Si el sexo es salud podemos
deducir que la falta de sexo, si no es peligroso para la salud, al menos debe
ser algo poco saludable. En otras palabras, una larga sequía sexual debe ser
algo pernicioso para la salud física y mental. Frente a esta realidad no debería
haber motivos para no reclamarle a la Seguridad Social que ponga remedio a tal
situación, dado que disminuye la salud de los interesados, que además pagan
mensualmente una parte de su sueldo para garantizar una salud en óptimas
condiciones.
Los beneficios fisiológicos
del sexo han sido ampliamente estudiados. Entre otras cosas, la actividad
sexual oxigena el cuerpo, mejora la circulación de la sangre, quema calorías,
fortalece el sistema inmunológico, y libera endorfinas que acompañan al placer.
Asimismo las mujeres segregan estrógenos que ayudan a cuidar la piel y el pelo,
mientras los hombres producen más testosterona que también ayuda a mantener el
organismo en buenas condiciones. Todos estos beneficios físicos también tienen
una contraparte psicológica: una buena vida sexual favorece un mejor estado de
ánimo. Tras todo esto, es imposible afirmar que el sexo no cumple un rol
importante para mantener una buena salud.
Quizás el lector ya ha
adivinado adonde va mi propuesta, y probablemente las feministas querrán
mandarme a la hoguera (pero en este mundo globalizado es muy difícil complacer
a todo el mundo). Concretamente, siendo el sexo una parte indiscutible de la
salud del individuo, la Seguridad Social también debería garantizar su práctica
para aquellos individuos que por distintas razones no tienen una pareja estable
para satisfacer esta necesidad vital. En términos prácticos estoy hablando de
prostitución regulada por la Seguridad Social para hombres y mujeres que
carecen de una actividad sexual regular. Las condiciones del servicio es
material para otro artículo, pero supongo que una o dos prestaciones al mes
sería suficiente para un individuo que sin eso no tendría actividad sexual
alguna (obviamente la masturbación no cuenta).
Claro que el lector
podría argumentar que para eso ya existe la prostitución «de toda la vida». Pero
con la misma lógica uno podría decir que también existen clínicas privadas,
pero no todos los ciudadanos pueden pagar un tratamiento privado y para eso se
va a un hospital público. La Seguridad Social podría organizar un sistema de
atención a domicilio para los pacientes o también podría acomodar un espacio adecuado
dentro del mismo hospital (hay que tomar en cuenta los recortes de presupuesto
por la crisis actual) aunque hay que reconocer que el ambiente del hospital «no
pone».
Los beneficios para los
pacientes y los trabajadores del sexo (eufemismo políticamente correcto para
decir «putas y putos») son innegables. Aquellos perdedores de la selección
sexual tendrían una mejor calidad de vida y una mejor salud, y las putas
(incluye putos, para que las feministas no me acusen de sexismo) tendrían un
trabajo regulado por el estado, con beneficios sociales y mejores condiciones
de higiene y seguridad. Además muchas putas que actualmente están en manos de
las mafias podrían pasar a trabajar en la Seguridad Social en un ambiente mucho
más seguro; asimismo los pacientes no tendrían que exponerse a la sordidez que suele
rodear a los burdeles y la prostitución callejera.
Claro que esto también
tiene sus complicaciones. Para empezar habría que determinar cómo seleccionar
aquellos ciudadanos que realmente requieren el servicio de aquellos que abusan
de él (lamentablemente cuando algo es gratis no se aprecia). Quizás el servicio
no debería ser completamente gratis, sino que el paciente tendría que abonar un
copago razonable que sea lo suficientemente alto como para desanimar a aquellos
que realmente no necesitan el servicio. Supongo que como parámetro habría que
descalificar a todas las parejas casadas y que viven juntas. Entre ellas debe
haber muchos matrimonios «perfectos» que no tienen sexo o tienen un sexo muy
pobre. Pero a menos que puedan demostrar su situación de insalubridad sexual,
me temo que estas parejas no podrán gozar del servicio.
Es probable que alguien
pudiera argumentar que esto constituye una banalización del sexo denigrándolo a
un acto puramente mecánico y animal. Para evitar un debate interminable e
incontrastable, es mejor enfocar el sexo desde sus beneficios puramente
fisiológicos. Y en este sentido el sexo es definitivamente saludable (recordar
la lista de beneficios corporales en el tercer párrafo), y ello ya elimina cualquier
interpretación sesgada. En todo caso, este servicio no impide practicar el sexo
con afecto y con lazos emocionales. Sucede algo similar con el matrimonio
homosexual. La gente intolerante se sentía ofendida y escandalizada, pero el
hecho de permitir que personas del mismo sexo se casen no impide que los
heterosexuales se casen como siempre lo han hecho. Finalmente, se trata de una
ampliación de libertades.
Esta medida también
tendría un efecto social muy importante, pues reduciría drásticamente el
porcentaje de violaciones y agresiones sexuales en las calles, permitiendo una
mayor seguridad ciudadana. Las sociedades donde el puritanismo y la represión
sexual son mayores también contienen un alto índice de violencia que, lejos de
dosificarse en cantidades moderadas diarias, suele explotar de repente generando
monstruos morales como violadores en serie o Rambos que desenfundan sus pistolas indiscriminadamente sobre un
grupo de gente inocente (pensemos en los Estados Unidos, como el ejemplo más
cercano).
Ciertamente el servicio
sería usado mayormente por hombres pues se sabe que el hombre tiene una
urgencia sexual mayor que la mujer, o al menos dada la compartimentación de su
cerebro separa con facilidad el sexo del amor. Como el cerebro femenino es más
holístico, a la mujer le cuesta más asumir el sexo sin afecto o sin lazos
emocionales, aunque ya en la posmodernidad muchas mujeres están logrando
disfrutar de una sexualidad más lúdica, espontánea y libre de justificaciones
afectivas. En todo caso, cuando una mujer quiere sexo no tiene que hacer
demasiados esfuerzos por conseguirlo, mientras que el hombre debe desplegar una
serie de estrategias y artimañas para satisfacer sus urgencias sexuales.
Una sociedad que presume
de haberse liberado de los tabúes y prejuicios de una moral católica que condenaba
y reprimía el sexo fuera del marco del matrimonio cristiano ya debería estar
preparada para desacralizar el sexo y enfocarlo como una práctica vital para
conservar una buena salud física y mental (antiguamente el sexo era usado como
un cebo y sólo se aceptaba dentro del matrimonio para animar a los jóvenes a
casarse y formar una familia). Pero para asumir el sexo como una práctica
natural y saludable antes hay que liberarse de la mitología que idealiza el
sexo alejándolo de sus fines puramente fisiológicos y hedonistas. Finalmente,
si la salud sexual es un derecho inalienable del individuo, la sociedad de
bienestar debería garantizar este derecho, tal como lo hace con otros derechos
universales que también persiguen la realización de la tan ansiada felicidad
humana.
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