domingo, 18 de agosto de 2013

Si no lees, no escribas

Recomendaciones para los que escriben sin saber escribir
 

Leo, luego escribo. Un buen escritor es, antes que nada, un buen lector. No se puede escribir bien sin leer. Todo escritor sabe que el arte de escribir es algo que se aprende lentamente; un proceso que dura años y que se realiza acompañado por cientos, miles de lecturas. No existen atajos fáciles. No hay fórmulas sencillas «para dummies». El acto de escribir no convierte a la persona que escribe en escritor, del mismo modo que una buena cámara fotográfica no convierte a su poseedor en un buen fotógrafo.

El lenguaje es una herramienta que, al igual que un instrumento musical, se puede emplear bien o mal, con maestría o con torpeza. Por lo general, una buena formación académica ayuda a dominar el lenguaje escrito, aunque tampoco es un requisito indispensable. Lo que sí resulta indispensable es la lectura constante y variada. Leer debe ser un hábito diario, y hay que leer mucho y de todo.

Tradicionalmente se cree que para escribir poesía se debe leer poesía. Se suele interrogar al poeta sobre sus referentes poéticos o poetas «favoritos» (con lo cursi que esto suena). En mi opinión, para escribir poesía, novela o ensayo, no es necesario limitarse a leer el género en cuestión, sino que un buen escritor debe leer de todo, como lo hace un buen periodista. Debe leer historia, literatura, filosofía, divulgación científica, además de todo lo demás. Sumado a su experiencia de vida, es la mezcla de la diversidad de lecturas lo que da riqueza al material del escritor.

También hay que abandonar la pretensión de ser original. Ya nadie es original. Todo lo que se escribe es producto de una larga tradición escrita, de una historia que inevitablemente determina —seamos conscientes de ello o no— la forma en que pensamos y describimos la realidad. Negar esta herencia cultural sólo convierte al supuesto escritor en un ser ingenuo e ignorante, y en los casos en que cree haber inventado algo totalmente nuevo, convierte su pretensión de novedad en algo penoso y patético. La mejor opción es asumir nuestra herencia cultural y literaria, no como una pesada carga, sino como una gran riqueza de conocimiento que nos ayudará a contribuir individualmente en esa larga herencia creativa.

Del mismo modo que los distintos estilos musicales están íntimamente relacionados, copiándose y mezclándose sin parar, todo lo que pensamos y escribimos está relacionado con toda esa gran herencia cultural. Nuestras ideas son el producto de las ideas de millones de personas que nos precedieron. Al ser humanos, nuestras mentes son similares. Incluso los supuestos genios también piensan como la gente común. Pero dentro de esa herencia cultural todavía queda espacio para ser creativos. La creatividad es un proceso que no se acaba nunca, y en un escritor consiste en mezclar todas esas ideas heredadas de manera original; y cuando digo «original» me refiero a que las ideas que heredamos son filtradas por nuestra experiencia de vida y por nuestra particular manera de pensar e interpretar el mundo. Eso es lo que tenemos de original. Aunque tengamos ideas comunes, cada persona acoge una mezcla original de ideas, porque cada persona tiene vivencias distintas. Aquí radica la originalidad de un creador.

La ausencia de lecturas previas hace que el aspirante a escritor sea inconsciente de sus referentes; desconoce un pasado que, como el famoso dinosaurio de Monterroso, sigue estando ahí aunque no lo vea. Con frecuencia la gente que escribe de esta manera suele citar frases hechas o fórmulas clásicas, y al ignorarlas, creen haberlas «inventado». También suelen ser menos conscientes de sus propios errores y horrores porque carecen de un background literario con el cual compararse.

Con la llegada de Internet llegó la democratización de la cultura y la expresión libre. Claro que toda libertad tiene sus riesgos, y en este caso la posibilidad de publicar cualquier cosa en Internet significa que para encontrar publicaciones de calidad hay que bucear entre toneladas de basura virtual. Lo mismo sucede en las redes sociales que actualmente están tan de moda. La facilidad con que se puede crear una página web o un blog personal hace que cualquier sujeto se presente a sí mismo como «escritor». El resultado es una trivialización de la figura del escritor. En un mundo donde todos son escritores, nadie lo es. Claro que al final el tiempo y la obra terminan por separar el trigo de la paja, pero en el proceso muchos impostores generan confusión en el mundo literario ensuciando y llenando las plataformas públicas en Internet.

Muchos nuevos supuestos escritores nacen de un exceso de vanidad y narcisismo. Quieren ser populares. Escriben y publican cualquier cosa simplemente para figurar. Buscan el aplauso fácil, la recompensa inmediata. El medio por excelencia para este tipo de narcisismo es Facebook que permite medir la aceptación del público mediante el conteo de «likes». El escritor improvisado escribe sólo con el fin de acumular likes. En su afán de acumulación termina por gustarse a sí mismo haciendo like en su propia publicación. No hay acto más absurdo y egocéntrico.

Pero claro, la cantidad de likes tiene una lectura engañosa porque depende del público que está detrás. No es lo mismo una gran cantidad de likes de un público inculto, consumidores de bestsellers de jóvenes vampiros o que lee poco o nada, que unos pocos likes de un público culto y lector. Muchos aspirantes a escritores quieren medir la calidad de sus textos por la aprobación de sus amigos reales, virtuales e imaginarios. Pero ya lo dice el sabio refrán: en la tierra de los ciegos el tuerto es rey.

El narcisismo que busca reconocimiento puede convertirse en adicción, y cuando esta patología se manifiesta a través del acto de escribir, el resultado es que escribir se convierte en un medio para un fin ulterior que es la simple aprobación del público. Se escribe como pretexto para estar presente, para ser visto. Lo terrible de esta situación es que la calidad de lo escrito se convierte en algo de segundo orden. No importa ya la calidad, sólo importa que llame la atención, que provoque algún efecto superficial y pasajero, como un destello de fuegos artificiales. Creo que este es uno de los peores peligros que acechan al joven escritor rodeado por la tentación del reconocimiento fácil e inmediato.

No hay que olvidar que el acto de escribir contiene de manera implícita la idea de que lo que se escribe vale la pena ser leído. Incluso para aquéllos que dicen escribir para sí mismos y que nunca publican sus textos; escriben para leerse después. Entonces escribir también conlleva la responsabilidad de que aquello que el lector va a leer valga la pena ser leído. Existe un compromiso con el lector. Un escritor que defrauda a sus lectores traiciona la fe que éstos pusieron en él. Por eso escribir y publicar lo escrito nunca debe ser tomado a la ligera. Ni siquiera cuando lo que se escribe tiene un tono jovial y desenfadado.

Nunca antes en la historia de la humanidad tanta gente ha escrito a todas horas y en todas partes. Se publica de todo sin control alguno. El ego tiene espacio para expandirse hasta el infinito. Pero al final la calidad de lo escrito depende de los mismos criterios de siempre; y esos criterios se perfeccionan lentamente con el tiempo y la lectura constante. Lo que está bien escrito destaca porque queda grabado involuntariamente en la mente del lector, y lo que está mal escrito es castigado sin compasión alguna por el olvido.