miércoles, 23 de julio de 2014

¿Cuánto ruido debemos soportar?


La naturaleza como parámetro sonoro saludable 


¿De verdad es necesario tanto ruido? Definitivamente no. Nuestros maltratados oídos se han acostumbrado a un tormento acústico constante. Basta con salir a la calle y exponerse al brutal y despiadado tráfico limeño. Con el tiempo hemos llegado a pensar que el mundo es así; sobre todo el mundo moderno, lleno de máquinas, luces, pantallas y ruidos molestos. Creemos (o nos han hecho creer) que es el precio del progreso. Pero tras una breve reflexión descubrimos que esto es una falacia. El ruido constante es el producto de la desalmada competencia de la sociedad moderna. Todos queremos llamar la atención, y lo hacemos con el enojoso ruido del claxon, gritos, parlantes y sirenas.

Es cierto que existen leyes que determinan el volumen de ruido permitido y para ello se usa un aparato que mide los decibelios (que dicho sea de paso, se llama «sonómetro»). Hasta aquí todo suena muy bien, ¿pero quién diablos tiene un aparato de esos en su casa? ¿Acaso se venden en algún lugar? Es absurdo establecer límites de ruido cuando nadie tiene el aparato para medirlo. Es uno de los tantos sinsentidos de la ley. El sonómetro debería venderse en todas las tiendas y centros comerciales. Debería ser un artilugio corriente para medir, denunciar y sancionar los ruidos excesivos en todo momento y lugar. Creo que sería factible crear una aplicación para los celulares que mida el ruido en cualquier lugar. Con esto al menos se podría crear una conciencia acústica a nivel local e individual.

Hace falta un parámetro real y reconocible para establecer la cantidad de ruido que vamos a tolerar. Propongo que dicho parámetro sea la naturaleza. Pensemos en el mundo antes de la era industrial. Los ruidos eran naturales, producidos por el clima, los animales y los seres humanos. El oído humano ha evolucionado para escuchar el mundo natural; no ha sido diseñado para soportar un bombardeo incesante de ruidos excesivos de máquinas, música machacona, bocinas, etcétera. Para determinar el máximo ruido soportable sólo debemos registrar los mayores ruidos del mundo natural, que suelen ser truenos y tormentas. El mayor ruido natural de la historia conocida fue la explosión del volcán Krakatoa en 1883, pero esto fue un hecho aislado. Los volcanes no explotan todos los días, así que no vamos a considerar este ruido como un parámetro normal y cotidiano. Los ruidos cotidianos son los de los animales, los pájaros, el viento, las olas, y el habla y gritos humanos. Estos son los ruidos normales que nuestros oídos han aprendido a escuchar durante miles de años.

Según la OMS el máximo nivel de ruido debería situarse en torno a los 50 decibelios (dB); más allá de este nivel el ruido puede ocasionar severas molestias físicas y psicológicas. Para tener idea de lo que esta referencia significa debemos comparar las medidas de distintos ruidos naturales y artificiales. El sonido del mar en la costa llega a los 30 decibelios; una conversación normal está alrededor de los 50 decibelios (excepto en España), mientras una conversación en voz muy alta (en un bar español) o el ruido del trafico intenso alcanza los 85 decibelios. El odioso sonido del claxon alcanza los 110 dB, así que debemos deducir que el tráfico limeño —donde casi todos abusan del claxon— no se limita a los 85 dB, sino a los 110 decibelios. Este es un ruido al que todos estamos expuestos constantemente cuando caminamos en la calle (quizás esto también sea una de las razones por la cual en Lima nadie camina).

Para combatir la contaminación acústica bastaría con reducir todos los ruidos industriales para ajustarse a los límites de los ruidos de la naturaleza. Habría que modificar las máquinas para reducir el ruido hasta niveles naturales. El motor de los automóviles debería «ronronear» silenciosamente; las bocinas tendrían que modificarse para adaptarse a la intensidad de un grito humano moderado; incluso podrían imitar ruidos naturales y animales, no tienen por qué ser tan molestos. Basta con hacer un ruido para llamar la atención del transeúnte o del otro conductor. En resumen, en lo posible se debería reducir todos los ruidos artificiales para que no superen los 50 decibelios.

En Lima el ruido más común y molesto —además de las bocinas— es el de las sirenas antirrobo de los automóviles. Suenan a cada rato y en todo lugar. Son tan comunes que la gente simplemente las ignora como si no existieran. El objetivo de la sirena es hacer mucho ruido para desanimar a los ladrones, pero para ello no es necesario que el ruido que suelten sea tan intenso ni molesto. El patrón sonoro podría reemplazarse por melodías personalizadas. La sirena podría activarse con una agradable sonata de Bach o un madrigal medieval. Si vamos a tomar el problema de la contaminación acústica en serio, las sirenas tal como están fabricadas actualmente deberían prohibirse.

La ciudad no tiene por qué ser un infierno sonoro; debería sonar como lo hace a las seis de la mañana o un domingo a las cuatro de la tarde. Además de una eficiente campaña educativa, bastaría con modificar las máquinas y artilugios que producen ruidos molestos para que suenen de manera natural y moderada. Con la tecnología adecuada se podría reproducir el sonido natural de la era preindustrial en la era posmoderna. El resto es bulla.


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