miércoles, 15 de agosto de 2012

La naturaleza subjetiva de lo nuevo


Manifiesto de las «nuevas» cosas viejas


Empezaré este artículo con una pregunta que parece tonta por su aparente obviedad: ¿por qué nos fascina lo nuevo? Y luego, ¿por qué esta extraña fascinación también nos hace ridiculizar y desdeñar lo viejo? La respuesta no es sencilla, pero basta con mencionar algunas claves: el dominio del mercado, el carácter dictatorial de la moda, el aburrimiento, el temor a la exclusión social y cultural, inseguridad, etc.

Sabemos que el mercado depende, entre otras cosas, de la necesidad de los consumidores de comprar productos nuevos. Por ello la publicidad está enfocada a convencer al comprador que los productos nuevos son mucho mejores que los productos antiguos. Sin esa creencia fundamental todo el mercado se vendría abajo (no hay acto más subversivo para el mercado que un consumidor que se niega a comprar). Pero un consumidor con pensamiento crítico se da perfecta cuenta que muchos de los productos nuevos que se venden no ofrecen mayores ventajas reales que sus versiones anteriores, y que en realidad lo único que ha cambiado es la envoltura.

Pero esta fe en lo nuevo se alimenta a su vez de la desconfianza hacia lo viejo. Para ello es necesaria una cuidadosa campaña de desprestigio hacia lo antiguo. El mercado constantemente nos dice que lo viejo es inútil, ridículo, pasado de moda (aunque esto último no debería considerarse un insulto, sino una obviedad sin ninguna carga valorativa), y además condena a los rebeldes seguidores de lo viejo al ostracismo social y económico. Mientras tanto, la moda vintage —que podría, en un primer momento, parecer un tímido revival de lo viejo― sólo funciona porque lo que se vende como novedad es precisamente una nueva actitud hacia lo viejo, pero no un genuino interés en los objetos viejos en sí mismos. El pasado también se comercializa y bajo el adjetivo vintage lo viejo adquiere un nuevo matiz y se vuelve cool.

¿Pero qué es una cosa vieja sino un objeto que pertenece a un momento temporal ya pasado? El valor intrínseco del objeto (sea cual fuere) no ha cambiado en absoluto; lo que ha cambiado son las valoraciones externas. El contexto histórico y cultural que rodeaba aquel objeto ahora viejo ha desaparecido, dejando al objeto huérfano de interpretadores, y es esta orfandad la que lo hace ahora ridículo. Recuperar el sentido del objeto requiere un trabajo hermenéutico, desenterrar el contexto original que lo rodeaba. Muchas veces hacemos esto a través de nuestros recuerdos y emociones; protegemos al objeto envejecido con un aura de memoria afectiva. Para dar un buen ejemplo pensemos en los viejos juguetes que yacen silenciosos en las repisas como testigos de una infancia perdida para siempre. Esos juguetes sólo existen protegidos por el deseo de aferrarse a esa infancia ya desaparecida.

En muchos casos las cosas se hacen viejas no tanto por su antigüedad cronológica sino porque el mercado las hace caducar, aislándolas del contexto presente, convirtiéndolas en náufragos. Pensemos, por ejemplo, en el caso de la industria informática. La constante aparición de nuevas versiones de software y productos incompatibles con las versiones antiguas obliga al usuario a actualizar su equipo para no quedarse relegado en la vertiginosa era de la tecnología. Pero todos sabemos que estas nuevas versiones que a cada rato salen al mercado en realidad no son necesarias ni ofrecen mayores novedades, son tan sólo una estrategia para alimentar las ventas y mantener la salud del mercado. Y muchas veces la urgencia de adquirir estos nuevos productos se alimenta de una inconfesable inseguridad, del temor a quedarse atrás, del pavor de verse desterrado del fastuoso mundo moderno.

Nuestra búsqueda constante por la novedad es también un desesperado intento por escapar del aburrimiento, del hastío de lo cotidiano. El ser humano es un animal que se aburre con facilidad y requiere constantemente nuevos estímulos para mantener su atención. Además, mientras menos imaginación tenga una persona mayor será su tendencia al aburrimiento. La industria del cine comercial sabe esto y por eso llena la cartelera con películas de acción, llenas de efectos especiales y estímulos espectaculares que intentan matar el aburrimiento del espectador. Pero paradójicamente ―al igual que sucede con una bacteria que reacciona exitosamente contra los antibióticos― mientras más se acostumbra el espectador al bombardeo constante de estímulos mayor es la resistencia del aburrimiento. El espectador se habitúa al estímulo y finalmente se vuelve a aburrir.

Nuestra actitud hacia lo nuevo y lo viejo se puede apreciar en nuestras preferencias musicales. La inclinación por escuchar música de moda, grupos nuevos y actuales, revela un solapado rechazo hacia la música del pasado. Y muchos artistas, preocupados por mantenerse en las listas de ventas, se traicionan e intentan hacer música acorde al efímero gusto contemporáneo. Pero la música es, como todo, también un fenómeno que pertenece a determinado momento histórico y cultural, revela una sensibilidad estética particular. Pero al mismo tiempo una grabación musical es un «objeto» autónomo, una obra que permanece inalterada frente a los subjetivos oídos de sus receptores. Una canción grabada es un momento sonoro congelado en el tiempo.

Pero lo nuevo también tiene matices; yo puedo distinguir dos niveles; lo nuevo absoluto o cronológico, y lo nuevo relativo o subjetivo. Las cosas que se inventaron hoy son necesariamente nuevas para todos, pero aquellas cosas que se inventaron hace tiempo también son nuevas para aquellos que recién las descubren (pensemos, por ejemplo, en los jóvenes que «descubren» la música que sus padres escuchaban hace 20 años). Y es esto precisamente lo que recubre de novedad a las cosas viejas. Todo objeto viejo rejuvenece ante un nuevo observador. Desde el año 2004 dejé de escuchar la radio (por razones que prefiero no mencionar), y desde entonces ignoro las bandas nuevas y las canciones de moda. Cuando leo un cartel de grupos nuevos en un festival siento la misma perplejidad que cuando leo el menú en un restaurante chino. Es extraño darme cuenta que todo aquello que resulta tan reconocible para una gran mayoría me es ajeno. He dejado de «pertenecer», no estoy «actualizado». Entonces sé que me he quedado en el pasado y que mis gustos musicales también pertenecen al apartado mundo de las cosas viejas.

Pero frente a este aparente aislamiento practico lo que llamo la «arqueología musical». En vez de preocuparme por mantenerme al día y reconocer los hits de moda, prefiero descubrir la música que quedó sepultada bajo el tiempo y el olvido. Desentierro la música ignorada por la industria y la moda. Pero cuando escucho una canción por primera vez descubro que es nueva para mí, no importa si fue grabada hace una semana o hace 40 años; la experiencia de escucharla por primera vez la envuelve en el aura de lo nuevo. 

Es este carácter subjetivo de la percepción de los objetos viejos que mágicamente se vuelven nuevos lo que hace que el pasado nunca sea realmente viejo. Lo mismo se puede aplicar a los libros, películas, lugares y prácticamente todo lo que se percibe o experimenta por vez primera. El encuentro con lo «nuevo» es en realidad una experiencia subjetiva y privada. Con esta disposición lo viejo rejuvenece y recupera su frescura, y nos protege de la acostumbrada estupidez de despreciar lo pasado simplemente por ser tal. Cada objeto viejo es también una máquina del tiempo capaz de transportarnos a tiempos alejados del escurridizo momento que solemos llamar el presente.

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