En defensa de la mediocridad existencial
Se nos ha inculcado desde
niños que la vida debía tener un sentido, alguna justificación trascendental
que haga que todo valga la pena para así poder escapar del absurdo. ¿Pero en
realidad quién dice que la vida debe tener sentido? Creo que es momento de
rebelarse contra esta pesada carga metafísica. ¿Por qué no conformarse con una
vida modesta, mediocre y anodina? Al fin y al cabo la gran mayoría de vidas son
así, y nadie lamenta ni cuestiona esta innegable insignificancia generalizada.
Sabemos de donde viene la
idea de buscarle un sentido a la vida. Proviene de la mentalidad edificante
pequeñoburguesa que busca metas y objetivos en la vida. Nos han vendido la idea
de que debemos crecer, expandirnos, cambiar, dejar algo a las futuras
generaciones (como si esas generaciones no tuvieran sus propias miserias en que
ocuparse). Cada quien hace lo que puede; el comerciante encuentra el sentido de
su vida en sus negocios, en sus ganancias y transacciones comerciales; mientras
el intelectual y el artista buscarán el sentido de la vida en sus obras, en sus
ideas geniales que supuestamente salvarán a la humanidad de una inminente
decadencia.
Aquellos individuos que tuvieron
la desgracia de leer un manual de filosofía para luego ser contaminados con la
duda metafísica nunca podrán curarse, nunca podrán dejar de buscar un sentido
(me incluyo). Finalmente si lo encuentran o no, poco importa; lo que importa es
darse cuenta que ese supuesto sentido es en realidad otra construcción
cultural, otro mito burgués que sirve para inventar excusas para construir cosas
donde antes no había nada; pretextos para hacer más ruido, para no aburrirse
con una vida que no aspira a más que su propia supervivencia biológica. El
sentido de la vida es también un invento de la sociedad de consumo: mientras
que uno está en esa búsqueda tendrá que comprar muchas cosas en el camino;
tendrá que acumular, gastar, invertir y crearse grandes (o pequeñas)
esperanzas.
En un sentido biológico
un organismo no debe tener más preocupaciones y aspiraciones que garantizar su propia
reproducción y supervivencia. Todo lo demás es accesorio. Además, sabemos que
el principio de economía, de máximo ahorro energético, es el que gobierna la
naturaleza. Un organismo debe gastar la menor cantidad de energía logrando el
mejor resultado posible. Maximizar los efectos minimizando los gastos. La
mediocridad de acción y movimiento y el ahorro energético son las claves de la
supervivencia. Diversos estudios demuestran que en un sentido fisiológico es la
normalidad, las medidas promedio de los casos posibles las que definen un
organismo eficiente y saludable (por ejemplo, las personas extremadamente altas
o bajas son menos eficientes en sus operaciones vitales). El exceso y lo
extraordinario están más cerca de la ineficacia. Siendo así, es difícil
entender por qué nuestra especie no aspira a esta misma mediocridad vital. ¿Qué
nos hace pensar que tenemos derecho a algo más?
Quizás la respuesta sea
la vanidad. Tenemos un incontrolable impulso por dar testimonio de nuestra
existencia a los demás, de dar información constante sobre lo que hacemos o
sentimos. Lo peor es que esta vanidad no logra ver que en realidad a los demás
les importa muy poco. En muchos casos esta patética vanidad queda al
descubierto, y entonces, una vez expuesta esta nada que aspira ser algo,
sólo induce en los otros penosos sentimientos de ternura y protección. Por
ejemplo, la red social Facebook es un
enorme ruido caótico de millones de voces que encuentran sentido a la vida
exponiendo sus insignificantes miserias a los demás. Finalmente el principio
que rige el Yo era esto: la vanidad; un obsceno impulso por afirmarse y un
testarudo rechazo a la insignificancia de simplemente existir.
El supuesto sentido de la
vida es como un receptáculo que necesita ser llenado, un continente a la espera
de un contenido. La vida es algo que recibimos por adelantado, y cuando nos
preguntamos para qué sirve ya es demasiado tarde; luego debemos pasar muchos
años buscando algún contenido para darle sentido. El sentido puede tener
infinitas variaciones: la felicidad, el amor, el dinero, el deporte, el placer,
la moda, el poder, etc. Y como la búsqueda de sentido es una experiencia esencialmente
individual —un acto de completa soledad— en el fondo todos los sentidos son
igual de válidos que los demás, desde ser misionero para ayudar a otros, hasta
ser atracador de bancos para ayudarse a uno mismo. Mientras que el sentido
cumpla el propósito metafísico de llenar la existencia no hay forma de considerar
un sentido mejor que otro (desde una perspectiva moral algunos sentidos podrían
ser más loables que otros, pero sabemos que los sistemas morales son construcciones
culturales contingentes e históricamente situadas; el sentido en sí mismo sólo
requiere satisfacer las necesidades privadas del individuo).
En un sentido estricto,
la vida no tiene ningún sentido, es pura facticidad y el resultado de una larga
acumulación de acontecimientos que se suceden en el tiempo. Pero esta falta de
sentido no es necesariamente un camino hacia el nihilismo y el desaliento; es
más bien un lienzo en blanco donde cada uno podrá pintar el sentido que le dé
la gana. Si bien esta libertad implica la posibilidad de encontrar sentidos
heroicos y universales, es al mismo tiempo un asunto fastidioso que genera
angustia y frustración. Pero esa libertad de crear sentido también implica —o
debería implicar― la opción de no pintar nada y resignarse a una existencia simple
sin grandes contenidos trascendentales.
El ser humano vive
atrapado en una contradicción constante: cuando alcanza cierta tranquilidad y
estabilidad vital inmediatamente se aburre y busca algo nuevo; busca nuevos
problemas en que ocuparse. La insatisfacción constante es una paradoja de la
naturaleza humana. Y esto también le induce a pensar que su vida debe tener
algún sentido que trascienda su limitada existencia física (recomiendo el
esclarecedor ensayo de Vladimir Jankelevitch La aventura, el aburrimiento, lo serio). El preocuparse por
problemas futuros imaginados e hipotéticos sólo conduce a la infelicidad constante
en el presente. Pero nuestra incapacidad para ser como los demás animales, de
vivir en el eterno presente, nos traiciona siempre. Nuestra admirada racionalidad
y capacidad de abstracción son también una trampa sin salida.
Renunciemos pues a toda
trascendencia metafísica, respondamos con un bostezo a los planes universales,
a toda justificación y sofisticación discursiva. Aprendamos ―aunque al comienzo
duela― a aceptar que la vida es pura inmediatez, hechos aislados que nosotros
cubrimos de sentido para nuestra propia tranquilidad mental. Luchemos por el derecho
a una existencia sencilla, inmediata y plácidamente mediocre.