En busca de la imperfección perdida
Que levante la mano aquel
(mayor de 30 años) que no guarda en el fondo de algún cajón un par de casetes
con los hits de la radio de hace 20
años o con grabaciones caseras inclasificables. Seguro que contra toda lógica y
evidencia disponible muchos nostálgicos se resisten a deshacerse de esos viejos
casetes, aferrados a un formato moribundo que nunca llega a extinguirse del
todo. Debajo de una fina capa de polvo la música persiste atrapada en el tiempo
y el olvido.
En mi caso el reencuentro
con estos primitivos objetos sonoros sucede cuando vuelvo a la casa de mis
padres en el invierno austral. Como suele suceder con la mayoría de nostálgicos,
la habitación de mi infancia permanece casi inalterada, como un mamut atrapado
en el permafrost siberiano. Y además
de los juguetes rotos y las viejas fotos desvanecidas, en los cajones me espera
la pequeña colección de casetes que sobrevivió a la masacre generalizada que
significó la llegada del deslumbrante disco compacto.
Parte de mi vuelta al
hogar suele incluir trabajos de mantenimiento en la casa; tareas de jardinería,
pintura y carpintería. Y estos trabajos siempre van acompañados de un viejo radiocasete
donde escucho mis antiguos casetes. Si bien nada me impide poner un CD, algo me
dice que para esas actividades debo escuchar los casetes, y la repetición anual
de este hábito lo ha convertido casi en un ritual ineludible.
Esos viejos casetes también
contienen etapas. La primera etapa —que podría llamar arcaica— incluye
grabaciones de la radio. En mi caso esta etapa comenzó a finales de la década de
los setenta. El sistema de grabación era muy sencillo, pero implicaba paciencia
y mucho tiempo libre. Cada vez que una canción terminaba debía poner el dedo en
el botón rojo record en caso la
siguiente canción era de las que quería grabar. Era un sistema puramente aleatorio.
Mientras más veces se repetía la acción más probabilidades había de grabar la
canción deseada. Obviamente este sistema significaba que las canciones a grabar
siempre estaban incompletas al comenzar y al terminar, y muchas veces incluía
la interrupción de un molesto discjockey
o la publicidad de la radio. En este caso el arte consistía en adivinar cuándo
el locutor dejaría de hablar para iniciar la grabación. Luego había que detener
la cinta justo antes de la interrupción y dejarla lista para la siguiente
canción.
La segunda etapa ya
implica una mayor sofisticación e incluye la presencia del disco de vinilo. Era
la época en que se grababan las selecciones caseras de un conjunto de discos.
El vinilo merece un artículo aparte, pero aquí solo diré que la escucha del
vinilo implicaba un ritual (una cultura auditiva) que se ha perdido para
siempre desde la introducción del CD. El disco de vinilo exigía atención
continua. Había que poner el disco y sentarse a escucharlo; era casi imposible
dedicarse a otras actividades al mismo tiempo. Había que estar pendiente de lo
que sucedía en el disco. El arte en este caso consistía en dejar caer la aguja
justo en el breve espacio vacío entre canciones. Un arte sutil que exigía un
ojo entrenado y mucha precisión.
En la década de los
ochenta apareció en el mercado el casete de cromo y metal. Entonces los equipos
de sonido grandes incluían un selector según el tipo de cinta. El oyente común
no podía distinguir la diferencia entre los tres tipos de cinta, pero recuerdo
que era muy cool tener cintas de
cromo y más cool aún era tener de
metal, aunque al final todos se terminaban escuchando en un equipo estándar.
Finalmente, eso también desapareció y se regresó a la cinta corriente.
Debemos preguntarnos por
qué el vinilo resucitó entre el tiranía del CD mientras el casete es ahora una
especie sonora casi extinta. Es verdad que el vinilo nunca desapareció del todo
en las cabinas de los pinchadiscos, pero creo que su supervivencia tiene
razones mucho más profundas que simplemente servir para practicar el irritante scratch discotequero. Además de la
calidez y riqueza del sonido, el LP logró sobrevivir porque además es un objeto
estético. Todo melómano sabe que cuando se escucha un vinilo con atención,
además de las fotos y las letras de las canciones, también se admira la portada
del disco (pensemos, por ejemplo, en los surrealistas diseños de Roger Dean en
los discos de Yes). Ese ritual se perdió con el CD y con el casete simplemente
nunca existió.
El casete tenía la
ventaja de ser pequeño y portátil, pero siempre fue considerado un objeto
barato y poco estético. Además el casete exigía escucharse de un tirón, y era
prácticamente imposible ubicar una canción entre los kilómetros de cinta. Esto
resultaba particularmente molesto cuando se escuchaba un casete original ya que
uno tenía que soplarse todas las canciones,
aunque muchas se hubiesen ignorado en vinilo o en CD. Es probable que por todo esto
el casete no lograra sobrevivir a la aparición de otros formatos más versátiles.
Pero a pesar de la fragilidad de la cinta, los casetes pueden tener una larga
vida. Tengo casetes que tienen casi 30 años y todavía suenan muy bien; mientras
que el CD es todavía demasiado joven para haber superado la prueba del tiempo.
Pero todo esto es para
decir que en esa imperfección sonora había una belleza que se ha perdido. Esa antigua
tecnología analógica también iba acompañada de una cultura musical que existía
entre el formato sonoro y el oyente. El uso del casete permitía cierta
creatividad individual que los equipos comerciales actuales ya no ofrecen. Por
ejemplo, los antiguos radiocasetes tenían un micrófono externo que permitía
hacer modestas grabaciones caseras de cualquier índole. Incluso, con una tijera
y un poco de cellotape, se podía
escuchar las canciones al revés con los supuestos mensajes «satánicos» encriptados
en clásicos como Hotel California o Stairway to Heaven. La versatilidad del
casete también permitía grabar cualquier sección de una canción. En los equipos
que tocan CDs todo el proceso de grabación está automatizado, sólo se puede
personalizar en equipos más sofisticados que el consumidor promedio no suele
adquirir. La perfección tecnológica también impone una normalización auditiva
que anula el gusto individual del oyente.
Con el avance de la
tecnología los formatos musicales han mejorado sustancialmente; nadie duda de
la calidad de CD o la versatilidad de MP3 y otros formatos digitales que seguro
no conozco. Pero con toda esa perfección se ha perdido una imperfección que
forma parte de una cultura musical ahora en extinción. Al mismo tiempo la calidad
cada vez mayor ha desplazado nuestro parámetro de perfección, y nos ha vuelto
ciegos a la belleza y falibilidad que habitaban en nuestros primitivos procesos
analógicos (por ejemplo, ya no toleramos el impredecible «huevo frito» que
suena en los discos de vinilo). Si errar es humano, la perfección del sonido se
ha vuelto inhumana.
Finalmente, he comprobado
con tristeza y estupor la desaparición de la casetera en los nuevos equipos de
sonido. Sólo incluyen un reproductor de CDs y entradas a distintos formatos digitales.
Esto no es otra cosa que parte de un siniestro plan para desterrar el casete al
olvido. Así que aquellos que aún tienen equipos con casetera deben conservarlos
a toda costa. La supervivencia del casete está en juego. Por último, les
recomiendo que cuiden sus viejos casetes; no sean ingratos con ellos y
trátenlos con cariño. Recuerden que un casete es en realidad una cajita de
música a la espera de ser destapada.