradas u olvidadas por el público sencillamente porque no se adecuan al
perezoso gusto masivo. Y peor aún, la tiranía del mercado comercial
solapadamente califica ciertas obras periféricas como adecuadas al gusto de un
sector esnob o «intelectual» (ser intelectual es para ciertos círculos
culturales una falta muy grave), como si la decisión de no participar en la
promiscuidad del gusto popular fuese un acto subversivo o anárquico. Medir la
calidad de una obra artística por su éxito comercial es ciertamente peligroso.
Una obra de dudosa calidad puede muy bien ser reconocido como una obra de
calidad entre un público inculto y poco exigente.
Esto podría explicar el
éxito de toda esa horrible música enlatada que suena a todas horas en las
radios comerciales. Ante la uniforme pobreza musical de las radioemisoras en
Madrid (basta escuchar el nombre de algunas radios para entender sus escasas
pretensiones musicales y el público que busca satisfacer: 40 principales, Kiss FM, Rock and gol, etc.) tuve que resignarme
a apagar la radio y limitarme a la escucha de discos compactos. Para satisfacer
mi necesidad de novedades musicales me dedico a la arqueología musical. Desde
entonces he descubierto que la música es un campo prácticamente infinito y no
necesito que la radio me diga qué debo escuchar ni me someta a su imperialismo
sonoro.
Recuerdo que hace muchos
años, en los oscuros años ochenta, la radio era prácticamente mi única guía
musical. Pero por suerte tuve acceso a una mayor diversidad musical y pude
descubrir lo que realmente me gustaba. En esos tiempos, si te gustaba una
canción en la radio luego ibas a la tienda local de discos a comprar el vinilo.
En muchos casos cuando escuchaba el vinilo en casa descubría que el disco
contenía canciones que eran mucho mejores que la canción difundida por la
radio. Entonces, en mi tierna ingenuidad adolescente, me preguntaba indignado
por qué las emisoras siempre ponían las mismas canciones y por qué el disc jockey no ponía la canción que me
gustaba cuando, al menos para mí, era evidente que dicha canción era la mejor
de todo el disco. Entonces concluía que el pinchadiscos tenía mal gusto. Claro
que en aquel tiempo yo no conocía la perversa complicidad que operaba entre las
disqueras y emisoras de radio.
Pero tras la pobreza del
gusto masivo siempre queda una inquietante pregunta: ¿el público consume esos productos
porque realmente le gusta o porque el mercado le ha atrofiado el gusto para que
le guste? El mercado suele justificar la baja calidad de esos productos
diciendo que están destinados a satisfacer la necesidad del público que lo
pide. Es decir, el pueblo es inculto por lo tanto exige productos acorde a su
nivel cultural. El mercado entonces dice que, en un gesto democrático y
humanista, se dedica a complacer al gusto del pueblo. Por supuesto, esto es sólo
un discurso para encubrir su perversión mercantil. La industria no tiene
interés alguno en educar a la población. Sólo quiere hacer negocio ofreciendo
lo que el público exige. Da igual si la obra tiene calidad o si es basura. Sólo
debe vender. Esta perspectiva pone en peligro la calidad de la producción
artística. Y además, como ya sabemos, induce a los creadores a rebajar la
calidad de su obra para que puedan ser más vendibles, finalmente prostituyendo
su obra al gusto popular.
Pero yo me niego a creer
que el pueblo realmente tiene mal gusto. O al menos prefiero pensar que ese
gusto podría ser otro si los medios les ofrecieran una mayor diversidad
cultural. La avaricia del mercado es culpable por limitar el gusto estético de
la población culturalmente pasiva. Aunque ese público es también una víctima
voluntaria. Ahora existen medios suficientes para consumir una gran variedad de
obras musicales y literarias. Claro que la facilidad con la que podemos acceder
a la cultura es directamente proporcional a la falta de esfuerzo que hacemos
por conseguirla. Es decir, por pereza la gente prefiere conformarse con lo que
los medios deciden emitir en vez de investigar por su cuenta. Esta pereza está
alimentada por la estúpida creencia de que consumir lo que está de moda es
garantía de una elección apropiada.
Pero existe una gran
minoría que económicamente pertenece al pueblo pero que tiene aspiraciones
culturales más elevadas. Estos individuos, pertenecientes a una discreta pero creciente
plebe ilustrada, son solitarios e
incomprendidos y deambulan por las bibliotecas públicas, cines y centros
culturales en busca de una oferta cultural de calidad, pero sus aspiraciones se
ven frustradas por la uniformidad del gusto masivo impuesta por el mercado. Es
decir, si tu economía es propia del pueblo se supone que tus gustos son
igualmente plebeyos. Esto es tiranía cultural y me sorprende que hasta el
momento nadie haya convocado una manifestación masiva para remediarlo. Aunque
supongo que es porque como las víctimas son minoría, no tienen la fuerza suficiente
para rebelarse colectivamente.
Un verdadero Estado de
bienestar velaría por el gusto cultural de sus ciudadanos, protegiéndolos de la
tiranía de los medios. Buscaría garantizar una verdadera diversidad en la
oferta cultural en cuanto a música y libros. Y en cuanto al supuesto derecho «democrático»
de los canales de televisión de emitir basura porque el público así lo exige,
directamente habría que prohibirlo, por más antidemocrático que parezca. Y creo
que ya es hora de abandonar esa mirada paternalista que considera que el gusto
popular, sólo por ser popular y mayoritario, tiene calidad o debe ser
protegido. En cuanto a la calidad de una obra el carácter cuantitativo no debe
determinar el carácter cualitativo. La democracia es un concepto que también se
usa para justificar muchas perversiones. Y sobre eso, la gente siempre me
pregunta: ¿y quién decidirá si una obra tiene o no calidad artística? Claro que
es un tema problemático y existe un gran subjetividad al respecto. Pero esto
tendrá que ser decidido por los críticos y expertos en el tema por calificar. Siempre
será mejor que dejarlo en las interesadas manos del mercado.
Mientras tanto, invito a
todos aquellos pertenecientes a la plebe ilustrada o aspirantes a pertenecer a
él a rebelarse contra la tiranía cultural de los medios masivos. Apaguen la
radio si no les satisface. Aparten la mirada de la pila de best-sellers que se erige triunfante en las librerías. No rechacen
aquello que no conocen sencillamente porque no ha tenido presencia en los medios.
Eso no dice nada acerca de la calidad de ese producto. Además de lo que digan
los expertos, cada uno debe ser libre para juzgar la calidad de una obra. Pero
para ello antes hay que poder acceder a ella. Y no teman no coincidir con el
gusto de la mayoría. Recuerden que tal como alguna vez dijo un solitario
incomprendido «la mayoría nunca tiene la razón».