sábado, 13 de julio de 2013

El verdadero color de los dinosaurios


El verdadero color de los dinosaurios 

Mi segundo poemario, publicado en Madrid (Amargord, 2013).

lunes, 1 de julio de 2013

Manifiesto contra el traje masculino

¿Realmente es necesario llevar chaqueta y corbata para ser un hombre serio? 
 

Cada cierto tiempo, cuando me atrevo a ver las noticias en la televisión, aparecen en la pantalla esas aburridas reuniones de importantes políticos o empresarios que se reúnen para decidir el destino del mundo. Más que oír lo que dicen, me fijo en la monotonía de su vestimenta. Casi todos van vestidos con el mismo siniestro traje oscuro. Dan pena. Tanto poder y dinero para finalmente ser esclavo de la inflexible dictadura del traje.

Sabemos bien que el traje masculino («terno» en Sudamérica) está indisolublemente asociado a conceptos como seriedad, poder y profesionalidad; y tal asociación obliga a los banqueros, abogados y vendedores ambulantes de seguros y biblias a vestirse del mismo modo, con la disimulada ambición de ser tomados en serio por los demás. «No basta serlo, también hay que parecerlo», sentencia el famoso dicho popular.

¿Y en qué momento el hombre moderno abandonó la alegría del color para rendirse a la austera monotonía del gris? El traje moderno, y sus distintas variantes, nació en la segunda mitad del siglo XIX como un subproducto de la revolución industrial. Entonces el conjunto formado por pantalones, chaqueta, chaleco y corbata se convirtió en la indumentaria oficial del nuevo burgués: el hombre de negocios que se enriquecía con la nueva industrialización. Desde entonces el traje ha estado ligado a virtudes como eficiencia, productividad y dinamismo. Actualmente, a diferencia de los ociosos aristócratas que despreciaban el trabajo como una actividad propia de las pueblo llano, el trabajo es visto como algo dignificante, el símbolo de una nueva era de prosperidad y crecimiento.

Es curioso que la única prenda que sobrevivió a esa nueva mentalidad mercantil e utilitaria fuera la corbata, que además de completamente inútil e incómoda, es lo único que puede distinguir a un «hombre serio» de otro, y que permite cierta personalización. La corbata es el último vestigio de la vestimenta generosa, alegre y multicolor de las antiguas cortes aristocráticas. La libertad que rodea a la corbata es lo que permite conocer el buen gusto estético de cada hombre gris; por ende, una elección desafortunada al escoger una corbata revela las limitaciones culturales de su portador.

Antes de la aparición del traje el hombre elegante tenía el mismo derecho que la mujer a vestirse con coquetería, color y alegría, y esto no tenía nada que ver con un posible amaneramiento en el vestir. Una de las lamentables consecuencias del imperio del traje gris ha sido que ahora consideremos que sólo las mujeres deben vestirse coloridamente, y que el hombre debe usar colores graves y opacos para mantener intacta su masculinidad.

Los movimientos feministas que buscaban eliminar la discriminación sexual en el ambiente profesional llegaron a la burda conclusión de que para que una mujer sea tomada en serio en el ambiente laboral, debe vestirse como un hombre. Entonces nació el traje profesional femenino, que básicamente cubre la belleza femenina con colores tristes para intentar que los hombres olviden que debajo de ese saco gris hay una mujer atractiva. La mujer profesional, en vez de afirmar su atractivo natural, se rebajó a seguir las reglas masculinas, negando su propia naturaleza para fingir ser un hombre. Es una forma lamentable y grotesca de ser tomada en serio.

En España existe una curiosa tradición que se practica en algunas empresas que intentan ser «modernas». Los viernes se permite, en ciertos casos, que los empleados abandonen el traje y vistan prendas más cómodas y amables. La idea es que la alegría de la llegada del fin de semana se vea reflejada en la ropa. Con esto al mismo tiempo se está afirmando que la rigidez del traje oscuro es un elemento opresivo y molesto. Pregunto: ¿por qué no extender la tradición antitraje de los viernes a los otros días laborales? ¿Por qué no permitir que los empleados también se sientan cómodos y libres durante toda la semana?

El uso indiscriminado del traje llega a niveles particularmente absurdos cuando su uso ignora las distintas condiciones climatológicas del año. Es muy penoso ver hombres en saco y corbata sudando en el asfixiante calor veraniego. Tal sacrificio significa que ser considerado un hombre serio es más importante que cualquier eventualidad climática. También es más importante que la comodidad y que el derecho a vestirse como uno quiera.

Es realmente sorprendente que el traje apenas haya cambiado en más de 150 años. Mientras la moda cambia en cada estación, siempre de prisa por ofrecer novedades, el traje del hombre serio se mantiene detenido en el tiempo. La explicación debe estar relacionada con la economía. El mercado es siempre muy conservador, así que si en el pasado las empresas han visto que el traje impone respeto y seriedad, pocas empresas se atreverán a modificarlo (como dice la expresión: si funciona, ¡no lo toques!). Un buen ejemplo es esa absurda costumbre navideña en el hemisferio sur, donde se convierte a un pobre hombre en un sudoroso Papa Noel veraniego, rodeado de sandalias, helados y bikinis. Las empresas dicen que el consumidor es conservador, así que si no ve a Santa Claus forrado en un grueso traje rojo en pleno verano, no sentirá que es Navidad y eso le quitará las ganas de comprar.

Las mujeres del siglo XIX, al no participar en el mundo profesional, se salvaron de las nefastas consecuencias de la llegada del traje, y por eso actualmente tienen un ropero lleno de una gran variedad de prendas y colores. La mujer, al negársele el derecho a participar en el nuevo mundo laboral, conservó el derecho a vestirse bellamente. La desproporción entre la variedad en el vestir masculino y femenino puede comprobarse en cualquier tienda grande de ropa, donde la mayor parte del negocio está dedicado a la moda femenina, mientras la zona de los hombres suele estar ubicada en un rincón oscuro y olvidado.

Si bien la mujer aún conserva el derecho a vestirse creativamente, parte de la moda femenina también conlleva un handicap machista. Me refiero a los zapatos de tacón alto, que como cualquier fisioterapeuta sabe, deforma los huesos de los pies causando dolores musculares y lesiones que con el tiempo pueden llegar a ser irreversibles (el zapato de tacón alto fue creado para complacer a los hombres en detrimento de las mujeres). La mujer está dispuesta a sufrir de esta manera porque el tacón alto tiene consecuencias visuales sumamente favorables para seducir al macho: reduce el tamaño del pie, alarga la longitud de las piernas, y acentúa la redondez del trasero. Así que de la misma manera que los hombres que pretenden ser serios se someten a la incomodidad del traje gris, las mujeres están dispuestas a arruinarse los pies para llamar la atención de esos hombres uniformados.

Hace falta que la moda masculina se atreva a inventar algo que libere al hombre serio de la esclavitud del traje (sorprende que nadie organice manifestaciones callejeras sobre el tema, sobre todo en estos tiempos en que ser libre se ha puesto de moda). Hace falta alguna propuesta que no se someta a la presión del mercado, y que logre borrar esa vieja idea que cubre al traje de adjetivos ganadores y supuestamente exitosos. El traje «al desnudo» es un conjunto de ropa aburrida, incómoda y poco imaginativa, que además está pensado para crear una impresión en los demás, en vez de pensar en la comodidad del hombre atrapado en él. En el fondo es triste someterse a una moda de vestir para intentar convencer a los demás de que uno es un hombre serio y responsable. Si uno realmente es serio y profesional, ¿de verdad hace falta un uniforme gris para demostrarlo?

Tras este breve manifiesto contra el traje el lector ya habrá adivinado que dicha vestimenta no es mi favorita. Hace más de diez años que no visto un traje, en parte porque no he tenido ocasión de usarlo y también porque simplemente no tengo. Ahora me he liberado por completo de esa molesta prenda. Me resulta espantoso ser confundido con un businessman o un «hombre serio» (existe cierto patetismo y servilismo en esta pretensión). El último traje que tuve sólo fue usado en eventos serios y solemnes, como bodas y funerales. Ahora los divorcios son más frecuentes que las bodas entre mi generación, pero afortunadamente estos eventos no suelen celebrarse con tanta formalidad.