sábado, 29 de marzo de 2014

La ciudad y las combis



Hacen falta adjetivos para describir la miseria del transporte público en Lima. Y aunque es un tema que se ha discutido largamente en todas partes, el asunto es tan grave que hasta que no se encuentre una solución el problema debe denunciarse sin descanso. El no hacerlo conduce al conformismo y la inacción.

El hombre es un animal que se acostumbra a todo, por eso mucha gente en Lima ya se ha resignado al ruinoso transporte público de su ciudad. Debo aprovechar que tras diez años exiliado en Madrid mi retorno a Lima llega con una renovada capacidad de asombro. Ahora puedo indignarme ante tantas cosas que años atrás consideraba «normales» en esta despiadada ciudad. 

I. Viaje al centro en una combi

El otro día, por una perversa jugada del destino, me subí a una típica combi. El vehículo tenía una apariencia lastimosa, con la carrocería llena de parches por los múltiples choques que ha sufrido en sus más de veinte años de penosa vida. Al subir noté que se habían instalado «asientos» en los lugares más inverosímiles. Incluso existe un improvisado tercer asiento entre el conductor y el copiloto donde según la fabricación original del vehículo no había nada —justamente porque por cuestiones de seguridad y espacio no debería haber nada. El pasajero que se atreva a sentarse ahí deberá aguantar la mano del chofer moviendo la palanca de cambios entre sus piernas...

Los dueños de las combis diseñan las dimensiones y la distribución de los asientos según su propio dudoso criterio. Obviamente les interesa meter la mayor cantidad posible de asientos, así que se espera que los pasajeros se aprieten unos contra otros y se sienten en cualquier cosa que parezca un asiento. Es indignante. Los asientos dentro de la combi nunca son los del vehículo original; son hechos por algún artesano en un oscuro taller clandestino. Casi siempre son miserables cuadrados de espuma forrados con plástico. Lo que me asombra es que los dueños de las combis tengan el derecho de crear los asientos como les dé la gana; y si esto sucede es porque no existe ninguna normativa que regule sus dimensiones y distribución.

El chofer acelera a una velocidad de vértigo intentando ganarle a las combis competidoras. Evita chocar con los demás vehículos por los pelos. Esto revela una profunda y terrible realidad: el absoluto desprecio del conductor hacia la vida de sus pasajeros (lo cual debería ser suficiente para inhabilitar al chofer para conducir un vehículo de transporte público). Los pasajeros sólo valen el sol o sol y medio que pagan por el pasaje. El objetivo no es ofrecer un servicio público de calidad, sino recoger la mayor cantidad posible de gente. No importa si para ello hay que poner en riesgo la vida de los pasajeros. La vida de los pasajeros no tiene importancia alguna.

Mi renovada capacidad de asombro me permitió notar que el chofer y el cobrador casi siempre son gente vulgar y grosera que además no parece preocuparse por su higiene personal. El chofer obliga a sus víctimas a «disfrutar» de la música que le gusta a un volumen ensordecedor. El suplicio musical casi siempre oscila entre las desagradables trompetas salseras o la embrutecedora monotonía del reggaeton. Leer resulta imposible y tampoco es posible escuchar música con auriculares. Sólo queda aguantar. El chofer olvida que el pasajero tiene el derecho de viajar sin ser torturado musicalmente. Pegado en la ventana vi una desgastada calcomanía que decía jocosamente: «Aquí todo es chévere, el carro, la música, el chofer»…

El pésimo transporte público en Lima convierte a la gente que se ve obligada a utilizarlo en ciudadanos de segunda clase, muchos de los cuales tienen como meta ahorrar para comprarse un automóvil y así escapar de la miserable experiencia de subirse cada día a una sucia combi. Esto también es causante de la gran cantidad de vehículos que colapsan el tráfico de la ciudad. El problema luego se convierte en un círculo vicioso: mientras las combis asesinas persistan más gente querrá comprarse un auto, con ello empeorando el lastimoso tráfico de la ciudad. Asimismo, la conciencia ecológica que dicta usar el transporte público en vez de un auto particular para así reducir las emisiones de monóxido de carbono es casi imposible en Lima. Muy pocos elegirán inmolarse por el planeta para sufrir las penurias del transporte público limeño. Esto hace que la conciencia ecológica en Lima sea una conciencia light, de yogurt dietético bajo en calorías, gobernada por las frivolidades de la moda.

II. Un mundo feliz: Lima sin combis

La erradicación de las odiadas combis no sólo es un problema de transporte, sino es también un problema social. Los choferes tienen mucho poder y son poco propensos a aceptar cambios en beneficio de los pasajeros. Sólo buscan su propia comodidad. Pero una cosa es ser sensible a las necesidades laborales de los choferes y otra cosa es permitir que atropellen (literalmente) a los pasajeros. Tiene que haber una solución consensuada dictada por el sentido común.

El problema de fondo es que el beneficio de los transportistas depende directamente de la cantidad de pasajeros que recogen. Cada conductor concibe su trabajo como una empresa privada personal. Esto incentiva las peligrosas carreras y la conducción temeraria. Un servicio de transporte público no puede existir bajo esta modalidad. El conductor debe recibir un sueldo fijo y simplemente dedicarse a cumplir su ruta respetando las normas establecidas.

Yo propondría lo siguiente: reemplazar las combis por autobuses urbanos (como los del Metropolitano) proporcionados por una empresa estatal o privada. Los choferes serían profesionales debidamente calificados. El concurso también estaría abierto a los antiguos choferes de combi, así tendrían la oportunidad de civilizarse y ganarse la vida honradamente. El conductor recibiría un sueldo mensual fijo como cualquier trabajador; de esta manera no tendría motivos para «correr» buscando recoger la mayor cantidad posible de pasajeros, ni tendría motivos para no respetar los paraderos establecidos.

Si algún chofer comete alguna infracción de tráfico la multa se deduciría automáticamente de su sueldo. Esta medida sería suficiente para convencerlo de manejar con cuidado. Cada conductor tendría un número de registro visible para que los pasajeros puedan enviar sus quejas a la empresa en el caso de sufrir maltrato o conducción temeraria. Tras cierta cantidad de quejas acumuladas el chofer tendría que ser reemplazado. El Estado podría compensar a los dueños de las combis comprando sus vehículos a un precio justo; luego podría utilizar estas unidades en algún otro servicio que no sea de pasajeros.

III. El mejor de los transportes posibles

Una de las cosas que realmente extraño de Madrid es el transporte público. Creo que debe ser de los mejores del mundo. La amplia red de metro y autobuses brinda un servicio puntual, limpio y eficiente. En la ciudad el automóvil es absolutamente innecesario, incluso es una molestia pues es difícil encontrar donde estacionar. Mucha gente sólo usa el auto para salir de la ciudad los fines se semana. En los diez años que viví en Madrid nunca deseé tener un auto para movilizarme en la ciudad. Sería muy ingenuo imaginar que Lima pudiera tener un transporte público como el de Madrid, pero tampoco debemos resignarnos a lo que actualmente existe.

Tras todo esto debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué la experiencia de viajar en transporte público tiene que ser tan desagradable? Es cierto que el pasaje es relativamente barato, pero eso no debe ser motivo para ser maltratado. Pareciera que como gran parte de los pasajeros son pobres se asume que no tienen derecho a la dignidad de un servicio cómodo, seguro y eficaz. Estoy seguro de que la mayoría de los usuarios estaría dispuesta a pagar un poco más por un servicio de calidad.

Por último, se asume la «cultura combi» como parte de la identidad limeña, como si este rasgo fuese intrínseco a la experiencia de vivir en Lima. Es verdad que dicha idiosincrasia se debe a muchos otros factores (que no discutiré aquí), pero no es cierto que no pueda ser erradicada. Lo importante es no resignarse al caos y la barbarie. Hay que reconocer que el establecimiento de paraderos autorizados ha sido un buen paso para ordenar el tráfico. Pero no basta.

Las combis deben desaparecer de las pistas limeñas. Su presencia ofrece un espectáculo feo, pobre y descuidado, y son incompatibles con el actual supuesto aire de progreso y desarrollo económico de la ciudad. Son rezagos molestos de un pasado que nos avergüenza y que ya queremos superar. Mientras las combis sigan imponiendo su ley salvaje en las calles, Lima nunca llegará a ser la ciudad moderna que pretende ser.