domingo, 16 de enero de 2011

COMER Y SER COMIDO: EL RECICLAJE DEL CUERPO

Ahora que todos somos ecologistas simpáticos y sensibles, y que reciclamos la basura en contenedores multicolores separando cuidadosamente el plástico del papel y de los restos orgánicos (o al menos eso decimos hacer), ha llegado el momento de tomarse el reciclaje en serio y afrontar el problema del cadáver humano. Sabemos que la muerte es un tema delicado (nadie quiere cargar con el muerto) pero debemos enfocar el asunto desde el punto de vista biológico y natural: somos una especie más en el planeta, pero a diferencia de todas las demás, nuestro cuerpo se desperdicia al morir sin servir de alimento más que a gusanos y a seres microscópicos. Esto es una costumbre evidentemente egoísta e ingrata con el mundo natural del cual nos hemos servido durante toda la vida; hemos criado, matado y comido miles de animales para nuestras necesidades alimenticias, pero cuando morimos no dejamos que nadie nos coma. Me extraña que hasta ahora nadie haya denunciado esta humana injusticia.

Este desperdicio de alimento y energía es imperdonable cuando tenemos en cuenta que ahora somos una plaga para el planeta (los demógrafos ya advierten que este año cruzaremos la barrera de los siete mil millones de personas). ¿A dónde va a parar toda esa carne inservible? Se pudre en pequeños nichos de cemento, y en los casos de incineración es aún peor, ni los gusanos aprovechan nuestro cuerpo ―protegido por los tabúes impuestos por nuestras extrañas creencias religiosas y metafísicas―. Como especie somos muy egoístas y desagradecidos con la naturaleza. Nuestro modus vivendi está enfocado en consumir y acumular, pero no para contribuir con el planeta y los demás animales. Somos depredadores ingratos. Todas las especies que viven en un ecosistema forman parte de un delicado equilibro ecológico con los demás animales y vegetales que comparten su hábitat. Claro que lo hacen de manera inconsciente, no tienen una conciencia ecológica, pero eso es lo de menos, lo que importa es que su conducta contribuye oportunamente a su hábitat, así sean depredadores, carroñeros o presas, todos forman parte de una cadena donde todos comen y al final son comidos. Pero nuestra especie es la excepción. Nuestra alienación cada vez mayor del mundo natural nos hace pensar que sólo debemos recibir sin dar nada a cambio. Nuestra sofisticación cultural y tecnológica nos conduce a un abandono de nuestras funciones como seres vivos en un planeta también vivo.

El transplante de órganos de donantes vivos y muertos es un hecho ya cotidiano. Esto también es una forma efectiva de reciclaje, por lo tanto no veo razón alguna para no reciclar el cuerpo una vez muerto y convertirlo en una fuente de alimento para otros animales. Admito que aún no estamos preparados para el canibalismo organizado, pero en realidad, el espanto visceral ante la idea de comerse al vecino no está basado en restricciones religiosas y morales, eso sólo es el refuerzo social y sicológico para convencer sin esfuerzo. El motivo es que hasta el momento hemos tenido otros animales grandes y dóciles a la mano para comer, fáciles de criar y matar; además al no ser humanos no tenemos que enfrentar incómodos problemas morales. Pero los antiguos aztecas y gente de otras culturas se comían a los vencidos y sacrificados, no por ser salvajes incivilizados, sino porque no disponían de otra fuente de proteína animal abundante. La necesidad crea la norma y la prohibición.

Existen claros ejemplos de reciclaje del cadáver humano; los parsis de Irán dejan sus muertos expuestos a los elementos en las «Torres del silencio», una construcción elevada en una colina para que los cadáveres sean comidos por los buitres. Sucede algo similar en el Tíbet donde comunidades budistas abandonan el cuerpo para ser comido por carroñeros alados y otros animales (práctica ritual llamada «enterramiento en el cielo»). Aunque en ambos casos dichas prácticas están basadas en creencias religiosas y un cierto desdén hacia el cuerpo inerte, el efecto es de un indiscutible reciclaje natural. El cuerpo es aprovechado por otros animales, siendo justo ya que antes de morir la persona comió muchos otros cuerpos animales para vivir. Asimismo, antiguamente los marineros que morían en alta mar eran «enterrados» en el mar. La ceremonia, cargada de connotaciones metafóricas y llena de belleza y romanticismo, al mismo tiempo permitía al cuerpo servir de alimento a los peces y animales marinos.

El tabú que hace intocable al cadáver en Occidente está sustentado en gran parte por la cosmovisión cristiana. Conceptos como la «resurrección de los cuerpos» en el llamado «Juicio Final» hacen que el cadáver sea considerado algo que hay que dejar intacto, ni siquiera se admite la incineración, ya que según los teólogos será mucho más difícil recuperar las cenizas diseminadas de un cadáver que sus huesos. En todo caso, sinceramente no creo que ya nadie crea en tales cuentos; debemos superar todos nuestros temores religiosos y morales y considerar el cuerpo como una pieza más en la delicada maquinaria natural del mundo. Además, no hay nada más hermoso y ecológico que saber que nuestro cuerpo servirá de alimento para mantener vivo a otros seres; igualmente el mismo concepto satisface cualquier inquietud espiritual o metafísica: el espíritu del cuerpo permanece en los demás seres vivos. Dejemos de ser mezquinos y egoístas con nuestro cuerpo; al fin al cabo, una vez muertos ya no nos sirve de nada.

NAMES ARE NUMBERS

El otro día hablaba con una mujer ―cuya existencia vital es históricamente irrelevante― sobre diversos temas escurridizos. Tras un rato de amena charla ambulatoria le pregunté si tenía un nombre. Súbitamente, algunos segundos después de escuchar su nombre (que ya lo olvidé pues el dato tampoco era importante) tuve una revelación de sentido común y me di cuenta que era muy útil que todo el mundo tuviese un nombre. Lo que no es útil es que los nombres se repitan incesantemente. Eso sólo genera confusión y hartazgo. Así que en mi nuevo mundo propongo que se prohíba la repetición de nombres. Cada recién nacido tendrá un nombre único, al igual que su número de identificación, y como en aquellas fiestas snobs y huachafas («horteras» para los españoles) al que me solían invitar de vez en cuando, el nombre sería personal e intransferible.

Los nombres serán únicos y su cantidad dependerá de las posibles combinaciones del abecedario y de la imaginación de los padres. Además, para solucionar el grave problema de la sobrepoblación ―que ya está ahogando el planeta y a las demás especies―, vamos a limitar la población a la cantidad de nombres únicos existentes; es decir, habrá tanta gente según los nombres que existan. Pero no habrá más de un Juan, un Pedro y un Hermenegildo. No hay espacio para más de uno (y no insistan, que la política será de tolerancia cero)(aunque todavía no hemos pensado en cómo haríamos el ajuste actual; ya se nos ocurrirá algo). Con esto se acabaron las confusiones y las repeticiones odiosas. Pero ya que también somos comprensivos con las miserias y necesidades del ser humano, vamos a permitir que los nombres se vuelvan a usar a la muerte de su portador. Es decir, si alguien insiste en ser llamado Domingo (a pesar de haber nacido un martes) tiene que esperar a que el único portador de ese nombre haya muerto. Es una política muy justa y razonable.

Pero otra posible solución sería abandonar el uso de nombres y reemplazarlos por una serie de números. Se podrán usar los números del documento de identidad; o quizás sería mejor usar el número telefónico. Además esto sería muy útil ya que al llamar a alguien por su nombre también tendremos su número telefónico en caso sea necesario ponerse en contacto con esa persona (o pensemos en esos pobres donjuanes de discoteca que tienen que armarse de valor tras el tercer cuba libre para sacarle el número de teléfono a su potencial víctima). Es una idea muy práctica. Claro que con el uso, esa enojosa tendencia a la abreviación hará su parte y en vez de llamar a alguien correctamente como 663-703-553, se le terminará llamando 663… En todo caso, el uso de abreviaciones será tolerado entre grupos pequeños de individuos telefónicos. Pero obviamente, al identificar gente en grupos mayores y en todos los documentos oficiales la persona-número aparecerá con su nombre completo de 9 dígitos (o menos o más, según cada país).

Al igual que en la primera propuesta, se limitará la cantidad de nombres-número a las combinaciones posibles. No habrá más personas que números posibles. Así nadie repetirá su número, aunque se podrán tomar números repetidos de los muertos. Si como dijo Pitágoras hace milenios «todo es número», esta solución es la más humana imaginable. Eso sí, quedará estrictamente prohibido cambiar de número. Definitivamente, hay libertades muy molestas.