domingo, 31 de marzo de 2013

Trabajar y estudiar (sin morir en el intento)


Una propuesta para seguir estudiando y aprendiendo sin dejar de trabajar
 
El mundo está lleno de demasiadas historias de sueños truncados, de vocaciones que se abandonaron por motivos económicos y sociales, por cobardía, indecisión o simple pereza. Al alcanzar cierta edad todos confesamos que además de la carrera que estudiamos o el oficio que ejercemos, nos hubiese gustado hacer otras cosas, en muchos casos completamente distintas, cosas que se quedaron en el camino vencidas por las presiones de la vida burguesa, por la obligación de sentar cabeza, ganarse la vida y conquistar un lugar, aunque sea modesto, en la competitiva sociedad posmoderna. Pero la verdad es que tenemos potencial para muchas cosas que no hacemos, y es una verdadera tragedia desperdiciarlo en tan pocas actividades.

Aquellos que se inclinaron por estudios «serios», los que optaron por la seguridad económica y que ya saben calcular sus futuras pensiones, también sueñan secretamente con vidas bohemias o inquietudes sin utilidad alguna, el aprendizaje por el mero placer, el saber por el saber. Al mismo tiempo, muchos artistas atrapados en un mundo de precariedad e incertidumbre constante también sueñan de vez en cuando con la posibilidad de vidas ordenadas, donde sería posible planificar vacaciones en verano con antelación y comprar cosas a crédito. En realidad esta antinomia es artificial e innecesaria. Se puede trabajar y tener una vida estable sin necesidad de renunciar a seguir aprendiendo. La solución es una buena organización laboral.

Mi propuesta es muy simple, e incluso creo que en esta ocasión es realizable. Se trata de acomodar todos los trabajos posibles ―al menos todos los de oficina― al horario típico del funcionario español. Es decir, se trabajará de 8 a 3 de la tarde. Luego el trabajador tendrá la tarde libre para dedicarse a estudiar o hacer lo que le guste. Una parte del sueldo (que debemos asumir será razonable) se destinará a pagar los estudios o actividades que el trabajador haya decidido seguir. Podríamos proponer entre un 10 y 20% del sueldo, según la actividad que se haya escogido. Las carreras universitarias lógicamente costarán más que los cursos y talleres temporales; pero el abanico de posibilidades deberá cubrir desde las carreras universitarias ―incluyendo estudios de posgrado― hasta cursos de idiomas, cocina, baile o jardinería. Lo importante es que el trabajador podrá seguir formándose en lo que le interesa sin dejar de trabajar o verse obligado a renunciar a la mitad de su sueldo en empleos a tiempo parcial.

Aquellos que no tienen interés en estudiar también tendrían la opción de recibir su sueldo completo, y luego disponer de toda la tarde libre; o también podrían elegir trabajar en un horario partido de mañana y tarde (si el tipo de trabajo lo permite). Con esta medida ya no se podrá culpar al sistema laboral de no poder estudiar y crecer; la ignorancia ahora será voluntaria y no el producto de siniestras fuerzas del sistema. El Estado deberá gestionar la oferta de estudios y la manera de pagarlos, programando todas las actividades formativas en la tarde a partir de las 5 o 6. La idea es que lo que los trabajadores paguen de su sueldo sea suficiente para financiar las actividades disponibles. Además esto requerirá una demanda constante de formadores, entre profesores, técnicos y monitores para impartir los cursos y talleres, favoreciendo con ello el empleo en el sector educativo. No se me ocurre un sistema más «democrático» para promover el aprendizaje y la formación continua entre los ciudadanos.

Las ventajas de este sistema son obvias e innegables. Con el tiempo, la población trabajadora estará cada vez más preparada; muchos tendrán dos o tres carreras universitarias completas, otros acumularán másteres y doctorados. La gente podrá estudiar y aprender aquellas cosas que siempre quiso pero que nunca se atrevió o que tuvo que abandonar por falta de tiempo y oportunidades. El sentido práctico de la medida significa una masa trabajadora cada vez más preparada que podrá optar a mejores condiciones laborables, o que podrá cambiar de rumbo laboral al estar preparado en más de una materia. Se podrá escapar del círculo vicioso de la especialización moderna, el perverso sistema que ha dividido artificialmente el saber en «ciencias y letras», y que en la mayoría de los casos ha determinado los intereses del individuo desde que estaba en el colegio, una edad en la que no comprendía las nefastas consecuencias de esta absurda división (ver mi artículo de diciembre del 2012, El retorno del hombre universal).

Sabemos que el aprendizaje continuo estimula la inteligencia y la creatividad, y que apenas usamos un porcentaje muy reducido de nuestra capacidad cerebral en nuestras actividades diarias. Tenemos un gran potencial cognitivo que desaprovechamos impunemente. También sabemos que no necesitamos trabajar tanto para mantener el sistema funcionando. Si hemos aceptado horarios abusivos es porque nos han hecho creer que el mercado necesita crecer ilimitadamente para mantenerse. Los horarios laborales actuales sólo se justifican para alimentar una avaricia insaciable. El sistema nos ha convertido en esclavos del trabajo comprando nuestra sumisión con un sueldo. Hemos olvidado que el trabajo no debe ser la finalidad de la vida; el trabajo es sólo un mal necesario para poder disfrutar de otras cosas (y no me refiero a una semana de vacaciones en el Caribe).

Tras una larga jornada laboral, la mayoría de la gente llega a casa con ganas de relajarse frente al televisor. Ya no tienen fuerzas ni ganas de estudiar o dedicar energías a la infinitud de otras cosas que la vida les ofrece y que podría hacerles más felices. Mucha gente no realiza otras actividades además de trabajar, por falta de tiempo, no por falta de interés. En el mejor de los casos, buscan huecos para ir al gimnasio a la hora del almuerzo o estudiar idiomas, o siguen clases a distancia por Internet, restando horas al sueño nocturno.

El statu quo ha establecido que debemos estudiar algunos años tras terminar el colegio para luego encontrar un empleo y dedicar el resto de la vida trabajando, y si acaso llegamos a la edad de jubilación, podremos disfrutar nuestros últimos años paseando en el parque. En el ínterin también debemos buscar pareja, reproducirnos, comprar casa y automóvil. Claro que para mantener todo esto debemos trabajar todo el día. Se nos ha hecho creer que seguir estudiando cuando ya hemos empezado a trabajar es un capricho, un lujo innecesario, y en consecuencia el sistema nos castiga con la precariedad laboral en vez de ofrecer facilidades para continuar nuestra formación. Es cierto que existen becas para aquellos que quieren seguir estudiando, pero esto implica dejar de trabajar. En mi propuesta se puede trabajar 7 horas diarias sin dejar de estudiar. Ambas cosas no son incompatibles ni excluyentes.

Sinceramente creo que toda sociedad desea que sus ciudadanos sean gente preparada, con inquietudes intelectuales y creativas. Me niego a pensar que el sistema no quiere que los trabajadores sigan formándose indefinidamente. Si el horario laboral se organizara de manera más racional, habría tiempo para trabajar con dedicación, seguir formándose —ya sea para aspirar a mejores condiciones laborales o por simple curiosidad intelectual— y disfrutar de la vida con plenitud. En suma, algo que se parece a la tan ansiada felicidad. Ya no tendríamos que escuchar los lamentos de aquellos que tras estudiar derecho sueltan un suspiro confesando que en «el mejor de los mundos posibles» hubiesen estudiado historia del arte, literatura o física. El mejor de los mundos posibles ahora es posible.


domingo, 24 de marzo de 2013

Mujeres y teléfonos

¿Por qué tantas chicas siempre tienen un teléfono móvil en la mano?
 
Seguramente algunas lectoras ya estarán afilando sus cuchillos a la espera de detectar líneas machistas o misóginas en este artículo. Es probable que las encuentren. Es muy difícil decir algo en este mundo hipersensible sin ofender a alguien. Aunque debo confesar que la moda de ofenderse ante toda postura me parece parte de la histeria que crece en las sociedades hipercomunicadas y subinformadas. En todo caso, ése no es el tema. Hoy quiero hablar de la íntima y (creo) preocupante relación que tienen muchas mujeres con sus teléfonos celulares (que en España llaman «móviles» para distinguirlos de otros objetos igualmente móviles que llaman «portátiles»).

No sé lo pasa en otras partes del mundo, pero al menos en las calles de Madrid, en los autobuses y en especial en el metro, resulta difícil no ver una chica sosteniendo un teléfono en la mano. Independientemente de las razones que puedan explicar esta conducta, lo más preocupante son las consecuencias que dicha práctica conlleva. Me refiero al contacto visual y a la saludable seducción natural que existe entre extraños en el transporte público. La cultura de la conexión virtual permanente está afectando severamente el contacto en el mundo real.

El metro es un espacio público donde se encuentran fugazmente miles de personas, miles de caras desconocidas que probablemente nunca más volverán a coincidir. Sin duda, existe cierta curiosidad cuando observamos a alguien que se cruza en nuestro camino por simple azar, gente que tenemos que tolerar, ignorar o admirar. A veces sucede que alguien capta nuestra atención, ya sea por su belleza, gestos o vestimenta. Entonces esta persona se convierte en un punto donde descansar la mirada (nuestros ojos siempre están buscando cosas que valga la pena mirar). Entre las cosas que vale la pena mirar indudablemente la belleza ocupa un lugar privilegiado. Siempre estamos pendientes de contemplar algo bello.

Las mujeres bellas saben esto muy bien, y por eso deben aprender tácticas urbanas para evitar las molestias de ser observadas por miles de ojos desconocidos, que casi siempre las mirarán con deseo y expectación. Claro que existen distintos niveles de observación. Creo que lo que se llama un «mirón» es el observador impertinente que invade la privacidad ajena y acosa a alguien con su mirada, convirtiendo a ésta en una víctima. A nadie le gusta este tipo de observador. Yo me refiero al observador que al mirar contempla a alguien con un gesto de admiración; es una contemplación que se convierte en un halago. Claro que aquí también existe flirteo y seducción, pero esto también forma parte de las cosas que colorean los momentos grises de la vida.

Antes de la era del teléfono celular, la gente que viajaba sola en el transporte público generalmente iba armada con un libro o un aparato para escuchar música. Estos artilugios —que sirven para llenar el tiempo, espantar el aburrimiento, la soledad o el pensamiento― a la vez sirven como escudos psicológicos para evitar el contacto con los otros, los desconocidos con los que forzosamente debemos compartir la incomodidad de un espacio común. Por su parte, los libros demandan atención y abstracción, aunque también ofrecen información a los demás sobre los gustos del lector. La música al menos nos permite dejar que la mirada se pasee libremente para contemplar el entorno. Pero de todos los anteriores, los nuevos teléfonos son los más nefastos y perversos, pues ofrecen tantas distracciones al viajero que le resulta difícil no rendirse a sus pequeños placeres.

¿Y qué hacen las chicas con sus teléfonos móviles? La pregunta parece una obviedad. En realidad muy pocas están hablando. Creo que la mayoría está escribiendo mensajes por SMS o por el chat de moda llamado WhatsApp (monstruosa combinación de la expresión coloquial inglesa what’s up? y application). Otras están revisando el incontenible torrente de publicaciones en Facebook o jugando solitario u otros juegos. En fin, sea lo que sea que estén haciendo, usan el teléfono como una barrera psicológica para aislarse del entorno y evitar las miradas de los demás. Claro, uno podría decir ¿y qué? Tienen derecho a hacerlo si se sienten más cómodas así. Es verdad. Pero en el fondo no deja de haber cierta tristeza en todo el asunto, como si el mundo se hubiese convertido en un lugar menos alegre donde vivir.

Algunas lectoras dirán «¿qué pasa, acaso los hombres no hacen lo mismo?» Es verdad que muchos hombres también deambulan con un teléfono en la mano. Pero debo admitir que lo que hacen los hombres me interesa menos, y por eso me fijo menos en su conducta. En todo caso, creo que hay más mujeres con teléfonos en la mano que hombres. Desde tiempos prehistóricos se sabe que las mujeres hablan más que los hombres porque sus necesidades de comunicación son mayores. Esto podría sugerir también que las mujeres toleran menos la soledad o el aburrimiento, y se aferran a sus teléfonos móviles para espantarlos.

Nos guste o no, vivimos en la era de la comunicación interrumpida, la disponibilidad constante, la incontinencia comunicativa. Es cada vez más difícil estar solos. La costumbre de estar siempre conectados nos ha hecho temer la soledad. Nos aterra estar incomunicados, no ser localizados. La paradoja de la hipercomunicación virtual es el abandono del contacto real; es el ignorar al otro, al cuerpo que está al alcance de la mano, una mano que está replegada acariciando una pequeña pantalla.

domingo, 17 de marzo de 2013

Al otro lado del espejo


La conspiración de los zurdos para conquistar el mundo
 
Siempre he pensado que los zurdos viven al otro lado del espejo, en un siniestro (nunca mejor dicho) mundo paralelo. Se han adaptado de mala gana a vivir en un mundo hecho a medida de los diestros. Pero secretamente y en silencio preparan una gran conspiración —similar a la de los ciegos que tan bien describió Ernesto Sábato en su famoso Informe sobre ciegos— para que el mundo real algún día sea «oficialmente» zurdo.

La imagen que vemos reflejada cuando nos miramos en el espejo es inevitablemente engañosa. Nos vemos «invertidos»; nuestro lado derecho es ahora el izquierdo (y viceversa). Por eso sentimos cierta extrañeza cuando vemos nuestras fotografías; sentimos que algo no está bien. Sin embargo, esa es la forma en que los demás nos ven en el mundo. Lo que no está «bien» es el contraste entre nuestra verdadera imagen y la imagen cotidiana que vemos en el espejo. La fuerza de la costumbre hace que olvidemos el engaño del espejo, y por razones puramente prácticas terminamos creyendo que la imagen reflejada es la imagen que tenemos en el mundo exterior.

Los zurdos tienen buenas razones para rebelarse. Han sido obligados a adaptarse a un mundo diestro, poblado de objetos diseñados para usarse con la mano derecha, como por ejemplo, los pupitres de la escuela. Casi todos se fabrican asumiendo que los alumnos son diestros. Lo mismo sucede con los instrumentos musicales, como las guitarras, y otros objetos que requieren mayor destreza en la mano derecha. Antiguamente al alumno zurdo se le obligaba a aprender a usar la mano derecha, reprimiendo con ello su inclinación natural. Desde hace siglos el lado izquierdo se ha asociado moralmente con lo incorrecto, lo indebido. No es casualidad que la palabra «siniestra» también significa «izquierda». El mal está conceptualmente relacionado con el lado izquierdo. En inglés es aún más obvio: “right” es no sólo el lado derecho, sino aquello que es correcto, acertado o apropiado.

¡Tengan cuidado al saludar a los zurdos con la mano! La costumbre de dar la mano al saludar proviene de tiempos medievales. En esa época los hombres acostumbraban llevar una espada que, si eran diestros, también usaban con la mano derecha. La idea de dar la mano al saludarse es una forma de demostrar al otro que uno no va armado, o al menos que no lleva un arma en la mano, lo que debería sugerir intenciones amistosas. Claro que cuando un zurdo ofrece su mano derecha no está ofreciendo la mano con la que maneja el arma, por lo tanto sigue siendo potencialmente peligroso. Entonces se produce una situación curiosa: si el zurdo da la mano derecha no es de fiar, pero si ofrece su mano izquierda ―que correspondería a su mano hábil y potencialmente peligrosa― tampoco servirá porque no podremos corresponderle con nuestra mano derecha. En conclusión: no podemos fiarnos de un zurdo cuando lo saludamos con la mano.

En fin, a los zurdos se les ha obligado a cruzar el espejo constantemente, como si se hubieran equivocado de lado, sometiéndose al mundo «derechista». Los zurdos deberían rebelarse contra esta imposición y hacer las cosas como realmente se hacen en su propio mundo. Cuando escriben a mano tienen que forzar la postura del brazo para poder leer lo que escriben, cuando en realidad lo que deberían hacer es escribir de derecha a izquierda. De este modo podrían escribir cómodamente y ver lo que están escribiendo. Es sumamente raro que hasta ahora a ningún escritor zurdo no se le haya ocurrido inventar la escritura inversa. Además, los zurdos deberían organizar una manifestación callejera para conseguir el derecho a «levantarse con el pie izquierdo» sin que esto se asocie supersticiosamente a la mala suerte.

Hace algunos años tuve cierta fijación con los zurdos (aunque nada que requiriese terapia). Entonces sospechaba que los zurdos se distinguían porque usaban el reloj en el brazo derecho. Pensé que lo hacían porque dado que vivían al otro lado del espejo, cuando se miraban en su espejo veían su reloj en su brazo izquierdo, como hacemos nosotros, los diestros. Esta creencia me llevo a situaciones embarazosas, como abordar desconocidos en la calle y en los autobuses que usaban el reloj en la muñeca derecha para interrogarlos acerca de su enmascarada zurdera y su siniestro plan para conquistar el mundo. Ante mi insistencia la mayoría terminaba confesando, pero algunos simplemente huían espantados. Aunque un día alguien me dijo que probablemente usaban el reloj en la muñeca derecha, no por vivir en un mundo paralelo, sino porque al ser zurdos les era más fácil abrocharse el reloj con la mano izquierda que con la derecha. Aunque el argumento no era concluyente, debí admitir que era suficiente para explicar el fenómeno descrito.

Se calcula que el 10% de la población mundial es zurda, lo que quiere decir que el mundo es oficialmente diestro simplemente por ser mayoría. Según esta realidad, debido a su inferioridad numérica, es poco probable que los zurdos algún día logren que el mundo viva en su lado del espejo. Obviamente si le preguntan a un zurdo sobre esta conspiración mundial se reirán y lo negarán tajantemente, así que no intenten recopilar información directamente de los afectados. La mejor manera de descubrir sus intenciones es mediante la simple observación. En todo caso, de todos los mundos paralelos posibles, el mundo de los zurdos debe ser el más próximo y parecido al mundo real. Y no hay que olvidar que en el mundo real todos somos zurdos frente al espejo.


lunes, 11 de marzo de 2013

Seamos naturales, seamos mediocres


La insatisfacción existencial y el supuesto sentido de la vida
 
Lo sabemos: la vida no tiene sentido, a menos que queramos inventarlo. Quien haya logrado satisfacer sus necesidades vitales y luego haya tenido tiempo para pensar, seguro que se ha dado cuenta. Claro que la mayoría fingirá no saberlo (no nos gustan las malas noticias) y seguirá con su vida como si tuviese alguna trascendencia, como si perteneciera a alguna gran misión universal. La vanidad humana no tiene límites. Aunque ya traté este tema en el ensayo ¿Realmente es necesario que la vida tenga sentido? (julio del 2012) creo que todavía tengo algunas cosas más que decir al respecto.

La futilidad de la vida aparece constantemente tras cada pequeña victoria, cada pequeña alegría, como un gran bostezo, dibujando grietas en los cimientos más sólidos. Tras grandes esfuerzos alcanzamos nuestras metas y luego nos preguntamos ¿y ahora qué? No queda otra opción que inventar otra meta para crear un nuevo sentido, nuevas razones para añadir más capítulos a la errática historia de la vida. Estamos en una carrera sin fin por superarnos, por ser mejores, lo que en muchos casos significa acumular dinero, conocimiento, experiencia, afecto, etc. (en la definición de «mejores» el carácter cualitativo se confunde cada vez más con lo cuantitativo). Toda postura edificante y optimista parece contener cierta ingenuidad y autoengaño metafísico.  

Las grandes religiones y sistemas morales no son más que sofisticadas interpretaciones de la realidad. Pero cuando se estudian en detalle casi da lo mismo elegir una que otra. ¿Qué conviene hacer? ¿Ser un hedonista desenfrenado, retirarse a una cueva para seguir una vida de contemplación ascética, ser un egoísta desalmado, o dedicarse a ayudar a los demás? Todas las opciones pueden ser atractivas. ¿Ser tolerante y moderado o ser un fanático intransigente? A pesar de esto hay gente que decide morir por defender una creencia religiosa o moral. La gente que mata o muere por una idea ha dejado claro que ha decidido creer que existe sentido en la vida, un sentido tan fuerte que vale la pena matar o morir por ella. A lo sumo podríamos admirar su indoblegable obstinación.

El bien que tanto deseamos y desde donde construimos todas nuestras creencias morales es también el producto de un relato histórico y contingente. Lo que consideramos el bien es una convención adaptada al espíritu de los tiempos, al igual que el dios actualmente vigente. Dios es un concepto cómodo porque tranquiliza y nos permite dejar de hacer impertinentes preguntas filosóficas. Dios comienza donde termina la honestidad filosófica. Ya que su existencia es incontrastable y pertenece a aquello que llamamos «fe», su realidad escapa a la comprobación empírica. En el fondo, por afirmación o negación, todos somos creyentes. Los creyentes creen que Dios existe; mientras los ateos creemos que no existe. Pero debemos creer en el bien y en algún dios, ya que sin ellos caemos en el escepticismo extremo. Necesitamos un punto de partida inamovible que permita, a partir de ahí, construir algún sentido.

La tarea de encontrarle sentido a la vida siempre fracasará por el simple hecho de que la vida es algo que se nos da sin elección, es un hecho que tardíamente podemos cuestionar pero no podemos negar como realidad fácticamente, puesto que estamos aquí. Todo intento por justificar la vida es siempre insuficiente porque la vida existe antes que cualquier posibilidad de justificación. Incluso el suicidio es una negación tardía de la vida. El suicidio supone, de manera tal vez indirecta, que la vida debió haber sido otra cosa; supone un ideal que permanece latente y sin esclarecer. Pero, ¿de dónde hemos sacado este ideal de vida plena y con significado?

Como ya expliqué en el ensayo mencionado anteriormente, la naturaleza favorece la mediocridad, entendida ésta como una conducta que busca el mínimo gasto energético para obtener un resultado apenas suficiente para satisfacer sus necesidades elementales. Son los individuos normales y mediocres los que prosperan en el mundo natural, a pesar de la competencia de la selección natural. Si bien la selección natural favorece a los mejores entre los casos normales, se ocupa más en castigar la debilidad extrema que en premiar la excelencia. La ley natural es simple e implacable: lo débil debe morir. Pero un animal normal que ha alcanzado un buen equilibro energético entre sus gastos y beneficios es un animal con grandes probabilidades de prosperar.

En nuestra especie, la selección natural se ha visto anulada por la selección cultural, donde también existe una constante competividad por recursos, energía, poder, sexo y todo aquello que consideramos nos hará sentirnos realizados. Esto nos ha llevado a una lucha sin cuartel, olvidando con ello nuestro estado de mediocridad natural. Hemos decidido que el sentido de la vida debe estar en la acumulación, en el exceso (un criterio cuantitativo), aunque en realidad no sepamos para qué acumulamos cosas. Hemos hecho de la conducta capitalista el sentido de la existencia. Si decidimos que la acumulación es el sentido de la vida, entonces su consecución debería ser suficiente para conducirnos a la tranquilidad existencial.

Pero para muchos esto no basta. Aquellas personas que por sus inclinaciones culturales y artísticas han dedicado sus vidas a la creación, el estudio o la investigación son más propensas a ser asaltadas por el mal de la insatisfacción existencial. Quizás es porque han crecido con la idea de que la vida debe tener sentido y para que dicho sentido se alcance deben hacer algo importante con sus vidas (además de acumular cosas). Esto supone un tormento perpetuo. No basta con conseguir un empleo, ir al centro comercial los viernes e irse a la playa durante unos días en verano. La vida es siempre algo demasiado grande para abarcar, un monstruo insaciable, un pozo sin fondo.

En contraste, ¿cómo vivir una vida intrascendente, anodina y sin creatividad alguna? ¿Cómo se pueden acumular años de vida sin más sentido que la reproducción, la acumulación material, el placer inmediato y la estabilidad social? La mayoría de la gente vive vidas así, y sin embargo, tras una breve meditación, llegamos a la sorprendente conclusión de que la vida en realidad era todo eso; descubrimos que los sueños de grandeza, de heroicas revoluciones y momentos históricos, son en realidad accidentes, pequeñas irregularidades en la aplastante mediocridad de la vida.



sábado, 9 de marzo de 2013

Homo sapiens: una especie demasiado cara para el planeta


¿Qué aporta el ser humano al ecosistema, además de su destrucción?
 
La pregunta no refleja un simple romanticismo ecológico, sino más bien intenta indagar cuál es la función del ser humano en el ecosistema. Todo ser vivo, animal o vegetal, cumple una función; cada especie, directa o indirectamente, es útil a las demás especies, ya sea como alimento, depredador —que favorece el control de las poblaciones― o vehículo de reproducción. Las distintas especies interactúan entre sí alcanzando un equilibrio biológico que favorece la estabilidad y salud de las poblaciones mediante el implacable mecanismo de la selección natural.

Pero si estudiamos el gasto energético que consume el ser humano y la relación entre lo que toma y lo que aporta a su ecosistema, vemos que la mayor parte de su actividad es predatoria. Asume que el resto del mundo natural está para servirle. Da por sentado que los demás seres vivos existen como medio para su propia subsistencia. Incluso ha aprendido a criar animales sólo para alimentarse de ellos. El hombre es un animal que requiere un gasto desproporcionado de recursos para satisfacer su estilo de vida actual, pero que retribuye muy poco a la naturaleza y los demás animales. Ni siquiera es un tema de justicia natural, es un asunto de equilibrio biológico. Como ser vivo es una especie muy cara para el resto del planeta.

El ser humano considera como «equilibrio natural» el momento en que sus propias necesidades están plenamente satisfechas, sin tomar en cuenta en esa ecuación las necesidades de los demás seres vivos. El Homo sapiens es como un antiguo imperio colonial que devasta un nuevo territorio hasta agotar todos sus recursos, y cuando se da cuenta que esos recursos son limitados y los necesita, recién se preocupa por hacerlos sostenibles. Pero esta preocupación no es desinteresada ni altruista, es puro egoísmo disfrazado de bondad ecológica.

Todos los animales juegan un rol en la cadena vital. Las vacas y ovejas, por ejemplo, cuando se alimentan ayudan a mantener la hierba corta y al mismo tiempo ayudan a fertilizar la tierra con sus excrementos; los grandes felinos cazan las presas más débiles, enfermas o viejas contribuyendo con esto al trabajo de la selección natural. Las abejas fertilizan a las flores en su constante búsqueda de polen; los animales que mueren en la sabana africana sirven de alimento a los carroñeros, desde los más grandes, hasta los insectos más pequeños. Existe una gran cadena de regeneración vital. Pero el hombre participa muy poco en esta cadena, creando un mecanismo de constante depredación sin retribución suficiente como para considerarlo parte de esta gran cadena natural.

Sin caer en el sentimentalismo verde, es un hecho innegable que el hombre ha causado la extinción de cientos de especies, y actualmente sigue amenazando la existencia de miles de animales que cada vez tienen menos espacio donde vivir o que sus medios de subsistencia se han visto afectados por la demanda cada vez mayor del hombre por energía, recursos y territorio. Sin duda, todo el ecosistema estaría mejor sin la presencia del ser humano. El hombre, atrapado en su inevitable antropocentrismo, parece tener una predisposición egoísta que le impide darse cuenta que como animal social también tiene una función en la naturaleza, y que su presencia no sólo no debería perjudicar a los demás animales, sino que también debería serles útil.

Pero ni siquiera cuando muere favorece a los demás seres vivos; tiene la extraña costumbre de desperdiciar el cadáver protegiéndolo de los carroñeros. Lo más natural sería dejar que el cadáver sirva de alimento a otros animales (ver mi artículo de enero del 2011 Comer y ser comido: el reciclaje del cuerpo) o enterrarlo directamente en la tierra para que sirva como fertilizante. La incineración es ciertamente más higiénica, pero es una práctica muy egoísta desde el punto de vista natural, pues ni siquiera los gusanos llegan a aprovechar el cadáver.

Es asombrosa la cantidad de energía y recursos que requiere una sola persona de un país desarrollado para satisfacer sus necesidades cotidianas, mientras que al mismo tiempo genera una gran cantidad de desperdicios. Lo peor es que hemos llegado a pensar que tenemos derecho a tal gasto; pensamos que la vida debe ser así y que ese derroche en energía y recursos es el precio que la naturaleza debe pagar para satisfacer nuestra comodidad diaria. La contribución que hacemos en nuestro trabajo diario para mantener la producción del mercado y la economía es mínima en relación a la contribución como especie en un ecosistema natural. Quizá esto se deba a que ya no vivimos en un entorno natural, sino que hemos creado una realidad artificial que requiere de recursos naturales para su sostenibilidad, pero que luego le da la espalda a todo ese mundo natural.

Lamentablemente hemos hecho a todo el mundo creer que vivir con más comodidades materiales significa mejorar nuestra calidad de vida. Hubiese sido mucho mejor y menos dañino establecer el nivel de vida, no sólo desde el punto de vista material, sino desde el punto de vista cultural ―despreciamos los beneficios de una buena lectura, mientras alabamos los beneficios de un nuevo modelo de teléfono celular. El arquetipo de habitante derrochador es indudablemente el ciudadano estadounidense (seguido por el europeo), que desgraciadamente para el planeta ha asociado el american dream con su capacidad para el derroche y la opulencia. Lo peor es que ahora millones de chinos e indios también quieren alcanzar ese nivel de vida porque creen —equivocadamente— que ser capaces de tal derroche e irresponsabilidad ecológica significa hacerse ricos. Es momento de cambiar esta nefasta idea antes de que sea demasiado tarde para la sostenibilidad del planeta.

Si como realidad biológica el ser humano sólo necesita comer, reproducirse y expandirse hasta garantizar su viabilidad como especie, todo el gasto en recursos que hace a partir de este punto es biológicamente innecesario. Claro que no podemos volver a los tiempos de las cavernas, en que nuestro impacto ambiental era mínimo, pero sí podemos reexaminar nuestro rol en el ecosistema y pensar en formas de satisfacer nuestras necesidades —primero reconsiderando cuáles son nuestras verdaderas necesidades— sin causar tanto daño a los demás seres vivos del planeta. Para todo esto antes hay que abandonar esa cómoda y egoísta creencia que sostiene que todo el mundo natural y los demás animales están ahí para servirnos.

domingo, 3 de marzo de 2013

Turismo de masas: viajo, luego existo


Si queremos conservar los monumentos turísticos y ayudar al planeta, viajar tendrá que volver a ser un privilegio de los ricos

Pocos pueden decir que no han sido turistas en algún momento de su vida. Admitámoslo: todos somos turistas. En general ser turista está asociado a un ambivalente sentimiento de orgullo y cierto pudor. Nos gusta decir que hemos visitado países lejanos y destinos exóticos, pero al mismo tiempo nos avergüenza ser un turista más entre los millones que arrastran sus maletas penosamente por todos los rincones del planeta. Pero ya que ahora también somos todos muy ecológicos, además de social y culturalmente sensibles, quizá ha llegado el momento de determinar —por el bien del planeta y la economía mundial— quiénes realmente deben tener derecho a viajar.

Aunque es verdad que el turismo es un negocio rentable y genera mucho empleo, también es cierto que cuando se vuelve masivo pone en peligro la conservación de los lugares que busca explotar. Para evitar la destrucción de los destinos turísticos más populares será necesario reducir la cantidad de visitantes que recibe. Del mismo modo en que se ponen límites a la cantidad de pescado que se puede pescar de determinada especie para garantizar la sostenibilidad del recurso, se tiene que limitar la cantidad de turistas con el fin de preservar la existencia de lo que se pretende mostrar. Para esto no queda otra opción que establecer un criterio discriminatorio para determinar quiénes pueden visitar esos lugares.

El primer problema que genera el desplazamiento masivo de personas a un mismo lugar es ambiental y energético. El turismo de masas produce una gran cantidad de basura, promueve el tráfico aéreo, que aumenta el monóxido de carbono, empeorando con ello el efecto invernadero que ocasiona el calentamiento global; asimismo supone un gran desperdicio de recursos y energía, como agua y electricidad, afectando con ello el suministro de la población local. Además, con el tiempo la presencia constante de una gran cantidad de gente lentamente deteriora el lugar que se está visitando. El segundo problema principal es económico: una gran proporción del turismo de masas es low-cost, esto significa que muchos turistas invierten poco dinero en los países que visitan, limitándose al gasto mínimo; con ello los daños no son compensados por el beneficio económico. Claro que en este caso la culpa también es de las agencias de viajes que ofrecen paquetes turísticos de bajo coste con todo incluido, de modo que el turista con pocos recursos tiene la cómoda sensación de haber pagado todo de antemano antes de subirse al avión.

Todos (lamentablemente) conocemos a alguien que ha viajado al Caribe a una isla pobre para dedicarse al llamado «turismo de sol y playa» que, como su nombre indica, básicamente implica quedarse varios días en un hotel en la playa bebiendo todas las piñas coladas posibles desperdiciando el día tirado sobre la arena. He conocido personas que tras viajar a la Republica Dominicana o a Cuba les he preguntado sobre sus experiencias culturales en dichos lugares, es decir, su impresión sobre las ciudades y la mentalidad o costumbres de la población nativa. Muchos responden encogiéndose de hombros confesando que pasaron la mayor parte del tiempo en el hotel emborrachándose, comiendo y tostándose al sol. Muchos viajeros muestran poco o ningún interés en conocer la cultura local. Simplemente cruzan el Atlántico para estar encerrado en un hotel durante cuatro o cinco días. Gran parte de estos paquetes low-cost incluyen todas las bebidas y comidas del hotel, así que los viajeros beben y comen todo lo que pueden, mostrando una conducta típica de mentalidad de pobre, que tiende a aprovechar al máximo cualquier cosa con «tarifa plana» pensando que con ello han sacado el máximo beneficio a su dinero. Este tipo de turismo y turista debe desaparecer.

Numerosos lugares turísticos, como Venecia, actualmente sufren serios problemas por la constante invasión de hordas de turistas que llenan sus plazas, ensucian sus calles y contaminan el ambiente. Esto también ahuyenta a la población local, espantada por los precios abusivos (para turistas) y hartos de la invasión de curiosos que convierten la ciudad en una especie de Disneyland renacentista, donde todo parece estar hecho para entretener a los visitantes. Venecia entonces se convierte en un gran museo (y en un parque de atracciones, empezando por el falso gondolero cantando fígaro, fígaro…). Como tampoco es posible renunciar al turismo, ya que la ciudad básicamente vive de esta actividad, lo único posible es seleccionar el tipo de turismo que la ciudad necesita. Si se eliminaran las tarifas low-cost, sólo los turistas más pudientes visitarían el lugar. Estos son los turistas que están dispuestos a gastar dinero en la ciudad —porque pueden— impulsando la economía local y dejando riqueza entre la población. Lo mismo se podría hacer en todos los demás grandes centros turísticos actualmente sitiados por hordas de turistas.

El primer criterio discriminador entonces será, como suele suceder, económico. Un monumento turístico podría recibir la mitad de los visitantes que actualmente recibe subiendo los precios. Esto permitiría seleccionar a los turistas que realmente pueden gastar dinero en el lugar. Con esto se reducen los daños que el turismo masivo ocasiona sin afectar la economía del lugar. La mitad de gente y la mitad de daños con los mismos beneficios económicos. Parece una solución muy razonable.

Es probable que algunos protesten por considerar esta medida discriminatoria. Obviamente lo es; cuando no hay sitio para todos es necesario discriminar. También podríamos considerar la medida injusta contra aquellos turistas pobres pero cultos (que pertenecen a lo que afectuosamente llamo la «plebe ilustrada») que poseen un auténtico interés por conocer los restos materiales del pasado humano. Además, estas personas suelen ser respetuosas con los lugares que visitan justamente porque los aprecian, a diferencia del turista frívolo que hace una visita rápida y superficial cuyo objetivo principal es tomarse fotografías para luego lucirse en Facebook (con imágenes de mal gusto del tipo “I was here”). ¿Qué hacemos entonces con la plebe ilustrada que también quiere y merece viajar? Creo que habría que establecer un segundo criterio, que sería cultural. Las personas que por su cultura e interés realmente son capaces de apreciar los lugares que quieren visitar deben poder hacerlo. A estas personas se les cobrarían tarifas reducidas, a diferencia de los viajeros más pudientes que pagarán tarifas completas.

Ahora bien, uno podría preguntar ¿y cómo reconocer a esa plebe ilustrada que también quiere viajar? Sencillo: con un examen. Así como en muchos casos se exigen visas para viajar a ciertos destinos, también se exigirá superar un examen de conocimientos sobre el lugar a visitar. Como ya sabemos que esto sería desastroso si se aplicase a todos por igual, se tendría que aplicar sólo a aquellos turistas que careciendo de recursos económicos para pagar la tarifa real todavía quieren viajar. Es decir, los viajeros ricos estarían exonerados porque se supone que contribuirán con su dinero, mientras los turistas pobres tendrían que superar un examen para compensar su falta de contribución económica. Creo que es justo. Es verdad que muchos de los turistas ricos también pueden ser incultos y poco respetuosos en sus visitas, pero esto es parte del riesgo; al menos su dinero habrá servido indirectamente para poder rechazar hordas de turistas igualmente nefastos.

En realidad viajar por puro placer es algo que sólo debe realizarse si se tienen las condiciones económicas para hacerlo sin sufrir penurias o sin endeudarse durante un año después del viaje. Si uno no puede pagar un viaje sin hacer sacrificios o recortes después, significa que en verdad ese viaje está fuera de su realidad económica. No tiene sentido irse de crucero por el Mediterráneo si luego en el barco uno va a gastar lo mínimo, o pasar penurias para pagar el viaje, que en realidad era sólo el simulacro de un estilo de vida que uno no tiene. Los cruceros de lujo son para las personas que realmente pueden pagarlo. Para el resto existen infinitos lugares y actividades que pueden realizar para divertirse sin endeudarse ni sentirse comparativamente pobres.

Si les sirve de consuelo, aquellas personas que no tienen recursos para viajar en condiciones al menos ahora tienen la posibilidad de conocer lugares lejanos a través de la televisión e Internet. Aunque esto ya suena a poco, debemos tomar en cuenta que hace un siglo atrás esto era impensable. Muy poca gente podía viajar y la mayoría sólo viajaba a un par de ciudades dentro del mismo país, casi siempre por razones laborales o familiares, pero no por placer, pues el turismo como actividad recreativa aún no existía. El carácter nómada del hombre se perdió para siempre cuando inventó la agricultura, las ciudades y el consecuente sedentarismo.

Finalmente, mucha gente justifica sus ganas de viajar argumentando que quieren conocer otras culturas y enriquecerse con nuevas experiencias. Todo esto suena muy bien, pero hay que decir que una cultura extranjera no se conoce en una visita de una semana haciendo excursiones programadas y tomando cientos de fotografías digitales (que además muchas veces terminan desapareciendo en la infinitud del ciberespacio). Una cultura foránea se conoce viviendo en el lugar como residente ―y no como turista― durante al menos seis meses. Entonces recién uno puede realmente conocer la mentalidad y el modo de vida de un país. Esto obviamente no se logra en un viaje relámpago que sólo ofrece una visión superficial y estereotipada del lugar a visitar.

Por último, cada uno tendrá que determinar el valor que le dará al cuidado del medio ambiente y la economía de los lugares que quiere conocer. Según su propia situación económica, cada cual tendrá que evaluar qué es más importante: su propia satisfacción personal de haber viajado y poder decir después “I was there”, o la satisfacción de saber que al quedarse en casa está causando menos contaminación y está ayudando —aunque sea de manera muy indirecta— a prevenir la destrucción de los lugares que tanto desea conocer.