miércoles, 27 de julio de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
INTELIGENCIA HUMANA: UN ASOMBROSO ERROR DE LA EVOLUCIÓN
El título de este artículo quizás parezca escandaloso, pero en realidad decir que la inteligencia humana es un error evolutivo no tiene como objeto subestimar su valor ni ignorar su maravillosa complejidad y riqueza. Sin duda, sería estúpido no reconocer que la inteligencia humana es una creación asombrosa. Pero ello no demuestra que desde el punto de vista evolutivo nuestra inteligencia no es una singularidad, un accidente en los azarosos caminos de la evolución. Afirmo que es un error porque para las demás especies y para el planeta nuestra inteligencia constituye un serio peligro. Mientras más inteligente somos, más destructivos somos para el entorno y los demás organismos cuyas inteligencias son mucho más modestas.
Creo que la inteligencia humana es un error porque está fuera de toda proporción con respecto a las otras especies. Ello nos hace cada vez menos naturales, menos animales. Por eso estamos cada vez más alejados de la naturaleza, y por lo mismo nos servimos de ella como una herramienta, un medio para satisfacer nuestros mezquinos y egoístas intereses humanos. La pasmosa desproporción de nuestra inteligencia en comparación con los demás animales nos hace sentir «especiales» ―y para muchos los elegidos de un dios que hemos inventado para hacernos también especiales― y nos hace creer que tenemos derecho a utilizar el resto del planeta para nuestro propio beneficio. Una de las lamentables herencias de la ideología cristiana fue justificar la explotación de la naturaleza por mandato directo de temperamental dios arquitecto del Génesis. Esto tranquiliza las conciencias piadosas de millones de creyentes que aprueban la instrumentalización de otros animales y el saqueo sistemático de recursos naturales para nuestra propia comodidad. Aunque es obvio que nuestra inteligencia se usa también para crear belleza e inventos útiles y sorprendentes, también la usamos para satisfacer placeres frívolos e innecesarios que sólo destruyen los recursos y el hábitat de los otros animales menos afortunados. Espero que mi reclamo no se confunda con posturas ecologistas de moda, ni con un sentimiento antiprogreso o antitecnológico. Creo que mi acusación pretende ir mucho más allá.
Resulta curioso pensar que nuestra capacidad intelectual es básicamente la misma que la de los cavernícolas que habitaban el planeta hace 20,000 años. Al examinar un cerebro primitivo un neurólogo diría que fisiológicamente son casi iguales al cerebro moderno; pero no son los cerebros los que han cambiado desde hace miles de años, son las ideas. Lo que quiere decir que las ideas modernas que pueblan nuestras cabezas también fueron potencialmente pensables hace miles de años, pero no fueron pensadas porque el entorno no exigió que lo fueran. Sucede algo similar cuando recordamos la vida hace 30 años sin Internet ni teléfonos celulares; sería burdo pensar que entonces éramos menos inteligentes porque no habíamos imaginado tales inventos. La historia de la inteligencia es un camino de retos que fueron superados muy lentamente. Al comienzo de la historia miles de personas sufrieron las consecuencias de las inclemencias del entorno, y fueron sólo algunos individuos quizás un poco más listos que el resto quienes tuvieron ideas revolucionarias para solucionar problemas y hacer la vida menos difícil.
Alguien podría objetar que la inteligencia humana no es producto de un error, puesto que su potencial no es responsable de las acciones morales que le siguen. Estos críticos consideran que es el uso que hacemos de esta inteligencia lo que es condenable, y no la inteligencia per se. Pero en un sentido estricto la inteligencia superior es la condición para poder entrar en cualquier deliberación moral, y es también la condición causal para elegir determinada conducta moral. En otras palabras, la inteligencia nos hace seres morales ―o «racionales», con toda la ambigüedad de la palabra―, y nos quita toda inocencia natural (los otros animales no son agentes morales, por lo tanto están exentos de cualquier responsabilidad moral). Al ser tan inteligentes es difícil no verse tentados en elegir conductas perversas y egoístas. La inteligencia siempre buscará desarrollar todo su potencial sin tomar demasiado en cuenta los convencionales límites morales, que al fin y al cabo también son creación suya. En cambio, una inteligencia cognitivamente más modesta, más animal, nos liberaría de la posibilidad de hacer un daño irreparable.
Uno de los factores que sin duda contribuyó al desarrollo de nuestra desmesurada inteligencia fue la invención de la agricultura y la ganadería hace aproximadamente 10,000 años. Antes de estos avances el nomadismo exigía seguir las migraciones de los animales, además de buscar frutos y vegetales que crecían de manera silvestre. Era una vida sujeta al azar. Con una existencia así había muy poco tiempo para sentarse a pensar en otras cosas aparte de comer y protegerse del clima. La agricultura luego trajo el sedentarismo. Esto permitió usar el cerebro para solucionar nuevos problemas, problemas que seguramente antes no existían en la rústica vida nómada. Ahora el hombre podía pensar en construir herramientas para cazar, cultivar, asegurar un aprovisionamiento constante de agua y comida, además de construir una vivienda más segura y permanente. Más tarde, el dominio de los metales permitió crear artefactos, herramientas y armas fuertes y durables.
Durante milenios el ser humano ha vivido en relativa armonía con el mundo natural, aún con sus inventos y tecnología, debía organizar sus actividades junto con la naturaleza, de la que tomaba su alimento y energía. En la Edad Moderna los inventos como la electricidad y la máquina de vapor permitieron el nacimiento de la revolución industrial y la producción en serie. Con esto se instala un sistema capitalista de producción masiva que pretende satisfacer todas nuestras necesidades de la vida moderna. Pero en realidad una vez satisfechas nuestras necesidades elementales todo lo demás es accesorio, es lujo y exceso, con fines esencialmente económicos. Pero no es necesario seguir enumerando todos los inventos que revolucionaron la inteligencia humana, basta con mencionar estos ejemplos para ilustrar cómo fueron algunos inventos y descubrimientos los que nos hicieron tan artificialmente inteligentes.
El cambio de producción, de una escala doméstica e individual típica de la producción artesanal medieval, a una producción masiva industrial, significó un cambio dramático en la utilización de los recursos para satisfacer esta nueva industrialización. Aquí ya tenemos un ejemplo del daño que nuestra inteligencia productiva hizo al resto del planeta. Creo que la antigua producción artesanal no afectaba seriamente la sostenibilidad de los recursos naturales, porque su escala era bastante reducida pensada para una población también sujeta a un crecimiento lento y limitado debido a la falta de medicina moderna. Con la llegada de la ciencia médica la esperanza de vida se duplica y con ello la cantidad de consumidores de toda esta producción masiva. Más gente requiere más recursos y ello significa una mayor depredación. En una época más simple la muerte temprana también aseguraba un gasto moderado de los recursos. El famoso término de moda «desarrollo sostenible» es una falacia que las empresas usan para ganarse una reputación ecológica para al mismo tiempo ser más simpáticos en los ojos de los clientes y así aumentar su negocio; pero la realidad es que todo desarrollo significa destrucción de recursos y hábitats de otros animales. Mientras no cambiemos la idea de seguir creciendo y acumulando dinero y bienes el desarrollo sostenible siempre será una falsedad colectiva.
La próxima vez que estén caminando en la calle y se encuentren con un rascacielos, deténganse a observarlo. Busquen en ese gigantesco y brutal objeto algún rasgo de naturaleza. Compárenlo con los árboles que lo decoran en su base. Luego examinen los veloces y poderosos automóviles que recorren la ciudad. ¿Dónde está la relación entre estos inventos y el entorno natural? No hay ninguna. Ahora comparen nuestra inteligencia con la del chimpancé, la vaca, el gato o la de una lagartija que se calienta al sol. Resulta evidente, —y de aquí proviene la tesis central de este texto— que la relación entre nuestra inteligencia humana y la de los demás animales es indudablemente desproporcionada, aún comparándola sólo con los llamados «mamíferos superiores», los animales cerebralmente más próximos a nosotros. Por eso creo que es un error. De haber tomado un curso tal vez menos estrambótico, la evolución nos hubiese hecho primates quizás algo más listos que los chimpancés y gorilas, pero con inteligencias similares y en proporción al resto de los primates. Pero aún así, tal vez todavía tendríamos viviendas (pero mucho más rústicas), algún tipo de vestimenta rudimentaria y algunas herramientas, como lo tenían los rudos y pelirrojos neandertales. Con ello esta inteligencia estaría en proporción con la de la biodiversidad que nos rodea; formaríamos parte del conjunto natural y dejaríamos de ser una especie tan nociva para las demás especies.
Ser tan inteligentes alimenta la egocéntrica creencia de que esta facultad única justifica nuestro deseo de dominar y utilizar a las demás especies y recursos naturales. Asimismo hace de la historia de la Tierra la historia del hombre en ella, simplemente porque los demás animales no hacen historia (en el sentido en que lo conocemos, claro está). Es también una peligrosa justificación para pensar que somos el producto final de un proceso evolutivo de tendencia perfeccionista; el producto final de un largo y tedioso camino evolutivo —como pensaban algunos de los primeros naturalistas como Lamarck―, insinuando con ello que la existencia de un lagarto no tiene más sentido que el de ser un paso intermedio entre su anodina simplicidad y nuestra significativa complejidad. Pero ya que somos los únicos que podemos hacer descripciones, el antropocentrismo es inevitable, pero ello no debería ser motivo para no imaginar que el planeta también le podría pertenecer a otras especies.
En tiempos geológicos somos una novedad de último minuto. Si el tiempo de permanencia fuese el criterio para decidir a quién le pertenece el planeta tendríamos que admitir que vivimos tardíamente en el planeta de los dinosaurios; y si asumimos como criterio el aspecto poblacional tendríamos que decir que vivimos en el planeta de los insectos. Pero vivimos en el planeta de los hombres simplemente porque nuestra inteligencia y lenguaje nos permite afirmarlo. Y también porque nunca una especie fue tan capaz de modificar y hacer tanto daño al entorno y a las otras especies. Somos una plaga y cometemos un impune genocidio biológico, pero como somos los verdugos a nadie parece importarle demasiado. Quizás cuando aparezca una especie más inteligente que nosotros y con la misma política con respecto a los demás animales y recursos, podremos entender el alcance de nuestra soberbia y prepotencia.
Creo que la inteligencia humana es un error porque está fuera de toda proporción con respecto a las otras especies. Ello nos hace cada vez menos naturales, menos animales. Por eso estamos cada vez más alejados de la naturaleza, y por lo mismo nos servimos de ella como una herramienta, un medio para satisfacer nuestros mezquinos y egoístas intereses humanos. La pasmosa desproporción de nuestra inteligencia en comparación con los demás animales nos hace sentir «especiales» ―y para muchos los elegidos de un dios que hemos inventado para hacernos también especiales― y nos hace creer que tenemos derecho a utilizar el resto del planeta para nuestro propio beneficio. Una de las lamentables herencias de la ideología cristiana fue justificar la explotación de la naturaleza por mandato directo de temperamental dios arquitecto del Génesis. Esto tranquiliza las conciencias piadosas de millones de creyentes que aprueban la instrumentalización de otros animales y el saqueo sistemático de recursos naturales para nuestra propia comodidad. Aunque es obvio que nuestra inteligencia se usa también para crear belleza e inventos útiles y sorprendentes, también la usamos para satisfacer placeres frívolos e innecesarios que sólo destruyen los recursos y el hábitat de los otros animales menos afortunados. Espero que mi reclamo no se confunda con posturas ecologistas de moda, ni con un sentimiento antiprogreso o antitecnológico. Creo que mi acusación pretende ir mucho más allá.
Resulta curioso pensar que nuestra capacidad intelectual es básicamente la misma que la de los cavernícolas que habitaban el planeta hace 20,000 años. Al examinar un cerebro primitivo un neurólogo diría que fisiológicamente son casi iguales al cerebro moderno; pero no son los cerebros los que han cambiado desde hace miles de años, son las ideas. Lo que quiere decir que las ideas modernas que pueblan nuestras cabezas también fueron potencialmente pensables hace miles de años, pero no fueron pensadas porque el entorno no exigió que lo fueran. Sucede algo similar cuando recordamos la vida hace 30 años sin Internet ni teléfonos celulares; sería burdo pensar que entonces éramos menos inteligentes porque no habíamos imaginado tales inventos. La historia de la inteligencia es un camino de retos que fueron superados muy lentamente. Al comienzo de la historia miles de personas sufrieron las consecuencias de las inclemencias del entorno, y fueron sólo algunos individuos quizás un poco más listos que el resto quienes tuvieron ideas revolucionarias para solucionar problemas y hacer la vida menos difícil.
Alguien podría objetar que la inteligencia humana no es producto de un error, puesto que su potencial no es responsable de las acciones morales que le siguen. Estos críticos consideran que es el uso que hacemos de esta inteligencia lo que es condenable, y no la inteligencia per se. Pero en un sentido estricto la inteligencia superior es la condición para poder entrar en cualquier deliberación moral, y es también la condición causal para elegir determinada conducta moral. En otras palabras, la inteligencia nos hace seres morales ―o «racionales», con toda la ambigüedad de la palabra―, y nos quita toda inocencia natural (los otros animales no son agentes morales, por lo tanto están exentos de cualquier responsabilidad moral). Al ser tan inteligentes es difícil no verse tentados en elegir conductas perversas y egoístas. La inteligencia siempre buscará desarrollar todo su potencial sin tomar demasiado en cuenta los convencionales límites morales, que al fin y al cabo también son creación suya. En cambio, una inteligencia cognitivamente más modesta, más animal, nos liberaría de la posibilidad de hacer un daño irreparable.
Uno de los factores que sin duda contribuyó al desarrollo de nuestra desmesurada inteligencia fue la invención de la agricultura y la ganadería hace aproximadamente 10,000 años. Antes de estos avances el nomadismo exigía seguir las migraciones de los animales, además de buscar frutos y vegetales que crecían de manera silvestre. Era una vida sujeta al azar. Con una existencia así había muy poco tiempo para sentarse a pensar en otras cosas aparte de comer y protegerse del clima. La agricultura luego trajo el sedentarismo. Esto permitió usar el cerebro para solucionar nuevos problemas, problemas que seguramente antes no existían en la rústica vida nómada. Ahora el hombre podía pensar en construir herramientas para cazar, cultivar, asegurar un aprovisionamiento constante de agua y comida, además de construir una vivienda más segura y permanente. Más tarde, el dominio de los metales permitió crear artefactos, herramientas y armas fuertes y durables.
Durante milenios el ser humano ha vivido en relativa armonía con el mundo natural, aún con sus inventos y tecnología, debía organizar sus actividades junto con la naturaleza, de la que tomaba su alimento y energía. En la Edad Moderna los inventos como la electricidad y la máquina de vapor permitieron el nacimiento de la revolución industrial y la producción en serie. Con esto se instala un sistema capitalista de producción masiva que pretende satisfacer todas nuestras necesidades de la vida moderna. Pero en realidad una vez satisfechas nuestras necesidades elementales todo lo demás es accesorio, es lujo y exceso, con fines esencialmente económicos. Pero no es necesario seguir enumerando todos los inventos que revolucionaron la inteligencia humana, basta con mencionar estos ejemplos para ilustrar cómo fueron algunos inventos y descubrimientos los que nos hicieron tan artificialmente inteligentes.
El cambio de producción, de una escala doméstica e individual típica de la producción artesanal medieval, a una producción masiva industrial, significó un cambio dramático en la utilización de los recursos para satisfacer esta nueva industrialización. Aquí ya tenemos un ejemplo del daño que nuestra inteligencia productiva hizo al resto del planeta. Creo que la antigua producción artesanal no afectaba seriamente la sostenibilidad de los recursos naturales, porque su escala era bastante reducida pensada para una población también sujeta a un crecimiento lento y limitado debido a la falta de medicina moderna. Con la llegada de la ciencia médica la esperanza de vida se duplica y con ello la cantidad de consumidores de toda esta producción masiva. Más gente requiere más recursos y ello significa una mayor depredación. En una época más simple la muerte temprana también aseguraba un gasto moderado de los recursos. El famoso término de moda «desarrollo sostenible» es una falacia que las empresas usan para ganarse una reputación ecológica para al mismo tiempo ser más simpáticos en los ojos de los clientes y así aumentar su negocio; pero la realidad es que todo desarrollo significa destrucción de recursos y hábitats de otros animales. Mientras no cambiemos la idea de seguir creciendo y acumulando dinero y bienes el desarrollo sostenible siempre será una falsedad colectiva.
La próxima vez que estén caminando en la calle y se encuentren con un rascacielos, deténganse a observarlo. Busquen en ese gigantesco y brutal objeto algún rasgo de naturaleza. Compárenlo con los árboles que lo decoran en su base. Luego examinen los veloces y poderosos automóviles que recorren la ciudad. ¿Dónde está la relación entre estos inventos y el entorno natural? No hay ninguna. Ahora comparen nuestra inteligencia con la del chimpancé, la vaca, el gato o la de una lagartija que se calienta al sol. Resulta evidente, —y de aquí proviene la tesis central de este texto— que la relación entre nuestra inteligencia humana y la de los demás animales es indudablemente desproporcionada, aún comparándola sólo con los llamados «mamíferos superiores», los animales cerebralmente más próximos a nosotros. Por eso creo que es un error. De haber tomado un curso tal vez menos estrambótico, la evolución nos hubiese hecho primates quizás algo más listos que los chimpancés y gorilas, pero con inteligencias similares y en proporción al resto de los primates. Pero aún así, tal vez todavía tendríamos viviendas (pero mucho más rústicas), algún tipo de vestimenta rudimentaria y algunas herramientas, como lo tenían los rudos y pelirrojos neandertales. Con ello esta inteligencia estaría en proporción con la de la biodiversidad que nos rodea; formaríamos parte del conjunto natural y dejaríamos de ser una especie tan nociva para las demás especies.
Ser tan inteligentes alimenta la egocéntrica creencia de que esta facultad única justifica nuestro deseo de dominar y utilizar a las demás especies y recursos naturales. Asimismo hace de la historia de la Tierra la historia del hombre en ella, simplemente porque los demás animales no hacen historia (en el sentido en que lo conocemos, claro está). Es también una peligrosa justificación para pensar que somos el producto final de un proceso evolutivo de tendencia perfeccionista; el producto final de un largo y tedioso camino evolutivo —como pensaban algunos de los primeros naturalistas como Lamarck―, insinuando con ello que la existencia de un lagarto no tiene más sentido que el de ser un paso intermedio entre su anodina simplicidad y nuestra significativa complejidad. Pero ya que somos los únicos que podemos hacer descripciones, el antropocentrismo es inevitable, pero ello no debería ser motivo para no imaginar que el planeta también le podría pertenecer a otras especies.
En tiempos geológicos somos una novedad de último minuto. Si el tiempo de permanencia fuese el criterio para decidir a quién le pertenece el planeta tendríamos que admitir que vivimos tardíamente en el planeta de los dinosaurios; y si asumimos como criterio el aspecto poblacional tendríamos que decir que vivimos en el planeta de los insectos. Pero vivimos en el planeta de los hombres simplemente porque nuestra inteligencia y lenguaje nos permite afirmarlo. Y también porque nunca una especie fue tan capaz de modificar y hacer tanto daño al entorno y a las otras especies. Somos una plaga y cometemos un impune genocidio biológico, pero como somos los verdugos a nadie parece importarle demasiado. Quizás cuando aparezca una especie más inteligente que nosotros y con la misma política con respecto a los demás animales y recursos, podremos entender el alcance de nuestra soberbia y prepotencia.
miércoles, 6 de julio de 2011
ADIÓS A LA OBJETIVIDAD DEL MUNDO REAL
Hace un par de días, en un destello matinal de lucidez dominguera, tuve la siguiente relevación: todo es sensación. Todo lo que percibimos debe forzosamente pasar por nuestros sentidos, así que podríamos decir con mayor precisión que todo es percepción. La supuesta objetividad que nos gusta pensar que existe no es más que una convención, un acuerdo forzoso para alcanzar cierta tranquilidad y escapar de la angustia de saber que sólo existen percepciones subjetivas e intransferibles. Estamos solos en el mundo con nuestras percepciones privadas. El conocimiento objetivo es irreal e imposible. Sólo podemos constatar la duda e incertidumbre de nuestro conocimiento sobre eso que alegremente llamamos «el mundo real». Claro que nada de esto es nuevo, ya lo habían advertido los filósofos escépticos como Hume y Locke, pero aunque yo ya lo había estudiado desde el punto de vista académico hace años, fue recién hace unos días que la verdad se me apareció como la anunciación de un arcángel vengador, sin piedad alguna; como esas frases contundentes que alguien dice con aparente ingenuidad, pero que luego adquieren una dimensión descomunal que ya no podemos olvidar, como el terrible Zahir de Borges.
En el siglo XVII John Locke había hecho la distinción entre las cualidades primarias y secundarias de los objetos físicos. Las primeras estaban en el objeto, mientras las segundas eran puestas por el observador. Con esto intentaba alcanzar el ansiado conocimiento objetivo del mundo exterior y escapar del incómodo escepticismo que ya empezaba a crear grietas en los sólidos cimentos de la filosofía moderna. Las cualidades primarias debían ser cosas evidentes, como la forma, dureza, extensión; mientras las secundarias eran cosas menos precisas como el color, sabor y olor, información puesta por los sentidos del observador. Pero el bueno de Locke no advirtió que esas supuestas cualidades primarias, propias del objeto, también se percibían a través de nuestros sentidos; por lo tanto no es posible verificar si dichas cualidades son objetivas o no. Todo es percibido, sean rocas, sueños o unicornios.
Sin duda, el mundo real existe, puesto que existe algo que nuestros sentidos perciben; lo que no existe es un mundo real objetivo, un mundo en sí que podemos distinguir, como decía el viejo Descartes, con «claridad y distinción». Ya lo dijo Kant, solamente percibimos fenómenos, el mundo conocible sólo aparece bajo el siempre impreciso manto de nuestros sentidos. Claro está que estaría demás dudar de la información de nuestros sentidos, puesto que si somos seres materiales al igual que el mundo físico, no habría razón para pensar que no podemos captar la realidad física con cierta fiabilidad. Pero esto no es el punto, el punto es que entre la multiplicidad de percepciones privadas no podemos establecer una percepción común que llamaremos el «mundo real compartido». Aunque obviamente por razones prácticas sí lo hacemos; hablamos sin cuidado de la realidad como si fuese algo objetivo ahí afuera, y como si esa supuesta objetividad fuese compartida por todos sin duda alguna. Pero esta supuesta objetividad común no es más que una cómoda ficción colectiva.
Nuestra percepción del mundo está determinada además por nuestras emociones, y a su vez nuestras emociones están condicionadas por la manera en que sentimos la realidad física, además de nuestros pensamientos, creencias y deseos. No creo que se pueda sustentar un orden causal en la construcción de las emociones; es decir, no podemos decir que nuestros pensamientos determinan la manera de sentir el mundo, ni podemos decir que es al revés. Sensaciones y pensamientos trabajan al mismo tiempo y su mezcla determina la forma en que nos sentimos en el mundo. Esta particular y privada forma de estar en el mundo también condicionará inevitablemente nuestra percepción de la realidad. Por eso la percepción del mundo es única e intransferible; podemos intentar explicar a los demás a través del lenguaje escrito o gráfico la forma en que vemos el mundo, pero esta información nunca será comprendida en su totalidad por los demás, simplemente porque los demás son los demás. Y ante esto no hay nada que podamos hacer. Sólo podemos fingir que los demás nos entienden y que nosotros también les entendemos.
La metafísica cristiana, aquella que venció en Occidente reciclando el idealismo platónico, nos convenció fácilmente de que debajo de ese mundo en constante movimiento, ese «caos de sensaciones», existe un mundo estable e incorruptible. Sorprende que una concepción tan burda pudiera sobrevivir impunemente durante tanto tiempo y que aún exista mucha gente dispuesta a creerla. Pero a aquellos que les gusta creer esto en realidad se engañan, aunque prefiero creer que lo hacen más por comodidad e ingenuidad que por ignorancia. En todo caso, tras leer estas líneas ya no podrán clamar inocencia fenoménica. Ese supuesto mundo estable e inmutable que existe debajo de las apariencias fue un invento epistemológico para intentar alcanzar el conocimiento seguro. Pero ahora que somos más viejos y sabios, podemos reconocer ya que fue un cuento para niños temerosos de la oscuridad. Pero el hecho de que no veamos el monstruo en la oscuridad de nuestra propia ignorancia no significa que no exista.
Veamos algunos ejemplos; sabemos que el color sólo existe en nuestras retinas. Es un producto de la visión. Muchos animales ven el mundo en blanco y negro, otros sólo ven manchas. Las cosas rojas que vemos y que establecemos como tales son sólo convenciones perceptivas. Hemos acordado por comodidad y razones prácticas que las cosas que vemos como «rojas» son rojas. Más allá de esto no es posible saber si realmente lo son, o cómo serían las cosas rojas en un mundo sin ojos capaces de apreciar colores. La luz también determina la forma y color de los objetos. Cada persona ve los objetos desde su propia perspectiva y lugar físico en el mundo. Como señala la ley de impenetrabilidad, dos cuerpos físicos no pueden ocupar el mismo punto en el espacio al mismo tiempo, por lo tanto, cada sujeto ve los objetos desde perspectivas distintas, vemos formas y colores distintos; sin embargo, con total desasosiego, hablamos de los objetos como si fuesen objetivos para todos los que los perciben. Esto es sin duda asombroso.
El tiempo es otra construcción colectiva convencional. Según nuestros estados de ánimo el tiempo pasa con mayor o menor rapidez. Cuando estamos aburridos el tiempo se detiene; cuando lo pasamos bien vuela. Algunas drogas, como la marihuana, también modifican nuestra percepción. El tiempo se transforma, estirándose o comprimiéndose según nuestro interés y la forma en que percibimos los hechos que discurren. El resultado es que no existe tal cosa como el «tiempo real», sólo existe una medición subjetiva del tiempo. El tiempo cronológico fue un invento de Occidente para ponernos de acuerdo, pero más allá de eso no existe en sí mismo. Por otro lado, nos gusta decir que la manera en que percibimos el mundo bajo el efecto de drogas o alcohol no es el «mundo real»; en realidad sólo estamos diciendo que no es la manera habitual de percibir el mundo. Pero no hay razones contundentes para decidir cuál percepción es más real que la otra. La supuesta «normalidad» donde tan cómodos y seguros nos sentimos, sólo es normal por una cuestión temporal, pasamos la mayor parte de nuestra existencia en este estado (claro está, exceptuando alcohólicos y drogadictos). Pero eso no tiene nada que ver con la supuesta verdad o falsedad de ese estado con respecto a un hipotético mundo real.
La falacia del mundo real objetivo quizás esté comprometida con el mito del mundo inteligible, ideas y realidades inmateriales eternas. De nuevo, la metafísica cristiana nos hizo creer que existe algo llamado «alma», una sustancia que permanece igual y que sobrevive a la corrupción del cuerpo (que en un sentido estrictamente psicológico no es más que un disfrazado temor hacia la muerte). Esto también está relacionado a la idea de racionalidad moderna, una facultad universal exclusiva del ser humano, algo que lo hace distinto y especial, lejos de las supuestas miserias del mundo cambiante. Debo dejar claro que creo fervientemente en la existencia de la mente, aunque no podría precisar qué es. Y tampoco dudo que pienso y existo; pero la mente no debe confundirse con el concepto cristiano del alma, sea lo que fuere ese concepto, que también se usa impunemente para muchas cosas dispares. Es un concepto que queda sin definir y que por su uso extendido se ha trivializado, aunque parece ser algo que todos comprenden pero no pueden describir. En todo caso, la racionalidad, el alma, o el Yo transcendental no pueden garantizar un conocimiento del mundo real tal como es. Y si pudieran hacerlo no hay manera de comprobarlo. ¿Qué usaremos a modo de demostración para saber si nuestras descripciones del mundo real son verdaderas? Tendríamos que usar algún criterio externo, algún parámetro intermedio entre nuestra percepción individual y el supuesto mundo real. Admitámoslo, no existe tal criterio.
El lado amable de todo esto es que dado que nunca podremos saber si nuestras percepciones y descripciones son acertadas o no, debemos aceptar que nuestras ideas sobre el mundo son contingentes y falibles, y esto quiere decir que son potencialmente mejorables. Esto debería —en un mundo de buenas intenciones— conducir a la tolerancia epistemológica, moral y conceptual (pero claro está que no vivimos en ese mundo). No podemos dejar de percibir el mundo a través del filtro de nuestras sensaciones y emociones. Ante esta realidad, la ansiada impasibilidad racional es inútil (incluso esta supuesta frialdad es también una emoción, pero carente de aspavientos). Durante siglos nos hemos definido como «seres racionales», sin preguntarnos qué significa, evidentemente con intenciones morales y sociales. Pero esto ha sido un error; propongo una nueva definición: somos seres sensoriales pensantes. Todos nuestros juicios están contagiados de emoción y de nuestra manera particular de sentir el mundo en cada momento. Finalmente termino con la siguiente conclusión: los objetos sólo son «objetivos» —desprovistos de cualquier subjetividad― cuando nadie los percibe. En esto consiste su misterio.
En el siglo XVII John Locke había hecho la distinción entre las cualidades primarias y secundarias de los objetos físicos. Las primeras estaban en el objeto, mientras las segundas eran puestas por el observador. Con esto intentaba alcanzar el ansiado conocimiento objetivo del mundo exterior y escapar del incómodo escepticismo que ya empezaba a crear grietas en los sólidos cimentos de la filosofía moderna. Las cualidades primarias debían ser cosas evidentes, como la forma, dureza, extensión; mientras las secundarias eran cosas menos precisas como el color, sabor y olor, información puesta por los sentidos del observador. Pero el bueno de Locke no advirtió que esas supuestas cualidades primarias, propias del objeto, también se percibían a través de nuestros sentidos; por lo tanto no es posible verificar si dichas cualidades son objetivas o no. Todo es percibido, sean rocas, sueños o unicornios.
Sin duda, el mundo real existe, puesto que existe algo que nuestros sentidos perciben; lo que no existe es un mundo real objetivo, un mundo en sí que podemos distinguir, como decía el viejo Descartes, con «claridad y distinción». Ya lo dijo Kant, solamente percibimos fenómenos, el mundo conocible sólo aparece bajo el siempre impreciso manto de nuestros sentidos. Claro está que estaría demás dudar de la información de nuestros sentidos, puesto que si somos seres materiales al igual que el mundo físico, no habría razón para pensar que no podemos captar la realidad física con cierta fiabilidad. Pero esto no es el punto, el punto es que entre la multiplicidad de percepciones privadas no podemos establecer una percepción común que llamaremos el «mundo real compartido». Aunque obviamente por razones prácticas sí lo hacemos; hablamos sin cuidado de la realidad como si fuese algo objetivo ahí afuera, y como si esa supuesta objetividad fuese compartida por todos sin duda alguna. Pero esta supuesta objetividad común no es más que una cómoda ficción colectiva.
Nuestra percepción del mundo está determinada además por nuestras emociones, y a su vez nuestras emociones están condicionadas por la manera en que sentimos la realidad física, además de nuestros pensamientos, creencias y deseos. No creo que se pueda sustentar un orden causal en la construcción de las emociones; es decir, no podemos decir que nuestros pensamientos determinan la manera de sentir el mundo, ni podemos decir que es al revés. Sensaciones y pensamientos trabajan al mismo tiempo y su mezcla determina la forma en que nos sentimos en el mundo. Esta particular y privada forma de estar en el mundo también condicionará inevitablemente nuestra percepción de la realidad. Por eso la percepción del mundo es única e intransferible; podemos intentar explicar a los demás a través del lenguaje escrito o gráfico la forma en que vemos el mundo, pero esta información nunca será comprendida en su totalidad por los demás, simplemente porque los demás son los demás. Y ante esto no hay nada que podamos hacer. Sólo podemos fingir que los demás nos entienden y que nosotros también les entendemos.
La metafísica cristiana, aquella que venció en Occidente reciclando el idealismo platónico, nos convenció fácilmente de que debajo de ese mundo en constante movimiento, ese «caos de sensaciones», existe un mundo estable e incorruptible. Sorprende que una concepción tan burda pudiera sobrevivir impunemente durante tanto tiempo y que aún exista mucha gente dispuesta a creerla. Pero a aquellos que les gusta creer esto en realidad se engañan, aunque prefiero creer que lo hacen más por comodidad e ingenuidad que por ignorancia. En todo caso, tras leer estas líneas ya no podrán clamar inocencia fenoménica. Ese supuesto mundo estable e inmutable que existe debajo de las apariencias fue un invento epistemológico para intentar alcanzar el conocimiento seguro. Pero ahora que somos más viejos y sabios, podemos reconocer ya que fue un cuento para niños temerosos de la oscuridad. Pero el hecho de que no veamos el monstruo en la oscuridad de nuestra propia ignorancia no significa que no exista.
Veamos algunos ejemplos; sabemos que el color sólo existe en nuestras retinas. Es un producto de la visión. Muchos animales ven el mundo en blanco y negro, otros sólo ven manchas. Las cosas rojas que vemos y que establecemos como tales son sólo convenciones perceptivas. Hemos acordado por comodidad y razones prácticas que las cosas que vemos como «rojas» son rojas. Más allá de esto no es posible saber si realmente lo son, o cómo serían las cosas rojas en un mundo sin ojos capaces de apreciar colores. La luz también determina la forma y color de los objetos. Cada persona ve los objetos desde su propia perspectiva y lugar físico en el mundo. Como señala la ley de impenetrabilidad, dos cuerpos físicos no pueden ocupar el mismo punto en el espacio al mismo tiempo, por lo tanto, cada sujeto ve los objetos desde perspectivas distintas, vemos formas y colores distintos; sin embargo, con total desasosiego, hablamos de los objetos como si fuesen objetivos para todos los que los perciben. Esto es sin duda asombroso.
El tiempo es otra construcción colectiva convencional. Según nuestros estados de ánimo el tiempo pasa con mayor o menor rapidez. Cuando estamos aburridos el tiempo se detiene; cuando lo pasamos bien vuela. Algunas drogas, como la marihuana, también modifican nuestra percepción. El tiempo se transforma, estirándose o comprimiéndose según nuestro interés y la forma en que percibimos los hechos que discurren. El resultado es que no existe tal cosa como el «tiempo real», sólo existe una medición subjetiva del tiempo. El tiempo cronológico fue un invento de Occidente para ponernos de acuerdo, pero más allá de eso no existe en sí mismo. Por otro lado, nos gusta decir que la manera en que percibimos el mundo bajo el efecto de drogas o alcohol no es el «mundo real»; en realidad sólo estamos diciendo que no es la manera habitual de percibir el mundo. Pero no hay razones contundentes para decidir cuál percepción es más real que la otra. La supuesta «normalidad» donde tan cómodos y seguros nos sentimos, sólo es normal por una cuestión temporal, pasamos la mayor parte de nuestra existencia en este estado (claro está, exceptuando alcohólicos y drogadictos). Pero eso no tiene nada que ver con la supuesta verdad o falsedad de ese estado con respecto a un hipotético mundo real.
La falacia del mundo real objetivo quizás esté comprometida con el mito del mundo inteligible, ideas y realidades inmateriales eternas. De nuevo, la metafísica cristiana nos hizo creer que existe algo llamado «alma», una sustancia que permanece igual y que sobrevive a la corrupción del cuerpo (que en un sentido estrictamente psicológico no es más que un disfrazado temor hacia la muerte). Esto también está relacionado a la idea de racionalidad moderna, una facultad universal exclusiva del ser humano, algo que lo hace distinto y especial, lejos de las supuestas miserias del mundo cambiante. Debo dejar claro que creo fervientemente en la existencia de la mente, aunque no podría precisar qué es. Y tampoco dudo que pienso y existo; pero la mente no debe confundirse con el concepto cristiano del alma, sea lo que fuere ese concepto, que también se usa impunemente para muchas cosas dispares. Es un concepto que queda sin definir y que por su uso extendido se ha trivializado, aunque parece ser algo que todos comprenden pero no pueden describir. En todo caso, la racionalidad, el alma, o el Yo transcendental no pueden garantizar un conocimiento del mundo real tal como es. Y si pudieran hacerlo no hay manera de comprobarlo. ¿Qué usaremos a modo de demostración para saber si nuestras descripciones del mundo real son verdaderas? Tendríamos que usar algún criterio externo, algún parámetro intermedio entre nuestra percepción individual y el supuesto mundo real. Admitámoslo, no existe tal criterio.
El lado amable de todo esto es que dado que nunca podremos saber si nuestras percepciones y descripciones son acertadas o no, debemos aceptar que nuestras ideas sobre el mundo son contingentes y falibles, y esto quiere decir que son potencialmente mejorables. Esto debería —en un mundo de buenas intenciones— conducir a la tolerancia epistemológica, moral y conceptual (pero claro está que no vivimos en ese mundo). No podemos dejar de percibir el mundo a través del filtro de nuestras sensaciones y emociones. Ante esta realidad, la ansiada impasibilidad racional es inútil (incluso esta supuesta frialdad es también una emoción, pero carente de aspavientos). Durante siglos nos hemos definido como «seres racionales», sin preguntarnos qué significa, evidentemente con intenciones morales y sociales. Pero esto ha sido un error; propongo una nueva definición: somos seres sensoriales pensantes. Todos nuestros juicios están contagiados de emoción y de nuestra manera particular de sentir el mundo en cada momento. Finalmente termino con la siguiente conclusión: los objetos sólo son «objetivos» —desprovistos de cualquier subjetividad― cuando nadie los percibe. En esto consiste su misterio.
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