La naturaleza como parámetro sonoro saludable
¿De verdad es necesario tanto ruido? Definitivamente no.
Nuestros maltratados oídos se han acostumbrado a un tormento acústico
constante. Basta con salir a la calle y exponerse al brutal y despiadado
tráfico limeño. Con el tiempo hemos llegado a pensar que el mundo es así; sobre
todo el mundo moderno, lleno de máquinas, luces, pantallas y ruidos molestos.
Creemos (o nos han hecho creer) que es el precio del progreso. Pero tras una
breve reflexión descubrimos que esto es una falacia. El ruido constante es el
producto de la desalmada competencia de la sociedad moderna. Todos queremos
llamar la atención, y lo hacemos con el enojoso ruido del claxon, gritos,
parlantes y sirenas.
Es cierto que existen leyes que determinan el volumen de
ruido permitido y para ello se usa un aparato que mide los decibelios (que
dicho sea de paso, se llama «sonómetro»). Hasta aquí todo suena muy bien, ¿pero
quién diablos tiene un aparato de esos en su casa? ¿Acaso se venden en algún
lugar? Es absurdo establecer límites de ruido cuando nadie tiene el aparato
para medirlo. Es uno de los tantos sinsentidos de la ley. El sonómetro debería
venderse en todas las tiendas y centros comerciales. Debería ser un artilugio
corriente para medir, denunciar y sancionar los ruidos excesivos en todo
momento y lugar. Creo que sería factible crear una aplicación para los
celulares que mida el ruido en cualquier lugar. Con esto al menos se podría crear
una conciencia acústica a nivel local e individual.
Hace falta un parámetro real y reconocible para establecer
la cantidad de ruido que vamos a tolerar. Propongo que dicho parámetro sea la
naturaleza. Pensemos en el mundo antes de la era industrial. Los ruidos eran
naturales, producidos por el clima, los animales y los seres humanos. El oído
humano ha evolucionado para escuchar el mundo natural; no ha sido diseñado para
soportar un bombardeo incesante de ruidos excesivos de máquinas, música
machacona, bocinas, etcétera. Para determinar el máximo ruido soportable sólo
debemos registrar los mayores ruidos del mundo natural, que suelen ser truenos
y tormentas. El mayor ruido natural de la historia conocida fue la explosión
del volcán Krakatoa en 1883, pero esto fue un hecho aislado. Los volcanes no
explotan todos los días, así que no vamos a considerar este ruido como un
parámetro normal y cotidiano. Los ruidos cotidianos son los de los animales,
los pájaros, el viento, las olas, y el habla y gritos humanos. Estos son los
ruidos normales que nuestros oídos han aprendido a escuchar durante miles de
años.
Según la OMS el máximo nivel de ruido debería situarse en torno
a los 50 decibelios (dB); más allá de este nivel el ruido puede ocasionar severas
molestias físicas y psicológicas. Para tener idea de lo que esta referencia significa
debemos comparar las medidas de distintos ruidos naturales y artificiales. El
sonido del mar en la costa llega a los 30 decibelios; una conversación normal
está alrededor de los 50 decibelios (excepto en España), mientras una
conversación en voz muy alta (en un bar español) o el ruido del trafico intenso
alcanza los 85 decibelios. El odioso sonido del claxon alcanza los 110 dB, así
que debemos deducir que el tráfico limeño —donde casi todos abusan del claxon—
no se limita a los 85 dB, sino a los 110 decibelios. Este es un ruido al que todos
estamos expuestos constantemente cuando caminamos en la calle (quizás esto también
sea una de las razones por la cual en Lima nadie camina).
Para combatir la contaminación acústica bastaría con reducir
todos los ruidos industriales para ajustarse a los límites de los ruidos de la
naturaleza. Habría que modificar las máquinas para reducir el ruido hasta
niveles naturales. El motor de los automóviles debería «ronronear»
silenciosamente; las bocinas tendrían que modificarse para adaptarse a la
intensidad de un grito humano moderado; incluso podrían imitar ruidos naturales
y animales, no tienen por qué ser tan molestos. Basta con hacer un ruido para llamar
la atención del transeúnte o del otro conductor. En resumen, en lo posible se
debería reducir todos los ruidos artificiales para que no superen los 50
decibelios.
En Lima el ruido más común y molesto —además de las bocinas—
es el de las sirenas antirrobo de los automóviles. Suenan a cada rato y en todo
lugar. Son tan comunes que la gente simplemente las ignora como si no
existieran. El objetivo de la sirena es hacer mucho ruido para desanimar a los
ladrones, pero para ello no es necesario que el ruido que suelten sea tan
intenso ni molesto. El patrón sonoro podría reemplazarse por melodías
personalizadas. La sirena podría activarse con una agradable sonata de Bach o
un madrigal medieval. Si vamos a tomar el problema de la contaminación acústica
en serio, las sirenas tal como están fabricadas actualmente deberían
prohibirse.
La ciudad no tiene por qué ser un infierno sonoro; debería
sonar como lo hace a las seis de la mañana o un domingo a las cuatro de la
tarde. Además de una eficiente campaña educativa, bastaría con modificar las
máquinas y artilugios que producen ruidos molestos para que suenen de manera
natural y moderada. Con la tecnología adecuada se podría reproducir el sonido natural
de la era preindustrial en la era posmoderna. El resto es bulla.

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