domingo, 9 de diciembre de 2012

El retorno del hombre universal

La búsqueda del conocimiento global y las desventuras de la especialización
 
Cuántas veces hemos escuchado frases como ésta: «yo no entiendo de poesía, es que soy de ciencias»; o la versión opuesta: «a mí no me hables de cifras y porcentajes, soy de letras». Los hablantes suelen decir estas cosas con cierta seguridad y desparpajo, como si estuvieran convencidos de sus propias limitaciones cognitivas. Y estas lamentables sentencias parecen tener la función de limitar el conocimiento de mucha gente, sometidos voluntariamente a las miserias de la especialización moderna.

Como sabemos, el hombre universal describe al humanista del Renacimiento que, al contrario de la mezquina especialización moderna, estaba interesado en distintos campos del saber, desde la naturaleza, hasta la filosofía y las matemáticas. La figura típica, citada hasta el cansancio, es el famoso Leonardo da Vinci, pero existieron muchos otros hombres universales, tal vez menos mediáticos, que sentían una inagotable curiosidad por el saber universal. Algunos de estos hombres universales pertenecieron al campo de la filosofía, como por ejemplo Descartes, Newton y Leibniz; pero esto tampoco era causalidad, ya que antiguamente la filosofía incluía muchos campos hoy independientes, como la física, la matemática, la anatomía y la biología. Los antiguos sabios debían saber de todo.

La revolución científica del siglo XVII trajo consigo la división de las ciencias entre duras y blandas, siendo las primeras aquellas que se ajustaban a la demostración científica; mientras las segundas eran aquellas que no se podrían demostrar empíricamente. Esto es el origen de esa oscura división entre letras y ciencias. Desde la óptica racionalista, las ciencias blandas se despreciaban porque no conducían a un conocimiento fiable, dado que no se podían demostrar científicamente. Y desde la óptica contraria, la rigidez de las ciencias duras ignoraba el enfoque más humano y escurridizo del conocimiento. Actualmente este divorcio de saberes se mantiene impune durante los años del bachillerato y luego en la universidad. Sus víctimas terminan creyendo que si han estudiado letras no serán capaces de entender una ecuación de segundo grado; mientras que aquellos que estudiaron ciencias creen justificado renunciar a leer novelas o libros de historia. Pero lo interesante de esta división es que su causa no es el campo del saber en sí, sino la metodología con la que se estudiaba. El método científico tenía un rigor que excluía a muchos campos que no se ajustaban bien a él.

Siendo honestos, no es posible afirmar que la matemática es más importante que la historia. No existe un criterio «objetivo» para valorar ambos campos. Son sencillamente distintos. Pero el hecho de que exista un método de estudio que permita alcanzar aquello que coloquialmente conocemos como «la verdad», no implica que un campo sea más importante que otro en el que ese método no es aplicable. En realidad, cada campo del saber tiene sus propias herramientas de estudio, y requiere muchas veces una metodología propia. La historia requiere un enfoque hermenéutico, mientras que el arte requiere un enfoque estético. Pero sería absurdo decir que un enfoque es mejor que otro; sólo es mejor relativamente según el objeto que se está estudiando.

¿Y por qué la especialización se ha impuesto en la sociedad actual? ¿Por qué todos quieren ser expertos en sus respectivas áreas del saber o hacer? Parece una pregunta trivial, pero en realidad no lo es. Deben existen varias respuestas para estas preguntas. Una tiene que ver con la alta competitividad moderna. La escasa oferta frente a la abundante demanda laboral conduce a una despiadada competencia. En esta lucha darwiniana sólo los mejores, los más especializados en sus respectivos campos, obtendrán el mejor puesto. Esto sucede, sobre todo, en las áreas laborales que tienen que ver con la investigación y la tecnología. Otra razón —más práctica— es que dada la actual infinitud de áreas del conocimiento, resulta fácticamente imposible abarcar todas. No queda otro remedio que elegir una cuantas ―o una sola― y resignarse a saber mucho de poco. Y así nace el especialista moderno. Su tendencia a la especialización luego se ve alimentada por la demanda de un mercado laboral que busca el experto en cada área.  

El peligro de la especialización es que con el tiempo se convierte en una tendencia nefasta porque se asocia una mayor especialización con mejores perspectivas laborales. De esta manera se desprecia o ignora cualquier área del saber que no resulta útil para la especialización elegida. Y esto, obviamente, conduce a la ignorancia generalizada. La culpa también es del mercado. Las empresas, en su demanda de expertos para mejorar su rentabilidad, instan a los trabajadores a especializarse para hacerse necesarios o imprescindibles. Para el mercado o para las empresas esto puede resultar muy beneficioso, pero evidentemente para el empleado esto significa ser condenado a una lenta y progresiva ignorancia. En mi humilde opinión, para entender la realidad hay que estudiar al menos tres campos, que al combinarse ofrecen una visión global de la realidad: filosofía, arte y matemática. La filosofía induce al pensamiento reflexivo y racional; el arte ofrece la mirada estética; y las matemáticas el pensamiento numérico. Estas tres formas de entender la realidad nos permitirán un conocimiento más rico y profundo del mundo y sus fenómenos.

Conscientes de los límites de la especialización, en las últimas décadas se ha puesto de moda la interdisciplinariedad, palabra bastante fea que, dicho de manera muy burda, consiste en la combinación de distintas disciplinas con el fin de alcanzar un resultado más sustancioso (bajo el concepto que sostiene que «el todo es mayor que las partes»). Claro que dicha conjunción disciplinar no se concreta en un sólo individuo, como quizás pudo haber sido posible en la figura del hombre universal renacentista, sino que se logra en la reunión de varios especialistas, que reconociendo sus propias limitaciones, se resignan a intercambiar sus respectivos conocimientos. Por eso actualmente se insiste tanto en el trabajo de equipo.

Visto todo esto, es lamentable que subordinemos nuestras inquietudes culturales a los tiránicos gustos e intereses del mercado. La capacidad que tiene el cerebro para asimilar nuevos conocimientos es prácticamente ilimitada. Pero el estilo de vida que hemos adoptado nos induce a estudiar durante unos años para poder encontrar un empleo y luego sencillamente resignarse a revisar esos conocimientos de cuando en cuando. Claro está que el modelo laboral muchas veces no nos permite seguir estudiando. A partir de cierto momento, el estudio y el aprendizaje dependerán exclusivamente de la voluntad de cada persona. Aquellos que deciden especializarse para optar a mejores condiciones laborales también estarán más cerca de hundirse en las arenas movedizas de la ignorancia universal.

El nuevo hombre renacentista es el hombre que, libre de las presiones del mercado moderno, ha optado por la curiosidad de conocer el mundo en un sentido verdaderamente amplio. Es aquel que quiere conocer simplemente por el placer de aprender. No rechaza el conocimiento por su aparente inutilidad práctica, o porque no le genera dinero. Y al final, esta búsqueda constante de saberes diversos se sedimenta en una red de conocimientos que, a manera de conexiones neuronales, crece y se enriquece a sí misma con cada nuevo conocimiento asimilado. Es así como se forman los sabios, y es así como aparecen las ocurrencias y las nuevas ideas.

En el siglo XIX Gregor Mendel sentó las bases de la genética moderna al describir las leyes de la herencia cuando combinó la biología con la matemática, dos áreas del conocimiento que hasta entonces se encontraban separadas. Esto es sólo un ejemplo que demuestra que la conjunción de diversas perspectivas crea nuevas formas de comprender la realidad. Por eso la vigencia del hombre universal se hace indispensable. Se suele decir que todo ya está pensado, pero esto no es verdad. Si bien hemos venido repitiendo las mismas ideas y pensamientos durante generaciones, es la combinación única de todas estas ideas —más nuestras experiencias personales— la que generará una nueva forma de pensar y entender la realidad.

La vida es corta en comparación con todo aquello que hay para conocer y entender, y en ese sentido siempre estaremos condenados a la ignorancia. Creo que la famosa frase de Sócrates «sólo sé que nada sé», se refería a la conciencia de su propia ignorancia relativa, más que a un acto de vanidosa humildad precristiana. Cada cosa nueva que aprendemos, por más inútil que pueda parecer, en realidad nos enriquece como seres pensantes. Induce a una reflexión y una revisión de todo aquello que hemos aprendido antes. La tarea del hombre universal es una empresa destinada al fracaso desde su propia concepción, pero el esfuerzo que se realiza en el camino bien vale la pena. Paradójicamente, la ignorancia se combate con el conocimiento, que al acumularse conduce al reconocimiento cada vez mayor de todo aquello que ignoramos.