Percibimos el tiempo como
somos en cada momento. Los que ahora estamos en la cuarta década de vida
miramos atrás a los años ochenta y sonreímos. Pensamos que era una década
ingenua y decadente. Renegamos del mal gusto en música y diseño (¡esos
horribles automóviles cuadrados!), al mismo tiempo que creemos que ahora la
realidad es mucho más coherente y racional. Pero somos nosotros los que hemos
cambiado. Somos nosotros los coherentes y racionales. A medida que maduramos, nuestra
visión de la realidad se desplaza y madura con nosotros, se hace más sensata.
La realidad objetiva no
existe. Sólo existe como la vemos. Es puro fenómeno. Si bien los objetos
físicos existen objetivamente, la forma en que se nos aparecen depende de
nuestra percepción, por lo tanto su captación es subjetiva. Como las cosas son
«en sí mismas» nunca lo sabremos ni lo podremos saber. Este carácter esquivo
hace que nuestra mirada siempre esté condicionada y limitada por nuestro propio
horizonte temporal y existencial. Del mismo modo en que interpretamos la
realidad a través del filtro de nuestra experiencia y nuestras creencias
culturales, también la vemos según nuestra perspectiva fenomenológica. Esto
explica por qué la realidad de los adolescentes ahora nos parece distorsionada
y por qué, por más que intentemos advertirles de sus errores y horrores, éstos
no se darán cuenta nunca. Ellos interpretan el tiempo así. Su presente es inmaduro
e irracional porque ellos también lo son. Claro que nadie tiene la culpa de
esto; es algo que todos hemos sufrido en mayor o menor grado.
Cada uno se ve a sí mismo
de joven ―unos más rebeldes y salvajes que otros, algunos idealistas y
revolucionarios, otros malditos y oscuros— y nos preguntamos: ¿por qué éramos
así? ¿Por qué no me daba cuenta de lo estúpido que era? ¿Cómo me podía haber
gustado esa chica, esa música, ese peinado y esa ropa? (debo admitir, no sin
pudor, que yo también me dejé tentar por el discutible peinado ochentero de la
«raya al medio» —afortunadamente un rebelde remolino en el centro de mi cabeza
lo rechazó). Y sin embargo, todo eso que ahora nos parece decadente en su
momento era lo «in», lo más aceptado y deseado. No sólo es producto
de la tiranía de la moda, que cambia constantemente, sino que también depende de
nuestra propia manera de ver la realidad. Sin duda, hay modas que todavía
sobreviven tras muchas décadas (digamos que se convierten en clásicos), pero
sólo la seguimos a cierta edad. Luego ya nos parece de mal gusto, inapropiado o
simplemente ridículo.
Por ejemplo, la moda de
los jeans rotos, que se impuso en los
años ochenta, todavía sobrevive, pero sólo en los jóvenes que ahora tienen la
edad que nosotros teníamos en esa década, época en que también pensábamos que
era algo nuevo y original. Aunque nuestra madurez cronológica y mental deforma
nuestra apreciación de las modas, yo sí me atrevería a afirmar que existe al
menos una moda del vestir que es horrible en toda época: me refiero a la moda baggy pants, esa desagradable costumbre
de llevar los pantalones caídos mostrando la ropa interior. Curiosamente, dicha
moda proviene de la cultura carcelaria, es decir, tiene un origen marcadamente marginal.
Aunque los jóvenes lo usan siguiendo el dictado de la moda, resulta imposible
convencerles de lo ridículo que se ven. Incluso los chicos creen que mostrando
su ropa interior podrán seducir a las chicas. Es repulsivo.
La relatividad de la
percepción del tiempo significa que siempre nos daremos cuenta de las cosas
tardíamente. Es posible que, si hubiéramos tenido cuarenta años en 1980, hubiésemos
pensado que esa década era grandiosa, hubiésemos seguido las modas del momento
con orgullo. Pero esa década estará siempre condenada por la edad en que la vivimos.
Del mismo modo, en veinte años más miraremos el presente con condescendencia y
descubriremos nuestra ―ahora invisible― ingenuidad.
También significa que
todos nuestros juicios personales sobre el tiempo son subjetivos. No podemos
decir, con certeza, que tal década era mejor que otra. Si fue mejor era porque coincidió
con una edad en la que nosotros también creíamos mejorar. Los músicos y
melómanos que sostienen que los setenta fueron una década de explosión creativa
también lo creen ―coincidiendo con el consenso general―
porque en esa década estaban en su mejor momento musical, ellos mismos fueron creativos;
por eso les parecía que la creatividad era algo característico de esa década. Pero
sin duda, en los años ochenta y después se ha seguido haciendo música
interesante y creativa. Quizás el gusto masivo reflejaba una tendencia
determinada que ciertamente sí fue pobre, pero eso no niega la presencia de una
creatividad paralela y menos visible.
Nuestra edad también determina
nuestros gustos culturales. A cierta edad ya hemos decidido el tipo de música y
lectura que nos gusta. Luego, lo que no pertenece a esta categoría queda
condenado al exilio cultural. Yo mismo, que no escucho la radio desde hace casi
diez años, estoy convencido que la música comercial de la radio actual (al
menos en Madrid) no vale la pena. Sin duda, debe haber alguna música buena,
pero mi gusto musical ha condenado todos los sonidos que provengan de la radio.
Esta actitud, aunque en cierto sentido radical y obtusa, también me define. Me
permite situarme en un lugar en el tiempo. Me gusta tal tipo de música, porque
fue hecha en tal época, con determinadas características estéticas que reflejan
mis propios intereses. Nuestro gusto estético es también una tarjeta de
presentación.
Dicho todo esto, sabemos
que es imposible escapar de esta relatividad perceptiva; estamos condenados a
interpretar el mundo según nuestro momento cronológico y mental. Nuestros
juicios de valor sobre determinados años cambiarán a medida que nosotros cambiemos
en el tiempo, pero será siempre una mirada desplazada, mediata y tardía. No hay
nada que podamos hacer sobre esto, pero al menos si nos damos cuenta ahora, quizás
esto nos permitiría ser más prudentes y tolerantes a la hora de evaluar la
realidad. El tiempo y la realidad no son nada en sí mismos, son, más bien, el producto de nuestros propios
valores, creencias y temores.