Cada vez es más frecuente
ver en los noticieros imágenes de combativas chicas saboteando actos políticos
con el pecho desnudo, mientras levantan los puños airadamente gritando frases
de protesta. Las imágenes son perturbadoras en sí mismas, pero no por la
intención política detrás del gesto —que podría ser justificada o no― sino por
la presencia de estas jóvenes con los pechos al aire en un contexto donde la
desnudez supone una trasgresión social intolerable (dicha acción en una playa
nudista no tendría efecto alguno). Desde el punto de vista estético, habría que
preguntarse si estas acciones pueden ser consideradas como manifestaciones o happenings de body art político.
El concepto de arte
posmoderno admite prácticamente todo, incluso el supuesto antiarte ―sea lo que
fuere y en caso exista— también puede ser arte. Ahora bien, catalogar estas
acciones políticas como arte tiene un arriesgado efecto de validación, como si
la etiqueta de «manifestación artística» automáticamente le concediera una
cierta inmunidad. El arte, además de ser arte, también existe en una cierta
irrealidad, un mundo paralelo que puede parecerse mucho a la vida real ―incluso
existe dentro de ella―, pero tras un análisis profundo, descubrimos que es otra
cosa; por lo tanto no puede ser juzgado como una acción plenamente «real».
Antes de seguir, hay que
tener cuidado en no confundir la forma con el contenido. Me estoy refiriendo al
gesto de utilizar el cuerpo femenino semidesnudo como arma política y social.
Esto es la forma. Aquello que se quiera defender es el contenido, y es algo
independiente de la forma en que se quiera expresar. Una vez esclarecido este
punto, lo que defiendan estas mujeres es irrelevante con respecto a la forma en
que lo quieran defender. Lo importante es analizar por qué estas chicas
muestran sus senos y por qué consideran que hacerlo supone una ventaja y un
eficaz vehículo para transmitir sus mensajes.
Los senos siempre han
estado cubiertos de una multiplicidad de significados, y además en culturas
donde la desnudez es tabú, como la occidental, los senos también son motivo de
incomodidad, sobre todo por la privilegiada presencia que ocupan en el cuerpo
femenino. Los senos se cubren pero su forma no desaparece bajo la ropa, siguen
siendo —al menos en el cuerpo de la mujer joven— protuberancias orgullosas y
desafiantes. Y por eso las mujeres siempre han sabido usar sus senos como armas
de seducción y poder cuando las han necesitado. El efecto cautivador que tienen
en el hombre es innegable. La mujer, conocedora del potencial de su cuerpo,
decide cuándo revelar u ocultar sus senos según los fines que quiere alcanzar.
Todo esto, que parece una
obviedad, es relevante para analizar la efectividad de las activistas que usan
su cuerpo para alcanzar sus fines. Algunas activistas defienden su conducta
argumentando que no están convirtiendo su cuerpo en un objeto erótico, sino en
un arma política, una forma de llamar la atención en un mar de indiferencia.
Pero en realidad esto significa que están usando el erotismo como arma
política, como trasgresión. Resulta evidente que su desnudez es un arma
contundente que no puede ser ignorada. Como la desnudez pública en un espacio
donde no se permite supone una violación de las normas sociales, dicha
exposición debe cubrirse lo antes posible. Por eso estas mujeres saben perfectamente
que sus acciones serán breves pero muy efectivas. Consiguen la máxima atención
en un tiempo mínimo. Las tetas desatadas no pueden quedar impunes.
Usar el cuerpo femenino
como arma de trasgresión conlleva un doble discurso. Por un lado podríamos
considerar que es una denuncia feminista contra el uso erótico del cuerpo femenino,
pero paradójicamente, al mismo tiempo supone una explotación de dicho uso. Es
decir, mientras se denuncia la instrumentalización de la mujer como objeto
sexual, también se saca provecho del mismo. Este doble uso suele confundir a
los críticos de arte, pues posibilita una interpretación arbitraria: el cuerpo
como objeto erótico y como arma política.
Las intervenciones están
muy bien planificadas y las activistas saben exactamente lo que harán y la atención
que recibirán. No es casualidad que escriban el eslogan político a defender
sobre el pecho desnudo. El cuerpo se convierte en cartel, en vehículo de
propaganda. Las letras del eslogan, torpemente pintadas entre los senos,
aprovechan el foco de atención del observador. Como la desnudez es un tabú, los
ojos de los observadores de inmediato se posan sobre los senos descubiertos que
convenientemente muestran el mensaje a transmitir. Es una estrategia de
publicidad perfecta. El cuerpo del deseo como vehículo publicitario. El uso es
el mismo que cuando estratégicamente se tapan los senos de una chica en topless con una botella de cerveza. Se
aprovecha el punto de atención.
Visto esto, habría que
deducir que la exposición mamaria está dirigida mayormente al público masculino.
Y esto tiene sentido, pues las reivindicaciones que las activistas pretenden
mostrar están pensadas para contrarrestar un poder político típicamente
masculino. Luchan contra el viejo orden gobernado por hombres. Seguramente el
pecho descubierto tendría un efecto mucho menor en un mundo gobernado por
mujeres. Asimismo, estas acciones también podrían considerarse ―haciendo un uso
extensivo del término― como actos de terrorismo visual, pues lo que buscan las
activistas es captar la máxima atención y al mismo tiempo sabotear el acto
político en curso. La acción supone una especie de bomba anatómica (nunca mejor
dicho). La onda expansiva de estas bombas anatómicas tiene un alcance puntual y
limitado, pero las acciones siempre suceden en lugares con amplia cobertura
mediática, así que gracias a los medios de comunicación estas acciones políticas
se convierten en armas de difusión
masiva.
La forma en que las
acciones son reprimidas también revela el significado de la desnudez
trasgresora. Los policías y agentes de seguridad tienen mucho cuidado en no
tocar ―incluso de manera accidental― los senos desnudos durante el forcejeo,
seguramente por temor a luego ser acusados de acoso sexual o «tocamientos
indecentes». Esto convierte el seno en un objeto prohibido y apestado, un
objeto incómodo del cual sólo cabe su erradicación mediante el cubrimiento
inmediato. Curiosamente, cuando el agente de seguridad es mujer se tolera el
contacto físico directo con el seno trasgresor, pero en este caso no se
considera un tocamiento, sino una simple medida de fuerza para reducir a la
activista.
Si estas acciones
pretenden ser happenings políticos
feministas, el rol de los senos al descubierto resulta ambiguo. Utilizar la
desnudez del cuerpo como gancho publicitario supone al mismo tiempo convertir
el cuerpo femenino en objeto erótico, que es en muchos casos uno de los usos
denunciados por los grupos feministas. Y esta contradicción entre la ideología
y la acción resta claridad a la propuesta de los grupos que practican estas
explosivas apariciones públicas. Y por último, queda el problema de saber si el
fondo —el mensaje— queda eclipsado por la forma —los pechos al aire. En ciertos
casos, un bello cuerpo femenino semidesnudo, luchando salvajemente por
liberarse de la represión del imperio de los hombres vestidos, resulta difícil
de olvidar.
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