Cuántas veces hemos escuchado frases como ésta: «yo no entiendo de poesía, es que soy de ciencias»; o la versión opuesta: «a mí no me hables de cifras y porcentajes, soy de letras». Los hablantes suelen decir estas cosas con cierta seguridad y desparpajo, como si estuvieran convencidos de sus propias limitaciones cognitivas. Y estas lamentables sentencias parecen tener la función de limitar el conocimiento de mucha gente, sometidos voluntariamente a las miserias de la especialización moderna.
Como sabemos, el hombre
universal describe al humanista del Renacimiento que, al contrario de la
mezquina especialización moderna, estaba interesado en distintos campos del
saber, desde la naturaleza, hasta la filosofía y las matemáticas. La figura
típica, citada hasta el cansancio, es el famoso Leonardo da Vinci, pero existieron
muchos otros hombres universales, tal vez menos mediáticos, que sentían una
inagotable curiosidad por el saber universal. Algunos de estos hombres
universales pertenecieron al campo de la filosofía, como por ejemplo Descartes,
Newton y Leibniz; pero esto tampoco era causalidad, ya que antiguamente la filosofía
incluía muchos campos hoy independientes, como la física, la matemática, la
anatomía y la biología. Los antiguos sabios debían saber de todo.
La revolución científica
del siglo XVII trajo consigo la división de las ciencias entre duras y blandas, siendo las primeras aquellas que se ajustaban a la
demostración científica; mientras las segundas eran aquellas que no se podrían
demostrar empíricamente. Esto es el origen de esa oscura división entre letras
y ciencias. Desde la óptica racionalista, las ciencias blandas se despreciaban
porque no conducían a un conocimiento fiable, dado que no se podían demostrar
científicamente. Y desde la óptica contraria, la rigidez de las ciencias duras
ignoraba el enfoque más humano y escurridizo del conocimiento. Actualmente este
divorcio de saberes se mantiene impune durante los años del bachillerato y
luego en la universidad. Sus víctimas terminan creyendo que si han estudiado letras
no serán capaces de entender una ecuación de segundo grado; mientras que
aquellos que estudiaron ciencias creen justificado renunciar a leer novelas o
libros de historia. Pero lo interesante de esta división es que su causa no es
el campo del saber en sí, sino la metodología con la que se estudiaba. El
método científico tenía un rigor que excluía a muchos campos que no se ajustaban
bien a él.
Siendo honestos, no es
posible afirmar que la matemática es más importante que la historia. No existe un
criterio «objetivo» para valorar ambos campos. Son sencillamente distintos. Pero
el hecho de que exista un método de estudio que permita alcanzar aquello que coloquialmente
conocemos como «la verdad», no implica que un campo sea más importante que otro
en el que ese método no es aplicable. En realidad, cada campo del saber tiene
sus propias herramientas de estudio, y requiere muchas veces una metodología
propia. La historia requiere un enfoque hermenéutico, mientras que el arte
requiere un enfoque estético. Pero sería absurdo decir que un enfoque es mejor
que otro; sólo es mejor relativamente
según el objeto que se está estudiando.
¿Y por qué la
especialización se ha impuesto en la sociedad actual? ¿Por qué todos quieren
ser expertos en sus respectivas áreas del saber o hacer? Parece una pregunta
trivial, pero en realidad no lo es. Deben existen varias respuestas para estas
preguntas. Una tiene que ver con la
alta competitividad moderna. La escasa oferta frente a la abundante demanda
laboral conduce a una despiadada competencia. En esta lucha darwiniana sólo los
mejores, los más especializados en sus respectivos campos, obtendrán el mejor
puesto. Esto sucede, sobre todo, en las áreas laborales que tienen que ver con
la investigación y la tecnología. Otra razón —más práctica— es que dada la
actual infinitud de áreas del conocimiento, resulta fácticamente imposible
abarcar todas. No queda otro remedio que elegir una cuantas ―o una sola― y
resignarse a saber mucho de poco. Y así nace el especialista moderno. Su tendencia
a la especialización luego se ve alimentada por la demanda de un mercado
laboral que busca el experto en cada área.
El peligro de la
especialización es que con el tiempo se convierte en una tendencia nefasta
porque se asocia una mayor especialización con mejores perspectivas laborales.
De esta manera se desprecia o ignora cualquier área del saber que no resulta
útil para la especialización elegida. Y esto, obviamente, conduce a la
ignorancia generalizada. La culpa también es del mercado. Las empresas, en su
demanda de expertos para mejorar su rentabilidad, instan a los trabajadores a especializarse
para hacerse necesarios o imprescindibles. Para el mercado o para las empresas
esto puede resultar muy beneficioso, pero evidentemente para el empleado esto significa
ser condenado a una lenta y progresiva ignorancia. En mi humilde opinión, para
entender la realidad hay que estudiar al menos tres campos, que al combinarse
ofrecen una visión global de la realidad: filosofía, arte y matemática. La
filosofía induce al pensamiento reflexivo y racional; el arte ofrece la mirada
estética; y las matemáticas el pensamiento numérico. Estas tres formas de
entender la realidad nos permitirán un conocimiento más rico y profundo del
mundo y sus fenómenos.
Conscientes de los
límites de la especialización, en las últimas décadas se ha puesto de moda la
interdisciplinariedad, palabra bastante fea que, dicho de manera muy burda,
consiste en la combinación de distintas disciplinas con el fin de alcanzar un
resultado más sustancioso (bajo el concepto que sostiene que «el todo es mayor
que las partes»). Claro que dicha conjunción disciplinar no se concreta en un
sólo individuo, como quizás pudo haber sido posible en la figura del hombre
universal renacentista, sino que se logra en la reunión de varios
especialistas, que reconociendo sus propias limitaciones, se resignan a
intercambiar sus respectivos conocimientos. Por eso actualmente se insiste
tanto en el trabajo de equipo.
Visto todo esto, es
lamentable que subordinemos nuestras inquietudes culturales a los tiránicos gustos
e intereses del mercado. La capacidad que tiene el cerebro para asimilar nuevos
conocimientos es prácticamente ilimitada. Pero el estilo de vida que hemos
adoptado nos induce a estudiar durante unos años para poder encontrar un empleo
y luego sencillamente resignarse a revisar esos conocimientos de cuando en
cuando. Claro está que el modelo laboral muchas veces no nos permite seguir
estudiando. A partir de cierto momento, el estudio y el aprendizaje dependerán
exclusivamente de la voluntad de cada persona. Aquellos que deciden especializarse
para optar a mejores condiciones laborales también estarán más cerca de
hundirse en las arenas movedizas de la ignorancia universal.
El nuevo hombre
renacentista es el hombre que, libre de las presiones del mercado moderno, ha
optado por la curiosidad de conocer el mundo en un sentido verdaderamente amplio.
Es aquel que quiere conocer simplemente por el placer de aprender. No rechaza
el conocimiento por su aparente inutilidad práctica, o porque no le genera
dinero. Y al final, esta búsqueda constante de saberes diversos se sedimenta en
una red de conocimientos que, a manera de conexiones neuronales, crece y se
enriquece a sí misma con cada nuevo conocimiento asimilado. Es así como se
forman los sabios, y es así como aparecen las ocurrencias y las nuevas ideas.
En el siglo XIX Gregor
Mendel sentó las bases de la genética moderna al describir las leyes de la
herencia cuando combinó la biología con la matemática, dos áreas del
conocimiento que hasta entonces se encontraban separadas. Esto es sólo un
ejemplo que demuestra que la conjunción de diversas perspectivas crea nuevas
formas de comprender la realidad. Por eso la vigencia del hombre universal se
hace indispensable. Se suele decir que todo ya está pensado, pero esto no es
verdad. Si bien hemos venido repitiendo las mismas ideas y pensamientos durante
generaciones, es la combinación única de todas estas ideas —más nuestras experiencias
personales— la que generará una nueva forma de pensar y entender la realidad.
La vida es corta en
comparación con todo aquello que hay para conocer y entender, y en ese sentido
siempre estaremos condenados a la ignorancia. Creo que la famosa frase de
Sócrates «sólo sé que nada sé», se refería a la conciencia de su propia
ignorancia relativa, más que a un acto de vanidosa humildad precristiana. Cada
cosa nueva que aprendemos, por más inútil que pueda parecer, en realidad nos
enriquece como seres pensantes. Induce a una reflexión y una revisión de todo
aquello que hemos aprendido antes. La tarea del hombre universal es una empresa
destinada al fracaso desde su propia concepción, pero el esfuerzo que se
realiza en el camino bien vale la pena. Paradójicamente, la ignorancia se
combate con el conocimiento, que al acumularse conduce al reconocimiento cada vez mayor de todo aquello que ignoramos.