viernes, 25 de marzo de 2011

PÁNICO NUCLEAR O EL TRIUNFO DE LA IRRACIONALIDAD

Al menos una cosa buena ha traído la reciente crisis nuclear en Japón: ahora todos somos ―o creemos ser― expertos en energía nuclear. Siguiendo esa primitiva y frívola costumbre de formar bandos, el mundo se ha dividido en aquellos a favor y en contra de la aventura nuclear. A raíz de la tragedia japonesa, en muchos casos el mundo exterior ha reaccionado con pánico y posturas irracionales. Adicionalmente a los fantasmas del terrorismo, el cambio climático, entre otros, ahora se suma la amenaza nuclear.

En mi humilde condición de «ciudadano de a pie» (literalmente), y admitiendo mi ignorancia y falta de información sobre el tema nuclear, también me otorgo el derecho a opinar. Pero no voy a argumentar sobre por qué la energía nuclear es viable, barata y necesaria ―eso ya se hace en todas partes y además por expertos en el tema―, sino que voy a criticar la reacción irracional de la opinión pública, los medios y los ecologistas fanáticos que, sin estar bien informados, se aprovechan de la catástrofe nipona para hacer propaganda antinuclear y crear monstruos en las débiles mentes de la gente supersticiosa.

Lo primero que hay que subrayar es que la tragedia en Japón es un evento único sin precedentes, un fenómeno que sólo puede suceder en un país sísmico y expuesto a tsunamis, como la isla japonesa. Las plantas nucleares en el viejo continente o en zonas relativamente estables no están expuestas a ningún peligro similar a lo que ha sucedido en Fukushima. Así que el riesgo nuclear que ahora existe en las estaciones nucleares en el mundo entero es exactamente igual a la que existía antes del desastre en Japón. Ahora no son ni más seguras ni peligrosas de lo que eran antes. Además, las medidas de seguridad son muy estrictas y hasta el momento han ocurrido muy pocos accidentes. Pero en la memoria colectiva aún queda la tragedia de Chernobil, y lamentablemente toda estación nuclear está rodeada por este fantasma ucraniano. Por otro lado, el adjetivo «nuclear» está incómodamente atado a cosas poco amistosas como bombas, misiles y submarinos nucleares. Es un adjetivo maldito que nunca podrá tener la neutralidad semántica de la electricidad o gozar de la limpieza natural del viento o el sol, los otros medios energéticos de moda.

Creo que es sumamente sensato revisar y reforzar las medidas de seguridad de las plantas nucleares existentes y futuras, pero de ahí a abandonar el programa nuclear por complacer el sentimiento antinuclear de la opinión pública, ―malinformada y manipulada por los medios sensacionalistas ávidos por vender malas noticias―, es ya una medida desproporcionada e irracional. La reacción de algunos líderes mundiales ha sido grotesca y populista. Los medios han exagerado el peligro de radiación nuclear intentando crear una psicosis colectiva. Sabemos bien que los medios ―como los periódicos, por ejemplo― venden más cuando las noticias son malas (y bien por ellos, no hay nada más triste que un periódico intacto que no se vende y agoniza lentamente en el kiosco de prensa) (ojalá nunca vea uno). También el consumo se beneficia. No es casualidad que tras la alarma los supermercados japoneses quedaron vacíos. Claro, la gente piensa: ante el temor y la incertidumbre siempre es mejor comprar harta comida y agua y atrincherarse en casa para sobrevivir a los largos meses de oscuridad nuclear. En la llamada «edad de la información», los medios tienen el poder y lo usan según sus propios intereses o del que pueda pagar sus servicios.

Personalmente, encuentro muy fastidiosa esta tendencia posmoderna de juntar muchas ideologías dispares y meterlas en un solo saco. Así, por ejemplo, los ecologistas generalmente son a la vez de izquierdas, ateos o anticlericales, vegetarianos, antitaurinos, antinucleares y anti-cualquier-cosa que huela a capitalismo. Que no se me malinterprete. No tengo nada contra los ecologistas, sólo critico a los fanáticos y a los que mezclan ideologías y crean confusión en los demás. Yo mismo me declaro ecologista, porque creo en la naturaleza como principio físico, moral y estético del mundo, admiro y respeto a los animales, creo que hay que tomar medidas contra el cambio climático, bajar el consumo innecesario, y muchas cosas más que también comparten los ecologistas extremos, incluso aquellos que llevan dreads de dudosa higiene ―¿qué diablos llevan en la cabeza?―, pero al mismo tiempo soy un ecologista omnívoro, materialista, escéptico ante la democracia y el idealismo moral, y también creo firmemente que si la energía nuclear es segura, limpia y efectiva, no hay razón para oponerse a ella, y mucho menos simplemente porque lo nuclear «da miedo».

Si hay gente que sí tiene buenos motivos para alarmarse ante el desastre en Fukushima son los propios japoneses que viven en áreas cercanas y en toda la isla. Ellos sí tienen derecho a poner en duda la viabilidad de su programa nuclear, o al menos a revisar sus medidas de seguridad contra terremotos y tsunamis. El resto del mundo no tiene razones para hacer tanto ruido. Dentro de todo, es una suerte que el desastre ocurriera entre un pueblo con una mentalidad realista, sosegada y poco propensa a la alarma y a las muestras de histeria colectiva. Es el resto del mundo que ha entrado en pánico y ha empezado a gritar y a hacer escándalo. Tienen mucha razón los japoneses en indignarse ante estas impúdicas y desproporcionadas manifestaciones de pánico.

Por lo general, la mente humana siente debilidad ante los fantasmas y monstruos imaginarios. Se inclina hacia el catastrofismo y cree que si algo malo sucede una vez, entonces debe suceder de nuevo. Por ejemplo, si alguien sufre un accidente de tráfico, luego ya no quiere conducir porque siente un temor irracional a que le suceda otro accidente similar. O es el caso del viajero al que le roban la cartera en un autobús y luego evita tomar el mismo bus otro día porque cree que será víctima de un nuevo robo. Los hechos aislados son eso, hechos individuales sin relación causal con otros hechos. No hay necesidad causal ni lógica entre un evento esporádico y su posible repetición en el futuro. Las posibilidades de que se repita un accidente ―sobretodo si son causados por fenómenos naturales tan impredecibles como los terremotos― son las mismas que antes de dicho accidente. La sensación de continuidad o la relación causal es una creación producto de la imaginación y del temor irracional. Otro buen ejemplo es la absurda costumbre de comprar boletos de lotería en el mismo puesto donde se vendió el número ganador anterior. No existen mayores posibilidades de que la lotería caiga en ese puesto o cualquier otro. Cuando por pura probabilidad y necesidad un número sale ganador (porque alguien tiene que ganar), se le llama «suerte» y el ganador se siente especial. Pero no hay favores divinos ni planes universales, es puro azar ciego. El determinismo catastrófico es una creación producto de la supersticiosa mente medieval contemporánea.

Hace unos días, cuando la situación en Fukushima era aún muy incierta y se temía lo peor, encontré uno de esos odiosos mensajes en cadena en mi bandeja de entrada. Tenía cientos de direcciones y había sido reenviado un número similar de veces. El mensaje era para la población limeña y advertía que si llovía, aunque sea de manera muy leve (en Lima no llueve de verdad, sólo hay garúa) había que ponerse a salvo de la «lluvia radiactiva». Según este mensaje, la lluvia era producto de nubes radiactivas que habían cruzado el Pacífico desde Japón. La exposición a dicha lluvia nuclear debía producir cáncer, alopecia o derretir al infortunado peatón hasta convertirlo en una indescriptible masa amorfa. Tras leer estas tonterías inmediatamente borré el mensaje enviándolo al limbo virtual. Luego pensé que debía escribir algo al respecto. Quizás el lector sensato ahora entienda por qué.

martes, 1 de marzo de 2011

EL FUTURO EVOLUTIVO DEL HOMO SAPIENS COMODUS

La nomenclatura de Homo sapiens que acabo de inventar no tiene como objeto alarmar a los taxonomistas y antropólogos, obviamente me estoy refiriendo a nuestra propia subespecie. El Homo sapiens comodus es el hombre moderno atrofiado por una dependencia excesiva en la tecnología, que lo convierte en un homínido cómodo y perezoso; pero esto tiene un alto precio evolutivo, a saber: una progresiva disminución de nuestras facultades cognitivas y físicas. En las siguientes líneas intentaré explicar por qué.

Antes debo hacer un breve excurso sobre las ideas generalizadas y con frecuencia equivocadas sobre la evolución. En la cultura popular la palabra «evolución» tiene connotaciones inevitablemente positivas; la gente habla de evolución como un cambio hacia un estado mejor, un paso hacia el progreso, generalmente con una irritante carga moral. El verbo «evolucionar» se usa de la misma manera. Pero esta palabra pertenece a la biología y no tiene nada que ver con el uso erróneo que la gente hace de ella (las palabras no son culpables del mal uso y abuso de sus hablantes). La evolución no tiene en sí misma ninguna carga valorativa, no existe ningún acenso ni mejora de un estado peor a uno mejor. La carga edificante de la evolución fue agregada por una piadosa mirada teleológica perteneciente a la mentalidad burguesa cristiana. Este error también hace que la gente entienda el proceso evolutivo de manera errónea y que luego se decepcionen cuando las cosas no evolucionan como esperan o como quisieran.

La evolución, en un sentido estricto, describe los cambios que un organismo sufre para adaptarse exitosamente a un nuevo entorno (esto incluye, además del entorno físico, las especies ajenas, sean depredadores o presas, el clima, etc.). Un organismo evoluciona, muta, cuando el entorno lo hace primero. Si el entorno no cambia el organismo tampoco lo hace. La naturaleza trabaja con dos principios elementales: eficacia y economía. Pero con frecuencia los cambios que hacen que un organismo se adapte mejor a un nuevo entorno hacen que parezca que el organismo ha mejorado objetivamente, cuando la mejora sólo es relativa a un entorno particular. No hay razón, por ejemplo, para creer que es mejor tener patas que aletas. Si vives en el mar es mejor tener aletas y si eres un animal terrestre conviene mucho más tener patas. Pero ambas extremidades no pueden ser comparadas entre sí. Son simplemente adaptaciones distintas para cada entorno. Los organismos evolucionan para tener éxito como especie, y ser una especie exitosa es sencillamente sobrevivir en un mundo hostil y cambiante. No hay fin más trascendental que éste (en todo caso, ¿qué puede ser más sorprendente y difícil que simplemente mantenerse con vida?).

Hecha esta aclaración, ya podemos deducir que la evolución del hombre no supone ningún progreso moral ni un acercamiento a un fin superior o trascendental. Es verdad que nos hemos vuelto muy inteligentes, pero la mayor complejidad de un organismo no supone una mejora sustancial; quizás suponga una mayor diversidad en sus funciones y posibilidades, pero esto responde a un desafío de un entorno con más variables que enfrentar. En la historia de la vida del planeta todos los organismos han debido evolucionar para adaptarse a los cambios del entorno, pero nuestra especie es la única que ha logrado invertir el proceso. Ahora es el entorno y las demás especies los que se tienen que adaptar a nosotros (esto para muchos supone la demostración de nuestra superioridad biológica). Nuestra inteligencia y habilidad manual han logrado producir herramientas, cultura y tecnología. Nadie duda de los impresionantes logros de nuestra tecnología; admitamos que para crear todos los artilugios de la vida cotidiana hay que ser muy inteligentes. Hasta aquí todo parece ser celebración, pero si la tecnología sigue su curso actual pronto veremos que nuestra especie corre un serio peligro de morir de éxito. La inteligencia nos ha sobrepasado y nuestras creaciones finalmente nos volverán estúpidos y débiles.

He aquí la paradoja de nuestra inteligencia superior: la tecnología nos hace la vida más fácil y cómoda, pero al mismo tiempo sustituye el esfuerzo intelectual que antes hacíamos para resolver los problemas que ahora ella resuelve, finalmente haciéndonos menos inteligentes. Y, como si de una silenciosa conspiración mundial se tratara, cada vez somos más dependientes de la tecnología. Ya nadie concibe la vida sin ordenadores, Internet y teléfonos móviles. La tecnología se ocupa de las tareas más complejas y pesadas, sean éstas intelectuales o físicas, liberándonos de muchas cargas que antes nos agotaban u ocupaban mucho de nuestro tiempo. La justificación habitual es que esto nos permite disponer de más tiempo para otras cosas, aunque poca gente puede decir cuáles son esas «otras cosas», además de divertirse y salir de compras... El lector se preguntará: ¿bueno y qué? ¿Por qué esto nos hará más estupidos en el futuro? La respuesta es que todas esas competencias intelectuales y físicas que antes usábamos se atrofiarán por falta de uso. Según uno de los principios de la evolución, una adaptación, ya sea una extremidad o una facultad física, se atrofia o desaparece con el tiempo si ya no es útil para el organismo que lo porta. Es parte del principio de máximo ahorro energético de la naturaleza. Hace millones de años, cuando decidimos bajar de los árboles en las cálidas sabanas africanas, nuestra cola desapareció porque ya no nos servía. De la misma manera, el hombre anatómicamente moderno tiene el maxilar inferior menos pronunciado y robusto que el hombre primitivo, porque al cocinar sus alimentos ya no necesita tanta fuerza para comer carne cruda.

Así pues, las facultades que ya no se usan se atrofian. En nuestro caso, tenemos ejemplos muy claros. Todo el mundo habrá comprobado que nuestra habilidad matemática disminuye cuando ya no hacemos operaciones matemáticas, acostumbrados a la infalible inmediatez de las calculadoras. Igualmente, nuestra memoria cada vez tiene menos trabajo, desplazado por la indiscutible perfección de la imagen fotográfica, el video y los datos escritos, se desvanece por falta de uso. Algunos estudiosos de la inteligencia humana ya han advertido el progresivo deterioro de las facultades cognitivas por pereza y comodidad. También culpan a Internet por permitir el acceso inmediato y fácil a cualquier tipo de información; además de ahorrar el trabajo intelectual al usuario, la información que se ofrece es por lo general superficial y comprimida, modelada por la moda de la brevedad y rapidez. Del fast-food se ha pasado al fast-knowledge. Basta hojear las versiones antiguas de la Enciclopedia Británica (mi padre tiene una hermosa edición de 1940); los artículos son extensos y profundos, contrastando con los artículos resumidos de las ediciones actuales. Algunos podrán objetar que esa brevedad es necesaria porque ahora hay mucha más información que cubrir. Es un argumento ingenioso pero falaz. El hábito de leer la información de manera ligera y abreviada tiene como efecto una disminución de la capacidad para realizar análisis profundos que logren una comprensión integral del tema estudiado.

Con respecto al deterioro de nuestras habilidades físicas, podemos empezar por el malsano sedentarismo. Nuestro cuerpo fue modelado por la evolución para enfrentarse a constantes retos físicos; desde caminar varios kilómetros al día en busca de agua y comida, hasta luchar contra bestias salvajes o enemigos de la tribu vecina. Dado que la mayoría de la gente trabajadora pasa más de 8 horas sentada en una oficina frente a un ordenador, el desplazamiento diario es mínimo. Ni caminan, ni corren, ni levantan peso. En consecuencia, los músculos se debilitan por falta de uso, mientras la grasa se acumula por falta de desgaste energético. El sedentarismo de la vida moderna nos ha creado hábitos extraños, como salir a correr por el parque sin otra finalidad que la de mover las piernas (yo también lo hago), cuando antiguamente esto se hacía con frecuencia para conseguir recursos para sostener la vida cotidiana. La falta de esfuerzo muscular nos lleva al absurdo de levantar pesas simplemente para despertar nuestros adormilados músculos. Pensándolo bien, es lamentable que para poner el cuerpo en movimiento tengamos que correr sin destino alguno y levantar hierros sin otro fin que el de levantar algo pesado.

Tras todo esto ya podemos anunciar el esperado futuro evolutivo del Homo sapiens comodus. Si el avance de la tecnología actual sigue su curso (hasta el momento no hay nada que nos haga pensar lo contrario) nuestras habilidades cognitivas y físicas entrarán en una lenta espiral de imparable decadencia. Desde el punto de vista evolutivo esto no constituye tragedia alguna, sólo nos habremos adaptado al nuevo entorno, un entorno tecnológico que hemos creado para hacernos la vida más cómoda. Como resultado, perderemos la memoria fotográfica, ya que todas las imágenes relevantes estarán en la pantalla del ordenador o grabadas en videos. También seremos más miopes, ya que pasamos la mayor parte del tiempo mirando una pantalla que no está a más de medio metro de nuestros ojos. Ya no será necesario ver de lejos (¡todo estará a un clic de distancia!). Nuestra capacidad para el cálculo matemático también se verá severamente afectada por la imparable dependencia de las calculadoras, incluso para las operaciones más elementales. Físicamente, nuestros músculos se debilitarán ya que no será necesario levantar grandes pesos ni recorrer grandes distancias a pie, con esto las piernas perderán parte de su fuerza y resistencia para cubrir largos recorridos. Hace miles de años había que perseguir la comida durante varios kilómetros, ahora basta con caminar hasta el supermercado de la esquina. A todo este sombrío panorama hay que agregarle el alarmante efecto disgenésico de la ciencia médica. Antiguamente, antes de los avances de la medicina moderna, la gente débil y enferma moría por el implacable pero limpio y efectivo trabajo de la selección natural (que actúa como un filtro para detener el avance de enfermedades que pongan en peligro a la especie). Con la asistencia médica los débiles y enfermos sobreviven logrando reproducirse pasando sus genes defectuosos a las futuras generaciones. A largo plazo esto significa que la tara de genes enfermizos se multiplicará creando seres humanos cada vez menos saludables genéticamente.

Sé que esta predicción evolutiva no es muy alentadora. En resumen, nuestra especie será un animal debilitado, frágil, sin fuerza muscular, con poca memoria, expuesto a desarrollar más enfermedades, y menos inteligente ―por no decir más estúpido. Eso sí, tendremos ordenadores velocísimos, televisores con pantallas gigantes en 3D, robots domésticos y muchas otras cosas que ahora no podemos ni siquiera imaginar. Pero al menos ya podemos imaginar el lugar que nos toca como organismos supuestamente complejos entre toda esa impresionante tecnología. La tecnología será más sofisticada mientras nosotros seremos más simples y tontos. En fin, quizás esto es a lo que la gente se refiere cuando habla de «involucionar». Por último, alguien podrá objetar (y con mucha razón): ¿de qué te lamentas si acabas de decir que el hombre no tiene fin evolutivo alguno, acaso no quedamos en que no hay progreso ni un destino trascendental? Es verdad, y siendo así, la pérdida de todas estas maravillosas facultades será el precio para seguir adaptándonos al entorno; pero recordemos que este nuevo entorno no es natural, es un ambiente creado artificialmente por nosotros mismos. Lo irónico es haber dispuesto de nuestras ventajas evolutivas para crear una tecnología que finalmente nos quitará esas mismas ventajas. Es verdad, no hay una evolución ascendente, pero igualmente duele ver que todo el trabajo de millones de años de evolución se va al diablo por un exceso de comodidad y pereza.