lunes, 6 de mayo de 2013

La extraña amabilidad de los mendigos


Los mendicantes ahora usan la «cortesía agresiva» para atraer a los transeúntes 


La pobreza crece en las grandes ciudades del mundo y con ello también la cantidad de gente que pide dinero en las calles. La gran competencia existente en el sector mendicidad también obliga a los mendigos a probar nuevas tácticas para atraer la atención de los transeúntes. Lo que está de moda ahora es una extraña conducta que combina la cortesía con la agresividad, una conducta que desconcierta al peatón, que no sabe muy bien como reaccionar ante tal «cortesía agresiva».  

En Madrid muchos mendigos suelen saludar a los transeúntes con un inesperado «hola». El peatón sabe que las normas de cortesía exigen corresponder al saludo con otro «hola», pero al mismo tiempo sabe que es una trampa para intentar establecer un vínculo con él. Luego, al día siguiente, si el mendicante lo vuelve a saludar sabe que tendrá que devolverle el saludo nuevamente, creando con esto una familiaridad de la que será imposible escapar. El mendigo formará parte de su normalidad y finalmente tendrá que hablar con él y darle dinero. Es una estrategia sencilla pero eficaz.

Lo indignante de todo esto es que los mendigos se aprovechan del «buenismo» existente en las reglas de urbanidad para crear un vínculo con las personas que caminan por la calle. No responder al saludo del mendigo hace que el viandante quede como un maleducado, pero corresponder significa hacer algo que no quiere hacer. La situación es parecida a la de las chicas que trabajan en la calle buscando suscriptores para un club de lectura y que asaltan a los transeúntes con una perversa sonrisa y la siguiente engañosa pregunta: «¿te gusta leer?» La trampa es perfecta (y admito que yo también caí alguna vez).

Desde hace tiempo he notado que muchos mendigos en la calle están de rodillas. Es una postura —literalmente— muy extrema, pues tal pérdida de dignidad resulta muy incómoda para los transeúntes. Supongo que la costumbre empezó cuando, harto de la indiferencia de la gente, un día un pordiosero decidió ponerse de rodillas como acto de desesperación, y luego al ver que esto era más efectivo que estar sentado, la costumbre se extendió rápidamente al resto de la comunidad de mendicantes.

Casi todos los días suelo pasar por una esquina donde un hombre joven pide dinero de rodillas. Sostiene un pequeño letrero de cartón en la mano. El joven parece ser de Europa del este, pero habla español bastante bien y al parecer está sano y fuerte. Cada vez que paso por su esquina me lanza un poco convincente «hola». Yo lo ignoro como puedo, pues para empezar, no quiero caer en la trampa de la familiaridad; y segundo, me niego a hablar con un hombre arrodillado. Tal falta de dignidad me parece demasiado penosa. Supongo que la costumbre de estar arrodillado suplicando compasión ha trivializado cualquier humillación en el mendigo, pero yo no me puedo acostumbrar. A veces he visto que algunas personas (sin duda gente que ya ha caído en su trampa) se detienen a hablar con él. Entonces se da una escena grotesca y surrealista donde una mujer vestida para conquistar el mundo (con esa ropa triste y gris que supuestamente denota profesionalismo) habla distendidamente con un hombre de rodillas. Conversan como si no pasara nada. Es espeluznante.

El joven mendigo parece haber tomado mi negativa a caer en su trampa como un reto personal, así que el otro día intentó un nuevo truco que suele ser muy eficaz. Mientras pasaba a su lado (me alejo lo más que puedo para evitar escuchar su saludo) me preguntó «¿tienes hora?» Afortunadamente me desplazaba a velocidad crucero, así que pude fingir que no lo había escuchado, pero estuve muy cerca de caer en la trampa. Como ya estoy avisado de sus oscuras intenciones he decidido que la única manera de no caer en su juego es ignorar todos sus gestos. Me niego rotundamente a hablar con un hombre de rodillas. No hablaré con alguien que ha renunciado a su dignidad para provocar lástima en los demás.

La estrategia de la amabilidad agresiva conduce a situaciones enojosas y absurdas. Algunos mendigos suelen custodiar la puerta de entrada de las grandes tiendas con el fin de emboscar a los clientes que entran y salen. El otro día fui a una librería del centro de Madrid y en la puerta había un negro que prácticamente asaltaba a aquellos que entraban. Al llegar a la puerta el negro sacó la mano efusivamente para saludarme diciendo con firmeza «hola, ¿cómo estas?» Hablaba como si fuéramos amigos de hace años. Yo lo esquivé como pude; pero cuando vio que no le iba a dar la mano seguidamente exclamó a quemarropa «¡50 céntimos!» Estuve a punto de darle la mano simplemente como una respuesta automática (casi siempre damos la mano cuando alguien nos tiende la suya). Afortunadamente reaccioné a tiempo y me di cuenta que no suelo saludar a gente desconocida por la calle. Pero la escena me puso de muy mal humor, pues era evidente que el mendigo se aprovechaba de las normas de cortesía para intentar conseguir unas monedas. Es un juego sucio. Terrorismo cordial.

Otros mendigos adoptan una actitud más agresiva que amable. Consideran que la gente está obligada a darles dinero. Hay un viejo con bastón que suele pedir dinero en el metro. Pero este pordiosero tiene una técnica muy mala para mendigar; en vez de intentar despertar la compasión en los pasajeros, extrañamente adopta una actitud matonesca casi intimidándolos. Camina de un extremo al otro del tren repitiendo monótonamente, como un mantra, estas tres palabras: «algo pará comé» (comer —podría ser andaluz). A veces, cuando nota que nadie le hace caso, se dedica a insultar a los pasajeros que lo ignoran. Hace bastante tiempo que me lo he encontrado en el metro y hasta ahora nunca he visto que alguien le diera dinero o algo pará comé.

El mecanismo operante en la compasión es bastante complejo. Hemos heredado los principios morales del cristianismo que considera la compasión uno de los valores más elevados. Es una emoción ligada a la empatía y que puede favorecer conductas solidarias; pero al mismo tiempo, la compasión es una emoción negativa que muchas veces nos impide actuar según los principios de la razón (Baruch Spinoza decía que era una «pasión triste»). Por eso creo que la compasión es una virtud noble cuando está bien encaminada, cuando su presencia favorece sentimientos de afirmación y no de humillación. No debemos sentir lástima por aquellos que utilizan la compasión para ganar dinero, ni para hacernos sentir culpables o responsables de sus miserias. La compasión no puede ser una emoción elevada cuando tiene como precio la dignidad del compadecido.

Hay que distinguir bien entre aquellas personas que simplemente estiran la mano buscando dar lástima a los demás y aquellas personas que trabajan ya sea cantando o tocando música. Estas personas no son mendigos sino gente que intenta vivir de su (existente o no) talento. Si al pasajero le gusta lo que escucha entonces decide contribuir con dinero, pero no es un regalo sino un reconocimiento a su talento y esfuerzo. En este caso la dignidad del músico permanece intacta. Ni siquiera se requiere atacar la compasión del público. Yo casi nunca doy dinero a los mendigos que simplemente estiran la mano o buscan despertar mi compasión; pero sí doy una moneda de vez en cuando al reconocer una voz talentosa o un buen músico. En este caso quedo complacido e incluso felicito al músico o cantante.

Hace un par de años había un anciano limpio y bien vestido (con traje y corbata) que repartía poemas en el metro. El viejo no decía palabra alguna, se limitaba a dejar un pequeño trozo de papel en el regazo de los pasajeros. Luego volvía para recoger los poemas, esperando que alguien considere que el poema era lo suficientemente bueno como para darle una moneda. Este señor mostraba una dignidad impresionante. No buscaba dar lástima. Se notaba que ya se sentía muy incómodo repartiendo sus poemas en el metro, pero debía hacerlo por necesidad. Poca gente le daba algo, y algunos le daban una moneda pero al mismo tiempo le devolvían el poema, pensando quizás que con ello lo ayudaban porque así podría usar el poema con otros pasajeros. No se daban cuenta que con ese gesto lo humillaban aún más.

Un día me acerqué al viejo en el vagón del metro. Le dije con firmeza «le compro un poema». El señor me miró sorprendido, pero creo que entendió bien el gesto. Me dio el poema y le di un euro seguido de un «gracias». Creo que con esto logré ayudarlo sin humillarlo. No le regalé nada, sino que le compré un poema. Era una transacción comercial privada (y yo deseaba fervientemente que el poema fuera bueno para que toda la escena fuese perfecta, aunque hay que decirlo, el poema no era muy bueno, pero eso era lo de menos).

No sé si este gesto incluye algún grado de compasión, quizás sí; en todo caso no es una compasión que humilla al otro, ni está envuelta en sentimientos de lástima y condescendencia. Agradezco que alguien cante o toque bien sin obligarme a pagarle, agradezco poder decidir libremente si quiero contribuir o no y que el otro también respete mi libertad sobre esa decisión. Darle una moneda por su talento es una forma de reconocimiento que protege su dignidad y que sitúa ambas partes en una saludable postura moral. En cambio, la compasión que intenta despertar en mí un hombre arrodillado es un golpe bajo, una treta sucia y miserable; y lejos de despertar mi compasión, sólo me provoca rechazo e indignación.