lunes, 6 de octubre de 2008

CARTA A UNA MUJER DE HIELO

Hermosa mujer de la punta del iceberg:

El verano pasado encontramos un mamut en el permafrost buscando tu congelado corazón. Nos trajimos uno de los colmillos de recuerdo. Le hicimos un hueco y a veces lo usamos de collar. Sólo molesta un poco en el metro en las horas punta.

¿Alguna vez has visto, en tus solitarios paseos helados, al famoso yeti? ¿Es verdad que tiene patas gigantes? Hablando de patas, en el viaje de regreso, con el colmillo a cuestas, se nos congelaron varios dedos del pie; se cayeron algunos y hasta ahora no estamos seguros de en qué orden colocarlos. Nos han dicho que con tres dedos basta para caminar bien. Por el momento cojeamos un poco pero tampoco se nota demasiado.

En aquellos días teníamos en la cueva un fogón que nos daba luz y permitía el mantenimiento de nuestras funciones vitales. Desde ahí podíamos ver la extensión del desierto helado que habías creado entre los tres. Recuerdo que varias veces se nos cayó la nariz intentando cruzarlo. El frío a veces paralizaba también los pensamientos que quedaban congelados juntos a tu imagen, esa que nos dejaste alejándote sobre la nieve sin mirar atrás.

Los osos polares son bonitos y nos preguntamos por qué siempre ignoraban nuestra carne, tibia y suave.

Ahí estábamos, el hombre de nieve y los dos, esperando la tormenta. Nos gusta la incontestable realidad de lo inevitable. Hay cierta traición en querer evitar que las cosas sigan el hermoso curso de los elementos. El hombre de nieve murió de insolación, pero creo que no sufrió, al menos mientras se derretía no se quejó.

El sol ha salido hoy y estamos contentos y de buen humor. Tal vez salgamos a dar un paseo antes de que vuelvan las tinieblas. Tú sigues estando lejos y todo lo demás está donde debe estar y ahora disfrutamos de una inesperada lucidez, tranquila y cálida, como si estuviésemos seguros de la próxima calamidad.

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