La necesidad de instaurar el gobierno de los mejores
Mucha gente se queja de la falta de alternativas frente a los males del actual sistema político debilitado por la corrupción y la ineficiencia. Se lamentan como si más allá del modelo democrático no existieran otras opciones mejores. Frente al desprestigio de la clase política el ciudadano común se encoge de hombros consternado y mira al suelo buscando respuestas. Pero yo creo que sí existe una alternativa posible frente al desasosiego generalizado. Propongo la creación de un partido político aristocrático, que además, creo resulta imprescindible para salvarnos de políticos corruptos que usualmente llegan al poder ayudados por los vicios del voto democrático mayoritario.
En primera instancia, un
lector desprevenido sonreirá cuando lee el adjetivo «aristocrático»; entonces
seguramente pensará en nobles refinados con sombreros de copa en carruajes
escoltados por criados sumisos. Pero esto es porque no ha tomado en cuenta la
etimología de la palabra «aristocracia», que en su origen griego significa «el
gobierno de los mejores» (en este sentido podríamos intercambiar
«aristocrático» por «meritocrático»). Como suele suceder, el uso ha deformado
su significado original haciendo que los ricos y poderosos se calificasen a sí
mismos como los mejores, pero esto raras veces es así. Sabemos bien que ser
rico y poderoso no equivale a ser el mejor.
El gobierno de los
mejores es un gobierno conformado por los mejores de cada campo (aunque esto no
es nada nuevo, ya lo propuso Platón en su tiempo, pero parece que no le
hicieron mucho caso). Por ejemplo, el ministro de justicia deberá ser el mejor
abogado o juez; el ministro de educación debería ser una persona que, además de
tener una gran formación académica, tiene una amplia experiencia en la
docencia; el ministro de cultura debería ser, además de un hombre muy culto, un
hombre (o mujer) del Renacimiento, poseedor de un saber universal. Del mismo
modo, el ministro de vivienda será un ingeniero o arquitecto con amplia
experiencia en su campo. Todo esto parece ser de sentido común, sin embargo, en
muchos gobiernos democráticos los políticos ocupan puestos que no dominan, y
esto muchas veces conduce a una labor mediocre o ineficiente.
Claro que un gobierno
aristocrático no podrá ser elegido democráticamente. Hacerlo sería una contradicción
en los términos. Aunque el sistema democrático está basado en buenas
intenciones, la historia repetidamente ha demostrado sus deficiencias a la hora
de elegir gobernantes mediante el voto mayoritario. La democracia permite la elección
de gobernantes corruptos, ignorantes y mediocres. Lo peor de todo es que el
sistema legitima tales barbaridades. La elección democrática sólo funciona en
una población entre iguales, tal como se concebía originalmente en la
democracia ateniense (ver mi articulo de abril del 2011 El peligro de la democracia entre desiguales). En el escenario
contemporáneo la elección democrática sólo puede tener validez entre una
población informada y con un nivel educativo homogéneo, donde sería válido
imponer la voluntad de la mayoría.
El problema radica en que
nadie se atreve a cuestionar el sistema democrático, porque si lo hace, teme con
ello apoyar algún sistema considerado perverso (como la dictadura). La negación
del sistema democrático no necesariamente implica la promoción de un sistema político
perverso; en realidad esta forma de pensar es una creación inventada por el propio
sistema democrático para legitimarse a sí mismo y defenderse de cualquier
crítica. En todo caso, la parte más perversa del sistema democrático es su
capacidad para legitimar malos gobernantes. Se suele confundir igualdad de
oportunidades y derechos con igualdad en aptitudes. El hecho de que los
ciudadanos tengan los mismos derechos y oportunidades no los iguala
fácticamente. Y por ello el valor de la opinión de una persona informada y
experimentada en un campo no puede ser igual que el de una persona ignorante en
ese mismo campo. Por eso en la mayoría de empresas e instituciones se buscan
expertos para los puestos más importantes, porque su conocimiento y experiencia
tienen un valor añadido. Por consiguiente un gobierno aristocrático debe estar
formado por los mejores en cada área.
Se me ha preguntado más
de una vez ―y con justa razón― quién deberá elegir a estos supuestos mejores.
La pregunta conlleva detrás el temor a la discriminación y la arbitrariedad (la
democracia nos ha inculcado una especie de temor irracional a la diferencia
valorativa, a pesar de que en la vida real todos actuamos y tratamos a los
demás según sus respectivos roles y puestos en la sociedad). Pero tengo la respuesta
para esta pregunta: los mejores serán elegidos por los mejores. Esta no es, ni
mucho menos, una absurda tautología, sino que significa que los mejores de cada
campo deberán elegir entre ellos al mejor candidato para cada puesto —y en este
caso sí tendría sentido una elección democrática,
dado que son iguales. Claro que muchas veces las personas más preparadas no
están interesadas en dedicarse a la política, pero en este caso se podría
invitar a estas personas a servir como consejeros, aprovechando con ello su
conocimiento a beneficio del Estado.
Siempre me ha parecido
absurdo que los requisitos para ser presidente del gobierno sean mínimos,
mientras que para postular a un puesto importante en el mundo laboral se exigen
los más altos niveles académicos, además de idiomas y una amplia experiencia en
el sector a trabajar. Si para ocupar un puesto importante es necesario estar
bien preparado, no entiendo por qué no se exige lo mismo —y aún más— para ser
el presidente del país o formar parte del gabinete ministerial. Lo mismo vale
para los congresistas que son los que finalmente determinarán la dirección del
país. Esta insensatez está originada por el temor irracional a discriminar a
los ciudadanos según su nivel sociocultural, considerando que todos tienen
derecho a ocupar el puesto más alto en el gobierno. Pero el hecho de que todos
tengan el derecho de ser presidente no significa que todos reúnan las
condiciones para serlo; sólo significa que cualquier persona, si se prepara y
dedica lo suficiente, debería poder aspirar a gobernar el país.
La falta de rigor en los
requisitos para ocupar puestos políticos de gran responsabilidad, más el bajo
nivel cultural y la falta de información de los votantes, crean una combinación
nefasta que permite la elección de gobernantes ineptos y corruptos que finalmente
conducen el país a la ruina. Se sabe que el votante irreflexivo generalmente
elige al candidato con quien se siente más identificado o que le parece más
simpático, muchas veces obviando las propuestas políticas. Por eso un pueblo
inculto suele elegir presidentes chabacanos y populistas, que en muchos casos son
más hábiles creando interminables discursos demagógicos, cantando rancheras o
contando chistes que resolviendo los problemas del país con seriedad. Para
evitar este mal hace falta introducir cambios radicales en el sistema.
El mejor en cada campo
suele llegar a serlo por su esfuerzo y dedicación. En muchos casos su buen
rendimiento le ha permitido alcanzar una buena posición social y económica, y
por eso cuando se le invita a ocupar algún puesto político, lo hace habiendo ya
alcanzado sus metas profesionales. No necesita servirse de su puesto político
para alcanzar sus objetivos o enriquecerse. En otras palabras, el mejor llega
al gobierno para servir al Estado y no para servirse de él; y al contrario, las
personas que se dedican a la política profesionalmente desde sus inicios suelen
usar el poder político como un medio para sus propios fines, valiéndose de la
corrupción para su provecho personal. Les falta vocación de servicio. Para
evitar esto hay que erradicar la burda asociación entre honestidad y pobreza.
Ser pobre no hace a la gente honrada. Las personas que al llegar al poder ya
tienen una buena posición económica y social se ven menos tentadas de servirse
de ese poder, ya que sus propias metas han sido alcanzadas antes de entrar en política.
Claro que esto no siempre será cierto, pero tiene sentido.
En todos los países existe
gente preparada, excelentes intelectuales, técnicos, creadores y filántropos
que podrían aportar su talento y experiencia para ayudar a sus países.
Lamentablemente muchos no lo hacen porque tienen un concepto muy pobre de la
actividad política, desanimados por la mediocridad y deshonestidad de sus
políticos. Algunos temen ensuciarse con el quehacer político exponiéndose a
perjudicar sus carreras profesionales. Como ejemplo se me ocurre el sonado caso
de Mario Vargas Llosa cuando en 1990 se ofreció como candidato a la presidencia
del Perú para luego ser derrotado por Alberto Fujimori, actualmente encarcelado
por corrupción y crímenes contra la humanidad. Este caso seguramente sirvió
para desalentar a muchos otros intelectuales que alguna vez barajaron la
posibilidad de poner su talento al servicio de su país.
Pero la política es más
grande que los políticos y sus aciertos y desaciertos. Además, existe cierta
comodidad e indolencia en criticar las decisiones políticas de un gobierno si
uno no está dispuesto a hacer algo por mejorar dichas decisiones. No basta con
salir a la calle a pelearse con la policía gritando lemas ingeniosos. Quejarse
es lo más fácil. Proponer alternativas reales es otra cosa. Invitemos a los
mejores a colaborar con su talento, conocimiento y experiencia. Un gobierno
aristocrático, en el mejor sentido de la palabra, es posible (y deseable).