lunes, 26 de noviembre de 2012

Miserias del gusto estético en la cultura de masas

La perversión tras la supuesta democratización de la cultura


Mientras sigo el caudaloso río de gente que fluye por los interminables laberintos subterráneos del metro de Madrid escucho los riffs de guitarra de una maltratada interpretación de Sultans of swing de Dire Straits. Una vez dentro del tren un abatido violinista toca una lastimosa versión del antiguo bolero Bésame mucho. Luego pienso: ¿por qué siempre tengo que escuchar las mismas canciones? ¿Quién ha dictado esta tiranía musical? Y más importante aún: ¿por qué se asume que esas canciones me van a gustar?

Existen varias respuestas a estas preguntas, y quizás la más obvia es que el objetivo de las disqueras es vender discos, y para ello las radios deben bombardear al público con un puñado de hits que por fuerza de la repetición terminarán gustando. Luego la gente comprará el disco alimentando la golosa industria musical. No hay misterio alguno tras esta explicación. Pero más interesante es analizar los criterios que la industria musical y editorial utiliza para decidir cuál es el gusto mayoritario del público, es decir, cuál es la fórmula que convierte una canción en un hit y un libro en un best-seller.

También existe una solapada perversión tras el concepto de democratización cultural. Las industrias musical, editorial y cinematográfica se sostienen en el supuesto derecho de las masas de acceder de la cultura. Claro que la palabra «cultura» se puede usar para muchas cosas. Generalmente se aprovecha su acepción clásica como un conocimiento refinado que tiene como finalidad reducir la ignorancia. La industria sabe esto pero lo utiliza perversamente con el fin de crear un gusto estético en el público para vender ciertos tipos de productos culturales. Apoyado por el ambiguo concepto de «moda», se crea la idea de que la música de moda y los best-sellers poseen un valor intrínseco que hace que su consumo valga la pena y que de cierta manera es preferible a otros productos fuera de moda. 

En realidad se aprovechan dos realidades de la supuesta naturaleza humana: su tendencia a la imitación y el gregarismo. El individuo quiere pertenecer a algo, quiere ser reconocido como uno más por sus iguales. Para ello debe rodearse del gusto estético de los demás con el fin de ser aceptado. Sin duda hay cierta tristeza en todo esto. Los medios informan pero también deforman; crean un gusto estético colectivo en detrimento de otras formas de expresión. Uno podría decir que nadie prohíbe a nadie a buscar canciones y libros fueran del canon predominante. Es verdad, pero la exposición continua de cierto tipo de música y literatura crea una tendencia que resta presencia a las demás formas. Existe una cierta tiranía por debajo de esta supuesta democratización. El gusto estético es impuesto, no elegido. Al menos lo es para la gran mayoría del público, que es un consumidor pasivo. Está sentado esperando que alguien le diga qué canciones escuchar y qué libros leer. Claro que esta pasividad es injustificada y tales sujetos merecen que su gusto estético sea impuesto desde afuera.  

Pero, ¿cuál es la lógica que envuelve la seducción de un hit o un best-seller? Primero, como ya mencioné, está la inclinación a compartir el gusto masivo, la identificación como uno más del grupo. La industria ha logrado imponer la extraña asociación entre el gusto masivo y la calidad. Se vende la idea de que si mucha gente se interesa en algo es porque ese producto debe ser bueno. Claro que esto es ciertamente falaz, pero la gente está dispuesta a creerlo sin dudar, quizás porque en el fondo quieren creerlo, así podrán ahorrarse el engorroso trabajo que supone una evaluación propia. Es verdad que no tenemos tiempo para evaluar todos los productos culturales personalmente, debemos tomar en cuenta la evaluación de los demás. Pero haciendo un uso perverso de esta lógica, el producto masivo es aceptado sin cuestionamientos sencillamente por su poder de expansión numérica. Esto explica el desconcertante letrero «lo más vendido» en la entrada de las tiendas de libros y discos (que yo suelo usar como criterio para lo que no debo comprar).

¿Y qué suele ser lo más vendido en cuanto a libros y discos? En música están los hits del momento. Temas pegadizos de tres o cuatro minutos, de estribillos fáciles y repetitivos. La idea es que la canción sea fácil de recordar y repetir, eso creará cierta adicción en nuestro cerebro junkie que nos inducirá a comprar el disco (o al menos piratearlo). Y volviendo a la canción de Dire Straits que mencioné al comienzo de este ensayo, siempre me pareció curioso que «Los sultanes del swing» se convirtiera en un éxito y que tras tantos años todavía suene en las calles. Tiene todos los ingredientes para no ser un hit: para empezar es una buena canción, tiene una estructura compleja, es bastante larga, no tiene estribillo repetitivo ni un ritmo pegadizo ni sirve para bailar. En cambio, Walk of life sí cumple todos los requisitos para convertirse en un hit popular, empezando por el molesto sonsonete que abre y atraviesa toda la canción.

En literatura están los best-sellers, que por lo general suelen ser libros de fácil lectura para un público poco exigente, con historias que apelan a las emociones universales y tragedias cercanas al gusto popular (suelen incluir conspiraciones, papas perversos, pálidos vampiros o amables sicópatas). Pero siendo justos, no toda la música comercial y los best-sellers son malos. Muchos de estos productos tienen una calidad artística intrínsicamente buena (sin olvidar los riesgos que tal calificación conlleva) y tienen el mérito de haber logrado seducir al flojo gusto popular. Pero otros ―quizás la mayoría― han sido concebidos para adaptarse al gusto mayoritario. Estos son los libros y discos destinados a una vida corta y un olvido largo.

El peligro de los productos culturales masivos es que su presencia y supuesta calidad muchas veces se miden por su éxito comercial. Esto hace que muchas obras sean injustamente ignoradas u olvidadas por el público sencillamente porque no se adecuan al perezoso gusto masivo. Y peor aún, la tiranía del mercado comercial solapadamente califica ciertas obras periféricas como adecuadas al gusto de un sector esnob o «intelectual» (ser intelectual es para ciertos círculos culturales una falta muy grave), como si la decisión de no participar en la promiscuidad del gusto popular fuese un acto subversivo o anárquico. Medir la calidad de una obra artística por su éxito comercial es ciertamente peligroso. Una obra de dudosa calidad puede muy bien ser reconocido como una obra de calidad entre un público inculto y poco exigente.

Esto podría explicar el éxito de toda esa horrible música enlatada que suena a todas horas en las radios comerciales. Ante la uniforme pobreza musical de las radioemisoras en Madrid (basta escuchar el nombre de algunas radios para entender sus escasas pretensiones musicales y el público que busca satisfacer: 40 principales, Kiss FM, Rock and gol, etc.) tuve que resignarme a apagar la radio y limitarme a la escucha de discos compactos. Para satisfacer mi necesidad de novedades musicales me dedico a la arqueología musical. Desde entonces he descubierto que la música es un campo prácticamente infinito y no necesito que la radio me diga qué debo escuchar ni me someta a su imperialismo sonoro.

Recuerdo que hace muchos años, en los oscuros años ochenta, la radio era prácticamente mi única guía musical. Pero por suerte tuve acceso a una mayor diversidad musical y pude descubrir lo que realmente me gustaba. En esos tiempos, si te gustaba una canción en la radio luego ibas a la tienda local de discos a comprar el vinilo. En muchos casos cuando escuchaba el vinilo en casa descubría que el disco contenía canciones que eran mucho mejores que la canción difundida por la radio. Entonces, en mi tierna ingenuidad adolescente, me preguntaba indignado por qué las emisoras siempre ponían las mismas canciones y por qué el disc jockey no ponía la canción que me gustaba cuando, al menos para mí, era evidente que dicha canción era la mejor de todo el disco. Entonces concluía que el pinchadiscos tenía mal gusto. Claro que en aquel tiempo yo no conocía la perversa complicidad que operaba entre las disqueras y emisoras de radio.

Pero tras la pobreza del gusto masivo siempre queda una inquietante pregunta: ¿el público consume esos productos porque realmente le gusta o porque el mercado le ha atrofiado el gusto para que le guste? El mercado suele justificar la baja calidad de esos productos diciendo que están destinados a satisfacer la necesidad del público que lo pide. Es decir, el pueblo es inculto por lo tanto exige productos acorde a su nivel cultural. El mercado entonces dice que, en un gesto democrático y humanista, se dedica a complacer al gusto del pueblo. Por supuesto, esto es sólo un discurso para encubrir su perversión mercantil. La industria no tiene interés alguno en educar a la población. Sólo quiere hacer negocio ofreciendo lo que el público exige. Da igual si la obra tiene calidad o si es basura. Sólo debe vender. Esta perspectiva pone en peligro la calidad de la producción artística. Y además, como ya sabemos, induce a los creadores a rebajar la calidad de su obra para que puedan ser más vendibles, finalmente prostituyendo su obra al gusto popular.

Pero yo me niego a creer que el pueblo realmente tiene mal gusto. O al menos prefiero pensar que ese gusto podría ser otro si los medios les ofrecieran una mayor diversidad cultural. La avaricia del mercado es culpable por limitar el gusto estético de la población culturalmente pasiva. Aunque ese público es también una víctima voluntaria. Ahora existen medios suficientes para consumir una gran variedad de obras musicales y literarias. Claro que la facilidad con la que podemos acceder a la cultura es directamente proporcional a la falta de esfuerzo que hacemos por conseguirla. Es decir, por pereza la gente prefiere conformarse con lo que los medios deciden emitir en vez de investigar por su cuenta. Esta pereza está alimentada por la estúpida creencia de que consumir lo que está de moda es garantía de una elección apropiada.

Pero existe una gran minoría que económicamente pertenece al pueblo pero que tiene aspiraciones culturales más elevadas. Estos individuos, pertenecientes a una discreta pero creciente plebe ilustrada, son solitarios e incomprendidos y deambulan por las bibliotecas públicas, cines y centros culturales en busca de una oferta cultural de calidad, pero sus aspiraciones se ven frustradas por la uniformidad del gusto masivo impuesta por el mercado. Es decir, si tu economía es propia del pueblo se supone que tus gustos son igualmente plebeyos. Esto es tiranía cultural y me sorprende que hasta el momento nadie haya convocado una manifestación masiva para remediarlo. Aunque supongo que es porque como las víctimas son minoría, no tienen la fuerza suficiente para rebelarse colectivamente.

Un verdadero Estado de bienestar velaría por el gusto cultural de sus ciudadanos, protegiéndolos de la tiranía de los medios. Buscaría garantizar una verdadera diversidad en la oferta cultural en cuanto a música y libros. Y en cuanto al supuesto derecho «democrático» de los canales de televisión de emitir basura porque el público así lo exige, directamente habría que prohibirlo, por más antidemocrático que parezca. Y creo que ya es hora de abandonar esa mirada paternalista que considera que el gusto popular, sólo por ser popular y mayoritario, tiene calidad o debe ser protegido. En cuanto a la calidad de una obra el carácter cuantitativo no debe determinar el carácter cualitativo. La democracia es un concepto que también se usa para justificar muchas perversiones. Y sobre eso, la gente siempre me pregunta: ¿y quién decidirá si una obra tiene o no calidad artística? Claro que es un tema problemático y existe un gran subjetividad al respecto. Pero esto tendrá que ser decidido por los críticos y expertos en el tema por calificar. Siempre será mejor que dejarlo en las interesadas manos del mercado.

Mientras tanto, invito a todos aquellos pertenecientes a la plebe ilustrada o aspirantes a pertenecer a él a rebelarse contra la tiranía cultural de los medios masivos. Apaguen la radio si no les satisface. Aparten la mirada de la pila de best-sellers que se erige triunfante en las librerías. No rechacen aquello que no conocen sencillamente porque no ha tenido presencia en los medios. Eso no dice nada acerca de la calidad de ese producto. Además de lo que digan los expertos, cada uno debe ser libre para juzgar la calidad de una obra. Pero para ello antes hay que poder acceder a ella. Y no teman no coincidir con el gusto de la mayoría. Recuerden que tal como alguna vez dijo un solitario incomprendido «la mayoría nunca tiene la razón».



domingo, 11 de noviembre de 2012

Cuando el amor se acaba

Las relaciones de pareja en la era de la obsolescencia programada 


El enamoramiento es un trastorno temporal que afecta la percepción y el entendimiento del amante. Aunque esta definición psiquiátrica puede parecer fría y poco romántica, todos aquellos que han padecido el amor y que luego se han curado saben que es verdad (y como el amor también es ciego, aquellos que están enamorados están impedidos para ver dicha realidad). Lo cierto es que existe un desfase entre nuestra visión tradicional del «amor eterno» y su duración real. En tiempos en que la mayoría de nuestros artefactos cotidianos están perversamente fabricados con el mecanismo de la llamada «obsolescencia programada», vale la pena preguntarnos si nuestro amor eterno también tiene una caducidad encubierta que la enfermedad amablemente nos oculta.

En todo caso nos seguimos enamorando torpemente pensando que la enfermedad durará para siempre, aunque la evidencia disponible lo niegue repetidamente. Esta es justo una de las características fundamentales del trastorno amoroso: la sensación de vivir un sentimiento eterno que se extenderá infinitamente. Por eso el enamorado puede repetir impune que su amor durará «para siempre». La realidad luego le pondrá límites a esa supuesta eternidad.

Sabemos que el amor en las sociedades occidentales tradicionales se vive de manera muy distinta que en otras partes del mundo. En la sociedad occidental se suele vivir un largo noviazgo antes de tomar el paso decisivo hacia el matrimonio. Aquellos que pasaron por esta fase conocen bien sus consecuencias: se llega al registro civil cuando la fase más intensa del amor ya ha pasado. Esto es una de las más extrañas contradicciones del amor en Occidente. Se espera a que el amor pasional haya pasado para tomar la decisión de casarse y vivir juntos para siempre, cuando es evidente que ese «para siempre» nunca será como tan intenso como al inicio de la relación.

Algunas parejas no entienden por qué ese entusiasmo inicial desparece con el tiempo y creen (equivocadamente) que están haciendo algo mal. Luego leen penosos libros de autoayuda que intentan reavivar la «llama de la pasión» en la relación, cuando dicha llama hace tiempo se ha extinguido (los disfraces ridículos, látigos y fantasías eróticas sólo sirven para aplazar lo inevitable). Pero esta caducidad no implica un fallo en la relación; es más bien el curso natural de los afectos humanos. Lo que está mal no es la naturaleza de nuestros sentimientos, sino las instituciones y rituales que las envuelven. La gente se sigue casando con la idea de que ese matrimonio durará para siempre o al menos debería hacerlo (justamente porque el enamoramiento los trastorna con la perspectiva de la eternidad).

Sabemos que el vulgo es sentimental y que en general sus sentimientos participan de la visión platónica y cristiana que considera que ciertos afectos, como el amor, deben ser puros y atemporales, o que ciertos valores, como los de la verdad y la justicia, existen en un mundo ideal libre de toda contaminación humana. Podemos entender que dichas personas han sido víctimas de un prolongado adoctrinamiento cargado de idealismo platónico-religioso. Lo curioso es que dicha deformación cultural también ha deformado los sentimientos naturales de estas personas. Ellos creen que sus sentimientos realmente son eternos y que existe la justicia en el mundo y que el mundo debería ser de determinada manera.

La caducidad del amor tiene una explicación racional desde el punto de vista de la psicología evolutiva. El amor se expresa fácticamente mediante la atracción física, y esto tiene como objetivo final el sexo. Y la finalidad del sexo (aunque generalmente no se practique como tal) es la reproducción. El amor romántico no es más que la contraparte afectiva del sexo. Obviamente esto no es nada nuevo, pero muchos investigadores del amor han descubierto ciertos patrones en la duración del amor de pareja. Se suele decir que muchas parejas de separan tras cuatro o cinco años de relación. Este periodo de tiempo no sería casual sino que tendría una explicación evolutiva.

Hace miles de años, cuando una pareja de cavernícolas se gustaban copulaban inmediatamente (¡claro que antes el macho seducía a la hembra con un cariñoso mazazo en la cabeza!). Tras las cópulas la hembra quedaba embarazada rápidamente así que los hijos llegaban al comienzo de la relación afectiva (no uso la palabra «amor» por precaución, ya que según algunos estudiosos el amor romántico como lo entendemos hoy recién apareció en la Edad Media, específicamente en el siglo XI en Italia). Suponiendo que una pareja tuviera dos hijos tras cuatro años juntos, después de ese tiempo los hijos ya serían lo suficientemente grandes como para buscar su propia comida y sobrevivir. Antes de esta edad los niños dependen totalmente de los padres para conseguir alimento y protección, por lo tanto conviene que los padres estén juntos durante ese tiempo (el humano recién nacido es uno de los mamíferos más vulnerables y prematuros del reino animal). Una vez cumplida cierta edad los niños requieren menos protección, así que los padres ya no necesitan estar juntos para criarlos. Esto explicaría la caducidad promedio de cuatro años en una relación afectiva. Y luego, dado que el Homo sapiens es una especie predominantemente polígama, conviene buscar nuevas parejas para seguir poblando el planeta.

La neurociencia también ofrece una explicación paralela a la caducidad del sentimiento amoroso. El cerebro enamorado libera una serie de sustancias químicas generando un trastorno que modifica la percepción del agente y que conducen a un comportamiento obsesivo (pensar en la persona amada constantemente). El desgaste bioquímico es tal que el cerebro no puede aguantar demasiado tiempo y debe necesariamente volver a su estado normal. Pero como el cerebro tiende a ser adictivo, induce después al agente a encontrar otra persona para volver a enamorarse y nuevamente liberar todas esas sustancias químicas para satisfacer sus urgencias hedonistas.

Es verdad que estas interpretaciones no son tan atractivas como los coloridos relatos contados en los cuentos de hadas, pero ofrecen una buena explicación a la caducidad del sentimiento amoroso. Si estas teorías son ciertas, el amor nunca fue concebido para durar para siempre. Debía tener una función específica y temporal. De alguna manera el amor fue traicionado por el idealismo cultural que le impuso exigencias de durabilidad que no podía cumplir. Luego mucha gente se siente decepcionada porque sus afectos no logran ser duraderos, como si hubiesen fallado.

La tragedia del amor en Occidente es la siguiente: las parejas deciden vivir juntos y tener hijos cuando el amor pasional ya está por extinguirse. Van al altar casi resignados a seguir juntos por inercia y comodidad. Claro que cuando tienen hijos esto puede fortalecer y prolongar la relación afectiva justamente porque los niños necesitan de la asistencia de ambos padres. Por eso las parejas que suelen tener varios hijos con ciertos años de diferencia tienden a durar más tiempo, los hijos les sirven como una prórroga afectiva. En muchos casos la relación de pareja sobrevive al límite de los cuatro años porque cuando se cumple este tiempo la pareja recién decide vivir juntos y tener hijos, con ello iniciando una segunda temporada de cuatro años a partir del nacimiento del primer hijo. Las parejas que deciden convivir sin casarse y sin tener hijos son un caso distinto. En cierta manera logran «engañar» el declive de la pasión tras el matrimonio, aunque al mismo tiempo, al no casarse y no tener hijos, están más libres para separarse sin demasiadas molestias (perversamente uno también podría pensar que no se casan ni tienen hijos porque en el fondo no creen en la eternidad de su amor).

Pero me parece lamentable que las parejas esperen hasta que la fiebre del amor pasional haya bajado para casarse y tener hijos. Claro que lo hacen movidos por razones puramente instrumentales. Quieren estar seguros de la otra persona, quieren un buen trabajo para garantizar una cómoda y apacible vida burguesa. Parece que el amor romántico y tormentoso no fuera suficiente; quieren saber si existen otras razones que los mantienen unidos. Pero luego se quejan de cierta frialdad y quieren que la llama de la pasión se mantenga encendida con la misma fuerza tras los años. Esto revela que existe una contradicción entre los tiempos naturales y culturales del enamoramiento. Mientras este desequilibrio no se ajuste la gente seguirá pensando que han fracasado cuando sus sentimientos naturales hayan cambiado defraudando el ideal del amor eterno.

La mentalidad occidental suele criticar los matrimonios arreglados que se celebran en algunos países orientales como, por ejemplo, la India. Se considera una violación a la libertad individual. Creemos que cada uno debe tener el derecho a amar a quien quiera por elección propia. Todo esto suena muy bien, pero en muchos casos esos matrimonios arreglados ―aunque movidos por intereses económicos y sociales, más que sentimentales—  tienen un final feliz. En muchos casos los novios, que apenas se conocen, son felices juntos y algunos incluso llegan a enamorarse (dentro de los parámetros afectivos de su propia cultura). Lo interesante en este caso es que si se llevan bien y se enamoran poco a poco lo hacen estando ya casados; con ello vivirán la parte más intensa del fenómeno amoroso en plena convivencia de pareja. Los hijos también llegarán en ese periodo y gozarán de la protección de los padres.

Nuestra cultura considera que ciertos valores, como la libertad y justicia, son sagrados. Creemos que ser libres para elegir nos conducirá a una mayor felicidad. Pero la libertad también tiene su lado oscuro. La libertad para elegir casi siempre va acompañada de la duda. Mientras más opciones haya para elegir, más dudas tendremos de haber elegido la mejor opción. Esto explica por qué muchas mujeres nunca se deciden a aceptar ningún hombre para casarse, quizás porque imaginan que siempre podrán encontrar un hombre mejor. Y así pasan los años y un buen día descubren que han perdido su belleza y juventud, luego dolorosamente reducen sus expectativas y abandonan la espera del príncipe azul para conformarse con un plebeyo gris.

Visto todo lo mencionado anteriormente, creo que lo mejor que pueden hacer aquellas parejas que recién inician su relación y que por ello están en la primera fase —que es también la más intensa y bonita— es abandonar todo para vivir juntos (incluso reproducirse si es posible). Hay que dejar de ser cobardes y entregarse al amor con todas sus consecuencias, sobre todo porque sabemos que es un fenómeno temporal y que a medida que pasa el tiempo se irá marchitando, como todo lo bello en la vida. Esperar a que el amor se haya calmado y aburguesado para recién tomarlo en serio es una actitud ciertamente mediocre de personas que evalúan el amor en términos de beneficios y ventajas como si se tratase de una transacción laboral o comercial. Hay que tomar el trastorno amoroso en serio cuando se presenta y experimentarlo plenamente con todo lo que venga. Y cuando el amor se acaba hay que asumirlo con valentía y resignación; al menos quedará el consuelo de haberlo vivido intensamente mientras duró.