miércoles, 25 de diciembre de 2013

El espíritu navideño y el capitalismo


Desprovisto de significado religioso, la Navidad ahora perdura como fiesta consumista
 
¿Quién, salvo el papa y un puñado de fieles piadosos, celebra realmente el sentido religioso de la Navidad? El nacimiento de Cristo adquiere cada vez menos importancia en las fiestas navideñas; en su lugar el ambiente navideño ha sido tomado por un desenfrenado consumismo recubierto de afectos familiares y amistosos. Todo sirve como excusa para intercambiar regalos. La Navidad contemporánea sobrevive más por una relación parasitaria con el capitalismo que por su propio significado religioso.

La pérdida del sentido religioso de la Navidad no es motivo de pesar; el debilitamiento del poder cristiano es siempre una buena noticia para las mentes libres y ateas, pero es lamentable que el capitalismo, en su insaciable afán por ganar más dinero, haya ―quizás involuntariamente― salvado a la Navidad de su natural proceso de extinción. La figura de los Reyes Magos cargados de regalos se acomoda perfectamente a los intereses capitalistas. Además hace que el intercambio de regalos no sólo sea una práctica legítima, sino casi obligatoria. El regalo es símbolo de respeto, afecto y admiración. Pero el regalo, desde tiempos inmemoriales, es también un arma estratégica, el inicio de una solapada cadena de favores. Todo regalo es también una deuda futura.

Sin duda, una festividad religiosa tiene muchas más oportunidades de sobrevivir a las tormentas del tiempo si va asociada a la posibilidad de hacer negocio. En este sentido no sólo la Navidad cristiana perdura, sino que también sobreviven otras celebraciones, como la boda religiosa, el bautizo, la primera comunión, etc. Todos estos rituales van acompañados de grandes banquetes e indumentaria exclusiva, como el absurdamente caro vestido de novia y el ridículo trajecito de marinero que avergüenza a los niños españoles en su primera comunión. Probablemente la presión social detrás de estos rituales burgueses sería menor si no hubiera intereses económicos de por medio. Además estos rituales pueden realizarse con mayor o menor gasto, dando así la posibilidad a las familias pudientes de lucirse gastando una gran cantidad de dinero para exhibir su holgada situación económica.

La Navidad es de los niños. Y a medida que uno se hace adulto se convierte en un trámite tedioso; pero cuando la gente tiene hijos se experimenta un inevitable Christmas revival. Papá Noel y sus renos vuelven con fuerza tras la llegada de los niños pequeños. La casa vuelve a inundarse de juguetes e ilusión. Para los niños la Navidad es sinónimo de regalos, dulces y vacaciones; les da igual cualquier sentido religioso. De este modo la Navidad tiene su existencia garantizada. El mercado suele aprovecharse de cualquier cosa que ayude a vender, así que si el espíritu navideño apoya el consumo, hay que promoverlo.

El mercado sabe muy bien que el mejor negocio está en los afectos. Siendo el hombre un animal emocional y social, el intercambio de regalos para expresar afecto o interés ha sido una práctica constante desde los comienzos de la humanidad. El interés económico se esconde detrás de la celebración del día de la madre ―porque todos tenemos una madre— y también detrás del meloso día de San Valentín (que suele ser un gran negocio para florerías, restaurantes y hoteles). Obviamente el sistema no va a reconocer que el trasfondo es puramente mercantil, sino que va intentar convencer a los consumidores de que existen legítimas razones afectivas y desinteresadas tras el intercambio de regalos; y peor aún, el que decide no participar en el negocio es mirado con sospecha y recelo como si su postura fuera antisocial (y en cierto sentido lo es porque está poniendo en duda la legitimidad de las prácticas consumistas).

El consumismo navideño es una fiesta típicamente pensada para la clase media. Se requiere un considerable excedente económico para celebrar la Navidad según el estereotipo establecido por los países ricos. Los pobres deberán contentarse con una Navidad puramente «espiritual» (la austeridad y pobreza que decoran el pesebre de Belén pueden servirles de ejemplo). Probablemente, antes de la emergencia de la clase media en los países ricos en la década de los cincuenta la Navidad debió ser una festividad más espiritual y familiar, justamente porque no había dinero para regalos fastuosos ni grandes banquetes. La Navidad como oportunidad de negocio es inversamente proporcional al declive de su significado religioso.

En España ―país de profunda tradición católica― el intercambio de regalos antes se hacía sólo el seis de enero, pero desde hace ya muchos años ahora se reciben regalos en Navidad y en el día de Reyes; es decir, el mercado ha logrado forzar la tradición para importar la costumbre de regalar el 25 de diciembre, tal como se hace en el mundo anglosajón. Por eso en España la temporada navideña es bastante larga, extendiéndose hasta el seis de enero. Se han establecido ya dos fechas para el intercambio de regalos; doble oportunidad de negocio.

El ambiente navideño en el hemisferio sur es una importación directa del norte. A pesar de ser verano la parafernalia sigue siendo propia del invierno europeo: pinos, espumillón (esas cintas plateadas que simulan nieve) y un Papá Noel vestido con botas y un grueso traje rojo. El resultado de esta importación es la presencia de Santas sudando penosamente en los centros comerciales bajo el implacable sol veraniego. Lo lógico y humano sería adaptar el tradicional traje rojo a las condiciones estivales del sur; pero si esto no ha sucedido es porque el mercado suele ser muy conservador: «si algo funciona no lo toques». Los comerciantes se niegan a modificar la figura del hombre de rojo porque temen que los potenciales compradores puedan decidir que el viejo barbudo y panzón en camiseta y shorts rojos no se parece lo suficiente al Papá Noel que habita en el Polo Norte. Esto demuestra que la Navidad, a pesar de ser una celebración universal del mundo cristiano, sigue siendo una creación del hemisferio norte; y revela también —duele decirlo— un inconfesable complejo sureño por imitar el ambiente navideño anglosajón.

El ambiente bonachón que se vive en estas fechas suele ser aprovechado también por las ONG’s y los mendigos que revolotean alrededor de los centros comerciales porque saben que los compradores están más dispuestos a contribuir (digamos que están en «modo navideño»). La Navidad vuelve a la gente compasiva y generosa, o al menos eso se cree. Los mendigos asaltan a los transeúntes con un poco convincente «¡Feliz Navidad!», y con esto creen que el paseante está obligado a corresponder con una donación; no hacerlo sería muy poco navideño.

Finalmente, después de haber desnudado la Navidad y haber comprobado sus perversas intenciones comerciales, debemos preguntarnos si todavía queda algo del viejo espíritu navideño. Para muchos, tal vez más ajenos al desenfreno consumista de estas fechas, la Navidad sigue siendo una buena excusa para reunir a la familia. Quizás sólo esta razón sea suficiente para salvar esta festividad. Aunque sin duda, si el cristianismo hubiese fracasado y la Navidad no existiera, algún comerciante la inventaría.

martes, 29 de octubre de 2013

La percepción del tiempo

Por qué ciertas épocas nos parecen mejores que otras


Percibimos el tiempo como somos en cada momento. Los que ahora estamos en la cuarta década de vida miramos atrás a los años ochenta y sonreímos. Pensamos que era una década ingenua y decadente. Renegamos del mal gusto en música y diseño (¡esos horribles automóviles cuadrados!), al mismo tiempo que creemos que ahora la realidad es mucho más coherente y racional. Pero somos nosotros los que hemos cambiado. Somos nosotros los coherentes y racionales. A medida que maduramos, nuestra visión de la realidad se desplaza y madura con nosotros, se hace más sensata.

La realidad objetiva no existe. Sólo existe como la vemos. Es puro fenómeno. Si bien los objetos físicos existen objetivamente, la forma en que se nos aparecen depende de nuestra percepción, por lo tanto su captación es subjetiva. Como las cosas son «en sí mismas» nunca lo sabremos ni lo podremos saber. Este carácter esquivo hace que nuestra mirada siempre esté condicionada y limitada por nuestro propio horizonte temporal y existencial. Del mismo modo en que interpretamos la realidad a través del filtro de nuestra experiencia y nuestras creencias culturales, también la vemos según nuestra perspectiva fenomenológica. Esto explica por qué la realidad de los adolescentes ahora nos parece distorsionada y por qué, por más que intentemos advertirles de sus errores y horrores, éstos no se darán cuenta nunca. Ellos interpretan el tiempo así. Su presente es inmaduro e irracional porque ellos también lo son. Claro que nadie tiene la culpa de esto; es algo que todos hemos sufrido en mayor o menor grado.

Cada uno se ve a sí mismo de joven ―unos más rebeldes y salvajes que otros, algunos idealistas y revolucionarios, otros malditos y oscuros— y nos preguntamos: ¿por qué éramos así? ¿Por qué no me daba cuenta de lo estúpido que era? ¿Cómo me podía haber gustado esa chica, esa música, ese peinado y esa ropa? (debo admitir, no sin pudor, que yo también me dejé tentar por el discutible peinado ochentero de la «raya al medio» —afortunadamente un rebelde remolino en el centro de mi cabeza lo rechazó). Y sin embargo, todo eso que ahora nos parece decadente en su momento era lo «in», lo más aceptado y deseado. No sólo es producto de la tiranía de la moda, que cambia constantemente, sino que también depende de nuestra propia manera de ver la realidad. Sin duda, hay modas que todavía sobreviven tras muchas décadas (digamos que se convierten en clásicos), pero sólo la seguimos a cierta edad. Luego ya nos parece de mal gusto, inapropiado o simplemente ridículo.

Por ejemplo, la moda de los jeans rotos, que se impuso en los años ochenta, todavía sobrevive, pero sólo en los jóvenes que ahora tienen la edad que nosotros teníamos en esa década, época en que también pensábamos que era algo nuevo y original. Aunque nuestra madurez cronológica y mental deforma nuestra apreciación de las modas, yo sí me atrevería a afirmar que existe al menos una moda del vestir que es horrible en toda época: me refiero a la moda baggy pants, esa desagradable costumbre de llevar los pantalones caídos mostrando la ropa interior. Curiosamente, dicha moda proviene de la cultura carcelaria, es decir, tiene un origen marcadamente marginal. Aunque los jóvenes lo usan siguiendo el dictado de la moda, resulta imposible convencerles de lo ridículo que se ven. Incluso los chicos creen que mostrando su ropa interior podrán seducir a las chicas. Es repulsivo.

La relatividad de la percepción del tiempo significa que siempre nos daremos cuenta de las cosas tardíamente. Es posible que, si hubiéramos tenido cuarenta años en 1980, hubiésemos pensado que esa década era grandiosa, hubiésemos seguido las modas del momento con orgullo. Pero esa década estará siempre condenada por la edad en que la vivimos. Del mismo modo, en veinte años más miraremos el presente con condescendencia y descubriremos nuestra ―ahora invisible― ingenuidad.

También significa que todos nuestros juicios personales sobre el tiempo son subjetivos. No podemos decir, con certeza, que tal década era mejor que otra. Si fue mejor era porque coincidió con una edad en la que nosotros también creíamos mejorar. Los músicos y melómanos que sostienen que los setenta fueron una década de explosión creativa también lo creen ―coincidiendo con el consenso general porque en esa década estaban en su mejor momento musical, ellos mismos fueron creativos; por eso les parecía que la creatividad era algo característico de esa década. Pero sin duda, en los años ochenta y después se ha seguido haciendo música interesante y creativa. Quizás el gusto masivo reflejaba una tendencia determinada que ciertamente sí fue pobre, pero eso no niega la presencia de una creatividad paralela y menos visible.

Nuestra edad también determina nuestros gustos culturales. A cierta edad ya hemos decidido el tipo de música y lectura que nos gusta. Luego, lo que no pertenece a esta categoría queda condenado al exilio cultural. Yo mismo, que no escucho la radio desde hace casi diez años, estoy convencido que la música comercial de la radio actual (al menos en Madrid) no vale la pena. Sin duda, debe haber alguna música buena, pero mi gusto musical ha condenado todos los sonidos que provengan de la radio. Esta actitud, aunque en cierto sentido radical y obtusa, también me define. Me permite situarme en un lugar en el tiempo. Me gusta tal tipo de música, porque fue hecha en tal época, con determinadas características estéticas que reflejan mis propios intereses. Nuestro gusto estético es también una tarjeta de presentación.

Dicho todo esto, sabemos que es imposible escapar de esta relatividad perceptiva; estamos condenados a interpretar el mundo según nuestro momento cronológico y mental. Nuestros juicios de valor sobre determinados años cambiarán a medida que nosotros cambiemos en el tiempo, pero será siempre una mirada desplazada, mediata y tardía. No hay nada que podamos hacer sobre esto, pero al menos si nos damos cuenta ahora, quizás esto nos permitiría ser más prudentes y tolerantes a la hora de evaluar la realidad. El tiempo y la realidad no son nada en sí mismos, son, más bien, el producto de nuestros propios valores, creencias y temores.


sábado, 12 de octubre de 2013

El ataque de las tetas subversivas

El erotismo como arma política de difusión masiva
 

Cada vez es más frecuente ver en los noticieros imágenes de combativas chicas saboteando actos políticos con el pecho desnudo, mientras levantan los puños airadamente gritando frases de protesta. Las imágenes son perturbadoras en sí mismas, pero no por la intención política detrás del gesto —que podría ser justificada o no― sino por la presencia de estas jóvenes con los pechos al aire en un contexto donde la desnudez supone una trasgresión social intolerable (dicha acción en una playa nudista no tendría efecto alguno). Desde el punto de vista estético, habría que preguntarse si estas acciones pueden ser consideradas como manifestaciones o happenings de body art político.

El concepto de arte posmoderno admite prácticamente todo, incluso el supuesto antiarte ―sea lo que fuere y en caso exista— también puede ser arte. Ahora bien, catalogar estas acciones políticas como arte tiene un arriesgado efecto de validación, como si la etiqueta de «manifestación artística» automáticamente le concediera una cierta inmunidad. El arte, además de ser arte, también existe en una cierta irrealidad, un mundo paralelo que puede parecerse mucho a la vida real ―incluso existe dentro de ella―, pero tras un análisis profundo, descubrimos que es otra cosa; por lo tanto no puede ser juzgado como una acción plenamente «real».

Antes de seguir, hay que tener cuidado en no confundir la forma con el contenido. Me estoy refiriendo al gesto de utilizar el cuerpo femenino semidesnudo como arma política y social. Esto es la forma. Aquello que se quiera defender es el contenido, y es algo independiente de la forma en que se quiera expresar. Una vez esclarecido este punto, lo que defiendan estas mujeres es irrelevante con respecto a la forma en que lo quieran defender. Lo importante es analizar por qué estas chicas muestran sus senos y por qué consideran que hacerlo supone una ventaja y un eficaz vehículo para transmitir sus mensajes.

Los senos siempre han estado cubiertos de una multiplicidad de significados, y además en culturas donde la desnudez es tabú, como la occidental, los senos también son motivo de incomodidad, sobre todo por la privilegiada presencia que ocupan en el cuerpo femenino. Los senos se cubren pero su forma no desaparece bajo la ropa, siguen siendo —al menos en el cuerpo de la mujer joven— protuberancias orgullosas y desafiantes. Y por eso las mujeres siempre han sabido usar sus senos como armas de seducción y poder cuando las han necesitado. El efecto cautivador que tienen en el hombre es innegable. La mujer, conocedora del potencial de su cuerpo, decide cuándo revelar u ocultar sus senos según los fines que quiere alcanzar.

Todo esto, que parece una obviedad, es relevante para analizar la efectividad de las activistas que usan su cuerpo para alcanzar sus fines. Algunas activistas defienden su conducta argumentando que no están convirtiendo su cuerpo en un objeto erótico, sino en un arma política, una forma de llamar la atención en un mar de indiferencia. Pero en realidad esto significa que están usando el erotismo como arma política, como trasgresión. Resulta evidente que su desnudez es un arma contundente que no puede ser ignorada. Como la desnudez pública en un espacio donde no se permite supone una violación de las normas sociales, dicha exposición debe cubrirse lo antes posible. Por eso estas mujeres saben perfectamente que sus acciones serán breves pero muy efectivas. Consiguen la máxima atención en un tiempo mínimo. Las tetas desatadas no pueden quedar impunes.

Usar el cuerpo femenino como arma de trasgresión conlleva un doble discurso. Por un lado podríamos considerar que es una denuncia feminista contra el uso erótico del cuerpo femenino, pero paradójicamente, al mismo tiempo supone una explotación de dicho uso. Es decir, mientras se denuncia la instrumentalización de la mujer como objeto sexual, también se saca provecho del mismo. Este doble uso suele confundir a los críticos de arte, pues posibilita una interpretación arbitraria: el cuerpo como objeto erótico y como arma política.

Las intervenciones están muy bien planificadas y las activistas saben exactamente lo que harán y la atención que recibirán. No es casualidad que escriban el eslogan político a defender sobre el pecho desnudo. El cuerpo se convierte en cartel, en vehículo de propaganda. Las letras del eslogan, torpemente pintadas entre los senos, aprovechan el foco de atención del observador. Como la desnudez es un tabú, los ojos de los observadores de inmediato se posan sobre los senos descubiertos que convenientemente muestran el mensaje a transmitir. Es una estrategia de publicidad perfecta. El cuerpo del deseo como vehículo publicitario. El uso es el mismo que cuando estratégicamente se tapan los senos de una chica en topless con una botella de cerveza. Se aprovecha el punto de atención.

Visto esto, habría que deducir que la exposición mamaria está dirigida mayormente al público masculino. Y esto tiene sentido, pues las reivindicaciones que las activistas pretenden mostrar están pensadas para contrarrestar un poder político típicamente masculino. Luchan contra el viejo orden gobernado por hombres. Seguramente el pecho descubierto tendría un efecto mucho menor en un mundo gobernado por mujeres. Asimismo, estas acciones también podrían considerarse ―haciendo un uso extensivo del término― como actos de terrorismo visual, pues lo que buscan las activistas es captar la máxima atención y al mismo tiempo sabotear el acto político en curso. La acción supone una especie de bomba anatómica (nunca mejor dicho). La onda expansiva de estas bombas anatómicas tiene un alcance puntual y limitado, pero las acciones siempre suceden en lugares con amplia cobertura mediática, así que gracias a los medios de comunicación estas acciones políticas se convierten en armas de difusión masiva.

La forma en que las acciones son reprimidas también revela el significado de la desnudez trasgresora. Los policías y agentes de seguridad tienen mucho cuidado en no tocar ―incluso de manera accidental― los senos desnudos durante el forcejeo, seguramente por temor a luego ser acusados de acoso sexual o «tocamientos indecentes». Esto convierte el seno en un objeto prohibido y apestado, un objeto incómodo del cual sólo cabe su erradicación mediante el cubrimiento inmediato. Curiosamente, cuando el agente de seguridad es mujer se tolera el contacto físico directo con el seno trasgresor, pero en este caso no se considera un tocamiento, sino una simple medida de fuerza para reducir a la activista.

Si estas acciones pretenden ser happenings políticos feministas, el rol de los senos al descubierto resulta ambiguo. Utilizar la desnudez del cuerpo como gancho publicitario supone al mismo tiempo convertir el cuerpo femenino en objeto erótico, que es en muchos casos uno de los usos denunciados por los grupos feministas. Y esta contradicción entre la ideología y la acción resta claridad a la propuesta de los grupos que practican estas explosivas apariciones públicas. Y por último, queda el problema de saber si el fondo —el mensaje— queda eclipsado por la forma —los pechos al aire. En ciertos casos, un bello cuerpo femenino semidesnudo, luchando salvajemente por liberarse de la represión del imperio de los hombres vestidos, resulta difícil de olvidar.



domingo, 18 de agosto de 2013

Si no lees, no escribas

Recomendaciones para los que escriben sin saber escribir
 

Leo, luego escribo. Un buen escritor es, antes que nada, un buen lector. No se puede escribir bien sin leer. Todo escritor sabe que el arte de escribir es algo que se aprende lentamente; un proceso que dura años y que se realiza acompañado por cientos, miles de lecturas. No existen atajos fáciles. No hay fórmulas sencillas «para dummies». El acto de escribir no convierte a la persona que escribe en escritor, del mismo modo que una buena cámara fotográfica no convierte a su poseedor en un buen fotógrafo.

El lenguaje es una herramienta que, al igual que un instrumento musical, se puede emplear bien o mal, con maestría o con torpeza. Por lo general, una buena formación académica ayuda a dominar el lenguaje escrito, aunque tampoco es un requisito indispensable. Lo que sí resulta indispensable es la lectura constante y variada. Leer debe ser un hábito diario, y hay que leer mucho y de todo.

Tradicionalmente se cree que para escribir poesía se debe leer poesía. Se suele interrogar al poeta sobre sus referentes poéticos o poetas «favoritos» (con lo cursi que esto suena). En mi opinión, para escribir poesía, novela o ensayo, no es necesario limitarse a leer el género en cuestión, sino que un buen escritor debe leer de todo, como lo hace un buen periodista. Debe leer historia, literatura, filosofía, divulgación científica, además de todo lo demás. Sumado a su experiencia de vida, es la mezcla de la diversidad de lecturas lo que da riqueza al material del escritor.

También hay que abandonar la pretensión de ser original. Ya nadie es original. Todo lo que se escribe es producto de una larga tradición escrita, de una historia que inevitablemente determina —seamos conscientes de ello o no— la forma en que pensamos y describimos la realidad. Negar esta herencia cultural sólo convierte al supuesto escritor en un ser ingenuo e ignorante, y en los casos en que cree haber inventado algo totalmente nuevo, convierte su pretensión de novedad en algo penoso y patético. La mejor opción es asumir nuestra herencia cultural y literaria, no como una pesada carga, sino como una gran riqueza de conocimiento que nos ayudará a contribuir individualmente en esa larga herencia creativa.

Del mismo modo que los distintos estilos musicales están íntimamente relacionados, copiándose y mezclándose sin parar, todo lo que pensamos y escribimos está relacionado con toda esa gran herencia cultural. Nuestras ideas son el producto de las ideas de millones de personas que nos precedieron. Al ser humanos, nuestras mentes son similares. Incluso los supuestos genios también piensan como la gente común. Pero dentro de esa herencia cultural todavía queda espacio para ser creativos. La creatividad es un proceso que no se acaba nunca, y en un escritor consiste en mezclar todas esas ideas heredadas de manera original; y cuando digo «original» me refiero a que las ideas que heredamos son filtradas por nuestra experiencia de vida y por nuestra particular manera de pensar e interpretar el mundo. Eso es lo que tenemos de original. Aunque tengamos ideas comunes, cada persona acoge una mezcla original de ideas, porque cada persona tiene vivencias distintas. Aquí radica la originalidad de un creador.

La ausencia de lecturas previas hace que el aspirante a escritor sea inconsciente de sus referentes; desconoce un pasado que, como el famoso dinosaurio de Monterroso, sigue estando ahí aunque no lo vea. Con frecuencia la gente que escribe de esta manera suele citar frases hechas o fórmulas clásicas, y al ignorarlas, creen haberlas «inventado». También suelen ser menos conscientes de sus propios errores y horrores porque carecen de un background literario con el cual compararse.

Con la llegada de Internet llegó la democratización de la cultura y la expresión libre. Claro que toda libertad tiene sus riesgos, y en este caso la posibilidad de publicar cualquier cosa en Internet significa que para encontrar publicaciones de calidad hay que bucear entre toneladas de basura virtual. Lo mismo sucede en las redes sociales que actualmente están tan de moda. La facilidad con que se puede crear una página web o un blog personal hace que cualquier sujeto se presente a sí mismo como «escritor». El resultado es una trivialización de la figura del escritor. En un mundo donde todos son escritores, nadie lo es. Claro que al final el tiempo y la obra terminan por separar el trigo de la paja, pero en el proceso muchos impostores generan confusión en el mundo literario ensuciando y llenando las plataformas públicas en Internet.

Muchos nuevos supuestos escritores nacen de un exceso de vanidad y narcisismo. Quieren ser populares. Escriben y publican cualquier cosa simplemente para figurar. Buscan el aplauso fácil, la recompensa inmediata. El medio por excelencia para este tipo de narcisismo es Facebook que permite medir la aceptación del público mediante el conteo de «likes». El escritor improvisado escribe sólo con el fin de acumular likes. En su afán de acumulación termina por gustarse a sí mismo haciendo like en su propia publicación. No hay acto más absurdo y egocéntrico.

Pero claro, la cantidad de likes tiene una lectura engañosa porque depende del público que está detrás. No es lo mismo una gran cantidad de likes de un público inculto, consumidores de bestsellers de jóvenes vampiros o que lee poco o nada, que unos pocos likes de un público culto y lector. Muchos aspirantes a escritores quieren medir la calidad de sus textos por la aprobación de sus amigos reales, virtuales e imaginarios. Pero ya lo dice el sabio refrán: en la tierra de los ciegos el tuerto es rey.

El narcisismo que busca reconocimiento puede convertirse en adicción, y cuando esta patología se manifiesta a través del acto de escribir, el resultado es que escribir se convierte en un medio para un fin ulterior que es la simple aprobación del público. Se escribe como pretexto para estar presente, para ser visto. Lo terrible de esta situación es que la calidad de lo escrito se convierte en algo de segundo orden. No importa ya la calidad, sólo importa que llame la atención, que provoque algún efecto superficial y pasajero, como un destello de fuegos artificiales. Creo que este es uno de los peores peligros que acechan al joven escritor rodeado por la tentación del reconocimiento fácil e inmediato.

No hay que olvidar que el acto de escribir contiene de manera implícita la idea de que lo que se escribe vale la pena ser leído. Incluso para aquéllos que dicen escribir para sí mismos y que nunca publican sus textos; escriben para leerse después. Entonces escribir también conlleva la responsabilidad de que aquello que el lector va a leer valga la pena ser leído. Existe un compromiso con el lector. Un escritor que defrauda a sus lectores traiciona la fe que éstos pusieron en él. Por eso escribir y publicar lo escrito nunca debe ser tomado a la ligera. Ni siquiera cuando lo que se escribe tiene un tono jovial y desenfadado.

Nunca antes en la historia de la humanidad tanta gente ha escrito a todas horas y en todas partes. Se publica de todo sin control alguno. El ego tiene espacio para expandirse hasta el infinito. Pero al final la calidad de lo escrito depende de los mismos criterios de siempre; y esos criterios se perfeccionan lentamente con el tiempo y la lectura constante. Lo que está bien escrito destaca porque queda grabado involuntariamente en la mente del lector, y lo que está mal escrito es castigado sin compasión alguna por el olvido.


sábado, 13 de julio de 2013

El verdadero color de los dinosaurios


El verdadero color de los dinosaurios 

Mi segundo poemario, publicado en Madrid (Amargord, 2013).

lunes, 1 de julio de 2013

Manifiesto contra el traje masculino

¿Realmente es necesario llevar chaqueta y corbata para ser un hombre serio? 
 

Cada cierto tiempo, cuando me atrevo a ver las noticias en la televisión, aparecen en la pantalla esas aburridas reuniones de importantes políticos o empresarios que se reúnen para decidir el destino del mundo. Más que oír lo que dicen, me fijo en la monotonía de su vestimenta. Casi todos van vestidos con el mismo siniestro traje oscuro. Dan pena. Tanto poder y dinero para finalmente ser esclavo de la inflexible dictadura del traje.

Sabemos bien que el traje masculino («terno» en Sudamérica) está indisolublemente asociado a conceptos como seriedad, poder y profesionalidad; y tal asociación obliga a los banqueros, abogados y vendedores ambulantes de seguros y biblias a vestirse del mismo modo, con la disimulada ambición de ser tomados en serio por los demás. «No basta serlo, también hay que parecerlo», sentencia el famoso dicho popular.

¿Y en qué momento el hombre moderno abandonó la alegría del color para rendirse a la austera monotonía del gris? El traje moderno, y sus distintas variantes, nació en la segunda mitad del siglo XIX como un subproducto de la revolución industrial. Entonces el conjunto formado por pantalones, chaqueta, chaleco y corbata se convirtió en la indumentaria oficial del nuevo burgués: el hombre de negocios que se enriquecía con la nueva industrialización. Desde entonces el traje ha estado ligado a virtudes como eficiencia, productividad y dinamismo. Actualmente, a diferencia de los ociosos aristócratas que despreciaban el trabajo como una actividad propia de las pueblo llano, el trabajo es visto como algo dignificante, el símbolo de una nueva era de prosperidad y crecimiento.

Es curioso que la única prenda que sobrevivió a esa nueva mentalidad mercantil e utilitaria fuera la corbata, que además de completamente inútil e incómoda, es lo único que puede distinguir a un «hombre serio» de otro, y que permite cierta personalización. La corbata es el último vestigio de la vestimenta generosa, alegre y multicolor de las antiguas cortes aristocráticas. La libertad que rodea a la corbata es lo que permite conocer el buen gusto estético de cada hombre gris; por ende, una elección desafortunada al escoger una corbata revela las limitaciones culturales de su portador.

Antes de la aparición del traje el hombre elegante tenía el mismo derecho que la mujer a vestirse con coquetería, color y alegría, y esto no tenía nada que ver con un posible amaneramiento en el vestir. Una de las lamentables consecuencias del imperio del traje gris ha sido que ahora consideremos que sólo las mujeres deben vestirse coloridamente, y que el hombre debe usar colores graves y opacos para mantener intacta su masculinidad.

Los movimientos feministas que buscaban eliminar la discriminación sexual en el ambiente profesional llegaron a la burda conclusión de que para que una mujer sea tomada en serio en el ambiente laboral, debe vestirse como un hombre. Entonces nació el traje profesional femenino, que básicamente cubre la belleza femenina con colores tristes para intentar que los hombres olviden que debajo de ese saco gris hay una mujer atractiva. La mujer profesional, en vez de afirmar su atractivo natural, se rebajó a seguir las reglas masculinas, negando su propia naturaleza para fingir ser un hombre. Es una forma lamentable y grotesca de ser tomada en serio.

En España existe una curiosa tradición que se practica en algunas empresas que intentan ser «modernas». Los viernes se permite, en ciertos casos, que los empleados abandonen el traje y vistan prendas más cómodas y amables. La idea es que la alegría de la llegada del fin de semana se vea reflejada en la ropa. Con esto al mismo tiempo se está afirmando que la rigidez del traje oscuro es un elemento opresivo y molesto. Pregunto: ¿por qué no extender la tradición antitraje de los viernes a los otros días laborales? ¿Por qué no permitir que los empleados también se sientan cómodos y libres durante toda la semana?

El uso indiscriminado del traje llega a niveles particularmente absurdos cuando su uso ignora las distintas condiciones climatológicas del año. Es muy penoso ver hombres en saco y corbata sudando en el asfixiante calor veraniego. Tal sacrificio significa que ser considerado un hombre serio es más importante que cualquier eventualidad climática. También es más importante que la comodidad y que el derecho a vestirse como uno quiera.

Es realmente sorprendente que el traje apenas haya cambiado en más de 150 años. Mientras la moda cambia en cada estación, siempre de prisa por ofrecer novedades, el traje del hombre serio se mantiene detenido en el tiempo. La explicación debe estar relacionada con la economía. El mercado es siempre muy conservador, así que si en el pasado las empresas han visto que el traje impone respeto y seriedad, pocas empresas se atreverán a modificarlo (como dice la expresión: si funciona, ¡no lo toques!). Un buen ejemplo es esa absurda costumbre navideña en el hemisferio sur, donde se convierte a un pobre hombre en un sudoroso Papa Noel veraniego, rodeado de sandalias, helados y bikinis. Las empresas dicen que el consumidor es conservador, así que si no ve a Santa Claus forrado en un grueso traje rojo en pleno verano, no sentirá que es Navidad y eso le quitará las ganas de comprar.

Las mujeres del siglo XIX, al no participar en el mundo profesional, se salvaron de las nefastas consecuencias de la llegada del traje, y por eso actualmente tienen un ropero lleno de una gran variedad de prendas y colores. La mujer, al negársele el derecho a participar en el nuevo mundo laboral, conservó el derecho a vestirse bellamente. La desproporción entre la variedad en el vestir masculino y femenino puede comprobarse en cualquier tienda grande de ropa, donde la mayor parte del negocio está dedicado a la moda femenina, mientras la zona de los hombres suele estar ubicada en un rincón oscuro y olvidado.

Si bien la mujer aún conserva el derecho a vestirse creativamente, parte de la moda femenina también conlleva un handicap machista. Me refiero a los zapatos de tacón alto, que como cualquier fisioterapeuta sabe, deforma los huesos de los pies causando dolores musculares y lesiones que con el tiempo pueden llegar a ser irreversibles (el zapato de tacón alto fue creado para complacer a los hombres en detrimento de las mujeres). La mujer está dispuesta a sufrir de esta manera porque el tacón alto tiene consecuencias visuales sumamente favorables para seducir al macho: reduce el tamaño del pie, alarga la longitud de las piernas, y acentúa la redondez del trasero. Así que de la misma manera que los hombres que pretenden ser serios se someten a la incomodidad del traje gris, las mujeres están dispuestas a arruinarse los pies para llamar la atención de esos hombres uniformados.

Hace falta que la moda masculina se atreva a inventar algo que libere al hombre serio de la esclavitud del traje (sorprende que nadie organice manifestaciones callejeras sobre el tema, sobre todo en estos tiempos en que ser libre se ha puesto de moda). Hace falta alguna propuesta que no se someta a la presión del mercado, y que logre borrar esa vieja idea que cubre al traje de adjetivos ganadores y supuestamente exitosos. El traje «al desnudo» es un conjunto de ropa aburrida, incómoda y poco imaginativa, que además está pensado para crear una impresión en los demás, en vez de pensar en la comodidad del hombre atrapado en él. En el fondo es triste someterse a una moda de vestir para intentar convencer a los demás de que uno es un hombre serio y responsable. Si uno realmente es serio y profesional, ¿de verdad hace falta un uniforme gris para demostrarlo?

Tras este breve manifiesto contra el traje el lector ya habrá adivinado que dicha vestimenta no es mi favorita. Hace más de diez años que no visto un traje, en parte porque no he tenido ocasión de usarlo y también porque simplemente no tengo. Ahora me he liberado por completo de esa molesta prenda. Me resulta espantoso ser confundido con un businessman o un «hombre serio» (existe cierto patetismo y servilismo en esta pretensión). El último traje que tuve sólo fue usado en eventos serios y solemnes, como bodas y funerales. Ahora los divorcios son más frecuentes que las bodas entre mi generación, pero afortunadamente estos eventos no suelen celebrarse con tanta formalidad.

sábado, 8 de junio de 2013

Life on Mars?


¿Realmente es necesario colonizar el planeta rojo?
 
Parece que el viejo sueño de conquistar el planeta rojo por fin podría ser realidad en el año 2023, año en que se ha calculado se podría enviar una nave tripulada para establecer una colonia permanente en Marte. El precio de ser uno de los primeros conquistadores de Marte es quedarse allá. No hay viaje de retorno. Indudablemente, es difícil no verse seducido por la posibilidad de ser uno de los primeros seres humanos en ensuciar Marte.

Todo suena muy romántico y fantástico, hasta que nos informamos que para financiar el costo de mantener la colonia humana en Marte sería necesario convertir todo el proyecto en un reality show espacial, un 2023 Mars Space Odyssey (claro que sin el talento de Kubrick). Es imposible no sentir cierta decepción cuando un evento histórico tan importante se reduce al negocio de un espectáculo mediático mundial.

Una empresa holandesa, que tiene el cautivador nombre de Mars one (mars-one.com), está buscando fondos para realizar el proyecto. Miles de personas en el mundo entero están registrándose para ocupar uno de los cuatros asientos en el primer viaje a Marte. La inscripción cuesta entre 5 a 75 dólares, dependiendo del país de origen (en un amable gesto de paternalismo democrático, se permite que los astronautas pobres paguen menos). Se supone que el dinero recaudado servirá para financiar la expedición. La página web del proyecto ha publicado los perfiles de algunos de los entusiastas candidatos, y por su variedad en edades y ocupaciones, parece que ser un astronauta marciano no tiene requisito alguno. Obviamente, han relajado los requisitos con el fin de recibir la mayor cantidad de postulantes, pensando en la financiación de la odisea marciana.

Claro que si la expedición finalmente se lleva a cabo, los cuatro viajeros tendrían que ser astronautas cualificados, ingenieros espaciales y técnicos competentes. No serviría de nada enviar una nave tripulada a un nuevo planeta con cuatro personas comunes. Sería como —salvando las distancias― enviar un equipo de chimpancés para estudiar la superficie lunar (que ningún primate se ofenda). Siendo así, cabe preguntarse por qué se admite la inscripción de personas que definitivamente no califican para el viaje. En el fondo me hace pensar que se juega con las ilusiones de la gente común, de la gente que, sabiendo que sus vidas carecen de aventuras, ahora creen haber encontrado la posibilidad de vivir una aventura de verdad, seguramente la más grande todas. Suena bonito. Pero sin duda, mucha de esa gente corriente se apunta a un viaje a Marte y está dispuesta a morir allá porque tiene poco que perder en la Tierra, tal como lo hicieron los primeros colonos norteamericanos y los intrépidos marineros que acompañaron a Colón y Magallanes.

Pero no es sólo la idea de escapar de una vida intrascendente en la Tierra lo que impulsa a miles de personas a querer viajar a otro planeta; es también, indudablemente, la búsqueda de fama y reconocimiento, la posibilidad de convertirse en un improvisado y oportunista explorador espacial del siglo XXI. Claro que en gran parte la culpa es de la empresa organizadora que desde el comienzo ha convertido todo el proyecto en un gran reality show interplanetario. Los candidatos que quieren viajar al planeta rojo son los mismos que ahora intentan ocupar un espacio en Gran Hermano.

¿Y qué sentido tiene colonizar Marte? (las razones expuestas en la pagina web del proyecto son bastante frívolas, diseñadas para seducir a un público ávido de atención mediática). Desde el punto de vista científico y filosófico es fascinante por el reto técnico que conlleva y por las fronteras conceptuales que rompe; pero, ¿es realmente necesario arruinar otro planeta? A diferencia de la conquista de la Luna, los robots que ahora podemos enviar a Marte son capaces de cosas asombrosas; son laboratorios móviles capaces de tomar muestras, analizar la composición química de la superficie y la atmósfera, además de tomar miles de fotografías. Si el fin es estudiar al planeta rojo, no es necesario enviar astronautas para hacerlo. Todo eso puede hacerse perfectamente con robots dirigidos desde aquí.

El afán de enviar gente a Marte es más por el simple hecho de ver si somos capaces de hacerlo; un nuevo reto científico y tecnológico. Incluso esto podría estar bien, sólo por el placer de tomarse unas fotografías con el fondo marciano; pero una cosa es estar de paso y otra es establecer una colonia permanente en su superficie. Además, la idea de convertir todo en un reality para financiar el costo del proyecto ofrece pocas garantías. Durante las primeras semanas, los terrícolas seguro querrán seguir el reality show marciano, pero tras unos meses, cuando la novedad ya haya muerto, ¿quien podría estar interesado en seguir la monótona vida cotidiana de un grupo de humanos abandonados en Marte?

Algunos científicos famosos afirman que el futuro de la humanidad radica en colonizar otros planetas, que en realidad quiere decir que si la especie humana quiere sobrevivir a la destrucción de la Tierra, tendrá que mudarse al planeta vecino más cercano. En el fondo se asoma la sombra de la incapacidad del hombre por preservar su propio hábitat. El ser humano no se detendrá en su camino por agotar los recursos naturales del planeta para satisfacer su cada vez mayor demanda de energía y alimento para sostener su imparable crecimiento demográfico. Marte parece ser un escape de emergencia por si acaso, en un futuro quizás no muy lejano, el hombre se vea obligado a abandonar el planeta tras destruirlo y volverlo inhabitable, no sin antes haber extinguido a miles de especies animales.

Claro que nadie quiere ver la parte fea de la historia; en vez de eso, lo “in” es decir que lo que mueve al hombre a colonizar Marte es su imparable afán de exploración, su naturaleza como especie curiosa y expansiva. Se dirá que la Tierra ya le queda chica y ahora necesita desplazarse al barrio vecino. Todo esto no es más que un discurso mediático y políticamente correcto para justificar la invasión de un planeta que durante millones de años se ha visto libre de seres humanos, y probablemente también de cualquier otro ser vivo molesto.

No creo que sea necesario arruinar otro planeta; el hombre puede vivir perfectamente en la Tierra sin agotar sus recursos ni exterminar a las otras especies. Para evitar una situación de destrucción irreversible harían falta principalmente dos cosas: controlar el crecimiento demográfico y reducir la actividad industrial. Una población cada vez mayor exige cada vez más recursos, así que para evitar este círculo vicioso sería necesario reducir la población drásticamente. Esto se podría hacer de varias maneras, algunas más radicales que otras, lo importante es que nuestra especie deje de reproducirse incontroladamente. Debemos recordar que el planeta no está hecho exclusivamente para el ser humano, sino que debemos compartirlo con miles de otras especies.

La tragedia del planeta es la desmedida avaricia humana, que promueve la expansión de industrias de productos totalmente innecesarios. Si el fin de la producción industrial fuese sólo la satisfacción de una demanda estable y controlada, se podría evitar una producción excesiva. Pero la producción está dirigida por la mentalidad capitalista, que más que satisfacer la demanda, busca crear nuevas necesidades para ganar dinero, animando al consumidor a comprar más de lo que necesita. El fin de la producción capitalista no es la satisfacción, sino el negocio. Desafortunadamente, la acumulación de riqueza está socialmente bien vista y relacionada con el éxito; por lo tanto, nuestra sociedad cree que producir más y vender más es siempre algo deseable, un ideal de bienestar y desarrollo. Y es justamente esta visión lo que está matando al planeta. El crecimiento ilimitado es imposible en un planeta de recursos limitados.

A todos aquellos que quieren ir a morir a Marte para encontrar algún sentido en sus intrascendentes vidas, les aconsejaría que se resignasen a vivir en nuestro planeta y que intentasen buscar algún sentido más modesto, más cercano y terrenal. Su búsqueda de fama y reconocimiento podría contribuir a arruinar la admirable soledad y tranquilidad de un planeta distante que lo último que necesita es un montón de primates modernos con cámaras y latas de Coca-Cola deambulando por su superficie. Dejemos que algunos rincones del universo existan libres del mundanal ruido del Homo sapiens, que como sabemos, nunca está satisfecho y hasta ahora no ha aprendido a vivir en paz con sus semejantes ni con otras especies.


lunes, 6 de mayo de 2013

La extraña amabilidad de los mendigos


Los mendicantes ahora usan la «cortesía agresiva» para atraer a los transeúntes 


La pobreza crece en las grandes ciudades del mundo y con ello también la cantidad de gente que pide dinero en las calles. La gran competencia existente en el sector mendicidad también obliga a los mendigos a probar nuevas tácticas para atraer la atención de los transeúntes. Lo que está de moda ahora es una extraña conducta que combina la cortesía con la agresividad, una conducta que desconcierta al peatón, que no sabe muy bien como reaccionar ante tal «cortesía agresiva».  

En Madrid muchos mendigos suelen saludar a los transeúntes con un inesperado «hola». El peatón sabe que las normas de cortesía exigen corresponder al saludo con otro «hola», pero al mismo tiempo sabe que es una trampa para intentar establecer un vínculo con él. Luego, al día siguiente, si el mendicante lo vuelve a saludar sabe que tendrá que devolverle el saludo nuevamente, creando con esto una familiaridad de la que será imposible escapar. El mendigo formará parte de su normalidad y finalmente tendrá que hablar con él y darle dinero. Es una estrategia sencilla pero eficaz.

Lo indignante de todo esto es que los mendigos se aprovechan del «buenismo» existente en las reglas de urbanidad para crear un vínculo con las personas que caminan por la calle. No responder al saludo del mendigo hace que el viandante quede como un maleducado, pero corresponder significa hacer algo que no quiere hacer. La situación es parecida a la de las chicas que trabajan en la calle buscando suscriptores para un club de lectura y que asaltan a los transeúntes con una perversa sonrisa y la siguiente engañosa pregunta: «¿te gusta leer?» La trampa es perfecta (y admito que yo también caí alguna vez).

Desde hace tiempo he notado que muchos mendigos en la calle están de rodillas. Es una postura —literalmente— muy extrema, pues tal pérdida de dignidad resulta muy incómoda para los transeúntes. Supongo que la costumbre empezó cuando, harto de la indiferencia de la gente, un día un pordiosero decidió ponerse de rodillas como acto de desesperación, y luego al ver que esto era más efectivo que estar sentado, la costumbre se extendió rápidamente al resto de la comunidad de mendicantes.

Casi todos los días suelo pasar por una esquina donde un hombre joven pide dinero de rodillas. Sostiene un pequeño letrero de cartón en la mano. El joven parece ser de Europa del este, pero habla español bastante bien y al parecer está sano y fuerte. Cada vez que paso por su esquina me lanza un poco convincente «hola». Yo lo ignoro como puedo, pues para empezar, no quiero caer en la trampa de la familiaridad; y segundo, me niego a hablar con un hombre arrodillado. Tal falta de dignidad me parece demasiado penosa. Supongo que la costumbre de estar arrodillado suplicando compasión ha trivializado cualquier humillación en el mendigo, pero yo no me puedo acostumbrar. A veces he visto que algunas personas (sin duda gente que ya ha caído en su trampa) se detienen a hablar con él. Entonces se da una escena grotesca y surrealista donde una mujer vestida para conquistar el mundo (con esa ropa triste y gris que supuestamente denota profesionalismo) habla distendidamente con un hombre de rodillas. Conversan como si no pasara nada. Es espeluznante.

El joven mendigo parece haber tomado mi negativa a caer en su trampa como un reto personal, así que el otro día intentó un nuevo truco que suele ser muy eficaz. Mientras pasaba a su lado (me alejo lo más que puedo para evitar escuchar su saludo) me preguntó «¿tienes hora?» Afortunadamente me desplazaba a velocidad crucero, así que pude fingir que no lo había escuchado, pero estuve muy cerca de caer en la trampa. Como ya estoy avisado de sus oscuras intenciones he decidido que la única manera de no caer en su juego es ignorar todos sus gestos. Me niego rotundamente a hablar con un hombre de rodillas. No hablaré con alguien que ha renunciado a su dignidad para provocar lástima en los demás.

La estrategia de la amabilidad agresiva conduce a situaciones enojosas y absurdas. Algunos mendigos suelen custodiar la puerta de entrada de las grandes tiendas con el fin de emboscar a los clientes que entran y salen. El otro día fui a una librería del centro de Madrid y en la puerta había un negro que prácticamente asaltaba a aquellos que entraban. Al llegar a la puerta el negro sacó la mano efusivamente para saludarme diciendo con firmeza «hola, ¿cómo estas?» Hablaba como si fuéramos amigos de hace años. Yo lo esquivé como pude; pero cuando vio que no le iba a dar la mano seguidamente exclamó a quemarropa «¡50 céntimos!» Estuve a punto de darle la mano simplemente como una respuesta automática (casi siempre damos la mano cuando alguien nos tiende la suya). Afortunadamente reaccioné a tiempo y me di cuenta que no suelo saludar a gente desconocida por la calle. Pero la escena me puso de muy mal humor, pues era evidente que el mendigo se aprovechaba de las normas de cortesía para intentar conseguir unas monedas. Es un juego sucio. Terrorismo cordial.

Otros mendigos adoptan una actitud más agresiva que amable. Consideran que la gente está obligada a darles dinero. Hay un viejo con bastón que suele pedir dinero en el metro. Pero este pordiosero tiene una técnica muy mala para mendigar; en vez de intentar despertar la compasión en los pasajeros, extrañamente adopta una actitud matonesca casi intimidándolos. Camina de un extremo al otro del tren repitiendo monótonamente, como un mantra, estas tres palabras: «algo pará comé» (comer —podría ser andaluz). A veces, cuando nota que nadie le hace caso, se dedica a insultar a los pasajeros que lo ignoran. Hace bastante tiempo que me lo he encontrado en el metro y hasta ahora nunca he visto que alguien le diera dinero o algo pará comé.

El mecanismo operante en la compasión es bastante complejo. Hemos heredado los principios morales del cristianismo que considera la compasión uno de los valores más elevados. Es una emoción ligada a la empatía y que puede favorecer conductas solidarias; pero al mismo tiempo, la compasión es una emoción negativa que muchas veces nos impide actuar según los principios de la razón (Baruch Spinoza decía que era una «pasión triste»). Por eso creo que la compasión es una virtud noble cuando está bien encaminada, cuando su presencia favorece sentimientos de afirmación y no de humillación. No debemos sentir lástima por aquellos que utilizan la compasión para ganar dinero, ni para hacernos sentir culpables o responsables de sus miserias. La compasión no puede ser una emoción elevada cuando tiene como precio la dignidad del compadecido.

Hay que distinguir bien entre aquellas personas que simplemente estiran la mano buscando dar lástima a los demás y aquellas personas que trabajan ya sea cantando o tocando música. Estas personas no son mendigos sino gente que intenta vivir de su (existente o no) talento. Si al pasajero le gusta lo que escucha entonces decide contribuir con dinero, pero no es un regalo sino un reconocimiento a su talento y esfuerzo. En este caso la dignidad del músico permanece intacta. Ni siquiera se requiere atacar la compasión del público. Yo casi nunca doy dinero a los mendigos que simplemente estiran la mano o buscan despertar mi compasión; pero sí doy una moneda de vez en cuando al reconocer una voz talentosa o un buen músico. En este caso quedo complacido e incluso felicito al músico o cantante.

Hace un par de años había un anciano limpio y bien vestido (con traje y corbata) que repartía poemas en el metro. El viejo no decía palabra alguna, se limitaba a dejar un pequeño trozo de papel en el regazo de los pasajeros. Luego volvía para recoger los poemas, esperando que alguien considere que el poema era lo suficientemente bueno como para darle una moneda. Este señor mostraba una dignidad impresionante. No buscaba dar lástima. Se notaba que ya se sentía muy incómodo repartiendo sus poemas en el metro, pero debía hacerlo por necesidad. Poca gente le daba algo, y algunos le daban una moneda pero al mismo tiempo le devolvían el poema, pensando quizás que con ello lo ayudaban porque así podría usar el poema con otros pasajeros. No se daban cuenta que con ese gesto lo humillaban aún más.

Un día me acerqué al viejo en el vagón del metro. Le dije con firmeza «le compro un poema». El señor me miró sorprendido, pero creo que entendió bien el gesto. Me dio el poema y le di un euro seguido de un «gracias». Creo que con esto logré ayudarlo sin humillarlo. No le regalé nada, sino que le compré un poema. Era una transacción comercial privada (y yo deseaba fervientemente que el poema fuera bueno para que toda la escena fuese perfecta, aunque hay que decirlo, el poema no era muy bueno, pero eso era lo de menos).

No sé si este gesto incluye algún grado de compasión, quizás sí; en todo caso no es una compasión que humilla al otro, ni está envuelta en sentimientos de lástima y condescendencia. Agradezco que alguien cante o toque bien sin obligarme a pagarle, agradezco poder decidir libremente si quiero contribuir o no y que el otro también respete mi libertad sobre esa decisión. Darle una moneda por su talento es una forma de reconocimiento que protege su dignidad y que sitúa ambas partes en una saludable postura moral. En cambio, la compasión que intenta despertar en mí un hombre arrodillado es un golpe bajo, una treta sucia y miserable; y lejos de despertar mi compasión, sólo me provoca rechazo e indignación.

domingo, 28 de abril de 2013

La vejez: un invento moderno


El envejecimiento es un mal cultural y no un fenómeno natural


Empezaré con una pequeña historia de terror. En mi barrio suelo ver en las mañanas a un grupo de viejos (incluye a las viejas, claro está) haciendo ejercicios al aire libre frente a un centro deportivo donde también suelen nadar. Siguen las órdenes de un instructor que los hace moverse y marchar de un lado a otro. Yo los miro con desasosiego y tristeza. Sus movimientos, lentos y torpes, me hacen pensar en un ejército zombi al mejor estilo de las películas apocalípticas de moda. Por momentos pareciera que estuvieran a punto de intentar una versión no autorizada del famoso videoclip Thriller de Michael Jackson.

En el mismo centro deportivo he comenzado a nadar dos veces por semana. La piscina abre tarde, en horario de funcionario español (9 a.m.) y antes de esa hora ya hay un grupo de ancianos esperando impacientemente para meterse al agua. Yo trato de meterme lo antes posible para poder nadar un rato antes de que se llene de viejos, pero apenas nado un par de largos y el agua ya empieza a infestarse. A los viejos que me rodean en la piscina los he llamado ―acertadamente― «malaguas» (medusas) ya que suelen flotar a la deriva, al parecer con el único objetivo de molestar a aquellos que intentan nadar en serio. Obviamente los viejos van a la piscina en la mañana porque la mayoría son jubilados y tienen bastante tiempo libre. Soy yo quien está invadiendo el horario de la «gente mayor».

Ya sé que esto puede parecer injusto de mi parte, y en realidad no tengo nada contra los viejos. Envejecer es un acto involuntario y el precio que se paga por aplazar la muerte. Pero estos encuentros cercanos con la tercera edad me han hecho reflexionar sobre la realidad detrás del envejecimiento. Para el lector impaciente, adelanto la conclusión antes de exponer los argumentos: llegar a viejo no es algo natural, la naturaleza no incluyó la vejez en sus planes. La larga vida que ahora vivimos es una creación cultural producto del progreso tecnológico y científico; y los problemas que acompañan al envejecimiento —los achaques y enfermedades— son el precio que se paga por alterar el curso inicial de la evolución. La vejez como norma es una novedad evolutiva, un invento cultural de los últimos 150 años.

Quizás algún lector escandalizado habrá notado que me refiero a los ancianos como «viejos» y no como «gente mayor». Esto no es un descuido sino algo plenamente intencionado. Estoy totalmente en contra de la actual moda histérica de corrección política y eufemismos blandengues. Todo eso me parece —y perdonen la expresión— una verdadera mariconada. Desde que los puritanos del idioma han tomado el poder en los medios, sólo los objetos son viejos, las personas son mayores. Yo creo que las cosas deben ser llamadas por su nombre, y esto no debe ofender a nadie. Que un anciano sea llamado «persona mayor» no lo hace rejuvenecer, del mismo modo en que un gordo no adelgaza cuando se le califica como «persona grande». El problema no está en las palabras ―las palabras sólo intentan describir las cosas―, el problema está en la actitud que se adopta hacia ellas. Llamar «mayores» a los viejos es una forma de decir que ser viejo es vergonzoso. Yo creo que ser viejo no es motivo para avergonzarse ni requiere el uso de eufemismos pasteurizados para negar la realidad.

Si analizamos la esperanza de vida de los últimos siglos veremos que, en términos históricos, vivir más de 40 años es un lujo muy reciente producto del avance en medicina e higiene (la esperanza de vida mundial a comienzos del siglo XIX era de 30-40 años). El cuerpo humano no está preparado para llegar a viejo. Si llegamos a viejos es gracias a la ayuda de la ciencia médica y por haber adoptado vidas sedentarias y poco aventureras. Ya no es común morir en el campo de batalla empuñando una espada, ni solemos cruzar los mares para conquistar tierras ignotas pobladas por gigantes y caníbales poco amistosos. La vida posmoderna es relativamente cómoda, segura y predecible. Del mismo modo, la vejez es algo muy raro en el mundo salvaje. La mayoría de animales vive lo suficiente como para reproducirse y cuidar de su prole hasta que puedan valerse por sí mismos, luego generalmente mueren de alguna enfermedad o son devorados por algún depredador.

En la naturaleza la llegada de la vejez se castiga con la muerte. La paulatina pérdida de facultades, velocidad y salud impiden a un animal cumplir sus funciones adecuadamente. Pensemos, por ejemplo, en el caso del león (cuyo único depredador «natural» es el hombre). Las leonas que empiezan a envejecer pierden velocidad y fuerza para cazar, y las que resultan heridas o están enfermas simplemente no pueden cazar en absoluto, finalmente muriendo de hambre. El león, por su parte, debe defender a la manada y demostrar que es el macho dominante. Un macho alfa es constantemente retado por machos jóvenes que aspiran a ocupar un mejor puesto en el grupo. Cuando el macho alfa envejece suele ser derrotado por un macho más joven y fuerte. De esta manera la vejez es castigada en la naturaleza, porque envejecer es ser menos eficiente en las actividades necesarias para sobrevivir.

La mayor parte de la humanidad nunca alcanzó la vejez. La gente moría entre los 30 y 40 años, cuando todavía conservaban su vitalidad biológica. Incluso era raro que una mujer llegara hasta la menopausia. Esto quiere decir que la lenta y progresiva decadencia que se arrastra en la vejez es una anormalidad en la naturaleza. Uno podría decir que dado que es posible vivir hasta los 100 años, el ser humano debería aspirar a llegar a esa edad, pero cuando un cuerpo empieza a envejecer todas sus funciones empiezan a deteriorarse, y si el proceso continúa, la muerte llega cuando el deterioro corporal alcanza un nivel irrecuperable. En este sentido, la vejez, desde sus inicios, es también una forma muy lenta de morir.

Sin duda, el temor a la muerte y el predominio del criterio cuantitativo sobre el cualitativo son los factores que promueven la constante extensión de la vida humana. Seguimos considerando la muerte como un fracaso, por ello se intenta evitarla hasta lo imposible, sin tomar en cuenta la calidad de vida de los interesados. Todos parecen estar más interesados en la cantidad de años que se vive en vez de la calidad. Pero vivir 100 años no es algo deseable si las condiciones físicas nos impiden disfrutar de esos largos años. Por eso la obsesión de conservar la vida a toda costa es irracional; es parte de lo que el filósofo Peter Singer llama la «sacralización de la vida humana», la idea de creer que la vida es un valor intrínseco que debe protegerse incondicionalmente. Sin embargo, es mucho más fácil afirmar que la vida humana es sagrada que responder por qué lo es.

Existe una clara contradicción en nuestra actitud hacia la vejez. Por un lado buscamos vivir cada vez más tiempo intentando dar una vida digna a los ancianos; pero al mismo tiempo a los viejos se les considera inútiles en el área laboral, tras cierta edad se desecha al trabajador considerándolo inservible. Y ahora esto ni siquiera sucede después de los 65 sino mucho antes, y esto lo saben bien todas las personas que tuvieron la desgracia de perder su trabajo antes de los 60 años y ahora viven un penoso limbo sin trabajo y sin pensión hasta los 65. Esta contradicción muestra que el envejecimiento es un problema aún por resolver. Actuamos con respeto hacia la vejez, pero al mismo tiempo la despreciamos, porque vivimos en una sociedad donde el valor personal está determinado por la capacidad para generar riqueza. 

Lo más absurdo del culto a la inmortalidad es creer que el Estado tiene derecho a obligar a alguien a seguir vivo sin tomar en cuenta la opinión del interesado. Las nuevas leyes que defienden la eutanasia en enfermos terminales o en personas que sufren un gran dolor físico son totalmente razonables y humanas. Pero la muerte asistida debería extenderse no sólo a los enfermos, sino a toda persona que libremente decida poner fin a su vida. Generalmente se cree que las tendencias suicidas son producto de la depresión, como si el querer poner fin a la vida fuese también otro fracaso existencial, como si uno estuviese obligado a vivir hasta que la muerte decida el fin sin consultarnos. Ciertamente el suicidio no requiere ser legal para existir, pero hasta que no lo sea siempre será visto como un acto subversivo y su ejecución siempre será un asunto estética y moralmente desagradable.

La vida es el bien más privado que existe y resulta escandaloso que una persona no tenga derecho a decidir si quiere vivir o morir. Por eso creo que si alguien no quiere envejecer hasta el punto de no poder valerse por sí mismo y sufrir penosas dolencias físicas, no se debería penalizar esta decisión. Llegar a viejo no debería ser algo que se alcanza por defecto, sino algo que se elige afirmativamente en libertad. Una vida no debe valorarse por su extensión, sino por su calidad. El suicidio es un acto socialmente reprobado, sobre todo por influencia de una interpretación moral religiosa que lo considera un «pecado», porque para muchos creyentes la vida es un regalo divino, por lo tanto el único que tiene derecho a quitar la vida es Dios. El individuo ni siquiera es dueño de su propia vida. Lamentablemente esta es la interpretación que todavía predomina en el horizonte cultural actual (y la gente suele ignorar que el suicidio ha sido un acto socialmente aceptado y admirado en muchas sociedades en épocas distintas —incluso en el cristianismo primitivo). El sujeto sigue siendo un niño que debe recibir órdenes de un dios-padre.

Mientras tanto, la población mundial sigue creciendo, los viejos tardan más en morir y pocos niños mueren al nacer. El resultado es un desequilibrio cada vez mayor entre la presión demográfica y los recursos necesarios para sostenerla. Además, en muchos países con una alta población envejecida y un gran desempleo (como España), existe el problema cada vez mayor de cómo pagar pensiones dignas con los aportes de una masa laboral cada vez menor. Mientras la población siga pensando que vivir cada vez más años es algo deseable, los problemas asociados a la vejez también se incrementarán. Llegar a viejo debería ser el resultado de una elección personal y libre, y no una realidad impuesta por el Estado y la sociedad.


 

lunes, 22 de abril de 2013

El inconveniente de ser bueno

No respetar la ley permite a los criminales estar siempre en ventaja
 
Tras los diversos ataques terroristas que han ocurrido en los últimos años, era habitual ver a los líderes de los países afectados dirigiéndose al mundo entero, con gesto grave y solemne, diciendo: «los culpables serán castigados con todo el peso de la ley». Pero tal amenaza, lejos de intimidar, sólo genera un largo bostezo. ¿Qué significa ese anunciado «peso de la ley»? En el Estado de derecho, donde se pretende el respeto a los derechos humanos, los buenos siempre están en desventaja, limitados por las restricciones propias de la ley, mientras que los criminales —que no están obligados a seguir las reglas— tienen siempre un mayor rango de acción. Por eso los malos siempre estarán en ventaja.

Desde la filosofía moral este es un asunto que pertenece al terreno de la metaética: ¿qué convendría más si el objetivo sólo fuese derrotar al rival? Si uno tuviese que tomar en cuenta sólo la efectividad ―olvidándonos por un momento de la ideología y las razones detrás de la lucha— habría que admitir que se tiene más posibilidades de ganar en el bando de los malos. Los malos tienen en realidad el doble de ventajas, pues aprovechan la legitimidad y estructuras del mundo de «los buenos», además de las estrategias ilegítimas de su propio mundo; es como si en el campo de batalla usaran bazucas además de los rifles convencionales de los rivales (cuya ideología les prohíbe el uso de bazucas). Adicionalmente tienen la ventaja del elemento sorpresa, pues siempre, por definición de roles, golpean primero y por la espalda.

Quizás una de las debilidades de las leyes y reglas de convivencia es que están pensadas para gente «buena», gente que de antemano ya es civilizada y honesta. Y esto tal vez se deba a que las leyes están hechas por la gente que quiere que se viva en paz y seguridad, gente que cree en los valores de respeto y armonía social. Pero los criminales no creen en estas reglas, sino que las consideran medios para alcanzar fines ulteriores. Los terroristas y delincuentes aprovechan la libertad y confianza que debe existir en el Estado de derecho para atacar a traición. Es demasiado fácil hacerlo.

En realidad, pensándolo bien, es sorprendente que podamos caminar por la calle con tanta tranquilidad. Yo todavía me sorprendo al ver que (por lo general) nadie ataca a los demás para robarles, o que las mujeres puedan salir a la calle con ropa ligera sin que un montón de hombres no intenten agredirlas (como de hecho sucede en sociedades con altos índices de violencia sexual). Si podemos salir a la calle sin temor a ser asaltados en cada esquina es porque la mayoría de la población ha sido educada para no agredir a los demás. Pero tampoco dejamos de robar a la gente por temor a la ley (por pura coacción), sino que nos parece natural respetar a los demás. Nos han educado a convivir respetando a los demás; y es por eso que nos indignamos cuando alguien rompe la armonía social, abusando de la confianza que debe existir en el espacio público.

Los criminales, además de colocar bombas en espacios públicos matando y mutilando a decenas de personas inocentes, también usan medios ilegales como el chantaje y la tortura. Aunque nadie pondría en duda la legitimidad de los derechos humanos, debemos admitir que su aplicación tiene la desventaja de proteger a los criminales cuando son sometidos a interrogatorios. Todos recordamos las vergonzosas torturas durante la guerra de Irak por parte del ejército norteamericano. Lo curioso es que no recordemos las torturas realizadas por los terroristas o el ejército de Saddam Hussein. Si no lo recordamos es porque, de alguna u otra manera, damos por sentado que a los malos les es «lícito» torturar.

La tortura es algo horrible, pero suele ser efectiva. La mayoría de los interrogados se derrumban cuando el dolor físico se hace intolerable. Los malos saben esto, así que aplican la tortura y el maltrato físico cada vez que consideran que es necesario. En cambio, cuando la policía o el ejército interroga a un terrorista para sacarle información vital que podría evitar nuevos atentados, sólo puede intimidar al prisionero con amenazas verbales; pero las palabras no duelen y suelen ser poco eficaces para obtener información. Claro que con todo esto no intento justificar la tortura; sólo intento ilustrar cómo, al respetar la ley y los derechos humanos, se tiene mucha menos libertad de acción, mientras los malos tienen la ventaja de poder romper todas las reglas.

En China hay un homicidio por cada 100.000 habitantes, mientras que en los Estados Unidos la tasa es de 4.8 (datos del 2010). Estas cifras podrían ser indicadores de una realidad inquietante: hay más criminalidad en los países democráticos con tradición a respetar los derechos humanos (hay que matizar el caso de los EE.UU. debido a la pena de muerte) que en los países totalitarios donde los derechos humanos no se respetan o son violados sistemáticamente. En China la tasa de delincuencia es muy baja en comparación con los países libres y democráticos. La implacable represión del Estado reduce la delincuencia dramáticamente (debemos tomar en cuenta que en China la pena de muerte no sólo se aplica a delitos graves como el homicidio, sino a muchos delitos menores, como el trafico de drogas, la evasión de impuestos y la falsificación).

Probablemente China aún no está preparada para un sistema de libertad democrática. Tal vez las autoridades temen que una mayor libertad individual y un sistema penal menos severo podría favorecer una mayor delincuencia, que en verdad es cierto: la libertad, por su propia definición, implica el riesgo de ser usado para fines perversos, además de fines loables. Si bien el régimen comunista no es agradable a los ojos occidentales, debemos admitir que es eficaz a la hora de controlar una densidad poblacional tan alta como la que existe en China.

Cada vez que el terrorismo golpea aprovechando las libertades del Estado de derecho, paradójicamente ocasiona la reducción de esas mismas libertades. Tras los atentados a las Torres Gemelas en el 2001 las restricciones en el tráfico aéreo se han impuesto en el mundo entero, especialmente en los viajes a Estados Unidos (como habrán comprobado aquellos sufridos viajeros que han tenido que ir a ese país o simplemente hacer trasbordo en uno de sus aeropuertos). También se han multiplicado las cámaras de vigilancia en prácticamente todos los espacios públicos que acogen un gran tránsito de gente. Hace unos años en el metro de Madrid había un inquietante aviso en los pasillos que decía: «Más de mil cámaras velan por tu seguridad». Bajo el argumento de mejorar la seguridad, la sociedad se ha convertido en una sociedad orwelliana, donde todo el mundo es grabado en alguna cámara oculta en cualquier esquina. El anonimato en la ciudad es ahora algo imposible.

En conclusión, a mayor libertad mayor inseguridad. Siempre habrá gente que se aprovechará de la libertad para hacer daño, así que el incremento de seguridad tiene como precio la pérdida de libertad individual. Ese ambiente de paz y seguridad que se respira en los parques los domingos en la mañana con niños jugando y perros correteando está pensado para gente esencialmente buena. La vigencia de los derechos humanos universales también protegerá a aquellos individuos que no respetan estos derechos. Al mismo tiempo, el terrorismo es un problema crónico que probablemente nunca podrá ser erradicado del todo, y las medidas preventivas contra el terrorismo y la delincuencia nunca serán suficientes mientras se quieran preservar las libertades individuales. Los malos siempre están un paso más adelante; los buenos siempre reaccionan tardíamente, y tienen como función reestablecer el orden alterado por los malos. Las leyes que deben garantizar el orden público están hechas para los buenos, gente a la que le resulta difícil pensar que alguien pudiera ser tan canalla como para aprovecharse de la libertad que se ofrece para matar a otros.