domingo, 26 de agosto de 2012

El eterno retorno del casete


En busca de la imperfección perdida


Que levante la mano aquel (mayor de 30 años) que no guarda en el fondo de algún cajón un par de casetes con los hits de la radio de hace 20 años o con grabaciones caseras inclasificables. Seguro que contra toda lógica y evidencia disponible muchos nostálgicos se resisten a deshacerse de esos viejos casetes, aferrados a un formato moribundo que nunca llega a extinguirse del todo. Debajo de una fina capa de polvo la música persiste atrapada en el tiempo y el olvido.

En mi caso el reencuentro con estos primitivos objetos sonoros sucede cuando vuelvo a la casa de mis padres en el invierno austral. Como suele suceder con la mayoría de nostálgicos, la habitación de mi infancia permanece casi inalterada, como un mamut atrapado en el permafrost siberiano. Y además de los juguetes rotos y las viejas fotos desvanecidas, en los cajones me espera la pequeña colección de casetes que sobrevivió a la masacre generalizada que significó la llegada del deslumbrante disco compacto.

Parte de mi vuelta al hogar suele incluir trabajos de mantenimiento en la casa; tareas de jardinería, pintura y carpintería. Y estos trabajos siempre van acompañados de un viejo radiocasete donde escucho mis antiguos casetes. Si bien nada me impide poner un CD, algo me dice que para esas actividades debo escuchar los casetes, y la repetición anual de este hábito lo ha convertido casi en un ritual ineludible.

Esos viejos casetes también contienen etapas. La primera etapa —que podría llamar arcaica— incluye grabaciones de la radio. En mi caso esta etapa comenzó a finales de la década de los setenta. El sistema de grabación era muy sencillo, pero implicaba paciencia y mucho tiempo libre. Cada vez que una canción terminaba debía poner el dedo en el botón rojo record en caso la siguiente canción era de las que quería grabar. Era un sistema puramente aleatorio. Mientras más veces se repetía la acción más probabilidades había de grabar la canción deseada. Obviamente este sistema significaba que las canciones a grabar siempre estaban incompletas al comenzar y al terminar, y muchas veces incluía la interrupción de un molesto discjockey o la publicidad de la radio. En este caso el arte consistía en adivinar cuándo el locutor dejaría de hablar para iniciar la grabación. Luego había que detener la cinta justo antes de la interrupción y dejarla lista para la siguiente canción.

La segunda etapa ya implica una mayor sofisticación e incluye la presencia del disco de vinilo. Era la época en que se grababan las selecciones caseras de un conjunto de discos. El vinilo merece un artículo aparte, pero aquí solo diré que la escucha del vinilo implicaba un ritual (una cultura auditiva) que se ha perdido para siempre desde la introducción del CD. El disco de vinilo exigía atención continua. Había que poner el disco y sentarse a escucharlo; era casi imposible dedicarse a otras actividades al mismo tiempo. Había que estar pendiente de lo que sucedía en el disco. El arte en este caso consistía en dejar caer la aguja justo en el breve espacio vacío entre canciones. Un arte sutil que exigía un ojo entrenado y mucha precisión.

En la década de los ochenta apareció en el mercado el casete de cromo y metal. Entonces los equipos de sonido grandes incluían un selector según el tipo de cinta. El oyente común no podía distinguir la diferencia entre los tres tipos de cinta, pero recuerdo que era muy cool tener cintas de cromo y más cool aún era tener de metal, aunque al final todos se terminaban escuchando en un equipo estándar. Finalmente, eso también desapareció y se regresó a la cinta corriente.

Debemos preguntarnos por qué el vinilo resucitó entre el tiranía del CD mientras el casete es ahora una especie sonora casi extinta. Es verdad que el vinilo nunca desapareció del todo en las cabinas de los pinchadiscos, pero creo que su supervivencia tiene razones mucho más profundas que simplemente servir para practicar el irritante scratch discotequero. Además de la calidez y riqueza del sonido, el LP logró sobrevivir porque además es un objeto estético. Todo melómano sabe que cuando se escucha un vinilo con atención, además de las fotos y las letras de las canciones, también se admira la portada del disco (pensemos, por ejemplo, en los surrealistas diseños de Roger Dean en los discos de Yes). Ese ritual se perdió con el CD y con el casete simplemente nunca existió.

El casete tenía la ventaja de ser pequeño y portátil, pero siempre fue considerado un objeto barato y poco estético. Además el casete exigía escucharse de un tirón, y era prácticamente imposible ubicar una canción entre los kilómetros de cinta. Esto resultaba particularmente molesto cuando se escuchaba un casete original ya que uno tenía que soplarse todas las canciones, aunque muchas se hubiesen ignorado en vinilo o en CD. Es probable que por todo esto el casete no lograra sobrevivir a la aparición de otros formatos más versátiles. Pero a pesar de la fragilidad de la cinta, los casetes pueden tener una larga vida. Tengo casetes que tienen casi 30 años y todavía suenan muy bien; mientras que el CD es todavía demasiado joven para haber superado la prueba del tiempo.

Pero todo esto es para decir que en esa imperfección sonora había una belleza que se ha perdido. Esa antigua tecnología analógica también iba acompañada de una cultura musical que existía entre el formato sonoro y el oyente. El uso del casete permitía cierta creatividad individual que los equipos comerciales actuales ya no ofrecen. Por ejemplo, los antiguos radiocasetes tenían un micrófono externo que permitía hacer modestas grabaciones caseras de cualquier índole. Incluso, con una tijera y un poco de cellotape, se podía escuchar las canciones al revés con los supuestos mensajes «satánicos» encriptados en clásicos como Hotel California o Stairway to Heaven. La versatilidad del casete también permitía grabar cualquier sección de una canción. En los equipos que tocan CDs todo el proceso de grabación está automatizado, sólo se puede personalizar en equipos más sofisticados que el consumidor promedio no suele adquirir. La perfección tecnológica también impone una normalización auditiva que anula el gusto individual del oyente.

Con el avance de la tecnología los formatos musicales han mejorado sustancialmente; nadie duda de la calidad de CD o la versatilidad de MP3 y otros formatos digitales que seguro no conozco. Pero con toda esa perfección se ha perdido una imperfección que forma parte de una cultura musical ahora en extinción. Al mismo tiempo la calidad cada vez mayor ha desplazado nuestro parámetro de perfección, y nos ha vuelto ciegos a la belleza y falibilidad que habitaban en nuestros primitivos procesos analógicos (por ejemplo, ya no toleramos el impredecible «huevo frito» que suena en los discos de vinilo). Si errar es humano, la perfección del sonido se ha vuelto inhumana.

Finalmente, he comprobado con tristeza y estupor la desaparición de la casetera en los nuevos equipos de sonido. Sólo incluyen un reproductor de CDs y entradas a distintos formatos digitales. Esto no es otra cosa que parte de un siniestro plan para desterrar el casete al olvido. Así que aquellos que aún tienen equipos con casetera deben conservarlos a toda costa. La supervivencia del casete está en juego. Por último, les recomiendo que cuiden sus viejos casetes; no sean ingratos con ellos y trátenlos con cariño. Recuerden que un casete es en realidad una cajita de música a la espera de ser destapada.


miércoles, 15 de agosto de 2012

La naturaleza subjetiva de lo nuevo


Manifiesto de las «nuevas» cosas viejas


Empezaré este artículo con una pregunta que parece tonta por su aparente obviedad: ¿por qué nos fascina lo nuevo? Y luego, ¿por qué esta extraña fascinación también nos hace ridiculizar y desdeñar lo viejo? La respuesta no es sencilla, pero basta con mencionar algunas claves: el dominio del mercado, el carácter dictatorial de la moda, el aburrimiento, el temor a la exclusión social y cultural, inseguridad, etc.

Sabemos que el mercado depende, entre otras cosas, de la necesidad de los consumidores de comprar productos nuevos. Por ello la publicidad está enfocada a convencer al comprador que los productos nuevos son mucho mejores que los productos antiguos. Sin esa creencia fundamental todo el mercado se vendría abajo (no hay acto más subversivo para el mercado que un consumidor que se niega a comprar). Pero un consumidor con pensamiento crítico se da perfecta cuenta que muchos de los productos nuevos que se venden no ofrecen mayores ventajas reales que sus versiones anteriores, y que en realidad lo único que ha cambiado es la envoltura.

Pero esta fe en lo nuevo se alimenta a su vez de la desconfianza hacia lo viejo. Para ello es necesaria una cuidadosa campaña de desprestigio hacia lo antiguo. El mercado constantemente nos dice que lo viejo es inútil, ridículo, pasado de moda (aunque esto último no debería considerarse un insulto, sino una obviedad sin ninguna carga valorativa), y además condena a los rebeldes seguidores de lo viejo al ostracismo social y económico. Mientras tanto, la moda vintage —que podría, en un primer momento, parecer un tímido revival de lo viejo― sólo funciona porque lo que se vende como novedad es precisamente una nueva actitud hacia lo viejo, pero no un genuino interés en los objetos viejos en sí mismos. El pasado también se comercializa y bajo el adjetivo vintage lo viejo adquiere un nuevo matiz y se vuelve cool.

¿Pero qué es una cosa vieja sino un objeto que pertenece a un momento temporal ya pasado? El valor intrínseco del objeto (sea cual fuere) no ha cambiado en absoluto; lo que ha cambiado son las valoraciones externas. El contexto histórico y cultural que rodeaba aquel objeto ahora viejo ha desaparecido, dejando al objeto huérfano de interpretadores, y es esta orfandad la que lo hace ahora ridículo. Recuperar el sentido del objeto requiere un trabajo hermenéutico, desenterrar el contexto original que lo rodeaba. Muchas veces hacemos esto a través de nuestros recuerdos y emociones; protegemos al objeto envejecido con un aura de memoria afectiva. Para dar un buen ejemplo pensemos en los viejos juguetes que yacen silenciosos en las repisas como testigos de una infancia perdida para siempre. Esos juguetes sólo existen protegidos por el deseo de aferrarse a esa infancia ya desaparecida.

En muchos casos las cosas se hacen viejas no tanto por su antigüedad cronológica sino porque el mercado las hace caducar, aislándolas del contexto presente, convirtiéndolas en náufragos. Pensemos, por ejemplo, en el caso de la industria informática. La constante aparición de nuevas versiones de software y productos incompatibles con las versiones antiguas obliga al usuario a actualizar su equipo para no quedarse relegado en la vertiginosa era de la tecnología. Pero todos sabemos que estas nuevas versiones que a cada rato salen al mercado en realidad no son necesarias ni ofrecen mayores novedades, son tan sólo una estrategia para alimentar las ventas y mantener la salud del mercado. Y muchas veces la urgencia de adquirir estos nuevos productos se alimenta de una inconfesable inseguridad, del temor a quedarse atrás, del pavor de verse desterrado del fastuoso mundo moderno.

Nuestra búsqueda constante por la novedad es también un desesperado intento por escapar del aburrimiento, del hastío de lo cotidiano. El ser humano es un animal que se aburre con facilidad y requiere constantemente nuevos estímulos para mantener su atención. Además, mientras menos imaginación tenga una persona mayor será su tendencia al aburrimiento. La industria del cine comercial sabe esto y por eso llena la cartelera con películas de acción, llenas de efectos especiales y estímulos espectaculares que intentan matar el aburrimiento del espectador. Pero paradójicamente ―al igual que sucede con una bacteria que reacciona exitosamente contra los antibióticos― mientras más se acostumbra el espectador al bombardeo constante de estímulos mayor es la resistencia del aburrimiento. El espectador se habitúa al estímulo y finalmente se vuelve a aburrir.

Nuestra actitud hacia lo nuevo y lo viejo se puede apreciar en nuestras preferencias musicales. La inclinación por escuchar música de moda, grupos nuevos y actuales, revela un solapado rechazo hacia la música del pasado. Y muchos artistas, preocupados por mantenerse en las listas de ventas, se traicionan e intentan hacer música acorde al efímero gusto contemporáneo. Pero la música es, como todo, también un fenómeno que pertenece a determinado momento histórico y cultural, revela una sensibilidad estética particular. Pero al mismo tiempo una grabación musical es un «objeto» autónomo, una obra que permanece inalterada frente a los subjetivos oídos de sus receptores. Una canción grabada es un momento sonoro congelado en el tiempo.

Pero lo nuevo también tiene matices; yo puedo distinguir dos niveles; lo nuevo absoluto o cronológico, y lo nuevo relativo o subjetivo. Las cosas que se inventaron hoy son necesariamente nuevas para todos, pero aquellas cosas que se inventaron hace tiempo también son nuevas para aquellos que recién las descubren (pensemos, por ejemplo, en los jóvenes que «descubren» la música que sus padres escuchaban hace 20 años). Y es esto precisamente lo que recubre de novedad a las cosas viejas. Todo objeto viejo rejuvenece ante un nuevo observador. Desde el año 2004 dejé de escuchar la radio (por razones que prefiero no mencionar), y desde entonces ignoro las bandas nuevas y las canciones de moda. Cuando leo un cartel de grupos nuevos en un festival siento la misma perplejidad que cuando leo el menú en un restaurante chino. Es extraño darme cuenta que todo aquello que resulta tan reconocible para una gran mayoría me es ajeno. He dejado de «pertenecer», no estoy «actualizado». Entonces sé que me he quedado en el pasado y que mis gustos musicales también pertenecen al apartado mundo de las cosas viejas.

Pero frente a este aparente aislamiento practico lo que llamo la «arqueología musical». En vez de preocuparme por mantenerme al día y reconocer los hits de moda, prefiero descubrir la música que quedó sepultada bajo el tiempo y el olvido. Desentierro la música ignorada por la industria y la moda. Pero cuando escucho una canción por primera vez descubro que es nueva para mí, no importa si fue grabada hace una semana o hace 40 años; la experiencia de escucharla por primera vez la envuelve en el aura de lo nuevo. 

Es este carácter subjetivo de la percepción de los objetos viejos que mágicamente se vuelven nuevos lo que hace que el pasado nunca sea realmente viejo. Lo mismo se puede aplicar a los libros, películas, lugares y prácticamente todo lo que se percibe o experimenta por vez primera. El encuentro con lo «nuevo» es en realidad una experiencia subjetiva y privada. Con esta disposición lo viejo rejuvenece y recupera su frescura, y nos protege de la acostumbrada estupidez de despreciar lo pasado simplemente por ser tal. Cada objeto viejo es también una máquina del tiempo capaz de transportarnos a tiempos alejados del escurridizo momento que solemos llamar el presente.