domingo, 9 de diciembre de 2012

El retorno del hombre universal

La búsqueda del conocimiento global y las desventuras de la especialización
 
Cuántas veces hemos escuchado frases como ésta: «yo no entiendo de poesía, es que soy de ciencias»; o la versión opuesta: «a mí no me hables de cifras y porcentajes, soy de letras». Los hablantes suelen decir estas cosas con cierta seguridad y desparpajo, como si estuvieran convencidos de sus propias limitaciones cognitivas. Y estas lamentables sentencias parecen tener la función de limitar el conocimiento de mucha gente, sometidos voluntariamente a las miserias de la especialización moderna.

Como sabemos, el hombre universal describe al humanista del Renacimiento que, al contrario de la mezquina especialización moderna, estaba interesado en distintos campos del saber, desde la naturaleza, hasta la filosofía y las matemáticas. La figura típica, citada hasta el cansancio, es el famoso Leonardo da Vinci, pero existieron muchos otros hombres universales, tal vez menos mediáticos, que sentían una inagotable curiosidad por el saber universal. Algunos de estos hombres universales pertenecieron al campo de la filosofía, como por ejemplo Descartes, Newton y Leibniz; pero esto tampoco era causalidad, ya que antiguamente la filosofía incluía muchos campos hoy independientes, como la física, la matemática, la anatomía y la biología. Los antiguos sabios debían saber de todo.

La revolución científica del siglo XVII trajo consigo la división de las ciencias entre duras y blandas, siendo las primeras aquellas que se ajustaban a la demostración científica; mientras las segundas eran aquellas que no se podrían demostrar empíricamente. Esto es el origen de esa oscura división entre letras y ciencias. Desde la óptica racionalista, las ciencias blandas se despreciaban porque no conducían a un conocimiento fiable, dado que no se podían demostrar científicamente. Y desde la óptica contraria, la rigidez de las ciencias duras ignoraba el enfoque más humano y escurridizo del conocimiento. Actualmente este divorcio de saberes se mantiene impune durante los años del bachillerato y luego en la universidad. Sus víctimas terminan creyendo que si han estudiado letras no serán capaces de entender una ecuación de segundo grado; mientras que aquellos que estudiaron ciencias creen justificado renunciar a leer novelas o libros de historia. Pero lo interesante de esta división es que su causa no es el campo del saber en sí, sino la metodología con la que se estudiaba. El método científico tenía un rigor que excluía a muchos campos que no se ajustaban bien a él.

Siendo honestos, no es posible afirmar que la matemática es más importante que la historia. No existe un criterio «objetivo» para valorar ambos campos. Son sencillamente distintos. Pero el hecho de que exista un método de estudio que permita alcanzar aquello que coloquialmente conocemos como «la verdad», no implica que un campo sea más importante que otro en el que ese método no es aplicable. En realidad, cada campo del saber tiene sus propias herramientas de estudio, y requiere muchas veces una metodología propia. La historia requiere un enfoque hermenéutico, mientras que el arte requiere un enfoque estético. Pero sería absurdo decir que un enfoque es mejor que otro; sólo es mejor relativamente según el objeto que se está estudiando.

¿Y por qué la especialización se ha impuesto en la sociedad actual? ¿Por qué todos quieren ser expertos en sus respectivas áreas del saber o hacer? Parece una pregunta trivial, pero en realidad no lo es. Deben existen varias respuestas para estas preguntas. Una tiene que ver con la alta competitividad moderna. La escasa oferta frente a la abundante demanda laboral conduce a una despiadada competencia. En esta lucha darwiniana sólo los mejores, los más especializados en sus respectivos campos, obtendrán el mejor puesto. Esto sucede, sobre todo, en las áreas laborales que tienen que ver con la investigación y la tecnología. Otra razón —más práctica— es que dada la actual infinitud de áreas del conocimiento, resulta fácticamente imposible abarcar todas. No queda otro remedio que elegir una cuantas ―o una sola― y resignarse a saber mucho de poco. Y así nace el especialista moderno. Su tendencia a la especialización luego se ve alimentada por la demanda de un mercado laboral que busca el experto en cada área.  

El peligro de la especialización es que con el tiempo se convierte en una tendencia nefasta porque se asocia una mayor especialización con mejores perspectivas laborales. De esta manera se desprecia o ignora cualquier área del saber que no resulta útil para la especialización elegida. Y esto, obviamente, conduce a la ignorancia generalizada. La culpa también es del mercado. Las empresas, en su demanda de expertos para mejorar su rentabilidad, instan a los trabajadores a especializarse para hacerse necesarios o imprescindibles. Para el mercado o para las empresas esto puede resultar muy beneficioso, pero evidentemente para el empleado esto significa ser condenado a una lenta y progresiva ignorancia. En mi humilde opinión, para entender la realidad hay que estudiar al menos tres campos, que al combinarse ofrecen una visión global de la realidad: filosofía, arte y matemática. La filosofía induce al pensamiento reflexivo y racional; el arte ofrece la mirada estética; y las matemáticas el pensamiento numérico. Estas tres formas de entender la realidad nos permitirán un conocimiento más rico y profundo del mundo y sus fenómenos.

Conscientes de los límites de la especialización, en las últimas décadas se ha puesto de moda la interdisciplinariedad, palabra bastante fea que, dicho de manera muy burda, consiste en la combinación de distintas disciplinas con el fin de alcanzar un resultado más sustancioso (bajo el concepto que sostiene que «el todo es mayor que las partes»). Claro que dicha conjunción disciplinar no se concreta en un sólo individuo, como quizás pudo haber sido posible en la figura del hombre universal renacentista, sino que se logra en la reunión de varios especialistas, que reconociendo sus propias limitaciones, se resignan a intercambiar sus respectivos conocimientos. Por eso actualmente se insiste tanto en el trabajo de equipo.

Visto todo esto, es lamentable que subordinemos nuestras inquietudes culturales a los tiránicos gustos e intereses del mercado. La capacidad que tiene el cerebro para asimilar nuevos conocimientos es prácticamente ilimitada. Pero el estilo de vida que hemos adoptado nos induce a estudiar durante unos años para poder encontrar un empleo y luego sencillamente resignarse a revisar esos conocimientos de cuando en cuando. Claro está que el modelo laboral muchas veces no nos permite seguir estudiando. A partir de cierto momento, el estudio y el aprendizaje dependerán exclusivamente de la voluntad de cada persona. Aquellos que deciden especializarse para optar a mejores condiciones laborales también estarán más cerca de hundirse en las arenas movedizas de la ignorancia universal.

El nuevo hombre renacentista es el hombre que, libre de las presiones del mercado moderno, ha optado por la curiosidad de conocer el mundo en un sentido verdaderamente amplio. Es aquel que quiere conocer simplemente por el placer de aprender. No rechaza el conocimiento por su aparente inutilidad práctica, o porque no le genera dinero. Y al final, esta búsqueda constante de saberes diversos se sedimenta en una red de conocimientos que, a manera de conexiones neuronales, crece y se enriquece a sí misma con cada nuevo conocimiento asimilado. Es así como se forman los sabios, y es así como aparecen las ocurrencias y las nuevas ideas.

En el siglo XIX Gregor Mendel sentó las bases de la genética moderna al describir las leyes de la herencia cuando combinó la biología con la matemática, dos áreas del conocimiento que hasta entonces se encontraban separadas. Esto es sólo un ejemplo que demuestra que la conjunción de diversas perspectivas crea nuevas formas de comprender la realidad. Por eso la vigencia del hombre universal se hace indispensable. Se suele decir que todo ya está pensado, pero esto no es verdad. Si bien hemos venido repitiendo las mismas ideas y pensamientos durante generaciones, es la combinación única de todas estas ideas —más nuestras experiencias personales— la que generará una nueva forma de pensar y entender la realidad.

La vida es corta en comparación con todo aquello que hay para conocer y entender, y en ese sentido siempre estaremos condenados a la ignorancia. Creo que la famosa frase de Sócrates «sólo sé que nada sé», se refería a la conciencia de su propia ignorancia relativa, más que a un acto de vanidosa humildad precristiana. Cada cosa nueva que aprendemos, por más inútil que pueda parecer, en realidad nos enriquece como seres pensantes. Induce a una reflexión y una revisión de todo aquello que hemos aprendido antes. La tarea del hombre universal es una empresa destinada al fracaso desde su propia concepción, pero el esfuerzo que se realiza en el camino bien vale la pena. Paradójicamente, la ignorancia se combate con el conocimiento, que al acumularse conduce al reconocimiento cada vez mayor de todo aquello que ignoramos.


lunes, 26 de noviembre de 2012

Miserias del gusto estético en la cultura de masas

La perversión tras la supuesta democratización de la cultura


Mientras sigo el caudaloso río de gente que fluye por los interminables laberintos subterráneos del metro de Madrid escucho los riffs de guitarra de una maltratada interpretación de Sultans of swing de Dire Straits. Una vez dentro del tren un abatido violinista toca una lastimosa versión del antiguo bolero Bésame mucho. Luego pienso: ¿por qué siempre tengo que escuchar las mismas canciones? ¿Quién ha dictado esta tiranía musical? Y más importante aún: ¿por qué se asume que esas canciones me van a gustar?

Existen varias respuestas a estas preguntas, y quizás la más obvia es que el objetivo de las disqueras es vender discos, y para ello las radios deben bombardear al público con un puñado de hits que por fuerza de la repetición terminarán gustando. Luego la gente comprará el disco alimentando la golosa industria musical. No hay misterio alguno tras esta explicación. Pero más interesante es analizar los criterios que la industria musical y editorial utiliza para decidir cuál es el gusto mayoritario del público, es decir, cuál es la fórmula que convierte una canción en un hit y un libro en un best-seller.

También existe una solapada perversión tras el concepto de democratización cultural. Las industrias musical, editorial y cinematográfica se sostienen en el supuesto derecho de las masas de acceder de la cultura. Claro que la palabra «cultura» se puede usar para muchas cosas. Generalmente se aprovecha su acepción clásica como un conocimiento refinado que tiene como finalidad reducir la ignorancia. La industria sabe esto pero lo utiliza perversamente con el fin de crear un gusto estético en el público para vender ciertos tipos de productos culturales. Apoyado por el ambiguo concepto de «moda», se crea la idea de que la música de moda y los best-sellers poseen un valor intrínseco que hace que su consumo valga la pena y que de cierta manera es preferible a otros productos fuera de moda. 

En realidad se aprovechan dos realidades de la supuesta naturaleza humana: su tendencia a la imitación y el gregarismo. El individuo quiere pertenecer a algo, quiere ser reconocido como uno más por sus iguales. Para ello debe rodearse del gusto estético de los demás con el fin de ser aceptado. Sin duda hay cierta tristeza en todo esto. Los medios informan pero también deforman; crean un gusto estético colectivo en detrimento de otras formas de expresión. Uno podría decir que nadie prohíbe a nadie a buscar canciones y libros fueran del canon predominante. Es verdad, pero la exposición continua de cierto tipo de música y literatura crea una tendencia que resta presencia a las demás formas. Existe una cierta tiranía por debajo de esta supuesta democratización. El gusto estético es impuesto, no elegido. Al menos lo es para la gran mayoría del público, que es un consumidor pasivo. Está sentado esperando que alguien le diga qué canciones escuchar y qué libros leer. Claro que esta pasividad es injustificada y tales sujetos merecen que su gusto estético sea impuesto desde afuera.  

Pero, ¿cuál es la lógica que envuelve la seducción de un hit o un best-seller? Primero, como ya mencioné, está la inclinación a compartir el gusto masivo, la identificación como uno más del grupo. La industria ha logrado imponer la extraña asociación entre el gusto masivo y la calidad. Se vende la idea de que si mucha gente se interesa en algo es porque ese producto debe ser bueno. Claro que esto es ciertamente falaz, pero la gente está dispuesta a creerlo sin dudar, quizás porque en el fondo quieren creerlo, así podrán ahorrarse el engorroso trabajo que supone una evaluación propia. Es verdad que no tenemos tiempo para evaluar todos los productos culturales personalmente, debemos tomar en cuenta la evaluación de los demás. Pero haciendo un uso perverso de esta lógica, el producto masivo es aceptado sin cuestionamientos sencillamente por su poder de expansión numérica. Esto explica el desconcertante letrero «lo más vendido» en la entrada de las tiendas de libros y discos (que yo suelo usar como criterio para lo que no debo comprar).

¿Y qué suele ser lo más vendido en cuanto a libros y discos? En música están los hits del momento. Temas pegadizos de tres o cuatro minutos, de estribillos fáciles y repetitivos. La idea es que la canción sea fácil de recordar y repetir, eso creará cierta adicción en nuestro cerebro junkie que nos inducirá a comprar el disco (o al menos piratearlo). Y volviendo a la canción de Dire Straits que mencioné al comienzo de este ensayo, siempre me pareció curioso que «Los sultanes del swing» se convirtiera en un éxito y que tras tantos años todavía suene en las calles. Tiene todos los ingredientes para no ser un hit: para empezar es una buena canción, tiene una estructura compleja, es bastante larga, no tiene estribillo repetitivo ni un ritmo pegadizo ni sirve para bailar. En cambio, Walk of life sí cumple todos los requisitos para convertirse en un hit popular, empezando por el molesto sonsonete que abre y atraviesa toda la canción.

En literatura están los best-sellers, que por lo general suelen ser libros de fácil lectura para un público poco exigente, con historias que apelan a las emociones universales y tragedias cercanas al gusto popular (suelen incluir conspiraciones, papas perversos, pálidos vampiros o amables sicópatas). Pero siendo justos, no toda la música comercial y los best-sellers son malos. Muchos de estos productos tienen una calidad artística intrínsicamente buena (sin olvidar los riesgos que tal calificación conlleva) y tienen el mérito de haber logrado seducir al flojo gusto popular. Pero otros ―quizás la mayoría― han sido concebidos para adaptarse al gusto mayoritario. Estos son los libros y discos destinados a una vida corta y un olvido largo.

El peligro de los productos culturales masivos es que su presencia y supuesta calidad muchas veces se miden por su éxito comercial. Esto hace que muchas obras sean injustamente ignoradas u olvidadas por el público sencillamente porque no se adecuan al perezoso gusto masivo. Y peor aún, la tiranía del mercado comercial solapadamente califica ciertas obras periféricas como adecuadas al gusto de un sector esnob o «intelectual» (ser intelectual es para ciertos círculos culturales una falta muy grave), como si la decisión de no participar en la promiscuidad del gusto popular fuese un acto subversivo o anárquico. Medir la calidad de una obra artística por su éxito comercial es ciertamente peligroso. Una obra de dudosa calidad puede muy bien ser reconocido como una obra de calidad entre un público inculto y poco exigente.

Esto podría explicar el éxito de toda esa horrible música enlatada que suena a todas horas en las radios comerciales. Ante la uniforme pobreza musical de las radioemisoras en Madrid (basta escuchar el nombre de algunas radios para entender sus escasas pretensiones musicales y el público que busca satisfacer: 40 principales, Kiss FM, Rock and gol, etc.) tuve que resignarme a apagar la radio y limitarme a la escucha de discos compactos. Para satisfacer mi necesidad de novedades musicales me dedico a la arqueología musical. Desde entonces he descubierto que la música es un campo prácticamente infinito y no necesito que la radio me diga qué debo escuchar ni me someta a su imperialismo sonoro.

Recuerdo que hace muchos años, en los oscuros años ochenta, la radio era prácticamente mi única guía musical. Pero por suerte tuve acceso a una mayor diversidad musical y pude descubrir lo que realmente me gustaba. En esos tiempos, si te gustaba una canción en la radio luego ibas a la tienda local de discos a comprar el vinilo. En muchos casos cuando escuchaba el vinilo en casa descubría que el disco contenía canciones que eran mucho mejores que la canción difundida por la radio. Entonces, en mi tierna ingenuidad adolescente, me preguntaba indignado por qué las emisoras siempre ponían las mismas canciones y por qué el disc jockey no ponía la canción que me gustaba cuando, al menos para mí, era evidente que dicha canción era la mejor de todo el disco. Entonces concluía que el pinchadiscos tenía mal gusto. Claro que en aquel tiempo yo no conocía la perversa complicidad que operaba entre las disqueras y emisoras de radio.

Pero tras la pobreza del gusto masivo siempre queda una inquietante pregunta: ¿el público consume esos productos porque realmente le gusta o porque el mercado le ha atrofiado el gusto para que le guste? El mercado suele justificar la baja calidad de esos productos diciendo que están destinados a satisfacer la necesidad del público que lo pide. Es decir, el pueblo es inculto por lo tanto exige productos acorde a su nivel cultural. El mercado entonces dice que, en un gesto democrático y humanista, se dedica a complacer al gusto del pueblo. Por supuesto, esto es sólo un discurso para encubrir su perversión mercantil. La industria no tiene interés alguno en educar a la población. Sólo quiere hacer negocio ofreciendo lo que el público exige. Da igual si la obra tiene calidad o si es basura. Sólo debe vender. Esta perspectiva pone en peligro la calidad de la producción artística. Y además, como ya sabemos, induce a los creadores a rebajar la calidad de su obra para que puedan ser más vendibles, finalmente prostituyendo su obra al gusto popular.

Pero yo me niego a creer que el pueblo realmente tiene mal gusto. O al menos prefiero pensar que ese gusto podría ser otro si los medios les ofrecieran una mayor diversidad cultural. La avaricia del mercado es culpable por limitar el gusto estético de la población culturalmente pasiva. Aunque ese público es también una víctima voluntaria. Ahora existen medios suficientes para consumir una gran variedad de obras musicales y literarias. Claro que la facilidad con la que podemos acceder a la cultura es directamente proporcional a la falta de esfuerzo que hacemos por conseguirla. Es decir, por pereza la gente prefiere conformarse con lo que los medios deciden emitir en vez de investigar por su cuenta. Esta pereza está alimentada por la estúpida creencia de que consumir lo que está de moda es garantía de una elección apropiada.

Pero existe una gran minoría que económicamente pertenece al pueblo pero que tiene aspiraciones culturales más elevadas. Estos individuos, pertenecientes a una discreta pero creciente plebe ilustrada, son solitarios e incomprendidos y deambulan por las bibliotecas públicas, cines y centros culturales en busca de una oferta cultural de calidad, pero sus aspiraciones se ven frustradas por la uniformidad del gusto masivo impuesta por el mercado. Es decir, si tu economía es propia del pueblo se supone que tus gustos son igualmente plebeyos. Esto es tiranía cultural y me sorprende que hasta el momento nadie haya convocado una manifestación masiva para remediarlo. Aunque supongo que es porque como las víctimas son minoría, no tienen la fuerza suficiente para rebelarse colectivamente.

Un verdadero Estado de bienestar velaría por el gusto cultural de sus ciudadanos, protegiéndolos de la tiranía de los medios. Buscaría garantizar una verdadera diversidad en la oferta cultural en cuanto a música y libros. Y en cuanto al supuesto derecho «democrático» de los canales de televisión de emitir basura porque el público así lo exige, directamente habría que prohibirlo, por más antidemocrático que parezca. Y creo que ya es hora de abandonar esa mirada paternalista que considera que el gusto popular, sólo por ser popular y mayoritario, tiene calidad o debe ser protegido. En cuanto a la calidad de una obra el carácter cuantitativo no debe determinar el carácter cualitativo. La democracia es un concepto que también se usa para justificar muchas perversiones. Y sobre eso, la gente siempre me pregunta: ¿y quién decidirá si una obra tiene o no calidad artística? Claro que es un tema problemático y existe un gran subjetividad al respecto. Pero esto tendrá que ser decidido por los críticos y expertos en el tema por calificar. Siempre será mejor que dejarlo en las interesadas manos del mercado.

Mientras tanto, invito a todos aquellos pertenecientes a la plebe ilustrada o aspirantes a pertenecer a él a rebelarse contra la tiranía cultural de los medios masivos. Apaguen la radio si no les satisface. Aparten la mirada de la pila de best-sellers que se erige triunfante en las librerías. No rechacen aquello que no conocen sencillamente porque no ha tenido presencia en los medios. Eso no dice nada acerca de la calidad de ese producto. Además de lo que digan los expertos, cada uno debe ser libre para juzgar la calidad de una obra. Pero para ello antes hay que poder acceder a ella. Y no teman no coincidir con el gusto de la mayoría. Recuerden que tal como alguna vez dijo un solitario incomprendido «la mayoría nunca tiene la razón».



domingo, 11 de noviembre de 2012

Cuando el amor se acaba

Las relaciones de pareja en la era de la obsolescencia programada 


El enamoramiento es un trastorno temporal que afecta la percepción y el entendimiento del amante. Aunque esta definición psiquiátrica puede parecer fría y poco romántica, todos aquellos que han padecido el amor y que luego se han curado saben que es verdad (y como el amor también es ciego, aquellos que están enamorados están impedidos para ver dicha realidad). Lo cierto es que existe un desfase entre nuestra visión tradicional del «amor eterno» y su duración real. En tiempos en que la mayoría de nuestros artefactos cotidianos están perversamente fabricados con el mecanismo de la llamada «obsolescencia programada», vale la pena preguntarnos si nuestro amor eterno también tiene una caducidad encubierta que la enfermedad amablemente nos oculta.

En todo caso nos seguimos enamorando torpemente pensando que la enfermedad durará para siempre, aunque la evidencia disponible lo niegue repetidamente. Esta es justo una de las características fundamentales del trastorno amoroso: la sensación de vivir un sentimiento eterno que se extenderá infinitamente. Por eso el enamorado puede repetir impune que su amor durará «para siempre». La realidad luego le pondrá límites a esa supuesta eternidad.

Sabemos que el amor en las sociedades occidentales tradicionales se vive de manera muy distinta que en otras partes del mundo. En la sociedad occidental se suele vivir un largo noviazgo antes de tomar el paso decisivo hacia el matrimonio. Aquellos que pasaron por esta fase conocen bien sus consecuencias: se llega al registro civil cuando la fase más intensa del amor ya ha pasado. Esto es una de las más extrañas contradicciones del amor en Occidente. Se espera a que el amor pasional haya pasado para tomar la decisión de casarse y vivir juntos para siempre, cuando es evidente que ese «para siempre» nunca será como tan intenso como al inicio de la relación.

Algunas parejas no entienden por qué ese entusiasmo inicial desparece con el tiempo y creen (equivocadamente) que están haciendo algo mal. Luego leen penosos libros de autoayuda que intentan reavivar la «llama de la pasión» en la relación, cuando dicha llama hace tiempo se ha extinguido (los disfraces ridículos, látigos y fantasías eróticas sólo sirven para aplazar lo inevitable). Pero esta caducidad no implica un fallo en la relación; es más bien el curso natural de los afectos humanos. Lo que está mal no es la naturaleza de nuestros sentimientos, sino las instituciones y rituales que las envuelven. La gente se sigue casando con la idea de que ese matrimonio durará para siempre o al menos debería hacerlo (justamente porque el enamoramiento los trastorna con la perspectiva de la eternidad).

Sabemos que el vulgo es sentimental y que en general sus sentimientos participan de la visión platónica y cristiana que considera que ciertos afectos, como el amor, deben ser puros y atemporales, o que ciertos valores, como los de la verdad y la justicia, existen en un mundo ideal libre de toda contaminación humana. Podemos entender que dichas personas han sido víctimas de un prolongado adoctrinamiento cargado de idealismo platónico-religioso. Lo curioso es que dicha deformación cultural también ha deformado los sentimientos naturales de estas personas. Ellos creen que sus sentimientos realmente son eternos y que existe la justicia en el mundo y que el mundo debería ser de determinada manera.

La caducidad del amor tiene una explicación racional desde el punto de vista de la psicología evolutiva. El amor se expresa fácticamente mediante la atracción física, y esto tiene como objetivo final el sexo. Y la finalidad del sexo (aunque generalmente no se practique como tal) es la reproducción. El amor romántico no es más que la contraparte afectiva del sexo. Obviamente esto no es nada nuevo, pero muchos investigadores del amor han descubierto ciertos patrones en la duración del amor de pareja. Se suele decir que muchas parejas de separan tras cuatro o cinco años de relación. Este periodo de tiempo no sería casual sino que tendría una explicación evolutiva.

Hace miles de años, cuando una pareja de cavernícolas se gustaban copulaban inmediatamente (¡claro que antes el macho seducía a la hembra con un cariñoso mazazo en la cabeza!). Tras las cópulas la hembra quedaba embarazada rápidamente así que los hijos llegaban al comienzo de la relación afectiva (no uso la palabra «amor» por precaución, ya que según algunos estudiosos el amor romántico como lo entendemos hoy recién apareció en la Edad Media, específicamente en el siglo XI en Italia). Suponiendo que una pareja tuviera dos hijos tras cuatro años juntos, después de ese tiempo los hijos ya serían lo suficientemente grandes como para buscar su propia comida y sobrevivir. Antes de esta edad los niños dependen totalmente de los padres para conseguir alimento y protección, por lo tanto conviene que los padres estén juntos durante ese tiempo (el humano recién nacido es uno de los mamíferos más vulnerables y prematuros del reino animal). Una vez cumplida cierta edad los niños requieren menos protección, así que los padres ya no necesitan estar juntos para criarlos. Esto explicaría la caducidad promedio de cuatro años en una relación afectiva. Y luego, dado que el Homo sapiens es una especie predominantemente polígama, conviene buscar nuevas parejas para seguir poblando el planeta.

La neurociencia también ofrece una explicación paralela a la caducidad del sentimiento amoroso. El cerebro enamorado libera una serie de sustancias químicas generando un trastorno que modifica la percepción del agente y que conducen a un comportamiento obsesivo (pensar en la persona amada constantemente). El desgaste bioquímico es tal que el cerebro no puede aguantar demasiado tiempo y debe necesariamente volver a su estado normal. Pero como el cerebro tiende a ser adictivo, induce después al agente a encontrar otra persona para volver a enamorarse y nuevamente liberar todas esas sustancias químicas para satisfacer sus urgencias hedonistas.

Es verdad que estas interpretaciones no son tan atractivas como los coloridos relatos contados en los cuentos de hadas, pero ofrecen una buena explicación a la caducidad del sentimiento amoroso. Si estas teorías son ciertas, el amor nunca fue concebido para durar para siempre. Debía tener una función específica y temporal. De alguna manera el amor fue traicionado por el idealismo cultural que le impuso exigencias de durabilidad que no podía cumplir. Luego mucha gente se siente decepcionada porque sus afectos no logran ser duraderos, como si hubiesen fallado.

La tragedia del amor en Occidente es la siguiente: las parejas deciden vivir juntos y tener hijos cuando el amor pasional ya está por extinguirse. Van al altar casi resignados a seguir juntos por inercia y comodidad. Claro que cuando tienen hijos esto puede fortalecer y prolongar la relación afectiva justamente porque los niños necesitan de la asistencia de ambos padres. Por eso las parejas que suelen tener varios hijos con ciertos años de diferencia tienden a durar más tiempo, los hijos les sirven como una prórroga afectiva. En muchos casos la relación de pareja sobrevive al límite de los cuatro años porque cuando se cumple este tiempo la pareja recién decide vivir juntos y tener hijos, con ello iniciando una segunda temporada de cuatro años a partir del nacimiento del primer hijo. Las parejas que deciden convivir sin casarse y sin tener hijos son un caso distinto. En cierta manera logran «engañar» el declive de la pasión tras el matrimonio, aunque al mismo tiempo, al no casarse y no tener hijos, están más libres para separarse sin demasiadas molestias (perversamente uno también podría pensar que no se casan ni tienen hijos porque en el fondo no creen en la eternidad de su amor).

Pero me parece lamentable que las parejas esperen hasta que la fiebre del amor pasional haya bajado para casarse y tener hijos. Claro que lo hacen movidos por razones puramente instrumentales. Quieren estar seguros de la otra persona, quieren un buen trabajo para garantizar una cómoda y apacible vida burguesa. Parece que el amor romántico y tormentoso no fuera suficiente; quieren saber si existen otras razones que los mantienen unidos. Pero luego se quejan de cierta frialdad y quieren que la llama de la pasión se mantenga encendida con la misma fuerza tras los años. Esto revela que existe una contradicción entre los tiempos naturales y culturales del enamoramiento. Mientras este desequilibrio no se ajuste la gente seguirá pensando que han fracasado cuando sus sentimientos naturales hayan cambiado defraudando el ideal del amor eterno.

La mentalidad occidental suele criticar los matrimonios arreglados que se celebran en algunos países orientales como, por ejemplo, la India. Se considera una violación a la libertad individual. Creemos que cada uno debe tener el derecho a amar a quien quiera por elección propia. Todo esto suena muy bien, pero en muchos casos esos matrimonios arreglados ―aunque movidos por intereses económicos y sociales, más que sentimentales—  tienen un final feliz. En muchos casos los novios, que apenas se conocen, son felices juntos y algunos incluso llegan a enamorarse (dentro de los parámetros afectivos de su propia cultura). Lo interesante en este caso es que si se llevan bien y se enamoran poco a poco lo hacen estando ya casados; con ello vivirán la parte más intensa del fenómeno amoroso en plena convivencia de pareja. Los hijos también llegarán en ese periodo y gozarán de la protección de los padres.

Nuestra cultura considera que ciertos valores, como la libertad y justicia, son sagrados. Creemos que ser libres para elegir nos conducirá a una mayor felicidad. Pero la libertad también tiene su lado oscuro. La libertad para elegir casi siempre va acompañada de la duda. Mientras más opciones haya para elegir, más dudas tendremos de haber elegido la mejor opción. Esto explica por qué muchas mujeres nunca se deciden a aceptar ningún hombre para casarse, quizás porque imaginan que siempre podrán encontrar un hombre mejor. Y así pasan los años y un buen día descubren que han perdido su belleza y juventud, luego dolorosamente reducen sus expectativas y abandonan la espera del príncipe azul para conformarse con un plebeyo gris.

Visto todo lo mencionado anteriormente, creo que lo mejor que pueden hacer aquellas parejas que recién inician su relación y que por ello están en la primera fase —que es también la más intensa y bonita— es abandonar todo para vivir juntos (incluso reproducirse si es posible). Hay que dejar de ser cobardes y entregarse al amor con todas sus consecuencias, sobre todo porque sabemos que es un fenómeno temporal y que a medida que pasa el tiempo se irá marchitando, como todo lo bello en la vida. Esperar a que el amor se haya calmado y aburguesado para recién tomarlo en serio es una actitud ciertamente mediocre de personas que evalúan el amor en términos de beneficios y ventajas como si se tratase de una transacción laboral o comercial. Hay que tomar el trastorno amoroso en serio cuando se presenta y experimentarlo plenamente con todo lo que venga. Y cuando el amor se acaba hay que asumirlo con valentía y resignación; al menos quedará el consuelo de haberlo vivido intensamente mientras duró.


domingo, 21 de octubre de 2012

Una propuesta reproductiva contra la pobreza

En este mundo superpoblado, ¿quiénes realmente deben reproducirse?


Admitámoslo: este mundo ya no necesita más pobres. El mundo necesita seres humanos con recursos suficientes para proveerse una buena alimentación, salud y educación. Tres cosas que conjuntamente suelen escapar de la pobreza y que en muchos casos terminan generando riqueza. Sólo las clases medias y altas pueden garantizar estos recursos para sus hijos, por lo tanto conviene que dichas clases se reproduzcan para criar seres humanos libres de la condena de la pobreza heredada, mal que suele arrastrarse durante toda la vida del afectado.

Imaginemos un escenario de la ciencia ficción que ya no es tan fantasiosa en estos tiempos de decadencia económica mundial. El estado de bienestar ha colapsado y ya no puede garantizar servicios sociales, educación gratuita, sanidad ni alimentación barata. El estado de bienestar ha desaparecido engullido por la crisis mundial. En este devastador escenario los únicos que se salvarán serán aquellos que poseen recursos propios. Los ricos podrán permitirse una vida cómoda libre de preocupaciones tan elementales como comida, salud o vivienda. Dado que este cuadro ya no es tan fantástico y que los recursos naturales y energéticos están ya en peligro y nuestra especie gasta más recursos que los sostenibles por el planeta, es tiempo de controlar el crecimiento demográfico.

Primera tesis demográfica:
Los ricos con buena salud genética deben reproducirse. No hacerlo sería puro egoísmo (antes deberán pasar por un sondeo genético para descartar enfermedades hereditarias graves). Todas aquellas personas con abundantes recursos y con buena salud deberían comprometerse con la especie y reproducirse. De esta manera podrían garantizar una buena alimentación, salud, educación y vivienda a sus hijos. Dichos hijos no nacerían en la pobreza y el estado ya no tendría que invertir sus escasos recursos en garantizar estas comodidades básicas.

Segunda tesis demográfica:
Los pobres deben dejar de reproducirse descontroladamente. Por lo general la pobreza genera más pobreza. La mayoría de hijos pobres llegan a ser adultos también pobres, sobre todo en países donde el estado apenas puede financiar sus necesidades básicas. La pobreza se convierte en un mal crónico sin solución. Ya sé que he obviado la diferencia entre pobreza absoluta y relativa (todos somos relativamente pobres) pero cuando hablo de «pobreza» me refiero a una situación en la que una persona a duras penas puede cubrir sus necesidades más urgentes, sin necesariamente referirme a la miseria extrema.

Sabemos que los pobres suelen tener muchos hijos justamente para intentar salir de la pobreza aunque parezca una paradoja, ya que criar muchos hijos significa un mayor gasto y por lo tanto un mayor empobrecimiento. Pero en muchos países los hijos suelen ser la mayor riqueza e inversión de unos padres pobres, ya que esos hijos a temprana edad ayudarán con su trabajo a sanear la precaria economía familiar. En este sentido la alta tasa reproductiva en los sectores más pobres de la población tiene una lógica; el problema es que en la mayoría de los casos esos numerosos hijos no llegan a mejorar sustancialmente la economía familiar sino a agravarlo aún más, llevando la familia numerosa al borde de la miseria.

Lo realmente absurdo es que mientras más ricos son los padres menos hijos tienen, y al revés. Esta situación debería revertirse por el bien de los hijos por nacer (los padres ricos deberían tener cinco o seis hijos, mientras los pobres deberían limitarse a uno o dos). Existe una tendencia a una menor tasa reproductiva en países más ricos y con una mejor educación. Parece haberse instalado una lógica perversa que considera que una mayor educación está reñida con el deseo reproductivo. Esto es ciertamente falso. El nivel educativo no tiene por qué perjudicar la tasa reproductiva. Al contrario, unos padres ilustrados deberían querer compartir parte de esa educación con sus hijos; pero a medida que la población se enriquece y educa parece alejarse de la idea de formar una familia numerosa. En muchos casos es cierto que antes de tener más hijos estos individuos prefieren ocupar su tiempo y dinero en viajes, negocios, ocio, estudios, etc.

Pero creo que a partir de cierta cantidad de dinero (sobre todo en caso de los millonarios) la acumulación de riqueza se hace simplemente por inercia y avaricia. Un individuo con gustos más o menos convencionales no es capaz de experimentar todos esos millones. Puede comprar palacios, islas y automóviles deportivos, pero en realidad después de cierto límite el dinero se vuelve abstracto, ya da lo mismo tener 20 o 40 millones porque el dueño del dinero no podrá experimentar la diferencia entre dichas cantidades. Si bien es verdad que la avaricia del ser humano no tiene límites, creo que tras cierta cantidad de dinero la acumulación por el placer de acumular se vuelve grotesca. El estado debería poner límites a estas cantidades obscenas de dinero.

Es sorprendente que una pareja de padres pobres insista en tener muchos hijos. Parece que no se dan cuenta (o no quieren darse cuenta) que están condenando esos hijos a la pobreza. Me parece de un egoísmo imperdonable. Una pareja responsable se abstendría de traer más hijos a un mundo rodeado de miserias y carencias. La pobreza trae consigo una mala alimentación, y eso también conlleva una salud precaria y un desarrollo menor de ciertas facultades cognitivas. En fin, la pobreza de nacimiento significa severas limitaciones y desventajas en el incierto juego de la vida.

Por todo esto, las personas con abundantes recursos económicos deberían usar parte de esos recursos para criar hijos que podrán gozar de una buena alimentación, salud y educación. Esto les ayudará a disponer de más oportunidades para vivir una vida plena y feliz. Ahora bien, en el Nuevo Mundo que propongo los padres ricos y saludables deberían tener los hijos que su situación económica les permita mantener, pero como esto no puede imponerse a la fuerza, aquellos padres ricos que se nieguen a tener más hijos tendrán que pagar al estado una cantidad equivalente a lo que hubiera costado mantener esos hijos potenciales, es decir, tendrían que pagar por el «derecho a no reproducirse» ―a menos que, claro está, pudieran demostrar que tienen buenas razones para no tener más hijos. Con este dinero el estado podría hacerse cargo de todos esos niños pobres ya existentes que requieren asistencia.

Me parece una medida de verdadera justicia social. Quizás algunos pensarán que esta medida atenta contra el derecho individual de no reproducirse y ciertos derechos universales, (los derechos universales no existen, son sólo construcciones históricas con pretensiones universales). En caso exista incompatibilidad entre la ley y la realidad, no hay problema, las leyes pueden cambiarse y deben cambiarse cuando entorpecen aquello que realmente promueve el bien social. Una pareja de personas con abundantes recursos no se verá seriamente afectada si debe pagar por su derecho a no tener más hijos cuando bien podría hacerlo. Sería su aporte al bienestar común, un acto de solidaridad con aquellos que tienen menos recursos.

El dinero que el estado recaude de las parejas ricas que se niegan a reproducirse también podría destinarse a financiar a los hijos de aquellos individuos que si bien no tienen recursos económicos poseen una inteligencia, un talento o una creatividad particulares. Obviamente sería una tragedia para la evolución cultural que dichos genes privilegiados se perdiesen por algo tan infortunado y accidental como la pobreza. El estado debe ayudar a esos individuos con la crianza de sus hijos para que dicha carga genética no se pierda por el bien de la sociedad. Las personas sin talento alguno sencillamente no deberían reproducirse.

Finalmente, el resultado de estas medidas sería una paulatina reducción real de la pobreza. Por la sencilla razón de que habría más nacimientos de personas con recursos que personas pobres. La pobreza ya no tendría que ser un mal que haya que atajarse tardíamente, sino que sería un mal que podría evitarse desde su propia raíz. El estado se liberaría de una gran carga económica y social, ya que al haber menos pobres tendría que destinar menos recursos para atenderlos. La sociedad eventualmente estaría formada por personas que disponen de recursos suficientes para proveerse una buena alimentación, salud y educación, y con buenas oportunidades para desarrollarse y tener una vida plena. En pocas palabras, sería un mundo verdaderamente feliz.

 

miércoles, 17 de octubre de 2012

De peces y hombres

¿Es el pescado de altamar parte de la dieta natural del hombre?


¿Qué clase de animal es el hombre? Es un animal terrestre que gracias a su inteligencia y desarrollo cultural ha logrado navegar los mares y alcanzar hábitats ajenos a sus particularidades anatómicas. El hombre ciertamente es capaz de nadar, pero es una habilidad adquirida por aprendizaje y no por instinto; mientras que en otros mamíferos terrestres, como los perros y los elefantes, nadar es una habilidad innata. Una sencilla evaluación anatómica del hombre revelará que es un animal adaptado para vivir sobre la tierra; por lo tanto su dieta natural también debe provenir de la tierra.  

A partir de esta premisa podemos deducir que desde el punto de vista biológico y evolutivo el hombre no está diseñado para alimentarse de peces y animales de altamar porque sencillamente son lugares ajenos a su hábitat natural. Las herramientas y habilidades naturales del hombre lo imposibilitan para capturar animales del océano. Sólo lo hace gracias a su desarrollo tecnológico y cultural, pero eso es algo ajeno a la alimentación que se deriva de sus particularidades anatómicas y ecológicas.

Concretamente mi tesis es que el hombre, siendo un animal terrestre, no debe comer animales que provienen de mar adentro, porque al hacerlo estaría violentando su dieta natural original. Pero esta condición no significa que el hombre no pueda saciar su hambre con peces y animales acuáticos. Puede comer peces y animales que viven en los ríos y lagos, tal como hace el oso pardo cuando se da un festín de salmones en los saltos de los ríos. El hombre está equipado con dos brazos que le permitirán, en un entorno estrictamente natural, atrapar peces despistados en los ríos y lagos. Quizás podamos admitir el uso de lanzas cortas para pescar en aguas someras, aunque esto ya implica una herramienta y una invasión cultural. Pero si admitimos que los chimpancés también usan ramitas para cazar hormigas como extensiones de sus dedos, podremos aceptar el uso de lanzas en el hombre.

Algunos sociobiólogos arguyen que la cultura también está determinada biológicamente, con esto la distinción entre naturaleza y cultura se vuelve borrosa hasta confundirse por completo. Claro que si consideramos la cultura como un derivado o una extensión de la naturaleza, toda diferencia se vuelve trivial. Ya no podremos hablar de naturaleza ni de cultura como dos realidades básicamente distintas. Yo creo que la cultura no está determinada, sino que es una creación contingente e histórica. La cultura es una historia de accidentes, guerras, ensayos, marchas y contramarchas, y no creo que tenga dirección alguna, al igual que la evolución biológica.

Siendo así, el hecho de que el hombre haya podido inventar embarcaciones y pescar animales del mar no implica que su organismo estaba diseñado para tal fin. Si el hombre fuese un animal que pudiera aguantar la respiración largamente y sumergirse como lo hacen los delfines y otros mamíferos marinos, entonces podríamos decir que estaba originalmente equipado para alimentarse del mar. Es verdad que desde hace miles de años el hombre ha sido capaz de alimentarse de los animales marinos, y probablemente su organismo ya se ha acostumbrado a dicha dieta, pero esto no es argumento suficiente para refutar lo dicho anteriormente. Es cierto que el carácter omnívoro y generalista de la dieta humana ha sido determinante para su sobrevivencia y expansión como especie. Pero el hecho de estar preparado para comer alimentos que no pertenecen a su hábitat natural no significa que dicha dieta sea recomendable.

¿Y qué hace un animal terrestre tan destructivo como el hombre flotando sobre el mar y atrapando miles de animales que viven en las profundidades? La presencia del hombre tiene un impacto devastador en la población de peces y mamíferos marinos. Sin duda, si el hombre no hubiese aprendido a navegar los mares, las poblaciones de animales marinos se habrían regulado por selección natural y por el complejo equilibrio que existe entre distintas especies, tal como sucedió durante millones de años antes de la emergencia del Homo sapiens. Por lo tanto es innegable que la intervención del hombre en las especies marinas ha creado un serio desequilibrio biológico en la biodiversidad oceánica.

Así como el hombre gracias a su avanzada tecnología es capaz de viajar al espacio exterior y caminar sobre la luna, evidentemente su organismo no está preparado para tal aventura extraterrestre. Si bien esto no es motivo para desaconsejar tales viajes, la espectacularidad de tales empresas no debe hacernos olvidar que el hombre es un animal terrestre y que la evolución no lo diseñó para despegar los pies de la superficie del planeta. El hecho es que ser capaz de hacer estas cosas no es motivo para pensar que son aconsejables o que el hombre no debe tener límites. El hombre cruza fronteras simplemente porque es capaz de hacerlo, y ser capaz de algo no justifica la acción ni la hace recomendable. Mucha gente cree que porque el hombre es capaz de hacer algo debe hacerlo.

Todos hemos oído hablar de los fantásticos planes para establecer una futura colonia humana en Marte. Pero aparte de los innumerables problemas técnicos que tal proyecto implica, los expertos en evolución han advertido que si tal empresa fuese posible las condiciones propias de Marte modificarían la constitución física del hombre. El hombre tendría que adaptarse a las nuevas condiciones del entorno. Entre ellas uno de los más serios es la diferencia de gravedad con respecto a la tierra (la ingravidez causa pérdida de masa muscular y problemas de descalcificación). Para eventualmente adaptarse a una superficie marciana el hombre tendría que evolucionar en una nueva especie. Y al hacerlo ya no sería un hombre, sería una nueva especie adaptada a un nuevo ambiente. Y esto sería la prueba para afirmar que el Homo sapiens no está adaptado para vivir en un entorno extraterrestre, y si insiste en hacerlo tendrá que dejar de ser lo que es.

Quizás el hecho de pescar animales de altamar no modifique la anatomía humana como lo haría vivir en Marte, pero una dieta ajena a su hábitat original sí debe tener consecuencias en su composición físico-química, del mismo modo en que un oso renuncia a comer salmones del río para comer hamburguesas del McDonald’s. Tal vez dicho oso engordará y parecerá muy sano, pero difícilmente podremos decir que esta nueva dieta antinatural es más recomendable que la anterior.

En todo caso, este argumento no será suficiente para dejar de comer pescado y mariscos; y probablemente sea cierto que una dieta rica en productos marinos sea saludable por la cantidad de proteínas y minerales que conlleva. Pero similar al argumento que utilizan los vegetarianos para justificar su rechazo a la carne, también podemos conseguir esas proteínas y nutrientes del mar en otras fuentes de alimento terrestre. En mi caso trato de no comer pescado que no puedo atrapar con las manos y hace años que dejé de comer «monstruos marinos», en parte por lo que he expuesto en este artículo y en parte simplemente porque no me gustan (algunos pican y otros están llenos de espinas traicioneras).


viernes, 12 de octubre de 2012

Deberes y derechos de una musa



Cada vez que escuchamos el nombre de un reconocido artista o escritor automáticamente pensamos en las mujeres que lo inspiraron. El arte y la literatura están repletos de casos de grandes artistas (y también pequeños) que han tenido una o varias musas que han jugado un rol decisivo para inspirar sus obras. Ciertamente el rol de musa también ha estado rodeado de cierto romanticismo trágico, un carácter imposible que al mismo tiempo inspira y causa desasosiego. Y es justo este carácter trágicamente inalcanzable el que convierte a una mujer en la musa de un creador.

Es cierto que esto no es nada nuevo, es una historia que se ha ido repitiendo durante siglos. Las musas que suelen alcanzar la fama lo hacen iluminadas por la fama de los artistas que las inmortalizaron; pero para poder inspirar a estos creadores no basta con meramente existir y dejarse contemplar. El rol de musa, como casi todo privilegio en la vida, tiene sus deberes y derechos. Así que atención a todas esas mujeres que hacen sufrir y crear a sus amantes: el rol que tienen no es tan fácil, más bien exige cuidado y dedicación.

Muy bien, ¿y cuáles son los deberes de una musa? Pues el primer deber de una musa es justamente no ser tan inalcanzable. Debe ser capaz de bajarse del pedestal y hacer sentir al artista que aprecia su rol, y que se preocupa por inspirar su obra adecuadamente. Una musa que siempre permanece alejada e indiferente no inspira creatividad sino frustración. Y la frustración suele ser poco creativa, es más bien destructiva. En muchos casos lo único que salva a un artista de sus tragedias es su capacidad para transformar ese dolor en creatividad, convertir sus demonios en una obra autónoma que puede existir desligada de su tortuoso origen.

Creo que muchas veces la gente que cae en una depresión o se deja tentar por el suicidio (el verbo «suicidarse» es incorrecto por su inadvertida redundancia semántica) es gente que al carecer de medios para convertir su dolor en obra recurre al alcohol, las drogas, buscan soluciones en terapias desesperadas, se entregan al fanatismo religioso o deciden poner fin a todo sufrimiento entregándose a la muerte. Todas estas elecciones tienen sus matices y podrían incluso ser razonables bajo ciertas circunstancias, pero creo que el poder de convertir el dolor en algo totalmente nuevo y luminoso es un poder invaluable.

Es verdad que hasta ahora he usado la figura de la musa en su acepción de figura femenina inalcanzable, y esto no sería totalmente correcto, pues existen muchas musas que inspiran a sus artistas con total correspondencia y entrega. Pero esa clase de musas deja de ser interesante justamente por su carácter alcanzable, se institucionaliza, de la misma manera en que el sexo salvaje empieza a domesticarse cuando cae en las miserias y rutinas del matrimonio.

El carácter predominantemente inalcanzable de la musa es lo explica porqué estas mujeres no suelen ser las esposas o parejas formales de los artistas, sino que casi siempre son sus amantes, «amores imposibles» o mujeres con las que por algún motivo u otro una relación formal no tiene cabida. Este carácter imposible y trágico es lo que hace más deseable a la musa. La relación es similar a la del caballero medieval y su dama, donde la dama casi siempre pertenecía a una clase social superior a la del caballero, y en esa estricta sociedad medieval ninguna mujer podría aceptar bajar de categoría para casarse con un inferior. La única solución era la de ser amantes clandestinos.

El deber, pues, de una musa es mantenerse a cierta distancia del artista; ser un satélite que al igual que una luna tiene momentos de mayor cercanía y lejanía. Pero por momentos debe dejarse alcanzar plenamente por su admirador y debe entregarse sin restricciones. Luego debe volver a ocupar su distancia. La entrega de la musa no implica necesariamente una entrega carnal (aunque por lo general lo es), puede ser de cualquier otra índole según la relación particular que tenga con el artista. Esta entrega es necesaria para que el artista sepa que su admiración no es del todo unilateral e estéril, que esa mujer que admira también es capaz de corresponderle momentáneamente en una existencia material y cercana. La musa debe ser capaz de mantener el interés del artista, para ello debe saber cuándo dejarse atrapar y cuándo alejarse. Básicamente debe ser capaz de mantener una dinámica de ambigüedad e incertidumbre. Cabe subrayar que una musa sólo tiene que inspirar al artista, y para esto no es necesario corresponderle plenamente.

Una musa debe ser capaz de reconocer aquellos momentos en que corresponde ser una mujer de carne y hueso, con debilidades e imperfecciones. Para hacer esto también debe reconocer el talento de su artista, y en cierto modo debe ser consciente de que si es capaz de inspirar al artista para crear belleza, tiene la responsabilidad de alimentar esa capacidad. Para ello debe motivar la admiración del creador. Una vez descubierto esto causa espanto imaginar cuántas obras quedaron incompletas por la torpeza de las musas que las inspiraron. Muchas mujeres, por juventud o timidez, fallan en reconocer la trascendencia de su rol, huyendo o rechazando al artista que las ha descubierto y con ello abortando cualquier empresa creativa.

Algunas musas también temen que un acercamiento demasiado humano con sus admiradores pueda alterar sus otras relaciones personales. Pero un artista entendido sabe que esos acercamientos no ponen en peligro el carácter imposible de la relación, más bien dichos encuentros sirven para reforzar esa trágica insuficiencia. Claro está que si un artista falla en comprender esta dinámica su musa tiene todo el derecho de alejarse definitivamente. Asimismo, las parejas de las musas no tienen derecho a sentir celos, menos aún si en calidad de novios no son capaces de crear belleza alguna. El rol del novio sólo sirve como un obstáculo más en ese carácter imposible que envuelve la relación entre la musa y el artista, pero de ninguna manera debe ser tomado en serio ni puede constituir una amenaza real para la obra.

La relación entre el artista y su musa habita en un mundo totalmente ajeno a todas las otras relaciones normales y establecidas por la sociedad burguesa. Este carácter ajeno también protege la relación de caer en cualquier normalidad o de institucionalizarse. Esta relación no debe invadir otros espacios, porque dicha relación ocupa un mundo privado, un espacio completamente inaccesible para las relaciones normales.

Entre los derechos de una musa está el ser admirada y amada sin precaución alguna por el artista. Su existencia será la inspiración para la creación artística en todas sus formas. Y aquella obra producto de tal admiración de cierta manera será inmortal (esto no está condicionado por el posible reconocimiento cultural e histórico de la obra; aquello que ha sido creado y existe ya goza de un inmortalidad ontológica irrenunciable). La obra sobrevivirá al creador y su musa, y en eso radica su trascendencia, y por ello ambos personajes deben cumplir sus respectivos roles con responsabilidad y rigor. El artista y su musa deben saber que toda su historia —todo placer, dolor y sufrimiento— sólo quedará justificada en la obra final, por ello todas las escenas deben estar subordinadas a la belleza del producto final.

Por último, pensemos en todas esas obras, en toda esa belleza que expresada a través de la forma, el color o la palabra logró materializarse gracias a esa particular relación entre el artista y su musa, relación muchas veces caricaturizada por la moral burguesa que no comprende los valores que el artista debe inventar junto a su musa para poder crear el mundo que iluminará su obra. Este mundo siempre habita al borde del abismo, pero es justamente close to the edge donde las emociones cobran mayor intensidad. Es el riesgo de caer al abismo lo que le da valor a la obra, porque esa obra ha nacido de la fatalidad, ahí donde la eminente posibilidad de ser destruido es lo que hace que la creación resultante merezca existir.


sábado, 6 de octubre de 2012

El sexo y la Seguridad Social

Si el sexo es salud, ¿por qué no está incluido en la Seguridad Social?


Nadie duda del éxito del famoso eslogan publicitario «el sexo es salud», que además se puede usar para tantas cosas aparte de tratamientos contra la eyaculación precoz, frigidez, impotencia y otros males que suelen provocar risitas nerviosas. Lo curioso es que en este caso la frase, además de sus intenciones evidentemente comerciales, también afirma una verdad innegable. Pero dado que todos hemos aceptado esto, el paso siguiente es preguntarnos por qué el sexo entonces no forma parte de la larga lista de patologías y particularidades que la Seguridad Social cubre para garantizar una vida plena y saludable.

Si el sexo es salud podemos deducir que la falta de sexo, si no es peligroso para la salud, al menos debe ser algo poco saludable. En otras palabras, una larga sequía sexual debe ser algo pernicioso para la salud física y mental. Frente a esta realidad no debería haber motivos para no reclamarle a la Seguridad Social que ponga remedio a tal situación, dado que disminuye la salud de los interesados, que además pagan mensualmente una parte de su sueldo para garantizar una salud en óptimas condiciones.

Los beneficios fisiológicos del sexo han sido ampliamente estudiados. Entre otras cosas, la actividad sexual oxigena el cuerpo, mejora la circulación de la sangre, quema calorías, fortalece el sistema inmunológico, y libera endorfinas que acompañan al placer. Asimismo las mujeres segregan estrógenos que ayudan a cuidar la piel y el pelo, mientras los hombres producen más testosterona que también ayuda a mantener el organismo en buenas condiciones. Todos estos beneficios físicos también tienen una contraparte psicológica: una buena vida sexual favorece un mejor estado de ánimo. Tras todo esto, es imposible afirmar que el sexo no cumple un rol importante para mantener una buena salud.

Quizás el lector ya ha adivinado adonde va mi propuesta, y probablemente las feministas querrán mandarme a la hoguera (pero en este mundo globalizado es muy difícil complacer a todo el mundo). Concretamente, siendo el sexo una parte indiscutible de la salud del individuo, la Seguridad Social también debería garantizar su práctica para aquellos individuos que por distintas razones no tienen una pareja estable para satisfacer esta necesidad vital. En términos prácticos estoy hablando de prostitución regulada por la Seguridad Social para hombres y mujeres que carecen de una actividad sexual regular. Las condiciones del servicio es material para otro artículo, pero supongo que una o dos prestaciones al mes sería suficiente para un individuo que sin eso no tendría actividad sexual alguna (obviamente la masturbación no cuenta).

Claro que el lector podría argumentar que para eso ya existe la prostitución «de toda la vida». Pero con la misma lógica uno podría decir que también existen clínicas privadas, pero no todos los ciudadanos pueden pagar un tratamiento privado y para eso se va a un hospital público. La Seguridad Social podría organizar un sistema de atención a domicilio para los pacientes o también podría acomodar un espacio adecuado dentro del mismo hospital (hay que tomar en cuenta los recortes de presupuesto por la crisis actual) aunque hay que reconocer que el ambiente del hospital «no pone».

Los beneficios para los pacientes y los trabajadores del sexo (eufemismo políticamente correcto para decir «putas y putos») son innegables. Aquellos perdedores de la selección sexual tendrían una mejor calidad de vida y una mejor salud, y las putas (incluye putos, para que las feministas no me acusen de sexismo) tendrían un trabajo regulado por el estado, con beneficios sociales y mejores condiciones de higiene y seguridad. Además muchas putas que actualmente están en manos de las mafias podrían pasar a trabajar en la Seguridad Social en un ambiente mucho más seguro; asimismo los pacientes no tendrían que exponerse a la sordidez que suele rodear a los burdeles y la prostitución callejera.

Claro que esto también tiene sus complicaciones. Para empezar habría que determinar cómo seleccionar aquellos ciudadanos que realmente requieren el servicio de aquellos que abusan de él (lamentablemente cuando algo es gratis no se aprecia). Quizás el servicio no debería ser completamente gratis, sino que el paciente tendría que abonar un copago razonable que sea lo suficientemente alto como para desanimar a aquellos que realmente no necesitan el servicio. Supongo que como parámetro habría que descalificar a todas las parejas casadas y que viven juntas. Entre ellas debe haber muchos matrimonios «perfectos» que no tienen sexo o tienen un sexo muy pobre. Pero a menos que puedan demostrar su situación de insalubridad sexual, me temo que estas parejas no podrán gozar del servicio.

Es probable que alguien pudiera argumentar que esto constituye una banalización del sexo denigrándolo a un acto puramente mecánico y animal. Para evitar un debate interminable e incontrastable, es mejor enfocar el sexo desde sus beneficios puramente fisiológicos. Y en este sentido el sexo es definitivamente saludable (recordar la lista de beneficios corporales en el tercer párrafo), y ello ya elimina cualquier interpretación sesgada. En todo caso, este servicio no impide practicar el sexo con afecto y con lazos emocionales. Sucede algo similar con el matrimonio homosexual. La gente intolerante se sentía ofendida y escandalizada, pero el hecho de permitir que personas del mismo sexo se casen no impide que los heterosexuales se casen como siempre lo han hecho. Finalmente, se trata de una ampliación de libertades.

Esta medida también tendría un efecto social muy importante, pues reduciría drásticamente el porcentaje de violaciones y agresiones sexuales en las calles, permitiendo una mayor seguridad ciudadana. Las sociedades donde el puritanismo y la represión sexual son mayores también contienen un alto índice de violencia que, lejos de dosificarse en cantidades moderadas diarias, suele explotar de repente generando monstruos morales como violadores en serie o Rambos que desenfundan sus pistolas indiscriminadamente sobre un grupo de gente inocente (pensemos en los Estados Unidos, como el ejemplo más cercano).

Ciertamente el servicio sería usado mayormente por hombres pues se sabe que el hombre tiene una urgencia sexual mayor que la mujer, o al menos dada la compartimentación de su cerebro separa con facilidad el sexo del amor. Como el cerebro femenino es más holístico, a la mujer le cuesta más asumir el sexo sin afecto o sin lazos emocionales, aunque ya en la posmodernidad muchas mujeres están logrando disfrutar de una sexualidad más lúdica, espontánea y libre de justificaciones afectivas. En todo caso, cuando una mujer quiere sexo no tiene que hacer demasiados esfuerzos por conseguirlo, mientras que el hombre debe desplegar una serie de estrategias y artimañas para satisfacer sus urgencias sexuales.

Una sociedad que presume de haberse liberado de los tabúes y prejuicios de una moral católica que condenaba y reprimía el sexo fuera del marco del matrimonio cristiano ya debería estar preparada para desacralizar el sexo y enfocarlo como una práctica vital para conservar una buena salud física y mental (antiguamente el sexo era usado como un cebo y sólo se aceptaba dentro del matrimonio para animar a los jóvenes a casarse y formar una familia). Pero para asumir el sexo como una práctica natural y saludable antes hay que liberarse de la mitología que idealiza el sexo alejándolo de sus fines puramente fisiológicos y hedonistas. Finalmente, si la salud sexual es un derecho inalienable del individuo, la sociedad de bienestar debería garantizar este derecho, tal como lo hace con otros derechos universales que también persiguen la realización de la tan ansiada felicidad humana.

 

viernes, 28 de septiembre de 2012

En serio, ¿alguien de verdad alguna vez aprendió a bailar rock & pop?



Tú que ahora eres lo suficientemente viejo como para recordar tus primeras fiestas juveniles en los oscuros años ochenta, haz memoria. Mírate en una esquina de la fiesta escondido tras el parlante, abrazado a tu vaso de ron con Coca-Cola; aterrado al pensar que pronto tendrás que salir al centro de la pista de baile y fingir que sabes bailar. Al frente se sienta una hilera de chicas que simulan no estar interesadas en sus potenciales pretendientes. Llevan el pelo como el trío letal de los Ángeles de Charlie.  Quieres sacar a la más guapa, pero te expones a un rechazo en público que te acomplejará por tus siguientes cinco años (por lo menos), así que inteligentemente eliges una chica menos llamativa. De pronto reconoces los pegajosos acordes iniciales del 45 de Footloose; entonces saltas al ruedo y te diriges a tu presa. Ella acepta sin ganas y sin apenas mirarte el acné que erupciona insolentemente en tu cara lampiña. Luego buscan algún vacío en la pista donde iniciar el ritual.

Entonces decides que es hora de bailar. Mueves tus extremidades inconexamente sin gracia, pero miras al vacío sin preocupación como si supieras lo que haces. No sabes que hacer con los brazos que quedan colgando penosamente (por fortuna uno sigue ocupado con el vaso de ron con Coca-Cola). Observas de reojo a tu pareja que también hace lo que puede en su versión irremediablemente femenina. Y todo esto se repite año tras año, pero nadie realmente sabe cómo aprendió esos primeros torpes pasos de baile que luego serán tan decisivos en las futuras conquistas y derrotas del corazón y la carne.

Si nadie sabe de dónde sacó su forma de bailar es porque no lo sacó de ninguna parte. Fue un aprendizaje autodidacta producto de la imitación de algunos ejemplos exitosos; de tardes viendo el video Thriller de Michael Jackson o los estrambóticos pasos de John Travolta en Saturday night fever. La pregunta es: ¿por qué la gente toma clases para aprender a bailar salsa, flamenco o tango, pero por lo general no toman clases para bailar rock, pop o salsa? Creo que es porque se ha instalado el dogma que sostiene que el rock y el pop se pueden bailar como sea. Es parte de una supuesta «expresión democrática corporal». Esto explica los movimientos torpes y sin gracia en las pistas de baile y la timidez e inseguridad que rodean a miles de Travoltas frustrados.

Y esto, que parece ser algo frívolo y pintoresco, en realidad tiene consecuencias trascendentales. El baile es una forma de seducción y participa activamente en la selección sexual. Dicho de otra forma, los mejores bailarines serán más exitosos que los torpes bailarines con dos pies izquierdos. Independientemente de la belleza física de una persona sus movimientos también tienen mucho que ver. Movimientos con gracia, coordinados y con ritmo aumentan el atractivo físico considerablemente (por algo «gracia» se define como belleza en movimiento).

En el caso de las mujeres, posiblemente ellas se fijen más en las habilidades desplegadas en la pista de baile por sus parejas, mientras que ellos se fijarán más en los atributos físicos de las chicas que en su forma de bailar (o dicho de una forma menos elegante, ¡qué importa como baile si está buena!). Además, un buen bailarín normalmente va acompañado de una personalidad extrovertida y sociable. El saberse hábil en la pista refuerza la autoestima y permite desplegar mayor seguridad. Estas virtudes son decisivas a la hora de intentar conquistar alguien del sexo opuesto.

Por todo esto me parece extraño que hasta el momento nadie haya convocado una manifestación masiva en las calles para exigir que el baile se tome más en serio. Incluso debería enseñarse en los colegios como asignatura obligatoria (quizá un peldaño por debajo en importancia tras asignaturas imprescindibles como literatura y filosofía). Y debería enseñarse en paralelo al tenebroso curso de educación sexual, pues ambas cosas ―el baile y el sexo— suelen manifestarse juntos. Pero los bailes que se deberían aprender en edad juvenil no son el flamenco, la danza árabe o el tango (sin menospreciar dichos bailes), sino los bailes que los jóvenes usan cada fin de semana de manera espontánea; es decir el rock, el pop y la salsa (prefiero no sugerir lo mismo para subgéneros decadentes como el reggaeton y el hip-hop —sin olvidar el desvergonzado «perreo», cuyo baile no requiere mayor aprendizaje).

Con estas lecciones de baile los jóvenes aprenderían los pasos básicos de cada género musical para luego añadirle pasos de su propia cosecha, así que no se diga que esto atenta contra la libertad del movimiento corporal. Más bien permitirá el nacimiento de un baile coordinado y con cierta belleza que ayudará al bailarín a sentirse más confiado en la pista de baile, además de ofrecer un espectáculo más digno a su pareja y de paso crear menos fealdad en el mundo (que no es poca cosa). Al mismo tiempo ayudará al danzante a vencer su timidez y competir con mayor seguridad en la feroz selección sexual que se desenvuelve sin piedad en las discotecas.

A todo esto se podría añadir la ventaja de reducir la vulnerabilidad de los jóvenes frente a esas grotescas coreografías que inundan las pantallas de televisión e Internet. La mayoría de esas coreografías sólo desvirtúan la esencia de los movimientos de baile de cada género, pero dado que dichos movimientos tienen como objetivo captar la atención del público ―acompañados por una pieza musical generalmente también de dudable calidad― son cada vez más extravagantes, como si se tratara de una película de Hollywood que no tiene más sentido que unos deslumbrantes efectos especiales destinados a iluminar envases gigantes de pop-corn.

Tras todo esto me imagino que el lector estará suponiendo que yo también pertenezco a esa trágica generación que tuvo que sacar sus primeros pasos de baile de un sombrero de mago. Es verdad; pero desde entonces he tenido tiempo para aprender algunos pasos más para salir del apuro. En todo caso, mal que bien, sigo siendo un hombre que baila.