domingo, 21 de octubre de 2012

Una propuesta reproductiva contra la pobreza

En este mundo superpoblado, ¿quiénes realmente deben reproducirse?


Admitámoslo: este mundo ya no necesita más pobres. El mundo necesita seres humanos con recursos suficientes para proveerse una buena alimentación, salud y educación. Tres cosas que conjuntamente suelen escapar de la pobreza y que en muchos casos terminan generando riqueza. Sólo las clases medias y altas pueden garantizar estos recursos para sus hijos, por lo tanto conviene que dichas clases se reproduzcan para criar seres humanos libres de la condena de la pobreza heredada, mal que suele arrastrarse durante toda la vida del afectado.

Imaginemos un escenario de la ciencia ficción que ya no es tan fantasiosa en estos tiempos de decadencia económica mundial. El estado de bienestar ha colapsado y ya no puede garantizar servicios sociales, educación gratuita, sanidad ni alimentación barata. El estado de bienestar ha desaparecido engullido por la crisis mundial. En este devastador escenario los únicos que se salvarán serán aquellos que poseen recursos propios. Los ricos podrán permitirse una vida cómoda libre de preocupaciones tan elementales como comida, salud o vivienda. Dado que este cuadro ya no es tan fantástico y que los recursos naturales y energéticos están ya en peligro y nuestra especie gasta más recursos que los sostenibles por el planeta, es tiempo de controlar el crecimiento demográfico.

Primera tesis demográfica:
Los ricos con buena salud genética deben reproducirse. No hacerlo sería puro egoísmo (antes deberán pasar por un sondeo genético para descartar enfermedades hereditarias graves). Todas aquellas personas con abundantes recursos y con buena salud deberían comprometerse con la especie y reproducirse. De esta manera podrían garantizar una buena alimentación, salud, educación y vivienda a sus hijos. Dichos hijos no nacerían en la pobreza y el estado ya no tendría que invertir sus escasos recursos en garantizar estas comodidades básicas.

Segunda tesis demográfica:
Los pobres deben dejar de reproducirse descontroladamente. Por lo general la pobreza genera más pobreza. La mayoría de hijos pobres llegan a ser adultos también pobres, sobre todo en países donde el estado apenas puede financiar sus necesidades básicas. La pobreza se convierte en un mal crónico sin solución. Ya sé que he obviado la diferencia entre pobreza absoluta y relativa (todos somos relativamente pobres) pero cuando hablo de «pobreza» me refiero a una situación en la que una persona a duras penas puede cubrir sus necesidades más urgentes, sin necesariamente referirme a la miseria extrema.

Sabemos que los pobres suelen tener muchos hijos justamente para intentar salir de la pobreza aunque parezca una paradoja, ya que criar muchos hijos significa un mayor gasto y por lo tanto un mayor empobrecimiento. Pero en muchos países los hijos suelen ser la mayor riqueza e inversión de unos padres pobres, ya que esos hijos a temprana edad ayudarán con su trabajo a sanear la precaria economía familiar. En este sentido la alta tasa reproductiva en los sectores más pobres de la población tiene una lógica; el problema es que en la mayoría de los casos esos numerosos hijos no llegan a mejorar sustancialmente la economía familiar sino a agravarlo aún más, llevando la familia numerosa al borde de la miseria.

Lo realmente absurdo es que mientras más ricos son los padres menos hijos tienen, y al revés. Esta situación debería revertirse por el bien de los hijos por nacer (los padres ricos deberían tener cinco o seis hijos, mientras los pobres deberían limitarse a uno o dos). Existe una tendencia a una menor tasa reproductiva en países más ricos y con una mejor educación. Parece haberse instalado una lógica perversa que considera que una mayor educación está reñida con el deseo reproductivo. Esto es ciertamente falso. El nivel educativo no tiene por qué perjudicar la tasa reproductiva. Al contrario, unos padres ilustrados deberían querer compartir parte de esa educación con sus hijos; pero a medida que la población se enriquece y educa parece alejarse de la idea de formar una familia numerosa. En muchos casos es cierto que antes de tener más hijos estos individuos prefieren ocupar su tiempo y dinero en viajes, negocios, ocio, estudios, etc.

Pero creo que a partir de cierta cantidad de dinero (sobre todo en caso de los millonarios) la acumulación de riqueza se hace simplemente por inercia y avaricia. Un individuo con gustos más o menos convencionales no es capaz de experimentar todos esos millones. Puede comprar palacios, islas y automóviles deportivos, pero en realidad después de cierto límite el dinero se vuelve abstracto, ya da lo mismo tener 20 o 40 millones porque el dueño del dinero no podrá experimentar la diferencia entre dichas cantidades. Si bien es verdad que la avaricia del ser humano no tiene límites, creo que tras cierta cantidad de dinero la acumulación por el placer de acumular se vuelve grotesca. El estado debería poner límites a estas cantidades obscenas de dinero.

Es sorprendente que una pareja de padres pobres insista en tener muchos hijos. Parece que no se dan cuenta (o no quieren darse cuenta) que están condenando esos hijos a la pobreza. Me parece de un egoísmo imperdonable. Una pareja responsable se abstendría de traer más hijos a un mundo rodeado de miserias y carencias. La pobreza trae consigo una mala alimentación, y eso también conlleva una salud precaria y un desarrollo menor de ciertas facultades cognitivas. En fin, la pobreza de nacimiento significa severas limitaciones y desventajas en el incierto juego de la vida.

Por todo esto, las personas con abundantes recursos económicos deberían usar parte de esos recursos para criar hijos que podrán gozar de una buena alimentación, salud y educación. Esto les ayudará a disponer de más oportunidades para vivir una vida plena y feliz. Ahora bien, en el Nuevo Mundo que propongo los padres ricos y saludables deberían tener los hijos que su situación económica les permita mantener, pero como esto no puede imponerse a la fuerza, aquellos padres ricos que se nieguen a tener más hijos tendrán que pagar al estado una cantidad equivalente a lo que hubiera costado mantener esos hijos potenciales, es decir, tendrían que pagar por el «derecho a no reproducirse» ―a menos que, claro está, pudieran demostrar que tienen buenas razones para no tener más hijos. Con este dinero el estado podría hacerse cargo de todos esos niños pobres ya existentes que requieren asistencia.

Me parece una medida de verdadera justicia social. Quizás algunos pensarán que esta medida atenta contra el derecho individual de no reproducirse y ciertos derechos universales, (los derechos universales no existen, son sólo construcciones históricas con pretensiones universales). En caso exista incompatibilidad entre la ley y la realidad, no hay problema, las leyes pueden cambiarse y deben cambiarse cuando entorpecen aquello que realmente promueve el bien social. Una pareja de personas con abundantes recursos no se verá seriamente afectada si debe pagar por su derecho a no tener más hijos cuando bien podría hacerlo. Sería su aporte al bienestar común, un acto de solidaridad con aquellos que tienen menos recursos.

El dinero que el estado recaude de las parejas ricas que se niegan a reproducirse también podría destinarse a financiar a los hijos de aquellos individuos que si bien no tienen recursos económicos poseen una inteligencia, un talento o una creatividad particulares. Obviamente sería una tragedia para la evolución cultural que dichos genes privilegiados se perdiesen por algo tan infortunado y accidental como la pobreza. El estado debe ayudar a esos individuos con la crianza de sus hijos para que dicha carga genética no se pierda por el bien de la sociedad. Las personas sin talento alguno sencillamente no deberían reproducirse.

Finalmente, el resultado de estas medidas sería una paulatina reducción real de la pobreza. Por la sencilla razón de que habría más nacimientos de personas con recursos que personas pobres. La pobreza ya no tendría que ser un mal que haya que atajarse tardíamente, sino que sería un mal que podría evitarse desde su propia raíz. El estado se liberaría de una gran carga económica y social, ya que al haber menos pobres tendría que destinar menos recursos para atenderlos. La sociedad eventualmente estaría formada por personas que disponen de recursos suficientes para proveerse una buena alimentación, salud y educación, y con buenas oportunidades para desarrollarse y tener una vida plena. En pocas palabras, sería un mundo verdaderamente feliz.

 

miércoles, 17 de octubre de 2012

De peces y hombres

¿Es el pescado de altamar parte de la dieta natural del hombre?


¿Qué clase de animal es el hombre? Es un animal terrestre que gracias a su inteligencia y desarrollo cultural ha logrado navegar los mares y alcanzar hábitats ajenos a sus particularidades anatómicas. El hombre ciertamente es capaz de nadar, pero es una habilidad adquirida por aprendizaje y no por instinto; mientras que en otros mamíferos terrestres, como los perros y los elefantes, nadar es una habilidad innata. Una sencilla evaluación anatómica del hombre revelará que es un animal adaptado para vivir sobre la tierra; por lo tanto su dieta natural también debe provenir de la tierra.  

A partir de esta premisa podemos deducir que desde el punto de vista biológico y evolutivo el hombre no está diseñado para alimentarse de peces y animales de altamar porque sencillamente son lugares ajenos a su hábitat natural. Las herramientas y habilidades naturales del hombre lo imposibilitan para capturar animales del océano. Sólo lo hace gracias a su desarrollo tecnológico y cultural, pero eso es algo ajeno a la alimentación que se deriva de sus particularidades anatómicas y ecológicas.

Concretamente mi tesis es que el hombre, siendo un animal terrestre, no debe comer animales que provienen de mar adentro, porque al hacerlo estaría violentando su dieta natural original. Pero esta condición no significa que el hombre no pueda saciar su hambre con peces y animales acuáticos. Puede comer peces y animales que viven en los ríos y lagos, tal como hace el oso pardo cuando se da un festín de salmones en los saltos de los ríos. El hombre está equipado con dos brazos que le permitirán, en un entorno estrictamente natural, atrapar peces despistados en los ríos y lagos. Quizás podamos admitir el uso de lanzas cortas para pescar en aguas someras, aunque esto ya implica una herramienta y una invasión cultural. Pero si admitimos que los chimpancés también usan ramitas para cazar hormigas como extensiones de sus dedos, podremos aceptar el uso de lanzas en el hombre.

Algunos sociobiólogos arguyen que la cultura también está determinada biológicamente, con esto la distinción entre naturaleza y cultura se vuelve borrosa hasta confundirse por completo. Claro que si consideramos la cultura como un derivado o una extensión de la naturaleza, toda diferencia se vuelve trivial. Ya no podremos hablar de naturaleza ni de cultura como dos realidades básicamente distintas. Yo creo que la cultura no está determinada, sino que es una creación contingente e histórica. La cultura es una historia de accidentes, guerras, ensayos, marchas y contramarchas, y no creo que tenga dirección alguna, al igual que la evolución biológica.

Siendo así, el hecho de que el hombre haya podido inventar embarcaciones y pescar animales del mar no implica que su organismo estaba diseñado para tal fin. Si el hombre fuese un animal que pudiera aguantar la respiración largamente y sumergirse como lo hacen los delfines y otros mamíferos marinos, entonces podríamos decir que estaba originalmente equipado para alimentarse del mar. Es verdad que desde hace miles de años el hombre ha sido capaz de alimentarse de los animales marinos, y probablemente su organismo ya se ha acostumbrado a dicha dieta, pero esto no es argumento suficiente para refutar lo dicho anteriormente. Es cierto que el carácter omnívoro y generalista de la dieta humana ha sido determinante para su sobrevivencia y expansión como especie. Pero el hecho de estar preparado para comer alimentos que no pertenecen a su hábitat natural no significa que dicha dieta sea recomendable.

¿Y qué hace un animal terrestre tan destructivo como el hombre flotando sobre el mar y atrapando miles de animales que viven en las profundidades? La presencia del hombre tiene un impacto devastador en la población de peces y mamíferos marinos. Sin duda, si el hombre no hubiese aprendido a navegar los mares, las poblaciones de animales marinos se habrían regulado por selección natural y por el complejo equilibrio que existe entre distintas especies, tal como sucedió durante millones de años antes de la emergencia del Homo sapiens. Por lo tanto es innegable que la intervención del hombre en las especies marinas ha creado un serio desequilibrio biológico en la biodiversidad oceánica.

Así como el hombre gracias a su avanzada tecnología es capaz de viajar al espacio exterior y caminar sobre la luna, evidentemente su organismo no está preparado para tal aventura extraterrestre. Si bien esto no es motivo para desaconsejar tales viajes, la espectacularidad de tales empresas no debe hacernos olvidar que el hombre es un animal terrestre y que la evolución no lo diseñó para despegar los pies de la superficie del planeta. El hecho es que ser capaz de hacer estas cosas no es motivo para pensar que son aconsejables o que el hombre no debe tener límites. El hombre cruza fronteras simplemente porque es capaz de hacerlo, y ser capaz de algo no justifica la acción ni la hace recomendable. Mucha gente cree que porque el hombre es capaz de hacer algo debe hacerlo.

Todos hemos oído hablar de los fantásticos planes para establecer una futura colonia humana en Marte. Pero aparte de los innumerables problemas técnicos que tal proyecto implica, los expertos en evolución han advertido que si tal empresa fuese posible las condiciones propias de Marte modificarían la constitución física del hombre. El hombre tendría que adaptarse a las nuevas condiciones del entorno. Entre ellas uno de los más serios es la diferencia de gravedad con respecto a la tierra (la ingravidez causa pérdida de masa muscular y problemas de descalcificación). Para eventualmente adaptarse a una superficie marciana el hombre tendría que evolucionar en una nueva especie. Y al hacerlo ya no sería un hombre, sería una nueva especie adaptada a un nuevo ambiente. Y esto sería la prueba para afirmar que el Homo sapiens no está adaptado para vivir en un entorno extraterrestre, y si insiste en hacerlo tendrá que dejar de ser lo que es.

Quizás el hecho de pescar animales de altamar no modifique la anatomía humana como lo haría vivir en Marte, pero una dieta ajena a su hábitat original sí debe tener consecuencias en su composición físico-química, del mismo modo en que un oso renuncia a comer salmones del río para comer hamburguesas del McDonald’s. Tal vez dicho oso engordará y parecerá muy sano, pero difícilmente podremos decir que esta nueva dieta antinatural es más recomendable que la anterior.

En todo caso, este argumento no será suficiente para dejar de comer pescado y mariscos; y probablemente sea cierto que una dieta rica en productos marinos sea saludable por la cantidad de proteínas y minerales que conlleva. Pero similar al argumento que utilizan los vegetarianos para justificar su rechazo a la carne, también podemos conseguir esas proteínas y nutrientes del mar en otras fuentes de alimento terrestre. En mi caso trato de no comer pescado que no puedo atrapar con las manos y hace años que dejé de comer «monstruos marinos», en parte por lo que he expuesto en este artículo y en parte simplemente porque no me gustan (algunos pican y otros están llenos de espinas traicioneras).


viernes, 12 de octubre de 2012

Deberes y derechos de una musa



Cada vez que escuchamos el nombre de un reconocido artista o escritor automáticamente pensamos en las mujeres que lo inspiraron. El arte y la literatura están repletos de casos de grandes artistas (y también pequeños) que han tenido una o varias musas que han jugado un rol decisivo para inspirar sus obras. Ciertamente el rol de musa también ha estado rodeado de cierto romanticismo trágico, un carácter imposible que al mismo tiempo inspira y causa desasosiego. Y es justo este carácter trágicamente inalcanzable el que convierte a una mujer en la musa de un creador.

Es cierto que esto no es nada nuevo, es una historia que se ha ido repitiendo durante siglos. Las musas que suelen alcanzar la fama lo hacen iluminadas por la fama de los artistas que las inmortalizaron; pero para poder inspirar a estos creadores no basta con meramente existir y dejarse contemplar. El rol de musa, como casi todo privilegio en la vida, tiene sus deberes y derechos. Así que atención a todas esas mujeres que hacen sufrir y crear a sus amantes: el rol que tienen no es tan fácil, más bien exige cuidado y dedicación.

Muy bien, ¿y cuáles son los deberes de una musa? Pues el primer deber de una musa es justamente no ser tan inalcanzable. Debe ser capaz de bajarse del pedestal y hacer sentir al artista que aprecia su rol, y que se preocupa por inspirar su obra adecuadamente. Una musa que siempre permanece alejada e indiferente no inspira creatividad sino frustración. Y la frustración suele ser poco creativa, es más bien destructiva. En muchos casos lo único que salva a un artista de sus tragedias es su capacidad para transformar ese dolor en creatividad, convertir sus demonios en una obra autónoma que puede existir desligada de su tortuoso origen.

Creo que muchas veces la gente que cae en una depresión o se deja tentar por el suicidio (el verbo «suicidarse» es incorrecto por su inadvertida redundancia semántica) es gente que al carecer de medios para convertir su dolor en obra recurre al alcohol, las drogas, buscan soluciones en terapias desesperadas, se entregan al fanatismo religioso o deciden poner fin a todo sufrimiento entregándose a la muerte. Todas estas elecciones tienen sus matices y podrían incluso ser razonables bajo ciertas circunstancias, pero creo que el poder de convertir el dolor en algo totalmente nuevo y luminoso es un poder invaluable.

Es verdad que hasta ahora he usado la figura de la musa en su acepción de figura femenina inalcanzable, y esto no sería totalmente correcto, pues existen muchas musas que inspiran a sus artistas con total correspondencia y entrega. Pero esa clase de musas deja de ser interesante justamente por su carácter alcanzable, se institucionaliza, de la misma manera en que el sexo salvaje empieza a domesticarse cuando cae en las miserias y rutinas del matrimonio.

El carácter predominantemente inalcanzable de la musa es lo explica porqué estas mujeres no suelen ser las esposas o parejas formales de los artistas, sino que casi siempre son sus amantes, «amores imposibles» o mujeres con las que por algún motivo u otro una relación formal no tiene cabida. Este carácter imposible y trágico es lo que hace más deseable a la musa. La relación es similar a la del caballero medieval y su dama, donde la dama casi siempre pertenecía a una clase social superior a la del caballero, y en esa estricta sociedad medieval ninguna mujer podría aceptar bajar de categoría para casarse con un inferior. La única solución era la de ser amantes clandestinos.

El deber, pues, de una musa es mantenerse a cierta distancia del artista; ser un satélite que al igual que una luna tiene momentos de mayor cercanía y lejanía. Pero por momentos debe dejarse alcanzar plenamente por su admirador y debe entregarse sin restricciones. Luego debe volver a ocupar su distancia. La entrega de la musa no implica necesariamente una entrega carnal (aunque por lo general lo es), puede ser de cualquier otra índole según la relación particular que tenga con el artista. Esta entrega es necesaria para que el artista sepa que su admiración no es del todo unilateral e estéril, que esa mujer que admira también es capaz de corresponderle momentáneamente en una existencia material y cercana. La musa debe ser capaz de mantener el interés del artista, para ello debe saber cuándo dejarse atrapar y cuándo alejarse. Básicamente debe ser capaz de mantener una dinámica de ambigüedad e incertidumbre. Cabe subrayar que una musa sólo tiene que inspirar al artista, y para esto no es necesario corresponderle plenamente.

Una musa debe ser capaz de reconocer aquellos momentos en que corresponde ser una mujer de carne y hueso, con debilidades e imperfecciones. Para hacer esto también debe reconocer el talento de su artista, y en cierto modo debe ser consciente de que si es capaz de inspirar al artista para crear belleza, tiene la responsabilidad de alimentar esa capacidad. Para ello debe motivar la admiración del creador. Una vez descubierto esto causa espanto imaginar cuántas obras quedaron incompletas por la torpeza de las musas que las inspiraron. Muchas mujeres, por juventud o timidez, fallan en reconocer la trascendencia de su rol, huyendo o rechazando al artista que las ha descubierto y con ello abortando cualquier empresa creativa.

Algunas musas también temen que un acercamiento demasiado humano con sus admiradores pueda alterar sus otras relaciones personales. Pero un artista entendido sabe que esos acercamientos no ponen en peligro el carácter imposible de la relación, más bien dichos encuentros sirven para reforzar esa trágica insuficiencia. Claro está que si un artista falla en comprender esta dinámica su musa tiene todo el derecho de alejarse definitivamente. Asimismo, las parejas de las musas no tienen derecho a sentir celos, menos aún si en calidad de novios no son capaces de crear belleza alguna. El rol del novio sólo sirve como un obstáculo más en ese carácter imposible que envuelve la relación entre la musa y el artista, pero de ninguna manera debe ser tomado en serio ni puede constituir una amenaza real para la obra.

La relación entre el artista y su musa habita en un mundo totalmente ajeno a todas las otras relaciones normales y establecidas por la sociedad burguesa. Este carácter ajeno también protege la relación de caer en cualquier normalidad o de institucionalizarse. Esta relación no debe invadir otros espacios, porque dicha relación ocupa un mundo privado, un espacio completamente inaccesible para las relaciones normales.

Entre los derechos de una musa está el ser admirada y amada sin precaución alguna por el artista. Su existencia será la inspiración para la creación artística en todas sus formas. Y aquella obra producto de tal admiración de cierta manera será inmortal (esto no está condicionado por el posible reconocimiento cultural e histórico de la obra; aquello que ha sido creado y existe ya goza de un inmortalidad ontológica irrenunciable). La obra sobrevivirá al creador y su musa, y en eso radica su trascendencia, y por ello ambos personajes deben cumplir sus respectivos roles con responsabilidad y rigor. El artista y su musa deben saber que toda su historia —todo placer, dolor y sufrimiento— sólo quedará justificada en la obra final, por ello todas las escenas deben estar subordinadas a la belleza del producto final.

Por último, pensemos en todas esas obras, en toda esa belleza que expresada a través de la forma, el color o la palabra logró materializarse gracias a esa particular relación entre el artista y su musa, relación muchas veces caricaturizada por la moral burguesa que no comprende los valores que el artista debe inventar junto a su musa para poder crear el mundo que iluminará su obra. Este mundo siempre habita al borde del abismo, pero es justamente close to the edge donde las emociones cobran mayor intensidad. Es el riesgo de caer al abismo lo que le da valor a la obra, porque esa obra ha nacido de la fatalidad, ahí donde la eminente posibilidad de ser destruido es lo que hace que la creación resultante merezca existir.


sábado, 6 de octubre de 2012

El sexo y la Seguridad Social

Si el sexo es salud, ¿por qué no está incluido en la Seguridad Social?


Nadie duda del éxito del famoso eslogan publicitario «el sexo es salud», que además se puede usar para tantas cosas aparte de tratamientos contra la eyaculación precoz, frigidez, impotencia y otros males que suelen provocar risitas nerviosas. Lo curioso es que en este caso la frase, además de sus intenciones evidentemente comerciales, también afirma una verdad innegable. Pero dado que todos hemos aceptado esto, el paso siguiente es preguntarnos por qué el sexo entonces no forma parte de la larga lista de patologías y particularidades que la Seguridad Social cubre para garantizar una vida plena y saludable.

Si el sexo es salud podemos deducir que la falta de sexo, si no es peligroso para la salud, al menos debe ser algo poco saludable. En otras palabras, una larga sequía sexual debe ser algo pernicioso para la salud física y mental. Frente a esta realidad no debería haber motivos para no reclamarle a la Seguridad Social que ponga remedio a tal situación, dado que disminuye la salud de los interesados, que además pagan mensualmente una parte de su sueldo para garantizar una salud en óptimas condiciones.

Los beneficios fisiológicos del sexo han sido ampliamente estudiados. Entre otras cosas, la actividad sexual oxigena el cuerpo, mejora la circulación de la sangre, quema calorías, fortalece el sistema inmunológico, y libera endorfinas que acompañan al placer. Asimismo las mujeres segregan estrógenos que ayudan a cuidar la piel y el pelo, mientras los hombres producen más testosterona que también ayuda a mantener el organismo en buenas condiciones. Todos estos beneficios físicos también tienen una contraparte psicológica: una buena vida sexual favorece un mejor estado de ánimo. Tras todo esto, es imposible afirmar que el sexo no cumple un rol importante para mantener una buena salud.

Quizás el lector ya ha adivinado adonde va mi propuesta, y probablemente las feministas querrán mandarme a la hoguera (pero en este mundo globalizado es muy difícil complacer a todo el mundo). Concretamente, siendo el sexo una parte indiscutible de la salud del individuo, la Seguridad Social también debería garantizar su práctica para aquellos individuos que por distintas razones no tienen una pareja estable para satisfacer esta necesidad vital. En términos prácticos estoy hablando de prostitución regulada por la Seguridad Social para hombres y mujeres que carecen de una actividad sexual regular. Las condiciones del servicio es material para otro artículo, pero supongo que una o dos prestaciones al mes sería suficiente para un individuo que sin eso no tendría actividad sexual alguna (obviamente la masturbación no cuenta).

Claro que el lector podría argumentar que para eso ya existe la prostitución «de toda la vida». Pero con la misma lógica uno podría decir que también existen clínicas privadas, pero no todos los ciudadanos pueden pagar un tratamiento privado y para eso se va a un hospital público. La Seguridad Social podría organizar un sistema de atención a domicilio para los pacientes o también podría acomodar un espacio adecuado dentro del mismo hospital (hay que tomar en cuenta los recortes de presupuesto por la crisis actual) aunque hay que reconocer que el ambiente del hospital «no pone».

Los beneficios para los pacientes y los trabajadores del sexo (eufemismo políticamente correcto para decir «putas y putos») son innegables. Aquellos perdedores de la selección sexual tendrían una mejor calidad de vida y una mejor salud, y las putas (incluye putos, para que las feministas no me acusen de sexismo) tendrían un trabajo regulado por el estado, con beneficios sociales y mejores condiciones de higiene y seguridad. Además muchas putas que actualmente están en manos de las mafias podrían pasar a trabajar en la Seguridad Social en un ambiente mucho más seguro; asimismo los pacientes no tendrían que exponerse a la sordidez que suele rodear a los burdeles y la prostitución callejera.

Claro que esto también tiene sus complicaciones. Para empezar habría que determinar cómo seleccionar aquellos ciudadanos que realmente requieren el servicio de aquellos que abusan de él (lamentablemente cuando algo es gratis no se aprecia). Quizás el servicio no debería ser completamente gratis, sino que el paciente tendría que abonar un copago razonable que sea lo suficientemente alto como para desanimar a aquellos que realmente no necesitan el servicio. Supongo que como parámetro habría que descalificar a todas las parejas casadas y que viven juntas. Entre ellas debe haber muchos matrimonios «perfectos» que no tienen sexo o tienen un sexo muy pobre. Pero a menos que puedan demostrar su situación de insalubridad sexual, me temo que estas parejas no podrán gozar del servicio.

Es probable que alguien pudiera argumentar que esto constituye una banalización del sexo denigrándolo a un acto puramente mecánico y animal. Para evitar un debate interminable e incontrastable, es mejor enfocar el sexo desde sus beneficios puramente fisiológicos. Y en este sentido el sexo es definitivamente saludable (recordar la lista de beneficios corporales en el tercer párrafo), y ello ya elimina cualquier interpretación sesgada. En todo caso, este servicio no impide practicar el sexo con afecto y con lazos emocionales. Sucede algo similar con el matrimonio homosexual. La gente intolerante se sentía ofendida y escandalizada, pero el hecho de permitir que personas del mismo sexo se casen no impide que los heterosexuales se casen como siempre lo han hecho. Finalmente, se trata de una ampliación de libertades.

Esta medida también tendría un efecto social muy importante, pues reduciría drásticamente el porcentaje de violaciones y agresiones sexuales en las calles, permitiendo una mayor seguridad ciudadana. Las sociedades donde el puritanismo y la represión sexual son mayores también contienen un alto índice de violencia que, lejos de dosificarse en cantidades moderadas diarias, suele explotar de repente generando monstruos morales como violadores en serie o Rambos que desenfundan sus pistolas indiscriminadamente sobre un grupo de gente inocente (pensemos en los Estados Unidos, como el ejemplo más cercano).

Ciertamente el servicio sería usado mayormente por hombres pues se sabe que el hombre tiene una urgencia sexual mayor que la mujer, o al menos dada la compartimentación de su cerebro separa con facilidad el sexo del amor. Como el cerebro femenino es más holístico, a la mujer le cuesta más asumir el sexo sin afecto o sin lazos emocionales, aunque ya en la posmodernidad muchas mujeres están logrando disfrutar de una sexualidad más lúdica, espontánea y libre de justificaciones afectivas. En todo caso, cuando una mujer quiere sexo no tiene que hacer demasiados esfuerzos por conseguirlo, mientras que el hombre debe desplegar una serie de estrategias y artimañas para satisfacer sus urgencias sexuales.

Una sociedad que presume de haberse liberado de los tabúes y prejuicios de una moral católica que condenaba y reprimía el sexo fuera del marco del matrimonio cristiano ya debería estar preparada para desacralizar el sexo y enfocarlo como una práctica vital para conservar una buena salud física y mental (antiguamente el sexo era usado como un cebo y sólo se aceptaba dentro del matrimonio para animar a los jóvenes a casarse y formar una familia). Pero para asumir el sexo como una práctica natural y saludable antes hay que liberarse de la mitología que idealiza el sexo alejándolo de sus fines puramente fisiológicos y hedonistas. Finalmente, si la salud sexual es un derecho inalienable del individuo, la sociedad de bienestar debería garantizar este derecho, tal como lo hace con otros derechos universales que también persiguen la realización de la tan ansiada felicidad humana.