miércoles, 22 de octubre de 2008

WORDS FROM THE HILL

We can remember still the days when we were almost happy
counting dead flies by the window sill on endless lazy summer afternoons.

But now
alone on our mountain we stand
unarmed and helpless
like trees looking down upon the field
where once our hearts held their last battle
abandoned remains of a broken shield.

Though we survived due to retreat
we must now live only to suffer the pain of our defeat.

Hopeless like fish out of water
we wait for time to forget.

Deep inside we know that one day down below
while sleeping on this sad mound
flowers will rise
there upon the forgotten blood stained ground.

jueves, 16 de octubre de 2008

CARTA DE QUEJA AL CIELO

Estimado Dios:

Acabamos de leer en el diario dominical la noticia que anuncia tu inexistencia, y ahora mis compañeros han quedado sin rumbo desconcertados y llenos de incertidumbre. Y por tu escandalosa irrealidad y malas artes queremos presentar aquí nuestra más sincera y razonable queja. Ahora solamente estamos seguros de que vamos a morir y que después de muertos no vamos a ir a ninguna parte; ni paraísos celestiales ni infiernos abominables. Se acabaron los ángeles regordetes y los demonios cornudos. No hay tierra prometida ni final feliz. Sólo hay final.

Siempre nos pareció sospechoso que se pudiera describir muy bien el infierno; en cambio, nunca se ha publicado detalle alguno del cielo. Queremos que sepas que este futuro postmortem nos parece muy aburrido. Algunos de mis compañeros —antes creyentes tuyos— han preferido morir argumentando que no tenían ya ningún motivo por el cual vivir. Ninguno de nosotros hizo nada por detenerles pues tampoco teníamos motivos para convencerles de lo contrario. Sin embargo, hemos decidido mantenernos a flote nadando entre la nada. Nuestra única motivación es la curiosidad. La irresistible seducción creada por el devenir de los acontecimientos. La morbosa espera de lo inesperado. Como alguna vez dijo un filósofo francés bizco y muy feo: si tú no existes todo está permitido.

Alguien, con muy buenas intenciones, anunció pomposamente que era necesario reinventar una nueva escala de valores basado en el mundo material, que era lo único que quedaba tras tu desaparición ya que tus viejos mandamientos ya no servían para nada. Reinstalamos entonces la filosofía de un antiguo filósofo griego cuyo nombre hemos olvidado. Según su planteamiento el bien era el placer y el mal era el dolor, así nuestros problemas morales serían simples y reductibles a ponderación empírica. Debemos confesar que en tu ausencia el pecado campa a sus anchas con total impunidad. Disfrutamos ahora de días de hedonismo desenfrenado, bacanales de comida y sexo ilimitado. Más bien, ahora estamos pensando demandarte por publicidad engañosa, perjuicio moral y hacernos sentir culpables por disfrutar de la vida. Ya recibirás noticias de nuestros abogados.

Cierto día, creo que un martes, un hombre dijo curiosamente que la comida y el sexo no bastaban, había que reinstalar el amor y el deseo; necesitábamos, dijo, medios irreales para gozar y sufrir pues el hombre no puede satisfacerse solamente con los bienes materiales. El mencionado hombre se entregó al amor y luego murió. Pobre diablo, en una semana devino en un cadáver enamorado. El amor, nos dijeron, es irracional y misterioso y se instala en el corazón de los hombres y los conduce a lugares peligrosos. A diferencia de los otros, a éste lo enterramos. Nadie rezó ni dijo nada, pues tú ya no existías, pero nos quedamos un rato en silencio como si la muerte de aquel hombre tuviese en nuestras vidas algún significado particular.

Otro hombre dijo que la felicidad debía estar en el dinero y que había que depositar toda esperanza en la riqueza material. Este hombre hizo fortuna a costa de las necesidades de otros hombres y, según dicen, fue feliz comprando cosas cada vez que se ponía triste. Compró una casa, un automóvil y una mujer bonita, tres cosas con la que, según algunos entendidos, un hombre puede ser feliz sin hacer más preguntas.

A veces nos levantamos temprano para agradecer al sol mientras ilumina lentamente todas las cosas que tenemos a nuestra disposición. Es fascinante ver tantas cosas esperando a que le demos sentido. La diversidad nos hace pensar que en ella habría alguna promesa o alguna tarea por realizar. Muchas veces pensamos en reventar convencidos de que habría poco que perder, pero siempre aparece alguna maldita esperanza, un instante de inevitable renacimiento metafísico que nos mantiene con vida al menos hasta la comida siguiente. Ya no te necesitamos y nos aferramos a la vida sin razón alguna pues hemos comprendido que su gratuidad es tal que podemos prescindir de toda justificación. Aún así, es muy probable que a alguien se le ocurra reinventarte sólo para creer en cualquier cosa que no sea la realidad. Sabes bien que la gente aguanta muy mal el mundo real y con esa lamentable humana debilidad has fingido tu existencia durante ya demasiado tiempo.

Después de comer nos echamos la siesta y no pensamos más en nada. Y así, en actividad vegetativa, podemos vivir la felicidad de las plantas en un día soleado. Sin ideas, sin deseo, sin temor y sin dios.

lunes, 6 de octubre de 2008

CARTA A UNA MUJER DE HIELO

Hermosa mujer de la punta del iceberg:

El verano pasado encontramos un mamut en el permafrost buscando tu congelado corazón. Nos trajimos uno de los colmillos de recuerdo. Le hicimos un hueco y a veces lo usamos de collar. Sólo molesta un poco en el metro en las horas punta.

¿Alguna vez has visto, en tus solitarios paseos helados, al famoso yeti? ¿Es verdad que tiene patas gigantes? Hablando de patas, en el viaje de regreso, con el colmillo a cuestas, se nos congelaron varios dedos del pie; se cayeron algunos y hasta ahora no estamos seguros de en qué orden colocarlos. Nos han dicho que con tres dedos basta para caminar bien. Por el momento cojeamos un poco pero tampoco se nota demasiado.

En aquellos días teníamos en la cueva un fogón que nos daba luz y permitía el mantenimiento de nuestras funciones vitales. Desde ahí podíamos ver la extensión del desierto helado que habías creado entre los tres. Recuerdo que varias veces se nos cayó la nariz intentando cruzarlo. El frío a veces paralizaba también los pensamientos que quedaban congelados juntos a tu imagen, esa que nos dejaste alejándote sobre la nieve sin mirar atrás.

Los osos polares son bonitos y nos preguntamos por qué siempre ignoraban nuestra carne, tibia y suave.

Ahí estábamos, el hombre de nieve y los dos, esperando la tormenta. Nos gusta la incontestable realidad de lo inevitable. Hay cierta traición en querer evitar que las cosas sigan el hermoso curso de los elementos. El hombre de nieve murió de insolación, pero creo que no sufrió, al menos mientras se derretía no se quejó.

El sol ha salido hoy y estamos contentos y de buen humor. Tal vez salgamos a dar un paseo antes de que vuelvan las tinieblas. Tú sigues estando lejos y todo lo demás está donde debe estar y ahora disfrutamos de una inesperada lucidez, tranquila y cálida, como si estuviésemos seguros de la próxima calamidad.