Por circunstancias inesperadas de la vida, fui testigo presencial de la reciente «fiesta democrática» en el Perú. Legalmente mi estadía fue en calidad de turista anglosajón, puesto que todos mis documentos de identidad peruanos habían expirado hace varios años. Sé que para muchos esto puede parecer huachafo (léase hortera en la península ibérica), pero esta condición de extranjería legal me permitió tomar distancia frente al terremoto político y social que ahora sacude el Perú. Mi propia inclinación electoral es irrelevante, aunque quizás resulte obvio que ninguno de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta eran mis favoritos. Pertenezco a ese sector social y cultural que no votó por los dos candidatos ganadores, los elegidos por el resto del Perú. El día de las elecciones salí a caminar por el malecón de Barranco, mientras la mayoría de la gente se apresuraba a votar o regresaban a sus casas con un dedo manchado con tinta morada. La densa niebla que cubrió Lima esos días quizás fue el presagio de lo que iba a ocurrir ese domingo funesto.
La crítica central de estos párrafos va dirigida contra la falsa democracia en el Perú y en otros países con similares condiciones de innegable desigualdad social y cultural. La democracia, tal como se inventó originalmente hace más de 2 mil años en la antigua Grecia, pretendía ser un sistema de gobierno elegido entre iguales (inter pares). Consecuentemente, no votaban las mujeres ni los campesinos ni los esclavos; es decir, sólo votaban los ciudadanos plenamente constituidos. Dichas personas tenían en común la misma condición social y una educación más o menos homogénea. Como los campesinos, esclavos y mujeres no tenían la misma formación educativa ni social, eran excluidos del proceso democrático. Ahora bien, hay que distinguir correctamente lo que intento decir: aunque dicho sistema era discriminatorio contra las personas socialmente inferiores ―y esto podría parecer injusto a los piadosos ojos de la sensibilidad posmoderna―, el sistema era coherente, pues sólo votaban los que eran iguales entre sí. De esta forma, el resultado de la elección era justa (dentro de los términos establecidos del sistema). Nadie podría quejarse ni considerar el resultado injusto porque todos los votantes eligieron en las mismas condiciones.
El proceso democrático es escandalosamente falseado cuando se da el mismo valor a millones de votantes desiguales en educación, valores y que prácticamente viven en países distintos. En el caso de los países supuestamente en vías de desarrollo, la mayoría de los votantes es pobre, y dicha pobreza por lo general está ligada a una pobre formación educativa que a su vez conduce a un voto emotivo e ignorante (aunque no vamos a negar que también existe una gran cantidad de votantes de clase media o alta que también votan sin conocimiento, pero son proporcionalmente irrelevantes). Es preocupante que el gobierno de un país esté a la merced de estas precarias condiciones. Esto explica por qué en el Perú ahora existe una gran minoría que no se ve reflejada en la segunda parte del proceso electoral. Para ellos no hay por quien votar y muchos tendrán que votar tapándose la nariz; no a favor de un candidato, sino simplemente en contra del que consideran peor. Esto no parece ser precisamente una fiesta democrática.
Pero independientemente de la ideología o preparación de los candidatos, lo que importa aquí es la preparación de los votantes. El sistema democrático pretende igualar a la masa de votantes desiguales mediante el acto de votar. Pero el voto igualitario no iguala al votante. Esto es la falacia de la democracia en el Perú y en países con grandes diferencias educativas y sociales. En el Perú existen distintas clases sociales, con grandes diferencias culturales y de pensamiento. Igualar el voto ignora todas estas diferencias, permitiendo que se legitime un gobierno producto de una votación desinformada. El tema central del voto igualitario es el poder y la responsabilidad que conlleva. Pongamos un ejemplo: imaginemos un minipaís democrático con 100 votantes. De esos 100 hay 30 personas bien preparadas e informadas, profesionales e intelectuales que conocen bien las propuestas de cada candidato. Luego hay 70 personas con un nivel educativo deficiente, indiferentes al debate electoral, que simplemente eligen a su candidato según sus habilidades para bailar reggaeton. El resultado de la elección será sin duda «democrático», pero con toda seguridad, también será desastroso. Se pone al país en riesgo por satisfacer una pretensión de igualdad que no existe. El voto de una persona culta y formada no puede ni debe tener el mismo valor que el voto de una persona sin interés ni formación. Ignorar estas diferencias es un acto sumamente irresponsable.
Que no se me confunda: antes que los defensores del pueblo, el campesinado y el proletariado, me califiquen con adjetivos desagradables, dejo claro que no estoy en contra de otorgar el voto al pueblo; estoy en contra del voto a un pueblo desinformado. Estoy de acuerdo con el derecho a votar y que los votos deben contarse equitativamente, pero sólo si los votantes ejercen su derecho en las mismas condiciones. Mientras los votos de electores abismalmente desiguales tengan el mismo valor muchos países tendrán gobiernos mediocres y populistas. Y los ciudadanos estarán a merced del gusto de una mayoría desinformada.
Por otro lado, estoy totalmente en desacuerdo con el voto obligatorio. El voto democrático debe ser un derecho, no una obligación. Mientras el voto sea obligatorio bajo amenazas de multas y sanciones legales, considero que la elección es un proceso fallido. Obligar a alguien a votar constituye un acto de terrorismo electoral (tengo tantas multas acumuladas que me da miedo ir a tramitar mi nuevo DNI). Mientras el voto sea obligatorio seguirá predominando el voto emotivo, frívolo e irresponsable. En cambio, si el voto fuese voluntario sólo votaría la gente que está realmente interesada en el proceso, que por lo general son votantes informados, con verdadera vocación electoral y democrática. Se acabaría el voto superfluo simplemente para evitar multas y por cumplir. Con esto los candidatos también tendrían que estar mucho más preparados, y para convencer a la gente de darse la molestia de votar se verían obligados a elaborar un discurso serio y convincente. Ya no recurrirían a estrategias circenses, ni prometerían el cielo. Se verían enfrentados a un elector exigente y menos propenso a ser engañado con trucos demagógicos o patéticos bailecitos de moda.
Como remedio, propongo que en los países donde la mayoría del electorado tiene un nivel educativo deficiente, se instale una meritocracia, donde gobiernen los mejores en cada área. No tiene sentido darle el poder a una masa de votantes ignorantes, eso es poner en peligro el bienestar del país. Hay que recurrir a una aristocracia, que en su acepción inicial significa «el gobierno de los mejores». Quizás sea posible formar un gobierno elegido por los méritos de gente honesta y con una sincera vocación de ayudar al país con su experiencia y conocimiento. Existe mucha gente preparada y dispuesta a ayudar. Aunque ciertamente quizás no sean buenos políticos, pero podrían actuar como buenos asesores. Mientras que en un país no exista una clase media con un nivel educativo homogéneo y con los mismos valores, el voto democrático es contraproducente. Antes de organizar elecciones democráticas, hay que educar a la población para alcanzar una sólida educación igualitaria; luego tendría sentido darles el poder de elegir el futuro del país, puesto que ya poseen el criterio suficiente para asumir tal responsabilidad. Mientras estas condiciones no existan conviene instalar una meritocracia para defender los intereses de todos.
Finalmente, frente al dilema electoral que ahora sufre el Perú, si yo estuviese en condiciones de votar, me inclinaría libremente por la anarquía. No votaría por ninguno de los dos candidatos presidenciales. Sé que mucha gente votará de manera estratégica pensando en el mal menor, pero resulta lamentable tener que votar por un candidato sólo para perjudicar al otro. Se reduce el derecho democrático a una especie de voto negativo. Hay que ser sinceros a la hora de votar. No debemos permitir que se nos obligue a elegir entre dos opciones que no queremos, simplemente porque la mayoría decidió esa opción. La mayoría es una tiranía intransigente e irracional. Es muy serio que la mitad de los votantes de un país no simpatice con ninguna de las opciones elegidas por la mayoría. Si ninguno de los candidatos convence entonces hay que recurrir a la rebelión ciudadana, patear el tablero con alegría y buen humor. Haciendo uso de nuestro derecho ciudadano, hay que manifestar esa disconformidad «democráticamente».