sábado, 19 de febrero de 2011

MECENAZGO ESTATAL PARA LA CREACIÓN ARTÍSTICA

¿Quién no conoce un artista, músico o escritor que no tenga que pasar la mayor parte de su tiempo dando clases o trabajando en cosas ajenas a su oficio para poder sobrevivir y así financiar su trabajo artístico? Como observador y protagonista de tal infortunio creo que se podría hacer algo por evitarlo. Propongo que el Estado sea el mecenas que el creador necesita. El resultado sería liberar al artista de trabajar en actividades ajenas a sus intereses, además de una verdadera democratización de la cultura. Asimismo, la especulación de los precios del arte sería menor y cualquier ciudadano corriente podría disfrutar de una obra de arte, pieza musical o un libro a un costo realmente asequible. La cultura no debería ser un lujo.

La creación artística sincera debería estar libre de las tentaciones y corrupciones del mercado, una obra no debería hacerse para ser vendida. La venta debería ser una consecuencia y no la causa de la obra. Obviamente, muchos artistas, temiendo no vender sus obras se adaptan al gusto del mercado o al gusto masivo cayendo en una especie de prostitución artística. Algunos dicen, convencidos de su propia honestidad: «hago esto para vender y aparte hago mi obra personal», como si ambas cosas no fuesen su obra. Si bien esto no sucedería en el mejor de los mundos posibles, se entiende que el artista tiene necesidades materiales y económicas como cualquier ciudadano común. Para evitar esta situación se podría recurrir a un sistema de mecenazgo efectivo que garantice la libertad y el sustento del artista en su proceso creativo.

El mecenazgo sería similar a un sistema de becas; el Estado le proporcionaría una pensión mensual al creador durante un año para que pueda vivir y dedicarse exclusivamente a su trabajo artístico, sea artista plástico, músico, escritor, performer, etc. Al finalizar el año el artista tendrá que presentar sus obras, y sin duda será necesario convocar un jurado que evalúe la calidad y seriedad de la obra presentada. Siendo el Estado el mecenas, tendrá también el derecho y la obligación de gestionar las obras, dedicándose a la comercialización y difusión de las mismas, como hace el tradicional manager o representante. Al igual que se hace con la venta de libros, el artista podría recibir un porcentaje de las ventas como incentivo extra. Pero al ser auspiciado por el Estado para poder hacer su obra, el artista no podrá recibir grandes compensaciones económicas por la venta directa de sus obras, ya que éstas serían gestionadas por su mecenas estatal. El objetivo es que al evitar transacciones económicas privadas las obras puedan difundirse directamente entre el gran público a precios razonables. En el caso de músicos y escritores sería bastante sencillo ya que su obra puede publicarse en formatos económicos y en tirajes ilimitados. En el caso de las piezas únicas de artistas plásticos sería más complicado. Evidentemente, el carácter único de la obra le da más valor, pero igualmente el Estado tendría que buscar la manera de ofrecer la obra al mercado a un precio razonable para evitar que sólo sea comprado por las élites pudientes o coleccionistas con fines especulativos.

Los artistas cuyo trabajo implica actuaciones en vivo, como músicos, bailarines o actores de teatro, podrán gestionar sus propios conciertos y funciones para recibir un ingreso extra sin intermediarios, pero el disco u obra de teatro será publicada por el Estado en un formato económico como un objeto cultural que no pretende ser un objeto de lujo. Los músicos se quejan frecuentemente de la piratería y la pérdida en sus ganancias por la cultura del «todo gratis». Lógicamente, al músico le fastidia ver que todo el mundo puede escuchar su música gratis, sin recibir una compensación por su esfuerzo y trabajo artístico; pero con el sistema de mecenazgo el músico podrá crear su música sin pensar en las pérdidas económicas y además sabiendo que cualquier persona podrá escuchar su música a un precio razonable sin necesidad de recurrir a la piratería. Un músico que verdaderamente está interesado en su música quiere ser escuchado, antes que sólo ganar dinero por sus discos. Además, el Estado no favorecerá unas tendencias estéticas en detrimento de otras, no estará sujeto a la tiranía de la moda y el mal gusto masivo; como Estado tendrá que garantizar la presencia de distintos estilos de arte, música y literatura para satisfacer una demanda cultural heterogénea. De esta manera, los artistas que hagan obras alejadas del gusto popular o de las modas pasajeras tendrán su trabajo garantizado (incluyendo worst-sellers en vez de best-sellers). Con esto evitaremos esa patética situación en que un buen músico se “pacharaquea” para poder vender más discos o ser amado por las masas.

Insisto, el producto cultural no debería ser un objeto de lujo. Existe mucho talento desperdiciado en el mundo, mucho talento frustrado ante las exigencias y presiones del mercado y la lucha por sobrevivir. Algunos podrán argumentar que sólo los artistas verdaderamente talentosos logran vivir de su obra y eso es justamente la demostración de su talento; algo así como una implacable «selección creativa», pero esta forma de razonar tiene sus complejidades. Si bien es verdad que los artistas exitosos en general lo son porque tienen talento, es también por haber tenido la suerte de ser reconocidos por una comunidad con influencia de opinión o por adecuarse al gusto de un mercado pudiente. ¿Pero acaso el talento se mide por la oportuna compatibilidad con el gusto que lo mide? Es una pregunta difícil, muchas veces la obra no se adecua al gusto de sus contemporáneos. Pensemos en el clásico ejemplo de los artistas que vivieron en la miseria y que tras morir fueron «descubiertos» y cuyas obras actualmente alcanzan precios obscenos (no quería citar el trillado ejemplo de van Gogh, pero seguramente el lector ya lo había imaginado). Es realmente perverso que un artista tenga que vivir en la miseria y que sólo al morir su obra sea valorada. Para evitar estos casos, un sistema de mecenazgo garantizaría la obra del artista y una vida digna. Quizás el artista no se hará rico, pero al menos podría dedicarse a su arte sin problemas y sin pensar en cómo pagar el alquiler y otras cuentas vulgares. Con esto no todos los artistas serán reconocidos como talentosos, pero todos los creadores podrán crear y para eso han dedicado tantos años de estudio. No tiene sentido que existan tantas escuelas de arte y música para gente que luego tendrá que dedicarse a otra cosa para vivir.

Esos famosos cuadros clásicos que vemos en nuestras esporádicas visitas al museo fueron pintados por artistas que tuvieron la suerte de ser apoyados por algún mecenas de la corte. Sin ese apoyo nunca hubiesen podido hacer gran cosa. Pensemos ahora en todos aquellos cuadros imaginados que nunca se pintaron, las esculturas que nunca tomaron forma, las historias que no se escribieron, las melodías que nunca sonaron, todas esas ideas estéticas que quedaron en papel para terminar en el olvido. Muchas veces me estremece pensar en las todas esas nuevas ideas ―chispazos en las tinieblas de la normalidad― que se comparten en las conversaciones cotidianas, quizás en los bares, en las reuniones domésticas, en los viajes en autobús. Ideas que nunca toman forma para desaparecer en la nada. Pasa algo muy parecido con los artistas, muchos tienen ideas geniales pero no tienen medios ni un público que las valore. Condenados al destierro artístico, deben trabajar en el mundo real, muchas veces disfrazados con saco y corbata imitando la gravedad y falta de gracia de un businessman. Alienados y confundidos, han olvidado el propósito inicial de su vida, y pasan el tiempo creando dinero en vez de crear belleza.

viernes, 11 de febrero de 2011

LAS MISERIAS DEL MONOTEÍSMO

A todos aquellos creyentes que no pueden perder la fe y ser ateos como yo les recomiendo que se conviertan al politeísmo (pero no teman, con esto no tienen que renunciar a su dios favorito, sólo deben incluir otros). Ahora les explicaré por qué. El monoteísmo conduce inevitablemente a una pobreza intelectual, imaginativa y cultural. Las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e Islam) son igualmente nefastas en este sentido, sin considerar sus creencias o sistemas morales. El monoteísmo afirma que existe un solo dios, una sola verdad, una sola racionalidad, una sola interpretación válida del mundo, negando los otros relatos que desprecia como erróneas o falsas.

La validez epistemológica de cada religión no está en duda ni es el tema tratar, lo que se discute es la viabilidad y las ventajas históricas y culturales del monoteísmo. Yo afirmo que en conjunto el monoteísmo como sistema de creencias es perjudicial, y la historia corrobora mi tesis. Pensemos primero en la diversidad filosófica y cultural que existió en las sociedades politeístas antiguas, y luego cómo esa variedad desapareció o cayó en la clandestinidad durante la Edad Media, época en que el monoteísmo se estableció definitivamente. Durante la época de mayor esplendor helenística existió en Grecia una gran diversidad de formas de pensamiento, y todas convivían con cierta tolerancia, enfrentándose en combates filosóficos y dialécticos, pero sin recurrir a las implacables hogueras que siglos después iluminaron los cielos católicos medievales.

En la antigua Grecia existió, además del idealismo-platonista, una gran tradición de diversas escuelas filosóficas, como los atomistas liderados por el materialismo de Demócrito, los pitagóricos, estoicos, cínicos y los hedonistas de Epicuro, además de los escépticos y los sofistas relativistas como Protágoras. Aunque, como sabemos, finalmente ganó el idealismo de Platón ―que luego fue absorbido y reciclado por el cristianismo―, antes de esta tragedia filosófica todas las formas de pensamiento tenían derecho a existir y a defender sus ideas abiertamente dando lugar a una riqueza intelectual que nunca antes había existido en la historia de la civilización europea. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el monoteísmo? Con la implantación del monoteísmo judeocristiano toda esa multiplicidad de riqueza intelectual desapareció. No es coincidencia que la Edad Media se asienta con el triunfo del cristianismo y la caída del Imperio romano.

No es necesario repetir aquí toda la historia de la represión intelectual, religiosa, científica e imaginativa que ejerció la Iglesia católica durante esos siglos oscuros. Todos conocemos la historia de la Inquisición con sus torturas y hogueras; pero más importante que la crueldad de la represión religiosa son las terribles consecuencias en la historia del pensamiento: una sola cosmovisión, una sola verdad indiscutible, una interpretación absoluta de la realidad y del universo físico, moral y estético. Esta tiranía significó la muerte de la heterogeneidad intelectual. El politeísmo antiguo era útil para crear un ambiente de tolerancia y favorecer formas distintas de entender e interpretar el mundo. Cuando los romanos conquistaban pueblos bárbaros eran tolerantes con las creencias de los vencidos porque sabían que la religión era una forma de consuelo espiritual importante para los creyentes. Toleraban la religión de las provincias (etimológicamente pro vinci, «el lugar de los vencidos») mientras que aceptasen la religión oficial del estado romano; pero el politeísmo romano no se tomaba con la seriedad con la que se tomaba al dios único, sino más bien como un complejo sistema burocrático ideado para reafirmar el poder del estado. Al mismo tiempo que toleraban la religión de los vencidos también absorbían sus dioses y los latinizaban; un claro ejemplo es la importación de dioses griegos y egipcios a la galería de los dioses romanos. Al hacer esta apropiación también importaban formas de pensar y hacer, nuevas técnicas y descripciones de la realidad que indudablemente enriquecieron su mundo.

La misma estrechez de pensamiento existe en el Islam, con la diferencia de que en Oriente no existió la riqueza filosófica que sí había en Occidente (la filosofía, en un sentido estricto, es un invento occidental). Las tres religiones monoteístas coinciden en negar la existencia de otros dioses competidores. Cada religión se declara como la «verdadera y única», eliminando con esto la posibilidad de absorber nuevas ideas de otras creencias. Tras el fin de los mil años de oscuridad y con el proceso de secularización de la Ilustración y la separación del Estado y la Iglesia, la mente humana recuperó cierta libertad de pensamiento y se liberó del temor al castigo divino.

Cuando discuto estos temas mucha gente concluye su argumentación afirmando con satisfacción: «en todas las culturas ha existido en el hombre una tendencia a creer en algo superior». Quizás sea cierto, pero es lamentable que exista una inclinación humana a someterse y arrodillarse ante poderes invisibles e imaginados, como si el hombre no pudiese soportar la libertad y quisiera volver al tutelaje de un dios-padre que le reprima y controle, como un niño. Pero pensándolo bien, si el hombre no es capaz de aguantar la absoluta libertad de acción que tiene a su disposición, entonces no merece tenerla, bien merece ser encadenado y dominado por sus dioses iracundos y egoístas. La paradoja del hombre existencialmente huérfano es haber inventado dioses para tener un creador y así aliviar su soledad metafísica.

Ahora que el politeísmo fue aplastado y sólo sobrevive en pequeñas sociedades tribales cuyos miembros cazan y recogen frutos en taparrabos, sólo queda el choque de las dos grandes religiones monoteístas. Lamentablemente, por definición, ambas partes son irreconciliables y excluyentes, la afirmación de una implica la negación de la otra. Esto contradice profundamente la tendencia a la globalización cultural y económica del mundo. Admitámoslo, las religiones totalitarias no pueden fundirse en una gran religión universal del tipo We are the world… En cambio, si la historia hubiese sido otra, si el politeísmo hubiese sido la norma teológica, la tolerancia y la convivencia religiosa serían objetivos menos utópicos. Pero las cosas son como son. En un futuro no muy lejano finalmente el Islam saldrá victorioso de esta guerra entre Occidente y Oriente, sencillamente porque el Islam es una religión guerrera y expansiva, mientras que el carácter misionero del cristianismo está en constante declive. El cristianismo, aunque tiene como aliado al poderoso capitalismo, dejó de tomarse en serio contaminado por las ideas liberales y seculares de la Ilustración y tuvo que moderarse, debilitándose e iniciando con esto su propia decadencia. En cambio, una religión que no admite críticas ni reinterpretaciones ―en algunos casos bajo amenaza de decapitación― es una religión fuerte y conquistadora.

En un mundo ideal el monoteísmo no existiría, y de haber dioses habría muchos; algunos buenos, otros malvados, borrachos, libertinos, generosos o mezquinos, tal como es el ser humano. Con esto la libertad de pensamiento no tendría límites. Pero como esto no es así, y lamentablemente vivimos en el mundo real, quizás nos convendría empezar la lectura del Corán.