Cada vez que escuchamos
el nombre de un reconocido artista o escritor automáticamente pensamos en las
mujeres que lo inspiraron. El arte y la literatura están repletos de casos de grandes
artistas (y también pequeños) que han tenido una o varias musas que han jugado
un rol decisivo para inspirar sus obras. Ciertamente el rol de musa también ha
estado rodeado de cierto romanticismo trágico, un carácter imposible que al
mismo tiempo inspira y causa desasosiego. Y es justo este carácter trágicamente
inalcanzable el que convierte a una mujer en la musa de un creador.
Es cierto que esto no es
nada nuevo, es una historia que se ha ido repitiendo durante siglos. Las musas
que suelen alcanzar la fama lo hacen iluminadas por la fama de los artistas que
las inmortalizaron; pero para poder inspirar a estos creadores no basta con
meramente existir y dejarse contemplar. El rol de musa, como casi todo
privilegio en la vida, tiene sus deberes y derechos. Así que atención a todas
esas mujeres que hacen sufrir y crear a sus amantes: el rol que tienen no es
tan fácil, más bien exige cuidado y dedicación.
Muy bien, ¿y cuáles son
los deberes de una musa? Pues el primer deber de una musa es justamente no ser
tan inalcanzable. Debe ser capaz de bajarse del pedestal y hacer sentir al
artista que aprecia su rol, y que se preocupa por inspirar su obra
adecuadamente. Una musa que siempre permanece alejada e indiferente no inspira
creatividad sino frustración. Y la frustración suele ser poco creativa, es más
bien destructiva. En muchos casos lo único que salva a un artista de sus
tragedias es su capacidad para transformar ese dolor en creatividad, convertir
sus demonios en una obra autónoma que puede existir desligada de su tortuoso
origen.
Creo que muchas veces la
gente que cae en una depresión o se deja tentar por el suicidio (el verbo
«suicidarse» es incorrecto por su inadvertida redundancia semántica) es gente
que al carecer de medios para convertir su dolor en obra recurre al alcohol,
las drogas, buscan soluciones en terapias desesperadas, se entregan al
fanatismo religioso o deciden poner fin a todo sufrimiento entregándose a la
muerte. Todas estas elecciones tienen sus matices y podrían incluso ser
razonables bajo ciertas circunstancias, pero creo que el poder de convertir el
dolor en algo totalmente nuevo y luminoso es un poder invaluable.
Es verdad que hasta ahora
he usado la figura de la musa en su acepción de figura femenina inalcanzable, y
esto no sería totalmente correcto, pues existen muchas musas que inspiran a sus
artistas con total correspondencia y entrega. Pero esa clase de musas deja de
ser interesante justamente por su carácter alcanzable, se institucionaliza, de la misma manera en que el sexo salvaje empieza
a domesticarse cuando cae en las miserias y rutinas del matrimonio.
El carácter
predominantemente inalcanzable de la musa es lo explica porqué estas mujeres no
suelen ser las esposas o parejas formales de los artistas, sino que casi
siempre son sus amantes, «amores imposibles» o mujeres con las que por algún
motivo u otro una relación formal no tiene cabida. Este carácter imposible y trágico
es lo que hace más deseable a la musa. La relación es similar a la del
caballero medieval y su dama, donde la dama casi siempre pertenecía a una clase
social superior a la del caballero, y en esa estricta sociedad medieval ninguna
mujer podría aceptar bajar de categoría para casarse con un inferior. La única
solución era la de ser amantes clandestinos.
El deber, pues, de una
musa es mantenerse a cierta distancia del artista; ser un satélite que al igual
que una luna tiene momentos de mayor cercanía y lejanía. Pero por momentos debe
dejarse alcanzar plenamente por su admirador y debe entregarse sin
restricciones. Luego debe volver a ocupar su distancia. La entrega de la musa no
implica necesariamente una entrega carnal (aunque por lo general lo es), puede
ser de cualquier otra índole según la relación particular que tenga con el
artista. Esta entrega es necesaria para que el artista sepa que su admiración
no es del todo unilateral e estéril, que esa mujer que admira también es capaz
de corresponderle momentáneamente en una existencia material y cercana. La musa
debe ser capaz de mantener el interés del artista, para ello debe saber cuándo
dejarse atrapar y cuándo alejarse. Básicamente debe ser capaz de mantener una
dinámica de ambigüedad e incertidumbre. Cabe subrayar que una musa sólo tiene
que inspirar al artista, y para esto no es necesario corresponderle plenamente.
Una musa debe ser capaz
de reconocer aquellos momentos en que corresponde ser una mujer de carne y
hueso, con debilidades e imperfecciones. Para hacer esto también debe reconocer
el talento de su artista, y en cierto modo debe ser consciente de que si es
capaz de inspirar al artista para crear belleza, tiene la responsabilidad de
alimentar esa capacidad. Para ello debe motivar la admiración del creador. Una
vez descubierto esto causa espanto imaginar cuántas obras quedaron incompletas
por la torpeza de las musas que las inspiraron. Muchas mujeres, por juventud o
timidez, fallan en reconocer la trascendencia de su rol, huyendo o rechazando
al artista que las ha descubierto y con ello abortando cualquier empresa
creativa.
Algunas musas también temen
que un acercamiento demasiado humano
con sus admiradores pueda alterar sus otras relaciones personales. Pero un
artista entendido sabe que esos acercamientos no ponen en peligro el carácter
imposible de la relación, más bien dichos encuentros sirven para reforzar esa
trágica insuficiencia. Claro está que si un artista falla en comprender esta
dinámica su musa tiene todo el derecho de alejarse definitivamente. Asimismo, las
parejas de las musas no tienen derecho a sentir celos, menos aún si en calidad
de novios no son capaces de crear belleza alguna. El rol del novio sólo sirve
como un obstáculo más en ese carácter imposible que envuelve la relación entre
la musa y el artista, pero de ninguna manera debe ser tomado en serio ni puede
constituir una amenaza real para la obra.
La relación entre el
artista y su musa habita en un mundo totalmente ajeno a todas las otras
relaciones normales y establecidas por la sociedad burguesa. Este carácter
ajeno también protege la relación de caer en cualquier normalidad o de institucionalizarse. Esta relación no
debe invadir otros espacios, porque dicha relación ocupa un mundo privado, un espacio
completamente inaccesible para las relaciones normales.
Entre los derechos de una
musa está el ser admirada y amada sin precaución alguna por el artista. Su existencia
será la inspiración para la creación artística en todas sus formas. Y aquella
obra producto de tal admiración de cierta manera será inmortal (esto no está
condicionado por el posible reconocimiento cultural e histórico de la obra;
aquello que ha sido creado y existe ya goza de un inmortalidad ontológica
irrenunciable). La obra sobrevivirá al creador y su musa, y en eso radica su trascendencia,
y por ello ambos personajes deben cumplir sus respectivos roles con responsabilidad
y rigor. El artista y su musa deben saber que toda su historia —todo placer,
dolor y sufrimiento— sólo quedará justificada en la obra final, por ello todas
las escenas deben estar subordinadas a la belleza del producto final.
Por último, pensemos en
todas esas obras, en toda esa belleza que expresada a través de la forma, el color
o la palabra logró materializarse gracias a esa particular relación entre el
artista y su musa, relación muchas veces caricaturizada por la moral burguesa
que no comprende los valores que el artista debe inventar junto a su musa para
poder crear el mundo que iluminará su obra. Este mundo siempre habita al borde
del abismo, pero es justamente close to
the edge donde las emociones cobran mayor intensidad. Es el riesgo de caer
al abismo lo que le da valor a la obra, porque esa obra ha nacido de la
fatalidad, ahí donde la eminente posibilidad de ser destruido es lo que hace
que la creación resultante merezca existir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario