lunes, 16 de noviembre de 2009

ESTA CIUDAD

Conocemos bien a la gente de esta ciudad.
Hombres derrotados por la inacción y la comodidad cuentan las horas con entumecida indiferencia.
El sol calienta sus calvas agradecidas donde alguna vez vigorosos cabellos crecieron en imperiosa libertad.

Algunas monedas suenan en los desgastados bolsillos que sus mujeres remendaron una y otra vez. Quizás compren algún pequeño placer o un momento de felicidad. Quizás descubran algo que les libere de la certidumbre de una existencia sin importancia.
O quizás no lo sepan nunca y desaparezcan sin dejar rastro y sin molestar, como el invitado anónimo que se retira de la fiesta en silencio.

Estos hombres y mujeres vigilan a sus niños en el parque y sonríen satisfechos admirando el fruto de sus cópulas sin amor.
Futuros padres de familia, delincuentes, santos, asesinos, banqueros y atracadores de bancos juegan y ríen juntos en soleada armonía.
Algunos llegarán al cielo, otros morirán en alguna calle sucia y oscura, y otros simplemente pasarán de largo.

Mientras tanto, los vecinos han vuelto a atrincherarse y ya no salen ni saludan. Desagradables olores emanan por debajo de su puerta. Parecen estar informados de alguna inminente desgracia. Posiblemente ofrezcan sacrificios a sus dioses para invocar algún desastre que los libere de esta tediosa normalidad.

En esta ciudad se oyen murmullos tras las paredes y se ven expresiones de miedo en las calles. Aquí, como en muchas otras ciudades, hay calles para celebrar, para llorar y para olvidar. Algunas calles no van a ninguna parte, como esas ideas geniales que aparecen súbitamente y luego desparecen en la nada.

Los futuros funcionarios y estafadores ya terminan sus juegos. Luego se lavarán sus pequeñas y torpes manos y comerán galletas con leche bajo la atenta mirada de sus engañados padres. En esta ciudad las rosas florecen ahogadas por la mala hierba.
Las semillas del amor crecen entre las raíces de la perversidad.

lunes, 2 de noviembre de 2009

AFTERPARTY

Sólo los pocos afortunados que fueron marcados con el hierro candente podrán asistir a nuestra fiesta.

Los mensajeros del infortunio, agotados e impacientes, ya se asoman nuevamente por nuestras polvorientas llanuras,
mientras los narradores de hazañas heroicas se encogen de hombros y callan pensando quizás en tiempos remotos.
Hombres quebrados por el tiempo y la soledad deambulan buscando refugio en las sombras.
Forasteros de tierras lejanas anuncian la guerra a gritos en extraños dialectos balbuceantes.

En nuestra esquina del mundo también hay motivos para festejar.

Los carroñeros duermen la siesta al sol.
Los últimos hombres santos flotan hinchados en el río sagrado.
Las viejas piadosas elaboran una nueva emboscada en el bosque.

Esta vez estaremos preparados.