El envejecimiento es un mal cultural y no un fenómeno natural
Empezaré con una pequeña
historia de terror. En mi barrio suelo ver en las mañanas a un grupo de viejos
(incluye a las viejas, claro está) haciendo ejercicios al aire libre frente a
un centro deportivo donde también suelen nadar. Siguen las órdenes de un
instructor que los hace moverse y marchar de un lado a otro. Yo los miro con desasosiego
y tristeza. Sus movimientos, lentos y torpes, me hacen pensar en un ejército
zombi al mejor estilo de las películas apocalípticas de moda. Por momentos
pareciera que estuvieran a punto de intentar una versión no autorizada del famoso
videoclip Thriller de Michael
Jackson.
En el mismo centro
deportivo he comenzado a nadar dos veces por semana. La piscina abre tarde, en
horario de funcionario español (9
a.m.) y antes de esa hora ya hay un grupo de ancianos
esperando impacientemente para meterse al agua. Yo trato de meterme lo antes
posible para poder nadar un rato antes de que se llene de viejos, pero apenas
nado un par de largos y el agua ya empieza a infestarse. A los viejos que me
rodean en la piscina los he llamado ―acertadamente― «malaguas» (medusas) ya que
suelen flotar a la deriva, al parecer con el único objetivo de molestar a aquellos
que intentan nadar en serio. Obviamente los viejos van a la piscina en la
mañana porque la mayoría son jubilados y tienen bastante tiempo libre. Soy yo
quien está invadiendo el horario de la «gente mayor».
Ya sé que esto puede
parecer injusto de mi parte, y en realidad no tengo nada contra los viejos.
Envejecer es un acto involuntario y el precio que se paga por aplazar la muerte.
Pero estos encuentros cercanos con la tercera edad me han hecho reflexionar
sobre la realidad detrás del envejecimiento. Para el lector impaciente,
adelanto la conclusión antes de exponer los argumentos: llegar a viejo no es
algo natural, la naturaleza no incluyó la vejez en sus planes. La larga vida
que ahora vivimos es una creación cultural producto del progreso tecnológico y
científico; y los problemas que acompañan al envejecimiento —los achaques y
enfermedades— son el precio que se paga por alterar el curso inicial de la
evolución. La vejez como norma es una novedad evolutiva, un invento cultural de
los últimos 150 años.
Quizás algún lector
escandalizado habrá notado que me refiero a los ancianos como «viejos» y no
como «gente mayor». Esto no es un descuido sino algo plenamente intencionado. Estoy
totalmente en contra de la actual moda histérica de corrección política y eufemismos
blandengues. Todo eso me parece —y perdonen la expresión— una verdadera
mariconada. Desde que los puritanos del idioma han tomado el poder en los
medios, sólo los objetos son viejos,
las personas son mayores. Yo creo que
las cosas deben ser llamadas por su nombre, y esto no debe ofender a nadie. Que
un anciano sea llamado «persona mayor» no lo hace rejuvenecer, del mismo modo
en que un gordo no adelgaza cuando se le califica como «persona grande». El problema
no está en las palabras ―las palabras sólo intentan describir las cosas―, el
problema está en la actitud que se adopta hacia ellas. Llamar «mayores» a los
viejos es una forma de decir que ser viejo es vergonzoso. Yo creo que ser viejo
no es motivo para avergonzarse ni requiere el uso de eufemismos pasteurizados
para negar la realidad.
Si analizamos la
esperanza de vida de los últimos siglos veremos que, en
términos históricos, vivir más de 40 años es un lujo muy reciente producto del
avance en medicina e higiene (la esperanza de vida mundial a comienzos del
siglo XIX era de 30-40 años). El cuerpo humano no está preparado para llegar a
viejo. Si llegamos a viejos es gracias a la ayuda de la ciencia médica y por haber
adoptado vidas sedentarias y poco aventureras. Ya no es común morir en el campo
de batalla empuñando una espada, ni solemos cruzar los mares para conquistar
tierras ignotas pobladas por gigantes y caníbales poco amistosos. La vida posmoderna
es relativamente cómoda, segura y predecible. Del mismo modo, la vejez es algo
muy raro en el mundo salvaje. La mayoría de animales vive lo suficiente como para
reproducirse y cuidar de su prole hasta que puedan valerse por sí mismos, luego
generalmente mueren de alguna enfermedad o son devorados por algún depredador.
En la naturaleza la
llegada de la vejez se castiga con la muerte. La paulatina pérdida de
facultades, velocidad y salud impiden a un animal cumplir sus funciones adecuadamente.
Pensemos, por ejemplo, en el caso del león (cuyo único depredador «natural» es
el hombre). Las leonas que empiezan a envejecer pierden velocidad y fuerza para
cazar, y las que resultan heridas o están enfermas simplemente no pueden cazar
en absoluto, finalmente muriendo de hambre. El león, por su parte, debe
defender a la manada y demostrar que es el macho dominante. Un macho alfa es
constantemente retado por machos jóvenes que aspiran a ocupar un mejor puesto
en el grupo. Cuando el macho alfa envejece suele ser derrotado por un macho más
joven y fuerte. De esta manera la vejez es castigada en la naturaleza, porque
envejecer es ser menos eficiente en las actividades necesarias para sobrevivir.
La mayor parte de la
humanidad nunca alcanzó la vejez. La gente moría entre los 30 y 40 años, cuando
todavía conservaban su vitalidad biológica. Incluso era raro que una mujer
llegara hasta la menopausia. Esto quiere decir que la lenta y progresiva
decadencia que se arrastra en la vejez es una anormalidad en la naturaleza. Uno
podría decir que dado que es posible vivir hasta los 100 años, el ser humano
debería aspirar a llegar a esa edad, pero cuando un cuerpo empieza a envejecer
todas sus funciones empiezan a deteriorarse, y si el proceso continúa, la
muerte llega cuando el deterioro corporal alcanza un nivel irrecuperable. En
este sentido, la vejez, desde sus inicios, es también una forma muy lenta de morir.
Sin duda, el temor a la
muerte y el predominio del criterio cuantitativo sobre el cualitativo son los
factores que promueven la constante extensión de la vida humana. Seguimos considerando
la muerte como un fracaso, por ello se intenta evitarla hasta lo imposible, sin
tomar en cuenta la calidad de vida de los interesados. Todos parecen estar más
interesados en la cantidad de años que se vive en vez de la calidad. Pero vivir
100 años no es algo deseable si las condiciones físicas nos impiden disfrutar
de esos largos años. Por eso la obsesión de conservar la vida a toda costa es
irracional; es parte de lo que el filósofo Peter Singer llama la «sacralización
de la vida humana», la idea de creer que la vida es un valor intrínseco que
debe protegerse incondicionalmente. Sin embargo, es mucho más fácil afirmar que
la vida humana es sagrada que responder por qué lo es.
Existe una clara
contradicción en nuestra actitud hacia la vejez. Por un lado buscamos vivir
cada vez más tiempo intentando dar una vida digna a los ancianos; pero al mismo
tiempo a los viejos se les considera inútiles en el área laboral, tras cierta
edad se desecha al trabajador considerándolo inservible. Y ahora esto ni siquiera
sucede después de los 65 sino mucho antes, y esto lo saben bien todas las
personas que tuvieron la desgracia de perder su trabajo antes de los 60 años y
ahora viven un penoso limbo sin trabajo y sin pensión hasta los 65. Esta
contradicción muestra que el envejecimiento es un problema aún por resolver.
Actuamos con respeto hacia la vejez, pero al mismo tiempo la despreciamos,
porque vivimos en una sociedad donde el valor personal está determinado por la
capacidad para generar riqueza.
Lo más absurdo del culto
a la inmortalidad es creer que el Estado tiene derecho a obligar a alguien a seguir
vivo sin tomar en cuenta la opinión del interesado. Las nuevas leyes que
defienden la eutanasia en enfermos terminales o en personas que sufren un gran
dolor físico son totalmente razonables y humanas. Pero la muerte asistida debería
extenderse no sólo a los enfermos, sino a toda persona que libremente decida
poner fin a su vida. Generalmente se cree que las tendencias suicidas son producto
de la depresión, como si el querer poner fin a la vida fuese también otro
fracaso existencial, como si uno estuviese obligado a vivir hasta que la muerte
decida el fin sin consultarnos. Ciertamente el suicidio no requiere ser legal
para existir, pero hasta que no lo sea siempre será visto como un acto
subversivo y su ejecución siempre será un asunto estética y moralmente desagradable.
La vida es el bien más
privado que existe y resulta escandaloso que una persona no tenga derecho a
decidir si quiere vivir o morir. Por eso creo que si alguien no quiere
envejecer hasta el punto de no poder valerse por sí mismo y sufrir penosas dolencias
físicas, no se debería penalizar esta decisión. Llegar a viejo no debería ser algo
que se alcanza por defecto, sino algo que se elige afirmativamente en libertad.
Una vida no debe valorarse por su extensión, sino por su calidad. El suicidio
es un acto socialmente reprobado, sobre todo por influencia de una interpretación
moral religiosa que lo considera un «pecado», porque para muchos creyentes la
vida es un regalo divino, por lo
tanto el único que tiene derecho a quitar la vida es Dios. El individuo ni
siquiera es dueño de su propia vida. Lamentablemente esta es la interpretación
que todavía predomina en el horizonte cultural actual (y la gente suele ignorar
que el suicidio ha sido un acto socialmente aceptado y admirado en muchas
sociedades en épocas distintas —incluso en el cristianismo primitivo). El
sujeto sigue siendo un niño que debe recibir órdenes de un dios-padre.
Mientras tanto, la
población mundial sigue creciendo, los viejos tardan más en morir y pocos niños
mueren al nacer. El resultado es un desequilibrio cada vez mayor entre la presión
demográfica y los recursos necesarios para sostenerla. Además, en muchos países
con una alta población envejecida y un gran desempleo (como España), existe el
problema cada vez mayor de cómo pagar pensiones dignas con los aportes de una
masa laboral cada vez menor. Mientras la población siga pensando que vivir cada
vez más años es algo deseable, los problemas asociados a la vejez también se
incrementarán. Llegar a viejo debería ser el resultado de una elección personal
y libre, y no una realidad impuesta por el Estado y la sociedad.