Manifiesto de las «nuevas» cosas viejas
Empezaré este artículo
con una pregunta que parece tonta por su aparente obviedad: ¿por qué nos
fascina lo nuevo? Y luego, ¿por qué esta extraña fascinación también nos hace
ridiculizar y desdeñar lo viejo? La respuesta no es sencilla, pero basta con
mencionar algunas claves: el dominio del mercado, el carácter dictatorial de la
moda, el aburrimiento, el temor a la exclusión social y cultural, inseguridad,
etc.
Sabemos que el mercado
depende, entre otras cosas, de la necesidad de los consumidores de comprar productos
nuevos. Por ello la publicidad está enfocada a convencer al comprador que los
productos nuevos son mucho mejores que los productos antiguos. Sin esa creencia
fundamental todo el mercado se vendría abajo (no hay acto más subversivo para
el mercado que un consumidor que se niega a comprar). Pero un consumidor con
pensamiento crítico se da perfecta cuenta que muchos de los productos nuevos
que se venden no ofrecen mayores ventajas reales que sus versiones anteriores,
y que en realidad lo único que ha cambiado es la envoltura.
Pero esta fe en lo nuevo
se alimenta a su vez de la desconfianza hacia lo viejo. Para ello es necesaria
una cuidadosa campaña de desprestigio hacia lo antiguo. El mercado
constantemente nos dice que lo viejo es inútil, ridículo, pasado de moda (aunque
esto último no debería considerarse un insulto, sino una obviedad sin ninguna
carga valorativa), y además condena a los rebeldes seguidores de lo viejo al
ostracismo social y económico. Mientras tanto, la moda vintage —que podría, en un primer momento, parecer un tímido revival de lo viejo― sólo funciona
porque lo que se vende como novedad es precisamente una nueva actitud hacia lo
viejo, pero no un genuino interés en los objetos viejos en sí mismos. El pasado
también se comercializa y bajo el adjetivo vintage
lo viejo adquiere un nuevo matiz y se vuelve cool.
¿Pero qué es una cosa
vieja sino un objeto que pertenece a un momento temporal ya pasado? El valor
intrínseco del objeto (sea cual fuere) no ha cambiado en absoluto; lo que ha
cambiado son las valoraciones externas. El contexto histórico y cultural que
rodeaba aquel objeto ahora viejo ha desaparecido, dejando al objeto huérfano de
interpretadores, y es esta orfandad la que lo hace ahora ridículo. Recuperar el
sentido del objeto requiere un trabajo hermenéutico, desenterrar el contexto original
que lo rodeaba. Muchas veces hacemos esto a través de nuestros recuerdos y
emociones; protegemos al objeto envejecido con un aura de memoria afectiva.
Para dar un buen ejemplo pensemos en los viejos juguetes que yacen silenciosos
en las repisas como testigos de una infancia perdida para siempre. Esos
juguetes sólo existen protegidos por el deseo de aferrarse a esa infancia ya
desaparecida.
En muchos casos las cosas
se hacen viejas no tanto por su antigüedad cronológica sino porque el mercado
las hace caducar, aislándolas del contexto presente, convirtiéndolas en náufragos.
Pensemos, por ejemplo, en el caso de la industria informática. La constante aparición
de nuevas versiones de software y
productos incompatibles con las versiones antiguas obliga al usuario a
actualizar su equipo para no quedarse relegado en la vertiginosa era de la
tecnología. Pero todos sabemos que estas nuevas versiones que a cada rato salen
al mercado en realidad no son necesarias ni ofrecen mayores novedades, son tan
sólo una estrategia para alimentar las ventas y mantener la salud del mercado.
Y muchas veces la urgencia de adquirir estos nuevos productos se alimenta de
una inconfesable inseguridad, del temor a quedarse atrás, del pavor de verse
desterrado del fastuoso mundo moderno.
Nuestra búsqueda
constante por la novedad es también un desesperado intento por escapar del
aburrimiento, del hastío de lo cotidiano. El ser humano es un animal que se
aburre con facilidad y requiere constantemente nuevos estímulos para mantener
su atención. Además, mientras menos imaginación tenga una persona mayor será su
tendencia al aburrimiento. La industria del cine comercial sabe esto y por eso llena
la cartelera con películas de acción, llenas de efectos especiales y estímulos
espectaculares que intentan matar el aburrimiento del espectador. Pero
paradójicamente ―al igual que sucede con una bacteria que reacciona
exitosamente contra los antibióticos― mientras más se acostumbra el espectador
al bombardeo constante de estímulos mayor es la resistencia del aburrimiento. El
espectador se habitúa al estímulo y finalmente se vuelve a aburrir.
Nuestra actitud hacia lo
nuevo y lo viejo se puede apreciar en nuestras preferencias musicales. La
inclinación por escuchar música de moda, grupos nuevos y actuales, revela un
solapado rechazo hacia la música del pasado. Y muchos artistas, preocupados por
mantenerse en las listas de ventas, se traicionan e intentan hacer música
acorde al efímero gusto contemporáneo. Pero la música es, como todo, también un
fenómeno que pertenece a determinado momento histórico y cultural, revela una
sensibilidad estética particular. Pero al mismo tiempo una grabación musical es
un «objeto» autónomo, una obra que permanece inalterada frente a los subjetivos
oídos de sus receptores. Una canción grabada es un momento sonoro congelado en
el tiempo.
Pero lo nuevo también
tiene matices; yo puedo distinguir dos niveles; lo nuevo absoluto o
cronológico, y lo nuevo relativo o subjetivo. Las cosas que se inventaron hoy
son necesariamente nuevas para todos, pero aquellas cosas que se inventaron
hace tiempo también son nuevas para aquellos que recién las descubren
(pensemos, por ejemplo, en los jóvenes que «descubren» la música que sus padres
escuchaban hace 20 años). Y es esto precisamente lo que recubre de novedad a
las cosas viejas. Todo objeto viejo rejuvenece ante un nuevo observador. Desde
el año 2004 dejé de escuchar la radio (por razones que prefiero no mencionar),
y desde entonces ignoro las bandas nuevas y las canciones de moda. Cuando leo
un cartel de grupos nuevos en un festival siento la misma perplejidad que
cuando leo el menú en un restaurante chino. Es extraño darme cuenta que todo aquello
que resulta tan reconocible para una gran mayoría me es ajeno. He dejado de
«pertenecer», no estoy «actualizado». Entonces sé que me he quedado en el
pasado y que mis gustos musicales también pertenecen al apartado mundo de las
cosas viejas.
Pero frente a este
aparente aislamiento practico lo que llamo la «arqueología musical». En vez de
preocuparme por mantenerme al día y reconocer los hits de moda, prefiero descubrir la música que quedó sepultada bajo
el tiempo y el olvido. Desentierro la música ignorada por la industria y la
moda. Pero cuando escucho una canción por primera vez descubro que es nueva para mí, no importa si fue grabada hace
una semana o hace 40 años; la experiencia de escucharla por primera vez la
envuelve en el aura de lo nuevo.
Es este carácter
subjetivo de la percepción de los objetos viejos que mágicamente se vuelven
nuevos lo que hace que el pasado nunca sea realmente
viejo. Lo mismo se puede aplicar a los libros, películas, lugares y prácticamente
todo lo que se percibe o experimenta por vez primera. El encuentro con lo «nuevo»
es en realidad una experiencia subjetiva y privada. Con esta disposición lo
viejo rejuvenece y recupera su frescura, y nos protege de la acostumbrada estupidez
de despreciar lo pasado simplemente por ser tal. Cada objeto viejo es también una
máquina del tiempo capaz de transportarnos a tiempos alejados del escurridizo
momento que solemos llamar el presente.
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