Imaginemos un escenario
de la ciencia ficción que ya no es tan fantasiosa en estos tiempos de
decadencia económica mundial. El estado de bienestar ha colapsado y ya no puede
garantizar servicios sociales, educación gratuita, sanidad ni alimentación
barata. El estado de bienestar ha desaparecido engullido por la crisis mundial.
En este devastador escenario los únicos que se salvarán serán aquellos que
poseen recursos propios. Los ricos podrán permitirse una vida cómoda libre de
preocupaciones tan elementales como comida, salud o vivienda. Dado que este
cuadro ya no es tan fantástico y que los recursos naturales y energéticos están
ya en peligro y nuestra especie gasta más recursos que los sostenibles por el
planeta, es tiempo de controlar el crecimiento demográfico.
Primera tesis
demográfica:
Los ricos con buena salud
genética deben reproducirse. No hacerlo sería puro egoísmo (antes deberán pasar
por un sondeo genético para descartar enfermedades hereditarias graves). Todas
aquellas personas con abundantes recursos y con buena salud deberían
comprometerse con la especie y reproducirse. De esta manera podrían garantizar
una buena alimentación, salud, educación y vivienda a sus hijos. Dichos hijos
no nacerían en la pobreza y el estado ya no tendría que invertir sus escasos
recursos en garantizar estas comodidades básicas.
Segunda tesis demográfica:
Los pobres deben dejar de
reproducirse descontroladamente. Por lo general la pobreza genera más pobreza.
La mayoría de hijos pobres llegan a ser adultos también pobres, sobre todo en
países donde el estado apenas puede financiar sus necesidades básicas. La pobreza
se convierte en un mal crónico sin solución. Ya sé que he obviado la diferencia
entre pobreza absoluta y relativa (todos somos relativamente pobres) pero
cuando hablo de «pobreza» me refiero a una situación en la que una persona a
duras penas puede cubrir sus necesidades más urgentes, sin necesariamente
referirme a la miseria extrema.
Sabemos que los pobres
suelen tener muchos hijos justamente para intentar salir de la pobreza aunque
parezca una paradoja, ya que criar muchos hijos significa un mayor gasto y por
lo tanto un mayor empobrecimiento. Pero en muchos países los hijos suelen ser
la mayor riqueza e inversión de unos padres pobres, ya que esos hijos a
temprana edad ayudarán con su trabajo a sanear la precaria economía familiar. En
este sentido la alta tasa reproductiva en los sectores más pobres de la
población tiene una lógica; el problema es que en la mayoría de los casos esos
numerosos hijos no llegan a mejorar sustancialmente la economía familiar sino a
agravarlo aún más, llevando la familia numerosa al borde de la miseria.
Lo realmente absurdo es
que mientras más ricos son los padres menos hijos tienen, y al revés. Esta
situación debería revertirse por el bien de los hijos por nacer (los padres
ricos deberían tener cinco o seis hijos, mientras los pobres deberían limitarse
a uno o dos). Existe una tendencia a una menor tasa reproductiva en países más
ricos y con una mejor educación. Parece haberse instalado una lógica perversa
que considera que una mayor educación está reñida con el deseo reproductivo.
Esto es ciertamente falso. El nivel educativo no tiene por qué perjudicar la
tasa reproductiva. Al contrario, unos padres ilustrados deberían querer compartir
parte de esa educación con sus hijos; pero a medida que la población se
enriquece y educa parece alejarse de la idea de formar una familia numerosa. En
muchos casos es cierto que antes de tener más hijos estos individuos prefieren
ocupar su tiempo y dinero en viajes, negocios, ocio, estudios, etc.
Pero creo que a partir de
cierta cantidad de dinero (sobre todo en caso de los millonarios) la
acumulación de riqueza se hace simplemente por inercia y avaricia. Un individuo
con gustos más o menos convencionales no es capaz de experimentar todos esos millones. Puede comprar palacios, islas y
automóviles deportivos, pero en realidad después de cierto límite el dinero se
vuelve abstracto, ya da lo mismo tener 20 o 40 millones porque el dueño del
dinero no podrá experimentar la diferencia entre dichas cantidades. Si bien es
verdad que la avaricia del ser humano no tiene límites, creo que tras cierta
cantidad de dinero la acumulación por el placer de acumular se vuelve grotesca.
El estado debería poner límites a estas cantidades obscenas de dinero.
Es sorprendente que una pareja
de padres pobres insista en tener muchos hijos. Parece que no se dan cuenta (o
no quieren darse cuenta) que están condenando esos hijos a la pobreza. Me
parece de un egoísmo imperdonable. Una pareja responsable se abstendría de
traer más hijos a un mundo rodeado de miserias y carencias. La pobreza trae
consigo una mala alimentación, y eso también conlleva una salud precaria y un
desarrollo menor de ciertas facultades cognitivas. En fin, la pobreza de
nacimiento significa severas limitaciones y desventajas en el incierto juego de
la vida.
Por todo esto, las
personas con abundantes recursos económicos deberían usar parte de esos
recursos para criar hijos que podrán gozar de una buena alimentación, salud y
educación. Esto les ayudará a disponer de más oportunidades para vivir una vida
plena y feliz. Ahora bien, en el Nuevo Mundo
que propongo los padres ricos y saludables deberían tener los hijos que su
situación económica les permita mantener, pero como esto no puede imponerse a
la fuerza, aquellos padres ricos que se nieguen a tener más hijos tendrán que
pagar al estado una cantidad equivalente a lo que hubiera costado mantener esos
hijos potenciales, es decir, tendrían que pagar por el «derecho a no
reproducirse» ―a menos que, claro está, pudieran demostrar que tienen buenas
razones para no tener más hijos. Con este dinero el estado podría hacerse cargo
de todos esos niños pobres ya existentes que requieren asistencia.
Me parece una medida de verdadera
justicia social. Quizás algunos pensarán que esta medida atenta contra el
derecho individual de no reproducirse y ciertos derechos universales, (los
derechos universales no existen, son sólo construcciones históricas con pretensiones
universales). En caso exista incompatibilidad entre la ley y la realidad, no
hay problema, las leyes pueden cambiarse y deben cambiarse cuando entorpecen
aquello que realmente promueve el bien social. Una pareja de personas con
abundantes recursos no se verá seriamente afectada si debe pagar por su derecho
a no tener más hijos cuando bien podría hacerlo. Sería su aporte al bienestar
común, un acto de solidaridad con aquellos que tienen menos recursos.
El dinero que el estado
recaude de las parejas ricas que se niegan a reproducirse también podría
destinarse a financiar a los hijos de aquellos individuos que si bien no tienen
recursos económicos poseen una inteligencia, un talento o una creatividad
particulares. Obviamente sería una tragedia para la evolución cultural que
dichos genes privilegiados se perdiesen por algo tan infortunado y accidental
como la pobreza. El estado debe ayudar a esos individuos con la crianza de sus
hijos para que dicha carga genética no se pierda por el bien de la sociedad. Las
personas sin talento alguno sencillamente no deberían reproducirse.
Finalmente, el resultado
de estas medidas sería una paulatina reducción real de la pobreza. Por la
sencilla razón de que habría más nacimientos de personas con recursos que
personas pobres. La pobreza ya no tendría que ser un mal que haya que atajarse
tardíamente, sino que sería un mal que podría evitarse desde su propia raíz. El
estado se liberaría de una gran carga económica y social, ya que al haber menos
pobres tendría que destinar menos recursos para atenderlos. La sociedad
eventualmente estaría formada por personas que disponen de recursos suficientes
para proveerse una buena alimentación, salud y educación, y con buenas
oportunidades para desarrollarse y tener una vida plena. En pocas palabras,
sería un mundo verdaderamente feliz.