sábado, 6 de octubre de 2012

El sexo y la Seguridad Social

Si el sexo es salud, ¿por qué no está incluido en la Seguridad Social?


Nadie duda del éxito del famoso eslogan publicitario «el sexo es salud», que además se puede usar para tantas cosas aparte de tratamientos contra la eyaculación precoz, frigidez, impotencia y otros males que suelen provocar risitas nerviosas. Lo curioso es que en este caso la frase, además de sus intenciones evidentemente comerciales, también afirma una verdad innegable. Pero dado que todos hemos aceptado esto, el paso siguiente es preguntarnos por qué el sexo entonces no forma parte de la larga lista de patologías y particularidades que la Seguridad Social cubre para garantizar una vida plena y saludable.

Si el sexo es salud podemos deducir que la falta de sexo, si no es peligroso para la salud, al menos debe ser algo poco saludable. En otras palabras, una larga sequía sexual debe ser algo pernicioso para la salud física y mental. Frente a esta realidad no debería haber motivos para no reclamarle a la Seguridad Social que ponga remedio a tal situación, dado que disminuye la salud de los interesados, que además pagan mensualmente una parte de su sueldo para garantizar una salud en óptimas condiciones.

Los beneficios fisiológicos del sexo han sido ampliamente estudiados. Entre otras cosas, la actividad sexual oxigena el cuerpo, mejora la circulación de la sangre, quema calorías, fortalece el sistema inmunológico, y libera endorfinas que acompañan al placer. Asimismo las mujeres segregan estrógenos que ayudan a cuidar la piel y el pelo, mientras los hombres producen más testosterona que también ayuda a mantener el organismo en buenas condiciones. Todos estos beneficios físicos también tienen una contraparte psicológica: una buena vida sexual favorece un mejor estado de ánimo. Tras todo esto, es imposible afirmar que el sexo no cumple un rol importante para mantener una buena salud.

Quizás el lector ya ha adivinado adonde va mi propuesta, y probablemente las feministas querrán mandarme a la hoguera (pero en este mundo globalizado es muy difícil complacer a todo el mundo). Concretamente, siendo el sexo una parte indiscutible de la salud del individuo, la Seguridad Social también debería garantizar su práctica para aquellos individuos que por distintas razones no tienen una pareja estable para satisfacer esta necesidad vital. En términos prácticos estoy hablando de prostitución regulada por la Seguridad Social para hombres y mujeres que carecen de una actividad sexual regular. Las condiciones del servicio es material para otro artículo, pero supongo que una o dos prestaciones al mes sería suficiente para un individuo que sin eso no tendría actividad sexual alguna (obviamente la masturbación no cuenta).

Claro que el lector podría argumentar que para eso ya existe la prostitución «de toda la vida». Pero con la misma lógica uno podría decir que también existen clínicas privadas, pero no todos los ciudadanos pueden pagar un tratamiento privado y para eso se va a un hospital público. La Seguridad Social podría organizar un sistema de atención a domicilio para los pacientes o también podría acomodar un espacio adecuado dentro del mismo hospital (hay que tomar en cuenta los recortes de presupuesto por la crisis actual) aunque hay que reconocer que el ambiente del hospital «no pone».

Los beneficios para los pacientes y los trabajadores del sexo (eufemismo políticamente correcto para decir «putas y putos») son innegables. Aquellos perdedores de la selección sexual tendrían una mejor calidad de vida y una mejor salud, y las putas (incluye putos, para que las feministas no me acusen de sexismo) tendrían un trabajo regulado por el estado, con beneficios sociales y mejores condiciones de higiene y seguridad. Además muchas putas que actualmente están en manos de las mafias podrían pasar a trabajar en la Seguridad Social en un ambiente mucho más seguro; asimismo los pacientes no tendrían que exponerse a la sordidez que suele rodear a los burdeles y la prostitución callejera.

Claro que esto también tiene sus complicaciones. Para empezar habría que determinar cómo seleccionar aquellos ciudadanos que realmente requieren el servicio de aquellos que abusan de él (lamentablemente cuando algo es gratis no se aprecia). Quizás el servicio no debería ser completamente gratis, sino que el paciente tendría que abonar un copago razonable que sea lo suficientemente alto como para desanimar a aquellos que realmente no necesitan el servicio. Supongo que como parámetro habría que descalificar a todas las parejas casadas y que viven juntas. Entre ellas debe haber muchos matrimonios «perfectos» que no tienen sexo o tienen un sexo muy pobre. Pero a menos que puedan demostrar su situación de insalubridad sexual, me temo que estas parejas no podrán gozar del servicio.

Es probable que alguien pudiera argumentar que esto constituye una banalización del sexo denigrándolo a un acto puramente mecánico y animal. Para evitar un debate interminable e incontrastable, es mejor enfocar el sexo desde sus beneficios puramente fisiológicos. Y en este sentido el sexo es definitivamente saludable (recordar la lista de beneficios corporales en el tercer párrafo), y ello ya elimina cualquier interpretación sesgada. En todo caso, este servicio no impide practicar el sexo con afecto y con lazos emocionales. Sucede algo similar con el matrimonio homosexual. La gente intolerante se sentía ofendida y escandalizada, pero el hecho de permitir que personas del mismo sexo se casen no impide que los heterosexuales se casen como siempre lo han hecho. Finalmente, se trata de una ampliación de libertades.

Esta medida también tendría un efecto social muy importante, pues reduciría drásticamente el porcentaje de violaciones y agresiones sexuales en las calles, permitiendo una mayor seguridad ciudadana. Las sociedades donde el puritanismo y la represión sexual son mayores también contienen un alto índice de violencia que, lejos de dosificarse en cantidades moderadas diarias, suele explotar de repente generando monstruos morales como violadores en serie o Rambos que desenfundan sus pistolas indiscriminadamente sobre un grupo de gente inocente (pensemos en los Estados Unidos, como el ejemplo más cercano).

Ciertamente el servicio sería usado mayormente por hombres pues se sabe que el hombre tiene una urgencia sexual mayor que la mujer, o al menos dada la compartimentación de su cerebro separa con facilidad el sexo del amor. Como el cerebro femenino es más holístico, a la mujer le cuesta más asumir el sexo sin afecto o sin lazos emocionales, aunque ya en la posmodernidad muchas mujeres están logrando disfrutar de una sexualidad más lúdica, espontánea y libre de justificaciones afectivas. En todo caso, cuando una mujer quiere sexo no tiene que hacer demasiados esfuerzos por conseguirlo, mientras que el hombre debe desplegar una serie de estrategias y artimañas para satisfacer sus urgencias sexuales.

Una sociedad que presume de haberse liberado de los tabúes y prejuicios de una moral católica que condenaba y reprimía el sexo fuera del marco del matrimonio cristiano ya debería estar preparada para desacralizar el sexo y enfocarlo como una práctica vital para conservar una buena salud física y mental (antiguamente el sexo era usado como un cebo y sólo se aceptaba dentro del matrimonio para animar a los jóvenes a casarse y formar una familia). Pero para asumir el sexo como una práctica natural y saludable antes hay que liberarse de la mitología que idealiza el sexo alejándolo de sus fines puramente fisiológicos y hedonistas. Finalmente, si la salud sexual es un derecho inalienable del individuo, la sociedad de bienestar debería garantizar este derecho, tal como lo hace con otros derechos universales que también persiguen la realización de la tan ansiada felicidad humana.

 

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