Aquí, en los extramuros de la ciudad, en la periferia del éxito y la felicidad, se puede vivir. De día recolectamos la basura de los urbanitas y de noche rescatamos los recuerdos de tiempos tal vez mejores: castillos en las nubes, laberintos infinitos y jardines reales.
Nosotros, que hemos llorado más de dos veces por una misma mujer, ya no sentimos nada. Pero aún nos maravilla haber amado tanto; ese impulso suicida al sufrimiento gratuito; el inexplicable orgullo del héroe trágico que muere solo y abandonado, traicionado por un mundo que no estuvo a su altura. Era bonito creer en todas esas cosas.
Y justo ahora en que habíamos aceptado nuestra derrota con cómoda resignación, todo vuelve a empezar. Incluso el gusto al fracaso está sujeto a esa pesadez del chiste viejo; como el hartazgo de lo cotidiano, los mismos escenarios, las mismas caras anodinas, las mismas palabras y gestos que se repiten incesantemente desprovistos de cualquier significado real.
Todos creen tener algo importante que decir, como si su existencia tuviese alguna trascendencia, como si no fuesen más que un número acercándose inevitablemente al cero absoluto. Nosotros también creemos tener cosas que decir, aunque sabemos bien que pronto no seremos más que un nombre para olvidar, una silueta atrapada en un álbum familiar o el destinatario de un recibo de luz que ya nadie se molestará en pagar.
El mundo también envejece con nosotros. Lo hemos visto. Nuestras antiguas amantes se han vuelto viejas y feas, como todos los procesos que se extienden demasiado. Como las fiestas tristes que duran hasta el amanecer y se van quedando vacías. Como la alegría que no sabe morir a tiempo.
Entretanto, mientras todo está diseñado y construido para la celebración y el aplauso, las grietas de lo real aparecen arruinando el festejo. Terminado el simulacro las mujeres de tacón alto se curan los callos frente al televisor. Los hombres se quitan las camisas sudadas y exponen la calva. La fealdad y el hedor de lo real habitan tras las puertas cerradas.
Ya es tarde para regresar. Nos gusta vivir aquí, libres de toda necesidad. Aquí el mundo no es más que lo que es. Impredecible, ajeno, indescriptible. La realidad ha sido traicionada por las palabras. El azar ha sido vencido por un orden ficticio. El significado ha arrasado tierras vírgenes de existencia desnuda. La palabra ha cometido abusos hablando sobre cosas que no existen.