sábado, 13 de diciembre de 2014

Capitalismo, individualismo y desastre ambiental


Los hábitos de consumo capitalista y el individuo como entidad filosófica también son causas del cambio climático

El cambio climático y la salud del planeta están de moda. De pronto todos se han vuelto ecologistas y comprometidos. Es bonito reciclar y poner la basura en tachos de distintos colores. Es bonito apoyar vía Facebook los intereses de los indios amazónicos, las especies amenazadas y los artesanos minoristas. Todo eso está muy bien. Pero detrás del problema existe una realidad mucho más profunda. Un asunto relacionado con hechos históricos, sociales y económicos; y sobre todo, el problema es el producto de una forma de entender la realidad, nuestras creencias sobre la forma en que debemos vivir.

El desastre ecológico que está sufriendo el planeta es la consecuencia de varios factores, algunos de ellos naturales e inevitables. Pero al menos dos son responsabilidad humana: la mentalidad capitalista y el imparable crecimiento demográfico. Ambos factores van de la mano: a más gente, más consumo de recursos. Existen numerosos estudios sobre el crecimiento demográfico, y todos concluyen que hay demasiada gente en el planeta. Las predicciones dicen que en el futuro la población mundial crecerá y luego se estabilizará. Ninguna predicción habla de una reducción demográfica.

Uno de los factores que miden la riqueza de un país es la cantidad de personas que habitan y trabajan en él. Esta fuerza de trabajo crea riqueza, por lo tanto es indispensable para el crecimiento económico. Lo que no se discute es la necesidad constante de crecer. ¿Por qué siempre hay que crecer y acumular más dinero, más recursos, más cosas? El crecimiento es un concepto implícito en el sistema económico porque es una parte fundamental del pensamiento capitalista. Esta imparable tendencia a crecer es uno de los factores que más daño hacen al planeta, ya que para crecer hay que consumir más recursos. Por ende, a mayor crecimiento, mayor daño ambiental.

Reciclar, usar bombillas de bajo consumo y andar en bicicleta son gestos muy simpáticos y nos hacen sentir mejor, pero a una escala global aportan muy poco a la solución del problema. Todo eso no bastará para detener el desastre. Un cambio real pasa por un compromiso y un sacrificio mucho mayores. Hay que dejar de tener hijos, no comprar automóviles, sacrificar las vacaciones en países lejanos, renunciar a disfrutar de una piscina en verano, etc. El problema es que todo eso es incompatible con la forma de vida que hemos heredado bajo la filosofía capitalista que nos dicta que siempre debemos mejorar. Bajo la óptica capitalista «mejorar» significa ganar más dinero, acumular objetos y gastar más recursos. La moda ecologista ha sido absorbida por el capitalismo como una forma más de consumo; se permite que exista porque se sabe que sus efectos son puramente superficiales.

Frente a esta realidad se suele satanizar al capitalismo, al mismo tiempo que se admiran otros sistemas más colectivos y solidarios. Pero la realidad es que muy poca gente quiere vivir en una comunidad hippie (que ciertamente es la forma de vida ecológica par excellence). El capitalismo tampoco es el malo de la película. Si ha triunfado es porque es el sistema que mejor refleja nuestra mentalidad, que aunque sea feo decirlo, es una mentalidad individualista y egoísta. Queremos más que los demás. El capitalismo también ha triunfado porque la riqueza es una forma de distinción social. Todos quieren ser más ricos que sus vecinos, porque, según el modelo estadounidense, enriquecerse es ser un winner.

Pero el capitalismo también ha creado muchas cosas buenas. En su momento de apogeo, a comienzos del siglo XX, permitió a mucha gente mejorar su calidad de vida. Creó puestos de trabajo y redujo la miseria. La idea de crecer de forma imparable tenía sentido en un mundo y en un tiempo en que había mucho espacio donde crecer, y había sitio para mucha más gente. La expansión capitalista estaba plenamente justificada hace 100 años atrás. Pero el imperativo de crecer debe tener un límite cuando el espacio para hacerlo es cada vez más reducido. Entonces la tendencia a crecer ilimitadamente se vuelve un mal, una fuerza negativa que conduce a un empeoramiento de las condiciones de vida; algo que está ocurriendo hoy en todo el planeta.

Lo que no tiene límites es la avaricia humana. ¿Quién no desea ser más rico? ¿Cuántas personas renuncian a comprar un auto nuevo u otro departamento si tienen la posibilidad de hacerlo? ¿Cuántos empresarios se negarán a hacer crecer su negocio para así no consumir más recursos naturales? Lamentablemente estas personas son las que de verdad hacen la diferencia. Es muy fácil ser ecologista si no tienes dinero para viajar en primera clase o comprar un automóvil de lujo. El ecologismo es muy conveniente para las personas de pocos recursos, que suelen ser ecologistas en sus hábitos (incluso sin ser conscientes de ello).

En un tiempo sin guerras mundiales ni pandemias; una época donde la ciencia médica minimiza la tasa de mortalidad infantil y extiende la esperanza de vida cada vez más, la población crece imparablemente. Claro que a nadie le gusta morir. Pero el bien individual se hace a expensas del bien colectivo, y esto es una parte fundamental del problema. Los recursos del planeta no están pensados para tanta gente. Las personas que tienen hijos están contribuyendo —involuntariamente— con su grano de arena al infierno demográfico. Claro que los Estados promueven que la gente se reproduzca porque ante una población cada vez más anciana les preocupa que no haya suficientes personas trabajando para pagar las pensiones futuras. Es un círculo vicioso. Necesitamos más jóvenes para pagar las pensiones del futuro, con ello manteniendo o aumentando la población. El problema parece no tener solución.

La mentalidad individualista es algo que va de la mano con el impulso consumista del capitalismo. Cada individuo quiere enriquecerse a expensas de los demás. Pero la aparición del individuo como entidad social y filosófica es una creación histórica. El individuo moderno aparece como producto de los valores morales y sociales de la Ilustración, es el hijo de los derechos ganados tras la Revolución francesa. El individuo es ahora un agente activo, una realidad con potencial para cambiar el mundo. Antiguamente, en la sociedad grecorromana y medieval, el individuo como fenómeno social no existía. Cada persona era parte de una comunidad y era en esa comunidad donde su vida tenía valor y sentido. Por eso decía Aristóteles que el hombre era un animal político; se realizaba en su sociedad a través de sus obras y aportes a la comunidad (y por eso el exilio era un castigo terrible). Pero el individuo moderno irrumpe en la historia como un agente capaz de tomar decisiones egoístas, protegido por el poder del dinero y la ley, es capaz de afirmarse oponiéndose a su sociedad en vez de colaborar con ella.

Los intereses del individuo están protegidos y garantizados por los derechos políticos y sociales. Cada persona tiene derecho a consumir todos los recursos que su economía le permita. Aquel que tenga dinero suficiente es libre para construir una piscina en el jardín de su casa, sabiendo que el agua es, cada vez más, un recurso precioso y escaso. Cada persona puede viajar en avión a destinos lejanos cuantas veces quiera, contribuyendo con ello a la acumulación de gases que causan el efecto invernadero. El capitalismo induce a consumir y gastar dinero en todo lo que sea posible. Por eso la guerra contra el cambio climático es una guerra perdida de antemano. Es la crónica de una catástrofe anunciada. Para detener el consumo irresponsable es necesario limitar la libertad de acción individual; pero los derechos individuales son una parte sagrada del sistema democrático. Somos libres para destruir y malgastar.

Para evitar la calamidad que se avecina hace falta un cambio radical en nuestra forma de pensar y vivir. Será necesario tomar medidas drásticas, incluso antidemocráticas, donde el bien individual esté subordinado al bien colectivo. Los gobiernos tendrán que limitar el «derecho» de los ciudadanos a destruir el planeta (si bien esto ya se intenta mediante multas y otras medidas disuasorias, no es suficiente); tendrán que detener la avaricia del mercado, regulando aquellos negocios que promuevan el consumo irresponsable que agrava el problema de la contaminación ambiental. Pero al final sabemos que quienes realmente gobiernan el mundo son aquellos que controlan el mercado. Las grandes decisiones políticas y ambientales están subordinadas a intereses económicos; porque detrás de los gobiernos hay hombres corrientes. Hombres que quieren ser más ricos. ¿Para qué renunciar a placeres y bienes presentes en nombre de un futuro lejano e incierto? Total, en 50 años más ya habremos reventado. ¡Qué las generaciones futuras se encarguen del problema en su propio tiempo!
  
Si bien es cierto que poco a poco la población está adquiriendo una precaria conciencia ecológica, los hábitos que se modifican son sólo superficiales. En el fondo la gente sigue creyendo que puede vivir como siempre ha vivido y que los recursos son inagotables. Lamentablemente mucha gente sólo reflexiona sobre el problema cuando los efectos del cambio climático les afecta individualmente. Mientras tanto debemos prepararnos para enfrentar los desastres naturales que llegarán el próximo año, que según predicen los expertos, será el más caluroso de la historia.

Mi pronóstico es pesimista. Las cumbres mundiales para regular la contaminación industrial con el fin de detener o ralentizar el calentamiento global están destinadas al fracaso. Son gestos políticos y superficiales, porque en el fondo quien dicta las órdenes es el sistema capitalista, que siempre aspira a consumir y crecer. Por otro lado nuestra época es un momento fascinante para historiadores, antropólogos y filósofos. Somos testigos privilegiados de la destrucción del planeta y nuestra decadencia como especie. Lo imperdonable del caso es que sabemos las causas y lo que debemos hacer para evitar el desastre, pero somos demasiado egoístas para hacerlo.
 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Arte, incomprensión y censura


El reciente conflicto entre un artista y un grupo de animalistas renueva el debate sobre los límites del arte contemporáneo

Apu Cóndor disecado con chaleco bordado y feto de llama.

Los límites de lo que es o no es arte es un tema en constante debate. Pero si las características esenciales del arte son la libertad y la creatividad, entonces resulta contradictorio asumir que existen límites definidos de lo que puede ser considerado como arte. El reciente conflicto entre la exposición del artista Marco Carpio y un grupo de defensores de los derechos de los animales (que llamaremos animalistas, a falta de un término mejor) ha traído como consecuencia una clara proclamación de lo que no es arte. Según los animalistas del Grupo Caridad —el bando agresor— el cadáver de un animal no puede ser arte porque ello atenta contra la dignidad del animal expuesto. Aquellos que no siguieron el caso en Facebook y en los medios de comunicación necesitarán una breve explicación del caso.


La exposición de Carpio (terminó el 30 de noviembre) se titulaba Después de las alas de los pájaros, e incluyó un par de impresionantes instalaciones donde había colocado una gran cantidad de aves disecadas en un muro hecho a base de pan. Las aves fueron un préstamo de una colección científica debidamente certificada y el artista había realizado todos los trámites necesarios y tenía todos los permisos en regla. La muestra también incluyó un cóndor con las alas extendidas ataviado con un chaleco bordado y un feto de llama que daba la bienvenida al visitante. Todo se desarrollaba con normalidad y sin problemas hasta que un grupo de animalistas convocó a sus seguidores en Facebook para que llamaran al local protestando contra la exposición de los pájaros disecados, alegando que ello atentaba contra la dignidad de dichos animales. Lo que siguió fue un acoso incesante, además de insultos y amenazas contra el autor de la exposición. El ataque fue tan implacable que el local donde se realizaba la muestra (Casona de Artesanos Don Bosco, en Barranco) tuvo que cerrar la exposición temporalmente para que los trabajadores del local pudieran continuar con sus laborales cotidianas.

Lo curioso del caso es que las partes en conflicto básicamente comparten la misma filosofía e intereses. Marco Carpio es un artista que participa activamente en temas ambientales y en la conservación y protección animal. En un sentido estricto, el primer animalista es él, pues según la DRAE «animalista» se le dice al pintor que retrata animales; el uso del mismo término para describir al defensor de los derechos de los animales aún no ha sido reconocido oficialmente por el Diccionario; es un término que se ha popularizado por su uso. Así que desde el punto de visto semántico fue una guerra civil entre animalistas. La obra de Carpio es el resultado de una dramática experiencia en Madre de Dios durante los cuatro años iniciales de la expansión de la minería aurífera ilegal, en donde el artista fue un testigo directo de la degradación del hombre y la naturaleza. Entre sus múltiples lecturas la muestra de Carpio tenía como objetivo crear conciencia sobre la necesidad de proteger el hábitat de las aves expuestas; incluso algunas aves pertenecen a especies en peligro de extinción. Esto es lo absurdo y fascinante del caso. El punto en discusión es la utilización de cadáveres para transmitir el mensaje. Pero el tema de la dignidad de los cadáveres es algo irreductible a un discurso objetivo (todos o nadie puede tener razón). Creer que algo tiene dignidad o no es casi un asunto de fe, un tema personal e intransferible.

Obviamente el artista también creía que la exposición de las aves disecadas no atentaba contra su dignidad, sino todo lo contrario; según el texto de Juan Osorio que acompañaba la muestra «las aves exhalan un halo de esperanza, tanto por ellas mismas como por su mundo en agonía». Pero por más que intentó explicar su postura los ataques siguieron con cada vez mayor virulencia. Los animalistas mostraron una actitud intolerante y cerrada. Insultaron al autor y a su obra y por poco asaltan la galería con palos y antorchas, al peor estilo de una turba medieval. El entendimiento entre ambas partes fue imposible. Al final Carpio tuvo que mover una de las piezas «sensibles» (el cóndor) a un espacio interior de la galería para impedir que sea vista desde la calle. Además tuvo que publicar un texto explicativo con el respaldo de científicos y personalidades relacionadas a la conservación animal. Con ello la exposición siguió abierta y pudo ser visitada por una gran cantidad de público que atraídos por la publicidad del caso quisieron comprobar los hechos personalmente.

Tras la batalla el claro vencedor fue Marco Carpio. Ganó el arte comprometido con fines conservacionistas contra la ignorancia, la estupidez y la intolerancia. Carpio también ha sentado un predecente importante en el arte contemporáneo peruano: el uso de cadáveres con el fin de inducir a una reflexión filosófica personal sobre la delicada convivencia del hombre con su entorno y los demás animales. Sabemos que, debido al tabú occidental de la exposición de la muerte, el uso de cadáveres siempre trae controversia, pero es una práctica ya ampliamente aceptada en el terreno artístico; basta con mencionar las polémicas piezas de Damien Hirst, uno de los más importantes artistas a nivel mundial. Y décadas atrás numerosos artistas hacían sangrientos performances con cadáveres de vacas, cerdos y otros animales.

La indignación de los animalistas es interesante porque los animales expuestos pertenecen a una colección científica. Si bien no son piezas abiertas al público general, sí pueden ser visitadas con fines científicos y educativos. Habría que preguntarle a las personas ofendidas si la exposición de cadáveres disecados en los museos también atenta contra la dignidad animal. Si es así entonces todas las personas que atacaron la muestra de Carpio deberían ir a protestar a las puertas del Museo de Historia Natural. La siguiente pregunta sería ¿por qué es indigno exhibir un cadáver en un entorno artístico y por qué no es indigno exhibirlo en un museo? ¿Qué tipo de cambio sufrió la dignidad del cadáver al salir del museo y entrar en la galería?

De alguna manera los textos explicativos —que se publicaron tardíamente a raíz del ataque animalista— tenían como finalidad justificar y purificar el gesto trasgresor de Carpio al exhibir las aves muertas. Pero esta medida defensiva también contiene un par de preguntas incómodas: ¿necesita el arte escudarse tras las amables palabras de la ciencia y la ecología para tener validez? ¿La instalación hubiese sido «menos digna» sin la complicidad de la ciencia? Uno de los científicos que firmó el texto alegó que la exposición tenía una importante función educativa porque permitió al público observar una gran cantidad de aves que normalmente no podría ver. Si bien esto es cierto, no coincide con la intención inicial del artista (en realidad era difícil identificar a las aves expuestas sin ser un entendido en ornitología). Carpio —que a pesar de vivir en un entorno occidental está más cerca de una cosmovisión andina y amazónica— cree que la santidad del cadáver es un tema sobredimensionado. Para él la exhibición del cuerpo es un asunto mucho más natural. La presencia del cadáver no es algo morboso ni debe dar pie a tanto escándalo. Para Carpio cada una de las aves expuestas también contenía su entorno y su pasado, su propia historia personal que de alguna manera irrumpió y se hizo presente en un espacio humano y artificial. En este sentido el cuerpo expuesto está plenamente justificado.

Está claro que las personas ofendidas estaban haciendo una clara distinción entre el arte como simulacro de lo real y el arte como realidad. Se puede tolerar el retrato pictórico de un animal muerto, pero no se puede admitir la presencia real del animal. El arte siempre contiene cierta irrealidad, por ello no puede admitir la paradoja de ser real. El cadáver expuesto se convierte en «irreal» al formar parte de un espacio artístico. Esto es algo que no han entendido (o no han querido entender) las personas ofendidas. No admiten el carácter irreal de la propuesta del artista. La obra de arte es siempre un simulacro, independientemente de su forma. El arte es siempre algo que no es del todo real. Cuando el arte pretende ser demasiado real se sale de la esfera de lo artístico para entrar al mundo real. Pero en el mundo real no hay obras de arte, sólo hay objetos.

Entre los incontables insultos y comentarios publicados en Internet, algunos señalaban que el siguiente paso a la exposición de cadáveres de animales sería la exposición de cuerpos humanos. Lo curioso es que la utilización de cuerpos humanos con fines educativos ya existe. El mejor ejemplo es Bodies, una exposición itinerante que ha dado la vuelta al mundo entero donde se usan cuerpos humanos reales que han sido preservados mediante una técnica que en cierta manera los plastifica. El resultado es una maravillosa clase de anatomía de primer nivel (afortunadamente tuve la oportunidad de verlo en Madrid hace unos años). La muestra, que incluye la exposición de fetos humanos, recalca que los cadáveres han sido tratados con cuidado y respeto conservando con ello su dignidad. Aunque un observador atento objetará que en Bodies el uso de cuerpos humanos está circunscrito dentro de una perspectiva educativa. No es una exposición artística. Es verdad. Parece que todavía ningún artista se ha atrevido a exhibir el cadáver humano como arte.

La incursión de los animalistas en la crítica de arte contemporáneo ha convertido a Marco Carpio en la encarnación del artista-héroe incomprendido por las masas bárbaras e intolerantes; y al mismo tiempo ha comprometido la reputación de los grupos defensores de los animales. Al final las víctimas reales de la guerra animalista han sido los animales maltratados que los agresores dicen defender, porque muchas de las personas que defendieron la obra de Carpio probablemente ya no querrán apoyar la labor del Grupo Caridad (que en su campo seguramente es digno de admiración). Y esto es realmente lamentable. Yo mismo he sido voluntario en una importante protectora de animales en Madrid durante ocho años, y aunque he visto algunos casos de reacciones extremas, nunca he visto algo parecido a lo ocurrido con la obra de Carpio.

El sueño de Martín, Aves disecadas en un muro de pan.
Que el caso quede como un claro ejemplo de lo que puede ocurrir cuando se emiten opiniones alegremente sin la información debida. El Grupo Caridad fue sumamente irresponsable al incitar a sus seguidores a atacar el local donde Carpio exponía su obra. Al final el tiro les salió por la culata. Le dieron a Carpio la publicidad que necesitaba para difundir el mensaje de su obra a un nivel mediático que seguramente jamás imaginó; y al mismo tiempo mostraron que el gesto de su institución, que inicialmente pretendió ser un acto de compasión y justicia, fue en realidad una gran animalada.
 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Las trampas semánticas del independentismo


El significado de las palabras condiciona nuestra reacción hacia ellas


¿Quién no quiere ser libre e independiente? «Somos libres, seámoslo siempre» proclama el himno peruano. Todos queremos ser libres. Pero antes que nada hay que advertir que, debido a su carga semántica, resulta difícil rechazar palabras como independencia, libertad y autonomía sin un análisis previo de sus predicados y contextos. Por ello las preguntas que se hacen en los referéndums independentistas ―como en el reciente caso de Escocia― llegan con una trampa oculta; una trampa creada por la carga semántica de la misma pregunta.

Esto lo saben bien los políticos que promueven el independentismo, por eso tienen mucho cuidado a la hora de formular la pregunta de la discordia. La pregunta suele hacerse en positivo, quizás porque el ser humano tiene cierta inclinación inconsciente a responder afirmativamente a preguntas afirmativas. Existe una minuciosa estrategia psicológica detrás de la construcción de las interrogantes; porque tal como señala la filosofía del lenguaje, la forma de la pregunta contiene ya de por sí la mitad de la respuesta. La consulta que se le hizo al pueblo escocés fue ¿Debería Escocia ser un país independiente? (Should Scotland be an independent country?). De entrada, sin meditación previa, la pregunta se respondería afirmativamente; simplemente porque sí, porque ser independiente tiene una carga semántica positiva. En principio todos quieren ser libres e independientes, sin considerar las consecuencias reales de esta situación.

Además, la respuesta afirmativa Yes fue promocionada con un atractivo logo con los colores azul y blanco de Escocia. El cartel del Sí era bonito, lo que lo hacía más atractivo como respuesta inmediata. Mientras el No era de un tétrico color oscuro. La respuesta afirmativa está asociada a nociones de continuidad, concordia y aceptación. Son conceptos amables y sugerentes. El No es, además de negación y rechazo, desarmonía y discontinuidad. Por eso las respuestas Sí y No también conllevan una valoración semántica que las hace más o menos atractivas al ciudadano, condicionando su voto.

Deberíamos preguntarnos por qué no se formuló la pregunta de la siguiente manera: ¿Debería Escocia seguir siendo parte de Gran Bretaña? (Should Scotland continue being part of Great Britain?). El significado de la pregunta es la misma, pero su formulación puede inducir a una respuesta opuesta. La partícula «seguir siendo» parece referir a una valoración conservadora y poco arriesgada, lo que de entrada puede inclinar al ciudadano a optar por el No. Tal vez por eso la pregunta se formuló desde la perspectiva contraria; justamente porque ser independiente está asociado a conceptos como progreso, crecimiento, riqueza y libertad. La palabra independencia tiene un significado positivo en sí misma, y ello ejerce un inevitable efecto de seducción sobre el votante.

La fiebre independentista está basada, entre otras cosas, en una (obvia) obsesión por convertirse en un país autónomo, lo que a su vez está asentado en un inconfesable complejo de ser sólo una región o provincia dentro de un país más grande. Indudablemente un país tiene un estatus geopolítico mayor que una región. También existe el deseo de diferenciarse del resto del país, lo que implica cierto grado de intolerancia y xenofobia. Para declararse como un país distinto hay que asumir que la región tiene más diferencias que similitudes con el resto del país, y ello justificaría la separación. Por eso el independentismo es siempre discordia y fragmentación.

En la mentalidad sudamericana la palabra independencia está envuelta en un tufillo colonial. Inmediatamente pensamos en el periodo independentista del siglo XIX. Para un sudamericano «independizarse» es sinónimo de librarse de un gobierno imperialista explotador e injusto. Pero este concepto no puede aplicarse en los movimientos independentistas de países que no son colonias ni satélites de gobiernos imperialistas. Ciertamente Escocia no es una colonia de Gran Bretaña, ni depende de ella. Es parte del Reino Unido de Gran Bretaña cuyo gobierno central está en Londres. Emanciparse de Gran Bretaña no implica librarse de un gobierno autoritario y explotador.

En los países que están formados por regiones con un grado mayor o menor de autonomía, independizarse resulta ser un proceso innecesario y engorroso que sólo conduce a un infierno burocrático donde hay que dividir y duplicar todas las áreas del gobierno y la sociedad; es decir, un largo y complicado proceso que no ofrece mayores ventajas al ciudadano de a pie. El ciudadano que vota por la independencia de su región no llega a ser «más libre» que antes. Sólo cambiarán sus autoridades. Los que realmente se benefician con la emancipación son los políticos y empresarios que la promueven, pues si tienen éxito ocuparán los puestos más altos del gobierno y podrán establecer las nuevas reglas del juego según sus propios intereses. Al final el nacionalismo resulta ser un gesto de propaganda, un artificio emotivo que busca convencer y mover al ciudadano bajo la ilusión de independencia. El nacionalismo por sí mismo siempre contiene matices de irracionalidad y fanatismo que suelen ser utilizados con fines xenófobos y perversos.

No hay que caer en las trampas ocultas del lenguaje. Ser independientes y libres no tiene sentido «porque sí». Sin conocer el contexto y condiciones que rodean tal libertad, ser libre es un gesto vacío. En la historia sudamericana la fiebre independentista empezó con Haití, que luego resultó ser ―hasta el día de hoy― el país más pobre de toda la región. Independizarse del yugo imperialista no trajo riqueza ni prosperidad a sus habitantes. La lucha por la autonomía, inspirada en los valores igualitarios de la revolución francesa, degeneró en una brutal guerra de odio racial. Desde el punto de vista histórico se podría considerar que Haití se independizó prematuramente (la primera declaración de independencia fue en 1801); conformada por una población de exesclavos, carecía de una élite intelectual capaz de gobernar el país con eficacia y planificación.

En el caso peruano, el desastroso intento del general Velasco para erradicar la oligarquía mediante la implementación forzada de la reforma agraria creó campesinos que de pronto se convirtieron en propietarios autónomos de sus tierras, pero lamentablemente carecían del conocimiento necesario para administrarlas con eficiencia, lo que finalmente trajo pobreza y miseria a los que supuestamente debía beneficiar. Paradójicamente, aquellos campesinos, ahora independientes y dueños de sus tierras, estaban mejor cuando eran peones. Como vemos, ser libre no siempre es sinónimo de progreso y bienestar.

Hay que agradecer que el movimiento independentista en Escocia fuese derrotado en su propio campo y con sus propias reglas. Y es injusto afirmar que aquellos que votaron por el No lo hicieron por cobardía, temerosos de perder sus privilegios buscando evitar un supuesto desastre nacional. Mucha gente que votó por permanecer en Gran Bretaña lo hizo por convicción, porque realmente eso quieren. Se sienten parte de una gran nación y al mismo tiempo se sienten escoceses. No son sentimientos excluyentes. No hay razón para una escisión radical. Para esta gente ser independiente (en su acepción nacionalista) es un gesto ilusorio construido sobre una semántica engañosa.

miércoles, 23 de julio de 2014

¿Cuánto ruido debemos soportar?


La naturaleza como parámetro sonoro saludable 


¿De verdad es necesario tanto ruido? Definitivamente no. Nuestros maltratados oídos se han acostumbrado a un tormento acústico constante. Basta con salir a la calle y exponerse al brutal y despiadado tráfico limeño. Con el tiempo hemos llegado a pensar que el mundo es así; sobre todo el mundo moderno, lleno de máquinas, luces, pantallas y ruidos molestos. Creemos (o nos han hecho creer) que es el precio del progreso. Pero tras una breve reflexión descubrimos que esto es una falacia. El ruido constante es el producto de la desalmada competencia de la sociedad moderna. Todos queremos llamar la atención, y lo hacemos con el enojoso ruido del claxon, gritos, parlantes y sirenas.

Es cierto que existen leyes que determinan el volumen de ruido permitido y para ello se usa un aparato que mide los decibelios (que dicho sea de paso, se llama «sonómetro»). Hasta aquí todo suena muy bien, ¿pero quién diablos tiene un aparato de esos en su casa? ¿Acaso se venden en algún lugar? Es absurdo establecer límites de ruido cuando nadie tiene el aparato para medirlo. Es uno de los tantos sinsentidos de la ley. El sonómetro debería venderse en todas las tiendas y centros comerciales. Debería ser un artilugio corriente para medir, denunciar y sancionar los ruidos excesivos en todo momento y lugar. Creo que sería factible crear una aplicación para los celulares que mida el ruido en cualquier lugar. Con esto al menos se podría crear una conciencia acústica a nivel local e individual.

Hace falta un parámetro real y reconocible para establecer la cantidad de ruido que vamos a tolerar. Propongo que dicho parámetro sea la naturaleza. Pensemos en el mundo antes de la era industrial. Los ruidos eran naturales, producidos por el clima, los animales y los seres humanos. El oído humano ha evolucionado para escuchar el mundo natural; no ha sido diseñado para soportar un bombardeo incesante de ruidos excesivos de máquinas, música machacona, bocinas, etcétera. Para determinar el máximo ruido soportable sólo debemos registrar los mayores ruidos del mundo natural, que suelen ser truenos y tormentas. El mayor ruido natural de la historia conocida fue la explosión del volcán Krakatoa en 1883, pero esto fue un hecho aislado. Los volcanes no explotan todos los días, así que no vamos a considerar este ruido como un parámetro normal y cotidiano. Los ruidos cotidianos son los de los animales, los pájaros, el viento, las olas, y el habla y gritos humanos. Estos son los ruidos normales que nuestros oídos han aprendido a escuchar durante miles de años.

Según la OMS el máximo nivel de ruido debería situarse en torno a los 50 decibelios (dB); más allá de este nivel el ruido puede ocasionar severas molestias físicas y psicológicas. Para tener idea de lo que esta referencia significa debemos comparar las medidas de distintos ruidos naturales y artificiales. El sonido del mar en la costa llega a los 30 decibelios; una conversación normal está alrededor de los 50 decibelios (excepto en España), mientras una conversación en voz muy alta (en un bar español) o el ruido del trafico intenso alcanza los 85 decibelios. El odioso sonido del claxon alcanza los 110 dB, así que debemos deducir que el tráfico limeño —donde casi todos abusan del claxon— no se limita a los 85 dB, sino a los 110 decibelios. Este es un ruido al que todos estamos expuestos constantemente cuando caminamos en la calle (quizás esto también sea una de las razones por la cual en Lima nadie camina).

Para combatir la contaminación acústica bastaría con reducir todos los ruidos industriales para ajustarse a los límites de los ruidos de la naturaleza. Habría que modificar las máquinas para reducir el ruido hasta niveles naturales. El motor de los automóviles debería «ronronear» silenciosamente; las bocinas tendrían que modificarse para adaptarse a la intensidad de un grito humano moderado; incluso podrían imitar ruidos naturales y animales, no tienen por qué ser tan molestos. Basta con hacer un ruido para llamar la atención del transeúnte o del otro conductor. En resumen, en lo posible se debería reducir todos los ruidos artificiales para que no superen los 50 decibelios.

En Lima el ruido más común y molesto —además de las bocinas— es el de las sirenas antirrobo de los automóviles. Suenan a cada rato y en todo lugar. Son tan comunes que la gente simplemente las ignora como si no existieran. El objetivo de la sirena es hacer mucho ruido para desanimar a los ladrones, pero para ello no es necesario que el ruido que suelten sea tan intenso ni molesto. El patrón sonoro podría reemplazarse por melodías personalizadas. La sirena podría activarse con una agradable sonata de Bach o un madrigal medieval. Si vamos a tomar el problema de la contaminación acústica en serio, las sirenas tal como están fabricadas actualmente deberían prohibirse.

La ciudad no tiene por qué ser un infierno sonoro; debería sonar como lo hace a las seis de la mañana o un domingo a las cuatro de la tarde. Además de una eficiente campaña educativa, bastaría con modificar las máquinas y artilugios que producen ruidos molestos para que suenen de manera natural y moderada. Con la tecnología adecuada se podría reproducir el sonido natural de la era preindustrial en la era posmoderna. El resto es bulla.


jueves, 19 de junio de 2014

Instrucciones para no ver la final del Mundial



― Déme una entrada para Robin Hood a las 10.

― ¿Está seguro de que la quiere a esa hora?

― Sí, estoy seguro.

El empleado del cine me miró desconcertado mientras me lanzaba el boleto con desprecio. Iba a ser el infaltable tipo raro que va solo al cine mientras España juega la final del Mundial de fútbol. 

Era el año 2010 y entonces yo vivía en Madrid. Aunque España ya era una potencia futbolística en aquel tiempo, nunca pensé que realmente podría ganar el Mundial hasta que pasó los cuartos de final y luego llegó a semifinales. Entonces pensé que debía elaborar un plan para evitar la histeria futbolística, que ya se había vuelto incontenible. Lo peor del asunto es que no había adónde escapar. En todos lados encontrabas pantallas trasmitiendo los partidos; la gente comentaba las jugadas y proponían formulas ganadoras para llegar a la final. Los españoles vestían camisetas rojas exhibiendo su afición con una extraña mezcla de orgullo y bravuconería. Era una epidemia nacional. Resistirse a la locura colectiva era exponerse a un linchamiento público.

Elaboré el plan de evasión el día en que España se clasificó para jugar la final. Pensé que el único lugar donde podría escapar del partido era en el cine. Había que buscar la película más larga y menos mala posible. En esos años yo vivía en una zona tranquila cerca al río Manzanares. Al lado de mi calle había un centro comercial, anodino y corriente, como todos los demás. También tenía salas de cine donde proyectaban películas en pantallas gigantes y en tercera dimensión.  A pesar de vivir en ese barrio durante cinco años nunca había entrado a esos cines, simplemente porque todas las películas estaban dobladas, y mis elevados principios éticos y estéticos me impiden ver películas mutiladas (y por más que digan que el doblaje español es muy bueno, todo doblaje es un sacrilegio cinematográfico).

Pero este caso era una emergencia y exigía romper las reglas. La película más larga y menos mala del listín era Robin Hood, protagonizado por el malhumorado Russell Crowe. Así que el domingo de la gran final salí en la mañana para comprar mi entrada al cine. Sabía que debía comprarlo con antelación, pues posiblemente cancelarían las funciones a la hora del partido, ya que a ningún buen español se le ocurriría ir al cine mientras se jugaba la final. Pero como soy un anglosudaca yo sí podía tener ganas de ir al cine. Tras comprar la entrada regresé a mi cueva aliviado. Tenía un plan. Escapar de la final era posible.

Antes de ir al cine decidí salir a correr un rato; la ciudad estaba casi desierta, sólo se veían grupos dispersos aprovisionándose de comida y bebida como si esperaran un bombardeo. La ciudad se preparaba para una larga noche de ruido y exceso. Los seres humanos tienen la desagradable costumbre de mostrar su alegría a los demás haciendo el mayor ruido posible. Desde mucho antes del partido la ciudad fue invadida por el atronador ruido de bombazos, cohetecillos y un espantoso artilugio llamado «vuvuzela», una especie de trompeta africana que emite un sonido denso y penetrante capaz de enloquecer al más sordo.

Llegué al cine puntualmente, justo antes de las 10 pm. El partido ya tenía casi una hora de juego. Los empleados del cine me miraban con odio. Al entrar la sala estaba completamente vacía, así que pude elegir el mejor asiento, justo en el centro de la sala para garantizar un buen sonido estereofónico. Tras la publicidad inicial comprobé que seguía estando solo en medio de la sala. Luego pensé que ese día iba a poder realizar una de mis más íntimas fantasías: ver una película en un cine enorme completamente solo. La película empezó y seguía solo. ¡Aleluya! Dios no existe, pero aun así a veces nos pasan cosas buenas. El partido y su locura colectiva ya no importaban. Mi noche estaba salvada.

El pésimo humor de Russell Crowe, sumado a su abominable acento español, hicieron el efecto deseado. Durante un largo rato pude olvidar lo que sucedía afuera; estaba a salvo. Había encontrado un lugar donde la final del Mundial simplemente no existía. Lo irónico era que, al igual que los millones de españoles afuera del cine, yo también estaba sentado frente a una pantalla. Pero mi pantalla era gigante y era sólo para mí. Lo único que me separaba de toda la locura exterior era lo que se proyectaba en la pantalla. El mundo entero veía una batalla épica con una pelota; yo veía una batalla épica con armaduras, flechas y espadas.

La película terminó como a la una de la mañana. Entonces salí al mundo exterior. Las calles habían sido tomadas por hordas descontroladas que cantaban, gritaban y hacían sonar sus horribles trompetas africanas; muchos se habían sacado los polos rojos para «torear« a los automóviles, que a su vez respondían la gracia haciendo sonar sus bocinas. Intenté encontrar algún policía para restaurar el orden, pero debe ser cierto que nunca hay un policía cerca cuando lo necesitas. Se supone que tocar el claxon está prohibido a menos que sea por una razón justificada. Cuando comenté mi indignación en los días siguientes la gente me dijo sonriendo que todo ese desorden público estaba justificado porque era una muestra de alegría colectiva (supongo que del mismo modo en que los semáforos pierden su autoridad a partir de la medianoche). La ley no puede atentar contra la manifestación de alegría pública.

Hasta el momento yo no sabía quién había ganado el partido, y pensé que si España hubiese perdido la fiesta hubiese sido la misma. Al llegar a casa me enteré que habían ganado. Mi plan para evitar la final había funcionado a la perfección, pero no tenía ningún plan para evitar el alboroto de la celebración, que se extendería hasta las 48 horas siguientes.

Si hay algún pueblo capaz de hacer ruido ininterrumpidamente sin cansarse nunca, es el español. Tienen un instinto natural para hacer el mayor ruido posible cuando se trata de festejar. La noche del domingo no dormí casi nada. Pensé que lo peor ya había pasado, hasta que descubrí que el ayuntamiento de Madrid había decidido organizar un macroconcierto de celebración en la ribera del río, justo cerca de mi calle. La noticia me tomó por sorpresa, así que no pude preparar ningún escape. Desde la tarde vi miles de españoles en camisetas rojas llegando en hordas para instalarse con tiempo, asegurándose hacer el mayor ruido posible. Cada uno iba armado con su trompeta infernal, que tocaban furiosamente en intervalos de uno o dos minutos mientras coreaban «¡hemos ganao, hemos ganao!».

Si los ingleses tienen sus hooligans, los españoles tienen sus manolos futboleros, una especie de macho ibérico que se divierte realizando cánticos en público y comportándose, en la mayoría de los casos, de manera agresiva y estúpida. La victoria futbolística les permitió, en plena crisis económica, reivindicar su maltratado orgullo peninsular: uno de sus cánticos decía «¡Yo soy español, español, español!» (pero cantado en tono cavernícola). El subrayado de la identidad española es una muestra explícita de patriotismo, como si ganar un Mundial de balompié compensara el hecho (desafortunado o no) de ser español. Claro que eso dependerá de la tabla de valores que uno quiera defender. Si consideramos que el balompié es algo realmente importante y que representa la identidad de una nación, entonces gritar a voz en cuello que uno es español tiene sentido. Pero el balompié es sólo un juego.

Hasta el día de hoy, cuatro años después de los sucesos relatados en esta historia, no he visto el único gol que se marcó en ese partido. En mi experiencia el Mundial siempre ha sido un acontecimiento lejano, entretenido e inofensivo, justamente porque uno nunca espera que su país va a ganar. Tampoco uno espera estar viviendo en el país que gana. Inglaterra suele ir bien hasta que en los cuartos de final se cruza con Alemania, Brasil o Argentina. Perú no juega en un Mundial desde 1982, y tal como juega su equipo parece que estaré a salvo de la locura del Mundial por mucho tiempo. El lector ya habrá adivinado que no soy fanático del balompié. Me aburre la parafernalia que lo rodea, las irrelevantes noticias sobre los jugadores y sus insulsas vidas. Aunque eso sí, si los partidos durasen sólo 30 minutos por tiempo quizás algún día me animaría a ver un partido entero.

sábado, 29 de marzo de 2014

La ciudad y las combis



Hacen falta adjetivos para describir la miseria del transporte público en Lima. Y aunque es un tema que se ha discutido largamente en todas partes, el asunto es tan grave que hasta que no se encuentre una solución el problema debe denunciarse sin descanso. El no hacerlo conduce al conformismo y la inacción.

El hombre es un animal que se acostumbra a todo, por eso mucha gente en Lima ya se ha resignado al ruinoso transporte público de su ciudad. Debo aprovechar que tras diez años exiliado en Madrid mi retorno a Lima llega con una renovada capacidad de asombro. Ahora puedo indignarme ante tantas cosas que años atrás consideraba «normales» en esta despiadada ciudad. 

I. Viaje al centro en una combi

El otro día, por una perversa jugada del destino, me subí a una típica combi. El vehículo tenía una apariencia lastimosa, con la carrocería llena de parches por los múltiples choques que ha sufrido en sus más de veinte años de penosa vida. Al subir noté que se habían instalado «asientos» en los lugares más inverosímiles. Incluso existe un improvisado tercer asiento entre el conductor y el copiloto donde según la fabricación original del vehículo no había nada —justamente porque por cuestiones de seguridad y espacio no debería haber nada. El pasajero que se atreva a sentarse ahí deberá aguantar la mano del chofer moviendo la palanca de cambios entre sus piernas...

Los dueños de las combis diseñan las dimensiones y la distribución de los asientos según su propio dudoso criterio. Obviamente les interesa meter la mayor cantidad posible de asientos, así que se espera que los pasajeros se aprieten unos contra otros y se sienten en cualquier cosa que parezca un asiento. Es indignante. Los asientos dentro de la combi nunca son los del vehículo original; son hechos por algún artesano en un oscuro taller clandestino. Casi siempre son miserables cuadrados de espuma forrados con plástico. Lo que me asombra es que los dueños de las combis tengan el derecho de crear los asientos como les dé la gana; y si esto sucede es porque no existe ninguna normativa que regule sus dimensiones y distribución.

El chofer acelera a una velocidad de vértigo intentando ganarle a las combis competidoras. Evita chocar con los demás vehículos por los pelos. Esto revela una profunda y terrible realidad: el absoluto desprecio del conductor hacia la vida de sus pasajeros (lo cual debería ser suficiente para inhabilitar al chofer para conducir un vehículo de transporte público). Los pasajeros sólo valen el sol o sol y medio que pagan por el pasaje. El objetivo no es ofrecer un servicio público de calidad, sino recoger la mayor cantidad posible de gente. No importa si para ello hay que poner en riesgo la vida de los pasajeros. La vida de los pasajeros no tiene importancia alguna.

Mi renovada capacidad de asombro me permitió notar que el chofer y el cobrador casi siempre son gente vulgar y grosera que además no parece preocuparse por su higiene personal. El chofer obliga a sus víctimas a «disfrutar» de la música que le gusta a un volumen ensordecedor. El suplicio musical casi siempre oscila entre las desagradables trompetas salseras o la embrutecedora monotonía del reggaeton. Leer resulta imposible y tampoco es posible escuchar música con auriculares. Sólo queda aguantar. El chofer olvida que el pasajero tiene el derecho de viajar sin ser torturado musicalmente. Pegado en la ventana vi una desgastada calcomanía que decía jocosamente: «Aquí todo es chévere, el carro, la música, el chofer»…

El pésimo transporte público en Lima convierte a la gente que se ve obligada a utilizarlo en ciudadanos de segunda clase, muchos de los cuales tienen como meta ahorrar para comprarse un automóvil y así escapar de la miserable experiencia de subirse cada día a una sucia combi. Esto también es causante de la gran cantidad de vehículos que colapsan el tráfico de la ciudad. El problema luego se convierte en un círculo vicioso: mientras las combis asesinas persistan más gente querrá comprarse un auto, con ello empeorando el lastimoso tráfico de la ciudad. Asimismo, la conciencia ecológica que dicta usar el transporte público en vez de un auto particular para así reducir las emisiones de monóxido de carbono es casi imposible en Lima. Muy pocos elegirán inmolarse por el planeta para sufrir las penurias del transporte público limeño. Esto hace que la conciencia ecológica en Lima sea una conciencia light, de yogurt dietético bajo en calorías, gobernada por las frivolidades de la moda.

II. Un mundo feliz: Lima sin combis

La erradicación de las odiadas combis no sólo es un problema de transporte, sino es también un problema social. Los choferes tienen mucho poder y son poco propensos a aceptar cambios en beneficio de los pasajeros. Sólo buscan su propia comodidad. Pero una cosa es ser sensible a las necesidades laborales de los choferes y otra cosa es permitir que atropellen (literalmente) a los pasajeros. Tiene que haber una solución consensuada dictada por el sentido común.

El problema de fondo es que el beneficio de los transportistas depende directamente de la cantidad de pasajeros que recogen. Cada conductor concibe su trabajo como una empresa privada personal. Esto incentiva las peligrosas carreras y la conducción temeraria. Un servicio de transporte público no puede existir bajo esta modalidad. El conductor debe recibir un sueldo fijo y simplemente dedicarse a cumplir su ruta respetando las normas establecidas.

Yo propondría lo siguiente: reemplazar las combis por autobuses urbanos (como los del Metropolitano) proporcionados por una empresa estatal o privada. Los choferes serían profesionales debidamente calificados. El concurso también estaría abierto a los antiguos choferes de combi, así tendrían la oportunidad de civilizarse y ganarse la vida honradamente. El conductor recibiría un sueldo mensual fijo como cualquier trabajador; de esta manera no tendría motivos para «correr» buscando recoger la mayor cantidad posible de pasajeros, ni tendría motivos para no respetar los paraderos establecidos.

Si algún chofer comete alguna infracción de tráfico la multa se deduciría automáticamente de su sueldo. Esta medida sería suficiente para convencerlo de manejar con cuidado. Cada conductor tendría un número de registro visible para que los pasajeros puedan enviar sus quejas a la empresa en el caso de sufrir maltrato o conducción temeraria. Tras cierta cantidad de quejas acumuladas el chofer tendría que ser reemplazado. El Estado podría compensar a los dueños de las combis comprando sus vehículos a un precio justo; luego podría utilizar estas unidades en algún otro servicio que no sea de pasajeros.

III. El mejor de los transportes posibles

Una de las cosas que realmente extraño de Madrid es el transporte público. Creo que debe ser de los mejores del mundo. La amplia red de metro y autobuses brinda un servicio puntual, limpio y eficiente. En la ciudad el automóvil es absolutamente innecesario, incluso es una molestia pues es difícil encontrar donde estacionar. Mucha gente sólo usa el auto para salir de la ciudad los fines se semana. En los diez años que viví en Madrid nunca deseé tener un auto para movilizarme en la ciudad. Sería muy ingenuo imaginar que Lima pudiera tener un transporte público como el de Madrid, pero tampoco debemos resignarnos a lo que actualmente existe.

Tras todo esto debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué la experiencia de viajar en transporte público tiene que ser tan desagradable? Es cierto que el pasaje es relativamente barato, pero eso no debe ser motivo para ser maltratado. Pareciera que como gran parte de los pasajeros son pobres se asume que no tienen derecho a la dignidad de un servicio cómodo, seguro y eficaz. Estoy seguro de que la mayoría de los usuarios estaría dispuesta a pagar un poco más por un servicio de calidad.

Por último, se asume la «cultura combi» como parte de la identidad limeña, como si este rasgo fuese intrínseco a la experiencia de vivir en Lima. Es verdad que dicha idiosincrasia se debe a muchos otros factores (que no discutiré aquí), pero no es cierto que no pueda ser erradicada. Lo importante es no resignarse al caos y la barbarie. Hay que reconocer que el establecimiento de paraderos autorizados ha sido un buen paso para ordenar el tráfico. Pero no basta.

Las combis deben desaparecer de las pistas limeñas. Su presencia ofrece un espectáculo feo, pobre y descuidado, y son incompatibles con el actual supuesto aire de progreso y desarrollo económico de la ciudad. Son rezagos molestos de un pasado que nos avergüenza y que ya queremos superar. Mientras las combis sigan imponiendo su ley salvaje en las calles, Lima nunca llegará a ser la ciudad moderna que pretende ser.