jueves, 19 de junio de 2014

Instrucciones para no ver la final del Mundial



― Déme una entrada para Robin Hood a las 10.

― ¿Está seguro de que la quiere a esa hora?

― Sí, estoy seguro.

El empleado del cine me miró desconcertado mientras me lanzaba el boleto con desprecio. Iba a ser el infaltable tipo raro que va solo al cine mientras España juega la final del Mundial de fútbol. 

Era el año 2010 y entonces yo vivía en Madrid. Aunque España ya era una potencia futbolística en aquel tiempo, nunca pensé que realmente podría ganar el Mundial hasta que pasó los cuartos de final y luego llegó a semifinales. Entonces pensé que debía elaborar un plan para evitar la histeria futbolística, que ya se había vuelto incontenible. Lo peor del asunto es que no había adónde escapar. En todos lados encontrabas pantallas trasmitiendo los partidos; la gente comentaba las jugadas y proponían formulas ganadoras para llegar a la final. Los españoles vestían camisetas rojas exhibiendo su afición con una extraña mezcla de orgullo y bravuconería. Era una epidemia nacional. Resistirse a la locura colectiva era exponerse a un linchamiento público.

Elaboré el plan de evasión el día en que España se clasificó para jugar la final. Pensé que el único lugar donde podría escapar del partido era en el cine. Había que buscar la película más larga y menos mala posible. En esos años yo vivía en una zona tranquila cerca al río Manzanares. Al lado de mi calle había un centro comercial, anodino y corriente, como todos los demás. También tenía salas de cine donde proyectaban películas en pantallas gigantes y en tercera dimensión.  A pesar de vivir en ese barrio durante cinco años nunca había entrado a esos cines, simplemente porque todas las películas estaban dobladas, y mis elevados principios éticos y estéticos me impiden ver películas mutiladas (y por más que digan que el doblaje español es muy bueno, todo doblaje es un sacrilegio cinematográfico).

Pero este caso era una emergencia y exigía romper las reglas. La película más larga y menos mala del listín era Robin Hood, protagonizado por el malhumorado Russell Crowe. Así que el domingo de la gran final salí en la mañana para comprar mi entrada al cine. Sabía que debía comprarlo con antelación, pues posiblemente cancelarían las funciones a la hora del partido, ya que a ningún buen español se le ocurriría ir al cine mientras se jugaba la final. Pero como soy un anglosudaca yo sí podía tener ganas de ir al cine. Tras comprar la entrada regresé a mi cueva aliviado. Tenía un plan. Escapar de la final era posible.

Antes de ir al cine decidí salir a correr un rato; la ciudad estaba casi desierta, sólo se veían grupos dispersos aprovisionándose de comida y bebida como si esperaran un bombardeo. La ciudad se preparaba para una larga noche de ruido y exceso. Los seres humanos tienen la desagradable costumbre de mostrar su alegría a los demás haciendo el mayor ruido posible. Desde mucho antes del partido la ciudad fue invadida por el atronador ruido de bombazos, cohetecillos y un espantoso artilugio llamado «vuvuzela», una especie de trompeta africana que emite un sonido denso y penetrante capaz de enloquecer al más sordo.

Llegué al cine puntualmente, justo antes de las 10 pm. El partido ya tenía casi una hora de juego. Los empleados del cine me miraban con odio. Al entrar la sala estaba completamente vacía, así que pude elegir el mejor asiento, justo en el centro de la sala para garantizar un buen sonido estereofónico. Tras la publicidad inicial comprobé que seguía estando solo en medio de la sala. Luego pensé que ese día iba a poder realizar una de mis más íntimas fantasías: ver una película en un cine enorme completamente solo. La película empezó y seguía solo. ¡Aleluya! Dios no existe, pero aun así a veces nos pasan cosas buenas. El partido y su locura colectiva ya no importaban. Mi noche estaba salvada.

El pésimo humor de Russell Crowe, sumado a su abominable acento español, hicieron el efecto deseado. Durante un largo rato pude olvidar lo que sucedía afuera; estaba a salvo. Había encontrado un lugar donde la final del Mundial simplemente no existía. Lo irónico era que, al igual que los millones de españoles afuera del cine, yo también estaba sentado frente a una pantalla. Pero mi pantalla era gigante y era sólo para mí. Lo único que me separaba de toda la locura exterior era lo que se proyectaba en la pantalla. El mundo entero veía una batalla épica con una pelota; yo veía una batalla épica con armaduras, flechas y espadas.

La película terminó como a la una de la mañana. Entonces salí al mundo exterior. Las calles habían sido tomadas por hordas descontroladas que cantaban, gritaban y hacían sonar sus horribles trompetas africanas; muchos se habían sacado los polos rojos para «torear« a los automóviles, que a su vez respondían la gracia haciendo sonar sus bocinas. Intenté encontrar algún policía para restaurar el orden, pero debe ser cierto que nunca hay un policía cerca cuando lo necesitas. Se supone que tocar el claxon está prohibido a menos que sea por una razón justificada. Cuando comenté mi indignación en los días siguientes la gente me dijo sonriendo que todo ese desorden público estaba justificado porque era una muestra de alegría colectiva (supongo que del mismo modo en que los semáforos pierden su autoridad a partir de la medianoche). La ley no puede atentar contra la manifestación de alegría pública.

Hasta el momento yo no sabía quién había ganado el partido, y pensé que si España hubiese perdido la fiesta hubiese sido la misma. Al llegar a casa me enteré que habían ganado. Mi plan para evitar la final había funcionado a la perfección, pero no tenía ningún plan para evitar el alboroto de la celebración, que se extendería hasta las 48 horas siguientes.

Si hay algún pueblo capaz de hacer ruido ininterrumpidamente sin cansarse nunca, es el español. Tienen un instinto natural para hacer el mayor ruido posible cuando se trata de festejar. La noche del domingo no dormí casi nada. Pensé que lo peor ya había pasado, hasta que descubrí que el ayuntamiento de Madrid había decidido organizar un macroconcierto de celebración en la ribera del río, justo cerca de mi calle. La noticia me tomó por sorpresa, así que no pude preparar ningún escape. Desde la tarde vi miles de españoles en camisetas rojas llegando en hordas para instalarse con tiempo, asegurándose hacer el mayor ruido posible. Cada uno iba armado con su trompeta infernal, que tocaban furiosamente en intervalos de uno o dos minutos mientras coreaban «¡hemos ganao, hemos ganao!».

Si los ingleses tienen sus hooligans, los españoles tienen sus manolos futboleros, una especie de macho ibérico que se divierte realizando cánticos en público y comportándose, en la mayoría de los casos, de manera agresiva y estúpida. La victoria futbolística les permitió, en plena crisis económica, reivindicar su maltratado orgullo peninsular: uno de sus cánticos decía «¡Yo soy español, español, español!» (pero cantado en tono cavernícola). El subrayado de la identidad española es una muestra explícita de patriotismo, como si ganar un Mundial de balompié compensara el hecho (desafortunado o no) de ser español. Claro que eso dependerá de la tabla de valores que uno quiera defender. Si consideramos que el balompié es algo realmente importante y que representa la identidad de una nación, entonces gritar a voz en cuello que uno es español tiene sentido. Pero el balompié es sólo un juego.

Hasta el día de hoy, cuatro años después de los sucesos relatados en esta historia, no he visto el único gol que se marcó en ese partido. En mi experiencia el Mundial siempre ha sido un acontecimiento lejano, entretenido e inofensivo, justamente porque uno nunca espera que su país va a ganar. Tampoco uno espera estar viviendo en el país que gana. Inglaterra suele ir bien hasta que en los cuartos de final se cruza con Alemania, Brasil o Argentina. Perú no juega en un Mundial desde 1982, y tal como juega su equipo parece que estaré a salvo de la locura del Mundial por mucho tiempo. El lector ya habrá adivinado que no soy fanático del balompié. Me aburre la parafernalia que lo rodea, las irrelevantes noticias sobre los jugadores y sus insulsas vidas. Aunque eso sí, si los partidos durasen sólo 30 minutos por tiempo quizás algún día me animaría a ver un partido entero.

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