Hacen falta adjetivos para describir la miseria del transporte
público en Lima. Y aunque es un tema que se ha discutido largamente en todas
partes, el asunto es tan grave que hasta que no se encuentre una solución el
problema debe denunciarse sin descanso. El no hacerlo conduce al conformismo y
la inacción.
El hombre es un animal que se acostumbra a todo, por eso
mucha gente en Lima ya se ha resignado al ruinoso transporte público de su
ciudad. Debo aprovechar que tras diez años exiliado en Madrid mi retorno a Lima
llega con una renovada capacidad de asombro. Ahora puedo indignarme ante tantas
cosas que años atrás consideraba «normales» en esta despiadada ciudad.
I. Viaje al centro en
una combi
El otro día, por una perversa jugada del destino, me subí a
una típica combi. El vehículo tenía una apariencia lastimosa, con la carrocería
llena de parches por los múltiples choques que ha sufrido en sus más de veinte
años de penosa vida. Al subir noté que se habían instalado «asientos» en los
lugares más inverosímiles. Incluso existe un improvisado tercer asiento entre
el conductor y el copiloto donde según la fabricación original del vehículo no
había nada —justamente porque por cuestiones de seguridad y espacio no debería
haber nada. El pasajero que se atreva a sentarse ahí deberá aguantar la mano
del chofer moviendo la palanca de cambios entre sus piernas...
Los dueños de las combis diseñan las dimensiones y la
distribución de los asientos según su propio dudoso criterio. Obviamente les
interesa meter la mayor cantidad posible de asientos, así que se espera que los
pasajeros se aprieten unos contra otros y se sienten en cualquier cosa que
parezca un asiento. Es indignante. Los asientos dentro de la combi nunca son
los del vehículo original; son hechos por algún artesano en un oscuro taller
clandestino. Casi siempre son miserables cuadrados de espuma forrados con
plástico. Lo que me asombra es que los dueños de las combis tengan el derecho
de crear los asientos como les dé la gana; y si esto sucede es porque no existe
ninguna normativa que regule sus dimensiones y distribución.
El chofer acelera a una
velocidad de vértigo intentando ganarle a las combis competidoras. Evita chocar
con los demás vehículos por los pelos. Esto revela una profunda y terrible
realidad: el absoluto desprecio del conductor hacia la vida de sus pasajeros (lo
cual debería ser suficiente para inhabilitar al chofer para conducir un
vehículo de transporte público). Los pasajeros sólo valen el sol o sol y medio
que pagan por el pasaje. El objetivo no es ofrecer un servicio público de
calidad, sino recoger la mayor cantidad posible de gente. No importa si para
ello hay que poner en riesgo la vida de los pasajeros. La vida de los pasajeros
no tiene importancia alguna.
Mi renovada capacidad de asombro
me permitió notar que el chofer y el cobrador casi siempre son gente vulgar y
grosera que además no parece preocuparse por su higiene personal. El chofer
obliga a sus víctimas a «disfrutar» de la música que le gusta a un volumen
ensordecedor. El suplicio musical casi siempre oscila entre las desagradables
trompetas salseras o la embrutecedora monotonía del reggaeton. Leer resulta
imposible y tampoco es posible escuchar música con auriculares. Sólo queda
aguantar. El chofer olvida que el pasajero tiene el derecho de viajar sin ser
torturado musicalmente. Pegado en la ventana vi una desgastada calcomanía que
decía jocosamente: «Aquí todo es chévere, el carro, la música, el chofer»…
El pésimo transporte público en
Lima convierte a la gente que se ve obligada a utilizarlo en ciudadanos de
segunda clase, muchos de los cuales tienen como meta ahorrar para comprarse un
automóvil y así escapar de la miserable experiencia de subirse cada día a una
sucia combi. Esto también es causante de la gran cantidad de vehículos que colapsan
el tráfico de la ciudad. El problema luego se convierte en un círculo vicioso:
mientras las combis asesinas persistan
más gente querrá comprarse un auto, con ello empeorando el lastimoso tráfico de
la ciudad. Asimismo, la conciencia ecológica que dicta usar el transporte
público en vez de un auto particular para así reducir las emisiones de monóxido
de carbono es casi imposible en Lima. Muy pocos elegirán inmolarse por el
planeta para sufrir las penurias del transporte público limeño. Esto hace que
la conciencia ecológica en Lima sea una conciencia light, de yogurt dietético bajo en calorías, gobernada por las
frivolidades de la moda.
II. Un mundo feliz: Lima sin combis
La erradicación de las odiadas
combis no sólo es un problema de transporte, sino es también un problema
social. Los choferes tienen mucho poder y son poco propensos a aceptar cambios
en beneficio de los pasajeros. Sólo buscan su propia comodidad. Pero una cosa
es ser sensible a las necesidades laborales de los choferes y otra cosa es
permitir que atropellen (literalmente) a los pasajeros. Tiene que haber una
solución consensuada dictada por el sentido común.
El problema de fondo es que el
beneficio de los transportistas depende directamente de la cantidad de
pasajeros que recogen. Cada conductor concibe su trabajo como una empresa
privada personal. Esto incentiva las peligrosas carreras y la conducción
temeraria. Un servicio de transporte público no puede existir bajo esta
modalidad. El conductor debe recibir un sueldo fijo y simplemente dedicarse a
cumplir su ruta respetando las normas establecidas.
Yo propondría lo siguiente:
reemplazar las combis por autobuses urbanos (como los del Metropolitano)
proporcionados por una empresa estatal o privada. Los choferes serían
profesionales debidamente calificados. El concurso también estaría abierto a
los antiguos choferes de combi, así tendrían la oportunidad de civilizarse y
ganarse la vida honradamente. El conductor recibiría un sueldo mensual fijo
como cualquier trabajador; de esta manera no tendría motivos para «correr»
buscando recoger la mayor cantidad posible de pasajeros, ni tendría motivos
para no respetar los paraderos establecidos.
Si algún chofer comete alguna infracción
de tráfico la multa se deduciría automáticamente de su sueldo. Esta medida
sería suficiente para convencerlo de manejar con cuidado. Cada conductor
tendría un número de registro visible para que los pasajeros puedan enviar sus
quejas a la empresa en el caso de sufrir maltrato o conducción temeraria. Tras
cierta cantidad de quejas acumuladas el chofer tendría que ser reemplazado. El
Estado podría compensar a los dueños de las combis comprando sus vehículos a un
precio justo; luego podría utilizar estas unidades en algún otro servicio que
no sea de pasajeros.
III. El mejor de los transportes posibles
Una de las cosas que realmente
extraño de Madrid es el transporte público. Creo que debe ser de los mejores
del mundo. La amplia red de metro y autobuses brinda un servicio puntual,
limpio y eficiente. En la ciudad el automóvil es absolutamente innecesario,
incluso es una molestia pues es difícil encontrar donde estacionar. Mucha gente
sólo usa el auto para salir de la ciudad los fines se semana. En los diez años
que viví en Madrid nunca deseé tener un auto para movilizarme en la ciudad.
Sería muy ingenuo imaginar que Lima pudiera tener un transporte público como el
de Madrid, pero tampoco debemos resignarnos a lo que actualmente existe.
Tras todo esto debemos hacernos
la siguiente pregunta: ¿Por qué la experiencia de viajar en transporte público
tiene que ser tan desagradable? Es cierto que el pasaje es relativamente
barato, pero eso no debe ser motivo para ser maltratado. Pareciera que como
gran parte de los pasajeros son pobres se asume que no tienen derecho a la
dignidad de un servicio cómodo, seguro y eficaz. Estoy seguro de que la mayoría
de los usuarios estaría dispuesta a pagar un poco más por un servicio de
calidad.
Por último, se asume la «cultura
combi» como parte de la identidad limeña, como si este rasgo fuese intrínseco a
la experiencia de vivir en Lima. Es verdad que dicha idiosincrasia se debe a
muchos otros factores (que no discutiré aquí), pero no es cierto que no pueda
ser erradicada. Lo importante es no resignarse al caos y la barbarie. Hay que
reconocer que el establecimiento de paraderos autorizados ha sido un buen paso
para ordenar el tráfico. Pero no basta.
Las combis deben desaparecer de
las pistas limeñas. Su presencia ofrece un espectáculo feo, pobre y descuidado,
y son incompatibles con el actual supuesto aire de progreso y desarrollo
económico de la ciudad. Son rezagos molestos de un pasado que nos avergüenza y
que ya queremos superar. Mientras las combis sigan imponiendo su ley salvaje en
las calles, Lima nunca llegará a ser la ciudad moderna que pretende ser.

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