Hace un par de días, en un destello matinal de lucidez dominguera, tuve la siguiente relevación: todo es sensación. Todo lo que percibimos debe forzosamente pasar por nuestros sentidos, así que podríamos decir con mayor precisión que todo es percepción. La supuesta objetividad que nos gusta pensar que existe no es más que una convención, un acuerdo forzoso para alcanzar cierta tranquilidad y escapar de la angustia de saber que sólo existen percepciones subjetivas e intransferibles. Estamos solos en el mundo con nuestras percepciones privadas. El conocimiento objetivo es irreal e imposible. Sólo podemos constatar la duda e incertidumbre de nuestro conocimiento sobre eso que alegremente llamamos «el mundo real». Claro que nada de esto es nuevo, ya lo habían advertido los filósofos escépticos como Hume y Locke, pero aunque yo ya lo había estudiado desde el punto de vista académico hace años, fue recién hace unos días que la verdad se me apareció como la anunciación de un arcángel vengador, sin piedad alguna; como esas frases contundentes que alguien dice con aparente ingenuidad, pero que luego adquieren una dimensión descomunal que ya no podemos olvidar, como el terrible Zahir de Borges.
En el siglo XVII John Locke había hecho la distinción entre las cualidades primarias y secundarias de los objetos físicos. Las primeras estaban en el objeto, mientras las segundas eran puestas por el observador. Con esto intentaba alcanzar el ansiado conocimiento objetivo del mundo exterior y escapar del incómodo escepticismo que ya empezaba a crear grietas en los sólidos cimentos de la filosofía moderna. Las cualidades primarias debían ser cosas evidentes, como la forma, dureza, extensión; mientras las secundarias eran cosas menos precisas como el color, sabor y olor, información puesta por los sentidos del observador. Pero el bueno de Locke no advirtió que esas supuestas cualidades primarias, propias del objeto, también se percibían a través de nuestros sentidos; por lo tanto no es posible verificar si dichas cualidades son objetivas o no. Todo es percibido, sean rocas, sueños o unicornios.
Sin duda, el mundo real existe, puesto que existe algo que nuestros sentidos perciben; lo que no existe es un mundo real objetivo, un mundo en sí que podemos distinguir, como decía el viejo Descartes, con «claridad y distinción». Ya lo dijo Kant, solamente percibimos fenómenos, el mundo conocible sólo aparece bajo el siempre impreciso manto de nuestros sentidos. Claro está que estaría demás dudar de la información de nuestros sentidos, puesto que si somos seres materiales al igual que el mundo físico, no habría razón para pensar que no podemos captar la realidad física con cierta fiabilidad. Pero esto no es el punto, el punto es que entre la multiplicidad de percepciones privadas no podemos establecer una percepción común que llamaremos el «mundo real compartido». Aunque obviamente por razones prácticas sí lo hacemos; hablamos sin cuidado de la realidad como si fuese algo objetivo ahí afuera, y como si esa supuesta objetividad fuese compartida por todos sin duda alguna. Pero esta supuesta objetividad común no es más que una cómoda ficción colectiva.
Nuestra percepción del mundo está determinada además por nuestras emociones, y a su vez nuestras emociones están condicionadas por la manera en que sentimos la realidad física, además de nuestros pensamientos, creencias y deseos. No creo que se pueda sustentar un orden causal en la construcción de las emociones; es decir, no podemos decir que nuestros pensamientos determinan la manera de sentir el mundo, ni podemos decir que es al revés. Sensaciones y pensamientos trabajan al mismo tiempo y su mezcla determina la forma en que nos sentimos en el mundo. Esta particular y privada forma de estar en el mundo también condicionará inevitablemente nuestra percepción de la realidad. Por eso la percepción del mundo es única e intransferible; podemos intentar explicar a los demás a través del lenguaje escrito o gráfico la forma en que vemos el mundo, pero esta información nunca será comprendida en su totalidad por los demás, simplemente porque los demás son los demás. Y ante esto no hay nada que podamos hacer. Sólo podemos fingir que los demás nos entienden y que nosotros también les entendemos.
La metafísica cristiana, aquella que venció en Occidente reciclando el idealismo platónico, nos convenció fácilmente de que debajo de ese mundo en constante movimiento, ese «caos de sensaciones», existe un mundo estable e incorruptible. Sorprende que una concepción tan burda pudiera sobrevivir impunemente durante tanto tiempo y que aún exista mucha gente dispuesta a creerla. Pero a aquellos que les gusta creer esto en realidad se engañan, aunque prefiero creer que lo hacen más por comodidad e ingenuidad que por ignorancia. En todo caso, tras leer estas líneas ya no podrán clamar inocencia fenoménica. Ese supuesto mundo estable e inmutable que existe debajo de las apariencias fue un invento epistemológico para intentar alcanzar el conocimiento seguro. Pero ahora que somos más viejos y sabios, podemos reconocer ya que fue un cuento para niños temerosos de la oscuridad. Pero el hecho de que no veamos el monstruo en la oscuridad de nuestra propia ignorancia no significa que no exista.
Veamos algunos ejemplos; sabemos que el color sólo existe en nuestras retinas. Es un producto de la visión. Muchos animales ven el mundo en blanco y negro, otros sólo ven manchas. Las cosas rojas que vemos y que establecemos como tales son sólo convenciones perceptivas. Hemos acordado por comodidad y razones prácticas que las cosas que vemos como «rojas» son rojas. Más allá de esto no es posible saber si realmente lo son, o cómo serían las cosas rojas en un mundo sin ojos capaces de apreciar colores. La luz también determina la forma y color de los objetos. Cada persona ve los objetos desde su propia perspectiva y lugar físico en el mundo. Como señala la ley de impenetrabilidad, dos cuerpos físicos no pueden ocupar el mismo punto en el espacio al mismo tiempo, por lo tanto, cada sujeto ve los objetos desde perspectivas distintas, vemos formas y colores distintos; sin embargo, con total desasosiego, hablamos de los objetos como si fuesen objetivos para todos los que los perciben. Esto es sin duda asombroso.
El tiempo es otra construcción colectiva convencional. Según nuestros estados de ánimo el tiempo pasa con mayor o menor rapidez. Cuando estamos aburridos el tiempo se detiene; cuando lo pasamos bien vuela. Algunas drogas, como la marihuana, también modifican nuestra percepción. El tiempo se transforma, estirándose o comprimiéndose según nuestro interés y la forma en que percibimos los hechos que discurren. El resultado es que no existe tal cosa como el «tiempo real», sólo existe una medición subjetiva del tiempo. El tiempo cronológico fue un invento de Occidente para ponernos de acuerdo, pero más allá de eso no existe en sí mismo. Por otro lado, nos gusta decir que la manera en que percibimos el mundo bajo el efecto de drogas o alcohol no es el «mundo real»; en realidad sólo estamos diciendo que no es la manera habitual de percibir el mundo. Pero no hay razones contundentes para decidir cuál percepción es más real que la otra. La supuesta «normalidad» donde tan cómodos y seguros nos sentimos, sólo es normal por una cuestión temporal, pasamos la mayor parte de nuestra existencia en este estado (claro está, exceptuando alcohólicos y drogadictos). Pero eso no tiene nada que ver con la supuesta verdad o falsedad de ese estado con respecto a un hipotético mundo real.
La falacia del mundo real objetivo quizás esté comprometida con el mito del mundo inteligible, ideas y realidades inmateriales eternas. De nuevo, la metafísica cristiana nos hizo creer que existe algo llamado «alma», una sustancia que permanece igual y que sobrevive a la corrupción del cuerpo (que en un sentido estrictamente psicológico no es más que un disfrazado temor hacia la muerte). Esto también está relacionado a la idea de racionalidad moderna, una facultad universal exclusiva del ser humano, algo que lo hace distinto y especial, lejos de las supuestas miserias del mundo cambiante. Debo dejar claro que creo fervientemente en la existencia de la mente, aunque no podría precisar qué es. Y tampoco dudo que pienso y existo; pero la mente no debe confundirse con el concepto cristiano del alma, sea lo que fuere ese concepto, que también se usa impunemente para muchas cosas dispares. Es un concepto que queda sin definir y que por su uso extendido se ha trivializado, aunque parece ser algo que todos comprenden pero no pueden describir. En todo caso, la racionalidad, el alma, o el Yo transcendental no pueden garantizar un conocimiento del mundo real tal como es. Y si pudieran hacerlo no hay manera de comprobarlo. ¿Qué usaremos a modo de demostración para saber si nuestras descripciones del mundo real son verdaderas? Tendríamos que usar algún criterio externo, algún parámetro intermedio entre nuestra percepción individual y el supuesto mundo real. Admitámoslo, no existe tal criterio.
El lado amable de todo esto es que dado que nunca podremos saber si nuestras percepciones y descripciones son acertadas o no, debemos aceptar que nuestras ideas sobre el mundo son contingentes y falibles, y esto quiere decir que son potencialmente mejorables. Esto debería —en un mundo de buenas intenciones— conducir a la tolerancia epistemológica, moral y conceptual (pero claro está que no vivimos en ese mundo). No podemos dejar de percibir el mundo a través del filtro de nuestras sensaciones y emociones. Ante esta realidad, la ansiada impasibilidad racional es inútil (incluso esta supuesta frialdad es también una emoción, pero carente de aspavientos). Durante siglos nos hemos definido como «seres racionales», sin preguntarnos qué significa, evidentemente con intenciones morales y sociales. Pero esto ha sido un error; propongo una nueva definición: somos seres sensoriales pensantes. Todos nuestros juicios están contagiados de emoción y de nuestra manera particular de sentir el mundo en cada momento. Finalmente termino con la siguiente conclusión: los objetos sólo son «objetivos» —desprovistos de cualquier subjetividad― cuando nadie los percibe. En esto consiste su misterio.
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