― Déme una entrada para Robin Hood a las 10.
― ¿Está seguro de que la
quiere a esa hora?
― Sí, estoy seguro.
El empleado del cine me miró desconcertado
mientras me lanzaba el boleto con desprecio. Iba a ser el infaltable tipo raro que
va solo al cine mientras España juega la final del Mundial de fútbol.
Era el año 2010 y entonces yo vivía en Madrid. Aunque
España ya era una potencia futbolística en aquel tiempo, nunca pensé que realmente
podría ganar el Mundial hasta que pasó los cuartos de final y luego llegó a
semifinales. Entonces pensé que debía elaborar un plan para evitar la histeria
futbolística, que ya se había vuelto incontenible. Lo peor del asunto es que no
había adónde escapar. En todos lados encontrabas pantallas trasmitiendo los
partidos; la gente comentaba las jugadas y proponían formulas ganadoras para
llegar a la final. Los españoles vestían camisetas rojas exhibiendo su afición
con una extraña mezcla de orgullo y bravuconería. Era una epidemia nacional.
Resistirse a la locura colectiva era exponerse a un linchamiento público.
Elaboré el plan de evasión el día en que España
se clasificó para jugar la final. Pensé que el único lugar donde podría escapar
del partido era en el cine. Había que buscar la película más larga y menos mala
posible. En esos años yo vivía en una zona tranquila cerca al río Manzanares.
Al lado de mi calle había un centro comercial, anodino y corriente, como todos
los demás. También tenía salas de cine donde proyectaban películas en pantallas
gigantes y en tercera dimensión. A pesar
de vivir en ese barrio durante cinco años nunca había entrado a esos cines,
simplemente porque todas las películas estaban dobladas, y mis elevados
principios éticos y estéticos me impiden ver películas mutiladas (y por más que
digan que el doblaje español es muy bueno, todo doblaje es un sacrilegio
cinematográfico).
Pero este caso era una emergencia y exigía
romper las reglas. La película más larga y menos mala del listín era Robin Hood, protagonizado por el
malhumorado Russell Crowe. Así que el domingo de la gran final salí en la
mañana para comprar mi entrada al cine. Sabía que debía comprarlo con
antelación, pues posiblemente cancelarían las funciones a la hora del partido,
ya que a ningún buen español se le ocurriría ir al cine mientras se jugaba la
final. Pero como soy un anglosudaca
yo sí podía tener ganas de ir al cine. Tras comprar la entrada regresé a mi
cueva aliviado. Tenía un plan. Escapar de la final era posible.
Antes de ir al cine decidí salir a correr un
rato; la ciudad estaba casi desierta, sólo se veían grupos dispersos
aprovisionándose de comida y bebida como si esperaran un bombardeo. La ciudad
se preparaba para una larga noche de ruido y exceso. Los seres humanos tienen
la desagradable costumbre de mostrar su alegría a los demás haciendo el mayor
ruido posible. Desde mucho antes del partido la ciudad fue invadida por el
atronador ruido de bombazos, cohetecillos y un espantoso artilugio llamado «vuvuzela»,
una especie de trompeta africana que emite un sonido denso y penetrante capaz
de enloquecer al más sordo.
Llegué al cine puntualmente, justo antes de las
10 pm. El partido ya tenía casi una hora de juego. Los empleados del cine me
miraban con odio. Al entrar la sala estaba completamente vacía, así que pude
elegir el mejor asiento, justo en el centro de la sala para garantizar un buen
sonido estereofónico. Tras la publicidad inicial comprobé que seguía estando
solo en medio de la sala. Luego pensé que ese día iba a poder realizar una de
mis más íntimas fantasías: ver una película en un cine enorme completamente solo.
La película empezó y seguía solo. ¡Aleluya! Dios no existe, pero aun así a
veces nos pasan cosas buenas. El partido y su locura colectiva ya no
importaban. Mi noche estaba salvada.
El pésimo humor de Russell Crowe, sumado a su
abominable acento español, hicieron el efecto deseado. Durante un largo rato
pude olvidar lo que sucedía afuera; estaba a salvo. Había encontrado un lugar
donde la final del Mundial simplemente no existía. Lo irónico era que, al igual
que los millones de españoles afuera del cine, yo también estaba sentado frente
a una pantalla. Pero mi pantalla era gigante y era sólo para mí. Lo único que
me separaba de toda la locura exterior era lo que se proyectaba en la pantalla.
El mundo entero veía una batalla épica con una pelota; yo veía una batalla
épica con armaduras, flechas y espadas.
La película terminó como a la una de la mañana.
Entonces salí al mundo exterior. Las calles habían sido tomadas por hordas
descontroladas que cantaban, gritaban y hacían sonar sus horribles trompetas
africanas; muchos se habían sacado los polos rojos para «torear« a los
automóviles, que a su vez respondían la gracia haciendo sonar sus bocinas. Intenté
encontrar algún policía para restaurar el orden, pero debe ser cierto que nunca
hay un policía cerca cuando lo necesitas. Se supone que tocar el claxon está
prohibido a menos que sea por una razón justificada. Cuando comenté mi
indignación en los días siguientes la gente me dijo sonriendo que todo ese
desorden público estaba justificado porque era una muestra de alegría colectiva
(supongo que del mismo modo en que los semáforos pierden su autoridad a partir
de la medianoche). La ley no puede atentar contra la manifestación de alegría
pública.
Hasta el momento yo no sabía quién había ganado
el partido, y pensé que si España hubiese perdido la fiesta hubiese sido la
misma. Al llegar a casa me enteré que habían ganado. Mi plan para evitar la
final había funcionado a la perfección, pero no tenía ningún plan para evitar
el alboroto de la celebración, que se extendería hasta las 48 horas siguientes.
Si hay algún pueblo capaz de hacer ruido
ininterrumpidamente sin cansarse nunca, es el español. Tienen un instinto
natural para hacer el mayor ruido posible cuando se trata de festejar. La noche
del domingo no dormí casi nada. Pensé que lo peor ya había pasado, hasta que
descubrí que el ayuntamiento de Madrid había decidido organizar un
macroconcierto de celebración en la ribera del río, justo cerca de mi calle. La
noticia me tomó por sorpresa, así que no pude preparar ningún escape. Desde la
tarde vi miles de españoles en camisetas rojas llegando en hordas para
instalarse con tiempo, asegurándose hacer el mayor ruido posible. Cada uno iba
armado con su trompeta infernal, que tocaban furiosamente en intervalos de uno
o dos minutos mientras coreaban «¡hemos ganao, hemos ganao!».
Si los ingleses tienen sus hooligans, los españoles tienen sus manolos futboleros, una especie de macho ibérico que se divierte
realizando cánticos en público y comportándose, en la mayoría de los casos, de
manera agresiva y estúpida. La victoria futbolística les permitió, en plena
crisis económica, reivindicar su maltratado orgullo peninsular: uno de sus
cánticos decía «¡Yo soy español, español, español!» (pero cantado en tono cavernícola).
El subrayado de la identidad española es una muestra explícita de patriotismo,
como si ganar un Mundial de balompié compensara el hecho (desafortunado o no)
de ser español. Claro que eso dependerá de la tabla de valores que uno quiera
defender. Si consideramos que el balompié es algo realmente importante y que
representa la identidad de una nación, entonces gritar a voz en cuello que uno
es español tiene sentido. Pero el balompié es sólo un juego.
Hasta el día de hoy, cuatro años después de los
sucesos relatados en esta historia, no he visto el único gol que se marcó en
ese partido. En mi experiencia el Mundial siempre ha sido un acontecimiento
lejano, entretenido e inofensivo, justamente porque uno nunca espera que su
país va a ganar. Tampoco uno espera estar viviendo en el país que gana.
Inglaterra suele ir bien hasta que en los cuartos de final se cruza con
Alemania, Brasil o Argentina. Perú no juega en un Mundial
desde 1982, y tal como juega su equipo parece que estaré a salvo de la locura
del Mundial por mucho tiempo. El lector ya habrá adivinado que no soy fanático
del balompié. Me aburre la parafernalia que lo rodea, las irrelevantes noticias
sobre los jugadores y sus insulsas vidas. Aunque eso sí, si los partidos
durasen sólo 30 minutos por tiempo quizás algún día me animaría a ver un
partido entero.
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