A todos aquellos creyentes que no pueden perder la fe y ser ateos como yo les recomiendo que se conviertan al politeísmo (pero no teman, con esto no tienen que renunciar a su dios favorito, sólo deben incluir otros). Ahora les explicaré por qué. El monoteísmo conduce inevitablemente a una pobreza intelectual, imaginativa y cultural. Las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e Islam) son igualmente nefastas en este sentido, sin considerar sus creencias o sistemas morales. El monoteísmo afirma que existe un solo dios, una sola verdad, una sola racionalidad, una sola interpretación válida del mundo, negando los otros relatos que desprecia como erróneas o falsas.
La validez epistemológica de cada religión no está en duda ni es el tema tratar, lo que se discute es la viabilidad y las ventajas históricas y culturales del monoteísmo. Yo afirmo que en conjunto el monoteísmo como sistema de creencias es perjudicial, y la historia corrobora mi tesis. Pensemos primero en la diversidad filosófica y cultural que existió en las sociedades politeístas antiguas, y luego cómo esa variedad desapareció o cayó en la clandestinidad durante la Edad Media, época en que el monoteísmo se estableció definitivamente. Durante la época de mayor esplendor helenística existió en Grecia una gran diversidad de formas de pensamiento, y todas convivían con cierta tolerancia, enfrentándose en combates filosóficos y dialécticos, pero sin recurrir a las implacables hogueras que siglos después iluminaron los cielos católicos medievales.
En la antigua Grecia existió, además del idealismo-platonista, una gran tradición de diversas escuelas filosóficas, como los atomistas liderados por el materialismo de Demócrito, los pitagóricos, estoicos, cínicos y los hedonistas de Epicuro, además de los escépticos y los sofistas relativistas como Protágoras. Aunque, como sabemos, finalmente ganó el idealismo de Platón ―que luego fue absorbido y reciclado por el cristianismo―, antes de esta tragedia filosófica todas las formas de pensamiento tenían derecho a existir y a defender sus ideas abiertamente dando lugar a una riqueza intelectual que nunca antes había existido en la historia de la civilización europea. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el monoteísmo? Con la implantación del monoteísmo judeocristiano toda esa multiplicidad de riqueza intelectual desapareció. No es coincidencia que la Edad Media se asienta con el triunfo del cristianismo y la caída del Imperio romano.
No es necesario repetir aquí toda la historia de la represión intelectual, religiosa, científica e imaginativa que ejerció la Iglesia católica durante esos siglos oscuros. Todos conocemos la historia de la Inquisición con sus torturas y hogueras; pero más importante que la crueldad de la represión religiosa son las terribles consecuencias en la historia del pensamiento: una sola cosmovisión, una sola verdad indiscutible, una interpretación absoluta de la realidad y del universo físico, moral y estético. Esta tiranía significó la muerte de la heterogeneidad intelectual. El politeísmo antiguo era útil para crear un ambiente de tolerancia y favorecer formas distintas de entender e interpretar el mundo. Cuando los romanos conquistaban pueblos bárbaros eran tolerantes con las creencias de los vencidos porque sabían que la religión era una forma de consuelo espiritual importante para los creyentes. Toleraban la religión de las provincias (etimológicamente pro vinci, «el lugar de los vencidos») mientras que aceptasen la religión oficial del estado romano; pero el politeísmo romano no se tomaba con la seriedad con la que se tomaba al dios único, sino más bien como un complejo sistema burocrático ideado para reafirmar el poder del estado. Al mismo tiempo que toleraban la religión de los vencidos también absorbían sus dioses y los latinizaban; un claro ejemplo es la importación de dioses griegos y egipcios a la galería de los dioses romanos. Al hacer esta apropiación también importaban formas de pensar y hacer, nuevas técnicas y descripciones de la realidad que indudablemente enriquecieron su mundo.
La misma estrechez de pensamiento existe en el Islam, con la diferencia de que en Oriente no existió la riqueza filosófica que sí había en Occidente (la filosofía, en un sentido estricto, es un invento occidental). Las tres religiones monoteístas coinciden en negar la existencia de otros dioses competidores. Cada religión se declara como la «verdadera y única», eliminando con esto la posibilidad de absorber nuevas ideas de otras creencias. Tras el fin de los mil años de oscuridad y con el proceso de secularización de la Ilustración y la separación del Estado y la Iglesia, la mente humana recuperó cierta libertad de pensamiento y se liberó del temor al castigo divino.
Cuando discuto estos temas mucha gente concluye su argumentación afirmando con satisfacción: «en todas las culturas ha existido en el hombre una tendencia a creer en algo superior». Quizás sea cierto, pero es lamentable que exista una inclinación humana a someterse y arrodillarse ante poderes invisibles e imaginados, como si el hombre no pudiese soportar la libertad y quisiera volver al tutelaje de un dios-padre que le reprima y controle, como un niño. Pero pensándolo bien, si el hombre no es capaz de aguantar la absoluta libertad de acción que tiene a su disposición, entonces no merece tenerla, bien merece ser encadenado y dominado por sus dioses iracundos y egoístas. La paradoja del hombre existencialmente huérfano es haber inventado dioses para tener un creador y así aliviar su soledad metafísica.
Ahora que el politeísmo fue aplastado y sólo sobrevive en pequeñas sociedades tribales cuyos miembros cazan y recogen frutos en taparrabos, sólo queda el choque de las dos grandes religiones monoteístas. Lamentablemente, por definición, ambas partes son irreconciliables y excluyentes, la afirmación de una implica la negación de la otra. Esto contradice profundamente la tendencia a la globalización cultural y económica del mundo. Admitámoslo, las religiones totalitarias no pueden fundirse en una gran religión universal del tipo We are the world… En cambio, si la historia hubiese sido otra, si el politeísmo hubiese sido la norma teológica, la tolerancia y la convivencia religiosa serían objetivos menos utópicos. Pero las cosas son como son. En un futuro no muy lejano finalmente el Islam saldrá victorioso de esta guerra entre Occidente y Oriente, sencillamente porque el Islam es una religión guerrera y expansiva, mientras que el carácter misionero del cristianismo está en constante declive. El cristianismo, aunque tiene como aliado al poderoso capitalismo, dejó de tomarse en serio contaminado por las ideas liberales y seculares de la Ilustración y tuvo que moderarse, debilitándose e iniciando con esto su propia decadencia. En cambio, una religión que no admite críticas ni reinterpretaciones ―en algunos casos bajo amenaza de decapitación― es una religión fuerte y conquistadora.
En un mundo ideal el monoteísmo no existiría, y de haber dioses habría muchos; algunos buenos, otros malvados, borrachos, libertinos, generosos o mezquinos, tal como es el ser humano. Con esto la libertad de pensamiento no tendría límites. Pero como esto no es así, y lamentablemente vivimos en el mundo real, quizás nos convendría empezar la lectura del Corán.
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