viernes, 26 de septiembre de 2014

Las trampas semánticas del independentismo


El significado de las palabras condiciona nuestra reacción hacia ellas


¿Quién no quiere ser libre e independiente? «Somos libres, seámoslo siempre» proclama el himno peruano. Todos queremos ser libres. Pero antes que nada hay que advertir que, debido a su carga semántica, resulta difícil rechazar palabras como independencia, libertad y autonomía sin un análisis previo de sus predicados y contextos. Por ello las preguntas que se hacen en los referéndums independentistas ―como en el reciente caso de Escocia― llegan con una trampa oculta; una trampa creada por la carga semántica de la misma pregunta.

Esto lo saben bien los políticos que promueven el independentismo, por eso tienen mucho cuidado a la hora de formular la pregunta de la discordia. La pregunta suele hacerse en positivo, quizás porque el ser humano tiene cierta inclinación inconsciente a responder afirmativamente a preguntas afirmativas. Existe una minuciosa estrategia psicológica detrás de la construcción de las interrogantes; porque tal como señala la filosofía del lenguaje, la forma de la pregunta contiene ya de por sí la mitad de la respuesta. La consulta que se le hizo al pueblo escocés fue ¿Debería Escocia ser un país independiente? (Should Scotland be an independent country?). De entrada, sin meditación previa, la pregunta se respondería afirmativamente; simplemente porque sí, porque ser independiente tiene una carga semántica positiva. En principio todos quieren ser libres e independientes, sin considerar las consecuencias reales de esta situación.

Además, la respuesta afirmativa Yes fue promocionada con un atractivo logo con los colores azul y blanco de Escocia. El cartel del Sí era bonito, lo que lo hacía más atractivo como respuesta inmediata. Mientras el No era de un tétrico color oscuro. La respuesta afirmativa está asociada a nociones de continuidad, concordia y aceptación. Son conceptos amables y sugerentes. El No es, además de negación y rechazo, desarmonía y discontinuidad. Por eso las respuestas Sí y No también conllevan una valoración semántica que las hace más o menos atractivas al ciudadano, condicionando su voto.

Deberíamos preguntarnos por qué no se formuló la pregunta de la siguiente manera: ¿Debería Escocia seguir siendo parte de Gran Bretaña? (Should Scotland continue being part of Great Britain?). El significado de la pregunta es la misma, pero su formulación puede inducir a una respuesta opuesta. La partícula «seguir siendo» parece referir a una valoración conservadora y poco arriesgada, lo que de entrada puede inclinar al ciudadano a optar por el No. Tal vez por eso la pregunta se formuló desde la perspectiva contraria; justamente porque ser independiente está asociado a conceptos como progreso, crecimiento, riqueza y libertad. La palabra independencia tiene un significado positivo en sí misma, y ello ejerce un inevitable efecto de seducción sobre el votante.

La fiebre independentista está basada, entre otras cosas, en una (obvia) obsesión por convertirse en un país autónomo, lo que a su vez está asentado en un inconfesable complejo de ser sólo una región o provincia dentro de un país más grande. Indudablemente un país tiene un estatus geopolítico mayor que una región. También existe el deseo de diferenciarse del resto del país, lo que implica cierto grado de intolerancia y xenofobia. Para declararse como un país distinto hay que asumir que la región tiene más diferencias que similitudes con el resto del país, y ello justificaría la separación. Por eso el independentismo es siempre discordia y fragmentación.

En la mentalidad sudamericana la palabra independencia está envuelta en un tufillo colonial. Inmediatamente pensamos en el periodo independentista del siglo XIX. Para un sudamericano «independizarse» es sinónimo de librarse de un gobierno imperialista explotador e injusto. Pero este concepto no puede aplicarse en los movimientos independentistas de países que no son colonias ni satélites de gobiernos imperialistas. Ciertamente Escocia no es una colonia de Gran Bretaña, ni depende de ella. Es parte del Reino Unido de Gran Bretaña cuyo gobierno central está en Londres. Emanciparse de Gran Bretaña no implica librarse de un gobierno autoritario y explotador.

En los países que están formados por regiones con un grado mayor o menor de autonomía, independizarse resulta ser un proceso innecesario y engorroso que sólo conduce a un infierno burocrático donde hay que dividir y duplicar todas las áreas del gobierno y la sociedad; es decir, un largo y complicado proceso que no ofrece mayores ventajas al ciudadano de a pie. El ciudadano que vota por la independencia de su región no llega a ser «más libre» que antes. Sólo cambiarán sus autoridades. Los que realmente se benefician con la emancipación son los políticos y empresarios que la promueven, pues si tienen éxito ocuparán los puestos más altos del gobierno y podrán establecer las nuevas reglas del juego según sus propios intereses. Al final el nacionalismo resulta ser un gesto de propaganda, un artificio emotivo que busca convencer y mover al ciudadano bajo la ilusión de independencia. El nacionalismo por sí mismo siempre contiene matices de irracionalidad y fanatismo que suelen ser utilizados con fines xenófobos y perversos.

No hay que caer en las trampas ocultas del lenguaje. Ser independientes y libres no tiene sentido «porque sí». Sin conocer el contexto y condiciones que rodean tal libertad, ser libre es un gesto vacío. En la historia sudamericana la fiebre independentista empezó con Haití, que luego resultó ser ―hasta el día de hoy― el país más pobre de toda la región. Independizarse del yugo imperialista no trajo riqueza ni prosperidad a sus habitantes. La lucha por la autonomía, inspirada en los valores igualitarios de la revolución francesa, degeneró en una brutal guerra de odio racial. Desde el punto de vista histórico se podría considerar que Haití se independizó prematuramente (la primera declaración de independencia fue en 1801); conformada por una población de exesclavos, carecía de una élite intelectual capaz de gobernar el país con eficacia y planificación.

En el caso peruano, el desastroso intento del general Velasco para erradicar la oligarquía mediante la implementación forzada de la reforma agraria creó campesinos que de pronto se convirtieron en propietarios autónomos de sus tierras, pero lamentablemente carecían del conocimiento necesario para administrarlas con eficiencia, lo que finalmente trajo pobreza y miseria a los que supuestamente debía beneficiar. Paradójicamente, aquellos campesinos, ahora independientes y dueños de sus tierras, estaban mejor cuando eran peones. Como vemos, ser libre no siempre es sinónimo de progreso y bienestar.

Hay que agradecer que el movimiento independentista en Escocia fuese derrotado en su propio campo y con sus propias reglas. Y es injusto afirmar que aquellos que votaron por el No lo hicieron por cobardía, temerosos de perder sus privilegios buscando evitar un supuesto desastre nacional. Mucha gente que votó por permanecer en Gran Bretaña lo hizo por convicción, porque realmente eso quieren. Se sienten parte de una gran nación y al mismo tiempo se sienten escoceses. No son sentimientos excluyentes. No hay razón para una escisión radical. Para esta gente ser independiente (en su acepción nacionalista) es un gesto ilusorio construido sobre una semántica engañosa.