viernes, 12 de octubre de 2012

Deberes y derechos de una musa



Cada vez que escuchamos el nombre de un reconocido artista o escritor automáticamente pensamos en las mujeres que lo inspiraron. El arte y la literatura están repletos de casos de grandes artistas (y también pequeños) que han tenido una o varias musas que han jugado un rol decisivo para inspirar sus obras. Ciertamente el rol de musa también ha estado rodeado de cierto romanticismo trágico, un carácter imposible que al mismo tiempo inspira y causa desasosiego. Y es justo este carácter trágicamente inalcanzable el que convierte a una mujer en la musa de un creador.

Es cierto que esto no es nada nuevo, es una historia que se ha ido repitiendo durante siglos. Las musas que suelen alcanzar la fama lo hacen iluminadas por la fama de los artistas que las inmortalizaron; pero para poder inspirar a estos creadores no basta con meramente existir y dejarse contemplar. El rol de musa, como casi todo privilegio en la vida, tiene sus deberes y derechos. Así que atención a todas esas mujeres que hacen sufrir y crear a sus amantes: el rol que tienen no es tan fácil, más bien exige cuidado y dedicación.

Muy bien, ¿y cuáles son los deberes de una musa? Pues el primer deber de una musa es justamente no ser tan inalcanzable. Debe ser capaz de bajarse del pedestal y hacer sentir al artista que aprecia su rol, y que se preocupa por inspirar su obra adecuadamente. Una musa que siempre permanece alejada e indiferente no inspira creatividad sino frustración. Y la frustración suele ser poco creativa, es más bien destructiva. En muchos casos lo único que salva a un artista de sus tragedias es su capacidad para transformar ese dolor en creatividad, convertir sus demonios en una obra autónoma que puede existir desligada de su tortuoso origen.

Creo que muchas veces la gente que cae en una depresión o se deja tentar por el suicidio (el verbo «suicidarse» es incorrecto por su inadvertida redundancia semántica) es gente que al carecer de medios para convertir su dolor en obra recurre al alcohol, las drogas, buscan soluciones en terapias desesperadas, se entregan al fanatismo religioso o deciden poner fin a todo sufrimiento entregándose a la muerte. Todas estas elecciones tienen sus matices y podrían incluso ser razonables bajo ciertas circunstancias, pero creo que el poder de convertir el dolor en algo totalmente nuevo y luminoso es un poder invaluable.

Es verdad que hasta ahora he usado la figura de la musa en su acepción de figura femenina inalcanzable, y esto no sería totalmente correcto, pues existen muchas musas que inspiran a sus artistas con total correspondencia y entrega. Pero esa clase de musas deja de ser interesante justamente por su carácter alcanzable, se institucionaliza, de la misma manera en que el sexo salvaje empieza a domesticarse cuando cae en las miserias y rutinas del matrimonio.

El carácter predominantemente inalcanzable de la musa es lo explica porqué estas mujeres no suelen ser las esposas o parejas formales de los artistas, sino que casi siempre son sus amantes, «amores imposibles» o mujeres con las que por algún motivo u otro una relación formal no tiene cabida. Este carácter imposible y trágico es lo que hace más deseable a la musa. La relación es similar a la del caballero medieval y su dama, donde la dama casi siempre pertenecía a una clase social superior a la del caballero, y en esa estricta sociedad medieval ninguna mujer podría aceptar bajar de categoría para casarse con un inferior. La única solución era la de ser amantes clandestinos.

El deber, pues, de una musa es mantenerse a cierta distancia del artista; ser un satélite que al igual que una luna tiene momentos de mayor cercanía y lejanía. Pero por momentos debe dejarse alcanzar plenamente por su admirador y debe entregarse sin restricciones. Luego debe volver a ocupar su distancia. La entrega de la musa no implica necesariamente una entrega carnal (aunque por lo general lo es), puede ser de cualquier otra índole según la relación particular que tenga con el artista. Esta entrega es necesaria para que el artista sepa que su admiración no es del todo unilateral e estéril, que esa mujer que admira también es capaz de corresponderle momentáneamente en una existencia material y cercana. La musa debe ser capaz de mantener el interés del artista, para ello debe saber cuándo dejarse atrapar y cuándo alejarse. Básicamente debe ser capaz de mantener una dinámica de ambigüedad e incertidumbre. Cabe subrayar que una musa sólo tiene que inspirar al artista, y para esto no es necesario corresponderle plenamente.

Una musa debe ser capaz de reconocer aquellos momentos en que corresponde ser una mujer de carne y hueso, con debilidades e imperfecciones. Para hacer esto también debe reconocer el talento de su artista, y en cierto modo debe ser consciente de que si es capaz de inspirar al artista para crear belleza, tiene la responsabilidad de alimentar esa capacidad. Para ello debe motivar la admiración del creador. Una vez descubierto esto causa espanto imaginar cuántas obras quedaron incompletas por la torpeza de las musas que las inspiraron. Muchas mujeres, por juventud o timidez, fallan en reconocer la trascendencia de su rol, huyendo o rechazando al artista que las ha descubierto y con ello abortando cualquier empresa creativa.

Algunas musas también temen que un acercamiento demasiado humano con sus admiradores pueda alterar sus otras relaciones personales. Pero un artista entendido sabe que esos acercamientos no ponen en peligro el carácter imposible de la relación, más bien dichos encuentros sirven para reforzar esa trágica insuficiencia. Claro está que si un artista falla en comprender esta dinámica su musa tiene todo el derecho de alejarse definitivamente. Asimismo, las parejas de las musas no tienen derecho a sentir celos, menos aún si en calidad de novios no son capaces de crear belleza alguna. El rol del novio sólo sirve como un obstáculo más en ese carácter imposible que envuelve la relación entre la musa y el artista, pero de ninguna manera debe ser tomado en serio ni puede constituir una amenaza real para la obra.

La relación entre el artista y su musa habita en un mundo totalmente ajeno a todas las otras relaciones normales y establecidas por la sociedad burguesa. Este carácter ajeno también protege la relación de caer en cualquier normalidad o de institucionalizarse. Esta relación no debe invadir otros espacios, porque dicha relación ocupa un mundo privado, un espacio completamente inaccesible para las relaciones normales.

Entre los derechos de una musa está el ser admirada y amada sin precaución alguna por el artista. Su existencia será la inspiración para la creación artística en todas sus formas. Y aquella obra producto de tal admiración de cierta manera será inmortal (esto no está condicionado por el posible reconocimiento cultural e histórico de la obra; aquello que ha sido creado y existe ya goza de un inmortalidad ontológica irrenunciable). La obra sobrevivirá al creador y su musa, y en eso radica su trascendencia, y por ello ambos personajes deben cumplir sus respectivos roles con responsabilidad y rigor. El artista y su musa deben saber que toda su historia —todo placer, dolor y sufrimiento— sólo quedará justificada en la obra final, por ello todas las escenas deben estar subordinadas a la belleza del producto final.

Por último, pensemos en todas esas obras, en toda esa belleza que expresada a través de la forma, el color o la palabra logró materializarse gracias a esa particular relación entre el artista y su musa, relación muchas veces caricaturizada por la moral burguesa que no comprende los valores que el artista debe inventar junto a su musa para poder crear el mundo que iluminará su obra. Este mundo siempre habita al borde del abismo, pero es justamente close to the edge donde las emociones cobran mayor intensidad. Es el riesgo de caer al abismo lo que le da valor a la obra, porque esa obra ha nacido de la fatalidad, ahí donde la eminente posibilidad de ser destruido es lo que hace que la creación resultante merezca existir.


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