martes, 6 de marzo de 2012

MEDIDAS DE PESO CONTRA LA OBESIDAD

En mi República ideal ―pero nunca platónica— la obesidad prácticamente no existirá. Y de existir se pagará muy caro; será un lujo perverso de los que pueden costearlo. En mi sociedad ideal cada kilo de más tendrá un precio plenamente regulado. Los gordos pagarán un impuesto especial por su exceso de materia corporal. Al igual que los fumadores y alcohólicos pagan impuestos por sus adicciones, los gordos también deben pagar por su vicio, pues su enfermedad es, en la mayoría de los casos, autoinducida.

Para empezar, debemos dejar de sentir lástima por la gente obesa. En los casos normales, el tamaño del obeso es el producto de una larga serie de vicios morales y fisiológicos, como malos hábitos alimenticios, dejadez, sedentarismo, pereza, glotonería, conformismo, abandono y derrotismo. No son víctimas. O de serlo, lo son de su propia falta de carácter y determinación. Y esto no se debe compadecer. En vez de activar sentimientos compasivos debemos pasar a la acción, buscar medidas de peso contra este insano crecimiento desmedido.

Sabemos que a la gente no le gusta pagar, y menos aún pagar de más. Si logramos establecer un precio a los kilos de más (usando el mismo principio que se usa en los aeropuertos con las maletas), seguramente en un tiempo relativamente corto la gente gorda será cada vez más escasa. Para esto primero habría que establecer, según los principios científicos de una organización seria, como la OMS, el peso que se debe adoptar como normal y saludable para cada persona según su talla, constitución física y edad. Esto no es difícil, pues ya se hace todos los días. Luego debemos contrastar el peso real de cada persona con esta tabla comparativa; el resultado dirá cuántos kilos de más tiene cada paciente. Estos kilos también se contabilizarán según una lista de precios. A medida que los kilos aumenten el impuesto también aumentará. Así, es justo que una persona con más kilos de exceso pague más que otra con menos peso. El peso se pagará al igual que lo hacen los camiones de mercaderías que tanto daño causan a las carreteras donde transitan.

Posiblemente algunas personas crean que estas medidas son demasiado radicales, y podrían pensar también que son discriminatorias e incriminatorias contra la gente gorda. Quizás tengan razón, pero las consecuencias de estas medidas serán indudablemente positivas y saludables, y no creo que esto se pueda objetar. Luego otros dirán —apelando a la supuesta inviolabilidad de los derechos individuales—, que la gente gorda tiene derecho a serlo y comer la cantidad de comida que le dé la gana. También tienen razón. Pero con esta medida el sobrepeso no se prohíbe, sólo se paga con más impuestos por ser perjudicial al estado de bienestar, al sujeto afectado y a la sociedad. La obesidad, además de ser considerada una enfermedad por la OMS, es causante de muchas otras enfermedades, como la diabetes, males cardiovasculares, cáncer, depresión, etc. Por lo tanto, al igual que el fumador paga impuestos por el probable futuro tratamiento de cáncer que el estado luego le pagará, la persona obesa deberá pagar impuestos por las enfermedades que luego la Seguridad social le cubrirá sin recargo alguno. Al menos toda la gente que está afiliada a la Seguridad social deberá someterse a esta medida contra el sobrepeso. En cambio, la gente que paga un seguro privado no estará obligada a nada, pues el estado no se ocupará de sus dolencias presentes ni futuras. Así que estas personas podrán engordar con toda tranquilidad (si tal cosa es posible).

¿Y cómo se hará todo esto en la práctica? Como cada persona registrada en la Seguridad social tiene un médico de cabecera, el mismo médico podrá medir el peso del paciente y diagnosticar las causas de su posible sobrepeso. Si las causas no son patológicas u hormonales, si son básicamente el producto de una mala alimentación, entonces el médico le facilitará un régimen dietético para recuperar el peso ideal. Si el paciente sigue el programa disciplinadamente debería bajar de peso dentro del plazo estimado. En el caso de que un paciente no obedezca el programa y no pierda peso en el tiempo establecido, deberá pagar impuestos por sus kilos de más. El estado financiará las consultas médicas, el programa, y la información necesaria para que el paciente recupere un peso saludable. A medida que el paciente que inicialmente incumple el programa vaya perdiendo peso, el impuesto también se irá reduciendo. ¿Y qué hacemos con aquellas personas que no tienen recursos para pagar el impuesto por su gordura? Supongo que al paciente se le dará un tiempo razonable para cumplir con sus obligaciones impositivas; una vez vencido este tiempo, y en los casos extremos, se le tendrá que internar en un centro especial para seguir el régimen dietético bajo supervisión directa de los médicos.

Paralelamente, se tendría que crear una campaña pública para acabar con esos molestos y amanerados eufemismos que la sociedad políticamente correcta ha impuesto en el lenguaje cotidiano. Estos eufemismos, además de reforzar la idea de que ser gordo, feo o estúpido no es un defecto, sino una de las muchas maneras posibles de «ejercer la libertad», también está acabando con el uso apropiado de estas palabras en el diccionario. Desde ahora al gordo se le llamará «gordo», y no «grande» o «fuerte», como se suele hacer actualmente. Si ser gordo no tiene nada de malo, entonces no debería ser necesario usar un eufemismo para describirlo; por lo tanto, el mismo hecho de usar eufemismos ya delata un significado negativo de la palabra prohibida.

Adicionalmente, creo que el estado deberá imponer impuestos altos a todos aquellos alimentos que, a la vez que son muy adictivos, poco saludables y nutritivos, también inducen a la obesidad. Me refiero a la comida con altas grasas saturadas, bollería industrial, comida basura, golosinas de colores extraños, etc. Toda esa comida barata que mucha gente pobre come por ser pobre. Es perverso que la comida saludable y nutritiva sea precisamente la más cara. Por ello el estado debería revertir esta situación. La comida saludable y natural será más barata que la comida procesada e industrial. Pero esto es un tema para otro artículo.

Según algunos científicos contemporáneos, como Steve Jones, la obesidad podría convertirse en uno de los elementos determinantes de la selección natural. Si antes el hambre era un factor que trazaba la línea entre la vida y la muerte temprana, ahora, paradójicamente, el mismo factor opera, pero no por defecto sino por exceso. La gente obesa, la gente que come demasiado, sería en este caso la gente que tendría menos posibilidades de vivir y transmitir sus genes a las futuras generaciones. Dado que la gente obesa tiene una esperanza de vida menor, está más expuesta a sufrir enfermedades graves, y además tiene más dificultades para encontrar pareja y reproducirse, esto podría estar interviniendo ya en la selección de las generaciones futuras.

Ahora que la mayoría de estados están desesperados por recolectar impuestos para pagar sus enormes deudas, esta medida podría ser una buena forma de cobrar impuestos directos a aquellas personas que merecen pagarlas. Todas las consecuencias son beneficiosas. El ciudadano dejará de sufrir los efectos del sobrepeso, será más sano y activo; el estado dejará de gastar recursos en tratamientos y operaciones contra la obesidad y las enfermedades derivadas, y se fomentará un estilo de vida saludable. Además, con esta medida se concretará la justicia impositiva que tantos reclaman: los que más tienen (literalmente, en kilos) pagarán más. La gente realmente rica y gorda pagará justamente por su derecho a ser gordo, y con ello contribuirán a su justa medida con la justicia social. Imaginemos el efecto que esta medida tendría en aquellos países con un alto porcentaje de población obesa, como los Estados Unidos, donde dos terceras parte de la población, a golpe de hamburguesas y Coca-Colas king-size, es obesa o sufre sobrepeso. Quizás con esto ya podrían pagar su deuda nacional.

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