Estimado Dios:
Acabamos de leer en el diario dominical la noticia que anuncia tu inexistencia, y ahora mis compañeros han quedado sin rumbo desconcertados y llenos de incertidumbre. Y por tu escandalosa irrealidad y malas artes queremos presentar aquí nuestra más sincera y razonable queja. Ahora solamente estamos seguros de que vamos a morir y que después de muertos no vamos a ir a ninguna parte; ni paraísos celestiales ni infiernos abominables. Se acabaron los ángeles regordetes y los demonios cornudos. No hay tierra prometida ni final feliz. Sólo hay final.
Siempre nos pareció sospechoso que se pudiera describir muy bien el infierno; en cambio, nunca se ha publicado detalle alguno del cielo. Queremos que sepas que este futuro postmortem nos parece muy aburrido. Algunos de mis compañeros —antes creyentes tuyos— han preferido morir argumentando que no tenían ya ningún motivo por el cual vivir. Ninguno de nosotros hizo nada por detenerles pues tampoco teníamos motivos para convencerles de lo contrario. Sin embargo, hemos decidido mantenernos a flote nadando entre la nada. Nuestra única motivación es la curiosidad. La irresistible seducción creada por el devenir de los acontecimientos. La morbosa espera de lo inesperado. Como alguna vez dijo un filósofo francés bizco y muy feo: si tú no existes todo está permitido.
Alguien, con muy buenas intenciones, anunció pomposamente que era necesario reinventar una nueva escala de valores basado en el mundo material, que era lo único que quedaba tras tu desaparición ya que tus viejos mandamientos ya no servían para nada. Reinstalamos entonces la filosofía de un antiguo filósofo griego cuyo nombre hemos olvidado. Según su planteamiento el bien era el placer y el mal era el dolor, así nuestros problemas morales serían simples y reductibles a ponderación empírica. Debemos confesar que en tu ausencia el pecado campa a sus anchas con total impunidad. Disfrutamos ahora de días de hedonismo desenfrenado, bacanales de comida y sexo ilimitado. Más bien, ahora estamos pensando demandarte por publicidad engañosa, perjuicio moral y hacernos sentir culpables por disfrutar de la vida. Ya recibirás noticias de nuestros abogados.
Cierto día, creo que un martes, un hombre dijo curiosamente que la comida y el sexo no bastaban, había que reinstalar el amor y el deseo; necesitábamos, dijo, medios irreales para gozar y sufrir pues el hombre no puede satisfacerse solamente con los bienes materiales. El mencionado hombre se entregó al amor y luego murió. Pobre diablo, en una semana devino en un cadáver enamorado. El amor, nos dijeron, es irracional y misterioso y se instala en el corazón de los hombres y los conduce a lugares peligrosos. A diferencia de los otros, a éste lo enterramos. Nadie rezó ni dijo nada, pues tú ya no existías, pero nos quedamos un rato en silencio como si la muerte de aquel hombre tuviese en nuestras vidas algún significado particular.
Otro hombre dijo que la felicidad debía estar en el dinero y que había que depositar toda esperanza en la riqueza material. Este hombre hizo fortuna a costa de las necesidades de otros hombres y, según dicen, fue feliz comprando cosas cada vez que se ponía triste. Compró una casa, un automóvil y una mujer bonita, tres cosas con la que, según algunos entendidos, un hombre puede ser feliz sin hacer más preguntas.
A veces nos levantamos temprano para agradecer al sol mientras ilumina lentamente todas las cosas que tenemos a nuestra disposición. Es fascinante ver tantas cosas esperando a que le demos sentido. La diversidad nos hace pensar que en ella habría alguna promesa o alguna tarea por realizar. Muchas veces pensamos en reventar convencidos de que habría poco que perder, pero siempre aparece alguna maldita esperanza, un instante de inevitable renacimiento metafísico que nos mantiene con vida al menos hasta la comida siguiente. Ya no te necesitamos y nos aferramos a la vida sin razón alguna pues hemos comprendido que su gratuidad es tal que podemos prescindir de toda justificación. Aún así, es muy probable que a alguien se le ocurra reinventarte sólo para creer en cualquier cosa que no sea la realidad. Sabes bien que la gente aguanta muy mal el mundo real y con esa lamentable humana debilidad has fingido tu existencia durante ya demasiado tiempo.
Después de comer nos echamos la siesta y no pensamos más en nada. Y así, en actividad vegetativa, podemos vivir la felicidad de las plantas en un día soleado. Sin ideas, sin deseo, sin temor y sin dios.
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