El otro día hablaba con una mujer ―cuya existencia vital es históricamente irrelevante― sobre diversos temas escurridizos. Tras un rato de amena charla ambulatoria le pregunté si tenía un nombre. Súbitamente, algunos segundos después de escuchar su nombre (que ya lo olvidé pues el dato tampoco era importante) tuve una revelación de sentido común y me di cuenta que era muy útil que todo el mundo tuviese un nombre. Lo que no es útil es que los nombres se repitan incesantemente. Eso sólo genera confusión y hartazgo. Así que en mi nuevo mundo propongo que se prohíba la repetición de nombres. Cada recién nacido tendrá un nombre único, al igual que su número de identificación, y como en aquellas fiestas snobs y huachafas («horteras» para los españoles) al que me solían invitar de vez en cuando, el nombre sería personal e intransferible.
Los nombres serán únicos y su cantidad dependerá de las posibles combinaciones del abecedario y de la imaginación de los padres. Además, para solucionar el grave problema de la sobrepoblación ―que ya está ahogando el planeta y a las demás especies―, vamos a limitar la población a la cantidad de nombres únicos existentes; es decir, habrá tanta gente según los nombres que existan. Pero no habrá más de un Juan, un Pedro y un Hermenegildo. No hay espacio para más de uno (y no insistan, que la política será de tolerancia cero)(aunque todavía no hemos pensado en cómo haríamos el ajuste actual; ya se nos ocurrirá algo). Con esto se acabaron las confusiones y las repeticiones odiosas. Pero ya que también somos comprensivos con las miserias y necesidades del ser humano, vamos a permitir que los nombres se vuelvan a usar a la muerte de su portador. Es decir, si alguien insiste en ser llamado Domingo (a pesar de haber nacido un martes) tiene que esperar a que el único portador de ese nombre haya muerto. Es una política muy justa y razonable.
Pero otra posible solución sería abandonar el uso de nombres y reemplazarlos por una serie de números. Se podrán usar los números del documento de identidad; o quizás sería mejor usar el número telefónico. Además esto sería muy útil ya que al llamar a alguien por su nombre también tendremos su número telefónico en caso sea necesario ponerse en contacto con esa persona (o pensemos en esos pobres donjuanes de discoteca que tienen que armarse de valor tras el tercer cuba libre para sacarle el número de teléfono a su potencial víctima). Es una idea muy práctica. Claro que con el uso, esa enojosa tendencia a la abreviación hará su parte y en vez de llamar a alguien correctamente como 663-703-553, se le terminará llamando 663… En todo caso, el uso de abreviaciones será tolerado entre grupos pequeños de individuos telefónicos. Pero obviamente, al identificar gente en grupos mayores y en todos los documentos oficiales la persona-número aparecerá con su nombre completo de 9 dígitos (o menos o más, según cada país).
Al igual que en la primera propuesta, se limitará la cantidad de nombres-número a las combinaciones posibles. No habrá más personas que números posibles. Así nadie repetirá su número, aunque se podrán tomar números repetidos de los muertos. Si como dijo Pitágoras hace milenios «todo es número», esta solución es la más humana imaginable. Eso sí, quedará estrictamente prohibido cambiar de número. Definitivamente, hay libertades muy molestas.
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