martes, 27 de marzo de 2012

LA EXTINCIÓN DE LA MEGAFAUNA

Todos sabemos que los dinosaurios se extinguieron hace aproximadamente 65 millones de años, y aunque los paleontólogos no se ponen de acuerdo sobre las causas de la desaparición de estos fascinantes animales, lo que sí sabemos es que todas las especies están expuestas a extinguirse, ya sea por causas obvias y reconocibles, por causas inciertas y ocultas, o por pura mala suerte.

En general, el término «megafauna» se refiere a los grandes mamíferos que vivieron en el periodo Cuaternario, específicamente en el Pleistoceno, época que abarca los últimos 2 millones de años hasta hace 10 mil años; aunque también incluye a los animales grandes contemporáneos, pertenecientes a nuestra época, el Holoceno. Normalmente se considera megafauna a los animales de más de 100 kilos de peso, aunque muchos biólogos incluyen animales menores de hasta 40 kilos; por lo tanto, a la megafauna pertenecen todos los animales grandes, como los leones, osos, avestruces, camellos, vacas, cerdos, y obviamente, los elefantes y las ballenas. Los científicos reconocen 5 grandes extinciones y entre ellas numerosas extinciones menores, y debido a la rapidez con la que están desapareciendo tantas especies actuales, ahora muchos biólogos hablan de la «sexta extinción». Las causas son variadas y sólo conocemos con exactitud las causas de las extinciones recientes. Por lo general, en una extinción intervienen varios factores a la vez que se superponen causando lo que los biólogos llaman un «torbellino o vértice de extinción». Estos factores son: los cambios climáticos, catástrofes geológicas (como terremotos o impactos de asteroides), sequías, hambrunas, enfermedades, esterilidad, invasión de especies alóctonas (es decir, foráneas) y la depredación excesiva.

Centrándonos en la megafauna podemos decir, sin lugar a dudas, que la mayoría de los animales grandes ahora desparecidos se extinguieron poco después de la llegada del Homo sapiens proveniente del continente africano. Se considera que la causa predominante fue la sobrecaza, conocida como la «hipótesis del exterminio». Debemos remarcar que desde la llegada del hombre las extinciones en masa del Cuaternario sólo han sido de animales terrestres, lo que nos hace aún más merecedores de sospecha. Aunque el hombre inició su expansión por Eurasia hace 40 mil años, fue recién al terminar la última glaciación ―hace aproximadamente 10 mil años—, que el hombre logró asentarse en el norte de Europa y Asia; consecuentemente, el mamut desapareció poco después junto con otros animales grandes, como el rinoceronte lanudo y el alce gigante.

El hombre llegó a Norteamérica hace 13 mil años; luego desaparecieron más de 30 de las 45 especies de los mamíferos grandes que ahí vivían, como camellos, perezosos gigantes, tigres de dientes de sable y el gliptodonte, un extraño animal parecido a un armadillo gigante. Llegamos a Australia hace 50 mil años; posteriormente se extinguieron más del noventa por ciento de los grandes mamíferos australianos. En las islas la llegada del hombre ha sido más letal aún. Al ser ecosistemas aislados por el mar, se desarrollan ahí especies únicas adaptadas especialmente al hábitat que les rodea. La conquista de Nueva Zelanda revela un caso dramático y arquetípico de la presencia destructora del Homo sapiens en nuevas tierras. Cuando los primeros hombres —los maoríes—, llegaron a la isla hace aproximadamente mil años, apenas había mamíferos, era una isla de aves. Pero estas aves, llamadas moas, eran grandes y no volaban; algunas especies, parecidas al avestruz, tenían 3 metros de alto y pesaban 250 kilos. Los primeros colonos europeos llegaron a la isla en el siglo XIX, pero los maoríes ya se habían comido a todas las moas, mientras las ratas —polizontes indeseados de los maoríes— se comieron los huevos que quedaban. Hasta el momento se creía, embriagados por el romántico mito del buen salvaje rousseano, que sólo el colono europeo abusaba de la naturaleza.

Algunos escépticos de la hipótesis del exterminio formulan la siguiente pregunta: si el hombre ha acabado con la mayor parte de la megafauna de varios continentes, ¿por qué aún quedan animales grandes en África, lugar donde ha estado por mucho más tiempo? Es cierto que esto parece contradecir lo dicho anteriormente, sin embargo, los biólogos creen que la respuesta está en que dado que el Homo sapiens y sus ancestros surgieron de África, existió ahí por miles de años un equilibrio entre el hombre y las demás especies; los animales aprendieron estrategias para huir y defenderse mejor del hombre, mientras éste, acostumbrado a la presencia continua de animales grandes, habría adoptado una caza sostenible y mesurada. En todo caso, la extinción en África fue menor, pero no inexistente. Lo que significa que el exterminio en otros continentes se debió a que el Homo sapiens era una especie invasora, desconocida para las especies locales, por lo que éstas no advirtieron el peligro que les traía este nuevo bípedo cazador.

Desde el punto de vista biológico, el Homo sapiens es una plaga para las demás especies. Hemos invadido todos los rincones habitables del planeta; hemos destruido con ello el hábitat de miles de especies adaptadas durante milenios a un entorno especializado; hemos humanizado el paisaje para nuestro propio confort y bienestar. Las «bestias salvajes» han debido irse más lejos o morir en el intento (cosa que hacen bastante bien). Hay quienes creen que la situación actual no es para tanto y que los ecologistas son alarmistas e histéricos, ya que miles de especies se han extinguido en el pasado mucho antes de la aparición de nuestra especie. Esto es indudable, pero también es verdad que nunca antes tantas especies se han visto en peligro de extinción en un tiempo tan corto. Normalmente una especie desaparece en un proceso que puede durar muchos miles de años, a menos que sea por una catástrofe geológica o por una causa extraterrestre, ―como el asteroide que supuestamente acabó con los dinosaurios. El hecho de que en la actualidad tantas especies estén en peligro de desaparecer en las próximas décadas debido a la depredación y presión demográfica de nuestra especie sí nos hace directamente responsables, y es algo que merece toda nuestra alarma y preocupación.

En un proceso de extinción masiva como la actual, los animales grandes son los primeros en desaparecer, al ser más lentas y vistosas son presas más atractivas para el cazador. Además, tienen una tasa de reproducción muy baja y una población mucho menor que las especies pequeñas, que se reproducen con rapidez, como por ejemplo, el conejo. De esta manera, cuando una especie grande es objeto de caza intensiva su recuperación es mucho más difícil, y en muchos casos, ya imposible. Al parecer, sólo los animales que hemos domesticado, aquéllos que nos sirven como alimento, fuerza de trabajo y compañía, tienen la existencia asegurada. Si la indiferencia actual continúa, aquellos animales salvajes que aparentemente no tienen más utilidad que la de llenar los zoológicos y salir en documentales, estarán condenados a desaparecer.

En diciembre del 2008 el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) publicó una lista con las 9 especies más amenazadas del planeta. Encabeza la lista el rinoceronte de Java, seguido por la vaquita marina, el gorila, el tigre de Bengala, la ballena franca, el turón patinegro americano, el elefante asiático, el oso panda gigante, y el oso polar, animal seriamente amenazado por el calentamiento global que está derritiendo los hielos árticos, su único hábitat durante miles de años. No sorprende que la mayoría de animales de esta fatídica lista pertenezcan a la megafauna.

El rinoceronte de Java es considerado como el mamífero terrestre de gran tamaño más raro del planeta, se calcula que solamente quedan unos 60 ejemplares en Indonesia y Vietnam. Tiene un solo cuerno que los cazadores furtivos persiguen para venderlo a precios exorbitantes en el mercado negro para la elaboración de dudosas recetas de la medicina tradicional. Lo cierto es que la deforestación y el folklore medicinal, sumado a la avaricia de unos cuantos cazadores inconscientes, está acabando con este majestoso animal. Es triste pensar que millones de años de evolución puedan acabar en un callejón sin salida por unos valores tan mezquinos y vulgares. Como ya he mencionado en los primeros párrafos de este artículo, cuando la población de una especie entra en crisis y se acerca peligrosamente a la desaparición, se van sumando muchos otros factores paralelos que aceleran el proceso de extinción. Una especie con muy pocos ejemplares se expone seriamente a la endogamia, es decir, la reproducción sexual entre individuos consanguíneos, lo que multiplica el lastre genético que causa enfermedades hereditarias. Además, en una población reducida existe un alto riesgo de encontrar muchas hembras y pocos machos, o viceversa, que es aún peor. Por otro lado, al elefante, también en la lista roja, lo matan a tiros para luego cortarle la cara a hachazos para extraerle los colmillos cuyo marfil alcanza un exorbitante precio en el mercado negro mundial. El precio de los cuernos y comillos de estos animales también está sujeto, como en la ley de la oferta y demanda, a una lógica perversa: mientras más se caza, menos animales quedan, lo que dispara el precio de las protuberancias óseas de los animales restantes, lo que a su vez atrae aún más a los avariciosos cazadores, entrando en una espiral mortal.

Existe actualmente un interminable debate entre economistas y ecologistas sobre la situación presente y futura de la biodiversidad y las especies amenazadas. Aunque ambos grupos buscan el mismo fin —un mundo sostenible de bienestar y prosperidad—, los primeros están más centrados en la producción y el consumo; es el lenguaje de la acumulación, la rentabilidad y la expansión ilimitada. Los segundos intentan mantener la sostenibilidad del ecosistema sin sacrificar la biodiversidad. Los economistas valoran las especies en términos mercantiles, observando si su conservación es rentable o no. En algunos casos se ha calculado que matando todos los ejemplares de una especie para aprovechar sus recursos es más rentable que conservarlos y explotarlos gradualmente. Obviamente tal valoración está basada en una visión a corto plazo de beneficio inmediato, pero lamentablemente ―y debida a nuestra corta existencia individual que deriva en actitudes egoístas y mezquinas―, mucha gente sólo entiende esta forma de ver las cosas, y piensa: «nos hacemos ricos ahora y que las generaciones futuras se busquen la vida». Mientras tanto, los ecologistas han debido usar las armas de los economistas para intentar convencerles de que invertir dinero y esfuerzos en salvar el rinoceronte, el oso polar o la ballena azul es rentable. Es lamentable tener que usar el lenguaje mercantil para salvar una especie, pero desafortunadamente la mayoría de las personas que están en el poder y toman las decisiones fundamentales utilizan este lenguaje, incapacitados para admirar la belleza y la diversidad de la vida más allá del interés humano. Parte de la culpa es la absurda tendencia capitalista al crecimiento demográfico y económico ilimitados. Basta un poco de sentido común para darse cuenta de que el crecimiento no puede ser ilimitado en un planeta de recursos limitados.

Mucha gente pregunta con alegre desparpajo: ¿y qué pasa si algunos animales más se extinguen? La pregunta no sorprende considerando que estas personas nunca se han detenido a pensar en la importancia de una especie y su función en el ecosistema. Vivimos atrapados en grandes ciudades, alejados y alienados de la naturaleza y las demás especies; no alcanzamos a comprender la trascendencia de las criaturas que nos rodean. Sin embargo, no hace falta vivir en la selva tropical o en la sabana africana para entender la importancia de proteger la biodiversidad y hacer lo posible por detener la actual ola de extinción. Cada especie cumple un rol determinado en el ecosistema. En algunos casos este rol es mayor o menor, pero todas las especies están interconectadas en un delicado equilibrio biológico. Recientes estudios revelan que a mayor biodiversidad mayor estabilidad; es decir, mientras más especies existan en un determinado ecosistema, mayores son las probabilidades de mantener el equilibrio ecológico. Normalmente cuando una especie se extingue su nicho biológico es ocupado por otra especie capaz de cumplir las mismas funciones, y esto permite mantener el ecosistema en cierta estabilidad, pero actualmente muchas de las especies en extinción no tienen reemplazo y esto significa un empobrecimiento ecológico innegable. No olvidemos que la evolución sólo se mueve en una dirección, y cuando una especie se extingue es para siempre, no hay marcha atrás.

Las personas indiferentes a la extinción parecen olvidar que nuestra especie depende directamente de las demás especies, y destruir su hábitat y reducir su población a niveles irrecuperables significa, en el fondo, matar la gallina de los huevos de oro. Existen ejemplos del exterminio de especies desde que el hombre invadió todos los demás ecosistemas fuera de África. Si bien nuestros milenarios ancestros acabaron con muchos grandes mamíferos en busca de comida, abrigo y seguridad, lo hicieron tal vez de manera inconsciente, sin comprender el irreparable daño que hacían; pero nosotros, modernos «hombres sabios», cultos, informados, con gran ciencia y tecnología, no tenemos excusa alguna para seguir con la misma conducta. Hacerlo sería pura barbarie y estupidez. La vida en la tierra ha existido durante 4 mil millones de años; nuestra especie tiene apenas 130 mil años sobre la superficie del planeta. La explotación de la biodiversidad nos ha permitido ser una novedad biológica exitosa, pero nada garantiza que nuestra prosperidad dure demasiado tiempo. Finalmente conviene recordar que el Homo sapiens también es parte de la megafauna, pero mientras que nosotros no podemos vivir sin los demás animales, ellos sí pueden vivir muy bien sin nosotros.



Lecturas recomendadas:

AGUSTÍ, Jordi (ed.) La lógica de las extinciones, Barcelona: Tusquets, 1996
DELIBES DE CASTRO, Miguel, La naturaleza en peligro, Causas y consecuencias de la extinción de especies, Barcelona: Destino, 2008
LEAKEY, Richard y LEWIN, Roger, La sexta extinción, El futuro de la vida y de la humanidad, Barcelona: Tusquets, 1997
WILSON, Edward O, El futuro de la vida, Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2002

martes, 6 de marzo de 2012

MEDIDAS DE PESO CONTRA LA OBESIDAD

En mi República ideal ―pero nunca platónica— la obesidad prácticamente no existirá. Y de existir se pagará muy caro; será un lujo perverso de los que pueden costearlo. En mi sociedad ideal cada kilo de más tendrá un precio plenamente regulado. Los gordos pagarán un impuesto especial por su exceso de materia corporal. Al igual que los fumadores y alcohólicos pagan impuestos por sus adicciones, los gordos también deben pagar por su vicio, pues su enfermedad es, en la mayoría de los casos, autoinducida.

Para empezar, debemos dejar de sentir lástima por la gente obesa. En los casos normales, el tamaño del obeso es el producto de una larga serie de vicios morales y fisiológicos, como malos hábitos alimenticios, dejadez, sedentarismo, pereza, glotonería, conformismo, abandono y derrotismo. No son víctimas. O de serlo, lo son de su propia falta de carácter y determinación. Y esto no se debe compadecer. En vez de activar sentimientos compasivos debemos pasar a la acción, buscar medidas de peso contra este insano crecimiento desmedido.

Sabemos que a la gente no le gusta pagar, y menos aún pagar de más. Si logramos establecer un precio a los kilos de más (usando el mismo principio que se usa en los aeropuertos con las maletas), seguramente en un tiempo relativamente corto la gente gorda será cada vez más escasa. Para esto primero habría que establecer, según los principios científicos de una organización seria, como la OMS, el peso que se debe adoptar como normal y saludable para cada persona según su talla, constitución física y edad. Esto no es difícil, pues ya se hace todos los días. Luego debemos contrastar el peso real de cada persona con esta tabla comparativa; el resultado dirá cuántos kilos de más tiene cada paciente. Estos kilos también se contabilizarán según una lista de precios. A medida que los kilos aumenten el impuesto también aumentará. Así, es justo que una persona con más kilos de exceso pague más que otra con menos peso. El peso se pagará al igual que lo hacen los camiones de mercaderías que tanto daño causan a las carreteras donde transitan.

Posiblemente algunas personas crean que estas medidas son demasiado radicales, y podrían pensar también que son discriminatorias e incriminatorias contra la gente gorda. Quizás tengan razón, pero las consecuencias de estas medidas serán indudablemente positivas y saludables, y no creo que esto se pueda objetar. Luego otros dirán —apelando a la supuesta inviolabilidad de los derechos individuales—, que la gente gorda tiene derecho a serlo y comer la cantidad de comida que le dé la gana. También tienen razón. Pero con esta medida el sobrepeso no se prohíbe, sólo se paga con más impuestos por ser perjudicial al estado de bienestar, al sujeto afectado y a la sociedad. La obesidad, además de ser considerada una enfermedad por la OMS, es causante de muchas otras enfermedades, como la diabetes, males cardiovasculares, cáncer, depresión, etc. Por lo tanto, al igual que el fumador paga impuestos por el probable futuro tratamiento de cáncer que el estado luego le pagará, la persona obesa deberá pagar impuestos por las enfermedades que luego la Seguridad social le cubrirá sin recargo alguno. Al menos toda la gente que está afiliada a la Seguridad social deberá someterse a esta medida contra el sobrepeso. En cambio, la gente que paga un seguro privado no estará obligada a nada, pues el estado no se ocupará de sus dolencias presentes ni futuras. Así que estas personas podrán engordar con toda tranquilidad (si tal cosa es posible).

¿Y cómo se hará todo esto en la práctica? Como cada persona registrada en la Seguridad social tiene un médico de cabecera, el mismo médico podrá medir el peso del paciente y diagnosticar las causas de su posible sobrepeso. Si las causas no son patológicas u hormonales, si son básicamente el producto de una mala alimentación, entonces el médico le facilitará un régimen dietético para recuperar el peso ideal. Si el paciente sigue el programa disciplinadamente debería bajar de peso dentro del plazo estimado. En el caso de que un paciente no obedezca el programa y no pierda peso en el tiempo establecido, deberá pagar impuestos por sus kilos de más. El estado financiará las consultas médicas, el programa, y la información necesaria para que el paciente recupere un peso saludable. A medida que el paciente que inicialmente incumple el programa vaya perdiendo peso, el impuesto también se irá reduciendo. ¿Y qué hacemos con aquellas personas que no tienen recursos para pagar el impuesto por su gordura? Supongo que al paciente se le dará un tiempo razonable para cumplir con sus obligaciones impositivas; una vez vencido este tiempo, y en los casos extremos, se le tendrá que internar en un centro especial para seguir el régimen dietético bajo supervisión directa de los médicos.

Paralelamente, se tendría que crear una campaña pública para acabar con esos molestos y amanerados eufemismos que la sociedad políticamente correcta ha impuesto en el lenguaje cotidiano. Estos eufemismos, además de reforzar la idea de que ser gordo, feo o estúpido no es un defecto, sino una de las muchas maneras posibles de «ejercer la libertad», también está acabando con el uso apropiado de estas palabras en el diccionario. Desde ahora al gordo se le llamará «gordo», y no «grande» o «fuerte», como se suele hacer actualmente. Si ser gordo no tiene nada de malo, entonces no debería ser necesario usar un eufemismo para describirlo; por lo tanto, el mismo hecho de usar eufemismos ya delata un significado negativo de la palabra prohibida.

Adicionalmente, creo que el estado deberá imponer impuestos altos a todos aquellos alimentos que, a la vez que son muy adictivos, poco saludables y nutritivos, también inducen a la obesidad. Me refiero a la comida con altas grasas saturadas, bollería industrial, comida basura, golosinas de colores extraños, etc. Toda esa comida barata que mucha gente pobre come por ser pobre. Es perverso que la comida saludable y nutritiva sea precisamente la más cara. Por ello el estado debería revertir esta situación. La comida saludable y natural será más barata que la comida procesada e industrial. Pero esto es un tema para otro artículo.

Según algunos científicos contemporáneos, como Steve Jones, la obesidad podría convertirse en uno de los elementos determinantes de la selección natural. Si antes el hambre era un factor que trazaba la línea entre la vida y la muerte temprana, ahora, paradójicamente, el mismo factor opera, pero no por defecto sino por exceso. La gente obesa, la gente que come demasiado, sería en este caso la gente que tendría menos posibilidades de vivir y transmitir sus genes a las futuras generaciones. Dado que la gente obesa tiene una esperanza de vida menor, está más expuesta a sufrir enfermedades graves, y además tiene más dificultades para encontrar pareja y reproducirse, esto podría estar interviniendo ya en la selección de las generaciones futuras.

Ahora que la mayoría de estados están desesperados por recolectar impuestos para pagar sus enormes deudas, esta medida podría ser una buena forma de cobrar impuestos directos a aquellas personas que merecen pagarlas. Todas las consecuencias son beneficiosas. El ciudadano dejará de sufrir los efectos del sobrepeso, será más sano y activo; el estado dejará de gastar recursos en tratamientos y operaciones contra la obesidad y las enfermedades derivadas, y se fomentará un estilo de vida saludable. Además, con esta medida se concretará la justicia impositiva que tantos reclaman: los que más tienen (literalmente, en kilos) pagarán más. La gente realmente rica y gorda pagará justamente por su derecho a ser gordo, y con ello contribuirán a su justa medida con la justicia social. Imaginemos el efecto que esta medida tendría en aquellos países con un alto porcentaje de población obesa, como los Estados Unidos, donde dos terceras parte de la población, a golpe de hamburguesas y Coca-Colas king-size, es obesa o sufre sobrepeso. Quizás con esto ya podrían pagar su deuda nacional.