Tras la última amputación nos volvieron a crecer las piernas después de un doloroso tratamiento con pasta de dientes de alta resolución. Nuestro brazo derecho tampoco va mal; esta vez puede que incluso nos crezcan los cinco dedos completos.
Extrañamente, y a pesar de lo que dicen los periódicos, hemos empezado a sentir cierto afecto por el invencible monstruo que se come nuestras extremidades. Ojalá no se muera nunca.
Es bonito florecer, ya no envidiamos a las presumidas lagartijas ni al campo en primavera.
Navidad en Marte

A lo lejos,
una multitud de reyes magos y vagos extraviados
se acercan a conquistar las penúltimas tierras habitables en Marte
cargados de camellos, elefantes y otras cosas importantes.
Condenados al paraíso invernal,
los últimos sabios se congelan en las cumbres del saber
mientras reparten galletas, golosinas y otras toxinas
a los afortunados supervivientes del ayer.
Resulta ya imprescindible prescindir
de las imposibles historias de perros ovejeros y gansos carroñeros,
míticos animálculos y pulpos sin tentáculos,
cosas que la memoria ya olvidó.
Nosotros también traemos regalos,
vegetamos pensativos sobre las inertes praderas marcianas
envueltos en trajes satinados, perlas y estropajos azulados,
bellas inmundicias y otras delicias cubren nuestras flácidas extremidades.
La guerra de las corontas
El enemigo está cerca. De nuevo llegan a nuestros oídos los inconfundibles sonidos de sus mandíbulas crujientes y desgastados dientes que afilan los misiles que pronto cruzarán, como cada tarde, el atascado aire de nuestra calle, sucia con los restos desperdigados de extintas guerras que la memoria ya abandonó.
Atrincherados en nuestra acera, también estamos listos para la batalla. Nuestras armas guardan aún las huellas de nuestra voracidad. Al igual que ayer, esta vez no tomaremos prisioneros.
Del otro lado de la calle llegan los primeros gritos de guerra. Súbitamente, el cielo se llena de proyectiles; restos vegetales, ligeros y letales. La guerra de las corontas ha comenzado.
Colección privada
El montón de zapatos viejos está empezando a desbordar el salón. Pronto llegará a la cocina y tendremos que comer otra vez en el baño.
Todo era más sencillo cuando juntábamos cabezas de mosca; al menos podíamos guardarlas bien en las miles de cajas de fósforos.
Los frascos con ojos de carnero dejan la casa apestando a formol.
Al menos no coleccionamos cosas idiotas como tenazas de cangrejo, cajas de huevos o patas de cucaracha. Las conchas de caracol barnizadas quedan muy bien.
Las patas de conejo siempre traen buena suerte, excepto para el conejo.
Aclaración
Que nadie se queje; apenas nos dieron una vida tras millones de años de espera.
Aprendimos a caminar y ahora nuestras manos oscilan pesadamente extrañando aún la amable firmeza de la tierra, abandonados a la incertidumbre de una posible ocupación.
Perdimos demasiado tiempo buscando una justificación; demasiados años imitando la vida de los hombres que nos precedieron: muertos ilustres y sabios idiotas.
Deseos y pensamientos grabados en papel; la tentación del movimiento y la acción; la lenta y dolorosa persecución del placer.
A pesar de nuestra sorprendente complejidad las opciones son pocas: pensar, hacer y olvidar.
La fiesta del adiós
Sentados en la esquina y sin nada que hacer,
esperamos tranquilos y sin demasiada ilusión la fase terminal de nuestra avanzada gangrena cerebral.
Es cierto,
guardamos aún grandes pensamientos sin pensar y viejas verdades sin gritar;
pero renunciamos sin pena,
sabemos que nuestras bellas mentiras seguirán decorando el mundo.
Como lagartijas sin cola calentamos la resaca bajo el sol.
Agradecidos,
hemos celebrado ya la fiesta del adiós en acompasado baile silencioso.
Nadie nos quita lo bailado.
Autopsia
(Part I)

Esta vez fue distinto.
Lloramos un rato como si aquellas manos abiertas, esos ojos cerrados y ese pelo rizado fuesen algo más que materia orgánica en lenta descomposición.
Leftovers

Nosotros, que en otro tiempo celebramos banquetes con los dioses, no cenaremos hoy las migajas del amor.
No queremos probar las ruinas del deseo, ni los escombros de la pasión; deambular en los abandonados rincones de tu memoria.
Nosotros, antiguos señores de la abundancia y la plenitud, no queremos dormitar en el olvidado trastero de tu corazón.
Vieja
Aún recordamos, cosa vieja, tu lengua de reptil, tus manos escamosas y tu mirada de mandril.
Sabemos que no todo lo que fue joven alguna vez fue bello.
Pronto veremos tus dientes remojándose en un vaso de agua sucia; burbujas emergiendo de tus falsos caninos submarinos; tu malvada sonrisa ahogada hasta el amanecer.
Nos confunde tu fascinante lentitud; la progresiva extinción de tu memoria, y tu desesperante parsimonia de inevitable decrepitud.
Los elegidos
Nosotros,
inútiles residuos del deseo y del pensamiento; envidiosos depredadores de la felicidad ajena; maltratados viajeros sin destino,
proclamamos hoy nuestra divinidad.
Somos los elegidos de un dios que odia en silencio.
Levantaremos templos para venerar nuestra irremediable fealdad; crucificaremos a los infieles y a aquellos que nos relegaron; festejaremos nuestra venganza en alegres danzas e interminables bacanales.
Nosotros,
que susurramos en rincones húmedos y oscuros; que hemos narrado siempre las aventuras de otros; que sabemos bien que la historia nos olvidará,
anunciamos hoy la llegada de nuestro reino.
Aquí
Sentados en nuestra solitaria orilla del destino
esperamos con desbordante ilusión
la llegada de esas nuevas y malvadas mujeres
con uñas afiladas y frutas confitadas por montón.
Sin mundo interior ni planes de salvación
luchamos contra el inevitable regreso del gigante sin corazón
en busca de la emboscada final del entendimiento
donde un día paseamos juntos por los hermosos caminos del error.
Sobre la marea nocturna flotan los restos oxidados
de un mundo abatido por los irracionales excesos de la razón,
colores primarios sin efectos secundarios
decoran la última fiesta dominguera del callejón
y mientras tanto,
en la otra orilla
un ejército de viejos indigentes, sucios y sin dientes
esperan órdenes para atacar o pedir perdón
mientras aquí se nos cae el pelo y se nos seca la piel
entre primaveras incontables y belleza sin pudor.
Lejos del peligro del abandono y el desamor
nos morimos de a pocos y sin querer
entre asientos giratorios y pequeños escritorios,
obligaciones, celebraciones, ritos impostergables del deber.
Apocalipsis now

En estos días de temor e incertidumbre, sólo una cosa es cierta: nos quedan ya pocas certezas. Como la certeza de no haber dicho lo que queríamos decir; de no haber hecho lo suficiente; la certeza de quedarse sentado contemplando la alegría ajena.
A pesar de que le damos sentido al mundo, los elementos siguen su curso implacablemente, como si tuviesen un sentido oculto; como si el mundo estuviese hecho para otros.
El sol ilumina las cosas que no tenemos. La belleza resplandece fría e inalcanzable. La bondad se esconde tras las paredes y las puertas.
Los herejes de la vida cenan juntos en familia,
los prestamistas hacen cuentas en pequeños trasteros,
los banqueros en camisas rosadas se peinan la calva,
las viejas se arrodillan ante la cruz y confiesan su odio.
Nosotros, mientras tanto, resignados y agradecidos, admiramos el inexplicable movimiento de un insecto.