viernes, 10 de junio de 2011

LA AUTONOMÍA EXISTENCIAL DE LO ABSURDO

¿Qué es lo absurdo? ¿Aquello que no tiene sentido o aquello que no se puede definir? Creo que el único sentido de lo absurdo es no tener sentido. Es algo que no puede ser explicado por sus causas o efectos. Es la existencia desnuda sin sentido, pero al mismo tiempo algo que existe tan rotundamente como todo lo demás, ―todo lo que está plenamente justificado y explicado en el mundo. Desde este punto de vista todos los objetos físicos tienen algo de absurdo. Su existencia material no puede ser reducida a su significado o finalidad. Una cuchara, por ejemplo, es una herramienta cuya función es recoger los alimentos con mayor comodidad, pero esa finalidad no agota sus características existenciales. A pesar de ser utilizada como cuchara y ser llamada así, la cuchara, cuando está sola y sin usarse, sigue siendo un objeto físico en el mundo. Esa presencia física, esa existencia bruta y atrozmente solitaria, es de alguna manera irreductible a las descripciones que podemos hacer sobre ella. La existencia siempre abarca más que sus explicaciones; o dicho de otra manera, el lenguaje es un sistema de significado limitado, y es justamente esta limitación lo que determina su insuficiencia para explicar los fenómenos del mundo.

Hemos heredado del pensamiento griego ―la famosa racionalidad griega― la fastidiosa costumbre de querer entender todo. Como consecuencia de este mal hábito hemos adquirido un temor inconsciente hacia todo lo que no comprendemos. Rechazamos lo absurdo calificándolo como tal, que en una acepción vulgar significa algo disparatado, y al mismo tiempo intentamos ignorar la acepción que intento rescatar en estos párrafos, porque nos asusta aquello que no puede ser explicado, quizás porque de alguna manera pone al descubierto nuestra propia miseria semántica y conceptual, y deja algunas puertas incómodamente abiertas hacia lo desconocido. Pero lo cierto es que el mundo está lleno de cosas, palabras, gestos y acciones absurdas. Pero intentamos desconocerlas, aunque sabemos que rechazándolas o negándolas no hará que desaparezcan. Pero hay buenas noticias: lo absurdo goza de buena salud y está aquí para quedarse.

Estando así las cosas, el dilema es el siguiente: ¿debemos luchar contra este absurdo o dejarnos llevar por él? O para poner un ejemplo práctico: ¿salir a la plaza a pelear por la revolución con los puños en alto o quedarse en casa escribiendo poemas sobre las indescriptibles curvas de la concha del caracol? Para mí no hay dilema alguno. Hace años acepté la inevitabilidad de lo absurdo y ahora me siento muy cómodo flotando a la deriva en sus caprichosas corrientes. Me basta con mirar un objeto cualquiera, de esos que nadie observa por su vulgaridad y cotidianeidad, para apreciar el terrorismo existencial de lo absurdo. Los objetos parecen estar quietos y subordinados pasivamente a la contingencia humana; pero yo sé, ―y sé que algunos otros también lo saben― que todos esos objetos respiran silenciosamente en su propio mundo, ajenos a toda racionalidad, encerrados en su propia lógica material. Les invito a hacerse una pregunta terrorífica: ¿los objetos siguen existiendo cuando no los vemos o nos olvidamos de ellos? Si responden afirmativamente, entonces quizás estén preparados para comprender la existencia absurda de los objetos que ingenuamente creemos están a nuestra disposición. Pero en realidad los objetos ―amablemente― sólo fingen estar a nuestro servicio; lo que sucede es que nuestra existencia les es indiferente.

La autonomía existencial de los objetos se puede apreciar plenamente a través de ciertas obras de arte, como por ejemplo, las esculturas minimalistas de gran formato. Este atrevido arte, cuya época de mayor esplendor fue la década de 1970, tuvo un gran impacto por su carácter subversivo y absurdo. ¿Acaso se puede imaginar un objeto más absurdo que un gran cubo metálico de 4 metros de alto? El minimalismo escultórico fue calificado como «deshumano», porque no trasmitía mensajes, esperanzas, ni nada comprensible a los espectadores. ¿Cómo se puede interactuar con un objeto geométrico de proporciones inhumanas? Eran objetos que pertenecían a otros planetas. El carácter deshumanizado de las obras no es otra cosa que su innegable naturaleza absurda; es un objeto que no quiere decir nada, que se limita a existir exigiendo y conquistando un espacio real para hacerlo, afirmándose rotundamente con su inevitable materialidad. Fue muy sano para el arte moderno que apareciese el minimalismo (como respuesta a los excesos sentimentales del expresionismo), así quedó demostrado que el arte no necesariamente tiene que estar lleno de buenas intenciones, emociones y lemas edificantes. El arte no tiene bandera y sí alguien intenta servirse de él para defender ideas social e históricamente aceptadas, alguien más debe inmediatamente devolverle la autonomía ideológica al arte presentando un arte opuesto, un arte ajeno a todo proselitismo humano.

Las acciones racionales (es decir, no absurdas), premeditadas, con fines claros y razonables, tienen algo que ruboriza. Quizás la exposición desnuda del fin de una acción delata nuestras carencias, nos vuelve vulnerables y dignos de cierta simpatía que roza la compasión. Posiblemente este rubor me impide participar en muchas acciones racionales y loables. Da vergüenza. ¡Qué pretencioso querer cambiar el mundo! Más pretencioso aún es pensar que dicho cambio es hacia un mundo mejor. Aplausos… Para mí todo eso sólo me conduce más lejos en los tenebrosos ―pero a la vez lúcidos― senderos del cinismo. El cinismo abraza lo absurdo como lo único que realmente vale la pena ser tomado en serio, justamente ―y en eso consiste la paradoja― porque lo absurdo no tiene nada de serio.

La creación inútil también tiene algo de absurdo, precisamente porque ha renunciado a un fin supuestamente superior más allá de su existencia misma. Ha rechazado la tentación de servir a fines ulteriores, de ser respetado por su compromiso moral o social. El que invierte su tiempo en creaciones inútiles es digno de admiración, así como el que pasa el tiempo adquiriendo conocimientos también inútiles. Dichos conocimientos son los únicos realmente valiosos y que engrandecen la vida. ¿De qué sirve estudiar business o estrategias de mercado? ¿Para ganar dinero? Bien, admitamos que el dinero es necesario en este mundo mezquino, pero debe haber formas menos vulgares de conseguirlo. Por otro lado, lo absurdo aparece en el instante menos esperado, como lo hacen las ocurrencias, sin aviso ni relación alguna con lo que nos ocupa en el momento. Y llega para minar todos nuestros patéticos esfuerzos de seriedad y solemnidad. Crea grietas en nuestro frágil mundo de protocolos y rituales que buscan infructuosamente detener la entropía natural del mundo. Por eso la gente que se toma todo en serio y que carece de sentido del humor no tolera lo absurdo, ya que pone al descubierto sus propias miserias (además, por lo general es gente poco inteligente, pues se sabe bien que el humor es signo inequívoco de inteligencia). Lo absurdo danza salvajemente sin coreografía entre el orden y la premeditación.

Finalmente, lo absurdo nos devuelve al estado primordial, a la existencia sin predicados ni justificaciones. La nada. Nos recuerda que la vida no tiene sentido y que el significado que supuestamente queremos encontrarle es un accesorio, un decorado ya tardío. La vida no tiene sentido a menos que nosotros lo inventemos; pero esto, lejos de desencantarnos, debe hacernos ver que el sentido de la vida está por hacerse y puede ser reinventado todos los días. Y esto es precisamente el camino de la libertad. Pero mucha gente no soporta pensar que la vida no tiene sentido. Para ellos existe el consuelo del autoengaño y el engaño de la sociedad de consumo que promueve una sensación de felicidad y bienestar (si compro estos zapatos seré feliz…). Pero para el resto, los que hemos aceptado la futilidad de la vida sin desesperación alguna, lo absurdo se acerca como un viejo amigo, de esos que uno llama para (des)ahogarse entre copas de un buen tinto.