Seguramente el título de
este artículo podría ser una invitación a pensar que intento, como muchos otros,
defender la poligamia y de paso demoler una vez más los supuestamente sólidos
cimientos de la monogamia cristiana y burguesa. Pero si el lector ha pensado ya
todo esto debo advertirle que la intención de este texto no es ése. Lo que
pretendo discutir aquí es si la monogamia como comportamiento social
mayoritario (al menos en Occidente) es una práctica que favorece la felicidad y
estabilidad emocional del individuo.
No quiero repetir aquí
todas las razones antropológicas, sociales y religiosas que favorecieron la
sedimentación de la monogamia en las sociedades occidentales (el amor
apasionado es producto del deseo reproductivo; la monogamia favorece la
estabilidad familiar y la protección de los hijos, etc.) —ya sabemos todo eso. Me
interesa más discutir el aspecto psicológico del tema; indagar en la posible
paz mental que conlleva la exclusividad afectiva y sexual. Esta exclusividad
supone que un individuo debe depositar todos sus afectos y expectativas en una
sola persona. Y esto, como veremos, tiene sus riesgos. En tiempos de escasez de
alimentos los animales generalistas (los que admiten una dieta variada) tienen
más posibilidades de sobrevivir que los especialistas (por ejemplo, el oso
panda se extingue inexorablemente por, entre otras razones, la extrema
especialización de su dieta); del mismo modo, la poligamia en el reino animal
es prácticamente universal porque ayuda a garantizar la supervivencia de la
especie. Claro está que en los animales no humanos no existe el factor afectivo
que en nuestra especie entendemos como el amor y el enamoramiento —su
aplicación afectiva en un individuo concreto (que algunos psiquiatras
clasifican como un desorden mental).
He aquí la pregunta
central de este artículo: ¿es más conveniente ser monógamo que polígamo para
ser feliz? Veamos las consecuencias de la monogamia afectiva y sexual: la
pareja resulta ser el depositario de los deseos, afectos y emociones del
amante. El amante monógamo es en términos evolutivos un especialista del amor, deposita todo su afecto y felicidad en un
solo individuo exponiéndose a una frágil dependencia; en caso que la pareja
desapareciera, termine la relación o dejase al amante por otra persona, el
amante monógamo sufrirá inconsolablemente. Desde el punto de vista de la psicología
evolutiva la monogamia parece ser una costumbre muy arriesgada con respecto a la
felicidad del sujeto enamorado. Sin duda, un amante polígamo goza de una mayor
protección emocional al haber depositado sus necesidades afectivas y sexuales
en más de una persona. En caso de que una de las parejas despareciera, el
amante polígamo siempre podrá consolarse con la compañía de sus otras parejas.
Sabemos que uno de los
argumentos a favor de la monogamia es que garantiza (o debería garantizar) la
paternidad de los padres; así el padre estará bastante seguro de que está
criando a su propio hijo y no al hijo del vecino. Esta realidad antropológica
explica con suficiencia las razones prácticas de la monogamia, pero no dice
nada acerca del factor psicológico que he expuesto en el párrafo anterior. Como
millones de otros hombres, también he experimentado los tormentos que supone
depositar los afectos en una sola mujer y luego enfrentar la pérdida de esa
mujer o su rechazo. El dolor emocional puede llegar a ser indescriptible, y por
eso me sorprende que a pesar de este peligro inminente la monogamia siga siendo
una institución que muy poca gente cuestione. Es algo que aceptamos sin hacer
preguntas; quizás porque los típicos argumentos que favorecen la poligamia han
sido caricaturizados enfocándose en los aspectos más hedonistas y superficiales
del tema. Imaginamos al jeque árabe rodeado por veinte doncellas haciendo la
danza del vientre. Pero quizás ya sea hora de enfocar el tema con mayor
profundidad.
El mundo está lleno de
amantes abandonados que deambulan arrastrando los escombros de sus maltratados
corazones. La vida está saturada de proyectos abortados de felicidad
compartida, de planes frustrados y sueños imposibles de vidas felices y
radiantes. Sin duda gran parte de esta realidad está sustentada por unas
expectativas irrealizables hinchadas por la publicidad y la sociedad de consumo
que perversamente han logrado relacionar la felicidad con la estabilidad
afectiva. Claro está que cuando una pareja monogámica se corresponde plenamente
la satisfacción afectiva y sexual puede llegar a ser total; y es esta plenitud la
que ocupa el ideal afectivo en las sociedades modernas, pero es probable que el
número de parejas felices sea muy inferior al número de relaciones que no
logran alcanzar ese romántico ideal.
Queda por investigar si
la monogamia afectiva que practicamos es algo que hemos heredado culturalmente
(un meme victorioso, por usar la
terminología de Richard Dawkins) o si es algo heredado de nuestro bagaje genético.
Desde la óptica evolutiva la monogamia sería perjudicial pues contradice
seriamente la orden de reproducción indiscriminada que todo animal sigue durante
su vida. La monogamia en nuestra especie es un lujo producto de la
superpoblacion actual. Hace miles de años, cuando el Homo sapiens sobrevivía precariamente en pequeñas tribus de cazadores-recolectores,
la monogamia hubiese sido el camino seguro a la extinción. Indudablemente, la
selección natural favoreció aquellos grupos humanos donde la poligamia era la
norma.
Si la monogamia afectiva
y sexual es un derivado del crecimiento de la población, resulta bastante obvio
que su aplicación actual resulta del todo conveniente, ya que así la población
crecerá menos; y al contrario, en un mundo polígamo la tasa reproductiva sería
exponencialmente más alta. Si ya hemos superpoblado el planeta, creo que lo más
razonable sería aceptar cualquier práctica reproductiva que detenga y disminuya
este absurdo crecimiento poblacional (claro que podríamos sugerir la
prohibición total de las relaciones sexuales, pero no creo que sería una medida
muy popular). Entonces la monogamia podría ayudar a reducir la población, pero
insisto en que no creo que ayude a alcanzar la felicidad o al menos un estado
de paz emocional. El depositar todos los huevos afectivos en una sola canasta tiene grandes riesgos.
Por otro lado, la monogamia
promueve la aparición de celos posesivos que torturan al amante. Si el amante
está convencido de que su pareja le debe fidelidad, siempre estará atento a
posibles pretendientes y competidores que intentarán arrebatársela. Esto
también conlleva un fuerte desasosiego emocional que en muchos casos despierta
en el amante despechado un irrefrenable deseo de eliminar el objeto de sus
afectos para impedir que sea disfrutado por otros. En una sociedad poligámica
los celos tendrían poca cabida pues serían completamente innecesarios. Quizás
por eso muchas comunidades hippies
pudieron experimentar una verdadera vida de love
and peace.
Las relaciones de pareja
favorecen, además de un fuerte vínculo emocional, una sólida relación de
cooperación (en términos etológicos esto se entiende como ayuda mutua). Esta
conducta social también conlleva una gran interdependencia entre la pareja, por
ello cuando ésta se rompe los miembros sufren consecuencias muy dolorosas:
quedan huérfanos de afecto, sexo y apoyo. Claro que las amistades y la familia
también tienen un rol importante aquí, pero la relación entre los amantes es en
muchos casos más fuerte y dependiente que entre los otros miembros del clan.
Con todo esto parece ser que una sociedad polígama sería más adecuada para
proteger al individuo de las contingencias de las relaciones monogámicas. Esos
vínculos afectivos y de cooperación se extenderían entre más individuos
logrando un entramado social de mayor seguridad afectiva.
Finalmente, la monogamia
puede describirse, en términos capitalistas, como la propiedad privada del amor
y el sexo. Y sabemos que toda forma de propiedad privada también conlleva
emociones desagradables como la envidia, los celos y el resentimiento. Posiblemente
en una sociedad polígama estos sentimientos negativos serían menos frecuentes y
quizás la ansiada paz emocional sería un fin menos utópico.