miércoles, 20 de febrero de 2013

El Partido Aristocrático: una nueva alternativa


La necesidad de instaurar el gobierno de los mejores
 
Mucha gente se queja de la falta de alternativas frente a los males del actual sistema político debilitado por la corrupción y la ineficiencia. Se lamentan como si más allá del modelo democrático no existieran otras opciones mejores. Frente al desprestigio de la clase política el ciudadano común se encoge de hombros consternado y mira al suelo buscando respuestas. Pero yo creo que sí existe una alternativa posible frente al desasosiego generalizado. Propongo la creación de un partido político aristocrático, que además, creo resulta imprescindible para salvarnos de políticos corruptos que usualmente llegan al poder ayudados por los vicios del voto democrático mayoritario.

En primera instancia, un lector desprevenido sonreirá cuando lee el adjetivo «aristocrático»; entonces seguramente pensará en nobles refinados con sombreros de copa en carruajes escoltados por criados sumisos. Pero esto es porque no ha tomado en cuenta la etimología de la palabra «aristocracia», que en su origen griego significa «el gobierno de los mejores» (en este sentido podríamos intercambiar «aristocrático» por «meritocrático»). Como suele suceder, el uso ha deformado su significado original haciendo que los ricos y poderosos se calificasen a sí mismos como los mejores, pero esto raras veces es así. Sabemos bien que ser rico y poderoso no equivale a ser el mejor.

El gobierno de los mejores es un gobierno conformado por los mejores de cada campo (aunque esto no es nada nuevo, ya lo propuso Platón en su tiempo, pero parece que no le hicieron mucho caso). Por ejemplo, el ministro de justicia deberá ser el mejor abogado o juez; el ministro de educación debería ser una persona que, además de tener una gran formación académica, tiene una amplia experiencia en la docencia; el ministro de cultura debería ser, además de un hombre muy culto, un hombre (o mujer) del Renacimiento, poseedor de un saber universal. Del mismo modo, el ministro de vivienda será un ingeniero o arquitecto con amplia experiencia en su campo. Todo esto parece ser de sentido común, sin embargo, en muchos gobiernos democráticos los políticos ocupan puestos que no dominan, y esto muchas veces conduce a una labor mediocre o ineficiente.

Claro que un gobierno aristocrático no podrá ser elegido democráticamente. Hacerlo sería una contradicción en los términos. Aunque el sistema democrático está basado en buenas intenciones, la historia repetidamente ha demostrado sus deficiencias a la hora de elegir gobernantes mediante el voto mayoritario. La democracia permite la elección de gobernantes corruptos, ignorantes y mediocres. Lo peor de todo es que el sistema legitima tales barbaridades. La elección democrática sólo funciona en una población entre iguales, tal como se concebía originalmente en la democracia ateniense (ver mi articulo de abril del 2011 El peligro de la democracia entre desiguales). En el escenario contemporáneo la elección democrática sólo puede tener validez entre una población informada y con un nivel educativo homogéneo, donde sería válido imponer la voluntad de la mayoría.

El problema radica en que nadie se atreve a cuestionar el sistema democrático, porque si lo hace, teme con ello apoyar algún sistema considerado perverso (como la dictadura). La negación del sistema democrático no necesariamente implica la promoción de un sistema político perverso; en realidad esta forma de pensar es una creación inventada por el propio sistema democrático para legitimarse a sí mismo y defenderse de cualquier crítica. En todo caso, la parte más perversa del sistema democrático es su capacidad para legitimar malos gobernantes. Se suele confundir igualdad de oportunidades y derechos con igualdad en aptitudes. El hecho de que los ciudadanos tengan los mismos derechos y oportunidades no los iguala fácticamente. Y por ello el valor de la opinión de una persona informada y experimentada en un campo no puede ser igual que el de una persona ignorante en ese mismo campo. Por eso en la mayoría de empresas e instituciones se buscan expertos para los puestos más importantes, porque su conocimiento y experiencia tienen un valor añadido. Por consiguiente un gobierno aristocrático debe estar formado por los mejores en cada área.

Se me ha preguntado más de una vez ―y con justa razón― quién deberá elegir a estos supuestos mejores. La pregunta conlleva detrás el temor a la discriminación y la arbitrariedad (la democracia nos ha inculcado una especie de temor irracional a la diferencia valorativa, a pesar de que en la vida real todos actuamos y tratamos a los demás según sus respectivos roles y puestos en la sociedad). Pero tengo la respuesta para esta pregunta: los mejores serán elegidos por los mejores. Esta no es, ni mucho menos, una absurda tautología, sino que significa que los mejores de cada campo deberán elegir entre ellos al mejor candidato para cada puesto —y en este caso sí tendría sentido una elección democrática, dado que son iguales. Claro que muchas veces las personas más preparadas no están interesadas en dedicarse a la política, pero en este caso se podría invitar a estas personas a servir como consejeros, aprovechando con ello su conocimiento a beneficio del Estado.  

Siempre me ha parecido absurdo que los requisitos para ser presidente del gobierno sean mínimos, mientras que para postular a un puesto importante en el mundo laboral se exigen los más altos niveles académicos, además de idiomas y una amplia experiencia en el sector a trabajar. Si para ocupar un puesto importante es necesario estar bien preparado, no entiendo por qué no se exige lo mismo —y aún más— para ser el presidente del país o formar parte del gabinete ministerial. Lo mismo vale para los congresistas que son los que finalmente determinarán la dirección del país. Esta insensatez está originada por el temor irracional a discriminar a los ciudadanos según su nivel sociocultural, considerando que todos tienen derecho a ocupar el puesto más alto en el gobierno. Pero el hecho de que todos tengan el derecho de ser presidente no significa que todos reúnan las condiciones para serlo; sólo significa que cualquier persona, si se prepara y dedica lo suficiente, debería poder aspirar a gobernar el país.

La falta de rigor en los requisitos para ocupar puestos políticos de gran responsabilidad, más el bajo nivel cultural y la falta de información de los votantes, crean una combinación nefasta que permite la elección de gobernantes ineptos y corruptos que finalmente conducen el país a la ruina. Se sabe que el votante irreflexivo generalmente elige al candidato con quien se siente más identificado o que le parece más simpático, muchas veces obviando las propuestas políticas. Por eso un pueblo inculto suele elegir presidentes chabacanos y populistas, que en muchos casos son más hábiles creando interminables discursos demagógicos, cantando rancheras o contando chistes que resolviendo los problemas del país con seriedad. Para evitar este mal hace falta introducir cambios radicales en el sistema.

El mejor en cada campo suele llegar a serlo por su esfuerzo y dedicación. En muchos casos su buen rendimiento le ha permitido alcanzar una buena posición social y económica, y por eso cuando se le invita a ocupar algún puesto político, lo hace habiendo ya alcanzado sus metas profesionales. No necesita servirse de su puesto político para alcanzar sus objetivos o enriquecerse. En otras palabras, el mejor llega al gobierno para servir al Estado y no para servirse de él; y al contrario, las personas que se dedican a la política profesionalmente desde sus inicios suelen usar el poder político como un medio para sus propios fines, valiéndose de la corrupción para su provecho personal. Les falta vocación de servicio. Para evitar esto hay que erradicar la burda asociación entre honestidad y pobreza. Ser pobre no hace a la gente honrada. Las personas que al llegar al poder ya tienen una buena posición económica y social se ven menos tentadas de servirse de ese poder, ya que sus propias metas han sido alcanzadas antes de entrar en política. Claro que esto no siempre será cierto, pero tiene sentido.

En todos los países existe gente preparada, excelentes intelectuales, técnicos, creadores y filántropos que podrían aportar su talento y experiencia para ayudar a sus países. Lamentablemente muchos no lo hacen porque tienen un concepto muy pobre de la actividad política, desanimados por la mediocridad y deshonestidad de sus políticos. Algunos temen ensuciarse con el quehacer político exponiéndose a perjudicar sus carreras profesionales. Como ejemplo se me ocurre el sonado caso de Mario Vargas Llosa cuando en 1990 se ofreció como candidato a la presidencia del Perú para luego ser derrotado por Alberto Fujimori, actualmente encarcelado por corrupción y crímenes contra la humanidad. Este caso seguramente sirvió para desalentar a muchos otros intelectuales que alguna vez barajaron la posibilidad de poner su talento al servicio de su país.

Pero la política es más grande que los políticos y sus aciertos y desaciertos. Además, existe cierta comodidad e indolencia en criticar las decisiones políticas de un gobierno si uno no está dispuesto a hacer algo por mejorar dichas decisiones. No basta con salir a la calle a pelearse con la policía gritando lemas ingeniosos. Quejarse es lo más fácil. Proponer alternativas reales es otra cosa. Invitemos a los mejores a colaborar con su talento, conocimiento y experiencia. Un gobierno aristocrático, en el mejor sentido de la palabra, es posible (y deseable).