sábado, 8 de junio de 2013

Life on Mars?


¿Realmente es necesario colonizar el planeta rojo?
 
Parece que el viejo sueño de conquistar el planeta rojo por fin podría ser realidad en el año 2023, año en que se ha calculado se podría enviar una nave tripulada para establecer una colonia permanente en Marte. El precio de ser uno de los primeros conquistadores de Marte es quedarse allá. No hay viaje de retorno. Indudablemente, es difícil no verse seducido por la posibilidad de ser uno de los primeros seres humanos en ensuciar Marte.

Todo suena muy romántico y fantástico, hasta que nos informamos que para financiar el costo de mantener la colonia humana en Marte sería necesario convertir todo el proyecto en un reality show espacial, un 2023 Mars Space Odyssey (claro que sin el talento de Kubrick). Es imposible no sentir cierta decepción cuando un evento histórico tan importante se reduce al negocio de un espectáculo mediático mundial.

Una empresa holandesa, que tiene el cautivador nombre de Mars one (mars-one.com), está buscando fondos para realizar el proyecto. Miles de personas en el mundo entero están registrándose para ocupar uno de los cuatros asientos en el primer viaje a Marte. La inscripción cuesta entre 5 a 75 dólares, dependiendo del país de origen (en un amable gesto de paternalismo democrático, se permite que los astronautas pobres paguen menos). Se supone que el dinero recaudado servirá para financiar la expedición. La página web del proyecto ha publicado los perfiles de algunos de los entusiastas candidatos, y por su variedad en edades y ocupaciones, parece que ser un astronauta marciano no tiene requisito alguno. Obviamente, han relajado los requisitos con el fin de recibir la mayor cantidad de postulantes, pensando en la financiación de la odisea marciana.

Claro que si la expedición finalmente se lleva a cabo, los cuatro viajeros tendrían que ser astronautas cualificados, ingenieros espaciales y técnicos competentes. No serviría de nada enviar una nave tripulada a un nuevo planeta con cuatro personas comunes. Sería como —salvando las distancias― enviar un equipo de chimpancés para estudiar la superficie lunar (que ningún primate se ofenda). Siendo así, cabe preguntarse por qué se admite la inscripción de personas que definitivamente no califican para el viaje. En el fondo me hace pensar que se juega con las ilusiones de la gente común, de la gente que, sabiendo que sus vidas carecen de aventuras, ahora creen haber encontrado la posibilidad de vivir una aventura de verdad, seguramente la más grande todas. Suena bonito. Pero sin duda, mucha de esa gente corriente se apunta a un viaje a Marte y está dispuesta a morir allá porque tiene poco que perder en la Tierra, tal como lo hicieron los primeros colonos norteamericanos y los intrépidos marineros que acompañaron a Colón y Magallanes.

Pero no es sólo la idea de escapar de una vida intrascendente en la Tierra lo que impulsa a miles de personas a querer viajar a otro planeta; es también, indudablemente, la búsqueda de fama y reconocimiento, la posibilidad de convertirse en un improvisado y oportunista explorador espacial del siglo XXI. Claro que en gran parte la culpa es de la empresa organizadora que desde el comienzo ha convertido todo el proyecto en un gran reality show interplanetario. Los candidatos que quieren viajar al planeta rojo son los mismos que ahora intentan ocupar un espacio en Gran Hermano.

¿Y qué sentido tiene colonizar Marte? (las razones expuestas en la pagina web del proyecto son bastante frívolas, diseñadas para seducir a un público ávido de atención mediática). Desde el punto de vista científico y filosófico es fascinante por el reto técnico que conlleva y por las fronteras conceptuales que rompe; pero, ¿es realmente necesario arruinar otro planeta? A diferencia de la conquista de la Luna, los robots que ahora podemos enviar a Marte son capaces de cosas asombrosas; son laboratorios móviles capaces de tomar muestras, analizar la composición química de la superficie y la atmósfera, además de tomar miles de fotografías. Si el fin es estudiar al planeta rojo, no es necesario enviar astronautas para hacerlo. Todo eso puede hacerse perfectamente con robots dirigidos desde aquí.

El afán de enviar gente a Marte es más por el simple hecho de ver si somos capaces de hacerlo; un nuevo reto científico y tecnológico. Incluso esto podría estar bien, sólo por el placer de tomarse unas fotografías con el fondo marciano; pero una cosa es estar de paso y otra es establecer una colonia permanente en su superficie. Además, la idea de convertir todo en un reality para financiar el costo del proyecto ofrece pocas garantías. Durante las primeras semanas, los terrícolas seguro querrán seguir el reality show marciano, pero tras unos meses, cuando la novedad ya haya muerto, ¿quien podría estar interesado en seguir la monótona vida cotidiana de un grupo de humanos abandonados en Marte?

Algunos científicos famosos afirman que el futuro de la humanidad radica en colonizar otros planetas, que en realidad quiere decir que si la especie humana quiere sobrevivir a la destrucción de la Tierra, tendrá que mudarse al planeta vecino más cercano. En el fondo se asoma la sombra de la incapacidad del hombre por preservar su propio hábitat. El ser humano no se detendrá en su camino por agotar los recursos naturales del planeta para satisfacer su cada vez mayor demanda de energía y alimento para sostener su imparable crecimiento demográfico. Marte parece ser un escape de emergencia por si acaso, en un futuro quizás no muy lejano, el hombre se vea obligado a abandonar el planeta tras destruirlo y volverlo inhabitable, no sin antes haber extinguido a miles de especies animales.

Claro que nadie quiere ver la parte fea de la historia; en vez de eso, lo “in” es decir que lo que mueve al hombre a colonizar Marte es su imparable afán de exploración, su naturaleza como especie curiosa y expansiva. Se dirá que la Tierra ya le queda chica y ahora necesita desplazarse al barrio vecino. Todo esto no es más que un discurso mediático y políticamente correcto para justificar la invasión de un planeta que durante millones de años se ha visto libre de seres humanos, y probablemente también de cualquier otro ser vivo molesto.

No creo que sea necesario arruinar otro planeta; el hombre puede vivir perfectamente en la Tierra sin agotar sus recursos ni exterminar a las otras especies. Para evitar una situación de destrucción irreversible harían falta principalmente dos cosas: controlar el crecimiento demográfico y reducir la actividad industrial. Una población cada vez mayor exige cada vez más recursos, así que para evitar este círculo vicioso sería necesario reducir la población drásticamente. Esto se podría hacer de varias maneras, algunas más radicales que otras, lo importante es que nuestra especie deje de reproducirse incontroladamente. Debemos recordar que el planeta no está hecho exclusivamente para el ser humano, sino que debemos compartirlo con miles de otras especies.

La tragedia del planeta es la desmedida avaricia humana, que promueve la expansión de industrias de productos totalmente innecesarios. Si el fin de la producción industrial fuese sólo la satisfacción de una demanda estable y controlada, se podría evitar una producción excesiva. Pero la producción está dirigida por la mentalidad capitalista, que más que satisfacer la demanda, busca crear nuevas necesidades para ganar dinero, animando al consumidor a comprar más de lo que necesita. El fin de la producción capitalista no es la satisfacción, sino el negocio. Desafortunadamente, la acumulación de riqueza está socialmente bien vista y relacionada con el éxito; por lo tanto, nuestra sociedad cree que producir más y vender más es siempre algo deseable, un ideal de bienestar y desarrollo. Y es justamente esta visión lo que está matando al planeta. El crecimiento ilimitado es imposible en un planeta de recursos limitados.

A todos aquellos que quieren ir a morir a Marte para encontrar algún sentido en sus intrascendentes vidas, les aconsejaría que se resignasen a vivir en nuestro planeta y que intentasen buscar algún sentido más modesto, más cercano y terrenal. Su búsqueda de fama y reconocimiento podría contribuir a arruinar la admirable soledad y tranquilidad de un planeta distante que lo último que necesita es un montón de primates modernos con cámaras y latas de Coca-Cola deambulando por su superficie. Dejemos que algunos rincones del universo existan libres del mundanal ruido del Homo sapiens, que como sabemos, nunca está satisfecho y hasta ahora no ha aprendido a vivir en paz con sus semejantes ni con otras especies.