Seguramente algunas lectoras ya estarán afilando sus cuchillos a la espera de detectar líneas machistas o misóginas en este artículo. Es probable que las encuentren. Es muy difícil decir algo en este mundo hipersensible sin ofender a alguien. Aunque debo confesar que la moda de ofenderse ante toda postura me parece parte de la histeria que crece en las sociedades hipercomunicadas y subinformadas. En todo caso, ése no es el tema. Hoy quiero hablar de la íntima y (creo) preocupante relación que tienen muchas mujeres con sus teléfonos celulares (que en España llaman «móviles» para distinguirlos de otros objetos igualmente móviles que llaman «portátiles»).
No sé lo pasa en otras
partes del mundo, pero al menos en las calles de Madrid, en los autobuses y en
especial en el metro, resulta difícil no ver una chica sosteniendo un teléfono
en la mano. Independientemente de las razones que puedan explicar esta
conducta, lo más preocupante son las consecuencias que dicha práctica conlleva.
Me refiero al contacto visual y a la saludable seducción natural que existe
entre extraños en el transporte público. La cultura de la conexión virtual
permanente está afectando severamente el contacto en el mundo real.
El metro es un espacio
público donde se encuentran fugazmente miles de personas, miles de caras
desconocidas que probablemente nunca más volverán a coincidir. Sin duda, existe
cierta curiosidad cuando observamos a alguien que se cruza en nuestro camino
por simple azar, gente que tenemos que tolerar, ignorar o admirar. A veces
sucede que alguien capta nuestra atención, ya sea por su belleza, gestos o
vestimenta. Entonces esta persona se convierte en un punto donde descansar la
mirada (nuestros ojos siempre están buscando cosas que valga la pena mirar).
Entre las cosas que vale la pena mirar indudablemente la belleza ocupa un lugar
privilegiado. Siempre estamos pendientes de contemplar algo bello.
Las mujeres bellas saben
esto muy bien, y por eso deben aprender tácticas urbanas para evitar las
molestias de ser observadas por miles de ojos desconocidos, que casi siempre
las mirarán con deseo y expectación. Claro que existen distintos niveles de
observación. Creo que lo que se llama un «mirón» es el observador impertinente
que invade la privacidad ajena y acosa a alguien con su mirada, convirtiendo a
ésta en una víctima. A nadie le gusta este tipo de observador. Yo me refiero al
observador que al mirar contempla a alguien con un gesto de admiración; es una
contemplación que se convierte en un halago. Claro que aquí también existe
flirteo y seducción, pero esto también forma parte de las cosas que colorean los
momentos grises de la vida.
Antes de la era del teléfono
celular, la gente que viajaba sola en el transporte público generalmente iba
armada con un libro o un aparato para escuchar música. Estos artilugios —que
sirven para llenar el tiempo, espantar el aburrimiento, la soledad o el
pensamiento― a la vez sirven como escudos psicológicos para evitar el contacto
con los otros, los desconocidos con los que forzosamente debemos compartir la incomodidad
de un espacio común. Por su parte, los libros demandan atención y abstracción,
aunque también ofrecen información a los demás sobre los gustos del lector. La
música al menos nos permite dejar que la mirada se pasee libremente para
contemplar el entorno. Pero de todos los anteriores, los nuevos teléfonos son
los más nefastos y perversos, pues ofrecen tantas distracciones al viajero que
le resulta difícil no rendirse a sus pequeños placeres.
¿Y qué hacen las chicas
con sus teléfonos móviles? La pregunta parece una obviedad. En realidad muy
pocas están hablando. Creo que la mayoría está escribiendo mensajes por SMS o
por el chat de moda llamado WhatsApp (monstruosa combinación de la expresión
coloquial inglesa what’s up? y application). Otras están revisando el
incontenible torrente de publicaciones en Facebook o jugando solitario u otros juegos.
En fin, sea lo que sea que estén haciendo, usan el teléfono como una barrera
psicológica para aislarse del entorno y evitar las miradas de los demás. Claro,
uno podría decir ¿y qué? Tienen derecho a hacerlo si se sienten más cómodas
así. Es verdad. Pero en el fondo no deja de haber cierta tristeza en todo el
asunto, como si el mundo se hubiese convertido en un lugar menos alegre donde
vivir.
Algunas lectoras dirán «¿qué
pasa, acaso los hombres no hacen lo mismo?» Es verdad que muchos hombres también
deambulan con un teléfono en la mano. Pero debo admitir que lo que hacen los
hombres me interesa menos, y por eso me fijo menos en su conducta. En todo caso,
creo que hay más mujeres con teléfonos en la mano que hombres. Desde tiempos
prehistóricos se sabe que las mujeres hablan más que los hombres porque sus
necesidades de comunicación son mayores. Esto podría sugerir también que las
mujeres toleran menos la soledad o el aburrimiento, y se aferran a sus
teléfonos móviles para espantarlos.
Nos guste o no, vivimos
en la era de la comunicación interrumpida, la disponibilidad constante, la
incontinencia comunicativa. Es cada vez más difícil estar solos. La costumbre
de estar siempre conectados nos ha hecho temer la soledad. Nos aterra estar
incomunicados, no ser localizados. La paradoja de la hipercomunicación virtual
es el abandono del contacto real; es el ignorar al otro, al cuerpo que está al
alcance de la mano, una mano que está replegada acariciando una pequeña
pantalla.
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