domingo, 28 de abril de 2013

La vejez: un invento moderno


El envejecimiento es un mal cultural y no un fenómeno natural


Empezaré con una pequeña historia de terror. En mi barrio suelo ver en las mañanas a un grupo de viejos (incluye a las viejas, claro está) haciendo ejercicios al aire libre frente a un centro deportivo donde también suelen nadar. Siguen las órdenes de un instructor que los hace moverse y marchar de un lado a otro. Yo los miro con desasosiego y tristeza. Sus movimientos, lentos y torpes, me hacen pensar en un ejército zombi al mejor estilo de las películas apocalípticas de moda. Por momentos pareciera que estuvieran a punto de intentar una versión no autorizada del famoso videoclip Thriller de Michael Jackson.

En el mismo centro deportivo he comenzado a nadar dos veces por semana. La piscina abre tarde, en horario de funcionario español (9 a.m.) y antes de esa hora ya hay un grupo de ancianos esperando impacientemente para meterse al agua. Yo trato de meterme lo antes posible para poder nadar un rato antes de que se llene de viejos, pero apenas nado un par de largos y el agua ya empieza a infestarse. A los viejos que me rodean en la piscina los he llamado ―acertadamente― «malaguas» (medusas) ya que suelen flotar a la deriva, al parecer con el único objetivo de molestar a aquellos que intentan nadar en serio. Obviamente los viejos van a la piscina en la mañana porque la mayoría son jubilados y tienen bastante tiempo libre. Soy yo quien está invadiendo el horario de la «gente mayor».

Ya sé que esto puede parecer injusto de mi parte, y en realidad no tengo nada contra los viejos. Envejecer es un acto involuntario y el precio que se paga por aplazar la muerte. Pero estos encuentros cercanos con la tercera edad me han hecho reflexionar sobre la realidad detrás del envejecimiento. Para el lector impaciente, adelanto la conclusión antes de exponer los argumentos: llegar a viejo no es algo natural, la naturaleza no incluyó la vejez en sus planes. La larga vida que ahora vivimos es una creación cultural producto del progreso tecnológico y científico; y los problemas que acompañan al envejecimiento —los achaques y enfermedades— son el precio que se paga por alterar el curso inicial de la evolución. La vejez como norma es una novedad evolutiva, un invento cultural de los últimos 150 años.

Quizás algún lector escandalizado habrá notado que me refiero a los ancianos como «viejos» y no como «gente mayor». Esto no es un descuido sino algo plenamente intencionado. Estoy totalmente en contra de la actual moda histérica de corrección política y eufemismos blandengues. Todo eso me parece —y perdonen la expresión— una verdadera mariconada. Desde que los puritanos del idioma han tomado el poder en los medios, sólo los objetos son viejos, las personas son mayores. Yo creo que las cosas deben ser llamadas por su nombre, y esto no debe ofender a nadie. Que un anciano sea llamado «persona mayor» no lo hace rejuvenecer, del mismo modo en que un gordo no adelgaza cuando se le califica como «persona grande». El problema no está en las palabras ―las palabras sólo intentan describir las cosas―, el problema está en la actitud que se adopta hacia ellas. Llamar «mayores» a los viejos es una forma de decir que ser viejo es vergonzoso. Yo creo que ser viejo no es motivo para avergonzarse ni requiere el uso de eufemismos pasteurizados para negar la realidad.

Si analizamos la esperanza de vida de los últimos siglos veremos que, en términos históricos, vivir más de 40 años es un lujo muy reciente producto del avance en medicina e higiene (la esperanza de vida mundial a comienzos del siglo XIX era de 30-40 años). El cuerpo humano no está preparado para llegar a viejo. Si llegamos a viejos es gracias a la ayuda de la ciencia médica y por haber adoptado vidas sedentarias y poco aventureras. Ya no es común morir en el campo de batalla empuñando una espada, ni solemos cruzar los mares para conquistar tierras ignotas pobladas por gigantes y caníbales poco amistosos. La vida posmoderna es relativamente cómoda, segura y predecible. Del mismo modo, la vejez es algo muy raro en el mundo salvaje. La mayoría de animales vive lo suficiente como para reproducirse y cuidar de su prole hasta que puedan valerse por sí mismos, luego generalmente mueren de alguna enfermedad o son devorados por algún depredador.

En la naturaleza la llegada de la vejez se castiga con la muerte. La paulatina pérdida de facultades, velocidad y salud impiden a un animal cumplir sus funciones adecuadamente. Pensemos, por ejemplo, en el caso del león (cuyo único depredador «natural» es el hombre). Las leonas que empiezan a envejecer pierden velocidad y fuerza para cazar, y las que resultan heridas o están enfermas simplemente no pueden cazar en absoluto, finalmente muriendo de hambre. El león, por su parte, debe defender a la manada y demostrar que es el macho dominante. Un macho alfa es constantemente retado por machos jóvenes que aspiran a ocupar un mejor puesto en el grupo. Cuando el macho alfa envejece suele ser derrotado por un macho más joven y fuerte. De esta manera la vejez es castigada en la naturaleza, porque envejecer es ser menos eficiente en las actividades necesarias para sobrevivir.

La mayor parte de la humanidad nunca alcanzó la vejez. La gente moría entre los 30 y 40 años, cuando todavía conservaban su vitalidad biológica. Incluso era raro que una mujer llegara hasta la menopausia. Esto quiere decir que la lenta y progresiva decadencia que se arrastra en la vejez es una anormalidad en la naturaleza. Uno podría decir que dado que es posible vivir hasta los 100 años, el ser humano debería aspirar a llegar a esa edad, pero cuando un cuerpo empieza a envejecer todas sus funciones empiezan a deteriorarse, y si el proceso continúa, la muerte llega cuando el deterioro corporal alcanza un nivel irrecuperable. En este sentido, la vejez, desde sus inicios, es también una forma muy lenta de morir.

Sin duda, el temor a la muerte y el predominio del criterio cuantitativo sobre el cualitativo son los factores que promueven la constante extensión de la vida humana. Seguimos considerando la muerte como un fracaso, por ello se intenta evitarla hasta lo imposible, sin tomar en cuenta la calidad de vida de los interesados. Todos parecen estar más interesados en la cantidad de años que se vive en vez de la calidad. Pero vivir 100 años no es algo deseable si las condiciones físicas nos impiden disfrutar de esos largos años. Por eso la obsesión de conservar la vida a toda costa es irracional; es parte de lo que el filósofo Peter Singer llama la «sacralización de la vida humana», la idea de creer que la vida es un valor intrínseco que debe protegerse incondicionalmente. Sin embargo, es mucho más fácil afirmar que la vida humana es sagrada que responder por qué lo es.

Existe una clara contradicción en nuestra actitud hacia la vejez. Por un lado buscamos vivir cada vez más tiempo intentando dar una vida digna a los ancianos; pero al mismo tiempo a los viejos se les considera inútiles en el área laboral, tras cierta edad se desecha al trabajador considerándolo inservible. Y ahora esto ni siquiera sucede después de los 65 sino mucho antes, y esto lo saben bien todas las personas que tuvieron la desgracia de perder su trabajo antes de los 60 años y ahora viven un penoso limbo sin trabajo y sin pensión hasta los 65. Esta contradicción muestra que el envejecimiento es un problema aún por resolver. Actuamos con respeto hacia la vejez, pero al mismo tiempo la despreciamos, porque vivimos en una sociedad donde el valor personal está determinado por la capacidad para generar riqueza. 

Lo más absurdo del culto a la inmortalidad es creer que el Estado tiene derecho a obligar a alguien a seguir vivo sin tomar en cuenta la opinión del interesado. Las nuevas leyes que defienden la eutanasia en enfermos terminales o en personas que sufren un gran dolor físico son totalmente razonables y humanas. Pero la muerte asistida debería extenderse no sólo a los enfermos, sino a toda persona que libremente decida poner fin a su vida. Generalmente se cree que las tendencias suicidas son producto de la depresión, como si el querer poner fin a la vida fuese también otro fracaso existencial, como si uno estuviese obligado a vivir hasta que la muerte decida el fin sin consultarnos. Ciertamente el suicidio no requiere ser legal para existir, pero hasta que no lo sea siempre será visto como un acto subversivo y su ejecución siempre será un asunto estética y moralmente desagradable.

La vida es el bien más privado que existe y resulta escandaloso que una persona no tenga derecho a decidir si quiere vivir o morir. Por eso creo que si alguien no quiere envejecer hasta el punto de no poder valerse por sí mismo y sufrir penosas dolencias físicas, no se debería penalizar esta decisión. Llegar a viejo no debería ser algo que se alcanza por defecto, sino algo que se elige afirmativamente en libertad. Una vida no debe valorarse por su extensión, sino por su calidad. El suicidio es un acto socialmente reprobado, sobre todo por influencia de una interpretación moral religiosa que lo considera un «pecado», porque para muchos creyentes la vida es un regalo divino, por lo tanto el único que tiene derecho a quitar la vida es Dios. El individuo ni siquiera es dueño de su propia vida. Lamentablemente esta es la interpretación que todavía predomina en el horizonte cultural actual (y la gente suele ignorar que el suicidio ha sido un acto socialmente aceptado y admirado en muchas sociedades en épocas distintas —incluso en el cristianismo primitivo). El sujeto sigue siendo un niño que debe recibir órdenes de un dios-padre.

Mientras tanto, la población mundial sigue creciendo, los viejos tardan más en morir y pocos niños mueren al nacer. El resultado es un desequilibrio cada vez mayor entre la presión demográfica y los recursos necesarios para sostenerla. Además, en muchos países con una alta población envejecida y un gran desempleo (como España), existe el problema cada vez mayor de cómo pagar pensiones dignas con los aportes de una masa laboral cada vez menor. Mientras la población siga pensando que vivir cada vez más años es algo deseable, los problemas asociados a la vejez también se incrementarán. Llegar a viejo debería ser el resultado de una elección personal y libre, y no una realidad impuesta por el Estado y la sociedad.


 

lunes, 22 de abril de 2013

El inconveniente de ser bueno

No respetar la ley permite a los criminales estar siempre en ventaja
 
Tras los diversos ataques terroristas que han ocurrido en los últimos años, era habitual ver a los líderes de los países afectados dirigiéndose al mundo entero, con gesto grave y solemne, diciendo: «los culpables serán castigados con todo el peso de la ley». Pero tal amenaza, lejos de intimidar, sólo genera un largo bostezo. ¿Qué significa ese anunciado «peso de la ley»? En el Estado de derecho, donde se pretende el respeto a los derechos humanos, los buenos siempre están en desventaja, limitados por las restricciones propias de la ley, mientras que los criminales —que no están obligados a seguir las reglas— tienen siempre un mayor rango de acción. Por eso los malos siempre estarán en ventaja.

Desde la filosofía moral este es un asunto que pertenece al terreno de la metaética: ¿qué convendría más si el objetivo sólo fuese derrotar al rival? Si uno tuviese que tomar en cuenta sólo la efectividad ―olvidándonos por un momento de la ideología y las razones detrás de la lucha— habría que admitir que se tiene más posibilidades de ganar en el bando de los malos. Los malos tienen en realidad el doble de ventajas, pues aprovechan la legitimidad y estructuras del mundo de «los buenos», además de las estrategias ilegítimas de su propio mundo; es como si en el campo de batalla usaran bazucas además de los rifles convencionales de los rivales (cuya ideología les prohíbe el uso de bazucas). Adicionalmente tienen la ventaja del elemento sorpresa, pues siempre, por definición de roles, golpean primero y por la espalda.

Quizás una de las debilidades de las leyes y reglas de convivencia es que están pensadas para gente «buena», gente que de antemano ya es civilizada y honesta. Y esto tal vez se deba a que las leyes están hechas por la gente que quiere que se viva en paz y seguridad, gente que cree en los valores de respeto y armonía social. Pero los criminales no creen en estas reglas, sino que las consideran medios para alcanzar fines ulteriores. Los terroristas y delincuentes aprovechan la libertad y confianza que debe existir en el Estado de derecho para atacar a traición. Es demasiado fácil hacerlo.

En realidad, pensándolo bien, es sorprendente que podamos caminar por la calle con tanta tranquilidad. Yo todavía me sorprendo al ver que (por lo general) nadie ataca a los demás para robarles, o que las mujeres puedan salir a la calle con ropa ligera sin que un montón de hombres no intenten agredirlas (como de hecho sucede en sociedades con altos índices de violencia sexual). Si podemos salir a la calle sin temor a ser asaltados en cada esquina es porque la mayoría de la población ha sido educada para no agredir a los demás. Pero tampoco dejamos de robar a la gente por temor a la ley (por pura coacción), sino que nos parece natural respetar a los demás. Nos han educado a convivir respetando a los demás; y es por eso que nos indignamos cuando alguien rompe la armonía social, abusando de la confianza que debe existir en el espacio público.

Los criminales, además de colocar bombas en espacios públicos matando y mutilando a decenas de personas inocentes, también usan medios ilegales como el chantaje y la tortura. Aunque nadie pondría en duda la legitimidad de los derechos humanos, debemos admitir que su aplicación tiene la desventaja de proteger a los criminales cuando son sometidos a interrogatorios. Todos recordamos las vergonzosas torturas durante la guerra de Irak por parte del ejército norteamericano. Lo curioso es que no recordemos las torturas realizadas por los terroristas o el ejército de Saddam Hussein. Si no lo recordamos es porque, de alguna u otra manera, damos por sentado que a los malos les es «lícito» torturar.

La tortura es algo horrible, pero suele ser efectiva. La mayoría de los interrogados se derrumban cuando el dolor físico se hace intolerable. Los malos saben esto, así que aplican la tortura y el maltrato físico cada vez que consideran que es necesario. En cambio, cuando la policía o el ejército interroga a un terrorista para sacarle información vital que podría evitar nuevos atentados, sólo puede intimidar al prisionero con amenazas verbales; pero las palabras no duelen y suelen ser poco eficaces para obtener información. Claro que con todo esto no intento justificar la tortura; sólo intento ilustrar cómo, al respetar la ley y los derechos humanos, se tiene mucha menos libertad de acción, mientras los malos tienen la ventaja de poder romper todas las reglas.

En China hay un homicidio por cada 100.000 habitantes, mientras que en los Estados Unidos la tasa es de 4.8 (datos del 2010). Estas cifras podrían ser indicadores de una realidad inquietante: hay más criminalidad en los países democráticos con tradición a respetar los derechos humanos (hay que matizar el caso de los EE.UU. debido a la pena de muerte) que en los países totalitarios donde los derechos humanos no se respetan o son violados sistemáticamente. En China la tasa de delincuencia es muy baja en comparación con los países libres y democráticos. La implacable represión del Estado reduce la delincuencia dramáticamente (debemos tomar en cuenta que en China la pena de muerte no sólo se aplica a delitos graves como el homicidio, sino a muchos delitos menores, como el trafico de drogas, la evasión de impuestos y la falsificación).

Probablemente China aún no está preparada para un sistema de libertad democrática. Tal vez las autoridades temen que una mayor libertad individual y un sistema penal menos severo podría favorecer una mayor delincuencia, que en verdad es cierto: la libertad, por su propia definición, implica el riesgo de ser usado para fines perversos, además de fines loables. Si bien el régimen comunista no es agradable a los ojos occidentales, debemos admitir que es eficaz a la hora de controlar una densidad poblacional tan alta como la que existe en China.

Cada vez que el terrorismo golpea aprovechando las libertades del Estado de derecho, paradójicamente ocasiona la reducción de esas mismas libertades. Tras los atentados a las Torres Gemelas en el 2001 las restricciones en el tráfico aéreo se han impuesto en el mundo entero, especialmente en los viajes a Estados Unidos (como habrán comprobado aquellos sufridos viajeros que han tenido que ir a ese país o simplemente hacer trasbordo en uno de sus aeropuertos). También se han multiplicado las cámaras de vigilancia en prácticamente todos los espacios públicos que acogen un gran tránsito de gente. Hace unos años en el metro de Madrid había un inquietante aviso en los pasillos que decía: «Más de mil cámaras velan por tu seguridad». Bajo el argumento de mejorar la seguridad, la sociedad se ha convertido en una sociedad orwelliana, donde todo el mundo es grabado en alguna cámara oculta en cualquier esquina. El anonimato en la ciudad es ahora algo imposible.

En conclusión, a mayor libertad mayor inseguridad. Siempre habrá gente que se aprovechará de la libertad para hacer daño, así que el incremento de seguridad tiene como precio la pérdida de libertad individual. Ese ambiente de paz y seguridad que se respira en los parques los domingos en la mañana con niños jugando y perros correteando está pensado para gente esencialmente buena. La vigencia de los derechos humanos universales también protegerá a aquellos individuos que no respetan estos derechos. Al mismo tiempo, el terrorismo es un problema crónico que probablemente nunca podrá ser erradicado del todo, y las medidas preventivas contra el terrorismo y la delincuencia nunca serán suficientes mientras se quieran preservar las libertades individuales. Los malos siempre están un paso más adelante; los buenos siempre reaccionan tardíamente, y tienen como función reestablecer el orden alterado por los malos. Las leyes que deben garantizar el orden público están hechas para los buenos, gente a la que le resulta difícil pensar que alguien pudiera ser tan canalla como para aprovecharse de la libertad que se ofrece para matar a otros.

sábado, 13 de abril de 2013

La historia perdida


La evolución cultural es también producto del olvido y la destrucción de las ideas de los vencidos
 
Se dice que «la historia la escriben los vencedores», y si bien esto es cierto, también es cierto que la herencia cultural ―las ideas que triunfan en la historia― depende en gran parte de variables contingentes, hechos fortuitos y decisiones personales, muchas veces triviales, que finalmente determinaron el curso del pensamiento occidental. Aunque esto no es nada nuevo, siempre es bueno recordarlo para darnos cuenta de que sólo podemos hablar de un progreso histórico y moral en un contexto relativo. La filosofía de la historia de Hegel, que propuso un progreso lineal ascendente de la historia, es una ilusión producto de una visión preconcebida de la historia del ser humano.

La mayoría de nuestras ideas morales, políticas y filosóficas se formaron en la antigua Grecia, hace más de dos mil años. Nuestros conceptos de justicia, igualdad, democracia y libertad son versiones «actualizadas» de ideas que se pensaron hace siglos; y si hacemos un seguimiento histórico descubriremos claramente cómo estas ideas lograron sedimentarse en la cultura oficial. El que dichas ideas vencieran no basta para cubrirlas con un halo de legitimidad y superioridad moral; dichas ideas ganaron porque sus defensores tuvieron el poder para someter a las ideas contrarias. Es lo que sucedió con la metafísica de la permanencia de Parménides contra la metafísica del cambio de Heráclito, el idealismo platónico frente al materialismo de Demócrito, y el monoteísmo judeocristiano contra el politeísmo romano.

Pero además de la hegemonía histórica de las ideas vencedoras, debemos hablar de todas esas ideas ―algunas seguramente brillantes— que desaparecieron en el olvido o entre las llamas que destruyeron las grandes bibliotecas de la Antigüedad (como la de Alejandría), o todos esos textos que fueron destruidos víctimas de la intolerancia religiosa e intelectual. Da escalofríos pensar en todas las ideas que quedaron enterradas bajo los escombros del imperio romano con la llegada de los mil años de oscuridad de la Edad Media. Sabemos que la Iglesia católica destruyó (o manipuló) miles de textos porque sus contenidos contradecían o ponían en peligro la incuestionable verdad de los dogmas cristianos. Se suele considerar que el paso del politeísmo al monoteísmo fue un paso de evolución cultural, pero al mismo tiempo la supremacía de una sola religión monoteísta condujo a una intolerancia intelectual e imaginativa pasmosa, empujando la historia del pensamiento a un retroceso de varios siglos (ver mi artículo de febrero del 2011 Las miserias del monoteísmo).

¿Qué hubiera pasado si el rey persa Jerjes I hubiese vencido a los griegos en la definitiva batalla de Salamina? ¿Y si Aníbal, montado en sus últimos elefantes, no se hubiera detenido indeciso a las puertas de Roma? ¿Y si el emperador Constantino no se hubiese convertido al cristianismo, y el idealismo platónico no hubiese sido convenientemente reciclado por los pensadores cristianos medievales? Y para poner ejemplos más recientes, ¿qué hubiese pasado si la Alemania nazi no hubiese decidido atacar dos frentes (europeo y ruso) al mismo tiempo, reduciendo drásticamente sus posibilidades de ganar la guerra? ¿Y si Japón no hubiese atacado a Estados Unidos a traición en Pearl Harbour ―en un error estratégico incomprensible—, medida que obligó a los norteamericanos a entrar en la guerra para finalmente derrotar al entonces «eje del mal»?

Las dudas de Aníbal salvaron al Imperio romano de una temprana extinción. De haber marchado sobre Roma quizás la realidad de África ahora sería muy distinta; quizás África hubiera tenido un papel predominante en la cultura occidental europea. Si Alemania hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial, posiblemente ahora el alemán sería el idioma internacional por excelencia, mientras que ―recordando que la historia la escriben los vencedores― el nacionalsocialismo sería ahora más respetado que el capitalismo actual. Los comunistas rusos seguirían siendo los malos de la historia, y probablemente los judíos hubiesen sido totalmente exterminados, mientras que se hubiera descrito el holocausto como un acto justificado por la supuesta maldad e inferioridad intrínseca del pueblo judío. El concepto mismo de libertad está condicionado por la ideología de los vencedores. El tipo de libertad que ahora defendemos es la que favorece al capitalismo, y es por eso que creemos en ella. En una sociedad comunista o totalitaria tendríamos un concepto muy distinto de libertad; pero aún así, de alguna manera u otra, nos sentiríamos «libres».

Los «malos» de la historia son los vencidos. Obviamente, los vencedores deben elaborar un discurso para justificar su victoria, argumentando que si vencieron es porque sus razones e ideas eran superiores a las ideas de los perdedores. De esta manera la historia se justifica a sí misma. Esto no obliga a una discusión moral sobre la validez de las ideas vencedoras, pero sí implica perder la ingenuidad ante la supuesta superioridad de estas ideas. Posiblemente todas las ideas pueden valorarse como buenas y nobles mientras sean útiles al grupo que está en el poder. Esto significa que no podemos pensar que hay ideas intrínsecamente buenas o malas. La esclavitud fue bien vista durante siglos, y lentamente fue abolida, no por razones morales, sino por razones básicamente económicas. En muchas sociedades la esclavitud ya no era económicamente viable. Sólo después aparecieron discursos morales que defendían el supuesto derecho a la «libertad natural» del hombre.

Una de las mayores tragedias de la cultura mundial fue la pérdida de gran cantidad de textos e ideas desarrolladas en la Antigüedad clásica. Estremece pensar en todos los textos que desaparecieron tras la decadencia de la Grecia antigua (al mismo tiempo es irónico que Sócrates sea tan recordado teniendo en cuenta que no escribió nada). Lo que ahora sabemos de muchos pensadores griegos son, en su mayor parte, sólo fragmentos de su prolífica obra. ¿Qué hubiera pasado si hubiésemos rescatado toda esa creación intelectual? La pregunta es ociosa pues es imposible saberlo, y además ya es demasiado tarde, pero al menos sirve para reflexionar sobre la fragilidad de la herencia cultural.

El pensamiento platónico fue rescatado por los autores medievales porque era compatible con el pensamiento cristiano. Al mismo tiempo, muchas de las ideas originales de los sofistas griegos fueron despreciadas porque Platón los detestaba considerándolos meros mercaderes del conocimiento, ya que la tarea principal de los sofistas no era la búsqueda desinteresada de la verdad (ideal típicamente platónico), sino preparar a los alumnos en retórica para poder convencer a los demás en los debates públicos —algo muy importante en la vida política griega—, sin tener en cuenta si se tenía razón o no. Asimismo, muy pocas obras de los dramaturgos griegos se salvaron. La verdadera tragedia de la tragedia griega es saber que de Sófocles apenas conocemos 7 de las 120 obras que se dice escribió, mientras que de Esquilo y Eurípides también se salvó muy poco de su extensa producción. Si la tragedia Edipo rey se hubiera perdido, Freud seguramente no habría concebido su malpensado complejo de Edipo (en realidad creo que muy poca gente realmente piensa en acostarse con su madre y matar a su padre).

Por otro lado, muchas de las ideas históricamente victoriosas son ventajosas en determinados contextos, mientras que en otros tienen consecuencias terriblemente nefastas. La democracia, por ejemplo, tiene sentido y es justa es una sociedad con una clase media y educación homogéneas; mientras que en sociedades con grandes desigualdades sociales y educativas la democracia demuestra ser un sistema desastroso que finalmente legitima la elección de gobernantes mediocres y corruptos, como suele suceder en muchos países que presumen de ser «democráticos» (ver mi artículo de abril del 2011 El peligro de la democracia entre desiguales).

En la década de los setenta Richard Dawkins acuñó la palabra «memes» por analogía a los genes para referirse a la herencia cultural, aquellas ideas que se transmiten culturalmente de generación en generación; ideas que logran fijarse en la historia y que determinan el curso del pensamiento y la cultura. El problema que se esconde tras los memes es que al confundirse con el mecanismo que opera en los genes, muchas veces se considera que la trasmisión memética implica que las ideas que logran fijarse son intrínsicamente superiores, y que, imitando a la selección natural, son resaltados por la selección cultural como los memes más fuertes y valiosos. Esta forma de pensar puede ser muy peligrosa y puede conducir al fanatismo y a la ceguera histórica. Muchos de los memes que actualmente operan en la cultura se han establecido, no por su supuesta superioridad intrínseca, sino mediante la fuerza, la sangre y el azar. Pero en ello no hay garantía alguna de calidad.

Coincido con el filósofo Zygmunt Bauman en que el progreso moral no existe. El progreso moral lineal es un relato inventado por los vencedores para justificar sus propias crueldades. Muchas veces se suele confundir el progreso tecnológico —que es indudable— con el progreso moral. Son dos cosas completamente distintas. La tecnología muchas veces ha estado al servicio de nuevas y más eficientes maneras de matar, desde las ingeniosas máquinas de guerra de Leonardo Da Vinci, los mortíferos cohetes V1 y V2 de Hitler, hasta la incontestable bomba atómica. El curso de la historia no tiene dirección alguna y la ilusión de progreso moral es producto de una mirada relativa limitada a un determinado contexto histórico. Aquellos valores supremos que ahora defendemos con tanta pasión, como la igualdad y la justicia, algún día podrían resultar contraproducentes y caer en desuso cuando dejen de servir a aquellos que estén en el poder. Los «buenos» y los «malos» de la historia son creaciones morales cuyos roles pueden cambiar constantemente.

Finalmente, debemos reconocer que la historia está hecha de numerosas variables impredecibles, donde son las guerras, la muerte, el azar, la intolerancia, la avaricia y el poder, muchas veces los factores que determinan el curso de la evolución cultural. Asimismo, el fantasma de aquellas ideas que se hundieron para siempre en el mar del olvido será algo que nos perseguirá incesantemente y que al menos debe servir para recordarnos que la historia que ahora vivimos es sólo una de las muchas posibles, tal vez peor o mejor que todas las otras que nunca se concretaron.

domingo, 7 de abril de 2013

Predicciones de la Tercera Guerra Mundial


La próxima guerra por conquistar recursos, energía y un clima moderado
 
Se me acusará de pesimista y catastrofista, pero en mi defensa diré que la descripción de lo que podría suceder en las próximas décadas quizá sirva para evitarlo. Dejo claro que las predicciones que describiré están inspiradas en los hechos y tendencias actuales. La siguiente guerra mundial ya no será entre dos superpotencias por la supremacía del mundo; ya no será por el predominio de una ideología, la búsqueda de poder, riqueza o territorio el motivo para que un país decida atacar e invadir a otro; será, según lo que puedo prever, la búsqueda desesperada de recursos, energía y un clima templado en un planeta exhausto, caliente y superpoblado. El progresivo agotamiento de los recursos y la radicalización del clima obligarán a millones de personas a emigrar a tierras más amables.

Existen muchas películas y novelas que describen la vida diaria en un sombrío mundo apocalíptico donde la civilización ha colapsado víctima de una guerra mundial o epidemias mortales que han diezmado a la humanidad. Los sobrevivientes suelen vagar por ciudades desoladas en pequeños grupos en busca de comida y refugio, en un retorno a un estilo de vida propio de la sociedad tribal. Todo eso también se podría aplicar en un escenario donde el colapso es ocasionado por nuevos factores sociológicos y ambientales que antes apenas se podían imaginar.

Tenemos que tomar en cuenta varios factores que se yuxtapondrán para crear un ambiente sui generis de inestabilidad social, política y económica. Primero será el calentamiento global y sus nefastas consecuencias en la temperatura media del planeta y sus devastadores efectos en las cosechas; y luego debemos hablar sobre el problema de la superpoblacion y la insuficiencia de recursos y energía para sostenerla. El resultado será un éxodo masivo de millones de personas a nivel global que intentarán mudarse a zonas con climas templados y países aún ricos en recursos y energía. El panorama ante esta catástrofe es desolador.

Sabemos que a medida que el deshielo de los polos siga su curso (por el momento nada dice que su tendencia actual se detendrá), el nivel del mar subirá inconteniblemente, y según las últimas estimaciones en los próximos 100 años la subida será de entre 80 cm a 2 metros, mientras las peores predicciones señalan que la subida podría ser de varios metros en caso de un deshielo generalizado en todo el planeta. Esto significa catastróficas inundaciones en las zonas costeras, incluyendo grandes centros urbanos, lo que obligará a millones de personas a desplazarse tierra adentro. También destruirá grandes extensiones de tierras de cultivo, afectando seriamente al abastecimiento de productos agrícolas.

A medida que el planeta se va calentando, los cambios de temperatura afectarán las condiciones normales de las estaciones, ocasionando anomalías en los ciclos agrícolas, además de una radicalización del clima que se concretará en tormentas, huracanes y tsunamis. Ya sabemos que en los últimos años la presencia de huracanes en el golfo de México y el Caribe ha sido inusualmente frecuente, sembrando destrucción y muerte en las costas de los países afectados (el peor de los casos fue el huracán Katrina en el 2005). Una subida de 2 grados en la temperatura media del planeta es suficiente para crear un panorama de inundaciones y sequías que pondrán en peligro la producción mundial de cereales, que es el producto principal en la alimentación de millones de personas.

Si la temperatura en los trópicos sube hasta niveles intolerables, gran parte de la población tendrá que emigrar hacia zonas templadas en el norte y el sur. Esto causará un éxodo masivo que desbordará a los países con climas todavía templados creando una crisis humanitaria sin precedentes. Algunos países, presos del pánico, podrían cerrar sus fronteras a los desplazados e incluso podrían emplear la fuerza para mantenerlos a raya. La economía de los países con climas tórridos colapsará por abandono de las tierras de cultivo y el éxodo de su población, creando un nuevo cinturón mundial de pobreza extrema. Los países tropicales actualmente ya son más pobres que sus vecinos del norte y del sur ―justamente debido a la pobreza de sus tierras de cultivo, producto de las particulares condiciones climatológicas de las zonas tropicales― y en el futuro serán aún más pobres.

El efecto invernadero que causa el calentamiento global del planeta no se detendrá mientras cada vez más gente exija niveles de consumo similares a los de los países ricos. A más gente, más demanda de recursos y más actividad industrial para satisfacer esa demanda. Es decir, el calentamiento no se frenará mientras la actividad industrial no se reduzca; y parece que esto es imposible, ya que los intereses que finalmente predominan son los económicos, y reducir la producción significa ganar menos dinero. El problema ecológico mundial es víctima de lo que se llama «la tragedia de los comunes» (the tragedy of the commons), el consumo irresponsable frente a los recursos compartidos que no tienen un dueño reconocido. El aire, el agua, la energía y los recursos naturales parecen ser ilimitados y de todos porque provienen de la naturaleza, y esto hace que individualmente nadie asuma la responsabilidad de cuidarlos.

Para cuando todo esto suceda, probablemente las reservas de petróleo a nivel mundial ya serán muy escasas, generando una subida exorbitante de los precios que convertirá el petróleo en un combustible fósil de lujo y los países que lo producen en países con un poder incuestionable sobre los dependientes países compradores. Algunos países, al ver su suministro de petróleo amenazado, quizá decidan invadir al país vecino para apoderarse de las últimas reservas mundiales del combustible y evitar así el vasallaje económico de su país. Para entonces se buscarán desesperadamente nuevas formas renovables y baratas de energía, aunque parece poco probable encontrar una fuente de energía que pueda sustituir las particulares características del petróleo.

La población mundial habrá alcanzado niveles alarmantes debido a mejoras en las condiciones sanitarias y la asistencia médica generalizada en los países con una alta tasa de natalidad como la India, China y el continente africano. El crecimiento constante de la población ejercerá una presión insostenible en la energía y recursos necesarios para sostenerla. El incremento de la contaminación mundial por la actividad industrial servirá como caldo de cultivo para nuevas epidemias y virus que afectarán a millones de personas atrapadas en inmensas ciudades contaminadas. Eventualmente la esperanza de vida en estos países empezará a descender nuevamente a niveles del siglo XIX debido a la contaminación y el deterioro de la asistencia médica que se verá desbordada por un exceso de pacientes y falta de recursos para atenderlos debidamente. Es decir, habrá más gente, pero será gente pobre, enferma y vivirán menos.

El problema de la superpoblacion quizás obligue a algunos gobiernos a tomar medidas drásticas para frenar su crecimiento. Dado que el Estado ya no tiene recursos suficientes para garantizar la salud de toda la población, tal vez sea necesario suspender algunos derechos básicos de igualdad, empleando políticas eugenésicas, favoreciendo a los recién nacidos más sanos y fuertes en detrimento de los bebes débiles y enfermos (entonces se dará la paradoja de que el progreso cultural conducirá finalmente al retorno de la selección natural). Al mismo tiempo, el estado de bienestar desaparecerá por falta de recursos. El deterioro progresivo de las condiciones de vida favorecerá la violencia cotidiana para conseguir comida y recursos. Los psicólogos evolutivos saben bien que la generosidad y compasión entre extraños están directamente relacionadas con los recursos disponibles. En tiempos de extrema escasez, la compasión y la solidaridad suelen retroceder para dar paso a primitivos niveles de egoísmo y violencia interpersonal. La bondad moral es un lujo que sólo aparece cuando los recursos son suficientes.

La máxima capitalista que busca el crecimiento constante y la acumulación ilimitada de riqueza chocará frontalmente con los recursos limitados del planeta. El desastre causará el hundimiento del capitalismo en favor de una ideología de conservación y no de expansión. La prioridad será sobrevivir en condiciones de cierta comodidad. Quedará demostrado que el modelo de derroche y comodidad occidental no puede aplicarse a nivel mundial. Las actuales nuevas clases medias de China e India ya están exigiendo niveles de consumo iguales a Europa y Estados Unidos, cuando sabemos bien que el planeta no tiene recursos suficientes para satisfacer todo ese irresponsable derroche; pero al mismo tiempo ese derroche alimenta al mercado, así que el sistema siempre favorecerá el consumo desmedido. En pocas palabras, la civilización occidental morirá de «éxito» (pero entendido como avaricia y estupidez).

Desde el punto de vista histórico nos espera una época fascinante y terrible, un tiempo que reúne situaciones que nunca antes se presentaron juntas, creando problemas nuevos que exigirán soluciones novedosas y creativas. El problema de la falta de recursos está directamente relacionado con el problema de la superpoblación. Su solución exige un cambio de paradigma mental: hay que dejar de pensar que más gente es siempre mejor. El derroche de energía y recursos exige un cambio en nuestros hábitos de consumo (mucho más profundo que la moda ecológica actual); y eso requiere sentido común y una buena educación, virtudes que suelen escasear en personas aficionadas a la frivolidad y el despilfarro. En realidad, no necesitamos tantas cosas para vivir bien, sanos y felices. Esperemos que las generaciones que sobrevivan a la próxima hecatombe mundial hayan aprendido la lección.