Desprovisto de significado religioso, la Navidad ahora perdura como fiesta consumista
¿Quién, salvo el papa y un puñado de fieles piadosos, celebra realmente el sentido religioso de la Navidad? El nacimiento de Cristo adquiere cada vez menos importancia en las fiestas navideñas; en su lugar el ambiente navideño ha sido tomado por un desenfrenado consumismo recubierto de afectos familiares y amistosos. Todo sirve como excusa para intercambiar regalos. La Navidad contemporánea sobrevive más por una relación parasitaria con el capitalismo que por su propio significado religioso.
La pérdida del sentido
religioso de la Navidad no es motivo de pesar; el debilitamiento del poder cristiano
es siempre una buena noticia para las mentes libres y ateas, pero es lamentable
que el capitalismo, en su insaciable afán por ganar más dinero, haya ―quizás
involuntariamente― salvado a la Navidad de su natural proceso de extinción. La
figura de los Reyes Magos cargados de regalos se acomoda perfectamente a los
intereses capitalistas. Además hace que el intercambio de regalos no sólo sea una
práctica legítima, sino casi obligatoria. El regalo es símbolo de respeto,
afecto y admiración. Pero el regalo, desde tiempos inmemoriales, es también un
arma estratégica, el inicio de una solapada cadena de favores. Todo regalo es
también una deuda futura.
Sin duda, una festividad
religiosa tiene muchas más oportunidades de sobrevivir a las tormentas del
tiempo si va asociada a la posibilidad de hacer negocio. En este sentido no
sólo la Navidad cristiana perdura, sino que también sobreviven otras celebraciones,
como la boda religiosa, el bautizo, la primera comunión, etc. Todos estos
rituales van acompañados de grandes banquetes e indumentaria exclusiva, como el
absurdamente caro vestido de novia y el ridículo trajecito de marinero que
avergüenza a los niños españoles en su primera comunión. Probablemente la
presión social detrás de estos rituales burgueses sería menor si no hubiera
intereses económicos de por medio. Además estos rituales pueden realizarse con
mayor o menor gasto, dando así la posibilidad a las familias pudientes de
lucirse gastando una gran cantidad de dinero para exhibir su holgada situación
económica.
La Navidad es de los
niños. Y a medida que uno se hace adulto se convierte en un trámite tedioso;
pero cuando la gente tiene hijos se experimenta un inevitable Christmas revival. Papá Noel y sus renos
vuelven con fuerza tras la llegada de los niños pequeños. La casa vuelve a
inundarse de juguetes e ilusión. Para los niños la Navidad es sinónimo de
regalos, dulces y vacaciones; les da igual cualquier sentido religioso. De este
modo la Navidad tiene su existencia garantizada. El mercado suele aprovecharse
de cualquier cosa que ayude a vender, así que si el espíritu navideño apoya el
consumo, hay que promoverlo.
El mercado sabe muy bien
que el mejor negocio está en los afectos. Siendo el hombre un animal emocional
y social, el intercambio de regalos para expresar afecto o interés ha sido una
práctica constante desde los comienzos de la humanidad. El interés económico se
esconde detrás de la celebración del día de la madre ―porque todos tenemos una
madre— y también detrás del meloso día de San Valentín (que suele ser un gran
negocio para florerías, restaurantes y hoteles). Obviamente el sistema no va a
reconocer que el trasfondo es puramente mercantil, sino que va intentar
convencer a los consumidores de que existen legítimas razones afectivas y
desinteresadas tras el intercambio de regalos; y peor aún, el que decide no participar
en el negocio es mirado con sospecha y recelo como si su postura fuera
antisocial (y en cierto sentido lo es porque está poniendo en duda la
legitimidad de las prácticas consumistas).
El consumismo navideño es
una fiesta típicamente pensada para la clase media. Se requiere un considerable
excedente económico para celebrar la Navidad según el estereotipo establecido
por los países ricos. Los pobres deberán contentarse con una Navidad puramente
«espiritual» (la austeridad y pobreza que decoran el pesebre de Belén pueden
servirles de ejemplo). Probablemente, antes de la emergencia de la clase media
en los países ricos en la década de los cincuenta la Navidad debió ser una
festividad más espiritual y familiar, justamente porque no había dinero para
regalos fastuosos ni grandes banquetes. La Navidad como oportunidad de negocio
es inversamente proporcional al declive de su significado religioso.
En España ―país de
profunda tradición católica― el intercambio de regalos antes se hacía sólo el
seis de enero, pero desde hace ya muchos años ahora se reciben regalos en
Navidad y en el día de Reyes; es decir, el mercado ha logrado forzar la
tradición para importar la costumbre de regalar el 25 de diciembre, tal como se
hace en el mundo anglosajón. Por eso en España la temporada navideña es
bastante larga, extendiéndose hasta el seis de enero. Se han establecido ya dos
fechas para el intercambio de regalos; doble oportunidad de negocio.
El ambiente navideño en
el hemisferio sur es una importación directa del norte. A pesar de ser verano
la parafernalia sigue siendo propia del invierno europeo: pinos, espumillón
(esas cintas plateadas que simulan nieve) y un Papá Noel vestido con botas y un
grueso traje rojo. El resultado de esta importación es la presencia de Santas sudando penosamente en los
centros comerciales bajo el implacable sol veraniego. Lo lógico y humano sería
adaptar el tradicional traje rojo a las condiciones estivales del sur; pero si
esto no ha sucedido es porque el mercado suele ser muy conservador: «si algo
funciona no lo toques». Los comerciantes se niegan a modificar la figura del
hombre de rojo porque temen que los potenciales compradores puedan decidir que
el viejo barbudo y panzón en camiseta y shorts rojos no se parece lo suficiente al Papá Noel que habita en
el Polo Norte. Esto demuestra que la Navidad, a pesar de ser una celebración
universal del mundo cristiano, sigue siendo una creación del hemisferio norte;
y revela también —duele decirlo— un inconfesable complejo sureño por imitar el ambiente navideño anglosajón.
El ambiente bonachón que
se vive en estas fechas suele ser aprovechado también por las ONG’s y los
mendigos que revolotean alrededor de los centros comerciales porque saben que
los compradores están más dispuestos a contribuir (digamos que están en «modo
navideño»). La Navidad vuelve a la gente compasiva y generosa, o al menos eso
se cree. Los mendigos asaltan a los transeúntes con un poco convincente «¡Feliz
Navidad!», y con esto creen que el paseante está obligado a corresponder con
una donación; no hacerlo sería muy poco
navideño.
Finalmente, después de
haber desnudado la Navidad y haber comprobado sus perversas intenciones
comerciales, debemos preguntarnos si todavía queda algo del viejo espíritu navideño. Para muchos, tal vez
más ajenos al desenfreno consumista de estas fechas, la Navidad sigue siendo
una buena excusa para reunir a la familia. Quizás sólo esta razón sea suficiente
para salvar esta festividad. Aunque sin duda, si el cristianismo hubiese
fracasado y la Navidad no existiera, algún comerciante la inventaría.

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