viernes, 24 de febrero de 2012

ETOLOGÍA DE LA PELUSA

Toda estrategia parece inútil. Seguimos perdiendo la batalla contra las pelusas que continúan acumulándose sigilosamente en los rincones. La creencia popular les otorga una existencia residual producto de la falta de limpieza que a su vez incrementa la entropía; esto sugiere que las pelusas tienen una presencia pasiva abandonada a los elementos y a las ciegas fuerzas de la gravedad. Pero nosotros las hemos visto moverse en silencio (obviamente tuvimos que fingir que mirábamos hacia otro lado). Hasta donde sabemos, no existe una etología de la pelusa, así que publicamos aquí el primer principio conductual: las pelusas dejan de moverse cuando alguien las mira.

La cantidad de especies actualmente existentes es desconocida, pero al menos las que hemos logrado observar son de color gris. Claro que su color y forma también dependerán, según los postulados darwinistas, de las particulares condiciones del entorno. Todas nuestras observaciones por descubrir el origen material de las pelusas dieron resultados insatisfactorios, por lo tanto, no tenemos otra alternativa que admitir que las pelusas crecen por generación espontánea. Su actividad puede ser muy intensa durante las horas nocturnas protegidas por la oscuridad, y si se les permite reproducirse libremente, con el tiempo tienden a juntarse en grupos aparentemente desordenados. Al comienzo viven solas, pero pronto se juntan en pequeñas bandas de tres o cuatro individuos. La evidencia disponible señala que deben tener una sociedad tribal, aunque sin una jerarquía establecida. A simple vista su acumulación parece ser pura entropía sin sentido. Pero las pelusas tienen una existencia mucho más compleja, y posiblemente tengan un plan oculto. Sabemos que esto puede sonar un poco exagerado, pero tenemos motivos suficientes para sospechar que esconden una gran conspiración universal.

A primera vista son inofensivas y pacíficas, pero se muestran bastante hostiles frente a algunos objetos domésticos, como escobas y recogedores, negándose a caer en la papelera y aferrándose obstinadamente a los filamentos de la escoba. Muestran una predilección por los climas secos y soleados. Detestan el agua y la humedad. De hecho, por lo general suelen morir al contacto con el agua y los pocos ejemplares que sobrevivieron tras mojarse nunca lograron recuperar su forma original. No les gustan las alturas, así que se instalan casi siempre en el suelo y en los lugares menos accesibles, pues saben que de quedar expuestas serían más fáciles de cazar. Esto también sugiere que quizás sufran de agorafobia. Asimismo, han demostrado dominar el arte del camuflaje cuando se esconden exitosamente en las alfombras.

En general se cree que las pelusas son mudas, pero esto es otro mito popular producto del temor y la falta de observación. Las pelusas saben que les conviene no ser escuchadas, así que han logrado desarrollar un sistema lingüístico que sincroniza sus estridentes fonemas con los ruidos domésticos donde habitan. Las que habitan en el salón, por ejemplo, sincronizan sus fonemas pelusianos al tictac del ruidoso reloj que cuelga en la pared. Otros, los que habitan en la cocina, esperan pacientemente el golpe seco de la puerta del refrigerador o del microondas. Las que ocupan el baño son particularmente locuaces; incluso suelen gritar pues el baño está habitualmente lleno de ruidos contundentes.

Si las pelusas eventualmente lograsen conquistar el mundo (sin duda, no es una posibilidad tan descabellada) quizás tendremos que invertir el proceso actual; tendremos que limpiar y retirar las cosas que las rodeaban. Entonces tras la limpieza quedarán orgullosas y esponjosas pelusas gigantes. Las libraremos de todo aquello que hasta ahora las acompañan en su discreto crecimiento, los objetos con las que cohabitan en su entorno natural: muebles, zapatos, monedas, pies, cables y todas aquellas cosas que durante tanto tiempo obstaculizaron su imperiosa e inminente expansión.