¿Realmente es necesario colonizar el planeta rojo?
Parece que el viejo sueño de conquistar el planeta rojo por fin podría ser realidad en el año 2023, año en que se ha calculado se podría enviar una nave tripulada para establecer una colonia permanente en Marte. El precio de ser uno de los primeros conquistadores de Marte es quedarse allá. No hay viaje de retorno. Indudablemente, es difícil no verse seducido por la posibilidad de ser uno de los primeros seres humanos en ensuciar Marte.
Todo suena muy romántico
y fantástico, hasta que nos informamos que para financiar el costo de mantener
la colonia humana en Marte sería necesario convertir todo el proyecto en un reality show espacial, un 2023 Mars Space Odyssey (claro que sin
el talento de Kubrick). Es imposible
no sentir cierta decepción cuando un evento histórico tan importante se reduce
al negocio de un espectáculo mediático mundial.
Una empresa holandesa, que
tiene el cautivador nombre de Mars one (mars-one.com),
está buscando fondos para realizar el proyecto. Miles de personas en el mundo
entero están registrándose para ocupar uno de los cuatros asientos en el primer
viaje a Marte. La inscripción cuesta entre 5 a 75 dólares, dependiendo del país de origen (en
un amable gesto de paternalismo democrático, se permite que los astronautas
pobres paguen menos). Se supone que el dinero recaudado servirá para financiar
la expedición. La página web del proyecto ha publicado los perfiles de algunos de
los entusiastas candidatos, y por su variedad en edades y ocupaciones, parece que
ser un astronauta marciano no tiene requisito alguno. Obviamente, han relajado
los requisitos con el fin de recibir la mayor cantidad de postulantes, pensando
en la financiación de la odisea marciana.
Claro que si la
expedición finalmente se lleva a cabo, los cuatro viajeros tendrían que ser
astronautas cualificados, ingenieros espaciales y técnicos competentes. No
serviría de nada enviar una nave tripulada a un nuevo planeta con cuatro
personas comunes. Sería como —salvando las distancias― enviar un equipo de
chimpancés para estudiar la superficie lunar (que ningún primate se ofenda). Siendo
así, cabe preguntarse por qué se admite la inscripción de personas que definitivamente
no califican para el viaje. En el fondo me hace pensar que se juega con las ilusiones
de la gente común, de la gente que, sabiendo que sus vidas carecen de
aventuras, ahora creen haber encontrado la posibilidad de vivir una aventura de
verdad, seguramente la más grande todas. Suena bonito. Pero sin duda, mucha de
esa gente corriente se apunta a un viaje a Marte y está dispuesta a morir allá porque
tiene poco que perder en la Tierra, tal como lo hicieron los primeros colonos
norteamericanos y los intrépidos marineros
que acompañaron a Colón y Magallanes.
Pero no es sólo la idea
de escapar de una vida intrascendente en la Tierra lo que impulsa a miles de
personas a querer viajar a otro planeta; es también, indudablemente, la
búsqueda de fama y reconocimiento, la posibilidad de convertirse en un
improvisado y oportunista explorador espacial del siglo XXI. Claro que en gran
parte la culpa es de la empresa organizadora que desde el comienzo ha
convertido todo el proyecto en un gran reality
show interplanetario. Los candidatos que quieren viajar al planeta rojo son
los mismos que ahora intentan ocupar un espacio en Gran Hermano.
¿Y qué sentido tiene
colonizar Marte? (las razones expuestas en la pagina web del proyecto son
bastante frívolas, diseñadas para seducir a un público ávido de atención
mediática). Desde el punto de vista científico y filosófico es fascinante por
el reto técnico que conlleva y por las fronteras conceptuales que rompe; pero,
¿es realmente necesario arruinar otro planeta? A diferencia de la conquista de
la Luna, los robots que ahora podemos enviar a Marte son capaces de cosas
asombrosas; son laboratorios móviles capaces de tomar muestras, analizar la
composición química de la superficie y la atmósfera, además de tomar miles de
fotografías. Si el fin es estudiar al planeta rojo, no es necesario enviar
astronautas para hacerlo. Todo eso puede hacerse perfectamente con robots
dirigidos desde aquí.
El afán de enviar gente a
Marte es más por el simple hecho de ver si somos capaces de hacerlo; un nuevo
reto científico y tecnológico. Incluso esto podría estar bien, sólo por el
placer de tomarse unas fotografías con el fondo marciano; pero una cosa es
estar de paso y otra es establecer una colonia permanente en su superficie. Además,
la idea de convertir todo en un reality para
financiar el costo del proyecto ofrece pocas garantías. Durante las primeras
semanas, los terrícolas seguro querrán seguir el reality show marciano, pero tras unos meses, cuando la novedad ya
haya muerto, ¿quien podría estar interesado en seguir la monótona vida
cotidiana de un grupo de humanos abandonados en Marte?
Algunos científicos
famosos afirman que el futuro de la humanidad radica en colonizar otros
planetas, que en realidad quiere decir que si la especie humana quiere sobrevivir
a la destrucción de la Tierra, tendrá que mudarse al planeta vecino más
cercano. En el fondo se asoma la sombra de la incapacidad del hombre por
preservar su propio hábitat. El ser humano no se detendrá en su camino por
agotar los recursos naturales del planeta para satisfacer su cada vez mayor
demanda de energía y alimento para sostener su imparable crecimiento demográfico.
Marte parece ser un escape de emergencia por
si acaso, en un futuro quizás no
muy lejano, el hombre se vea obligado a abandonar el planeta tras destruirlo y
volverlo inhabitable, no sin antes haber extinguido a miles de especies
animales.
Claro que nadie quiere
ver la parte fea de la historia; en vez de eso, lo “in” es decir que lo que mueve al hombre a colonizar Marte es su
imparable afán de exploración, su naturaleza como especie curiosa y expansiva.
Se dirá que la Tierra ya le queda chica y ahora necesita desplazarse al barrio
vecino. Todo esto no es más que un discurso mediático y políticamente correcto
para justificar la invasión de un planeta que durante millones de años se ha
visto libre de seres humanos, y probablemente también de cualquier otro ser
vivo molesto.
No creo que sea necesario
arruinar otro planeta; el hombre puede vivir perfectamente en la Tierra sin
agotar sus recursos ni exterminar a las otras especies. Para evitar una
situación de destrucción irreversible harían falta principalmente dos cosas:
controlar el crecimiento demográfico y reducir la actividad industrial. Una
población cada vez mayor exige cada vez más recursos, así que para evitar este
círculo vicioso sería necesario reducir la población drásticamente. Esto se
podría hacer de varias maneras, algunas más radicales que otras, lo importante
es que nuestra especie deje de reproducirse incontroladamente. Debemos recordar
que el planeta no está hecho exclusivamente para el ser humano, sino que
debemos compartirlo con miles de otras especies.
La tragedia del planeta
es la desmedida avaricia humana, que promueve la expansión de industrias de productos
totalmente innecesarios. Si el fin de la producción industrial fuese sólo la
satisfacción de una demanda estable y controlada, se podría evitar una producción
excesiva. Pero la producción está dirigida por la mentalidad capitalista, que
más que satisfacer la demanda, busca crear nuevas necesidades para ganar dinero,
animando al consumidor a comprar más de lo que necesita. El fin de la
producción capitalista no es la satisfacción, sino el negocio. Desafortunadamente,
la acumulación de riqueza está socialmente bien vista y relacionada con el
éxito; por lo tanto, nuestra sociedad cree que producir más y vender más es siempre
algo deseable, un ideal de bienestar y desarrollo. Y es justamente esta visión
lo que está matando al planeta. El crecimiento ilimitado es imposible en un planeta
de recursos limitados.
A todos aquellos que
quieren ir a morir a Marte para encontrar algún sentido en sus intrascendentes vidas,
les aconsejaría que se resignasen a vivir en nuestro planeta y que intentasen buscar
algún sentido más modesto, más cercano y terrenal. Su búsqueda de fama y
reconocimiento podría contribuir a arruinar la admirable soledad y tranquilidad
de un planeta distante que lo último que necesita es un montón de primates modernos
con cámaras y latas de Coca-Cola deambulando por su superficie. Dejemos que
algunos rincones del universo existan libres del mundanal ruido del Homo sapiens, que como sabemos, nunca
está satisfecho y hasta ahora no ha aprendido a vivir en paz con sus semejantes
ni con otras especies.
