Leo, luego escribo. Un
buen escritor es, antes que nada, un buen lector. No se puede escribir bien sin
leer. Todo escritor sabe que el arte de escribir es algo que se aprende
lentamente; un proceso que dura años y que se realiza acompañado por cientos,
miles de lecturas. No existen atajos fáciles. No hay fórmulas sencillas «para
dummies». El acto de escribir no convierte a la persona que escribe en
escritor, del mismo modo que una buena cámara fotográfica no convierte a su
poseedor en un buen fotógrafo.
El lenguaje es una
herramienta que, al igual que un instrumento musical, se puede emplear bien o
mal, con maestría o con torpeza. Por lo general, una buena formación académica ayuda
a dominar el lenguaje escrito, aunque tampoco es un requisito indispensable. Lo
que sí resulta indispensable es la lectura constante y variada. Leer debe ser
un hábito diario, y hay que leer mucho y de todo.
Tradicionalmente se cree
que para escribir poesía se debe leer poesía. Se suele interrogar al poeta
sobre sus referentes poéticos o poetas «favoritos» (con lo cursi que esto
suena). En mi opinión, para escribir poesía, novela o ensayo, no es necesario
limitarse a leer el género en cuestión, sino que un buen escritor debe leer de
todo, como lo hace un buen periodista. Debe leer historia, literatura,
filosofía, divulgación científica, además de todo lo demás. Sumado a su
experiencia de vida, es la mezcla de la diversidad de lecturas lo que da
riqueza al material del escritor.
También hay que abandonar
la pretensión de ser original. Ya nadie es original. Todo lo que se escribe es
producto de una larga tradición escrita, de una historia que inevitablemente
determina —seamos conscientes de ello o no— la forma en que pensamos y describimos
la realidad. Negar esta herencia cultural sólo convierte al supuesto escritor
en un ser ingenuo e ignorante, y en los casos en que cree haber inventado algo
totalmente nuevo, convierte su pretensión de novedad en algo penoso y patético.
La mejor opción es asumir nuestra herencia cultural y literaria, no como una pesada
carga, sino como una gran riqueza de conocimiento que nos ayudará a contribuir
individualmente en esa larga herencia creativa.
Del mismo modo que los
distintos estilos musicales están íntimamente relacionados, copiándose y mezclándose
sin parar, todo lo que pensamos y escribimos está relacionado con toda esa gran
herencia cultural. Nuestras ideas son el producto de las ideas de millones de
personas que nos precedieron. Al ser humanos, nuestras mentes son similares.
Incluso los supuestos genios también piensan como la gente común. Pero dentro
de esa herencia cultural todavía queda espacio para ser creativos. La
creatividad es un proceso que no se acaba nunca, y en un escritor consiste en
mezclar todas esas ideas heredadas de manera original; y cuando digo «original»
me refiero a que las ideas que heredamos son filtradas por nuestra experiencia
de vida y por nuestra particular manera de pensar e interpretar el mundo. Eso es
lo que tenemos de original. Aunque tengamos ideas comunes, cada persona acoge
una mezcla original de ideas, porque cada persona tiene vivencias distintas.
Aquí radica la originalidad de un creador.
La ausencia de lecturas
previas hace que el aspirante a escritor sea inconsciente de sus referentes;
desconoce un pasado que, como el famoso dinosaurio de Monterroso, sigue estando
ahí aunque no lo vea. Con frecuencia la gente que escribe de esta manera suele
citar frases hechas o fórmulas clásicas, y al ignorarlas, creen haberlas
«inventado». También suelen ser menos conscientes de sus propios errores y
horrores porque carecen de un background
literario con el cual compararse.
Con la llegada de
Internet llegó la democratización de la cultura y la expresión libre. Claro que
toda libertad tiene sus riesgos, y en este caso la posibilidad de publicar
cualquier cosa en Internet significa que para encontrar publicaciones de
calidad hay que bucear entre toneladas de basura virtual. Lo mismo sucede en
las redes sociales que actualmente están tan de moda. La facilidad con que se
puede crear una página web o un blog personal hace que cualquier sujeto se
presente a sí mismo como «escritor». El resultado es una trivialización de la
figura del escritor. En un mundo donde todos son escritores, nadie lo es. Claro
que al final el tiempo y la obra terminan por separar el trigo de la paja, pero
en el proceso muchos impostores generan confusión en el mundo literario
ensuciando y llenando las plataformas públicas en Internet.
Muchos nuevos supuestos
escritores nacen de un exceso de vanidad y narcisismo. Quieren ser populares. Escriben
y publican cualquier cosa simplemente para figurar. Buscan el aplauso fácil, la
recompensa inmediata. El medio por excelencia para este tipo de narcisismo es Facebook
que permite medir la aceptación del público mediante el conteo de «likes». El
escritor improvisado escribe sólo con el fin de acumular likes. En su afán de acumulación termina por gustarse a sí mismo
haciendo like en su propia
publicación. No hay acto más absurdo y egocéntrico.
Pero claro, la cantidad
de likes tiene una lectura engañosa porque
depende del público que está detrás. No es lo mismo una gran cantidad de likes de un público inculto,
consumidores de bestsellers de
jóvenes vampiros o que lee poco o nada, que unos pocos likes de un público culto y lector. Muchos aspirantes a escritores
quieren medir la calidad de sus textos por la aprobación de sus amigos reales,
virtuales e imaginarios. Pero ya lo dice el sabio refrán: en la tierra de los
ciegos el tuerto es rey.
El narcisismo que busca
reconocimiento puede convertirse en adicción, y cuando esta patología se
manifiesta a través del acto de escribir, el resultado es que escribir se convierte
en un medio para un fin ulterior que es la simple aprobación del público. Se
escribe como pretexto para estar presente, para ser visto. Lo terrible de esta
situación es que la calidad de lo escrito se convierte en algo de segundo
orden. No importa ya la calidad, sólo importa que llame la atención, que provoque
algún efecto superficial y pasajero, como un destello de fuegos artificiales.
Creo que este es uno de los peores peligros que acechan al joven escritor
rodeado por la tentación del reconocimiento fácil e inmediato.
No hay que olvidar que el
acto de escribir contiene de manera implícita la idea de que lo que se escribe
vale la pena ser leído. Incluso para aquéllos que dicen escribir para sí mismos
y que nunca publican sus textos; escriben para leerse después. Entonces
escribir también conlleva la responsabilidad de que aquello que el lector va a
leer valga la pena ser leído. Existe un compromiso con el lector. Un escritor
que defrauda a sus lectores traiciona la fe que éstos pusieron en él. Por eso
escribir y publicar lo escrito nunca debe ser tomado a la ligera. Ni siquiera
cuando lo que se escribe tiene un tono jovial y desenfadado.
Nunca antes en la
historia de la humanidad tanta gente ha escrito a todas horas y en todas
partes. Se publica de todo sin control alguno. El ego tiene espacio para
expandirse hasta el infinito. Pero al final la calidad de lo escrito depende de
los mismos criterios de siempre; y esos criterios se perfeccionan lentamente
con el tiempo y la lectura constante. Lo que está bien escrito destaca porque
queda grabado involuntariamente en la mente del lector, y lo que está mal
escrito es castigado sin compasión alguna por el olvido.