martes, 29 de octubre de 2013

La percepción del tiempo

Por qué ciertas épocas nos parecen mejores que otras


Percibimos el tiempo como somos en cada momento. Los que ahora estamos en la cuarta década de vida miramos atrás a los años ochenta y sonreímos. Pensamos que era una década ingenua y decadente. Renegamos del mal gusto en música y diseño (¡esos horribles automóviles cuadrados!), al mismo tiempo que creemos que ahora la realidad es mucho más coherente y racional. Pero somos nosotros los que hemos cambiado. Somos nosotros los coherentes y racionales. A medida que maduramos, nuestra visión de la realidad se desplaza y madura con nosotros, se hace más sensata.

La realidad objetiva no existe. Sólo existe como la vemos. Es puro fenómeno. Si bien los objetos físicos existen objetivamente, la forma en que se nos aparecen depende de nuestra percepción, por lo tanto su captación es subjetiva. Como las cosas son «en sí mismas» nunca lo sabremos ni lo podremos saber. Este carácter esquivo hace que nuestra mirada siempre esté condicionada y limitada por nuestro propio horizonte temporal y existencial. Del mismo modo en que interpretamos la realidad a través del filtro de nuestra experiencia y nuestras creencias culturales, también la vemos según nuestra perspectiva fenomenológica. Esto explica por qué la realidad de los adolescentes ahora nos parece distorsionada y por qué, por más que intentemos advertirles de sus errores y horrores, éstos no se darán cuenta nunca. Ellos interpretan el tiempo así. Su presente es inmaduro e irracional porque ellos también lo son. Claro que nadie tiene la culpa de esto; es algo que todos hemos sufrido en mayor o menor grado.

Cada uno se ve a sí mismo de joven ―unos más rebeldes y salvajes que otros, algunos idealistas y revolucionarios, otros malditos y oscuros— y nos preguntamos: ¿por qué éramos así? ¿Por qué no me daba cuenta de lo estúpido que era? ¿Cómo me podía haber gustado esa chica, esa música, ese peinado y esa ropa? (debo admitir, no sin pudor, que yo también me dejé tentar por el discutible peinado ochentero de la «raya al medio» —afortunadamente un rebelde remolino en el centro de mi cabeza lo rechazó). Y sin embargo, todo eso que ahora nos parece decadente en su momento era lo «in», lo más aceptado y deseado. No sólo es producto de la tiranía de la moda, que cambia constantemente, sino que también depende de nuestra propia manera de ver la realidad. Sin duda, hay modas que todavía sobreviven tras muchas décadas (digamos que se convierten en clásicos), pero sólo la seguimos a cierta edad. Luego ya nos parece de mal gusto, inapropiado o simplemente ridículo.

Por ejemplo, la moda de los jeans rotos, que se impuso en los años ochenta, todavía sobrevive, pero sólo en los jóvenes que ahora tienen la edad que nosotros teníamos en esa década, época en que también pensábamos que era algo nuevo y original. Aunque nuestra madurez cronológica y mental deforma nuestra apreciación de las modas, yo sí me atrevería a afirmar que existe al menos una moda del vestir que es horrible en toda época: me refiero a la moda baggy pants, esa desagradable costumbre de llevar los pantalones caídos mostrando la ropa interior. Curiosamente, dicha moda proviene de la cultura carcelaria, es decir, tiene un origen marcadamente marginal. Aunque los jóvenes lo usan siguiendo el dictado de la moda, resulta imposible convencerles de lo ridículo que se ven. Incluso los chicos creen que mostrando su ropa interior podrán seducir a las chicas. Es repulsivo.

La relatividad de la percepción del tiempo significa que siempre nos daremos cuenta de las cosas tardíamente. Es posible que, si hubiéramos tenido cuarenta años en 1980, hubiésemos pensado que esa década era grandiosa, hubiésemos seguido las modas del momento con orgullo. Pero esa década estará siempre condenada por la edad en que la vivimos. Del mismo modo, en veinte años más miraremos el presente con condescendencia y descubriremos nuestra ―ahora invisible― ingenuidad.

También significa que todos nuestros juicios personales sobre el tiempo son subjetivos. No podemos decir, con certeza, que tal década era mejor que otra. Si fue mejor era porque coincidió con una edad en la que nosotros también creíamos mejorar. Los músicos y melómanos que sostienen que los setenta fueron una década de explosión creativa también lo creen ―coincidiendo con el consenso general porque en esa década estaban en su mejor momento musical, ellos mismos fueron creativos; por eso les parecía que la creatividad era algo característico de esa década. Pero sin duda, en los años ochenta y después se ha seguido haciendo música interesante y creativa. Quizás el gusto masivo reflejaba una tendencia determinada que ciertamente sí fue pobre, pero eso no niega la presencia de una creatividad paralela y menos visible.

Nuestra edad también determina nuestros gustos culturales. A cierta edad ya hemos decidido el tipo de música y lectura que nos gusta. Luego, lo que no pertenece a esta categoría queda condenado al exilio cultural. Yo mismo, que no escucho la radio desde hace casi diez años, estoy convencido que la música comercial de la radio actual (al menos en Madrid) no vale la pena. Sin duda, debe haber alguna música buena, pero mi gusto musical ha condenado todos los sonidos que provengan de la radio. Esta actitud, aunque en cierto sentido radical y obtusa, también me define. Me permite situarme en un lugar en el tiempo. Me gusta tal tipo de música, porque fue hecha en tal época, con determinadas características estéticas que reflejan mis propios intereses. Nuestro gusto estético es también una tarjeta de presentación.

Dicho todo esto, sabemos que es imposible escapar de esta relatividad perceptiva; estamos condenados a interpretar el mundo según nuestro momento cronológico y mental. Nuestros juicios de valor sobre determinados años cambiarán a medida que nosotros cambiemos en el tiempo, pero será siempre una mirada desplazada, mediata y tardía. No hay nada que podamos hacer sobre esto, pero al menos si nos damos cuenta ahora, quizás esto nos permitiría ser más prudentes y tolerantes a la hora de evaluar la realidad. El tiempo y la realidad no son nada en sí mismos, son, más bien, el producto de nuestros propios valores, creencias y temores.


sábado, 12 de octubre de 2013

El ataque de las tetas subversivas

El erotismo como arma política de difusión masiva
 

Cada vez es más frecuente ver en los noticieros imágenes de combativas chicas saboteando actos políticos con el pecho desnudo, mientras levantan los puños airadamente gritando frases de protesta. Las imágenes son perturbadoras en sí mismas, pero no por la intención política detrás del gesto —que podría ser justificada o no― sino por la presencia de estas jóvenes con los pechos al aire en un contexto donde la desnudez supone una trasgresión social intolerable (dicha acción en una playa nudista no tendría efecto alguno). Desde el punto de vista estético, habría que preguntarse si estas acciones pueden ser consideradas como manifestaciones o happenings de body art político.

El concepto de arte posmoderno admite prácticamente todo, incluso el supuesto antiarte ―sea lo que fuere y en caso exista— también puede ser arte. Ahora bien, catalogar estas acciones políticas como arte tiene un arriesgado efecto de validación, como si la etiqueta de «manifestación artística» automáticamente le concediera una cierta inmunidad. El arte, además de ser arte, también existe en una cierta irrealidad, un mundo paralelo que puede parecerse mucho a la vida real ―incluso existe dentro de ella―, pero tras un análisis profundo, descubrimos que es otra cosa; por lo tanto no puede ser juzgado como una acción plenamente «real».

Antes de seguir, hay que tener cuidado en no confundir la forma con el contenido. Me estoy refiriendo al gesto de utilizar el cuerpo femenino semidesnudo como arma política y social. Esto es la forma. Aquello que se quiera defender es el contenido, y es algo independiente de la forma en que se quiera expresar. Una vez esclarecido este punto, lo que defiendan estas mujeres es irrelevante con respecto a la forma en que lo quieran defender. Lo importante es analizar por qué estas chicas muestran sus senos y por qué consideran que hacerlo supone una ventaja y un eficaz vehículo para transmitir sus mensajes.

Los senos siempre han estado cubiertos de una multiplicidad de significados, y además en culturas donde la desnudez es tabú, como la occidental, los senos también son motivo de incomodidad, sobre todo por la privilegiada presencia que ocupan en el cuerpo femenino. Los senos se cubren pero su forma no desaparece bajo la ropa, siguen siendo —al menos en el cuerpo de la mujer joven— protuberancias orgullosas y desafiantes. Y por eso las mujeres siempre han sabido usar sus senos como armas de seducción y poder cuando las han necesitado. El efecto cautivador que tienen en el hombre es innegable. La mujer, conocedora del potencial de su cuerpo, decide cuándo revelar u ocultar sus senos según los fines que quiere alcanzar.

Todo esto, que parece una obviedad, es relevante para analizar la efectividad de las activistas que usan su cuerpo para alcanzar sus fines. Algunas activistas defienden su conducta argumentando que no están convirtiendo su cuerpo en un objeto erótico, sino en un arma política, una forma de llamar la atención en un mar de indiferencia. Pero en realidad esto significa que están usando el erotismo como arma política, como trasgresión. Resulta evidente que su desnudez es un arma contundente que no puede ser ignorada. Como la desnudez pública en un espacio donde no se permite supone una violación de las normas sociales, dicha exposición debe cubrirse lo antes posible. Por eso estas mujeres saben perfectamente que sus acciones serán breves pero muy efectivas. Consiguen la máxima atención en un tiempo mínimo. Las tetas desatadas no pueden quedar impunes.

Usar el cuerpo femenino como arma de trasgresión conlleva un doble discurso. Por un lado podríamos considerar que es una denuncia feminista contra el uso erótico del cuerpo femenino, pero paradójicamente, al mismo tiempo supone una explotación de dicho uso. Es decir, mientras se denuncia la instrumentalización de la mujer como objeto sexual, también se saca provecho del mismo. Este doble uso suele confundir a los críticos de arte, pues posibilita una interpretación arbitraria: el cuerpo como objeto erótico y como arma política.

Las intervenciones están muy bien planificadas y las activistas saben exactamente lo que harán y la atención que recibirán. No es casualidad que escriban el eslogan político a defender sobre el pecho desnudo. El cuerpo se convierte en cartel, en vehículo de propaganda. Las letras del eslogan, torpemente pintadas entre los senos, aprovechan el foco de atención del observador. Como la desnudez es un tabú, los ojos de los observadores de inmediato se posan sobre los senos descubiertos que convenientemente muestran el mensaje a transmitir. Es una estrategia de publicidad perfecta. El cuerpo del deseo como vehículo publicitario. El uso es el mismo que cuando estratégicamente se tapan los senos de una chica en topless con una botella de cerveza. Se aprovecha el punto de atención.

Visto esto, habría que deducir que la exposición mamaria está dirigida mayormente al público masculino. Y esto tiene sentido, pues las reivindicaciones que las activistas pretenden mostrar están pensadas para contrarrestar un poder político típicamente masculino. Luchan contra el viejo orden gobernado por hombres. Seguramente el pecho descubierto tendría un efecto mucho menor en un mundo gobernado por mujeres. Asimismo, estas acciones también podrían considerarse ―haciendo un uso extensivo del término― como actos de terrorismo visual, pues lo que buscan las activistas es captar la máxima atención y al mismo tiempo sabotear el acto político en curso. La acción supone una especie de bomba anatómica (nunca mejor dicho). La onda expansiva de estas bombas anatómicas tiene un alcance puntual y limitado, pero las acciones siempre suceden en lugares con amplia cobertura mediática, así que gracias a los medios de comunicación estas acciones políticas se convierten en armas de difusión masiva.

La forma en que las acciones son reprimidas también revela el significado de la desnudez trasgresora. Los policías y agentes de seguridad tienen mucho cuidado en no tocar ―incluso de manera accidental― los senos desnudos durante el forcejeo, seguramente por temor a luego ser acusados de acoso sexual o «tocamientos indecentes». Esto convierte el seno en un objeto prohibido y apestado, un objeto incómodo del cual sólo cabe su erradicación mediante el cubrimiento inmediato. Curiosamente, cuando el agente de seguridad es mujer se tolera el contacto físico directo con el seno trasgresor, pero en este caso no se considera un tocamiento, sino una simple medida de fuerza para reducir a la activista.

Si estas acciones pretenden ser happenings políticos feministas, el rol de los senos al descubierto resulta ambiguo. Utilizar la desnudez del cuerpo como gancho publicitario supone al mismo tiempo convertir el cuerpo femenino en objeto erótico, que es en muchos casos uno de los usos denunciados por los grupos feministas. Y esta contradicción entre la ideología y la acción resta claridad a la propuesta de los grupos que practican estas explosivas apariciones públicas. Y por último, queda el problema de saber si el fondo —el mensaje— queda eclipsado por la forma —los pechos al aire. En ciertos casos, un bello cuerpo femenino semidesnudo, luchando salvajemente por liberarse de la represión del imperio de los hombres vestidos, resulta difícil de olvidar.